La foto que me ha llamado la atención la he visto hoy en la contraportada de El País. En una calle de San Francisco se está produciendo un acontecimiento sin precedentes. Hay un vecino asomado al balcón del tercero que estira mucho el cuello porque no se lo quiere perder. Una fila de curiosos que guardan la distancia de seguridad asiste a la operación con mucha atención. El tráfico está cortado. En medio de la calle un gran camión con una nariz muy alargada tira de una casa, de una casa completa, una casa victoriana con siglo y medio de antigüedad. Con una fachada blanca, deliciosos miradores con arcos de medio punto y un friso y una cornisa muy historiados. Cambian la vieja y señorial casa de sitio. Pero la casa seguirá siendo la misma. En la planta alta, en un cuarto de dos camas, está el recuerdo de un niño que miraba por la ventana el resplandor de los rayos en una tormenta de agosto. Está el primer recuerdo de una soledad infantil. En el comedor, donde reinaba la gran mesa de caoba, está la memoria de una cena en la que la conversación fue inteligente, la concordia entre...