Orden de traslado

Orden de traslado

By Ezequiel ZaidenwergArtsBooks
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Orden de traslado episodes

  • Tormenta tropical (Alicia Genovese, por Julia Mindlin)

    El ventilador de techo

    gira ruidoso en medio

    de la tormenta tropical;

    cada relámpago lanza

    una espada de luz

    que se deshace contra la pared.


    En la atropellada el viento

    desestabiliza las aspas

    barre la habitación desaforado

    como el viraje

    que te deja dando tumbos

    frente a la crueldad fuera de cálculo.


    Los containers se vuelcan

    las raíces se destripan

    la arboleda se dobla y aúlla;

    el paisaje, esa belleza que te sembró

    de horas absortas,

    se desarma en sacudidas;

    estalla en chaparrones

    la pesadez del calor.


    Pero el agua es la calma

    el goterío

    la serenidad de la constancia,

    un torrente de bautizo

    donde tendrás que morder

    el grano de sal que te ha tocado

    lluvia,

    alegría perpendicular.

    2 min
  • Lluvia en Las Pirquitas (Francisco Madariaga, por Cecilia Villegas)

    Va a seguir siendo mía la lluvia cuando yo muera,

    todo va a seguir siendo mío,

    el trueno conservará intacto su sonido casi negro

    y el árbol a orillas del corral gozará con ese trueno,

    mientras el olor a presencia de la tierra en la lluvia

    será el mismo olor de mi ausencia.

    Así le sucede y le sucederá a todo lo que es pertenencia del planeta.

    Entonces, a no gemir, mi lejano palmar cuando yo muera,

    porque somos un pormenor de presencia de lo inmortal.

    1 min
  • Lluvia (Roberta Iannamico, por Carolina Vera)


    Hoy llueve finito
    sin parar
    es un día de invierno en medio del verano
    una lluvia de invierno
    con ese recogimiento
    esa serenidad resignada
    adentro de la casa
    laten las vidas
    de todos los que la habitamos
    late la casa viva
    calentita por dentro
    mojada por fuera
    como una semilla
    que va a germinar
    1 min
  • La enviada (Javier Galarza, por Alan Laveglia)

    Esta es la canción de una adolescente

    de la ciudad que renegando de todo

    alcanzó la iluminación en un andén,

    junto a las vías del tren de las afueras.

    Pues vino al mundo otra mesías,

    nacida en la tierra Santa de Estonia,

    un viejo dormía cerca de allí,

    envuelto en hojas de diario,

    y fue salvo en la contemplación de la niña.

    Viajaba yo en el tren,

    descreído y falto de fe,

    cuando una joven metió su mano

    en el bolsillo de mi sobretodo

    y una navaja en mi costado.

    “Quedate quieto”, me dijo para enseñarme

    el camino de la desposesión.

    Yo fui tocado, fui tocado y creí.

    2 min
  • Canción de la noche (Javier Galarza, por María Magdalena)

    Como un animal viejo que se aparta de la manada

    busco un lugar sabio donde morir. Sea la noche,
    los cazadores sean,
    este pulso de la vida en un fusil,
    y sea el perro, la versión doméstica del lobo,
    qué más sabe el zorro por viejo,
    qué solo bien se lame el buey;
    un animal enfermo atisba donde caer y aúlla:
    como un animal viejo
    que se aparta de la manada
    busco un lugar sabio donde morir,
    para tender restos a la vera de un camino, nieve
    en espera de los glaciares y la lluvia de milenios,
    para volver a la tierra y ya no pelear,
    apenas un crujido de huesos
    al costado de la vida,
    qué venga la ceguera, qué venga,
    qué entre la noche, qué entre.

    2 min
  • Las epístolas 2 (Javier Galarza, por Fernán P. Costantino)

    Querida Alina, haremos nuestra casa

    en la memoria de los perros, podremos escapar

    al paso de cada tren,

    aliados a las sombras de los pájaros,

    efímeros como las inscripciones

    de los enamorados en las ventanas empañadas,

    en el espacio entre los puentes,

    sobre las estaciones y rieles, junto a las canciones

    que se escuchan en los bosques,

    el andar cansado de los viejos,

    los flujos y reflujos de las mareas,

    los murmullos de posadas desconocidas,

    los pensamientos de los caminantes,

    los saltos que convocan las ventanas,

    las tormentas que asolan las comarcas,

    la humedad de las casas abandonadas,

    todo eso que mora en el corazón de una promesa;

    seremos felices,

    moriremos salvajes en el corazón de los caballos.

