Orden de traslado

Orden de traslado

By Ezequiel ZaidenwergArtsBooks
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Orden de traslado episodes

  • Vidente de cenizas (Aco Šopov, por Viki Ivanovska y Pablo Arraigada)

    Consúmete poema en el fuego por ti encendido.

    La palabra estalla en el sílex y se disipa en cenizas.

    Vidente, ¿has reconocido en las cenizas el drama original

    que remonta desde el fondo de esta fuente sombría?

    Poema, te arranqué del pico del pájaro que vuela en mi sangre,

    el cielo rutilante de mis venas en fuego

    bajel entre dos mundos irreconciliables,

    auroras y lunaciones que han conservado su misterio.

    Te arranqué a la furia de los iconos, esas escalas ocultas,

    al rayo de la lanza del guerrero unido a la piedra,

    al sueño de aquellos que están por encima de artificios y quimeras,

    y, justo al lado, a penas muertos, renacen otra vez.

    Ahora estamos dos mundos, dos diablos, dos enemigos en guerra,

    estamos en guerra sin salida, puñal contra puñal.

    ¿Quién es el vencido? ¿Quién el victorioso? ¿A quién el alba de heridas insensatas?

    Consúmete poema en el fuego por ti encendido.


    (Traducción: Luis Futoransky)

    3 min
  • La deuda (Svetlana Makarović, por Julia Sarachu)

    La piedra gris, la piedra en la montaña,

    agua blanca del glaciar,

    una afilada brisa peina

    las flores delicadas de narciso.

    Le doy a la montaña tres nombres

    El primer nombre padre montaña,

    seco, gris y arenoso,

    rostro gris, que desvía la mirada,

    a vos, padre, nada te debo,

    sólo el sendero que se aparta.

    Otro nombre madre montaña,

    frío, blanco y acuoso,

    rostro blanco, que mira en mí,

    a vos, madre, nada te debo,

    sólo el sendero interior.

    El tercer nombre vecino montaña,

    silencioso, negro y fogoso,

    rostro extraño, que mira a través de mí,

    donde estaba el camino,

    bulle y se levanta la niebla.

    A los nidos destruidos de los pájaros

    los alumbró un nuevo día.

    Hacia los tres vientos la mañana peina

    las flores delicadas de narciso,

    vecino, la deuda está saldada.

    2 min
  • Che, menos ruido (Konstantin Pavlov, por Eugenio López Arriazu)

    ¡Che, menos ruido!

    —le dije enojado

    a la cascada de Boiana—

    ¡Qué te hacés la esencia,

    qué te hacés el profeta!

    Chiquita, lamentable cascadita –

    cae, larga espuma

    y se acalambra

    como un histérico epiléptico;

    juntando fuerzas,

    como para romper

    mis dos botellas de vodka,

    que en la naturaleza yo quería... ay…

    Tierna puesta de sol acaricia las cimas.

    Vital (y moribundo) va cediendo:

    el eco de vejetes sapucayeros,

    la risita erótica de abuelas presumidas…

    Y el sollozo de un alma…

    Saqueada.


    (Traducción de Eugenio López Arriazu)

    1 min
  • Cómo llegar a ti mismo (Jeton Kelmendi, por Pablo Lara Rollof)

    Atravesando países

    cruzando campos, montañas y mares

    todo lo que hay

    en el mundo

    como un viajero acompañado

    por la noche y el día, nuestros amigos,

    pasé los minutos de mi vida

    hasta encontrarte

    Hey

    Qué estás haciendo aquí

    Cada vez que entro

    a mí mismo

    te encuentro

    en cada encrucijada

    en tus signos

    en mi propia

    luz verde

    Tus ojos brillan en el cielo

    Mi viaje

    fue muy largo

    a través de caminos

    que solo yo puedo transitar

    Los crucé con rapidez

    mientras me orientaba

    con tus signos

    Hey

    Hombre extraño

    qué hora es

    qué fecha es hoy

    sabes el mes

    el año

    Es un buen año

    Cuando pasé la ruta

    llamada Egnatia

    dos damas

    estaban esperándome sentadas en la hierba

    Una se presentó

    como el sol

    la otra como la luna

    Cuando me acerqué

    otra vez, tú eras

    la primera dama

    la segunda

    era el amor

    la luz de la eternidad

    Hablamos durante largas horas

    de las cosas que importan

    y nada de tonterías

    Cómo vaciamos

    arroyos de palabras

    Hasta que pensé

    que éste era seguramente

    un mundo mágico

    Y partí para retornar otra vez

    a mí mismo

    Guiándome a través de esos signos

    justo a medio camino

    del regreso

    me invitó un hada de montaña

    A medida que nos acercábamos

    uno al otro

    mi temor crecía

    Le rogué

    que me ignorase

    Solo soy un caminante

    y estoy volviendo a mí mismo

    Con suavidad

    me bendijo desde la tierra

    y el cielo

    Incluso me pareció una voz familiar

    Hey, milagro

    aún aquí emergiste ante mí

    Se hace tarde

    Seguiré mi viaje

    Es posible que llegue mañana

    Quién

    pudo llegar tan lejos

    le pregunté al poeta que apareció

    mientras intentaba mirar

    lo que no veía

    Y con la suavidad de la mañana

    llegué

    a la puerta del espíritu

    Dos rayos me esperaban

    Hey, hombre

    Nos encontramos otra vez

    tú y yo y mi princesa

    Ahora debo aceptar

    que estás dentro de mí

    Ambos somos yo

    Tanto viaje

    para llegar a ti mismo



    (Traducción de Ricardo Rubio)

