Orden de traslado

Orden de traslado

By Ezequiel ZaidenwergArtsBooks
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Orden de traslado episodes

  • Elegía 1938 (Carlos Drummond de Andrade, en la voz de Urayoán Noel)

    Trabajás sin alegría para un mundo caduco,

    donde las formas y las acciones no encierran ningún ejemplo.
    Practicás laboriosamente los gestos universales,
    sentís calor y frío, falta de dinero, hambre y deseo sexual.
    Héroes llenan los parques de la ciudad en la que te arrastrás
    y preconizan la virtud, la renuncia, la sangre fría, la concepción.
    A la noche, si hay neblina, abren paraguas de bronce
    o se retiran a los volúmenes de siniestras bibliotecas.
    Amás la noche por el poder de aniquilación que encierra
    y sabés que, durmiendo, los problemas te dispensan de morir.
    Pero el terrible despertar demuestra la existencia de la Gran Máquina
    y te vuelve a poner, chiquito, ante palmeras indescifrables.
    Caminás entre muertos y conversás con ellos
    sobre cosas del tiempo futuro y negocios del espíritu.
    La literatura arruinó tus mejores horas de amor.
    Hablando por teléfono perdiste mucho, muchísimo tiempo de sembrar.
    Corazón orgulloso, tenés prisa por confesar tu derrota
    y aplazar para otro siglo la felicidad colectiva.
    Aceptás la lluvia, la guerra, el desempleo y la distribución injusta
    porque no podés, vos solo, dinamitar la isla de Manhattan.

    3 min
  • Ciudadana (Claudia Rankine, en la voz de Tamara Tenenbaum)

    El mundo se equivoca. No se puede dejar atrás el pasado. Lo llevás enterrado adentro tuyo; se hizo una alacena con tu carne. No todo lo que se recuerda sirve, pero el mundo te entrega todo eso para que te lo guardes. ¿Quién le hizo qué a quién, qué día? ¿Quién dijo eso? ¿Qué dijo ella? ¿Qué hizo él? ¿En serio dijo eso ella? ¿Y él que le dijo? ¿Y ella qué hizo? ¿Escuché lo que creo que escuché? ¿Eso acaba de salir de mi boca, de la de él, la tuya? ¿Te acordás que suspiraste?

    1 min
  • *OUTTAKE*: Lady Lázaro (Sylvia Plath, en la voz de Florencia Kirchner)

    Lo hice otra vez,

    un año cada diez
    me las ingenio:

    soy una especie de milagro que se levanta y anda,

    mi piel resplandeciente igual que la pantalla de una lámpara nazi,
    mi pie derecho
    un pisapapeles,

    mi cara una finísima mortaja

    judía sin facciones.

    Capa a capa arrancá esta servilleta,

    oh enemigo mío.
    ¿Te dio un escalofrío?

    ¿La nariz, las dos cuencas de los ojos, la intacta dentadura?

    El aliento a sepultura
    se va a ir en un día.

    Y enseguida, la carne

    que el hueco de la tumba se tragó
    va a volver a ser yo,

    y yo, de nuevo, una mujer sonriente.

    Tengo sólo treinta años,
    e igual que el gato, tengo siete muertes.

    Ahora es la tercera.

    Qué basura
    que cada década hay que anilquilar,

    qué millón de filamentos.

    La gente, que mastica sus maníes,
    se agolpa para ver

    cómo me van sacando

    las vendas de las manos y los pies:
    el gran strip tease.

    Damas y caballeros

    acá tienen mis manos
    mis rodillas.

    Por más que ahora sea piel y huesos

    sigo siendo la misma, idéntica mujer.

    La primera vez que me pasó fue a los diez.

    Fue un accidente.
    En cambio, la segunda intenté expresamente

    no volver.

    Me cerré
    igual que un caracol.

    Tuvieron que llamarme sin parar,

    sacarme los gusanos como perlas adhesivas.
    Morirse

    igual que todo lo demás

    es un arte.
    Y en eso, mi talento no tiene parangón.

    Tanto, que pareciera que es una maldición.

    Tanto, que no parece una actuación.
    Hasta podría decirse que tengo vocación.

    Es fácil: se lo puede hacer en reclusión.

    Es fácil, y después te quedás bien quietita.
    Es el regreso

    teatral a plena luz del día

    a ese mismo lugar, la misma cara, el mismo grito
    brutal y divertido:

    “¡Es un milagro!”

    que me deja atónita.
    Hay que pagar

    para ver mis cicatrices, hay que pagar

    para oírme el corazón:
    sí, late de verdad.

    Y hay que pagar, y hay que pagar bien caro

    una palabra, un roce,
    o un poquito de sangre,

    un mechón de mi pelo, un jirón de mi ropa.

    A ver, a ver, Herr Doktor.
    A ver, Herr Enemigo.

    Soy tu obra,

    tu objeto de valor,
    la bebé de oro puro

    que se funde entre aullidos.

    Me doy vuelta en el fuego.
    No olvido su inquietud: créame, se lo ruego.

    Ceniza y más ceniza,

    que usted atiza y revuelve.
    De carne o hueso ahí no queda nada:

    un jabón,

    una alianza,
    un diente de oro.

    Herr Dios, Herr Lúcifer

    Cuidado
    Cuidado.

    Me alzo de las cenizas

    con mi pelo encendido
    y me como a los hombres de un soplido.

    5 min
  • Eurídice al revés (Rowan Ricardo Phillips, en voces del autor y Luis Eduardo García)

    Entre montañas, lastimado, cayó para encontrarla.

