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Or


Mart
Kad mi dođe da idem,
mnogo moram da idem.
Nije važno kuda ću.
Nije važno dokle ću.
Došlo mi je da idem
i ja idem kao lud
– unutra u mene.
Marzo
Cuando llegue el momento de irme
de verdad tengo que irme.
No importa hacia dónde.
No importa hasta dónde.
Llegó el momento de irme
y me voy como loca
– hacia adentro.
(Traducción de Alina Mateos Horrisberger)
¿Todos me dejaron, como tú, mi hermosa luz de luna?
Mientras nieva te llamo, te busco, dejo mis pies atrás
Dónde estás, dónde estás mi brillante luz de luna
Revélate, revélate, te pido, una vez más
Dame el calor que una vez tuviste para mí
No me digas que me llamaste, y yo no respondí
Dónde estás, dónde estás, dónde puedo ir
Déjame, déjame, otra vez te quiero sentir
Dónde encontrar el amor que me puede calmar
En otro lugar, tal amor, no se puede encontrar
Dame tu luz, dame tu luz, a ti te quiero sentir
Déjame, déjame, otra vez te quiero sentir
Traducción y adaptación de Marija Raspudić y Celia Jiménez
yo, que llevo garzas simétricamente opuestas sobre el pecho,
juré ante los cinco emperadores que el equilibrio no existía, que si las garzas sostenían
los ríos de toda la porcelana china era
sólo por un mecanismo de cierre en la articulación.
me premiaron por arriesgarlo todo en mi defensa.
unos años después te escribí. decía:
Rostock, seis de julio,
qué atroz interrumpirte; mirá,
necesito que entiendas la utilidad de cierto tipo de heridas.
estoy terminando un ensayo sobre las explicaciones premodernas de la migración de las aves,
y las especies que, desde Aristóteles, se creía que viajaban a la luna
o que se hacían a la mar y rara vez volvían.
estudié incluso un folleto de 1703,
que defiende la comunión de las golondrinas,
su reunión en pantanos
y la coreografía que respetan para posarse en los juncos
hasta hundirlos.
pasan el invierno bajo el agua, en la calma hipnótica del lodazal,
y por eso emergen tan klein mojado en primavera.
pero en 1822 (adjunté con cuidado la fotografía),
una flecha atraviesa el pescuezo de una cigüeña en África central
y el ave emprende el vuelo cargada con el arma y con la herida.
cuando llega a Alemania, alguien identifica el origen del proyectil
y confirma, así, una hipótesis científica.
de poco más me acuerdo de la carta, salvo:
el dolor y la luz se distribuyen en partes iguales,
y al final, la levedad existe porque existe el exceso.
Siendo temporada de migraciones (concluía),
dejá que me saltee la fórmula de despedida,
Atlántico de por medio,
ondean con las corrientes todas las anémonas.
Aferrado a la nada en un revuelo de hojas,
aquí en esta ciudad en ruinas, llena de humo,
pienso en vos, en la otra punta del continente,
probando tu sonrisa que maduró en catástrofe,
maravillosamente lista para la muerte ahora.
La raída promesa de nuestra herencia es hábito
ahora; ese otro año se convirtió en invierno
mientras que contemplábamos los fragmentos de un mundo
cayéndose a pedazos igual que un ramo ajado;
nos faltaba el olor, si bien supimos darle
un nombre a aquella época. Ahora conocemos
ese olor, me parece, hasta donde es posible.
E incluso mientras subo los peldaños, deseándote
suerte, llena los porches y las calles, y un viento
fétido sopla por tu habitación desierta.
No se puede saber qué vientos aun más fétidos
podrían soplar. El de esta noche sopla en la mente
y es falsa cada sílaba, y está marchita. Adiós,
adiós. A los extraños, a una calle vacía.
Antes de que tus labios me
confirmaran que me querías,
ya lo sabía, ya lo sabía;
porque con la mirada tú me mandaste
un telegrama...
...que lo decía, lo decía:
el destino es: corazón,
domicilio: cerquita del cielo,
evidentes tus ojos son,
y el texto: yo te quiero, te quiero.
Laira raíra raraira…
Me lo decía lo decía,
Ay, ya lo sé
y también
te querré.
En el sobre, la mueca del sellado
desfigura la cara conocida.
Adentro, sólo un día que no estuve:
un chupón en el cuello de la novia
que su vestido no tapaba bien,
“como la marca que un violín dejó”:
Las tres damas de honor que, ante un espejo,
abrían sus hebillas con los dientes.
El pelito con gel que tenía el novio,
el juego de palabras del padrino
para ponerle el broche a su discurso
(“Mamas y canalleros: resto es jodo”),
el padre que se ataba los cordones.
Después bocinas e inodoros, baños,
y la vieja mucama que extraviaron,
como Firs del Jardín de los Cerezos.
Precisamente esto es el pasado.
La sinagoga mínima, los vidrios
regados por el piso, los fotógrafos,
las franjas en el patio decorado,
el chico que tocaba su trombón
recién improvisado con un clip;
y vos, que por primera vez, de pronto,
parecías cansada: en un rincón
olvidada de todo, ajena a todo
salvo a tu cara en el espejo, pálida
como el pasto debajo de una piedra.
Y entre las tumbas me detuve a ver
que cada rosa brota de su tallo
infestado de espinas, tiburones.
Amigos:
Quería describirles todo
en cartas, pero como ya saben
me sentía abrumado y sólo les mandé
postales con monumentos
por vergüenza de mis impresiones.
No sabía describir los peces en el agua
o los pájaros en el cielo, la caída del sol
o la santidad de la luna. No tenía nada que valiera
la pena decir sobre nada con excepción del mar,
que me hacía acordar a un alcaucil.
