La foto que me ha llamado hoy la atención es un retrato en claroscuro. Una luz, de la que no conocemos su origen, entra por la derecha y se recrea en la barbilla de una anciana de 86 años. Pongamos que se llama Anna. Anna viaja en un blindado de vuelta a su pueblo. Su cara, enmarcada por una bufanda atada como un pañuelo, emerge de la tiniebla. Anna ladea ligeramente la cabeza. En la frente, en torno a los ojos, en las comisuras, bajo la nariz, pliegues profundos labrados por el pretérito, el presente y la espera. Dos mechones blanquísimos se le escapan a Anna de sus cobertores. Y los ojos, los ojos chiquitos, de caramelo, cansados sí, tristes sí, pero no derrotados. Los ojos de Anna aguardan pequeños, vigilantes, son centinelas armados que duermen sin desvestirse por si lo que esperan se asomara. Vuelve Anna a su casa . Anna enviudó muy jovencita. No tuvo hijos. Y desde hace años tan pronto como arregla la casa, tan pronto como ventila y limpia el polvo y friega con lejía la cocina y el baño y avía algo para comer, que con casi nada se conforma, se sienta en un...