Orden de traslado

Orden de traslado

By Ezequiel ZaidenwergArtsBooks
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Orden de traslado episodes

  • Marzo (Miroslav Mika Antić, por Marijana Barišić)

    Mart

    Kad mi dođe da idem,

    mnogo moram da idem.

    Nije važno kuda ću.

    Nije važno dokle ću.

    Došlo mi je da idem

    i ja idem kao lud

    – unutra u mene.


    Marzo

    Cuando llegue el momento de irme

    de verdad tengo que irme.

    No importa hacia dónde.

    No importa hasta dónde.

    Llegó el momento de irme

    y me voy como loca

    – hacia adentro.


    (Traducción de Alina Mateos Horrisberger)

    1 min
  • La paz de la luna (Samra Međedović, por Marija Raspudić)

    ¿Todos me dejaron, como tú, mi hermosa luz de luna?

    Mientras nieva te llamo, te busco, dejo mis pies atrás

    Dónde estás, dónde estás mi brillante luz de luna

    Revélate, revélate, te pido, una vez más


    Dame el calor que una vez tuviste para mí

    No me digas que me llamaste, y yo no respondí

    Dónde estás, dónde estás, dónde puedo ir

    Déjame, déjame, otra vez te quiero sentir


    Dónde encontrar el amor que me puede calmar

    En otro lugar, tal amor, no se puede encontrar

    Dame tu luz, dame tu luz, a ti te quiero sentir

    Déjame, déjame, otra vez te quiero sentir


    Traducción y adaptación de Marija Raspudić y Celia Jiménez

    5 min
  • Historia apócrifa del descubrimiento de las migraciones o el sacrificio de las Pfeilstörche (Alba Cid, por la autora y Paola Barrientos)

    yo, que llevo garzas simétricamente opuestas sobre el pecho,

    juré ante los cinco emperadores que el equilibrio no existía, que si las garzas sostenían

    los ríos de toda la porcelana china era

    sólo por un mecanismo de cierre en la articulación.

    me premiaron por arriesgarlo todo en mi defensa.

    unos años después te escribí. decía:

    Rostock, seis de julio,

    qué atroz interrumpirte; mirá,

    necesito que entiendas la utilidad de cierto tipo de heridas.

    estoy terminando un ensayo sobre las explicaciones premodernas de la migración de las aves,

    y las especies que, desde Aristóteles, se creía que viajaban a la luna

    o que se hacían a la mar y rara vez volvían.

    estudié incluso un folleto de 1703,

    que defiende la comunión de las golondrinas,

    su reunión en pantanos

    y la coreografía que respetan para posarse en los juncos

    hasta hundirlos.

    pasan el invierno bajo el agua, en la calma hipnótica del lodazal,

    y por eso emergen tan klein mojado en primavera.

    pero en 1822 (adjunté con cuidado la fotografía),

    una flecha atraviesa el pescuezo de una cigüeña en África central

    y el ave emprende el vuelo cargada con el arma y con la herida.

    cuando llega a Alemania, alguien identifica el origen del proyectil

    y confirma, así, una hipótesis científica.

    de poco más me acuerdo de la carta, salvo:

    el dolor y la luz se distribuyen en partes iguales,

    y al final, la levedad existe porque existe el exceso.

    Siendo temporada de migraciones (concluía),

    dejá que me saltee la fórmula de despedida,

    Atlántico de por medio,

    ondean con las corrientes todas las anémonas.

    5 min
  • Poema en vez de una carta (Weldon Kees, por Federico Lardies)

    Aferrado a la nada en un revuelo de hojas,

    aquí en esta ciudad en ruinas, llena de humo,

    pienso en vos, en la otra punta del continente,

    probando tu sonrisa que maduró en catástrofe,

    maravillosamente lista para la muerte ahora.

    La raída promesa de nuestra herencia es hábito

    ahora; ese otro año se convirtió en invierno

    mientras que contemplábamos los fragmentos de un mundo

    cayéndose a pedazos igual que un ramo ajado;

    nos faltaba el olor, si bien supimos darle

    un nombre a aquella época. Ahora conocemos

    ese olor, me parece, hasta donde es posible.

    E incluso mientras subo los peldaños, deseándote

    suerte, llena los porches y las calles, y un viento

    fétido sopla por tu habitación desierta.

