Orden de traslado

Orden de traslado

By Ezequiel ZaidenwergArtsBooks
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Orden de traslado episodes

  • Sexo sin amor (Sharon Olds, en la voz de Margarita Rosa de Francisco)

    ¿Cómo hacen, los que tienen sexo

    sin amor? Imperturbables como bailarines,
    deslizándose el uno sobre el otro, como patinadores
    sobre hielo, los dedos enlazados,
    uno dentro del otro, las caras
    rojas como un bife o como el vino, húmedos como
    bebés recién nacidos cuyas madres
    piensan abandonar. ¿Cómo es que acaban
    Dios cómo es que acaban
    por llegar a las aguas tranquilas, sin amar
    al que hizo el recorrido junto a ellos, mientras que poco a poco
    subía la temperatura, y un vapor emanaba
    de sus pieles? Yo creo que ellos son
    los religiosos de verdad, los puristas, los profesionales,
    los que se negarían a creer
    en un falso Mesías, o a amar al sacerdote
    en vez de al Dios. Jamás confundirían
    a quien tienen al lado con la fuente de su propio placer.
    Son como los mejores corredores: saben que están a solas
    con el camino y sus características,
    con el frío y el viento, las particularidades
    del calzado, su condición cardíaca: variables, nada más,
    como el otro en la cama; no su verdad, que es
    el cuerpo aislado, solo en el universo,
    tratando de batir su propio récord.

    3 min
  • Problemas del conocimiento (Joshua Edwards, en voces del autor y Charlotte Whittle)

    La traducción amplía los límites del lenguaje,

    como divorciarse y volverse a casar, los de la familia.

    Nacidos para desdibujarse y romperse,

    entre corchetes negros los hechos se amontonan.

    Trabajo significa inquisición; y, mientras tanto, un chico

    le arranca las alas a un grillo del tórax.

    Las ideas se deshacen como mónadas, metástasis

    de la rapsodia al filo de un delicado anochecer.

    Los truenos suenan a lo lejos o en la televisión,

    todo el tiempo encendida en esta lluvia constante.

    2 min
  • Las frutas (Adam Wolniewicz, en la voz de Natalia Romero)
    Al volver de la playa, cada tarde,
    dejando atrás los médanos y el bosque,
    mi prima y yo, los dos de trece años,
    íbamos a comprar a lo del viejo
    que no nos permitía tocar la fruta
    para elegirla: arándanos e higos,
    siempre, sin falta; un mango, algunas veces,
    el más grande que hubiera, que pesábamos
    con los ojos. Después llegar a casa,
    con las ojotas en la mano, arena
    seca en las pantorrillas, y sentarse
    de inmediato a la mesa, demorando
    la hora de la ducha. Los dos solos,
    en platos de madera, con el hambre
    y la avidez de la jornada al sol,
    comíamos las frutas: con cuchillo
    y tenedor, mi prima, que pelaba
    concentrada los higos y extraía
    casi intacta la carne empalagosa,
    se llevaba a la boca los arándanos
    pinchándolos de a uno, como arvejas.
    Yo, en cambio, tras partir a la mitad
    los higos, intentaba succionarles
    la pulpa, pero siempre terminaba
    por tragarme la cáscara también;
    comía con las manos los arándanos,
    de a puñados, manchándome la cara
    y los dedos de rojo. Al terminar,
    sin excepción, mi prima repetía
    la misma ceremonia: se golpeaba
    la panza con las manos, resoplando
    satisfecha, y después ponía las piernas
    sobre la mesa, piernas de animal
    joven, que por su largo no guardaban
    proporción con el resto de su cuerpo:
    como un carozo el hueso del tobillo;
    los pies angostos con los dedos flacos
    y pálidas las plantas, en contraste
    con lo bronceado de las pantorrillas;
    el vello imperceptible de los muslos
    que revelaba el sol– todo tenía
    un brillo tan real bajo la luz
    confiada de finales de la tarde
    que un día, encandilado, alargué el brazo
    y, como sin pensarlo, le rocé
    con los dedos la planta de un pie: estaba
    áspera por la sal y por la arena,
    y fresca al tacto. Me miró: “Me vas
    a hacer cosquillas”, dijo, pero no
    sacó el pie, que tomé entre las dos manos,
    y empecé a presionar con los pulgares.
    Me pareció que ella entrecerraba
    los ojos cuando yo, sin saber cómo,
    le pasaba las yemas de los dedos
    por el espacio entre los dedos de ella;
    también me pareció que sonreía
    antes de oír los pasos en la entrada.
    3 min
  • Que sea éste el verso (Philip Larkin, en la voz de Zof Ziro)

    Mamá y papá te cagan bien, los dos,

    quizás es sin querer, pero así es,
    te cargan con sus faltas, ya lo ves,
    y agregan otras sólo para vos.

