Orden de traslado

Orden de traslado

By Ezequiel ZaidenwergArtsBooks
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Orden de traslado episodes

  • Para Freddy, que otra vez se fue a coger (Diane di Prima, en la voz de Rogelio Orizondo)

    Me parece desagradable

    que seas tan descarriado, enamorado
    Es disculpable en tardes invernales,
    en especial si llueve,
    pero cómo puede ser que últimamente andes tan descarriado
    & no tan enamorado
    ¿no pensás madurar?
    al menos si salieras a juntar esas flores azules
    (¿se llaman bígaros?)
    o mejillones, entre las algas
    pero no, saliste de aventuras por bares de mala muerte
    y el montaje no está listo
    y el espectáculo es en cuatro horas
    me parece muy mal

    2 min
  • ¿Qué son los años? (Marianne Moore, en la voz de Antonia Zegers)

    ¿Cuál es nuestra inocencia?

    ¿Cuál nuestra culpa? Todos están
    desnudos, nadie a salvo. ¿Y de dónde
    viene el coraje: la pregunta sin respuesta,
    la duda decidida
    –que llama muda, sorda escucha– que
    en la desgracia y en la muerte incluso
    alienta a los demás
    y en su derrota insta

    al alma a que sea fuerte? Ve

    hondo y es feliz el que consiente
    a la mortalidad y en ese cautiverio
    se levanta sobre sí mismo como
    el mar sobre el abismo, luchando
    por ser libre e incapaz de serlo,
    en su renuncia
    encuentra su vigencia.

    El de opiniones firmes,

    así vive. El propio pájaro,
    que crece con su canto,
    al erguirse se arma de valor. Aunque está preso,
    su poderoso canto
    dice qué humilde es la satisfacción,
    la alegría, qué pura.
    Eso es la mortalidad.
    La eternidad es eso.

    2 min
  • Despedida (Robert Creeley, en voces de George Mario Ángel Quintero y Aleisa Ribalta Guzmán)

    Ahora reconozco

    que era yo todo este tiempo
    como una cámara
    que se expone

    a una foto

    o un caño
    por el que podría
    pasar agua

    o un pollo

    muerto para la cena
    o un plan
    dentro de la cabeza

    de un muerto.

    Nada muy grave
    si uno piensa
    cómo empezó todo.

    Dijo Zukofsky:

    “Nací muy joven en un mundo
    ya muy viejo”.
    Estaba bien entrado el siglo

    cuando llegué,

    y ahora que termina
    me doy cuenta de que no
    va a demorar.

    ¿Pero no podría haber sido

    un poco más amable,
    como diría mi mamá? ¿Había
    que matar todo lo que se moviera,

    el bien siempre tenía que estar tan mal?

    Sé que este cuerpo es impaciente.
    Sé que sólo constituyo escasas voz y mente.
    Y sin embargo amé, amo.

    No quiero sentimentalismos.

    No quiero más que un hogar.

    3 min
  • Navidad en el Oeste principios de los sesenta (Brenda Hillman, en la voz de Mario Arteca)

    Necesitan usar todas sus fuerzas la nena & la mamá que sostiene el cuchillo para cortar el pollo navideño. En la asadera flotan copos de sopa de cebollas Lipton. Un poco de perejil irreverente recuerda la creencia en que las plantas tienen sentimientos. El padre lee a Camus junto a la chimenea. Todos los libros son una Belén. El pesebre tiene un arco en el que se demora la violencia.

    Rodea la galaxia adolescente

    una aureola de materia oscura

    Cerca de ahí en el desierto hierro & silicona

    Entre las dimensiones

    en la obediencia de un sueño que se curva
    unos querubines regordetes afirman su derecho a existir
    dado que son más coherentes
    que McNamara hablando de los comunistas

    Los estampados flotan de manera independiente en el delantal de la nena. Mr. Postman de las Marvelettes. Como Deméter, la mamá es muy hábil con las sobras, & la hija descubre su talento para hacer revivir viejos fragmentos. Me. duele. el. corazón. & un. soñoliento. torpor. Los hermanos juegan al ajedrez: pum, pum, muñecos con polleras de madera sobre óvalos de pana verde.

