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Verdad de Dios que lo mío son los tornos. Me gusta oír sus berridos, sus chillidos, cuando está puliéndose el metal, son las voces nacidas aquel 19 de septiembre, cuando se derrumbó su edificio, estallando en mi cabeza sus alaridos que salían de la polvadera. Los reconocí por nombre y cara. Supe que se estaban muriendo, aplastados por aquel escombro infame de lo que apenas fue su casa. Se trago sus cuerpos la tierra. Sus esencias volaron sin rumbo hasta que hallaron refugio en mis tornos. Ahora son mi compañía en el taller, junto con mis dos hijas y nietecitas, que también quedaron ahí sepultadas.
Eso de llegar temprano no es para mí, ya muchos años lo hice cuando nos íbamos de gira con la orquesta. Andábamos por toda la República, yo nomás acompañándolos, ni te creas que tocaba un instrumento. O a lo mejor sí . . . me dice haciéndome un guiño. Sí, ya sabes, yo era la querida de uno de los músicos, y por eso me llevaba a todas partes, además de que su jefe, el mismísimo rey del mambo, andaba detrás de mis huesos. Quizá debí haberle echo caso a ese y me hubiera hecho su mujer, la reyna del mambo ¿qué tal he? ¡A poco no se oye bonito?
Recuerdo que teniendo yo quince años, mi abuela me dijo: tú vas a llegar a las Olimpiadas, no te desesperes. Aunque yo no esté, tu vas a seguir entrenando y vas a ir”. Y así fue. Mi abuela murió en diciembre del ´91, y yo fui a las Olimpiadas en el ´92. Me parece que fue un sueño cuando estuve bajo la gigantesca bandera olímpica; en la alberca perfecta; entre los reporteros y las cámaras de todo el mundo; en el comedor de la villa olímpica, en donde pude comer caviar, carnes frías, postres, comida kosher, y todo lo que te puedas imaginar; pero sobre todo el ambiente, el clima de hermandad que se vive dentro y fuera de la competencia. Estas son cosas que nunca se me van a olvidar y que ahora, en la distancia, me parece increíble haber vivido.
No todos los días digo: alberca, ¡cuánto te quiero! No, a veces digo: ¡qué horror, alberca! Porque no a diario llegas con ganas, y a veces no quisieras aparecerte por ahí, sino quedarte en tu casa. pero aprendes que tienes que ir, porque si quieres algo siempre te va a costar trabajo, y te tienes que acordar de la meta ¡siempre! Y así vas ir aprendiendo poco a poco lo que es el “sentimiento del agua”, un fuego interno que “te carga las pilas de la vida”.
Yo soy Xavier, una persona muy feliz. Vivo con mis amigos en esta casa diseñada para atender todas nuestras necesidades. Tenemos chofer, cocinera, jardinero, asistente personal y gente de limpieza. No tenemos nada de qué preocuparnos. Hacemos lo que queramos. Entramos con preferencia a los aviones, hoteles, espectáculos, juegos de futbol y a todo lo que se nos ocurra, porque nuestra forma de ser nos abre el paso en todos lados. Pero no se piense que por eso soy un engreído, sino que aprovecho mi ventaja para proponerme ser feliz. Me encanta andar del tingo al tango e ir a todos los conciertos. Amo estar vivo, amo la velocidad. Siento que la vida es muy corta, así que la vivo lo más rápido que puedo. No dejo de moverme, y no lo digo por mi cuerpo, sino porque soy muy inquieto por dentro. A todos demuestro que los amo y si no puedo hacerlo en vivo, lo hago en mi página de Face.
SÍ, es cierto, me gustaría salir con amigos, andar de antro por las noches, irme libremente entre las calles. Manejar muy lejos mi auto y perderme en carretera. Ser una persona independiente. Mas sé que eso no es posible, porque mi cuerpo no me obedece. Se maneja independiente de mi cerebro. Es algo muy chistoso, yo le digo una cosa y él hace lo que quiere. Total, nunca nos ponemos de acuerdo. Pero aún así he aprendido a comunicarme con la gente, a decirles quien soy, a que me conozcan por dentro y me acepten el defecto. Así que no me dejo vencer. Soy una persona feliz, porque así lo he decidido y así lo seguiré siendo, aun atado a esta silla, aun atado a la parálisis cerebral.
