Orden de traslado

Orden de traslado

By Ezequiel ZaidenwergArtsBooks
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Orden de traslado episodes

  • Una fotografía (Joseph Brodsky, en la voz de Santiago Venturini)

    Vivíamos en una ciudad teñida del color del vodka congelado.

    La electricidad nos llegaba de lejos, de zonas pantanosas,
    y por las noches el departamento parecía
    borroneado de turba y picado por mosquitos.
    La ropa era pesada, revelando
    la cercanía del Ártico. Al final del pasillo
    traqueteaba el teléfono, recobrando de mala gana
    la conciencia tras el fin de la guerra.
    En el billete de tres rublos se veían mineros y aviadores.
    No sabía que un día todo esto dejaría de existir.
    En la cocina, ollas enlozadas
    infundían confianza en el futuro
    al insistir en transformarse, en sueños, en cascos
    o en ejércitos de Marte. Los automóviles también marchaban
    hacia el mañana y eran casi siempre negros,
    grises, y algunas veces –los taxis–
    marrón claro, incluso. Es raro y no muy agradable
    pensar que hasta el metal desconoce su destino,
    que se gastó la vida en nombre de una apoteosis
    de la empresa Kodak, con su fe en las copias
    y en desaparecer los negativos.
    Las aves del paraíso cantan, aun sin ramas para volar de una a otra.

    2 min
  • La tierra también muere (Muhammad Al-As'ad, en la voz de Lina Meruane)

    ¿Con qué fe

    las estrellas
    pueden resplandecer?
    ¿Los árboles desnudos
    brindar sombra?
    ¿Con qué fe
    nuestros ecos
    resonar
    en callejones cuando ya nos hemos ido
    a casa
    y cerrado la puerta, y exigido
    que quienes presten testimonio de nosotros
    hablen por nuestra época?
    ¿Con qué fe
    nos podemos
    depositar en el lenguaje
    en la conversación
    como si no estuviéramos
    solos, como si otros,
    diarios,
    televisión,
    horarios de aerolíneas,
    tomasen con nosotros el café?
    La tierra también muere
    como las rutas del desierto
    las casas solitarias
    en campiñas remotas
    enigmáticas luces de ciudades
    en la noche cerrada.
    La tierra también muere
    así como los títulos de la universidad
    las bebidas que a diario consumimos
    y la débil penumbra de la tarde.

    La angustia no está sólo

    en los nervios
    también en esta suave, lisa calma
    que se junta sobre los escritorios
    los muebles
    las cucharas de café
    y la callada cuna del pequeño
    en un rincón del cuarto.

    ¿Por qué súbitamente nos quedamos

    sin estaciones
    sin cielos
    sin madres?
    Todo merma
    y se cae
    por la ventana
    por el papel
    los bordes de las conversaciones
    Todo nos deja
    que volvamos solos
    pasando por la puerta de un museo
    un shopping center
    un puerto clausurado
    por veredas desiertas
    y pasto marchitándose
    al final del verano.

    La tierra también muere

    y no puede tomarnos
    como mártires
    o profetas
    a nosotros, borrados
    sin ninguna señal que nos identifique
    y marque nuestra ausencia,
    y que estamos tendidos
    igual que una ternura intraducible,
    nosotros, peregrinos
    como noches perdidas
    sobre desiertos sobrenaturales.

    3 min
  • *BONUS TRACK*: Poema para mí como madre soltera (Robin Myers, en voces de la autora y Julieta Venegas)

    O como alguien que se automedica,

    o como cantora de canciones a dos
    lenguas, o subsecretaria de caminatas antes
    del amanecer, o de cualquier
    otro organismo público. Son sólo
    conjeturas. Sigo agendándome en la mano
    todos mis compromisos, tiendo
    siempre a cumplir.

    Conozco un par

    de cosas
    a esta altura: los fideos con queso, el perro
    boca abajo, cómo hacerme una trenza
    por encima del hombro izquierdo, que tenemos derecho
    a desilusionarnos les unes a les otres,
    sólo la melodía
    del himno honorífico de un país en donde
    jamás voy a volver a vivir.