    2 min
  • La caída de Roma (W.H. Auden, en la voz de José Adrián Vitier)

    (para Cyril Connolly)

    Los muelles son constantemente sacudidos

    por las olas; la lluvia en mitad de un descampado
    castiga con su azote a un tren abandonado;
    en los montes, las cuevas se llenan de bandidos.

    Los vestidos de gala alargan su esplendor.

    El fisco manda a sus agentes e inspectores
    a perseguir a los morosos y evasores
    por las cloacas de las ciudades del interior.

    Los cónclaves privados y otros rituales varios

    despachan a dormir a las putas del templo.
    Todos los literatos, para dar el ejemplo,
    se rodean de un par de amigos imaginarios.

    Aunque Catón, sesudo, pronuncie sus sermones

    en encomio de las Disciplinas de Otrora,
    los marines con su musculatura abrumadora
    se amotinan quejándose del sueldo y las raciones.

    Las sábanas del César conservan su calor

    mientras un funcionario de escalafón muy bajo
    garabatea: NO ME GUSTA MI TRABAJO,
    sobre un formulario oficial de color.

    Por igual despojados de fortuna y piedad,

    empollando sus huevos moteados en el nido,
    pajaritos de patas color rojo encendido,
    observan cómo cunde la gripe en la ciudad.

    Lejos, en otra parte, un vasto contingente

    de renos se desplaza en nutridas manadas,
    por grandes extensiones musgosas y doradas
    en silencio absoluto y muy rápidamente.

    2 min
  • Nota veloz sobre la fuente del pensamiento (Mary Ruefle, en la voz de Verónica Zondek)

    Mis sueños no valen ni medio centavo;

    una pila cortada en dos, ochenta rosas anaranjadas,
    un novio de hace mucho en un auto nuevo de un modelo
    que él nunca habría elegido. Por suerte para nosotros,
    el universo no es tan complicado:
    con el tiempo, aparecieron palabras
    como “letargo” y “embrollo”, y luego cautivaron al pueblo
    explicaciones letárgicas y embrolladas del universo,
    muchas de las cuales murieron mientras nevaba.
    Siempre hay alguien dispuesto a contarte
    cuáles fueron, si bien lleva un poco de tiempo
    dar con el profesional, pero mucho menos que si
    te ponés a leer por tu cuenta. Si estás pensando
    en nacer, tendrías que saber que en tiempos primigenios
    abundaba el helio, que si algo permanece
    en la misma posición por nueve días consecutivos
    podemos suponer sin temor a equivocarnos que ya pasó, y que
    las adelfas en efecto crecen en las márgenes del Oxus,
    que es un río. Después de eso, cada uno es libre
    de dedicarse al violento ejercicio de la felicidad. Pero para el universo,
    después de los tres minutos iniciales no pasó nada interesante
    por 700.000 años: sólo siguió enfriándose y expandiéndose,
    como si se hubiera quedado dormido sobre un colchón de primera calidad,
    hasta que tuvo suficiente frío para despertarse y hacer estrellas.
    El resto es casi historia: agujeros volcánicos, pequeñas pinturas
    francesas, murciélagos tuertos, una nota manuscrita
    calzada entre las puertas de una iglesia. Ah, y algo
    más: si te sacan a bailar y decís que no sabés,
    nace un bebé sin pies al día siguiente.

    3 min
  • Albada (Maggie Millner, en voces de la autora y de Mónica Nepote)

    Y entonces llegó el futuro. Era libre de amar lo que se me antojara amar.