    No se puede saber qué vientos aun más fétidos

    podrían soplar. El de esta noche sopla en la mente

    y es falsa cada sílaba, y está marchita. Adiós,

    adiós. A los extraños, a una calle vacía.

    2 min
  • Al leer una vieja carta de ella en la que habla sobre un casamiento (Craig Raine, por Carmela Pérez Morales)

    En el sobre, la mueca del sellado

    desfigura la cara conocida.

    Adentro, sólo un día que no estuve:

    un chupón en el cuello de la novia

    que su vestido no tapaba bien,

    “como la marca que un violín dejó”:

    Las tres damas de honor que, ante un espejo,

    abrían sus hebillas con los dientes.

    El pelito con gel que tenía el novio,

    el juego de palabras del padrino

    para ponerle el broche a su discurso

    (“Mamas y canalleros: resto es jodo”),

    el padre que se ataba los cordones.

    Después bocinas e inodoros, baños,

    y la vieja mucama que extraviaron,

    como Firs del Jardín de los Cerezos.

    Precisamente esto es el pasado.

    La sinagoga mínima, los vidrios

    regados por el piso, los fotógrafos,

    las franjas en el patio decorado,

    el chico que tocaba su trombón

    recién improvisado con un clip;

    y vos, que por primera vez, de pronto,

    parecías cansada: en un rincón

    olvidada de todo, ajena a todo

    salvo a tu cara en el espejo, pálida

    como el pasto debajo de una piedra.

    Y entre las tumbas me detuve a ver

    que cada rosa brota de su tallo

    infestado de espinas, tiburones.

    2 min
  • Bandera de conveniencia (Joshua Edwards, por Manuel Duarte)

    Amigos:

    Quería describirles todo

    en cartas, pero como ya saben

    me sentía abrumado y sólo les mandé

    postales con monumentos

    por vergüenza de mis impresiones.

    No sabía describir los peces en el agua

    o los pájaros en el cielo, la caída del sol

    o la santidad de la luna. No tenía nada que valiera

    la pena decir sobre nada con excepción del mar,

    que me hacía acordar a un alcaucil.

    Vi miles de especies nuevas de plantas

    y no aprendí ninguno de sus nombres.

    Aun bajo cielos poblados de tantas estrellas

    desconocidas, me quedé mudo

    y descortés como una nube.

    Ahora que volví a la que es casi mi casa,

    empiezan a encajar algunas piezas

    y aparecen imágenes: un casquete de hielo

    en movimiento, capas de jardines tardíos,

    dos atados de leña y un fueguito.

    2 min
  • Última carta (Robin Myers, por Valeria Mussio)

    S. y yo nos fumamos un porro y nos quedamos en la cama pasando el dial de la radio. Yo no entendía nada, es decir, no podía procesar lo que escuchaba, solamente observar con mis oídos las palabras que al unirse formaban un objeto visible, aunque misterioso. Escuché a un relator deportivo jordano que chillaba por un gol errado, pero no pude captar que estaba hablando en árabe. Después sintonizamos otra radio en ruso y pregunté: “¿Ruso, no?”, y S. me dijo: “No, árabe”, sin inmutarse. Yo me puse mal y le creí. Dejó un rato largo un programa en hebreo que se negó a traducir. Después vino una especie de programa de autoayuda religiosa, y la voz distorsionada del oyente que llamó le preguntaba al rabino, según S., ¿por qué la gente sólo sale a manifestarse cuando está enojada, por qué no inundamos las calles cuando llueve y expresamos masivamente nuestra gratitud por el agua? Y el rabino le dijo, Para eso rezamos.

    ¿Alguna vez te da la sensación de que tu cuerpo no está del todo hecho de materia sólida? Como si hubiera una actividad que el cuerpo debería hacer en relación con las superficies que toca, aunque sea para confirmar que en efecto están relacionadas, pero de alguna manera cumple con esa responsabilidad a regañadientes. Como si sospecharas que en cualquier momento te podés disolver, pero igual después no te disolvés nunca. Es difícil de explicar.