    A ellos los cagaron, tiempo atrás,

    carcamanes que, adusta la expresión,
    cuando no estaban dando algún sermón,
    peleaban entre sí hasta no dar más.

    El hombre lega al hombre más dolor

    que crece en proporción exponencial.
    Salvate mientras puedas de ese mal:
    no tengas hijos propios, por favor.

    1 min
  • Bárbaro (Arthur Rimbaud, en la voz de Jamila Medina Ríos)

    Mucho después de los días y las estaciones, y los seres y los países,

    la bandera de carne que sangra sobre la seda de los mares y de las flores árticas; (que no existen.)

    Repuesta de las viejas fanfarrias de heroísmo –que todavía atacan el corazón y la cabeza– lejos de los antiguos asesinos–

    Ay, la bandera de carne que sangra sobre la seda de los mares y de las flores árticas; (que no existen)

    Qué dulzuras.

    Los incendios, que lloran en las ráfagas de escarcha –qué dulzuras– las llamas en la lluvia del viento de diamantes que lanza el corazón terrestre eternamente carbonizado por nosotros. Ay mundo.

    (Lejos de viejos refugios y de viejas llamas que se oyen, se sienten,)

    Los incendios y la espuma. La música, giro de los abismos y los choques de los témpanos en las estrellas.

    Ay dulzuras, ay mundo, ay música. Y ahí, las formas, los sudores, los cabellos y los ojos, que flotan. Y las lágrimas blancas que hierven –ay, dulzuras–, y la voz femenina que llega desde el fondo de los volcanes y las grutas árticas…

    La bandera...

    2 min
  • Cascando (Samuel Beckett, en la voz de Alfonso Herrera)

    1

    por qué no meramente perder toda esperanza en

    la ocasión de hacer
    derramamiento de palabras

    acaso no es mejor abortar que ser estéril

    después de que te vas las horas pesan como el plomo

    comienzan siempre a rastras demasiado pronto
    los garfios desgarrando ciegamente el lecho del deseo
    exhumando los huesos los antiguos amores
    cuencas alguna vez llenas con ojos iguales a los tuyos
    siempre es mejor acaso demasiado pronto que jamás
    el oscuro deseo salpicando sus rostros
    diciendo una vez más nunca flotó lo amado nueve días
    ni nueve meses
    ni nueve vidas

    2

    diciendo una vez más

    si vos no me enseñás no aprenderé
    diciendo una vez más hay una última
    incluso de las últimas veces
    últimas veces de rogar
    últimas veces de amar
    de saber no saber aparentar
    una última incluso de las últimas veces de decir
    si no me amás a mí yo ya no seré amado
    si no te amo a vos ya no amaré

    el batir de palabras rancias una vez más dentro del corazón

    amor amor amor el golpeteo de ese antiguo émbolo
    prensando el inmutable
    suero de las palabras

    una vez más muerto de miedo

    de no amar
    de amar pero no a vos
    de ser amado pero no por vos
    de saber no saber aparentar
    aparentar

    yo y todos los otros que te amen

    si te aman

    3

    a menos que te amen

    2 min
  • Que sea éste el verso (Philip Larkin, musicalizado por Gregorio Balaguer Rebasa)

    Mamá y papá te cagan bien, los dos,

    quizás es sin querer, pero así es,
    te cargan con sus faltas, ya lo ves,
    y agregan otras sólo para vos.

    A ellos los cagaron, tiempo atrás,

    carcamanes que, adusta la expresión,
    cuando no estaban dando algún sermón,
    peleaban entre sí hasta no dar más.

    El hombre lega al hombre más dolor

    que crece en proporción exponencial.
    Salvate mientras puedas de ese mal:
    no tengas hijos propios, por favor.

