Hoy se cumplen 150 años del nacimiento de Rainer Maria Rilke, el mayor poeta del siglo pasado. Cuando un joven cadete que quería dedicarse a los versos acudió a él en busca de consejo, Rilke le respondió con sus Cartas a un joven poeta. El primer consejo le decía que no buscara consejo: es decir, que no buscara las respuestas fuera de sí, sino en su interior. El segundo lo conminaba a aferrarse a las cosas que lo rodeaban, no importa lo pequeñas que fueran. El propio Rilke era un hombre pequeño, con aire de niño, que decía que la única patria es la infancia, aunque la suya no había sido especialmente feliz. Lo vistieron de niña, para compensar la pérdida de su hermana fallecida, y luego lo enviaron a una academia militar cuya dureza lo expulsó al mundo grande. Permanentemente desarraigado, buscó un suelo en que asentarse en más de cincuenta ciudades, varias de ellas andaluzas. Se cruzó en una taberna en Córdoba con una perrita fea y exhausta, en avanzada preñez, y en sus ojos agrandados vio una verdad que trascendía lo individual. A partir de entonces entendió que en lo pequeño estaba la clave de nuestra vida. Ahora que hablamos tanto de corrupción hay que recordar que la felicidad está en las pequeñas cosas, como dijo Groucho: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna.