Orden de traslado

Orden de traslado

By Ezequiel ZaidenwergArtsBooks
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Orden de traslado episodes

  • Encargo (Ezra Pound, en la voz de Antonio Salvador)

    Vayan, canciones mías, a los que se sienten solos e insatisfechos,

    vayan a los que son un manojo de nervios, a los esclavizados por las convenciones,
    llévenles mi desprecio por sus opresores.
    Vayan como una ola gigantesca de agua fresca,
    llévenles mi desprecio por los opresores.

    Hablen contra la opresión inconsciente,

    hablen contra la tiranía de la falta de imaginación,
    hablen contra los lazos.

    Vayan a la burguesa que se muere de tedio,

    vayan a las mujeres de los suburbios.

    Vayan a las de matrimonios espantosos,

    vayan a las que se les oculta el fracaso,
    vayan a las emparejadas sin suerte,
    vayan a las esposas compradas,
    vayan a las casadas por la fuerza.

    Vayan a los que tienen una lujuria delicada,

    vayan a quienes sus deseos delicados se les frustran,
    vayan como una plaga contra la insipidez de la vida;
    vayan con el filo contra esto,
    afirmen las cuerdas sutiles,
    llévenles confianza a las algas y los tentáculos del alma.

    Vayan en son de amistad,

    vayan con un discurso franco.
    Muéstrense ávidas de descubrir nuevos males y un nuevo bien,
    pronúnciense contra todas las formas de opresión.
    Vayan a los que la madurez volvió embrollados,
    a los que perdieron el interés.

    Vayan y desafíen las opiniones,

    vayan contra este lazo vegetal de la sangre.
    Hablen a favor de la libre comunidad de la mente y el espíritu.
    Vayan, contra todas las formas de opresión.

    3 min
  • Cavar (Seamus Heaney, en la voz de Luisa Rivera)

    Entre mis dedos índice y pulgar

    cargo la pluma, firme como un arma.

    Entra por la ventana un ruido áspero

    –la pala hiende el suelo pedregoso–
    y me asomo: mi padre está cavando.

    Mientras agacha la agobiada espalda

    junto a las flores, vuelvo veinte años,
    y lo veo inclinarse entre los surcos
    de papas, donde él solía cavar.

    Con una bota rústica apoyada

    en la pala, luego calzaba el mango
    en la parte interior de la rodilla,
    e iba tirando de los largos tallos
    y después con la punta reluciente
    de la pala, que hundía hondo en la tierra,
    separaba las papas que sacábamos.
    Nos gustaba tenerlas en las manos
    y sentir su dureza refrescante.

    Por Dios, sí que sabía manejar

    una pala, mi padre, igual que el suyo.

    Mi abuelo era capaz de recoger

    en un día más turba que cualquiera.
    Una vez le llevé un poco de leche
    dentro de una botella con su tapa
    precaria de papel. Él se paró
    para beber. Después volvió a agacharse
    y se puso a cortar con gran esmero:
    arrojaba terrones por encima
    del hombro, sin cesar, mientras cavaba
    y cavaba, buscando turba buena.

    El frío olor del moho de las papas,

    el chapoteo en la turba empapada,
    el filo de la pala cercenando
    las raíces, me vuelven a la mente;
    y sin embargo, yo no tengo pala
    para seguir a hombres como ellos.

    Entre mis dedos índice y pulgar

    cargo la pluma.
    Voy a cavar con ella.

    3 min
  • Arcos románicos (Tomas Tranströmer, en voces de Lasse Söderberg y Ángela García)

    Adentro de la enorme basílica románica,

    turistas apiñados en la semipenumbra.
    Una bóveda abierta tras de otra,
    sin visión de conjunto. Algunas velas
    parpadearon. Un ángel sin cara me abrazó
    y dijo en un susurro que atravesó todo mi cuerpo:
    “¡No te avergüences de que sos humano, llevalo con orgullo!
    Adentro tuyo se abre bóveda tras bóveda, infinitamente.
    Nunca terminarás, y así tiene que ser”.
    Me cegaron las lágrimas,
    y me sacaron a los empujones a la piazza
    inundada de sol, junto con Mr. y con Mrs. Jones,
    con el señor Tanaka y la Signora Sabatini,
    y también adentro de ellos se abría bóveda tras bóveda infinitamente.

    3 min
  • Cuando las vacaciones se hayan terminado de una vez (Mark Strand, en la voz de Antonio León)

    Va a ser extraño darnos cuenta al fin

    de que esto no podía continuar para siempre,
    la voz confiada que nos repetía una y otra vez
    que nada iba a cambiar,

    y recordar, también,

    puesto que para entonces todo habrá terminado,
    lo que teníamos, la forma en que perdíamos el tiempo
    como si no quedara otra cosa que hacer,

    cuando, en un fogonazo, cambió el clima

    y el aire altivo se volvió de pronto
    insoportablemente denso, soplaba un viento mudo,
    y las ciudades parecían de ceniza,

    y saber, además,

    lo que no sospechábamos, que era algo parecido al verano más augusto,
    excepto que las noches eran más templadas,
    y que las nubes daban la impresión de brillar,

    y aun así,

    porque no habremos cambiado demasiado,
    preguntarnos qué habrá de ocurrir con las cosas,
    y quién va a quedar para hacer todo de nuevo,

    e intentar de algún modo,

    aunque aún no podamos, descubrir
    qué fue lo que salió tan mal, o la razón
    de que estemos muriéndonos.

