Orden de traslado

Orden de traslado

By Ezequiel ZaidenwergArtsBooks
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Orden de traslado episodes

  • Galeones de abril (John Ashbery, en la voz de Ibrahim Hernández)

    Algo se incendiaba. Y además,

    del otro lado de la habitación había un vals desacreditado,
    vivito y contando historias de los conquistadores
    y de sus azucenas: ¿toda la vida será, entonces,
    una insulsa fiesta de inauguración? ¿Y de dónde viene
    la chatarra del sentido? Obviamente,
    era hora de irse, en otra
    dirección, hacia pantanos y nombres
    fríos y apergaminados de ciudades
    que sonaban como si existieran
    de verdad, pero no. Alcanzaba a divisar la barcaza
    como una lima de uñas apuntada a los placeres
    del inmenso mar abierto, que pararía a buscarme,
    que vos y yo deberíamos probar lo inconexo
    de una cubierta en absoluto nivelada, y luego regresar, algún día,
    a través de los jirones del velo anaranjado de las primeras horas
    de la tarde, que sabrá nuestros nombres aunque
    los pronuncie un poco diferente, y entonces, sólo entonces,
    podrá llegar el lucro de la primavera
    a su debido tiempo, como dicen, con el gesto
    de un pájaro que se alza en vuelo en busca de un lugar
    supuestamente mejor, aunque no mayúsculo, tal vez,
    en el sentido en que una guitarra con alas sería mayúscula
    si la tuviéramos. Y todos los árboles parecían existir.

    Después hubo un día más corto con tapices

    fríos y húmedos de los que chorreaban las iniciales
    de sus dueños anteriores para empujarnos al silencio
    y a la espera. ¿Nos reconocería el ratón,
    y si así fuera, hasta dónde la proximidad
    permitiría discutir la diferencia: miga
    u otra bendición menos visible? Todo iba a terminar
    desparramado, de cualquier manera, tan lejos del deseo
    de uno como la raíz de un árbol del centro
    de la tierra, de la cual de todas formas emergió
    a tiempo de informarnos de la algarabía de los retoños y del festival
    de las parras de mañana. A veces, con ponerte abajo
    alcanza para preguntarte cuánto sabés,
    y después te despertás y sabés, pero no
    cuánto. De a intervalos, en el crepúsculo, las notas
    de una mandolina desafinada parecen coexistir
    con su pregunta y la respuesta igual de urgente. Vengan
    a vernos pero no de muy cerca, si no a su familiaridad
    la va a partir un rayo, y la joven mendiga,
    de rala cabellera y sollozo incomprensible,
    va a ser lo único que quede de la edad de oro, nuestra
    edad de oro, y las multitudes ya no van a emerger
    al rayar el alba y volver con una lluvia suave
    de polvillo por las noches para sacarnos de nuestra tediosa
    e insatisfactoria honestidad con historias de ciudades de colores,
    de cómo fue que la niebla edificó ahí, y qué direcciones
    tomaron los leprosos
    para huir de esos ojos, los viejos ojos del amor.

    4 min
  • Albada (Camille Rankine, en la voz de Daniela Catrileo)

    Me dicen valiente pero yo no quiero saber nada.

    A quién lloramos hoy. O no lloramos.

    Oscurezcan las ventanas. Bájenle la persiana

    a la tarde. Con todo lo que tengo

    hago una barricada. Casi nunca soy de verdad

    de Estados Unidos ni nada

    de provecho. Pero aguanto. Y aguanto

    lo que venga. El olor de la sangre.

    Lo respiro. El barro tan espeso por

    nuestra fortuna. Y quién la paga. Y qué soy yo

    más que un miedo, una falta. Muerdo

    la mano que me da de comer hasta llenarme

    y hasta que me entierran. A plena luz del sol.

    Son intenciones mortalmente

    buenas. Un catálogo de virtudes.

    Así me pongo a desaparecer.

    2 min
  • Hijo (Sylvia Plath, en la voz de Karim Ganem Maloof)

    La nitidez de tu ojo es la única hermosura absoluta.

