
Sign up to save your podcasts
Or


Hablamos tanto de la lluvia
que un trueno acabó atravesándome la garganta
y tuve que escapar
"¿Tu vida o tu corazón?", me dijo alguien
"Quiero pasar mi vida en el suyo", le dije yo
Pero, eso no era posible,
era tan imposible como un amor platónico cumplido
Como tú y yo cumplidas, como tú
Como pedirte que te quedaras después o vinieras antes
Como mantenerte encendida al otro lado de la calle
Viéndote por la noche sin poder tocarte
Y no consumirme en el esfuerzo
De querer tu imposibilidad al lado de mi almohada
Como negarte a ti y no negarme a mí en el intento, como olvidar tu pelo
Como fingir que no estás detrás de cada palabra que me perturba
Como pretender saber, no echarte de menos y conseguirlo
Como asentir, creyendo de que es cierto
Eso de que es el frío el que hace las aunsencias más largas
Cuando, ahora, la única que existe es la tuya
En medio de este incendio de cenizas
Te acabas de ir y tus ruidos les escuchan por las noches
Era tan imposible, tan imposible como pedirte que te quedaras conmigo
La tormenta me sorprendió contigo atrapada en la mirada
Lanzando botellas al mar llenas de besos
Que nunca llegaban, que se extraviaban, que se equivocaban de puerto
Que se rompían intentando llegar a mi boca
Y confundían mis barcos y me llenaban de cristales los labios
Que, pegados a la ventana, congelados, solo esperaban verte aparecer
Y, entonces, un día me dejé vencer, olvidé dónde buscarte
Comencé a despegar tus nudillos de mis pulmones
Me eché la sal de tu sudor perdido en los ojos
Prohibí tu olor en mis domingos
Y escribí todos los antónimos de tu nombre en mis ventrículos
Si no te olvido a ti, no les olvidaré a ellos
Y, al final, lo único que quedó fue un miedo tan inmenso como inconfesable
Y un deseo: solo quería marcharme de ahí y dejar de esperarnos
Irme lejos, pensando que lejos es donde no estás
Sin darme cuenta que donde realmente estás es en mí
Y que no te irás hasta que yo lo decida.
Pero, empezaba a tener frío y tú no venías a curármelo
Así que, tuve que pedirte, sin decírtelo
Que me volvieras a dejar en tierra y siguieras con tu vuelo
Pero antes, quise hablarte del cielo que te rodea
De que cuando hablas, realmente, creo que los relojes carecen de sentido
Si no es para pararlos y escucharte un rato más
Solo un ratito más, lo juro
Que tuve todos los continentes en mis bolsillos después de tu abrazo
Porque, cuando tú respiras, el mundo a veces se paraliza
Y otras, en cambio, se tambalea
Pero eso es algo que solo entendemos
Los que hemos visto a la poesía perder las comillas
Que tu risa astilla las penas
Y que aunque nos encontráramos en medio de una guerra
Que por no querer luchar terminamos perdiendo
Encontré la paz en tus maullidos
Y fuiste algo así como volver a casa por primera vez
Después de perder mil batallas en la espalda
Quise decirte que mi papel siempre se redujo a contemplarte desde lejos
Y volverte tinta
Que pudimos y, aunque no fuimos, siempre seremos
Ojalá entiendas eso
Que nos hicimos el amor una noche que llovimos
Y, por eso, te llevaré conmigo siempre.
Que ojalá la huída hubiera sido de tu cama a la mía
Que ojalá la lucha se hubiera reducido a morderte las caderas
Y no a este cansancio lleno de ojeras mudas
Que ojalá volviera a verte cada invierno de mi vida
Y vieras que contigo nunca tuve prisa
Porque conocerte es viajar y besar, dulce y lento
Un día de invierno, llenas de frío por fuera y de amor por dentro.
Y que ojalá sonrías y no te culpes ni te castigues
Tú cambias vidas, pero no destinos
Querido profesor:
Yo soy un hombre que desatina y razona con trabajo y con muchas nieblas, mientras que usted es preciso y límpido y lleno de experiencia vital, hasta el punto de que cuando usted habla yo me quedo oyéndolo con la misma seguridad con que me abandono ante la naturaleza; pero sobre este tema del trabajo de creación del arte pienso ahora lo contrario que usted.
