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-¿Ves televisión?
-A veces, cuando no hay na' que hacer y gueá.
-¿Qué ves?
-Videoclips, recitales y esa onda. ¿Querís una fumá?
-Ya. ¿Te calienta la tele?-(Aspiración profunda). ¿Qué onda?
-Los videos pornos, por ejemplo.
-Chiss, pero pa' eso tenis que tener un pasapelículas y una mina, y una casa, porque en los hoteles tampoco te dejan entrar por menor de edad.
-¿Y cómo lo haces?
-¿Qué?-Eso.
-Cuando estoy muy verde, me encierro en el baño, pero no falta que te interrumpan, cachái. Que pásame el pérsonal estéreo, que sale luego y gueá.
-¿Te masturbas frente al espejo?
-¿Qué onda?-¿Te ves?
-Claro.
-Y el espejo es como la tele y tú tienes el micrófono en la mano.
-No te cacho.
-¿Te gusta mirarte?
-Bueno, igual paso con la pierna tiesa. Me dicen el pate palo.
-¿Te gusta Madonna?
-(Chupada). Súper rica la loca, si la tuviera aquí...-Pero está en la tele.
-Sí, pero no se lo voy a poner a la tele.
-¿Entonces?
-(Conteniendo el humo). Sabís que de tanto hablar...
-¿Qué?-Se me paró el ñato, estoy duro... Mira, toca.
-...
-Apaga la grabadora y gueá.
(Corte)
Que si a uno lo invitan a Nueva York con todos los gastos pagados a participar del evento Stonewall, a veinte años del apaleo policial protagonizado por las chicas gay que en 1964 se tomaron un bar en el barrio del Village. Que si a uno le cuentan el cuento y se siente obligado a persignarse en el lugar del suceso. Un barcito oscuro, santuario de la causa homosexual donde viene la sodomía turística a depositar sus ofrendas florales. Porque ahí, en la vitrina, se exhiben las fotos desteñidas de las veteranas hipientas que resistieron no sé cuántos días el acoso de la ley, la agresión policíaca que pretendió desalojarlas sin éxito. Entonces cómo no derramar una lágrima en esta gruta de Lourdes Gay, que es como un altar sagrado para los miles de visitantes que se sacan la visera Calvin Klein y oran respetuosamente unos segundos cuando desfilan frente al boliche. Cómo no fingir al menos una pena si eres visita en Nueva York y te están matando el hambre y pagándote todo estas gringas militantes tan beatas y comerciantes con su historia política. Cómo no simular educadamente que sueltas la emoción por esas caras de las fotos en blanco y negro, que podrían ser de una película antigua que nunca vimos. Esas fotos de los próceres gays como sacados de Woodstock, coronados de rosas y cintitas de colores en la ventana del Bar Stonewall, lo mismo que en toda la cuadra, lo mismo que en todo el barrio del Village, decorado como una torta con los atuendos de la moda coliza. Porque cuando te bajas del metro en Cristopher Strect, te encuentras de sopetón con una tonelada de músculos y físicoculturistas, en minishort, peladas y con aritos, las parejas de hombres en patines pasan de la mano sopladas por tu lado como si no te vieran. Y cómo te van a ver si uno es tan re fea y arrastra por el mundo su desnutrición de loca tercermundista. Cómo te van a dar pelota si uno lleva esta cara chilena asombrada frente a este Olimpo de homosexuales potentes y bien comidos que te miran con asco, como diciéndote: Te hacemos el favor de traerte, indiecita, a la catedral del orgullo gay. Y uno anda tan despistada en estos escenarios del Gran Mundo, mirando las tiendas llenas de fetiches sadomasoquistas, de clavos, alfileres de gancho y tornillos y pinches y, cuanta porquería metálica para torturarse el cutis. ¡Ay qué dolor! Qué susto ver en la esquina ese grupo Leader's con sus moros, bigotes, cueros, bototos y esa brutalidad fascista que te recuerdan las pandillas de machos que en Chile uno les hacia el quite, cruzaba la calle y caminaba tiesa fingiendo mirar a otro lado. Pero aquí en el Village, en la placita frente al Bar Stonewall, abunda esa potencia masculina que da pánico, que te empequeñece como una mosquita latina parada en este barrio del sexo rubio. En este sector de Manhattan, la zona rosa de Nueva York donde las cosas valen un ojo de la cara, el epicentro del tour comercial para los homosexuales con dólares que visitan la ciudad. Sobre todo en esta fiesta mundial en que la isla de Manhattan luce embanderada con todos los colores del arco-iris gay. Que más bien es uno solo, el blanco. Porque tal vez lo gay es blanco. Basta entrar en el Bar Stonewall, que siempre está de noche, para darse cuenta que la concurrencia es mayoritariamente clara, rubia y viril, como en esas cantinas de las películas de vaqueros. Y si por casualidad hay algún negro y alguna loca latina, es para que no digan que son antidemocráticos.
