Es muy humano ser tentado, por eso no es extraño que, en algún momento de nuestra vida, hayamos venerado algún ídolo (Primera Lectura de la Misa: Ex 32, 7-11.13-14). Nuestro becerro de oro puede llamarse sexo, dinero o poder. Esa idolatría personal puede que no tenga la categoría de un gran pecado, porque solo hemos venerado un pequeño idolillo.
Pero en todo caso hemos puesto al alguien o algo por delante de Dios, esto es el pecado: equivocarse en las prioridades. Pero todo tiene remedio menos la muerte: así que mientras haya vida hay esperanza de rectificar, podemos volver a empezar. Lo que está claro es que la naturaleza no suele perdonar, el ser humano algunas veces, pero Dios perdona siempre. Por eso diariamente hemos de pedir a nuestro Padre Dios: perdona nuestras ofensas.