Usted dice que para crear una gran obra basta con vivir lo más intensa y profundamente posible cualquier vida real, que si nuestro espíritu tiene en sí las condiciones de la obra maestra, ésta brotará casi por sí sola, naturalmente, sanamente, como ocurre con todos los fenómenos vitales.
Usted ve el arte, en suma, como un producto natural, una actividad normal del espíritu que tendría como característica esencial la sanidad.
Pues bien, yo niego gran parte de los significados dados a estas cosas y en especial la última.
No, en mi opinión el arte exige un trabajo tan largo y un maceramiento tal del espíritu, un calvario tan incesante de tentativas que en su mayoría fracasan, antes de llegar a la obra maestra, que se le podría clasificar más bien entre las actividades antinaturales del hombre.
Sana es en sí la obra de arte verdaderamente buena, ya que, al ser la obra de arte sólo una construcción orgánica, donde palpita la vida, una vida cualquiera, como la de plantas y piedras, esto es, la perfecta correspondencia y actividad de sus diversas partes, es una condición indispensable; pero no por esta razón han de ser igualmente sanos el contenido de la obra o el alma del creador.
Más aún, si esta alma no se ha retorcido y trastornado y desangrado, si no ha pasado por una serie larguísima de experiencias repetidas hasta la completa absorción por su parte, si no se ha visto reducida por las fatigas y el abuso de actitudes particulares a un aspecto al margen de lo común y privado de ese sórdido optimismo que lleva consigo la natural sanidad, esta alma no valdrá jamás para componer una obra maestra.
Y repito, sólo y precisamente por esas condiciones antihumanas, o quizá sobrehumanas, y por un largo tormento de intentos fallidos, el espíritu puede llegar a dar esos frutos suyos gallardos y milagrosos, esas nuevas criaturas que están sobre la tierra como otros muchos seres vivos.
Por eso el arte es la más elevada de las actividades y lleva al hombre más cerca de la divinidad que cualquier otra cosa: permite crear seres vivos.
Y por esta esperanza vertiginosa yo no me persuadiré jamás de “pensar en otras cosas” esperando que la obra maestra nazca dentro de mí de repente, sino que continuaré agotándome, rompiéndome, enriqueciéndome en vida y en mano segura.
Continuaré esta existencia enferma y antipática.
Cesare Pavese
Carta a Augusto Monti
Turín, 18 de mayo de 1928
He aquí que tú estás sola y que estoy solo.
Haces tus cosas diariamente y piensas
y yo pienso y recuerdo y estoy solo.
A la misma hora nos recordamos algo
y nos sufrimos. Como una droga mía y tuya
somos, y una locura celular nos recorre
y una sangre rebelde y sin cansancio.
Se me va a hacer llagas este cuerpo solo,
se me caerá la carne trozo a trozo.
Esto es lejía y muerte.
El corrosivo estar, el malestar
muriendo es nuestra muerte.
Ya no sé dónde estás. Yo ya he olvidado
quién eres, dónde estás, cómo te llamas.
Yo soy sólo una parte, sólo un brazo,
una mitad apenas, sólo un brazo.
Te recuerdo en mi boca y en mis manos.
Con mi lengua y mis ojos y mis manos
te sé, sabes a amor, a dulce amor, a carne,
a siembra , a flor, hueles a amor, a ti,
hueles a sal, sabes a sal, amor y a mí.
En mis labios te sé, te reconozco,
y giras y eres y miras incansable
y toda tú me suenas
dentro del corazón como mi sangre.
Te digo que estoy solo y que me faltas.
Nos faltamos, amor, y nos morimos
y nada haremos ya sino morirnos.
Esto lo sé, amor, esto sabemos.
Hoy y mañana, así, y cuando estemos
en nuestros brazos simples y cansados,
me faltarás, amor, nos faltaremos.
