La foto que me ha llamado la atención la he visto hoy el diario El País. Es una imagen de Rafael Roa, retrata un fregadero. Un fregadero de formica blanca en una cocina alicatada en blanco. Azulejos cuadrados bien limpios, sin churretes, cimas de una vida sin nieves, de una vida sin lujos, sin fantasías donde la pulcritud es la virtud más estimada. Sobre el fregadero un estropajo amarillo, un bote de detergente amarillo, una bayeta amarilla secándose. Todo perfectamente recogido, en su sitio. No hay vasar para platos y cubiertos. Hay que secar y meter en el armario. Tú y yo hemos estado lavando los platos a mano en el fregadero de la foto. Tu y yo hemos estado primero enjabonando, luego restregando. Para acabar apilando no sin pasar un paño de cocina. Y mientras lo hacíamos pensábamos en otra cosa, teníamos el corazón y la cabeza en otro sitio. En algún mal comentario de una mal compañero del trabajo, en un mal recuerdo que se ha descolgado de alguna esquina de la memoria. En algún maravilloso plan para el próximo sábado, para el próximo mes, para el próximo año, para la próxima vida. Corría el agua, iba y...