A las puertas del Templo, José compró dos tórtolas para la ofrenda, porque no disponía de recursos para comprar un cordero. Pero algo anecdótico sucedió. Un anciano, inspirado por el Amor de Dios, se destacó entre la multitud allí reunida.
Cuando descubrió a Jesús en brazos de su madre, el Espíritu Santo le advirtió en secreto que ese niño era el Esperado desde hacía siglos, el prometido de Dios. Acercándose con respeto pidió que le permitieran tomarle en brazos, y luego alzándolo, bendijo a Dios y temblando de emoción entonó un himno.
El templo de Jerusalén había sido construido para albergar la gloria de Dios. Y ahora cumplía su verdadera finalidad. Allí aparecía por primera vez el Señor del Templo, de aquel lugar que había hecho Salomón sin saber que era para su descendiente.