Aunque escondamos sus fotos.
Aunque saquemos de la casa sus ropas.
Aunque intentemos obligarlos
al rincón oscuro del silencio
intervienen en nuestras conversaciones
y hablan por nuestra boca
Hay quien elige nuestra ropa
y quien nos empuja hacia la casa
adonde no pensábamos volver.
Qué ansiedad nos transmiten
en nuestras enfermedades.
Y como las flores apretadas
entre las hojas de un libro
o como la carta que amarillea
con qué paciencia nos esperan.
¿Son lo que entra en el instante
en que el pensamiento se abre
¿Ese miedo repentino que la acompaña?
los muertos están quietos.
Ya la llave giró en su cerradura
y ellos —como perros sin dueño—
como si un silencioso pintor
¿Tratando de agarrar la taza de té frío
o la flor que un amigo piadoso traería
para endulzar la convalecencia?
O simplemente una a cada lado de mi cuerpo
—poco propicias a la caricia
siempre distantes de mis emociones...—
júzguenlas con benevolencia.
no las fuercen al gesto del perdón.
Piensen que fueron las manos de una niña
—como la de ninguno de ustedes—