    La hija que tenga me tendrá

    que esperar,
    como yo a ella.

    Algunos días siento

    su latido mientras va acumulándose
    en mí, pruebo
    mi cucharada de vino.

    Siento cómo mi cuerpo

    se tambalea,
    cambia.

    3 min
  • Quiero une presidentx (Zoe Leonard, en la voz de Dolores Dorantes)

    Quiero una presidenta torta. Quiero une presidentx con sida y un vicepresidente puto y alguien que no tenga obra social y alguien que se haya criado en un lugar donde la tierra esté tan saturada de desechos químicos que no haya podido zafar de la leucemia. Quiero una presidenta que se haya hecho un aborto a los dieciséis y une candidatx que no sea el mal menor y quiero une presidentx al que su última pareja se le haya muerto de sida, que todavía cargue con esa imagen cada vez que se acuesta a descansar, que haya abrazado fuerte a su pareja sabiendo que se iba a morir. Quiero une presidentx que no tenga aire acondicionado, une presidentx que haya hecho la cola del hospital público, la cola para sacar el registro, para pedir un plan social, y que se haya quedado sin trabajo y que le hayan echado del trabajo y que haya sufrido acoso sexual y que le hayan hecho bullying por ser gay y que le hayan deportado. Quiero a alguien que haya pasado la noche en cana y que le hayan corrido unos skinheads por cabecita negra y que la hayan violado y haya vivido para contarlo. Quiero a alguien que haya estado enamorade y le hayan lastimado, que respete el sexo, que se haya equivocado y aprendido de sus errores. Quiero una presidenta negra. Quiero a alguien con mala dentadura y mala onda, alguien que haya probado la comida de mierda de hospital, alguien que se travista y haya probado drogas y haya hecho terapia. Quiero alguien que haya cometido desacato. Y quiero saber por qué no se puede. Quiero saber por qué en algún momento empezamos a aprender que un presidente siempre es un payaso: siempre el cliente y jamás la puta. Siempre el jefe y jamás une empleade, siempre un mentiroso, siempre un ladrón, y jamás lo agarran.

    5 min
  • Bajo un poste telefónico (Carl Sandburg, en la voz de Martín Felipe Castagnet)

    Soy un cable de cobre tendido por el aire,

    delgado contra el sol ni siquiera proyecto una línea de sombra distinguible.
    Me la paso cantando día y noche: canturreando y rasgando:
    el amor y la guerra y el dinero; las luchas y las lágrimas, los trabajos y estrecheces,
    las muertes y las risas de hombres y mujeres que circulan por mí, transportador de sus palabras,
    que goteo en la lluvia y la humedad, y me seco en el alba y bajo el sol,
    soy un cable de cobre.

    1 min
  • Canturreo (Ann Lauterbach, en la voz de Tilsa Otta)

    Los días son hermosos,

    los días son hermosos.

    Sé lo que son los días,

    lo demás es el clima.

    Ya sé lo qué es el clima,

    los días son hermosos.

    Las cosas son fortuitas.

    Alguien está llorando.

    Lloro por lo fortuito.

    Los días son hermosos.

    ¿En dónde está el mañana?

    Todos van a llorar.

    El mañana fue ayer.

    Los días son hermosos.

    El mañana fue ayer.

    El día de hoy es clima.

    El sonido del clima

    es el mundo que llora.

    Todos somos fortuitos.

    También todos lloramos.

    Las lágrimas de hoy

    se apagarán mañana.

    La lluvia son cenizas.

    Los días son hermosos.

    La lluvia está cayendo.

    También cae el sonido.

    El cielo es una nube.

    Los días son hermosos.

    El cielo es polvoriento.

    El clima es el ayer.

    El clima es el ayer.

    También llora el sonido.

    Este polvo, ¿qué es?

    Tampoco es nada el clima.

    Los días son hermosos.

    Las torres son ayeres.

    Las torres son fortuitas.

    ¿Qué son estas cenizas?

    Aquí está el odio que

    no viaja a ningún lado.

    Aquí están los vestidos

    con aroma de noche.

