
Sign up to save your podcasts
Or


Frío;
Está muy malo el corralero
y allá en el potrero como viejo está.
Hay que ayudarlo a que muera
para que no sufra más.
Siempre fuiste el más certero
y por eso debes su mal aliviar.
Como pretende que yo,
que lo crie de potrillo,
clave en su pecho un cuchillo
porque el patrón lo ordenó.
Déjenlo no más pastar,
no rechacen mi consejo,
que yo lo voy a enterrar
cuando se muera de viejo.
Junto al estero del valle
lo encontré tendido casi al expirar.
Me acerqué muy lentamente
y se lo quise explicar,
pero al verlo resignado
me tembló la mano y me puse a llorar.
Como pretende que yo,
que lo crie de potrillo,
clave en su pecho un cuchillo
porque el patrón lo ordenó.
Déjenlo no más pastar,
no rechacen mi consejo,
que yo lo voy a enterrar
cuando se muera de viejo.
¿Surgió de bajo tierra?
¿Se desprendió del cielo?
Estaba entre los ruidos,
herido,
malherido,
inmóvil,
en silencio,
hincado ante la tarde,
ante lo inevitable,
las venas adheridas
al espanto,
al asfalto,
con sus crenchas caídas,
con sus ojos de santo,
todo, todo desnudo,
casi azul, de tan blanco.
Hablaban de un caballo.
Yo creo que era un ángel.
Al fondo de todo esto duerme un caballo
blanco, un viejo caballo
largo de oído, estrecho de
entendederas, preocupado
por la situación, el pulso
de la velocidad es la madre que lo habita: lo montan
los niños como a un fantasma, lo escarnecen, y él duerme
durmiendo parado ahí en la lluvia, lo
oye todo mientras pinto estas once
líneas. Facha de loco, sabe
que es el rey.
Desposamiento
El caballo está desnudo.
Falsa domesticación
¿Qué es el caballo? Es la libertad tan indomable que se torna inútil aprisionarlo para que sirva al hombre: se deja domesticar, pero con unos simples movimientos de sacudida rebelde de cabeza —agitando las crines como una cabellera suelta— demuestra que su íntima naturaleza es siempre bravia y límpida y libre.
Forma
La forma del caballo representa lo mejor del ser humano. Tengo un caballo dentro de mí que raramente se expresa. Pero cuando veo a otro caballo entonces el mío se expresa. Su forma habla.
Dulzura
¿Qué es lo que hace al caballo ser de brillante naturaleza? Es la dulzura de quien asumió la vida y su arco iris. Esa dulzura se objetiva en el pelo suave que deja adivinar los elásticos músculos ágiles y controlados.
Sensibilidad
Todo caballo es salvaje y arisco cuando manos inseguras lo tocan.
Adolescencia de niña-potro
Ya me relacioné de modo perfecto con el caballo. Me acuerdo de mí adolescente. De pie con la misma altivez del caballo y pasando la mano por su pelo lustroso. Por su agreste crin agresiva. Ya me sentía como si algo mío nos viese de lejos. Así: «La muchacha y el caballo».
El alarde
En la hacienda el caballo blanco —rey de la naturaleza— lanzaba hacia lo alto de la suavidad del aire su largo relincho de esplendor.
Hay que tirar muy fuerte
para abrir la ventana
del baño, pero el aire
que afeita como el hielo
es Dios de nuevo.
Le digo adiós a un hombre
que miraba el invierno
y tenía una nieta
y un hotel,
allá arriba,
que era como mi casa.
Le digo adiós a un hombre
que se llamó Juan Reymond.
Le digo adiós a un hombre
y a una mujer jóvenes
naufragando en el viento,
sobre nubes y sábanas
y caballos pequeños.
Las nubes, como lunas
húmedas, van pasando
y es como leche de mujer
la pampa
con el caballo al paso.
Ya no veo.
Por dentro era una rosa
y por fuera un caballo fino y puro.
Iba a correr carreras con el viento,
a crecer en el triunfo,
a tener en el belfo una centella,
a erguirse dulce, oscuro,
deslumbrante, dorado,
en la peana de la victoria,
con una estrella entre dos orejas
y en las crines el soplo de la gloria.
Y amaneció una mañana muerto,
rígidos los cuatro remos,
rígido el cuello, terciopelo yerto,
de niebla los dos ojos e intacto su centeno.
Llegó la luz y no la vio siquiera.
Cantando pasó el viento
con olor de la avena en primavera.
El hombre lo miró y no dijo nada.
Era un caballo muerto.
Pero yo me incliné y en su cabeza,
su cabeza perdida,
puse un beso.
Absoluta
paciencia:
los árboles erguidos,
sus rodillas hundidas en la
niebla. La niebla
lentamente
sube por la colina.
Pálidas
telarañas, el pasto
que ralea allí donde los ciervos
anduvieron en busca de manzanas.
En el bosque,
desde el arroyo
hasta la cumbre
que se alza por encima
de la niebla, no se ve
un solo pájaro.
Tan absoluta es,
que no podría ser
más que la dicha, una respiración
que de tan sosegada
no se escucha.
Traducción: Ezequiel Zaidenwerg
Algo tira de mí suave,
invisible, silenciosamente:
un hilo, o una red
hecha de hilos,
más delgada que una telaraña
e igual de elástica. Yo aún no probé
su resistencia. No me ensartó
un anzuelo, desgarrándome.
¿Habrá sido hace poco que este
hilo empezó a tirar de mí?
¿O fue hace mucho? ¿Habré
nacido, con este nudo alrededor del
cuello, una correa? No es miedo,
sino un súbito
asombro lo que me hace
contener el aliento, al sentir
un tironeo justo cuando empezaba
a parecerme que se había aflojado y ya no estaba.
Traducción: Ezequiel Zaidenwerg
Dos chicas, en un verso
Traducción: Ezequiel Zaidenwerg
From the publisher's feed