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Or


No se aleja quien nunca se va,
sale por la puerta real o irreal
y se despide en tono de lluvia ascendente o pájaro.
Nadie parte fácilmente y quizás nunca del todo
de instancias mayores, sobre todo
del lugar del origen, de esa torre ambigua
y amenazadora, siempre hambrienta de sueños idénticos.
No hay quien no requiera tiempo y fricción
para alcanzar la corrida en pos de su lengua.
El punto de tensión entonces
no reside en la cantidad de escenas y abrazos que aletean
o qué ciudad a mediodía se abandona, sino con qué
perfiles, llaves, piernas de sombra y cielos plegables
se parte, con qué
gigantes en sonrisas
—dijo aquella que se va
en la intersección del pájaro.
Cuánto trabajo ella pasa
Por corregir la torpeza
De su esposo, y en la casa,
(Permitidme que me asombre).
Tan inepto como fatuo,
Sigue él siendo la cabeza,
Porque es hombre!
Si algunos versos escribe,
De alguno esos versos son,
Que ella sólo los suscribe.
(Permitidme que me asombre).
Si ese alguno no es poeta,
Por qué tal suposición
Porque es hombre!
Una mujer superior
En elecciones no vota,
Y vota el pillo peor.
(Permitidme que me asombre).
Con tal que aprenda a firmar
Puede votar un idiota,
Porque es hombre!
El se abate y bebe o juega.
En un revés de la suerte:
Ella sufre, lucha y ruega.
(Permitidme que me asombre).
Que a ella se llame el «ser débil»
Y a él se le llame el «ser fuerte».
Porque es hombre!
Ella debe perdonar
Siéndole su esposo infiel;
Pero él se puede vengar.
(Permitidme que me asombre).
En un caso semejante
Hasta puede matar él,
Porque es hombre!
Oh, mortal privilegiado,
Que de perfecto y cabal
Gozas seguro renombre!
En todo caso, para esto,
Te ha bastado.
Ofrezco este atentado a la lógica.
No tiene lugar ni filiación en el campo bibliográfico.
Porque prescinde de la verosimilitud y linda con el absurdo.
Alguien me dijo: Su libro será un fracaso que hará reír.
Y hallé júbilo en la predestinación: Al imaginar tres docenas de lectores riendo de las páginas de mi fracaso.
No deseo que me castiguen con comentarios.
Estos pequeños opúsculos, dispersos, rápidos, “policoloros” representan: NADA. (Propiedad fatua de la pirotecnia.
Diríamos que este folleto es una línea… – Historieta, aborto de novela, hubiese constituido un dibujo geométrico.
Aclaratoriamente, soy una inútil para lo último.
Abandono mi posición y me presento al público con 50 chispas artificiales.
C’est fini.
¿Para qué el mar? ¡Para qué el sol! ¿Para qué el cielo?
Estoy de viaje hoy día,
en viaje sin retorno
hacia aquella palabra sin orillas
que es el mar de mí misma y de mi olvido.
Después de que te he dado mar y cielo
me quedo con la tierra de mi vida
que es dulce como arcilla mojada en sangre y leche.
Ahora me sobra todo lo que tuve
porque soy como acuario y como roca.
Por mi sangre navegan peces ágiles
y en mi cuerpo se enredan las raíces
de unas plantas violetas y amarillas.
Tengo en la espalda herida
las huellas de dos alas cercenadas
y un poquito en mis ojos todavía
hay humedad inútil de recuerdos.
Pero qué importa todo esto ahora?
Cuando estiro los brazos y no hay
que no sea yo misma repetida.
Acaso no soy mar y no soy roca?
Misterios de colores en mi vida
suben y bajan en mareas altas
y extraños animales y demonios
se fingen ángeles y flores en mis grutas.
Están demás el mar, el sol, la tierra.
Ahora que he vuelto de un amor inmenso
tengo ya en la palabra sin orillas
lo que pudo caber entre tus manos.
Nadie más que yo ha de reírse
babeándote mi olor sobre la cara,
mascándote los huesos, los labios, los ojos.
Enovillé tu fuerza en la media pulgada
de tu descuido indio,
¡Pedro Marca!…
arrúgate ahora, corazón de coca
y lámete los pies hasta la cara…
Con cinco pelos de barba tenías al llegar;
te trajo el no saber de nada
y empezaste a golpear con ojos ciegos
el fuego de mi estaño
para sacarte arriba la canalla
desnudándote el hambre,
Y hoy está canando ya tu alma…
Te he tullido la risa
¡Pedro Marca!
Ahora bebe el sabor de copajira
y sacude tu sangre congelada
que te guíe el carburo pestilente
hasta encontrar tu nada.
Molienda, gira y regírale el complejo,
escupe Ingenio, ácido hipnótico, humo, agua,
que tiemble la concentradora de sus huesos
hasta que de su llanto surja mi mañana…
Ardan sus sesos en el horno rojo
y agiganten mi duelo…
¡Pedro Marca!
Arrastra hasta mis muelas a tus hijos,
Frescos como llegaste tú sin saber nada,
Que aún siento hambre de tuberculosis…
de reír tanto como río ahora…
¡Pedro Marca!
De montaña me has hecho otra montaña
e igual dentro la mina, que en la ciudad que habites
he de aplastarte con esta carcajada.