    Había una hamaca y me subí y me hamaqué con vista al valle.
    El eco de antiguas baladas llegaba a mis oídos: amantes desdeñades
    y desdeñoses, madres diabólicas,
    el cielo con su sarpullido incurable.
    Del cuello para arriba, yo era ampliamente feliz como la línea de los árboles,
    un poquito borracha por el drama estacional de las hojas, el olor de la nieve
    en gestación apenas sobre el labio del horizonte.
    En un sentido migratorio, estaba volviendo a mí misma,
    una valija de cuero al lado del tobillo por decisión propia.
    Todo tiene sentido cuando estás viva,
    aunque no podría explicárselo a nadie que no lo estuviera:
    los libros, la lluvia agria, volver a casa condenada al fracaso y contenta, con los ojos
    como dos manzanas, y por ende tan rojas y con tanto frío, por tener piel.
    Una calle que se llama principal. Una habitación que se llama cama.
    La espalda de mi amante al amanecer,
    que se me ofrece para que la rasque: un poco más abajo,
    ahora más arriba, ahora más fuerte, sí, así.

    4 min
  • Una fotografía (James Schuyler, en la voz de Carlos Díaz)

    Te muestra en una habitación

    en Londres; libros, un cuadro,
    tu sonrisa, una corbata
    de seda, traje. Y más.
    Es tan vos, y yo
    la veo todos los días
    (acá, en mi escritorio),
    aunque a vos no. El viernes
    pasado fue estupendo.
    Salimos, volvimos, nos volvimos
    locos. Vos te quedaste
    dormido. Yo también. Te despertó
    el perro y te vestiste
    y lo sacaste a pasear. Cuando
    te fuiste, yo dormía.
    Cuando me desperté
    llegué con lo justo
    al tren a una cena en el campo
    y a hablar sobre el éxtasis.
    Que yo creo que viene
    en dos variantes: la que ya
    conocés, “Ahora me siento en éxtasis”,
    como el extraño grito que solté
    el viernes pasado a la noche. Y
    un segundo tipo, que sólo
    se reconoce en retrospectiva:
    “Esa alegría que sentí,
    sin reparar en ella,
    cuando tenía los pies
    de él sobre mis piernas, o cuando
    al mirar para abajo, vi que se le habían
    cerrado los ojos achinados, eso también
    fue éxtasis. Y no siempre
    tiene que haber un bajón
    después”. ¿Creo en
    la perfectibilidad del
    hombre? Extrañamente
    (conozco lo bastante
    la desdicha),
    sí. En serio.
    Yo creo de verdad
    que las futuras generaciones
    van a poder vivir sin los momentos
    de angustia
    y miedo que conocimos
    entre nuestros accesos y paseos
    extasiados. La bola, tras el golpe,
    encuentra la buchaca. Vos sonreís
    algunos años atrás
    en Londres, yo he conocido
    el éxtasis y la calma:
    ¿vos no? Tratemos de entender, mi
    hermoso amigo que tenés
    torcida la nariz.

    2 min
  • Conmociones tardías (Robin Myers, en la voz de Eloísa Oliva)

    Introvertida urbana en el capitalismo terminal,

    a veces se olvidaba de que era parte de una comunidad,
    hasta que a esa comunidad le pasaba algo terrible.

    El amigo de amigos que vio una sola vez,

    muerto joven, de cáncer.

    Un terremoto bajo la tierra de su ciudad adoptiva,

    cuando ella no estaba para ver a sus vecinos hacer un recuento de los escombros
    y llorar con ellos.

    Fuegos inconcebibles en el verde inconcebible,

    todo visible, inconcebiblemente, desde el espacio.

    Siempre, el recordatorio de esta intimidad

    le llegaba como un escalofrío:

    como un diagnóstico,

    o música.

    Hacía parpadear los filamentos.

    Cuando se mudó sola por primera vez, iba al mercado

    y en su cabeza se prometía cosas:

    No me voy a creer mejor de lo que soy

    Voy a sentir dolor y miedo porque hay dolor y miedo que sentir
    Voy a comprarle manzanas a esta señora por el resto
    de mi vida, o al menos por el resto de la suya:

    porque muy rara vez puso

    el cuerpo en la calle entre miles de otros cuerpos,
    nunca chocó un camión contra el alambrado de un centro de detención,
    nunca pudo renunciar a las máquinas que de tanto en tanto la llevaban
    de vuelta a su familia, volando por el aire de verdad

    perecedero.

    2 min

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