Orden de traslado

Orden de traslado

By Ezequiel ZaidenwergArtsBooks
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Orden de traslado episodes

  • Gualeguay (Juan José Saer, por Ariel Pérez Guzmán)

    Usted no velaba: era.

    Lo que pasa y, al mismo tiempo,

    permanece, se desplegaba, ubicuo, o uno más bien,

    dentro y fuera de usted —en los

    relentes de abril, o en un río, que es,

    de todo esto, imagen y materia.

    Yo lo veo, todavía,

    saludándonos, desde la barranca, en Paraná,

    engañosamente frágil, más presente

    que todo ese ruido

    al que ellos llaman, ligeros, el mundo real,

    sin saber que usted salvaba,

    con una exacta ecuanimidad,

    regiones enteras de la ruina.

    1 min
  • Elegía Pichón Garay (Juan José Saer, por Sol Correa)

    Y había visto golpear la noche escandinava. Daba

    como un fuego blanco, lento, más arduo

    que una pared en la llanura de la vista y, sobre todo,

    a lo largo de vías férreas tendidas sobre la nieve, solitario.

    Desprovisto, ya, de su infancia, sucio después de tantos viajes,

    ninguna palabra le servía, se le atascaban en la garganta

    o bien nacían, de golpe, autónomas, entre los dientes amarillos y el labio

    superior. Y por encima de todo eso, la noche polar del alma, la madurez,

    que blandía, gentil y sin convicción, contra el miedo y los instintos.

    Todos bailaban desnudos

    a su alrededor, lamiéndose

    como perros, fotografiándose contra un fondo internacional,

    y había visto, sin embargo, desde el tren,

    dos niños jugando en la nieve, vestidos de azul, dándose vuelta

    cuando su madre, con una voz inaudible, desde una ventana de la casa,

    en la nieve muda, los llamaba. Llamaría a ese momento,

    si quedaba grabado en su retina como una cicatriz, junto con otros,

    más viejos, su experiencia. Veneremos, mientras podamos,

    de todo hombre, la facultad de recordar, y los pájaros que cruzan,

    en nuestra infancia, negros, como rayos, el cielo. Y sepamos,

    de antemano, que llegará, imperceptible, el momento

    en que veremos, nítidos, los rayos de nuestra infancia,

    como el diagrama de vías férreas que dejamos atrás cuando se borra

    la estación. Él venía en ese momento en el tren

    pensando «Algo escribiré con todo esto», como el sedimento

    de un café tomado despacio en el vagón restaurant, viendo

    al gran tramoyista correr para atrás el telón de la tierra[66]. Una borra

    espesa, densa, a la que otros puedan sacarle todavía algún sabor

    en algún desayuno futuro. Tentado como estaba

    por las ciudades modernas, los grandes temas de conversación, la nostalgia:

    «También a mí me saldrán esas odas que cantan como soles en el aire de

    nuestros años.

    No tengo más que recuperar mi simplicidad». Echar por la borda

    lecturas y tics, temores. Pero ¿dónde estábamos?

    ¿No estoy hablando demasiado? ¿No apuesto en exceso en favor de la

    inspiración?

    Pero ¿qué es, me pregunto, la poesía, sino este trago de cognac

    que el perro del recuerdo, después de habernos buscado mucho,

    nos da a tomar en medio de una noche polar, el vómito

    que nos devuelve la salud después de la borrachera? Otros

    son más pulcros que yo, cincelan y cantan a cualquier Dios, elevado.

    Si aunque más no fuere esa fuerza me quedara.

    Aquí estoy ahora en medio de la noche escandinava, contemporáneo

    de un paraíso que se deshoja, solo,

    y ya mirando unos árboles de los que ni el nombre conozco. Más vale

    que termine ahora. Algo he estado tratando de decir

    y que debió haber sido férreo, como un árbol. Empezando,

    canto, en tercera persona, para venir a terminar, gritando,

    como esas otras ramas del mismo árbol de oro creciente e inmortal

    a las que llamo

    con desdén

    mis enemigos

    literarios.