    2 min
  • La producción de gestos (Javier Galarza, por Gabriela Álvarez)

    Hacemos lugar a la producción

    de tus gestos y dibujamos un sentido

    sobre ellos. No es previo el rostro

    que te es dado. Aquí, trazamos espacios

    para que tus muecas cobren una forma

    y tus facciones sean. Andamos

    sin cuidado en las proas y en los parques

    para sentir el viento en los rostros

    cuando el tiempo se cancela. 

    Y si perdemos los reflejos,

    aprendemos a no volver, decimos:

    sea esta luz que alumbra

    las aperturas del mundo.

    Tranquilo, soñaste que eras un niño autista,

    en el preciso momento

    en el que los chicos tropiezan

    o aprenden a caer.

     



    1 min
  • Sepia en una postal (Javier Galarza, por Maité Esquerré)

    Para Tavo Kupinski, en memoria.


    Esta pobreza es la merienda de los concentrados.

    ¿Ves los abrigos, las filas en busca de un plato de comida?

    El renovado milagro de la lluvia

    abre nuestras soledades a algo más grande.

    Tu invierno llegó primero. Y allí quedó tu corazón.

    El temporal agitó mi abrigo

    cuando miré más allá de los alambres.

    Y no supe decir mi nombre en los interrogatorios.

    No es que no quise. No supe.

    Aquí, en los campos de la abolición,

    dejé la guitarra sobre el pie.

    Y busqué fotos viejas.

    Y todas tenían esa calma extraña de los teatros en silencio.

    Vos dijiste “hablemos de chicas”.

    Y las vimos bailar desnudas en la fila de los condenados.

    Y nos prometimos vivir solo por eso.

    Son tan lindas. No me falles.

    Yo callaría por escribirte. Mirá, yo elegiría la vida.

    Mientras la vida aún me elija.

    Aun si esta lluvia continuara. O se diera a tu silencio.

    2 min
  • Gansos salvajes (Mary Oliver, por Lucía Lubarsky)

    No hay por qué ser buenas.

    No hay por qué caminar por el desierto
    de rodillas incontables kilómetros, por arrepentimiento.
    Sólo hay que dejar que el animal suave del cuerpo
    ame aquello que ama.
    Hablame de tus penas, yo te cuento las mías.
    Sigue su marcha el mundo mientras tanto.
    Por el paisaje, mientras tanto, el sol y las piedritas claras de la lluvia,
    se mueven, por los prados y los frondosos árboles
    las montañas y ríos.
    Y los gansos salvajes, mientras tanto, por el limpio aire azul
    volando alto emprenden el regreso.
    Y vos, seas quien seas, sin importar cuán sola te sentís,
    el mundo se le ofrece a tu imaginación,
    te llama como llaman esos gansos salvajes, enérgicos y ásperos,
    anunciándote una y otra vez el lugar que ocupás
    en la familia de las cosas.

    2 min
  • Las avispas eran finísimas... (Marosa di Giorgio, por Sara Paoletti)

    Las avispas eran finísimas. Como los ángeles, cabían muchas en un punto. Todas parecían señoritas, maestras de baile. Imité su murmullo bastante bien. Rondaron sobre las flores blancas del manzano, las ocres del membrillo, las duras rosas rojas del granado. O en las fuentecitas, donde mi prima, mi hermana y yo las mirábamos con la mano en el mentón. Ante ellas fuimos gigantes, monstruos. Pero lo más pasmoso era los cartones que fabricaban; casi de golpe, aparecían sus palacios de grueso papel gris, entre las hojas y, adentro, platos de miel.

    Mientras, proseguía el lagarto cazando huevos de gallina, calientes golosinas; cruzaban las víboras azules como el fuego, subían claveles labrados y rizados, iguales a copas de arroz y de frutilla.

    El mundo, por todas partes, acuciante, encantador.

    Y una cara, separada, sólo pintada, iba entre las hojas, ojos bajos, boca abierta y roja.

    Y cuando ya había pasado, pasaba una vez más.

    2 min

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