    2 min
  • Ars lunga (Ursula K. Le Guin, en la voz de Alia Trabucco Zerán)

    Estoy acá sentada para siempre inventando gente nueva

    como si no bastase la explosión demográfica
    y no hubiese bastantes problemas y terror,
    como bien sabe Dios, pero yo sé
    también. Ése es el punto. Nunca hay bastante miedo
    que pueda equipararse a los placeres, ni abismo lo bastante
    profundo, ni tampoco basta el tiempo, y algunas
    estrellas siempre faltan.
    No quiero un cielo ni una tierra nueva,
    los viejos nada más.
    Ni tampoco una vida más allá de la tumba,
    que Dios me ayude, o yo me ayudo sola
    y entonces vivo todas estas vidas,
    nueve a la vez o por qué no noventa,
    para que así la muerte pueda encontrarme siempre
    con los flancos expuestos,
    sin fortificaciones ni defensas,
    inexpugnable, vulnerable, viva.

    2 min
  • La especialista en babosas (Sharon Olds, en la voz de Nora Lezano)

    Cuando era especialista en babosas, apartaba

    las hojas de la hiedra, en busca de esos cuerpos
    traslúcidos, brillosos, de gelatina verde,
    que subían reptando lentamente
    a mi merced, por la pared de piedra.
    Al estar hechas casi todas de agua,
    morían al instante si les echaban sal,
    pero eso no era lo que a mí me interesaba. Lo que a mí me gustaba
    era correr las hojas de la hiedra, quedarme respirando
    el olor de la pared, y esperar en silencio hasta que el bicho
    se olvidara de mí, y sacara las antenas;
    ver cómo esos cuernitos relucientes se alargaban
    como si fueran telescopios, hasta que finalmente
    los extremos sensitivos salían a la luz,
    íntimos e infalibles. Unos años más tarde,
    cuando vi por primera vez a un hombre desnudo,
    me sorprendió observar cómo se repetía
    el callado misterio, ver a esa criatura
    parsimoniosa y elegante salir de su escondite
    y brillar en el aire polvoriento,
    deseosa y tan confiada
    que una podría llorar.

    2 min
  • El albatros (Charles Baudelaire, en voces de Jean Pierre Noher y Antonio Birabent)

    Por diversión, a veces, los marineros cazan

    algún albatros, grandes pájaros de los mares,
    que siguen, indolentes compañeros de viaje,
    al barco que navega sobre abismos amargos.

    Ni bien los dejan sobre las planchas de cubierta,

    esos reyes del cielo, torpes y avergonzados,
    arrastran, lastimosos, sus grandes alas blancas
    al costado del cuerpo, como si fueran remos.

    ¡Ese viajero alado, qué tosco ahora, y qué enclenque!

    ¡Tan bello hace un instante, qué feo y qué ridículo!
    Para burlarse, uno le da a fumar en pipa;
    otro, haciéndose el rengo, imita al que volaba.

    El poeta es semejante al señor de las nubes,

    que vive en la tormenta y se ríe del arquero;
    exiliado en el suelo, abucheado por todos,
    sus alas de gigante le impiden caminar.

    3 min
  • El arte negro (Anne Sexton, en la voz de Martha Luisa Hernández Cadenas)

    Una mujer que escribe siente demasiado:

    tantos trances y augurios.
    Como si no bastara con los ciclos y les hijes
    y las islas; como si no alcanzaran
    nunca las plañideras, los rumores, las verduras.
    Cree que puede advertirles a los astros.
    Una escritora es, en esencia, una espía.
    Amor mío, esa chica soy yo.

    Un hombre que escribe sabe demasiado:

    tantos encantamientos y fetiches.
    Como si no bastaran los congresos
    y productos; como si no alcanzaran
    nunca la maquinaria, los galeones y la guerra.
    Fabrica un árbol con muebles usados.
    Un escritor es, en esencia, un delincuente.
    Amor mío, ese hombre sos vos.

    Sin nunca amarnos a nosotras mismas,

    por más que detestemos nuestros zapatos y nuestros sombreros
    nos amamos las unas a las otras, divina, divina.
    Tenemos las manos celestes y suaves.
    Tenemos los ojos llenos de confesiones tremendas.
    Pero cuando nos casamos,
    les hijes se van asqueades.
    Demasiada comida: y ya no queda nadie
    para comerse esa abundancia extraña.

    2 min
  • Ab Ovo (Joseph Brodsky, en la voz de Óscar de Pablo)

    Debería existir algún idioma

    que redujera la palabra “huevo”
    a una simple O. El italiano,
    naturalmente, es el que más se acerca,
    con sus uova. Por eso es que Alighieri
    lo creía el alimento más nutricio,
    afición compartida con sopranos
    y tenores, de torsos como peras
    que encarnan, a la postre, la palabra
    “ópera”. Y eso mismo se podría
    decir de los románticos genuinos,
    a saber, los poetas alemanes,
    que empiezan cada verso de la misma
    manera en que se empieza un desayuno;
    o de los matemáticos, que se hacen
    los gallitos también, mientras empollan
    la regularidad del infinito,
    cuyos inmaculados ceros nunca
    jamás van a romper el cascarón.

    1 min

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