    5 min
  • Glosa (Juan José Saer, por Pablo Puel)

    Leto avanza y llega tan cerca de los pájaros que más de una vez tiene que hacerse a un lado para que no lo rocen en su vuelo o se lo lleven por delante. Ahora, desde donde está parado, puede ver por fin el objeto: es una pelota grande de playa, de plástico amarillo, que algún chico ha debido olvidarse el día anterior y que, abandonada en la orilla del lago, enredada entre plantas acuáticas, se mece, despacio, con cada olita imperceptible que llega, periódica, a sacudirla. Entre los chillidos cada vez más excitados y los aleteos frenéticos de los pájaros, indiferentes a su presencia, Leto contempla la esfera amarilla que concentra o expande radiaciones intensas, presencia incontrovertible y al mismo tiempo problemática, concreción amarilla menos consistente que la nada y más misteriosa que la totalidad de lo existente, y después, no sin compasión, viendo el revoloteo enloquecido de los pájaros acrecentarse a su alrededor, él, Leto, ¿no?, que está empezando a derribar los suyos, presiente cuánto les hace falta de extravío, de espanto y de confusión a las especies perdidas para erigir, en la casa de la coincidencia, que también podría ser otro nombre, ¿no?, el santuario, superfluo en más de un sentido, de, como parece que los llaman, sus dioses.

    2 min
  • Freud Revisited (Rafael Acevedo, por Sebastián Báez)

    El trabajo del sueño no es el cálculo

    (el agua tiene otras cifras y el sueño es un líquido

    que unta las primeras horas de la vigilia).

    Uno aprende con las noches

    lo que el ojo cerrado consume con su boquita parpadeante.

    El saludo de la mañana en el sueño

    es un lobo que lame su lenta luna de lona.

    El trabajo del sueño no es el jeroglífico.

    Uno aprende con las noches

    lo que el ojo cerrado produce con sus globos movedizos.

    La conversación del día en el sueño

    es un guerrero lanzando mariposas amoladas

    escudándose en un gran caparazón de tortuga.

    El trabajo del sueño no es el pensar.

    Uno aprende con las noches

    lo que el ojo cerrado conoce con los espejos de uno mismo.

    La mujer vestida de ceniza brillante, poro a poro,

    dialoga con el jinete de caballo de algodón

    y uno feliz escucha

    y la invita a una taza de café, con los ojos cerrados

    como un buen malabarista que sólo despierta para soñar.

    2 min
  • Mi mundo privado (Claudia Masin, por Mariana Colombo)

    Yo ansié tener un cuerpo que practicara,

    como un arte, la ignorancia de sí.

    Que cayera rendido con la levedad con que caen

    las hojas de los árboles. Cuando fuera inevitable,

    nunca antes. Pero de tu cuerpo no deseaba

    sino lo que había en él de frágil, de imperfecto:

    la cicatriz que te cruzaba el pómulo, las pequeñas

    arrugas en la frente. La herida

    que te asemejaba a mí. Dos ramitas secas

    ante la embestida de la menor brisa,

    se quiebran. El camino es interminable, te decía,

    da vueltas y vueltas alrededor del mundo

    y en alguna de esas vueltas los que estaban

    destinados a perderse, se encuentran.

    Se dice que a la vera

    de cierta ruta que atraviesa el desierto,

    es posible hundir una vara en la hierba reseca

    y en algún momento brotará el petróleo como un géiser.

    Anoche tuve un sueño en el que viajábamos por días

    y días para encontrar el yacimiento, a la manera

    de los scouts o los cazadores de fortuna

    del oeste. Al llegar era de noche,

    no había una sola estrella, el pozo

    estaba seco. Yo me dormía y te quedabas

    al lado mío, cuidando mi sueño. No estabas allí

    a la mañana siguiente.

    En el sueño, alguien decía:

    donde tengas tu tesoro tendrás

    tu corazón. Y yo me preguntaba qué pasaría

    si tu tesoro se perdiera,

    qué pasaría en un juego de cajas chinas

    si al llegar a la última,

    la que debería contener el objeto precioso,

    esa, como todas las otras,

    estuviera vacía.

    6 min
  • Mi nombre en clave es Salazar (Analía Giordanino, por Beatriz Vignoli)

    Gotas de lluvia caen como finas líneas de lápiz

    sobre papel, aletean entre las hojas

    de la parra cargada de uvas, las atraviesan.