    Quiero llenarla de color y de patos.
    El zoológico de las cosas nuevas

    cuyos nombres tenés que meditar:

    copo de nieve de abril, pipa india,
    tallito

    sin arrugas,

    estanque en donde las imágenes
    debieran ser fastuosas y clásicas

    no este arduo

    estrujarse las manos, este techo
    oscuro sin ninguna estrella.

    1 min
  • Fracasar y volar (Jack Gilbert, en la voz de Raquel Salas Rivera)

    Todo el mundo se olvida de que Ícaro también se echó a volar.

    Pasa lo mismo cuando el amor se termina,
    o fracasa un matrimonio y todos dicen
    que ya sabían que había sido un error, que la gente
    decía que la cosa no iba andar. Que ella ya estaba grande
    y que tendría que haberse dado cuenta. Pero todo
    lo que vale la pena hacer, vale la pena hacerlo mal.
    Como estar a la orilla del mar ese verano,
    del otro lado de la isla, mientras
    a ella el amor se le apagaba, las estrellas
    brillaban esas noches con tanta desmesura
    que cualquiera podía darse cuenta de que no iban a durar.
    Todos los días, ella amanecía en mi cama
    como una aparición, delicada
    como un antílope en la niebla del amanecer.
    Todas las tardes la veía volver por el campo
    caliente y pedregoso después de nadar,
    con la luz marina detrás y el cielo enorme
    del otro lado. La escuchaba mientras
    almorzábamos. ¿Cómo pueden decir
    que el matrimonio fracasó? Como esa gente
    que volvió de Provenza (cuando era Provenza)
    diciendo que era lindo pero la comida, grasosa.
    Yo creo que Ícaro no fracasó al caer:
    más bien llegó al final de su victoria.

    2 min
  • *OUTTAKE*: Transatlántico (Joseph Brodsky, en voces de Nicholas Laughlin y Adalber Salas Hernández)

    Los últimos veinte años fueron buenos

    para prácticamente todo el mundo,
    salvo para los muertos. O quizás
    para ellos también. Quizá el mismísimo
    Dios Todopoderoso se volvió
    un poquito burgués, y ahora paga
    con tarjeta. Porque de lo contrario
    el transcurso del tiempo no tendría
    sentido. Es lo que explica los recuerdos
    y los valores, las deportaciones.
    Tenemos la esperanza de no haber
    gastado por completo a nuestra madre,
    a nuestro padre o a ambos, o a un puñado
    de amigos, por el hecho de que ya
    no acosan nuestros sueños. Nuestros sueños,
    igual que una ciudad, cuantos más años
    cumplimos se hacen menos populosos.
    Por eso mismo es que el descanso eterno
    vuelve imposible toda reflexión.
    Los últimos veinte años fueron buenos
    para prácticamente todo el mundo:
    se convirtieron en la vida eterna
    para los muertos. Puede cuestionarse
    su calidad, y no su duración.
    A los muertos, podría suponerse,
    no les molestaría para nada
    quedarse sin hogar, pasar la noche
    debajo de un portal, o contemplar
    cómo retorna un submarino grávido
    a su base de origen, luego de una
    expedición por todo el mundo sin
    haber exterminado toda vida
    de la faz de la Tierra, y sin siquiera
    una simple bandera para izar.

    4 min
  • Fuente romana (Rainer Maria Rilke, en voces de Timo Berger y Clyo Mendoza)

    Villa Borghese

    Dos pilas, una asciende de la otra

    de un borde circular de antiguo mármol;
    de la de arriba el agua cae callada
    al agua que debajo está esperando,

    en callada respuesta a la que calla,

    y en confidencia, como quien ahueca
    una mano, le muestra el cielo atrás
    de lo verde y lo oscuro, como algo

    desconocido; que en el cuenco hermoso

    se extiende en calma, sin nostalgia, círculo
    tras círculo y, a veces, en su ensueño,

    rebalsa gota a gota sobre el musgo

    hasta el último espejo que, callado,
    hace reír a su pila desbordándose.