Tengo miedo de verte
necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte
tengo ganas de hallarte
preocupación de hallarte
certidumbre de hallarte
pobres dudas de hallarte
tengo urgencia de oírte
alegría de oírte
buena suerte de oírte
y temores de oírte
o sea
resumiendo
estoy jodido
y radiante
quizá más lo primero
que lo segundo
y también
viceversa.
Un hombre del pueblo de Neguá,
en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta contó.
Dijo que había contemplado desde arriba,
la vida humana.
Y dijo que somos un mar de fueguitos.
-El mundo es eso -reveló- un montón de gente,
un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las
demás.
No hay dos fuegos iguales.
Hay fuegos grandes y fuegos chicos
y fuegos de todos los colores.
Hay gente de fuego sereno,
que ni se entera del viento
y gente de fuego loco
que llena el aire de chispas.
Algunos fuegos, fuegos bobos,
no alumbran ni queman;
pero otros arden la vida con tanta pasión
que no se puede mirarlos sin parpadear,
y quien se acerca se enciende.
(De Eduardo Galeano “EL LIBRO DE LOS ABRAZOS”, texto en prosa)
Sueñan las pulgas con comprarse un perro
y sueñan los nadies con salir de pobres,
que algún mágico día
llueva de pronto la buena suerte,
que llueva a cántaros la buena suerte;
pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy,
ni mañana, ni nunca,
ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte,
por mucho que los nadies la llamen
y aunque les pique la mano izquierda,
o se levanten con el pie derecho,
o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de nadie,
los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados,
corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos,
rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones,
sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos,
sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal,
sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies,
que cuestan menos
que la bala que los mata.
Tantos años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la ventana lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro. Se ayudaba con un bastón, con un torpe bastón que en sus viejas manos no podía ser un arma sino un báculo. Me costó percibir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta. Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el tratado de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo ahí, ya que no sé griego. Otro día perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave. Temí que el hombre se desplomara, pero dio unos pasos inciertos, soltó el bastón, que no volví a ver, y cayó en mi cama, rendido. Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero solo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde.
Me incliné sobre él para que me oyera.
-Uno cree que los años pasan para uno -le dije-, pero pasan también para los demás. Aquí nos encontramos al fin y lo que antes ocurrió no tiene sentido.
Mientras yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha estaba en el bolsillo del saco. Algo me señalaba y yo sentí que era un revólver.
Me dijo entonces con voz firme:
-Para entrar en su casa, he recurrido a la compasión. Le tengo ahora a mi merced y no soy misericordioso.
Ensayé unas palabras. No soy un hombre fuerte y solo las palabras podían salvarme. Atiné a decir:
-En verdad que hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es aquel niño ni yo aquel insensato. Además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón.
-Precisamente porque ya no soy aquel niño -me replicó- tengo que matarlo. No se trata de una venganza, sino de un acto de justicia. Sus argumentos, Borges, son meras estratagemas de su terror para que no lo mate. Usted ya no puede hacer nada.
-Puedo hacer una cosa -le contesté.
-¿Cuál? -me preguntó.
-Despertarme.
Y así lo hice.
FIN
Tercera y última parte.
Subtemas:
- ¿Por qué los hombres mantienen el mito?
El ensayo completo está en PDF y lo puede leer de forma gratuita a través de este enlace:
http://www.debatefeminista.cieg.unam.mx/wp-content/uploads/2016/03/articulos/023_09.pdf
Primera parte de tres.
Subtemas:
- Freud: Padre del orgasmo vaginal
- Falta de evidencia
El ensayo completo está en PDF y lo puede leer de forma gratuita a través de este enlace:
http://www.debatefeminista.cieg.unam.mx/wp-content/uploads/2016/03/articulos/023_09.pdf
Segunda parte de tres.
Subtemas:
- "Evidencia anatómica"
- "Las mujeres que dicen tener orgasmos vaginales"
El ensayo completo está en PDF y lo puede leer de forma gratuita a través de este enlace:
http://www.debatefeminista.cieg.unam.mx/wp-content/uploads/2016/03/articulos/023_09.pdf
From the publisher's feed