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Or


El ventilador de techo
gira ruidoso en medio
de la tormenta tropical;
cada relámpago lanza
una espada de luz
que se deshace contra la pared.
En la atropellada el viento
desestabiliza las aspas
barre la habitación desaforado
como el viraje
que te deja dando tumbos
frente a la crueldad fuera de cálculo.
Los containers se vuelcan
las raíces se destripan
la arboleda se dobla y aúlla;
el paisaje, esa belleza que te sembró
de horas absortas,
se desarma en sacudidas;
estalla en chaparrones
la pesadez del calor.
Pero el agua es la calma
el goterío
la serenidad de la constancia,
un torrente de bautizo
donde tendrás que morder
el grano de sal que te ha tocado
lluvia,
alegría perpendicular.
Va a seguir siendo mía la lluvia cuando yo muera,
todo va a seguir siendo mío,
el trueno conservará intacto su sonido casi negro
y el árbol a orillas del corral gozará con ese trueno,
mientras el olor a presencia de la tierra en la lluvia
será el mismo olor de mi ausencia.
Así le sucede y le sucederá a todo lo que es pertenencia del planeta.
Entonces, a no gemir, mi lejano palmar cuando yo muera,
porque somos un pormenor de presencia de lo inmortal.
Esta es la canción de una adolescente
de la ciudad que renegando de todo
alcanzó la iluminación en un andén,
junto a las vías del tren de las afueras.
Pues vino al mundo otra mesías,
nacida en la tierra Santa de Estonia,
un viejo dormía cerca de allí,
envuelto en hojas de diario,
y fue salvo en la contemplación de la niña.
Viajaba yo en el tren,
descreído y falto de fe,
cuando una joven metió su mano
en el bolsillo de mi sobretodo
y una navaja en mi costado.
“Quedate quieto”, me dijo para enseñarme
el camino de la desposesión.
Yo fui tocado, fui tocado y creí.
Como un animal viejo que se aparta de la manada
Querida Alina, haremos nuestra casa
en la memoria de los perros, podremos escapar
al paso de cada tren,
aliados a las sombras de los pájaros,
efímeros como las inscripciones
de los enamorados en las ventanas empañadas,
en el espacio entre los puentes,
sobre las estaciones y rieles, junto a las canciones
que se escuchan en los bosques,
el andar cansado de los viejos,
los flujos y reflujos de las mareas,
los murmullos de posadas desconocidas,
los pensamientos de los caminantes,
los saltos que convocan las ventanas,
las tormentas que asolan las comarcas,
la humedad de las casas abandonadas,
todo eso que mora en el corazón de una promesa;
seremos felices,
moriremos salvajes en el corazón de los caballos.
Hacemos lugar a la producción
de tus gestos y dibujamos un sentido
sobre ellos. No es previo el rostro
que te es dado. Aquí, trazamos espacios
para que tus muecas cobren una forma
y tus facciones sean. Andamos
sin cuidado en las proas y en los parques
para sentir el viento en los rostros
cuando el tiempo se cancela.
Y si perdemos los reflejos,
aprendemos a no volver, decimos:
sea esta luz que alumbra
las aperturas del mundo.
Tranquilo, soñaste que eras un niño autista,
en el preciso momento
en el que los chicos tropiezan
o aprenden a caer.
Para Tavo Kupinski, en memoria.
Esta pobreza es la merienda de los concentrados.
¿Ves los abrigos, las filas en busca de un plato de comida?
El renovado milagro de la lluvia
abre nuestras soledades a algo más grande.
Tu invierno llegó primero. Y allí quedó tu corazón.
El temporal agitó mi abrigo
cuando miré más allá de los alambres.
Y no supe decir mi nombre en los interrogatorios.
No es que no quise. No supe.
Aquí, en los campos de la abolición,
dejé la guitarra sobre el pie.
Y busqué fotos viejas.
Y todas tenían esa calma extraña de los teatros en silencio.
Vos dijiste “hablemos de chicas”.
Y las vimos bailar desnudas en la fila de los condenados.
Y nos prometimos vivir solo por eso.
Son tan lindas. No me falles.
Yo callaría por escribirte. Mirá, yo elegiría la vida.
Mientras la vida aún me elija.
Aun si esta lluvia continuara. O se diera a tu silencio.
No hay por qué ser buenas.
Las avispas eran finísimas. Como los ángeles, cabían muchas en un punto. Todas parecían señoritas, maestras de baile. Imité su murmullo bastante bien. Rondaron sobre las flores blancas del manzano, las ocres del membrillo, las duras rosas rojas del granado. O en las fuentecitas, donde mi prima, mi hermana y yo las mirábamos con la mano en el mentón. Ante ellas fuimos gigantes, monstruos. Pero lo más pasmoso era los cartones que fabricaban; casi de golpe, aparecían sus palacios de grueso papel gris, entre las hojas y, adentro, platos de miel.
Mientras, proseguía el lagarto cazando huevos de gallina, calientes golosinas; cruzaban las víboras azules como el fuego, subían claveles labrados y rizados, iguales a copas de arroz y de frutilla.
El mundo, por todas partes, acuciante, encantador.
Y una cara, separada, sólo pintada, iba entre las hojas, ojos bajos, boca abierta y roja.
Y cuando ya había pasado, pasaba una vez más.
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