Orden de traslado

Orden de traslado

By Ezequiel ZaidenwergArtsBooks
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Orden de traslado episodes

  • Qué tiempos son éstos (Adrienne Rich, en voces de Judith Butler y Ofelia Fernández)

    QUÉ TIEMPOS SON ÉSTOS (ADRIENNE RICH)


    Hay un lugar entre dos arboledas donde el pasto crece cuesta arriba,

    y el viejo camino a la revolución se pierde entre las sombras
    cerca de una casa de reunión abandonada por los perseguidos
    que desaparecieron en estas mismas sombras.

    Yo anduve por ahí juntando hongos al filo del terror, pero no se engañen,

    no es un poema ruso, esto no es otra parte, esto es acá,
    nuestro país se acerca más y más a su verdad y a su terror,
    a sus propias maneras de hacer desaparecer gente.

    No te pienso decir adónde queda ese lugar, donde se encuentran la maraña

    tenebrosa del bosque y la franja de luz sin señalización:
    encrucijada llena de fantasmas, paraíso mohoso:
    ya sé quién quiere comprarlo, venderlo, hacerlo desaparecer.

    Y no pienso decirte adónde queda, ¿para qué hablo,

    entonces? Porque vos todavía sos capaz de escuchar, porque en tiempos como éste,
    para que vos te dignes a escuchar, es necesario
    hablar sobre los árboles.

    3 min
  • Paredes de agua (Kechi Nomu, en la voz de Maricela Guerrero)

    PAREDES DE AGUA (KECHI NOMU)

    Empieza con una foto de Kahlo

    acá se está dejando crecer las cejas
    hasta que se le encarnan. & acá también, un chico
    no ve cómo te rompe el corazón
    él ciudadano, vos extranjera a sólo centímetros de él.

    Como la necesidad de las sombras superpuestas

    le dice a la cara a Kahlo
    que la luz de acá es buena para sacar fotos
    así que adentro tuyo sentís que
    se te hunde el barco… que el mar se te desfonda bajo el peso de los sueños
    & estas cataratas en un cofre de carne.

    Algunos días, se levantan tanto

    que es imposible no sentir lo que sos o
    lo que ves; de nuevo, a un faraón que se ahoga escapando
    de sus paredes de agua en dirección a vos,
    sin sus carros de guerra;
    a una mujer que espera en la frontera
    para cruzar un mar (que ya está) rojo
    sin su bastón ni sus papeles.

    Acá lo podés ver, tan cerca

    de la extensión de tu propia sombra
    que sabés lo que se siente:

    todas las cavernas del silencio de un cuerpo…

    Paredes de agua

    2 min
  • Este mundo (Robert Creeley, en la voz de Simón López Trujillo)

    Si la noche es el tiempo

    más arduo, más cercano,
    vienen los días. La mañana
    se abre con la luz

    en la ventana.

    Después, igual que ahora, el sol
    se trepa al cielo azul.
    Al mediodía

    en la playa

    podría pasarme toda
    la vida contemplando
    estas olas relucientes

    seguir el ruido que hacen

    hasta lo más profundo de la mente
    y los ecos:
    que la luz

    como el aire

    sea un alivio.
    El viento
    tironea la cara

    y las manos,

    se enfría. ¿Qué
    puede pensar uno?
    La playa

    es una piedra innumerable.

    Pasan nubes
    con la panza gris,
    racimos blancos

    de aire, puro

    aire. El agua
    circula por los bordes,
    espuma

    que se arremolina

    azul, verde, blanca.
    Lo que se pierda
    entonces, será

    recuperado.

    ¿Qué
    importa en este mundo
    como si fuera uno?

    2 min
  • Canto XLV (Ezra Pound, en la voz de Lynn Cruz)

