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Or


Usted no velaba: era.
Lo que pasa y, al mismo tiempo,
permanece, se desplegaba, ubicuo, o uno más bien,
dentro y fuera de usted —en los
relentes de abril, o en un río, que es,
de todo esto, imagen y materia.
Yo lo veo, todavía,
saludándonos, desde la barranca, en Paraná,
engañosamente frágil, más presente
que todo ese ruido
al que ellos llaman, ligeros, el mundo real,
sin saber que usted salvaba,
con una exacta ecuanimidad,
regiones enteras de la ruina.
Y había visto golpear la noche escandinava. Daba
como un fuego blanco, lento, más arduo
que una pared en la llanura de la vista y, sobre todo,
a lo largo de vías férreas tendidas sobre la nieve, solitario.
Desprovisto, ya, de su infancia, sucio después de tantos viajes,
ninguna palabra le servía, se le atascaban en la garganta
o bien nacían, de golpe, autónomas, entre los dientes amarillos y el labio
superior. Y por encima de todo eso, la noche polar del alma, la madurez,
que blandía, gentil y sin convicción, contra el miedo y los instintos.
Todos bailaban desnudos
a su alrededor, lamiéndose
como perros, fotografiándose contra un fondo internacional,
y había visto, sin embargo, desde el tren,
dos niños jugando en la nieve, vestidos de azul, dándose vuelta
cuando su madre, con una voz inaudible, desde una ventana de la casa,
en la nieve muda, los llamaba. Llamaría a ese momento,
si quedaba grabado en su retina como una cicatriz, junto con otros,
más viejos, su experiencia. Veneremos, mientras podamos,
de todo hombre, la facultad de recordar, y los pájaros que cruzan,
en nuestra infancia, negros, como rayos, el cielo. Y sepamos,
de antemano, que llegará, imperceptible, el momento
en que veremos, nítidos, los rayos de nuestra infancia,
como el diagrama de vías férreas que dejamos atrás cuando se borra
la estación. Él venía en ese momento en el tren
pensando «Algo escribiré con todo esto», como el sedimento
de un café tomado despacio en el vagón restaurant, viendo
al gran tramoyista correr para atrás el telón de la tierra[66]. Una borra
espesa, densa, a la que otros puedan sacarle todavía algún sabor
en algún desayuno futuro. Tentado como estaba
por las ciudades modernas, los grandes temas de conversación, la nostalgia:
«También a mí me saldrán esas odas que cantan como soles en el aire de
nuestros años.
No tengo más que recuperar mi simplicidad». Echar por la borda
lecturas y tics, temores. Pero ¿dónde estábamos?
¿No estoy hablando demasiado? ¿No apuesto en exceso en favor de la
inspiración?
Pero ¿qué es, me pregunto, la poesía, sino este trago de cognac
que el perro del recuerdo, después de habernos buscado mucho,
nos da a tomar en medio de una noche polar, el vómito
que nos devuelve la salud después de la borrachera? Otros
son más pulcros que yo, cincelan y cantan a cualquier Dios, elevado.
Si aunque más no fuere esa fuerza me quedara.
Aquí estoy ahora en medio de la noche escandinava, contemporáneo
de un paraíso que se deshoja, solo,
y ya mirando unos árboles de los que ni el nombre conozco. Más vale
que termine ahora. Algo he estado tratando de decir
y que debió haber sido férreo, como un árbol. Empezando,
canto, en tercera persona, para venir a terminar, gritando,
como esas otras ramas del mismo árbol de oro creciente e inmortal
a las que llamo
con desdén
mis enemigos
literarios.
Leto avanza y llega tan cerca de los pájaros que más de una vez tiene que hacerse a un lado para que no lo rocen en su vuelo o se lo lleven por delante. Ahora, desde donde está parado, puede ver por fin el objeto: es una pelota grande de playa, de plástico amarillo, que algún chico ha debido olvidarse el día anterior y que, abandonada en la orilla del lago, enredada entre plantas acuáticas, se mece, despacio, con cada olita imperceptible que llega, periódica, a sacudirla. Entre los chillidos cada vez más excitados y los aleteos frenéticos de los pájaros, indiferentes a su presencia, Leto contempla la esfera amarilla que concentra o expande radiaciones intensas, presencia incontrovertible y al mismo tiempo problemática, concreción amarilla menos consistente que la nada y más misteriosa que la totalidad de lo existente, y después, no sin compasión, viendo el revoloteo enloquecido de los pájaros acrecentarse a su alrededor, él, Leto, ¿no?, que está empezando a derribar los suyos, presiente cuánto les hace falta de extravío, de espanto y de confusión a las especies perdidas para erigir, en la casa de la coincidencia, que también podría ser otro nombre, ¿no?, el santuario, superfluo en más de un sentido, de, como parece que los llaman, sus dioses.
El trabajo del sueño no es el cálculo
(el agua tiene otras cifras y el sueño es un líquido
que unta las primeras horas de la vigilia).
Uno aprende con las noches
lo que el ojo cerrado consume con su boquita parpadeante.
El saludo de la mañana en el sueño
es un lobo que lame su lenta luna de lona.
El trabajo del sueño no es el jeroglífico.
Uno aprende con las noches
lo que el ojo cerrado produce con sus globos movedizos.
La conversación del día en el sueño
es un guerrero lanzando mariposas amoladas
escudándose en un gran caparazón de tortuga.
El trabajo del sueño no es el pensar.
Uno aprende con las noches
lo que el ojo cerrado conoce con los espejos de uno mismo.
