Orden de traslado

Orden de traslado

By Ezequiel ZaidenwergArtsBooks
Download on the App Store

Orden de traslado episodes

  • Piuti Creek (Gary Snyder, por María Belén Sánchez)

    Un precipicio de granito

    un árbol, sería suficiente,

    o incluso una roca, un pequeño arroyo,

    un trozo de corteza en un estanque.

    Colina tras colina, plegadas y retorcidas

    robustos árboles apilados

    en delgadas fracturas de la piedra

    una enorme luna sobre todo, es demasiado.

    La mente vaga. Un millón

    de veranos, el tranquilo aire nocturno y las tibias

    rocas. El cielo sobre montañas interminables.

    Toda la porquería que viene con el ser humano

    disminuye, la roca firme ahora tiembla,

    incluso el intenso presente parece obviar

    este espejismo de corazón.

    Libros y palabras

    como el pequeño arroyo de una alta cornisa

    desapareciendo en el aire seco.

    Una mente clara, atenta,

    sólo tiene sentido si

    lo que ve es realmente visto.

    Nadie ama a la piedra, pero aquí estamos.

    Los fríos de la noche. Algo que se mueve

    rápido a la luz de la luna

    se desliza en la sombra del Enebro:

    allí atrás invisibles

    orgullosos ojos fríos

    de un Puma o Coyote

    me observan levantarme y partir.


    (Traducción de Juan Carlos Villavicencio)

    2 min
  • La grulla (Javier Peñalosa, por Carolina Steeb)


    Nunca había visto una tan cerca.
    Cuando la encontré escondida en el bote,
    a la orilla del agua,
    todavía sus ojos iban de un lado hacia el otro,
    como si mirar fuera una forma de moverse,
    de salir de ahí.
    Tenía las alas rotas, y su largo cuello,
    elegante como los juncos,
    sólo insinuaba algunas plumas y estaba cubierto de lodo.
    Las hormigas ácidas, rojas, comían de la carne abierta,
    de la sangre de ave que manaba del costado.
    Me quedé mirándola sin atreverme a tocarla:
    yo no sabía de la lentitud agónica,
    de esa forma de estremecerse más allá del dolor.
    La grulla respiraba con dificultad
    cuando el mango del remo que yo empuñaba
    rompió su cráneo.
    No hizo ningún sonido, no graznó,
    pero con un reflejo, que no venía del lado de la vida,
    alcanzó a mover esa pierna de carrizos
    un par de veces.
    Yo sentí una columna de frío subir despacio hasta mi nuca,
    mis manos temblaron porque no sabían llorar,
    y en mi alma, la misericordia
    tuvo por primera vez el rostro de la vergüenza.
    Pero en la majestad de ese cuerpo humillado por las fracturas,
    en ese desprendimiento del alma del pájaro,
    se fue algo mío también, frágil y moribundo.
    Han pasado muchos años desde entonces y, a veces,
    en las tardes, miro a esa grulla volver dentro de mí
    sobre el cielo abierto de mi juventud,
    volando apenas, con tumbos, cada vez más cerca del suelo.
    Yo sé que está muy cansada,
    como están cansadas las cosas que se repiten;
    la canción monótona de los grillos,
    lo que está detrás de las ventanas,
    o el peso constante de la culpa.
    Por eso estoy esperando a que caiga,
    para acercarme otra vez con el remo entre las manos.
    3 min
  • Volverán las oscuras golondrinas (Gustavo Adolfo Bécquer, por Miranda-Arens)

    Volverán las oscuras golondrinas

    en tu balcón sus nidos a colgar,
    y otra vez con el ala a sus cristales
    jugando llamarán.


    Pero aquellas que el vuelo refrenaban

    tu hermosura y mi dicha a contemplar,
    aquellas que aprendieron nuestros nombres....
    ésas... ¡no volverán!


    Volverán las tupidas madreselvas

    de tu jardín las tapias a escalar
    y otra vez a la tarde aún más hermosas
    sus flores se abrirán.