Vi miles de especies nuevas de plantas
y no aprendí ninguno de sus nombres.
Aun bajo cielos poblados de tantas estrellas
desconocidas, me quedé mudo
y descortés como una nube.
Ahora que volví a la que es casi mi casa,
empiezan a encajar algunas piezas
y aparecen imágenes: un casquete de hielo
en movimiento, capas de jardines tardíos,
dos atados de leña y un fueguito.
S. y yo nos fumamos un porro y nos quedamos en la cama pasando el dial de la radio. Yo no entendía nada, es decir, no podía procesar lo que escuchaba, solamente observar con mis oídos las palabras que al unirse formaban un objeto visible, aunque misterioso. Escuché a un relator deportivo jordano que chillaba por un gol errado, pero no pude captar que estaba hablando en árabe. Después sintonizamos otra radio en ruso y pregunté: “¿Ruso, no?”, y S. me dijo: “No, árabe”, sin inmutarse. Yo me puse mal y le creí. Dejó un rato largo un programa en hebreo que se negó a traducir. Después vino una especie de programa de autoayuda religiosa, y la voz distorsionada del oyente que llamó le preguntaba al rabino, según S., ¿por qué la gente sólo sale a manifestarse cuando está enojada, por qué no inundamos las calles cuando llueve y expresamos masivamente nuestra gratitud por el agua? Y el rabino le dijo, Para eso rezamos.
¿Alguna vez te da la sensación de que tu cuerpo no está del todo hecho de materia sólida? Como si hubiera una actividad que el cuerpo debería hacer en relación con las superficies que toca, aunque sea para confirmar que en efecto están relacionadas, pero de alguna manera cumple con esa responsabilidad a regañadientes. Como si sospecharas que en cualquier momento te podés disolver, pero igual después no te disolvés nunca. Es difícil de explicar.
Hace dos noches, S. y yo soñamos con lo mismo, que nos íbamos de mochileros juntos. Yo soñé que estábamos en Libia, que poco a poco y sin explicación se fue transformando en Colombia. Parábamos en un hotel con habitaciones destartalada y vitrales y campos de flores silvestres ahí nomás, afuera, donde en un momento de desesperanza, yo salía a correr. S. soñó que estábamos en un micro lleno de soldados. En los dos sueños, yo lo dejaba.
“Dormimos con brújulas en nuestras manos”, dice W. S. Merwin. No sé muy bien dónde va el énfasis: si en dormimos o en brújulas. (Vos dirías: para mí que va en nuestras).
El insomnio, cuando se comparte la cama con alguien que sueña, se parece a la indefensión de soñar, si bien constituye su opuesto. Es una casi invitación a compartir los miedos o la lujuria –u otras cosas, pero sobre todo miedo y lujuria– de la otra persona, a la vez que un recordatorio de que vos no tenés, ni podrías tener, nada que ver con eso. Es algo muy solitario, casi aburrido. Se me hace un nudo en las tripas, me quedo sin palabras, de tanto amor y tanto agotamiento, cuando me acuerdo. De cómo, cuando estaba enojado, el silencio le cubría todo el cuerpo y tomaba posesión de él, como si lo poseyera; le cerraba los ojos, le enmudecía las manos y literalmente lo dormía. Nunca dormí con alguien que soñara así: balbuceaba palabras, movía las manos, pateaba. Completamente vivo, pero absolutamente interno. A veces le tenía miedo, lo envidiaba, me preguntaba si alguna vez iba a llegar a saber, con o sin palabras, quién era él de verdad. Creo que en cierta medida lo sé, al menos hasta donde es razonable decirlo, y siento su forma y su andar y su sombra y su calor del otro lado del mundo. Lo sé: pero eso, ¿no será decir que sé algo sobre la forma del mundo? ¿Y cómo será el vértigo que le espera a una persona que se para al filo de esta insistencia, y se empeña en estirar las manos?
Desciendo vertical
y empinada
de genoveses telúricamente avaros.
Como,
sueño,
padezco de caries.
Poco sé de cheques,
giros, órdenes de pago y afines.
Casi nunca uso el teléfono para decir
te quiero, o sí, soy feliz.
Mis noches suelen ser despobladas
y bordeo un nuevo cumpleaños
sonámbula,
febril,
agresiva.
Un despertador redondo
se encarga diariamente de cortarme
la provisión de fantasía.
Vengo.
Voy.
Coqueteo.
Lloro.
Desafino.
Rememoro a Alberto y al Gringo.
Nada doy.
Poco recibo.
Voy.
Vengo.
Vegeto.
Sufro a veces.
Impiadosos y gárrulos créditos
acreditan mi elegancia de empleadita.
Conozco el mar,
la sierra,
la nieve,
el atardecer sombrío.
Mi infancia con sobresaltos
yace abandonada
en una cajita de escarpines.
Mi vida en la ciudad
consiste en una torpe sucesión
de oquedades.
Conozco, sin embargo,
el mar, la sierra,
el atardecer sombrío.
Y hasta donde alcanzan a llegar
los ojos lúbricos de la policía federal,
mi cuerpo carece de
señas particulares.
Estoy preparándome dignamente
para celebrar el primero de mayo,
dignamente
Ya compré cigarrillos
bombones,
perfume y
hasta un libro en serio
Acabo de desconectar el manoseado teléfono
y rompí todas las boletas de tintorería y afines
Engullí, mientras perfeccionaba los detalles
doscientos gramos de lujuriosos caramelos
He de cablegrafiarle a mi madre
una frase, una sola frase ¡salud, jubilada!
he de resistirme al baño matinal
a los espejos y a los despertadores
Calzaré chinelas y le diré a mi amor
que ese día no, porque no, porque nunca se sabe
y saldré en enaguas al balcón
para excitar al vecino de enfrente.
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