La mujer vestida de ceniza brillante, poro a poro,
dialoga con el jinete de caballo de algodón
y uno feliz escucha
y la invita a una taza de café, con los ojos cerrados
como un buen malabarista que sólo despierta para soñar.
Yo ansié tener un cuerpo que practicara,
como un arte, la ignorancia de sí.
Que cayera rendido con la levedad con que caen
las hojas de los árboles. Cuando fuera inevitable,
nunca antes. Pero de tu cuerpo no deseaba
sino lo que había en él de frágil, de imperfecto:
la cicatriz que te cruzaba el pómulo, las pequeñas
arrugas en la frente. La herida
que te asemejaba a mí. Dos ramitas secas
ante la embestida de la menor brisa,
se quiebran. El camino es interminable, te decía,
da vueltas y vueltas alrededor del mundo
y en alguna de esas vueltas los que estaban
destinados a perderse, se encuentran.
Se dice que a la vera
de cierta ruta que atraviesa el desierto,
es posible hundir una vara en la hierba reseca
y en algún momento brotará el petróleo como un géiser.
Anoche tuve un sueño en el que viajábamos por días
y días para encontrar el yacimiento, a la manera
de los scouts o los cazadores de fortuna
del oeste. Al llegar era de noche,
no había una sola estrella, el pozo
estaba seco. Yo me dormía y te quedabas
al lado mío, cuidando mi sueño. No estabas allí
a la mañana siguiente.
En el sueño, alguien decía:
donde tengas tu tesoro tendrás
tu corazón. Y yo me preguntaba qué pasaría
si tu tesoro se perdiera,
qué pasaría en un juego de cajas chinas
si al llegar a la última,
la que debería contener el objeto precioso,
esa, como todas las otras,
estuviera vacía.
Gotas de lluvia caen como finas líneas de lápiz
sobre papel, aletean entre las hojas
de la parra cargada de uvas, las atraviesan.
Keanu Reeves charla sentado en un sillón
junto a mi madre, habla como si con ella
tuviera un romance, yo no puedo creerlo.
Desde la cocina los miro y giro mi rostro,
para ver caer la lluvia que alivia.
Esto no da para más, pienso. Me niego:
mi madre muerta y yo que estoy viva
¿qué hace Keanu vestido así como John Wick
con ese sobretodo y dos chalinas, en verano?
La parra da su sombra,
hay en ella hojas verdes y porosas,
racimos de uvas tersas, rosadas.
Salgo al patio, a la lluvia fresca,
pongo mi mano a la trasluz del sol de la tarde.
Las gotitas caen de pie, en cámara lenta,
rebotan y replican la expansión vital de la luz.
Keanu se levanta, se acerca a mí,
imprime su cuerpo al mío: es la tibieza.
Así él camina conmigo bajo la luz.
Un baile sin música de fondo y en silencio.
El calor del sol da su contorno a los objetos.
El brillo de las uvas irradia un espesor planetario.
Yo elevo mis manos a la lluvia y él entonces
habla con aire y sin altisonancia:
debemos encontrarnos en tu libro.
Escribí, me dice Keanu,
mi nombre clave es Salazar.
Escribí para encontrarnos
hacé volver a Salazar,
mové hacia atrás el tiempo,
y después hacia adelante,
eso puede hacerse en la ficción,
y yo te amo.
Me despierto y escribo, porque
un mandato como este, una promesa así,
no debe desoírse.
En el sueño esperamos un barco.
Tomamos un jugo de sabor a maní, sobre una
mesa que cojea.
La angustia crece con la tarde
y una mujer no hace más que escribir,
concentrada sobre un cuaderno infantil, lo que
sucede.
Todo en el sueño es inquietud,
un túnel borroso hacia la mañana y la
llamada inaugural desde los muelles. Nada tan
importante como esa función, pienso en el sueño:
anotarlo todo, todo, hasta la exasperación - mi mirada turbia,
las correas gastadas del bolso en un rincón de
la habitación-.
Acaso veo -en el sueño y despierta-
como me fragmento y a la vez me congelo, en una
imagen sin otro esplendor que sus leyes geométricas,
un mundo en donde la mujer
no levantará los ojos para ver mi terror
convertido en guirnaldas de despedida
o en plegarias. Un lugar que usa la pasión como
un objeto movible -un cielo abierto, lechoso-,
una frontera.
Como granizo caen tus pasos alejándose
mientras sueño con detectores de metales.
En el sueño no se podían mostrar las armas.
Ajusto el zoom de la espera a lo posible
y desenfoco el mundo.
Una pregunta lo destruiría todo.
El viento es inocente
de todo lo que arrasa.
Sueño con serpientes
Con serpientes de mar
Con cierto mar, ay, de serpientes, sueño yo
Largas, transparentes
Y en sus barrigas llevan
Lo que puedan arrebatarle al amor
Oh, oh, oh
La mato y (aparece una mayor)
Oh, oh, oh
Con mucho más infierno en digestión
No quepo en su boca
Me trata de tragar
Pero se atora con un trébol de mi sien
Creo que está loca
Le doy de masticar
Una paloma y la enveneno de mi bien
Oh, oh, oh
La mato y aparece una mayor
Oh, oh-oh, oh-oh-oh
Con mucho más infierno en digestión
Esta al fin me engulle
Y mientras por su esófago
Paseo, voy pensando en qué vendrá
Pero se destruye
Cuando llego a su estómago
Y planteo con un verso una verdad
Oh, oh-oh, oh-oh
La mato y aparece una mayor
Oh, oh-oh, oh-oh-oh
Con mucho más infierno en digestión
Uh, uh, uh
La mato y aparece una mayor
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