    Ahí, entre alrededor de treinta y tres lápidas
    e innumerables tumbas sin marcar: Eurídice.

    Escaló de regreso el precipicio. Apisonó la tierra.

    La desenterró a paladas. Le sacó la moneda de la lengua.
    Aceptación. Depresión. Negociación. Rabia.

    Negó, lo negó todo. Ella se despertó

    toda de ámbar otra vez en un campo ambarino
    en el que acaba de picarla una serpiente

    pisoteada, el veneno se escurre de su suave

    y esbelta pantorrilla a los sacos de su origen.
    Ahora está a mitad de camino del prado donde ya llegó.

    Ahora está de nuevo en casa. Ahora se está casando. Ahora

    lo está viendo por primera vez. “Hola, me llamo
    Orfeo”, dice él. Después ya no.

    3 min
  • Mi casa es la tierra colorada (Joy Harjo, en la voz de Deborah Castillo)

    Mi casa es la tierra colorada; podría ser el centro del mundo. Hay quienes dicen que Nueva York, París o Tokio son el centro del mundo, pero yo digo que es un lugar de humilde magnificencia. Podés pasar con el auto sin darte cuenta. Las ondas de radio lo pueden tapar. No se puede construir con palabras, porque aún quedan sonidos en su forma sagrada, no verbal. Por ejemplo, para ese cuervo tonto que revuelve la basura al lado del corral, el centro del mundo son unas tiritas de grasa. Preguntale. No tiene que decir que la tierra se tiñó de escarlata por obra de una fe incansable, tras siglos de dolor y carcajadas: se posa en el cuenco azul del cielo, y se ríe.

    1 min
  • Quién dijo que era fácil (Audre Lorde, en la voz de Carolina Dávila)

    El árbol de la rabia tiene tantas raíces

    que a veces las ramas se le quiebran
    antes de dar frutos.

    En la barra de un Nedicks,

    las mujeres se reúnen antes de marchar
    y hablan de las chicas problemáticas
    que contratan para que las liberen.
    Un empleado casi blanco
    deja pagando a un cliente negro
    para atenderlas antes a ellas
    y las mujeres ni rechazan ni advierten
    los placeres menores de su esclavitud.
    Pero yo que estoy atada a mi espejo
    tanto como a mi cama,
    veo causas en el color
    así como en el sexo.

    y estoy acá sentada preguntándome

    cuál de todas las que soy va a sobrevivir
    tantas liberaciones.

    1 min
  • Prefijo: encontrar la medida (Robert Kelly, en la voz de Germán Carrasco)

    Encontrar la medida es encontrar el mantram,

    es encontrar la luna, como índice de medida,
    es encontrar la fuente de la luna;

    si esa fuente

    es el sol, encontrar la medida es encontrar
    la expresión natural de las ideas.

    El organismo

    del macrocosmos, el organismo del lenguaje,
    el organismo del yo se combinan en creación incesante
    para engendrar a un cuarto
    organismo, el poema,
    a partir de esa trinidad.

    El estilo es la muerte. Encontrar la medida es encontrar

    libertad de esa muerte, una salida, un movimiento
    hacia adelante.

    Encontrar la medida es encontrar la

    música específica de la hora,
    la consecuencia
    sincrónica del movimiento del mundo entero.

    2 min
  • Instrucciones (Eavan Boland, en la voz de Cristina Banegas)

    Para escribir sobre la edad, tenés que agarrar algo y

    quebrarlo.

    (Es un arte al que siempre le gustaron las mujeres jóvenes.

    Y calladas).

    Una rama, tal vez, femenina, con flores. Arrancada.

    Muy cerca de la savia.

    Cortale la promesa del verano. Después seguí. Cortá

    hasta la raíz.

    La tarde de la primavera te va a golpear la puerta, furiosa

    como cualquier madre. No le hagas caso.

    Ahora, la sintaxis. A ella también quebrala. Lo que te queda es tuyo

    y solamente tuyo:

    un árbol muerto. El futuro. Que no da fruto ni

    tolera que lo piensen.

    2 min
  • *OUTTAKE*: Cascando (Samuel Beckett) por Lucía Uribe

    CASCANDO (SAMUEL BECKETT)

    1

    por qué no meramente perder toda esperanza en

    la ocasión de hacer
    derramamiento de palabras

    acaso no es mejor abortar que ser estéril

    después de que te vas las horas pesan como el plomo

    comienzan siempre a rastras demasiado pronto
    los garfios desgarrando ciegamente el lecho del deseo
    exhumando los huesos los antiguos amores
    cuencas alguna vez llenas con ojos iguales a los tuyos
    siempre es mejor acaso demasiado pronto que jamás
    el oscuro deseo salpicando sus rostros
    diciendo una vez más nunca flotó lo amado nueve días
    ni nueve meses
    ni nueve vidas

    2

    diciendo una vez más

    si vos no me enseñás no aprenderé
    diciendo una vez más hay una última
    incluso de las últimas veces
    últimas veces de rogar
    últimas veces de amar
    de saber no saber aparentar
    una última incluso de las últimas veces de decir
    si no me amás a mí yo ya no seré amado
    si no te amo a vos ya no amaré

    el batir de palabras rancias una vez más dentro del corazón

    amor amor amor el golpeteo de ese antiguo émbolo
    prensando el inmutable
    suero de las palabras

    una vez más muerto de miedo

    de no amar
    de amar pero no a vos
    de ser amado pero no por vos
    de saber no saber aparentar
    aparentar

    yo y todos los otros que te amen

    si te aman

    3

    a menos que te amen

    3 min

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