    Con usura ninguno tiene su hogar de piedra sólida

    pulido cada bloque y bien dispuesto
    de modo que el diseño pueda velarle el rostro
    con usura
    ninguno un Paraíso pintado en las paredes de su iglesia
    harpes et luthes
    ni sitio en que una virgen reciba su mensaje
    y el halo se proyecte en la incisión,
    con usura
    ningún varón Gonzaga alcanza a ver sus concubinas y herederos
    ningún cuadro se pinta para que dure y acompañe
    sino para venderlo y vender pronto
    con usura, pecado abominable
    es vuestro pan cada vez más un trapo viejo
    seco como el papel es vuestro pan
    sin trigo montañés, ni harina firme
    con usura, el trazo se hace grueso
    con usura, no hay límites precisos
    ninguno encuentra dónde asentar su morada.
    Se aparta al tallador de piedra de su piedra
    se aparta al tejedor de su telar
    con usura
    no llega lana hasta el mercado
    no dan ganancia las ovejas con usura.
    Usura es una peste, usura
    mella la aguja entre los dedos de la joven
    arruina la destreza del que hila. Pietro Lombardo
    no surge por usura
    Duccio no surge por usura
    ni Pier della Francesca; un Zuan Bellin’ no surge por usura
    ni fue pintada “La Calunnia”.
    No surge por usura Angelico, no surge Ambrogio Praedis,
    no se erige una iglesia de piedra con la firma: Adamo me fecit.
    No surge por usura St. Trophime
    No surge por usura St. Hilaire,
    la usura pone herrumbre en el cincel
    herrumbra el artificio y el artífice
    carcome cada hebra del telar
    ninguna aprende a hilar con oro sus tramados;
    el azur muestra un chancro por usura, el carmesí se deshilacha
    no encuentra el esmeralda ningún Memling
    la usura mata al vástago en el vientre
    aplaca el galanteo del muchacho
    trajo parálisis al lecho, yace
    entre la joven novia y el esposo
    contra naturam
    Han infestado Eleusis con sus putas
    cadáveres se aprestan al banquete
    movidos por la usura.

    3 min
  • Rompehogares (Ocean Vuong, en la voz de Osvaldo Bossi)

    ROMPEHOGARES (OCEAN VUONG)


    & así bailábamos: los vestidos de nuestras madres

    se derramaban de nuestros pies, el final de agosto

    nos teñía las manos de rojo oscuro. & así amábamos:

    una quinta parte de vodka & una tarde en el desván, tus dedos

    por mi pelo –mi pelo un incendio incontrolable. Nos tapábamos

    los oídos & la rabieta de tu papá se convertía

    en los latidos del corazón. Al tocarse nuestros labios, el día

    se cerraba convertido en ataúd. En el museo del corazón

    hay dos personas sin cabeza que construyen una casa en llamas.

    Siempre la escopeta arriba

    de la chimenea. Siempre una hora más para matar –para rogarle

    a algún dios que la devolviera. Si no era el desván, era el auto. Si no era

    el auto, era el sueño. Si no era el chico, era la ropa del chico. Si no estás vivo,

    colgá el teléfono. Porque el año es una distancia

    que recorrimos en círculos. Es decir: así

    bailábamos: desnudos en nuestros cuerpos dormidos. Es decir:

    así amábamos: el cuchillo en la lengua que se convertía

    en una lengua.

    2 min
  • Necesito una música (Elizabeth Bishop, musicalizado por Gracia Fernández)

    Necesito una música que fluya

    a través de las yemas de mis dedos
    inquietas, sensitivas; por mis labios
    temblorosos, manchados de amargor,
    con honda melodía, clara, lenta
    como el fluir de un líquido. ¡Ah, el mecerse
    salutífero, antiguo, sí, y grave,
    como una canción que se les canta
    a los que han muerto, fatigados, para
    que puedan descansar, una canción
    que caiga como agua en mi cabeza
    y mis extremidades, como un sueño
    que a causa de un rubor resplandeciera.

    La melodía obra cierta magia:

    un hechizo de alivio, y calmo aliento,
    y sosegado corazón, que se hunde,
    entre colores que se van fundiendo,
    hondo en la subacuática quietud
    del mar, y flota para siempre en un
    estanque que la luz reverdecida
    de la luna ilumina al reflejarse,
    en los brazos del ritmo y la modorra.

    4 min
  • Tras la muerte de alguien (Tomas Tranströmer, en las voces de Petronella Zetterlund y Daniel Lipara)

    Hubo una conmoción,

    que dejó tras de sí una larga, pálida, resplandeciente cola de cometa.
    Nos envuelve. Provoca que la imagen de la televisión se vea borrosa.
    Se posa como gotas frías sobre el cableado aéreo.

    Todavía se puede caminar arrastrando los esquíes bajo el sol del invierno,

    entre arboledas donde todavía cuelgan hojas del año que pasó.
    Parecen hojas arrancadas de una guía telefónica vieja,
    los nombres de los abonados tragados por el frío.

    Todavía es hermoso sentir el propio corazón latir.

    Pero a veces la sombra se siente más real que el cuerpo.
    El samurai se ve insignificante al lado
    de su armadura negra de escamas de dragón.

    3 min
  • Inundaciones en Quang Ngai (Linh Dinh, en la voz de Luis Felipe Fabre)

    Sí, acá se inunda todos los años, y todos los años perdemos todo nuestro ganado, todas nuestras posesiones, y aún así no nos desplazamos a otra provincia. Simplemente, no nos desplazamos.

    Todos los años, la inundación se vuelve más severa. Parece que en el mundo hay cada vez más agua. Hay cada vez más agua en el mundo.