Encarar estas ignorancias me ha pasmado, enmudecido el ego, reconvenido las expectativas de mí mismo y, sobre todo, a detenido bruscamente al mundo de la vida cotidiana. Las rutinas, las faenas, los hábitos y las costumbres se han parado de súbito, haciéndome acallar el diálogo mental interminable. Ahora estoy en un estado de atención consciente en el que soy capaz de atender a lo que sucede en mi interior y en mi entorno.
. . . desde entonces, estando en ese estado de conciencia, he comenzado a perder el habla, a dar menos importancia a los sentidos corporales. Me he ido sumiendo en una interioridad no conceptual que me trasciende, y en la que espero comenzar a disolverme.
Dormido estoy despierto, y despierto estoy dormido. Solo estando en el fandango sé que estoy desparpajado.
Sentado en la banqueta me puse a descansar, quise estar atento de la fiesta de hoy, día de la Candelaria, acá en mi Tlacotalpan Veracruz, pero me ganó el cansancio de la madrugada. Mi cuerpo se desvaneció. Recosté la espalda en el piso, mientras mis piernas seguían aún sentadas. Con los brazos cruzados quedé abrazando mi pandero. Entré en un sueño muy profundo. Perdí la conciencia de todo y algo se me prendió por dentro. No se qué fue. Me levanté dormido y me puse a tocar en medio del gentío.
Somos más de sesenta estudiantes en uno de los auditorios de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, en la Ciudad Universitaria de la UNAM. Llegué hace más de media hora para alcanzar lugar hasta adelante y tener un buen puesto en el combate. La campal es impresionante. Todos contra todos. Mochilazos y librazos, vuelan las bolas de papel. Unos se pertrechan, otros se mueven al ataque. El bullicio es total.
De pronto pasa una chava gritando: ¡Ahí viene el profe!
Somos más de sesenta estudiantes en uno de los auditorios de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, en la Ciudad Universitaria de la UNAM. Llegué hace más de media hora para alcanzar lugar hasta adelante y tener un buen puesto en el combate. La campal es impresionante. Todos contra todos. Mochilazos y librazos, vuelan las bolas de papel. Unos se pertrechan, otros se mueven al ataque. El bullicio es total.
De pronto pasa una chava gritando: ¡Ahí viene el profe!
Silencio absoluto. Nadie se mueve. Nos quedamos congelados. De a poquito se va oyendo un taconeo, pasos que se van haciendo más intensos. Aparece su figura delgada. Se hacen a un lado. Recogen sus tiliches y sus piernas. Él los mira de frente, en silencio, camina muy pausado, como si fuera disfrutando del silencio. Liviano. Impecable. Traje. Corbata. Gazné y pañuelo junto a la solapa. Impecabilísimo. Impregna su paso con el olor de su loción. En la mano un bastón con el que solo va jugando. Zapatos bicolores, blanco y negro, con borlas que alegremente van brincando de un lado a otro. No conozco a nadie más elegante que él.
Hoy llegué temprano y me tocó verla llorando mientras estaba sobándose sus brazos. Me quedé afuera y ví a María con un cinto entre las manos. Iba y venía muy nerviosa jalándose los pelos como queriendo decir algo, pero nomás echaba baba por la boca. La viejita sentada en su silla. El portón se abrió de golpe. Era la vecina de junto con mucha gente y policías. Se llevaron a María.
De vez en cuando regreso a la cocina. Me parece ver a la viejita. Oler el pan y las galletas que nos hacía. Le platico de mis cosas y ella me cuenta sus historias. Mis amigos dicen que estoy loco. Será. Pero yo no la quiero olvidar, aunque ya no vaya a las higueras.
Yo no sé porqué, pero el destino me lo puso como maestro. No nos gustó la idea, pero no lo pudimos evitar, las opciones eran, que él dejase de dar la clase (lo que significaba ganar menos dinero) o que yo me fuera al turno vespertino del colegio. Así que nos tuvimos que aguantar.
Es horrible ver cómo los estúpidos niños de mi salón se burlan de mi papá. Se ríen como marranos cuando muestra su lengua entre los dientes, para enseñarles la correcta pronunciación de la palabra inglesa Those. Al igual se pitorrean cuando se quita la corbata y les enseña la dicción de la palabra Tie. No se cómo hago para no llorar. Solo le veo a los ojos, le sostengo la mirada, y se da cuenta que estoy con él. Se reconforta, y sigue adelante como el guerrero impecable que es. Ese el ejemplo que sigo, lo que me enseña a pulirme por dentro . . . a no perder el equilibrio.
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