    3 min
  • Mu (Marko Tomaš, por el autor y Dora Sesar)

    Nuestras soledades han tenido días mejores.

    Han caminado por otras calles.

    Nuestras sombras se han tambaleado por las plazas de las metrópolis europeas,

    pero en ninguna hay una soledad así, tan familiar, cálida e íntima,

    una soledad de la que se muere,

    solo existe en las calles de nuestra ciudad perdida.

    No te he querido ni te voy a querer así en ningún otro lugar.

    En las ciudades extranjeras también somos extranjeros,

    no están los olores conocidos que nutren la soledad

    y el miedo de envejecer.

    No hay otro lugar donde envejezcan las caras conocidas

    y no tenemos allí a quién decir adiós.

    Solo con nuestra ciudad tenemos una estricta relación paterna

    porque no hay otro lugar donde hayamos sido jóvenes,

    en cualquier otro lugar podemos seguir siéndolo.

    No hay otro lugar donde nuestros miedos se hayan abrazado con tanta fuerza

    como entre los que nos conocen desde siempre.

    No hay otro lugar donde nos hayamos tenido que esconder como entre las puertas de los edificios que abrimos desde la infancia.

    No hay otro lugar donde nuestros reencuentros sean párrafos de la historia de la ciudad,

    de cualquier ciudad nos podemos marchar

    pero solo a una no podemos volver nunca

    y solo allí no nos podemos soltar el uno al otro.

    No hay un amor así, repito,

    no hay otro lugar donde se pueda querer así

    como en nuestra ciudad

    porque no hay otro lugar donde estemos tan solos

    como entre los nuestros.


    (Traducción de Dora Sesar)

    4 min
  • Vienen por nosotros (Selma Asotić, en voces de la autora y Marija Ivanović)

    los estudiantes de doctorado occidentales, desde la oficina de una ONG nos ofrecen veinte dólares por nuestro consentimiento informado. Están en nuestro país de complejas relaciones étnicas, para investigar los mecanismos de violencia. Sin ellos, ni sabríamos que el asesinato era endémico a nuestras manos, que brota de ellas como la risa estruendosa del pasado. Nick de Connecticut está aquí para aclarar las cosas. Donde sea que se inicia una guerra, allí mandan a Nick de Connecticut, doctorando en estudios de paz, para propagar el sentido común y hacer la pregunta justa: por qué, en vez de por qué no. Cuanto más hacemos la guerra, más necesitamos a Nick de Connecticut, un par de genocidios más y le dan el título. Ah, ¡Nick de Connecticut! Te ayudaremos, seremos tuyos, solo tuyos, tus informantes locales particulares, convenientemente anónimos, listos para hablar a tu señal. Y entonces hablamos, oh Nick de Connecticut, y tú te lo tomas todo a pecho. Tu indignación es la indignación de todos aquellos cuyo país jamás haría algo así, jamás. Tu compasión es espesa, te gotea de la cara, se arrastra por el suelo, se nos sube por los pies. Nos deja en la piel un rastro caliente y pegadizo. Cómo limpiarnos tu ni me lo puedo imaginar, cuánto lo siento. Tú también eres el hijo querido de alguien, tu nombre tan lindo en Times New Roman, tu mamá con su amiga al teléfono me alegra mucho que haya podido tener esa experiencia. Oh, ¡Nick de Connecticut!  La superficie de mármol en tu cocina, el peinado despreocupado de tu madre, eso es lo que anhelamos. La tierna inconsciencia del filo del carnicero, que no conoce lo que mata. Digamos lo que digamos, tú y el dorado trigo de tu pelo nunca sabrán lo rápido que avanzan las sombras cuando intentas escapar de ellas. En los agradecimientos mencionas la valentía de los sobrevivientes cuyas historias testifican la necesidad de la justicia restaurativa y de la reconciliación transversal en los espacios subliminales de las zonas de postconflicto. Después de ti, quedamos un largo rato echados de espaldas, con los ojos abiertos, tratando de recordar nuestro nombre. Nos corre baba por el mentón. Porque te imaginamos atado en la silla, tus notas quemadas, tu cuello en nuestras manos, dulce y querido Nick de Connecticut.