    3 min
  • En el cielo (Matthew Dickman, en la voz de Andi Nachon)

    No hay perro encadenado a un poste en un jardín de pasto

    que se marchita, como los perros
    con los que me crié, hambrientos, sobrealimentados, golpeados en la cara
    por los chicos, no hay chicos, no hay petardos
    deslizados por largas gargantas de botellas los primeros días del verano,
    no hay cielo en explosión, sangre ni huesos,
    porque nosotros éramos los huesos, no hay más Señor
    Dios Mío, ni tampoco mapas hechos de fuego, una pequeña llamarada
    que arde donde me crié, para que pueda,
    si yo quiero, señalar la llama que era la Avenida 82,
    no hay leche en la heladera, tampoco caminar por la calle
    al negocito que vendía navajas mariposa, no hay navajas, no hay miel
    ahora que toda la dulzura ya no existe, aunque nosotros éramos la dulzura,
    aunque necesitábamos algo
    para la lengua, no hay más jabón barato
    ni lavarnos la boca con jabón
    porque Hijo de puta y porque Andá a la mierda
    nos salían de la boca como peces del Océano Pacífico,
    no hay colibríes, no hay curitas ni rodillas raspadas
    con el barro y las piedras del barrio
    porque nosotros éramos el barro,
    no hay madres jóvenes que fuman cigarrillos en el porche
    mientras el cielo se pone lindo
    antes de que anochezca, aunque ellas eran más lindas
    y el cielo se volvió en su contra. No hay punk rock ni fiesta de egresados,
    ni zapatos baratos de taco alto abandonados en la lluvia
    en un estacionamiento, ni botellas vacías de tinto de verano
    porque nosotros éramos las botellas vacías, ni tampoco arrojarlas contra la pared
    de detrás de la escuela, porque nosotros éramos los vidrios
    que se hacían pedazos. No mirar más en dirección al oeste, no hay este, norte
    o sur, sólo nosotros acá parados, juntos, preguntándonos los unos a los otros,
    si recordamos algo, qué era lo que amábamos, qué lo que nos amaba, quién fue el primero en gritar nuestros nombres.

    3 min
  • Pantalla (Andrew McMillan, en la voz de Giuseppe Caputo)

    al principio te pedí

    que me dejaras mirarte mirar porno creo
    que necesitaba verte existir
    al margen de mí absorta la mirada

    extraviado en el ritmo

    de alguien más para ver si lo nuestro podía funcionar
    sabía que al final terminarías por quererme
    demasiado creía que te hacían falta otros ídolos

    unos meses después lo vi al actor

    de la porno que vimos inconfundible
    el tatuaje en el cuello de esos pétalos me miró
    como si supiera que lo había visto

    desnudo su cuerpo un pozo insondable

    de cosas que jamás se me ocurriría pedirle a otro ser viviente
    que hiciera me dieron ganas de gritarle desconocido yo
    te vi la piel y sos hermoso

    estaba en la estación del tren

    más vulnerable de lo que yo recordaba
    y mucho más menudo me lo imaginé
    abrumado por el peso de las expectativas de otros hombres

    al llevarse a alguien a casa la cara que pondría

    al darse cuenta de lo tímido que era
    si no lo dirigían qué ordinaria
    la curva de los hombros

    sin iluminación me imaginé

    que pararía en la mitad de un beso
    que se echaría atrás y diría entre dientes
    esto no es lo que quería y no creo que funcione

    2 min
  • Cuando viste en la tele... (Angélica Freitas, en la voz de Alejandra Costamagna)

    cuando viste en la tele

    a esas personas en fila bajo la lluvia
    de noche en una ruta
    en la frontera de un país que no las desea

    y cuando viste las bombas

    que caían sobre ciudades lejanas
    con esas casas y esas calles
    tan sucias y tan diferentes

    y cuando viste a la policía

    en la plaza de un país extranjero
    cargar contra los manifestantes
    con bombas de gas lacrimógeno

    no te lo pensaste dos veces

    ni cambiaste de canal
    y fuiste a buscar comida
    a la heladera

    ni te diste cuenta de lo que venía

    que era sólo una cuestión de tiempo
    ni interpretaste como señal la noticia
    ni te pareció necesario acopiar víveres

    ahora la cuchara se te cae de la boca

    y el estruendo de la bomba está ahí afuera
    y la policía carga contra tus afectos
    armada con espadas, sobre caballos.

    2 min

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