    Keanu Reeves charla sentado en un sillón

    junto a mi madre, habla como si con ella

    tuviera un romance, yo no puedo creerlo.

    Desde la cocina los miro y giro mi rostro,

    para ver caer la lluvia que alivia.

    Esto no da para más, pienso. Me niego:

    mi madre muerta y yo que estoy viva

    ¿qué hace Keanu vestido así como John Wick

    con ese sobretodo y dos chalinas, en verano?

    La parra da su sombra,

    hay en ella hojas verdes y porosas,

    racimos de uvas tersas, rosadas.

    Salgo al patio, a la lluvia fresca,

    pongo mi mano a la trasluz del sol de la tarde.

    Las gotitas caen de pie, en cámara lenta,

    rebotan y replican la expansión vital de la luz.

    Keanu se levanta, se acerca a mí,

    imprime su cuerpo al mío: es la tibieza.

    Así él camina conmigo bajo la luz.

    Un baile sin música de fondo y en silencio.

    El calor del sol da su contorno a los objetos.

    El brillo de las uvas irradia un espesor planetario.

    Yo elevo mis manos a la lluvia y él entonces

    habla con aire y sin altisonancia:

    debemos encontrarnos en tu libro.

    Escribí, me dice Keanu,

    mi nombre clave es Salazar.

    Escribí para encontrarnos

    hacé volver a Salazar,

    mové hacia atrás el tiempo,

    y después hacia adelante,

    eso puede hacerse en la ficción,

    y yo te amo.

    Me despierto y escribo, porque

    un mandato como este, una promesa así,

    no debe desoírse.

    3 min
  • Doble fondo (Paulina Vinderman, por Seres Azules)

    En el sueño esperamos un barco.

    Tomamos un jugo de sabor a maní, sobre una

    mesa que cojea.

    La angustia crece con la tarde

    y una mujer no hace más que escribir,

    concentrada sobre un cuaderno infantil, lo que

    sucede.

    Todo en el sueño es inquietud,

    un túnel borroso hacia la mañana y la

    llamada inaugural desde los muelles. Nada tan

    importante como esa función, pienso en el sueño:

    anotarlo todo, todo, hasta la exasperación - mi mirada turbia,

    las correas gastadas del bolso en un rincón de

    la habitación-.

    Acaso veo -en el sueño y despierta-

    como me fragmento y a la vez me congelo, en una

    imagen sin otro esplendor que sus leyes geométricas,

    un mundo en donde la mujer

    no levantará los ojos para ver mi terror

    convertido en guirnaldas de despedida

    o en plegarias. Un lugar que usa la pasión como

    un objeto movible -un cielo abierto, lechoso-,

    una frontera.

    4 min
  • Sueño con serpientes (Silvio Rodriguez, por Milena Fernández, Martin Becker, Francisco Bustos y bru.estudio)

    Sueño con serpientes

    Con serpientes de mar

    Con cierto mar, ay, de serpientes, sueño yo

    Largas, transparentes

    Y en sus barrigas llevan

    Lo que puedan arrebatarle al amor

    Oh, oh, oh

    La mato y (aparece una mayor)