Por eso no me quedé mucho rato en el histórico barcito, una rápida ojeada y uno se da cuenta que no tiene nada que hacer allí que no pertenece al oro postal de la clásica estética musculada, que la ciudad de Nueva York tiene otros recovecos donde no sentirse tan extraño, otros bares más contaminados donde el alma latina salsea su canción territorial.
Los funerales de una loca contagiada por el sida se han transformado en un evento social. Una exhibición de, modelos Calvin AIDS, recién estrenados, primorosamente escogidos, para despedir a la amiga como se lo merece, como nunca lo soñó en el dorado aeropuerto de «Nunca jamás».
El estigma de la plaga, que en los ochenta hacía huir como ratas a las amigas, negando mil veces haber conocido a la occisa, Esa virulencia homofóbica que entonces mostraba cortejos de cuatro pelagatos acompañando un ataúd huacho. Un pobre cajón rodeado de familiares tolerantes y de alguna loca camuflada de temor bajo el anonimato de las gafas. Ahora es otra cosa mariposa. En los noventa, es el acontecimiento que concentra la atención de un público atento, esperando paciente el deceso para ponerse el modelito guardado especialmente para la premier luctuosa.
Ahora la muerte sidada tiene clase y categoría. Cualquiera no se despide del mundo con ese glamour hollywoodense que se llevó a Hudson, Perkins, Nureyev y Fassbinder. Cualquiera no ostenta ese look de manchas leopardas, ese tatuaje sidado que no se destiñe, fíjate. Por eso el adiós-AIDS es inolvidable en su fulgor momentáneo. Es un encuentro de pestañas quebradas y risitas tu-tú contenidas por la emoción. Es el esperado momento de homenajear a la finada luciendo esa faz pálida, como neogótica. Con mucha ojera violácea, haciendo juego con el discreto pañuelito que va a enjugar la única lágrima, en el único momento de tirar la única rosa, no, mejor el único pétalo, sobre el terso ataúd.
De esta forma, las locas engalanadas con el drama han hecho de su muerte un tablao flamenco, una pasarela de la moda que se burla del sórdido ritual funerario. Más bien, revierten la compasión que pesa como un juicio pecaminoso sobre el sida homosexual, lo transforman en alegoría. Con sus destellos coligüillos, amortiguan el duelo, lo colorean, lo refulgen, lo descargan de esa fetidez piadosa. Lo relucen con la ópera comediante le su llanto. Y nadie sabe si esa lágrima de diamante que rueda por su mejilla es auténtica. Nadie pondría en duda esa amarga gota escenográfica, que brilla lentejuela en el ojo de la última escena. Esas manos apenas temblorosas, que van midiendo cada pésame, cada condolencia, como si tomaran las medidas de un traje de noche. Como si cada gesto de pena fuera hilvanado en una basta de contención, en pliegues de dolor, que se ajustan al teatro mortuorio con los alfileres de la complicidad maricueca.
El sepelio de una loca sidada es para filmarlo. Acuden al evento las amigas revoltosas que tratan de amarrarse las trenzas con cintas de nerviosa seriedad. Un poco preocupadas, miran el reloj, pensando que la lista corre rápido. «Hoy por ti, mañana por mí», es el responso. Nadie sabe quién tiene pasaje de ida en el Boeing Z.A.Z, vuelo siete cero positivo. Ninguna puede reírse tanto. Menos esa flaca cabello de ángel que hizo el teatro del desmayo en el cementerio, y sus quejidos de perra asmática partían el alma.
Menos ella, que antes de sellar el cajón, como al descuido, le echó adentro cigarros y fósforos porque su amiga no podía dormir sin fumar.
Qué leés, qué me ves, qué soñás
Toda el agua del mundo se ha incendiado
Te soltás, te vas, te dejás ir
*Acústicas canciones son Yamina Leiva & Juan Torres
Soy todo lo que recuerdo y vos,
todo lo que has olvidado.
Yo me muevo entre las cosas,
vos entre fantasmas cansados.
Cuando la cárcel se desarmó,
la penitencia fue amarte.
No se fuga uno para atrás,
se fuga para adelante.
El diablo tiene una cola,
que no la puede ocultar.
Por más disfraz que te pongas
siempre se te va a notar.
Yo soy todo lo que recuerdo
y vos, todo lo que has olvidado.
Yo me muevo entre las cosas,
vos entre fantasmas cansados.
La verdad es perro fiel,
que vive en todas las casas,
que muerde a quien no lo atiende
y defiende al que lo guarda.
El manjar que los corderos
sueñan un día comer
es lobo crudo con pelo
vivo a punto de comer.
Yo soy todo lo que recuerdo y vos,
todo lo que has olvidado
Yo me muevo entre las cosas,
vos entre fantasmas cansados
Lo que te da terror te define mejor,
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