    Pero aquellas cuajadas de rocío

    cuyas gotas mirábamos temblar
    y caer como lágrimas del día....
    ésas... ¡no volverán!


    Volverán del amor en tus oídos

    las palabras ardientes a sonar,
    tu corazón de su profundo sueño
    tal vez despertará.


    Pero mudo y absorto y de rodillas

    como se adora a Dios ante su altar,
    como yo te he querido..., desengáñate,
    así... ¡no te querrán!

    4 min
  • Fui al río (Juan L. Ortiz, por Amalia Boselli)

    Fui al río, y lo sentía

    cerca de mí, enfrente de mí.

    Las ramas tenían voces

    que no llegaban hasta mí.

    La corriente decía

    cosas que no entendía.

    Me angustiaba casi.

    Quería comprenderlo,

    sentir qué decía el cielo vago y pálido en él

    con sus primeras sílabas alargadas,

    pero no podía.

    Regresaba

    -¿Era yo el que regresaba?-

    en la angustia vaga

    de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.

    De pronto sentí el río en mí,

    corría en mí

    con sus orillas trémulas de señas,

    con sus hondos reflejos apenas estrellados.

    Corría el río en mí con sus ramajes.

    Era yo un río en el anochecer,

    y suspiraban en mí los árboles,

    y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.

    Me atravesaba un río, me atravesaba un río!

    3 min
  • Recuerdo (Héctor Viel Temperley, por Sebastián Morfes)

    Recuerdo una piedra

    que no sobresalía del río.
    Recuerdo que nadaba
    para sentarme en ella.
    Porque era como sentarse
    en el medio del río,
    como sentarse sobre el río
    con los brazos cruzados,
    como detener un caballo
    en el centro de un campo,
    como adormecerse a caballo
    en un campo inundado,
    como poner la soledad
    del corazón en lo más manso,
    como pensar que todavía
    va a llover más y más
    y estar cansado.

    1 min
  • Yo estuve a la orilla de un río (Irene Gruss, por Juan Desiderio)

    Yo estuve a la orilla de un río

    blanco, yo vi un río blanco desde mi ojo
    terriblemente azul
    por la mirilla de un arbusto,
    no la alcantarilla.
    Palpé los ganglios de ese río, latían
    como laten los sapos de René Char,
    afortunados.
    Desde ese ojo vi que mi sombra bailaba
    mientras yo observaba quieta
    la orilla, la de un río blanco. Estuve
    como puede estar cualquiera, de paso,
    de rodillas, así miré, toqué una arena abandonada,
    blanca como un río que vi desde la orilla.
    Nunca digan que poseo una voz
    particular, nunca mi garganta plagió tanto
    el borde de ese río.
    Yo estuve a orillas de un río
    blanco como arena abandonada, arena tibia,
    danzaba y mi sombra
    miraba el horizonte, buscaba un rumbo,
    islas perdidas buscaba, a orillas de un río
    blanco, de agua blanca.
    Esa agua latía como un ganglio,
    deseosa,
    arropada en un andar tranquilo,
    y dejaba en la orilla sólo arena,
    una arena blanca,
    abandonada.

    2 min
  • Le entrego mi nombre a la vida que sube (Juana Bignozzi, por Vanina Colagiovanni)
    Detrás de estos juegos de inteligencia
    detrás de nosotros, que estamos en lo que podemos,
    que sólo manejamos vasos al borde de la lluvia
    vinos amicales,
    fosforescencias del mar tienen su nombre,
    que yo sólo puedo decir a través de ojos lánguidos,
    sonrisas tristes mi amor devastado.
    Tan pobres que éramos,
    y ahora los que vienen de Cuba, los que van hacia Cuba,
    entran en mi lenta ternura de mujer que vive junto a un río
    hacen insoportable nuestra miseria.
    1 min
  • La casa del pez (Juan José Manauta, por Damián Ríos)

    El río ha bajado hasta la casa del pez,

    en la barranca.

    El paisaje desciende humilde y pálido,

    enhebrado, en la primavera no lejana.

    Hemos mirado los ranchos color tierra,

    ranchos nacidos, perdidos en la luz y los sauces.

