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Raymond Aron analiza el modo en que las ideologías inciden en la forma en que los intelectuales ven a sus propias sociedades, a sus propios países. Plantea que se produce un contraste entre las elucubraciones de los intelectuales y los marcos culturales particulares de las sociedades donde esos intelectuales se sitúan. Los parámetros doctrinarios de los intelectuales permean en las sociedades como una nueva interpretación de una realidad que generalmente les son ajenas.
“Los debates ideológicos son distintos de país en país, según el aspecto subrayado o despreciado de la coyuntura, según el ángulo de mira, según la tradición de pensamiento. A veces los debates expresan los problemas que las naciones deben efectivamente resolver, a veces los deforman o los transfiguran para insertarlos en esquemas pretendidamente universales.”
Raymond Aron analiza el rol de los intelectuales en las sociedades, que serían aquellos que dan significación a lo social. Los intelectuales varían su rol según el contexto social en que se sitúan. Esto incide en el camino que toman las sociedades pues los intelectuales pueden ser un factor de avance o retroceso según sus actitudes y sus frustraciones. Así, para Aron, bajo los afanes revolucionarios de los intelectuales y la efervescencia social que deposita su fe ciega en estos, las sociedades pueden caer en espejismos utópicos de impredecibles costos.
“Clercs y letrados nunca se han negado a legitimar el Poder, pero, en nuestra época, éste necesita de los expertos en el arte de la palabra. Teórico y propagandista se unen: el secretario general del partido elabora la doctrina, al mismo tiempo que guía la Revolución.”
Raymond Aron cuestiona el determinismo del materialismo histórico marxista que presume que el destino de la Humanidad está definido. Esto, pues sería una negación de la responsabilidad humana y por tanto de la autonomía personal. Pero también considera que es una negación de la pluralidad del mundo. Los revolucionarios entonces, presumiendo ser auténticos representantes del porvenir, ven a todos los seres humanos como simples medios de su causa sagrada, del supuesto lado correcto de la Historia. En esa ambición prometeica, dice Aron, yace uno de los orígenes intelectuales del totalitarismo.
“La paz volverá al mundo cuando, con la experiencia del gobierno, el decaimiento del fanatismo y la toma de conciencia de insuperables resistencias, los revolucionarios acuerden que no es posible rehacer las sociedades según un plan, ni fijar un objetivo único a la humanidad entera, ni rehusar a la conciencia el derecho de cumplirse en el rechazo de las ciudades terrestres.”
Raymond Aron analiza el rol del historicismo en el fanatismo revolucionario. Intenta distinguirlos entre lo que llama hombres de fe y los hombres de iglesia. Ambos modos de ser revolucionario creen en respuestas únicas para todo asunto, obviando la pluralidad que el mundo ofrece. Esto implica, para Aron, desconocer los propios límites de nuestro saber y la presunción religiosa de un conocimiento acabado e irrefutable, todo a manos de nuevos inquisidores, los propios revolucionarios.
“Seguros de conocer de antemano el secreto de la aventura inconclusa, contemplan la confusión de los acontecimientos de ayer y de hoy, con la pretensión del juez que domina los conflictos y distribuye soberanamente los elogios y las censuras”.
Raymond Aron denuncia el optimismo delirante de los revolucionarios marxistas que olvidan que su causa no modifica la esencia del homo politicus. Tras las promesas de la revolución, los aristócratas son simplemente reemplazados por burócratas. Detrás de esto esta una profunda falta de realismo que conlleva una idealización peligrosa del porvenir. La fe ciega en el carácter infalible del partido bolchevique conlleva la semilla totalitaria del comunismo.
“En busca de esperanza, a través de una época desesperada, los filósofos se satisfacen con un optimismo catastrófico.”
¿Es el marxismo una nueva religión? El filósofo Raymond Aron dice que sí, en tanto plantea la existencia de una clase elegida para liberar a la humanidad de todo sufrimiento. El proletariado sería una especie de mesías colectivo que traería el reino de la libertad y el fin de toda explotación. Pero ¿qué clase de libertad promete el comunismo bajo este mito? Una que nunca llega, pero que exige enormes sacrificios y privaciones a los proletarios. Así, el profetismo marxista no es más que una nueva versión de la segunda venida del salvador. Un “optimismo delirante”.
¿Merecen tanto honor las revoluciones? se pregunta Raymond Aron. El filósofo francés pone en duda el carácter eminentemente bondoso y prometeico que se atribuye a las revoluciones, en función de ciertos ideales que las izquierdas presumen defender. Aron dice que, por el contrario, el poder revolucionario es eminentemente tiránico, se contrapone al ideal democrático y no necesariamente produce cambios beneficiosos para las sociedades como sí lo hacen las reformas. Sin embargo, Aron plantea que la revolución resulta más atractiva para los intelectuales porque satisface sus propias vanidades y afanes estéticos.
En este episodio, ¿Vive la izquierda moderna de un mito que sin embargo no le pertenece? Eso plantea Raymond Aron al decir que las izquierdas del siglo XX olvidaron que el espíritu de la revolución buscaba liberar a los individuos de los cuerpos estancos de la sociedad estamental junto con el estancamiento material y espiritual propiciado por el oscurantismo. Cuán vigente se vuelve la reflexión del filósofo francés para el siglo XXI si consideramos los recientes atisbos reaccionarios, populistas, anti ilustrados y anti científicos de una parte de las izquierdas en el siglo XXI.
En este episodio, ¿Cuánto es el nivel de advertencia de Ortega y Gasset en La Rebelión de las masas? ¿Cuánta vigencia tienen sus reflexiones en los tiempos actuales? Para el filósofo español, pluralismo y libertad siempre van de la mano. Por eso ve con resquemor la creciente homogeneización que las masas conllevan junto al auge del colectivismo como ideología predominante. Advierte del riesgo de la irrupción de demagogos, los destructores de cualquier orden civilizado según Ortega, que van de lleno contra los valores del viejo liberalismo que fueron los que cimentaron el desarrollo de la civilización europea. No se equivocó y Europa finalmente quedó sumida bajo la barbarie de dos ideologías colectivistas y destructivas, el fascismo y el comunismo.
“La demagogia esencial del demagogo está dentro de su mente y radica en su irresponsabilidad ante las ideas mismas que maneja y que él no ha creado, sino recibido de los verdaderos creadores”.
En este episodio, Ortega y Gasset analiza la relación entre la autoridad, la opinión pública y el sentido de la propia existencia. Se pregunta qué sucede cuando se debilita la noción de mando bajo la presunción, predominante del hombre masa, de un mundo sin deberes. Entonces, advierte que ahí surge el sinsentido y el caos, es decir la desmoralización del ser humano. ¿Cómo afecta a la vida civilizada de una sociedad el que todo imperativo quede en suspenso? Ortega y Gasset cree que ahí no tardará en surgir la barbarie.
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