    Oh, oh, oh

    Con mucho más infierno en digestión

    No quepo en su boca

    Me trata de tragar

    Pero se atora con un trébol de mi sien

    Creo que está loca

    Le doy de masticar

    Una paloma y la enveneno de mi bien

    Oh, oh, oh

    La mato y aparece una mayor

    Oh, oh-oh, oh-oh-oh

    Con mucho más infierno en digestión

    Esta al fin me engulle

    Y mientras por su esófago

    Paseo, voy pensando en qué vendrá

    Pero se destruye

    Cuando llego a su estómago

    Y planteo con un verso una verdad

    Oh, oh-oh, oh-oh

    La mato y aparece una mayor

    Oh, oh-oh, oh-oh-oh

    Con mucho más infierno en digestión

    Uh, uh, uh

    La mato y aparece una mayor

    5 min
  • La transfiguración de Miguel Ángel, o "La fe mueve montañas" (Pedro Lemebel, en la voz de Mariana Spada)
    Cada cierto tiempo en Chile, y según el oportunismo noticioso, que levanta o acalla sucesos populares de acuerdo a las políticas de turno, se aparecen vírgenes en las cortezas de los árboles, en la pintura revenida de un muro abandonado, en la ventana rota de una casa de putas, en un gallinero, donde las aves ponen huevos con la cara de Nuestra Señora, en el vidrio del auto de Pinochet, hecho astillas en el atentado, en las tapitas de Coca-Cola, en la bandera desteñida de un club deportivo, en fin, por todas partes, sin previo aviso, la madre de Cristo reitera su performance iluminando al primero que la ve, dejándolo con los ojos blancos, titulado de curador, por ser el elegido que prendió la tele de la santidad.
    Tal fue el bullado caso del Miguel Ángel de Villa Alemana. El niño santo, el púber médium que de un día a otro cambió su aporreada vida de orfanato por la fama de milagrero que hablaba con la virgen de tú a tú. Antes de aquella tarde, Miguel Ángel era un deslavado niño chileno, sin ninguna gracia. Y su pueblo no aparecía en las noticias desde el terremoto. Entonces nadie podía imaginar que ese pobre huacho iba a ser el personaje que provocaría tanta conmoción repitiendo yo la vi, yo la vi, ella me dijo. Y se despobló el pueblo con el alcalde, el cura, las profesoras, los bomberos y cuanto curioso corriendo, atropellándose por llegar al cerro donde el cabro decía que la virgen lo estaba esperando. Que ahí mismo, en esos peñascos, en esa lomita, hay una señora de blanco que me está llamando. ¿No la ven? Es tan linda. Fíjense cómo me sonríe. Pero nadie veía más que piedras y espinos. Nadie puede ver a la inmaculada porque ella no quiere, dijo una mujer. Ella sólo se deja ver por niños puros, y en este pueblo la gente es tan mala y peleadora. Solamente al Miguel Ángel le da la pasa para deleitarlo con su fulgor. Y parece que era cierto, porque el Miguel Ángel entraba como en éxtasis cuando llegaba la hora de su cita con la dama del alba. Y a través de su extraviada meditación, por su cara de arcángel volado, la multitud se hizo partícipe del milagro, viéndolo caer al suelo, orando, en trabalenguas y extrañas murmuraciones que las beatas traducían al latín y mapuche.La gran aglomeración de pueblo que llegaba a Peña Blanca estallaba en llantos y mea culpas cuando al chiquillo le bajaban esos tiritones, esos ataques, esa epilepsia delespíritu revolcándose en las piedras, arañándose la cara, arrancándose el pelo a mechones. No podían sujetarlo, tenía la fuerza de un toro, ni siquiera cinco hombres podían con él. Se dejaba todo machucado, solamente por los pecados del mundo, decían las mujeres. Por tanta cosa terrible que pasa en este país, el pobrecito se convierte en un Cristo niño que paga por nosotros.
    Así, la noticia del Bernardito de Villa Alemana sobrepasó las fronteras del chismorreo campestre, sobre todo cuando se supo que un cojo salió corriendo, un ciego, dijo ver la bandera norteamericana en la luna, y un mudo se convirtió en relator deportivo. Entonces, comenzaron las peregrinaciones, las multitudes de enfermos que buscaban la sanación, y los sanos aburridos que deseaban contraer la epidemia de la fe. Por camionadas llegaban paralíticos tullidos y sifilíticos que arrastraban sus hernias, dejando una huella purulenta en el camino. Tratando de alcanzar la luz medicinal de las manos del niño santo, el iluminado Miguel Ángel, la bienaventuranza del pueblo, ahora cómodamente instalado en una regia casa, donde sus secretarias encuestaban, hacían prediagnósticos, repartían números, y a escobazos mantenían a raya al choclón de moribundos que se agarraban a muletazos por alcanzar una consulta. Y fue tal el suceso, que la conmoción llegó a Santiago. Y corrieron los periodistas acezando con sus grabadoras y libretas tomando notas. Y llegó la televisión con cámaras infrarrojas para revelar la imagen extraterrestre, que decían, bajaba al Chile de Pinochet para conversar con un niño pobre. Tanto despelote preocupó a la curia
    3 min

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