    Lo peor es que el agua ya no retrocede por completo después de una inundación, sino que nos llega hasta los tobillos adentro de la casa. La solución que encontramos es levantar el piso.

    Pero el agua sigue subiendo, y todos los años tenemos que levantar el piso un poco más, un poco más cerca del techo.

    1 min
  • Dinosaurios en el barrio (Danez Smith, en la voz de Amelia Bande)

    Hagamos una película que se llame Dinosaurios en el barrio.

    Una mezcla de Jurassic Park con El viernes me cambió la vida con En busca de la felicidad.
    Tiene que haber una escena en que un nene negro esté jugando
    con un dinosaurio de juguete en el colectivo, mire por la ventana
    & vea al tyrannosaurus rex, porque sí o sí tiene que haber un tyrannosaurus rex.

    Que no la dirija Tarantino. En su versión, el nene jugaría

    con un arma, la metáfora: los chicos negros juegan con sus vidas,
    augurio de su fin, vivo retrato del papá.
    A la mierda con eso, el chico tiene un brontosaurio o un triceratops de plástico
    & ésa es su prueba de que existen la magia o Dios o Papá Noel. Quiero una escena

    en que a un patrullero le cague encima un pterodáctilo, una escena

    donde el negocio de la esquina se convierta en una batalla campal. Que no salgan
    los hermanos Wayans en la película. No quiero ninguna pelotudez racista
    sobre los asiáticos ni estereotipos gastados sobre los latinos.
    La película es sobre un barrio donde vive gente de la realeza

    –hijos de esclavos & inmigrantes & adictos & exiliados– que salvan a la ciudad

    de dinosaurios de verdad. No quiero que sea una de esas película de policías
    con un sex symbol vietnamita cursi pero progre de protagonista que tiene una compañera
    negra graciosa aunque aguerrida. Ésta no es ocasión para que se luzcan Will Smith
    & Sofía Vergara. Quiero abuelas sentadas en el porche bajando dinosaurios a los tiros

    con armas escondidas en la pared & abajo del colchón. Quiero esos dinosaurios

    babosos & gritones. Quiero que Cicely Tyson dé un discurso, tal vez dos.
    Quiero que Viola Davis salve la ciudad en la última escena clavándole en el largo
    cuello de sangre fría al último dinosaurio una peineta afro para el pelo. Pero no puede ser
    una película negra. No puede ser una película negra. No puede ser que la ninguneen

    por su elenco o su público. Esta película no puede ser metáfora

    de los negros & la extinción. Esta película no puede ser sobre la raza.
    Esta película no puede ser sobre el dolor de los negros ni causarles dolor a los negros.
    Esta película no puede ser sobre la larga historia de tener una larga historia dolorosa.
    Esta película no puede ser sobre la raza. En esta película nadie puede decir negro

    que no sea capaz de decírmelo en público en la cara. Nada de chistes de pollo en la película.

    Nada de protagonistas baleados. & nadie mata al nene negro. & nadie mata
    al nene negro. & nadie mata al nene negro. De todos modos, la única razón
    por la que quiero que se haga es por la primera escena: el nene negro
    en el colectivo con el dinosaurio de juguete, los ojos bien abiertos & infinitos

    sus sueños posibles, latiendo, & bien presentes.


    *NOTA DE AMELIA BANDE* Una cosa: leo este poema de Danez Smith sin ser yo misma una persona racializada ni de descendencia afro. Lo leo desde lo que soy, una latina que nació en Estados Unidos y creció en Chile.

    5 min
  • Cuarentena (Eavan Boland, en la voz de Carlos Manuel Álvarez)

    En la peor hora de la peor estación

    del peor año para todo un pueblo
    un hombre salió del hospicio con su esposa.
    Iba –iban los dos– andando al norte.

    Ella tenía fiebre por el hambre y no le seguía el paso.

    Él la alzó y la cargó sobre la espalda.
    Así fue caminando hacia el oeste, y al oeste y al norte.
    Hasta que, ya de noche, bajo estrellas de hielo, al fin llegaron.

    La mañana siguiente, los encontraron muertos.

    De frío. De hambre. De las toxinas de una historia entera.
    Pero los pies de ella estaban sobre el esternón de él.
    El último calor de la carne de él fue el último regalo para ella.

    Que ningún poema de amor llegue a esto jamás.

    Acá están fuera de lugar la alabanza inexacta
    de las sencillas gracias y la sensualidad del cuerpo.
    Sólo hay tiempo de hacer un inventario despiadado:

    que murieron juntos el invierno de 1847.

    También cuánto sufrieron. Cómo vivían.
    Y qué hay entre el hombre y la mujer.
    Y en cuál oscuridad se ve mejor.

    2 min

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