Un cardenal cuenta como Juan XXIII al principio de su pontificado se pasó de despacho en despacho saludando a los que trabajaban en las distintas oficinas del Vaticano.
Y al llegar el Papa a suyo cuando era oficial de una congregación Juan XXIII se fijó «en una graciosa figurilla que tenía sobre la mesa.
–¿Y qué es esto?
–Un burrito, Santidad. Me lo ha dado el fundador del Opus Dei, monseñor Josemaría Escrivá, que le tiene gran aprecio.
Al ver su cara de sorpresa, le expliqué que el Padre recordaba siempre que, mientras los hombres se negaron a dar posada a la Sagrada Familia, un borrico dio calor al Hijo de Dios en Belén, y que otro más lo llevó en su entrada triunfal por las calles de Jerusalén.
–Los borricos son animales de carga, le dije: humildes, recios, trabajadores, con las orejas tiesas hacia arriba, como antenas para captar las ondas divinas… Y concluí:
–Nuestro fundador nos anima a imitarlos para que trabajemos siempre con el alma mirando al cielo, para escuchar bien las mociones de Dios.
Juan XXIII tomó la figurilla entre las manos, la miró con cariño, tiró de de las orejas hacia arriba, y me dijo, sonriendo:
–Yo también quisiera ser un borriquito de Dios»