    Aquí están las palabras

    que vuelven a sus libros.

    Aquí están esas piedras

    que recién se aflojaron.

    Aquí mismo está el puente

    para cruzar las aguas.

    Aquí mismo, el lugar

    por donde salió el sol.

    Aquí hay una estación

    seca en la chimenea.

    Aquí están las cenizas.

    Los días son hermosos.

    3 min
  • Acordate (Joy Harjo, en la voz de Carlos Cociña)

    Acordate del cielo bajo el que naciste,

    aprendete todas las historias de las estrellas.
    Acordate de la luna, aprendé quién es.
    Acordate del nacimiento del sol al amanecer, que es el
    punto más fuerte del tiempo. Acordate del crepúsculo
    y de ese entregarse a la noche.
    Acordate de tu nacimiento, de cómo tu mamá luchó
    por darte forma y aliento. Sos prueba de
    su vida, y de la de su mamá, y de la de ella.
    Acordate de tu papá. Él también es tu vida.
    Acordate de la tierra cuya piel sos vos:
    tierra roja, tierra negra, tierra amarilla, tierra blanca
    tierra marrón, somos tierra.
    Acordate de las plantas, los árboles, los animales que también
    tienen sus tribus, sus familias, sus historias. Hablá con ellos,
    escuchalos. Son poemas vivientes.
    Acordate del viento. Acordate de su voz. Conoce
    los orígenes de este universo.
    Acordate de que sos todas las personas y todas las personas
    son vos.
    Acordate de que sos este universo y este
    universo sos vos.
    Acordate de que todo está en movimiento, crece, sos vos.
    Acordate de que el lenguaje viene de ahí.
    Acordate del baile que es el lenguaje, que es la vida.
    Acordate.

    3 min
  • Salmo sobre el castillo (Denise Levertov, en la voz de Reina María Rodríguez)

    Que yo esté en el lugar del castillo.

    Que el castillo esté dentro de mí.
    Que se levante sólido del anillo del foso.
    Que las aguas del foso reflejen el plumaje verde de los patos, que los caparazones de las tortugas rasguen la superficie del agua o se vean a través de las ondas de las profundidades.
    Que haya unos jinetes en la orilla, y un perro,
    siempre alerta al borde del sueño.
    Que debajo del primer piso haya un espacio a oscuras, que el agua lama los postes de piedra, y que un fango bien verde relumbre sobre ellos; que ahí guarden un barco.
    Que las cariátides del segundo piso sean osos sostenidos por vigas que sean dragones.
    Que en el parapeto de la habitación central haya cuatro
    arqueros escrutando los cuatro horizontes. Que adentro
    haya un príncipe en su casa, que esté sentado en paz, sumido en sus pensamientos, las ventanas abiertas de par en par a las galerías.
    Que la joven reina esté sentada arriba, al fresco, bebé en brazos; que mire con deleite ese gran círculo, las sombras peregrinas, la obra del sol y el juego del viento. Que vaya de aquí para allá. Que las columnas sostengan el techo, que los pisos sostengan las columnas, que haya un espacio a oscuras bajo el piso inferior, que el castillo se levante sólido del foso, que el foso sea un anillo y el agua sea profunda, que los guardias lo protejan, que lo rodeen tierras a lo largo y a lo ancho, que el país donde se encuentra esté dentro de mí, que yo esté donde está.

    2 min
  • Cuando oí al docto astrónomo (Walt Whitman, en voces de Janet Hendrickson y Patricio Foglia)

    Cuando oí al docto astrónomo;

    cuando tuve ante mí las pruebas y los números dispuestos en columnas;
    cuando me presentaron los cuadros y diagramas para que los sumara, dividiera y midiera;
    cuando, desde mi asiento, oí al astrónomo dictar su conferencia y suscitar aplausos en el aula,
    me harté de pronto, inexplicablemente;
    y luego de pararme y de salir, me fui a deambular solo,
    en el húmedo aire místico de la noche; y así, de tanto en tanto,
    contemplaba en perfecto silencio las estrellas.

    2 min

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