Desde lejos yo regreso
Ya te tengo en mi mirada
Ya contemplo en tu infinito mis montañas recortadas
Ya contemplo en tu infinito mis montañas recortadas
Desde lejos, desde aquellos
Horizontes que se escapan
Hoy regreso a tu infinito Pachamama Pachamama
Hoy regreso a tu infinito Pachamama Pachamama
Yo no logro explicarme con qué cadenas me atas
Con qué hierba me cautivas dulce tierra boliviana
Con qué hierba me cautivas dulce tierra boliviana
Lara laira larara laira
Con qué hierba me cautivas dulce tierra boliviana
Desde lejos yo regreso
A tus piedras trabajadas, por titanes ignorados que cobijan la altipampa
Por titanes ignorados que cobija la altipampa
Desde lejos como el viento
Traigo nombres de otras patrias
Pero busco en tu infinito las raíces de mi alma
Pero busco en tu infinito las raíces de mi alma
Yo no logro explicar con qué cadenas me atas
Con qué hierbas me cautivas dulce tierra boliviana
Con qué hierbas me cautivas dulce tierra boliviana
Lara laira larara Lara laira larara
Con qué hierbas me cautivas dulce tierra boliviana
Me siento al lado de los cactos
Sus espinas me tocan sin querer herirme
Y por mi espalda se deslizan sus labios hechos tuna
Como diciéndome
Yo te he querido como a nadie
Orfandad de la puna
En un gesto de ofrenda
Los pétalos de la ulala caen
El viento canta aromas
El tiempo se eterniza
Es mío el cielo
Entonces
Sé que no hay amor más grande que el seguir amando
A pesar de la espina y sus espinas.
Días enteros nos pasamos reflesionando. Tanto, que cuando nos descuidamos se nos había pasado el tiempo de la cosecha y las sandías se nos fueron en vicio. Así que hubo que volver a reflesionar. A la final nos pusimos de acuerdo en que con uno solo que reflesionara bastaba. Elegimos al más cabezón. Le dijimos que tenía que ver de evitar que los hombres se nos empezaran a dormir y también que tenía que ver de evitar que la sandía se nos fuera en vicio cuando nos demorábamos reflesionando. Ahí mismo nomás empezó a reflesionar el Cabezón. Medio cerró los ojos como si lo molestara la resolana y se empezó a tirar despacito la punta de la oreja. Ha de engordar los piojos, la reflesión, porque ahí nomás se le dio por rascarse la cabeza. Y no va que después de un momento dice que viene de reflesionar algo, que era vea lo que sigue: que el tiempo que se la pasara reflesionando había que mandarle algún regalito para mantenerlo más o menos gordo. Que cualquiera podía juntar la cosecha, pero que para reflesionar había que ser cabezón de nacimiento. Que si no acetábamos era mejor para él, porque era una gran responsabilidá y se estaba toda la vida mejor juntando la cosecha que reflesionando. Estuvimos discutiendo un rato largo pero al fin acetamos. De cada diez gallinas, una era para él; de cada diez sandías le dábamos una.
A la luz de una lámpara yo podía,
en otros tiempos, sobre una hoja blanca,
no el murmullo, pero sí las palabras,
de lo que entreveía, más alto,
lleno de un brillo verde, como en un cielo
veteado de llamas rojas, escribir.
Porque en los años
en que otros
viven la vida de la tierra,
girando en su tranquila dirección,
yo pasaba por días lentos como un meteoro,
la voz a medio erigir, contra natura,
llenando de ecos el aire de una ciudad
extendida a los pies del mundo,
como una criatura en busca de una mano
sobre la que comer, enloquecida, canciones.
A la luz de una lámpara yo podía,
en la noche tranquila, parado
y coronado de estrellas,
levantar la muchedumbre de mi voz,
ríos enteros de un agua sin par, el mismo
niño que ahora ni llora,
que ni duerme,
parado ciego y lleno sin embargo de una luz de tormenta,
con un ramo
de recuerdos insomnes en una mano
culpa miedo deseos deudas viajes muertes vacilaciones
y violencias
en la garganta.
La gente de mi generación se dispersa, en exilio. Del ramo vivo de nuestra juventud no quedan más que dos o tres pétalos empalidecidos. La muerte, la política, el matrimonio, los viajes, han ido separándonos con silencio, cárceles, posesiones, océanos. Años atrás, al comienzo, nos reuníamos en patios florecidos y charlábamos hasta el amanecer. Recorríamos la ciudad a paso lento, de las calles iluminadas del centro al río oscuro, al abrigo en el silencio de los barrios adormecidos, en las veredas frescas de los cafés, bajo los paraísos de la casa natal. Fumábamos tranquilos bajo la luna.
De esa vida pasada no nos quedan hoy más que noticias o recuerdos. Pero todo eso no es nada, si se compara con lo que le sucede a los que no se han separado. Entre ellos el exilio es más grande. Cada uno ha ido hundiéndose en su propio mar de lava endurecida: y cuando miman una conversación, nadie ignora que no se trata más que de ruidos, sin música ni significación. Todo el mundo tiene los ojos vueltos hacia adentro, pero esos ojos no miran más que un mar mineral, liso y grisáceo, refractario a toda determinación. Y si, por casualidad, uno logra contemplar sus pupilas, lo que sucede rara vez, alcanza a ver como el reflejo de un desierto desde el cual el Sahara ha de tener sin duda los atributos de la Tierra Prometida.
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