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Este es un intento de describir lo que no se puede describir, es un intento de abrir nuestro corazón para desear más el cielo, y para reconocer que ahí está nuestra meta última y el cumplimiento de todos nuestros anhelos. No podemos darnos el lujo de perderlo. Cristo ya ha ido a prepararnos un lugar y nos espera. ¿Cómo será esta experiencia? Escucha.
Esta es una reflexión de lo que nos espera en la vida eterna para la cual fuimos creados. Vivimos demasiado anclados en este mundo pensando que toda la felicidad se encuentra en el aquí y ahora, pero estamos equivocados. Dios queire que seamos felices aquí pero quiere que la felicidad plena que nos espera, ilumine nuestras decisiones del aquí y ahora.
Esta meditación nos invita a darnos cuenta de la presencia interior del Dios vivo a través del Espíritu Santo. Dicen que es de las personas de la Trinidad la más olvidada, ojalá que después de oir esto, salgas con ganas de conocerlo más y sobre todo, de dejarlo actuar mucho más en tu vida.
No somos pecadores sin esperanza. Somos pecadores redimidos, y con la ayuda del Espíritu Santo es posible vivir el sueño de Dios para cada uno de nosotros.
Estamos acostumbrados a hablar de nuestros pecados pero nos falta muchas veces reconocer nuestra herida existencial, y todas las veces que alguien cometión un pecado o una falta de amor contra nosotros. Lo importante es que la última palabra no la tiene la herida sino el amor de Dios que nos sana poco a poco.
San Juan Pablo II nos ayuda a entender que lo más importante no es saber en qué pecamos sino por qué lo hacemos. Creo firmemente que esta visión ayuda a vivir la vida espiritual de un modo más positivo y lleno de esperanza.
Lo más importante en un buen retiro es saber escuchar la moción de Dios. Poder estar escuchando si lo que vivo viene del Espíritu Santo o del enemigo. Hablamos sobre la consolación y la desolación, y sobre algunas reglas del discernimiento de San Ignacio.
Llegamos a las experiencias originales finales donde vemos la necesidad de aprender a mirar como Dios mira, a hacernos vulnerables con la certeza de ser amados por Dios, y a buscar incrementar esa abundancia de gracia que la Redención de Cristo ya nos ha ganado.
Comenzamos a ver las experiencias originarias no como algo lejano sino com algo que se entreteje en nuestra vida ordinaria, de una manera tan sencilla, que a veces pasan desapercibidas. Hablamos de estar a solas con Dios y gozarlo, y de nuestra llamada a vivir en comunión. Primero con Dios y luego con los demás.
Seguimos en nuestro retiro a la búsqueda de la propia identidad. No podemos entendernos sólo con el aquí y el ahora, debemos remontarnos a nuestro origen y reconocer la santa herencia que hemos recibido. Sobre todo, importa reconocernos delante de Dios como verdaderos hijos muy amados.
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