    Los peces se han ido y alguien ha venido anunciando

    la pobreza de aquí, que nos pertenece

    y que no habíamos olvidado por ser nuestra.

    ¿Qué quieren decir todas esas palabras inventadas:

    lo interminable y lo lejano?

    ¡Ah! no han visto la vida

    los que hablan de las cosas dolientes e invertebradas.

    Yo llamo a los peces ausentes

    porque ahora su casa es mía

    y puedo sentirme pobre como el río y el seibo.

    ¿De qué hablan esos? ¿De qué ciudades?

    ¿Han visto el dolor, crecer, vivir, escondido?

    Ah, sí, es necesario buscarlo de tan claro y profundo,

    de tan cotidiano y real, es necesario buscarlo

    y no cantarlo –sería injusto-,

    morderlo, arañarlo, cuando el río baja hasta la casa de los peces.

    Mi casa, mi casa, dirían ahora

    cuando vengan las estrellas a llevárselos,

    cuando vengan a romper el agua,

    mi casa, que estaba en el río y marchaba con él.

    No puedo creer que hayáis olvidado los niños,

    los niños de las manos llenas de sueños,

    vosotros que queréis emparejar la tierra,

    despojando a los hombres del corazón y de sus casas,

    y fabricar árboles a la medida de vuestras palabras.

    Poetas, poetas, venid, mirad,

    oid correr la sangre, tocad sólo una hoja

    y entonces tratad de decir algo.

    -¿Creéis que los barcos no marchan arriba de los peces?-

    Buscad los amigos de la ribera,

    los colores que van cambiando, tímidamente, con la tarde,

    y esa luz amarilla que huye hacia arriba,

    marinera en el aire, llana, alargada

    y nada será igual a vuestras antiguas frases

    tan impresas en ediciones y revistas,

    Jóvenes,

    los peces han dejado sus casas.

    ¿Qué pensáis de esto?

    ¿Y si los peces hubieran abandonado el mundo,

    qué os importaría esto?

    Ya habéis escrito vuestra poesía.

    (Podré perdonarme estas palabras, no olvidándolas nunca, sólo así?

    Este pueblo que se achata y desparrama hacia la ribera,

    más pobre y más pobre,

    cada vez más bajo y más cercano,

    y que la tarde se vuelva en la corriente,

    termina,

    en esta desierta casa de peces,

    cuando el río ha bajado.