    (Traducción de Marija Ivanović y Alina Mateos Horrisberger)

    6 min
  • No lees a las mujeres (Olja Savičević Ivančević, por Igor Stipić y Dejan Marinović)

    Dices que no lees a las mujeres

    ¿Qué podrían decirte?

    Te enseñaron a hablar

    Te enseñaron a caminar

    Te enseñaron a comer

    Te enseñaron a mear

    Te enseñaron a hacer el amor

    Si somos sinceros, ¿qué podrían saber ellas

    de ti y tu experiencia?

    Tantos siglos no dieron a luz

    A ninguna que fuera grande

    Como el gran escritor

    al que le lavó los calcetines

    Dices que no lees a las mujeres

    Las mujeres te enseñaron a leer

    Te enseñaron a escribir

    Te enseñaron a vivir

    Si somos sinceros

    Ese fue

    En el mejor de los casos

    Un esfuerzo inútil


    (Traducción de Igor Stipić)

    2 min
  • Querido Omar (Selma Selman, por Viviana Malagrida)

    Sí, hace casi dos años que estoy acá. Estuve perdida pero me encontré. Descubrí las razones, no las respuestas, de por qué nací y por qué la gente es egoísta. Por qué, en medio de millones de almas, igual estaremos solos. Por qué hay personas a quienes les gusta usar a otras, por qué un hombre hiere a una mujer, por qué una mujer es silenciada, por qué nunca me respetarán en la ciudad donde nací, por qué la gente me quiere, por qué los quiero yo, por qué no tengo amigos leales, por qué me alegra haber nacido, por qué nos encanta el dinero, por qué vivimos en el colapso, por qué estaremos bien, por qué sobreviviremos, por qué vivimos en el desastre, por qué hay esperanza. Mi querido Omar, esto es lo que pienso; quizá me equivoque.

    2 min
  • La ciudad de mis amigues (Bogdan Bogdanović, por Marko Barišić y Camila Dagnino)

    Una noche decidí subir al sitio de construcción. A lo lejos se escuchaba un canto, una armonía de voces, un coro sin palabras. Paso a paso, me acerqué. Observé desde un costado, desde la oscuridad: había lámparas de acetileno, o incluso lámparas del siglo pasado, una luz cáustica y sombras aún más cáusticas. En esta luz, ocurría algo misterioso, secreto. [El guía, a quien llaman] Barba, canoso y con el pelo erizado en todas direcciones, dirige la ceremonia como un mago, como el espíritu de la piedra. De pronto, levanta el mazo y el cincel; todos los escultores hacen lo mismo y guardan un devoto silencio, que se apodera del lugar y revela las voces de la noche: los grillos, el silbido de las aves nocturnas, el murmullo distante del río Neretva. Uno de los albañiles, claramente designado para este propósito, vuelve a iniciar la melodía sin palabras, nasal y misteriosa, como un ritual de los adoradores de la piedra. Barba sigue el ritmo con el mazo, golpea el bloque frente a sí, se une al unísono. La melodía claramente define el ritmo y la fuerza del golpe. Cuando empieza a elevarse (ya todas las piedras cantan), el sonido de los golpes es ensordecedor. Cuando el canto vuelve a “descender”, los golpes se hacen menos intensos.

    Cada piedra sonaba como un instrumento musical. Yo sabía, de modo predecible, que los distintos tipos de piedra tendrían una resonancia diferente: cuánto más suave es la piedra, más grave es el tono. Es una paradoja y también un poco cómico que el granito más sólido silba, el mármol canta en un mezzosoprano y la caliza, la piedra más musical, suena en un tenor bello y aterciopelado. Los escultores saben eso y perciben mucho más. “Cada una tiene su canción”, dice uno de ellos, con la convicción de que cada pieza es un ser en sí misma. Pero cuando empieza el repiqueteo colectivo, el ritmo abarca a todos los “instrumentos de piedra” y, súbitamente, a cada movimiento de manos y cada postura corporal, de modo que toda la orquesta funciona como un inmenso metrónomo y se mueve al mismo tiempo. Cuando el toque de las herramientas empieza a “decaer” —señal de que la concentración empieza a fallar— Barba, el espíritu de la piedra, insatisfecho, alza su mazo con firmeza y lo mantiene en alto. Es una señal de que el trabajo se pausará momentáneamente y que los golpes deben volver a armonizarse desde el principio. Todos esperan a que cante la primera voz y suene el primer golpe de Barba…

    El hecho de que fuera una armonía sin palabras me hizo pensar en que la versión antigua, protohistórica, venía de una época en que los habitantes de la isla y del continente hablaban otro idioma, uno olvidado, preeslavo. Las civilizaciones cambiaron, los idiomas se fusionaron, pero las personas siguieron iguales…

    “¿Por qué la canción no tiene palabras?”, pregunté una vez. La respuesta fue sencilla y convincente: “No las tiene, nunca las tuvo”, o “Así también lo cantaban antes”.


    (Traducción de Alina Mateos Horrisberger)

    9 min

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