    2 min
  • Después de nosotros (Joseph Brodsky, en las voces de Natalia Litvinova y Adalber Salas Hernández)

    Seguro que después de nosotros no va a venir el diluvio,

    tampoco la sequía. Probablemente, el clima
    del Reino de los Justos, con sus cuatro estaciones,
    va a ser templado, para que un colérico, un melancólico,
    un sanguíneo y un flemático puedan turnarse en el gobierno
    tres meses cada uno. Desde el punto de vista de la enciclopedia,
    es más que suficiente. Aunque sin duda los caprichos
    de la presión atmosférica o la temperatura
    podrían confundir al reformista. Aún así, el dios del comercio sólo
    está contento cuando aumenta la demanda de los trajes de lana,
    los paraguas ingleses, los sobretodos finos. Sus enemigos más temidos
    son las medias zurcidas y los pantalones remendados.
    Podría parecer que la lluvia que cae del otro lado de la ventana
    aboga exactamente por esta forma a todas luces frugal
    de concebir el paisaje: y, en general, toda la creación.
    Y sin embargo la Constitución no habla de la lluvia.
    No se menciona ni una sola vez en la Constitución
    a los barómetros, o para el caso, a nadie
    que, tumbado en un banquito, un ovillo en la mano,
    como un Alcibíades musculoso, pase la noche
    hojeando las páginas marcadas de una revista de moda
    en la sala de espera de la Edad de Oro.

    4 min
  • Agnus dei (Denise Levertov, en la voz de Julieta Marchant)

    Dado que los corderos

    son crías de la oveja; dado que las ovejas
    son miedosas y torpes, y no saben defenderse,
    porque no tienen garras ni violencia,
    veneno ni malicia, ¿qué es, entonces,
    el «Cordero de Dios»?

    ¿Esta hermosa criatura,

    que husmea con vigor las ubres de su madre;
    portadora de lana y de balidos,
    que salta por el aire contenta de existir, y que descubre atónita
    cuatro patas en las que aterrizar, el pasto
    lo único del mundo que conoce?

    ¿La que nos llevaríamos a jugar,

    adornada de cintas, aunque no dejaríamos
    que entrara en nuestra casa
    por miedo a que ensuciara el piso con sus heces?

    ¿Qué se oculta, terrible, detrás de estas palabras

    tan extrañas:
    Oh Cordero de Dios que quitas el pecado
    del mundo: una inocencia que parece ignorancia,
    engendrada en la nieve manchada por la sangre
    que lamen los ancestros de los perros,
    más sagaces que todo el rebaño en su conjunto?

    ¿Entonces Dios,

             que abarca todo,
             está indefenso? ¿La omnipotencia
             ha sido reducida a un montoncito húmedo de lana?

    Y nosotros,

                        temerosos, abúlicos, que queremos tan sólo
    echarnos a dormir hasta que la catástrofe
    haya llegado al clímax y arrasado con todo
    para pasar al fin,
                       y que queremos despertar tranquilos
    sin recordar después el sufrimiento,

    nosotros los que, llenos de vergüenza,

    en nuestra mísera esperanza, buscamos que nos rescataran de las llamas,
    y nos dieran la dicha que creímos merecer por haberla imaginado,

    ¿entonces se supone que nosotros

    debemos proteger a este animal perversamente débil,
    que con su hocico insiste en tratar de encontrar leche en nosotros?
    ¿Debemos estrechar en nuestro corazón
    helado a un Dios que tiembla?

    Que así sea.

             Ven, trapo sucio, estremecido,
                                 ven, estrella distante.
                      Vamos a ver si algo de los hombres
                      aún puede protegerte,
                            chispa
                      de luz remota.

    3 min
  • El desconocimiento de la ley no exime de cumplirla (John Ashbery, en la voz de Arturo Carrera)

    Nos advirtieron sobre las arañas y la ocasional hambruna.

    Agarramos el auto y nos fuimos al centro a ver a los vecinos.
    Ninguno estaba en casa. Hicimos nido en los jardines
    que el municipio había diseñado, nos acordamos de otros
    lugares diferentes, ¿pero lo eran? ¿No sabíamos todo de antemano?

    En viñedos en los que el himno de la abeja ahoga la monotonía

    dormimos por la paz y nos sumamos a la gran campaña.
    Él se acercó hasta mí.
    Todo era como entonces,
    excepto por el peso del presente,
    que destruía el pacto que habíamos celebrado con el cielo.
    En realidad, no había razón para alegrarse,
    tampoco era imperioso regresar.
    Estábamos perdidos con sólo estar ahí parados,
    escuchando el zumbido de los cables encima de nosotros.
    Lloramos la meritocracia, que con salvaje vehemencia,
    había puesto comida en nuestra mesa y leche en nuestros vasos.

    De forma arrabalera, descuidada, caminamos de vuelta

    hasta la roca de cristal de cuarzo en que se había convertido,
    pura preocupación y miedo por nosotros.
    Bajamos con cuidado
    al último escalón. Ahí uno puede lamentarse y respirar,
    enjuagar sus efectos personales en el manantial helado.
    Sólo hay que precaverse de los osos y lobos que suelen frecuentarlo,
    y de la sombra que te sobreviene cuando esperás el alba.

    2 min

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