    Hace dos noches, S. y yo soñamos con lo mismo, que nos íbamos de mochileros juntos. Yo soñé que estábamos en Libia, que poco a poco y sin explicación se fue transformando en Colombia. Parábamos en un hotel con habitaciones destartalada y vitrales y campos de flores silvestres ahí nomás, afuera, donde en un momento de desesperanza, yo salía a correr. S. soñó que estábamos en un micro lleno de soldados. En los dos sueños, yo lo dejaba.

    “Dormimos con brújulas en nuestras manos”, dice W. S. Merwin. No sé muy bien dónde va el énfasis: si en dormimos o en brújulas. (Vos dirías: para mí que va en nuestras).

    El insomnio, cuando se comparte la cama con alguien que sueña, se parece a la indefensión de soñar, si bien constituye su opuesto. Es una casi invitación a compartir los miedos o la lujuria –u otras cosas, pero sobre todo miedo y lujuria– de la otra persona, a la vez que un recordatorio de que vos no tenés, ni podrías tener, nada que ver con eso. Es algo muy solitario, casi aburrido. Se me hace un nudo en las tripas, me quedo sin palabras, de tanto amor y tanto agotamiento, cuando me acuerdo. De cómo, cuando estaba enojado, el silencio le cubría todo el cuerpo y tomaba posesión de él, como si lo poseyera; le cerraba los ojos, le enmudecía las manos y literalmente lo dormía. Nunca dormí con alguien que soñara así: balbuceaba palabras, movía las manos, pateaba. Completamente vivo, pero absolutamente interno. A veces le tenía miedo, lo envidiaba, me preguntaba si alguna vez iba a llegar a saber, con o sin palabras, quién era él de verdad. Creo que en cierta medida lo sé, al menos hasta donde es razonable decirlo, y siento su forma y su andar y su sombra y su calor del otro lado del mundo. Lo sé: pero eso, ¿no será decir que sé algo sobre la forma del mundo? ¿Y cómo será el vértigo que le espera a una persona que se para al filo de esta insistencia, y se empeña en estirar las manos?

    5 min
  • Sin señas particulares visibles (Kato Molinari, por Gabriela Clara Pignataro)

    Desciendo vertical

    y empinada

    de genoveses telúricamente avaros.

    Como,

    sueño,

    padezco de caries.

    Poco sé de cheques,

    giros, órdenes de pago y afines.

    Casi nunca uso el teléfono para decir

    te quiero, o sí, soy feliz.

    Mis noches suelen ser despobladas

    y bordeo un nuevo cumpleaños

    sonámbula,

    febril,

    agresiva.

    Un despertador redondo

    se encarga diariamente de cortarme

    la provisión de fantasía.

    Vengo.

    Voy.

    Coqueteo.

    Lloro.

    Desafino.

    Rememoro a Alberto y al Gringo.

    Nada doy.

    Poco recibo.

    Voy.

    Vengo.

    Vegeto.

    Sufro a veces.

    Impiadosos y gárrulos créditos

    acreditan mi elegancia de empleadita.

    Conozco el mar,

    la sierra,

    la nieve,

    el atardecer sombrío.

    Mi infancia con sobresaltos

    yace abandonada

    en una cajita de escarpines.

    Mi vida en la ciudad

    consiste en una torpe sucesión

    de oquedades.

    Conozco, sin embargo,

    el mar, la sierra,

    el atardecer sombrío.

    Y hasta donde alcanzan a llegar

    los ojos lúbricos de la policía federal,

    mi cuerpo carece de

    señas particulares.

    2 min
  • Preparativos para una festividad (Kato Molinari, por Zaira Nofal)

    Estoy preparándome dignamente

    para celebrar el primero de mayo,

    dignamente

    Ya compré cigarrillos

    bombones,

    perfume y

    hasta un libro en serio

    Acabo de desconectar el manoseado teléfono

    y rompí todas las boletas de tintorería y afines

    Engullí, mientras perfeccionaba los detalles

    doscientos gramos de lujuriosos caramelos

    He de cablegrafiarle a mi madre

    una frase, una sola frase ¡salud, jubilada!

    he de resistirme al baño matinal

    a los espejos y a los despertadores

    Calzaré chinelas y le diré a mi amor

    que ese día no, porque no, porque nunca se sabe

    y saldré en enaguas al balcón

    para excitar al vecino de enfrente.

    1 min

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