    3 min
  • Sin título (Arnaldo Calveyra, por Daniela Pasik)
    A punto de reconocernos, fuera de alcance de ese lugar de nombres, intensidad que poco a poco se vacía.
    Espejo por donde el ahogado regresa. Encuentras en tu espera esa tarde del año 40 extraviada en pajonales. Encuentras el lugar desde donde nos atraían esas y otras preguntas, preguntas que oscurecen el agua.
    ¿No eran ustedes las hojas de todos los árboles?, lentamente volvían, ¿su esperar paciente en todas las caras? ¿No eran ustedes las hojas caídas de todos los árboles?
    ¿Eran ustedes casi todos los árboles, las hojas nuevas, hojas cayéndose, caídas, el madurar verde?
    Espejo de estar por quedarte dormido. Pasa lo que no pasa. Transcurre lo que no pasa, pasa el agua, pasan las aguas de nuevos ríos. En espera siempre de lo mismo: desaparecerle al día.
    Cosas que no oscurecen las estaciones.
    2 min
  • Moon River (Javier Adúriz, por Mariano Abrevaya Dios)
    Más de una milla de ancho, dice la tonada.
    Creí que era el Mississippi, pero no,
    es un recodo del río Savannah, con homenaje
    al notable Mark Twain, entre otras cosas.
    Un lugar visto siempre, visto y revisto
    con los ojos del amor, que para mí
    significan mi ciudad, mi país duro,
    mi familia y amigos. Como el río dulce
    de La Plata que no vemos porque lo llevamos
    dentro, en la respiración y en los ojos, como
    si fuera el río de la carne y lo que nos es dado
    conocer. Vaya si es ancha esta corriente
    para contemplarla si no con reverencia.
    Río, que alguna vez cruzaremos con estilo.
    Siempre estuve braceando y te aseguro
    que no por poseerlo, sino darlo, compartirlo
    a los otros, que en mi caso fue el poema.
    Cómo no hacerlo si sentí ese empuje furioso
    que me dieron tantos, cada uno a su modo.
    Marechal y "El domador de caballos", el increíble
    "Zona" de Apollinaire, nuestro primer hermano.
    Creo que escribir es eso: llegar a la otra orilla,
    a todos esos que uno no es, como dice quizás
    el proverbio: la belleza está en los ojos
    del contemplador, una sentencia que rueda
    desde antiguo, y que en mis ojos son los de un lector
    agradecido a tantos maestros que le dieron.
    Río hacedor de sueños y rompe corazones,
    allí donde vas te sigo y trato de entender cada onda
    que me acerca y separa de la orilla
    o quizá no, del infinito misterio que nos rodea
    con apretura y congoja, sin ver el otro día,
    o nos sumerge sencillo en el gozo de nuestros
    hijos con quienes vamos braceando y descubriendo
    su forma en los vaivenes de la corriente. Valió vivir
    también me digo, aparte de conocer tantos libros,
    para leer estos libros vivos de páginas crecientes
    y ahora tan mágicos, que traen nietos con figuras
    y cuentos para niños, como un futuro encarnado
    de que el río siempre estará aquí para quien quiera.
    Hice mi sueño con brusca incertidumbre. Hice el abrir
    los ojos de mañana, para ver a otros que me hicieron
    a un tiempo. A mi mujer, que honró siempre el vivir
    con una acalambrante inteligencia, sin conceder
    a lo dañino. Puede parecer blandengue, lo que digo
    pero lo curioso: no lo es. Tomados de una mano
    invisible, ambos seguimos en el río de nuestro afán,
    roto el corazón tantas veces de belleza o pena sin fin.
    Pero aquí mi punto, ella con una sonrisa viva en la boca,
    sin ceder, en la resolución nomás de haber apostado su vida
    por una sola ficha, cosa que yo no puedo afirmar
    sin sentir cierto rubor. Honor entonces al río que permite.
    Sí, hay tanto mundo para ver, mi bella errante compañera,
    es infinita su riqueza abandonada. Recuerdo, por decir,
    los caminos de España, tu compañía en el coche, con
    los chicos atrás, corriendo el sueño de nosotros mismos:
    la contemplación de las cosas, la naturaleza de las cosas,
    el paisaje en secano, las curvas del camino, las lluvias
    de Bilbao y tu Asturias querida. Eso al inicio, pájaros
    jóvenes de toda juventud. Y luego aquí, al volver
    a una lengua más afín, donde se pinta de otra luz el mundo.
    Y más tarde, la tarde que presagia la cercanía de la noche
    nadando sin parar, vagabundo de nuestra deriva mental
    cada vez más honda y bonita, como tus arrugas y tal vez
    las mías. Vimos el mundo y el mundo es de nosotros.
    Y hay tanto para ver que no terminaría nunca de contarlo.
    Los dos buscamos el final del arcoiris (qué maravilla como
    metáfora de muerte) de que lo dado es por un día, efímero,
    pero por fin plenario, porque lo bueno del río es que no tiene
    cauce ni lecho y semeja, a cada momento, que volamos desasidos
    de la propia materia, cantando la canción que esto contiene,
    melodía del aire. No creo ya en la eternidad, y si la hubiera,
    mejor, no importa. Cada mojadura del agua es un cielo de tierra.
    El fulgor del instante que nace y que se va, que escurre sin medida
    desde el fondo del iris. Este es el arcoiris a cruzar, la mera vida.
    Si algo espera detrás de la curva, yo te espero o esperame. Es
    de una belleza desaforada cuando andamos del brazo por ahí,
    cantando la oración de los mansos, los que no exigen nada.
    Y es más, son nada. Polvo de
    6 min

About Orden de traslado

From the publisher's feed

Poemas en voz alta.