“Con esto ya es suficiente”, “mejor no aspirar tanto”, “¿y si no sale?”,...
El dinero, para mí, se ha convertido en uno de los espejos más claros de todo esto. No por el dinero en sí, sino por todo lo que proyectamos en él: miedo, culpa, vergüenza, comparación.
Como si desear una vida más amplia estuviera mal, como si querer más implicara quitarle algo a alguien, como si hubiera que conformarse para ser buena persona.
Y ahí es donde empezamos a negociar con nuestros propios sueños, a rebajarlos, a hacerlos más pequeños para que no molesten, para que no incomoden, para que no nos expongan.