Orden de traslado

Orden de traslado

By Ezequiel ZaidenwergArtsBooks
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Orden de traslado episodes

  • Si esta habitación es nuestro mundo (Weldon Kees, en la voz de Mercedes Cebrián)

    Si esta habitación es nuestro mundo,

    que este mundo se pudra. Abrí este techo,
    para que venga un último y monstruoso diluvio
    que barra con el suelo, con las sillas
    y esta cama que no me lleva a ningún sueño.
    Bajo el oscuro cielo de nuestra circunstancia
    y el murmullo de húmedos barómetros
    contemplo el polvo urbano que ensucia los cristales
    mientras el trueno muere. A unos kilómetros
    de aquí mueren los héroes, su sangre mana espesa por el pasto,
    dulce e inquieta, coagulada, inmunda,
    corre hacia al río, rumbo al mar, el mar,
    de donde viene ese voraz diluvio
    que yo espero, que me va a hacer morir.

    2 min
  • Torso arcaico de Apolo (Rainer Maria Rilke, en la voz de Gael García Bernal)

    No conocemos la cabeza donde

    maduraron los ojos. Pero el torso,
    como si fuera un candelabro, arde;
    y, aún retraída, su mirada dura

    y relumbra. Si no, el pecho combado

    no te encandilaría, ni las ingles
    dirigirían, con callada curva,
    una sonrisa al centro de su sexo.

    Si no, no se tendría en pie esta piedra,

    trunca bajo los hombros transparentes,
    ni brillaría como piel salvaje,

    ni emanaría de sus propios bordes

    como una estrella, porque no hay un punto
    que no te mire ahí. Cambiá tu vida.

    2 min
  • México imaginario (C.D. Wright, en las voces de Forrest Gander y Lucía Uribe)

    Por supuesto que habría frijoles tortillas habaneros y queso

    habría un tipo afilando cuchillos en una bicicleta fija

    instrumentos de viento y sólo por esta vez ningún mariachi

    los narcos estarían formados en fila con grilletes y el pelo al viento

    con un vórtice que les saldría del ombligo directo a la perdición

    no habría mujeres jóvenes violentadas ni chicos pobres hurgando

    en la basura al son del trombón oxidado andaríamos ágiles

    como la morena y furtivos hasta quedar borrachos y nos quemaríamos

    con un cigarrillo imprudente y recién entonces nuestros horribles dientes

    quedarían al descubierto y pararía un taxi amarillo para llevarnos de vuelta

    a un hotel equipado con duchas mil y una veces mejores

    que la que tenemos acá el agua ni más ni menos

    potable los pecados de nuestros antepasados transferibles a perpetuidad

    3 min
  • El cielo para mí (Sharon Olds, en la voz de Elena Anníbali)

    Cuando me pongo a imaginar mi muerte,

    estaría acostada boca arriba, y mi espíritu
    se iría desprendiendo de mi cuerpo
    por la piel de la panza, como una hoja de papel manteca,
    y se daría vuelta y quedaría boca abajo;
    como la alfombra mágica del genio, pero en forma de chica,
    se pondría a volar bajo sobre la Tierra: el cielo para mí
    consistiría en ser invulnerable, poder mirar
    sin pausa y sin impedimentos,
    suspendida en el aire; mirar, mirar, mirar,
    algo no muy distinto de mi vida:
    me sentiría llena de una casi indolora soledad,
    contemplando la Tierra, como si contemplarla
    fuera mi forma personal de tener alma. Pero entonces
    divisaría a mi amado, de pie junto a una puerta
    -o algo así- en el cielo: no la puerta
    de las constelaciones, los pentángulos,
    la corona boreal, sino más bien una puertita
    en el portal del cielo,
    como esas chiquititas para el gato,
    del otro lado de la cual no hay nada. Y él me dice
    que se tiene que ir, que ya llegó la hora.
    Y si bien no me pide que me vaya
    con él, a mí me da la sensación de que querría
    que yo lo acompañase. Tampoco me parece que esa nada
    sea una nada viviente, en donde los no-seres
    harían una especie de amor ultraterreno;
    se me antoja más bien que es una nada absoluta,
    y que al cruzar la puerta los dos juntos
    desapareceríamos. Qué hermoso
    tomarme de su brazo,
    apretándolo fuerte contra el pecho,
    como hacen los amantes camino del altar,
    y dar el paso.

    3 min
  • El momento (Margaret Atwood, en la voz de Enrique Winter)

    El momento en que, después de muchos años

    de arduos trabajos y una larga travesía,
    estás de pie en el medio de tu habitación,
    casa, media hectárea, kilómetro cuadrado, isla, país,
    y sabés finalmente cómo llegaste ahí
    y decís esto es mío,

    es el mismo momento en que los árboles aflojan

    los mullidos brazos con los que te rodeaban,
    los pájaros te privan de su lengua,
    los acantilados se fisuran y se desploman,
    el aire se aleja de vos como una ola
    y no podés respirar.

    No, susurran. Nada es tuyo.

    Estabas de visita, una y otra vez,
    al subir la colina, al plantar la bandera, al lanzar la proclama.
    Nunca te pertenecimos.
    Nunca nos descubriste.
    Siempre fue al revés.

    2 min
  • Me toca confesarme (Charles Simic, en la voz de Juan Cárdenas)

    Ese perro que trata de escribir un poema que explique por qué ladra,

    mi estimado lector, soy yo.
    Estaban por echarme de la biblioteca,
    pero les advertí
    que mi amo es invisible y todopoderoso,
    y de todas maneras me sacaron, arrastrado de la cola.

    En la plaza, los pájaros hablaban libremente de sus cuitas.

    En un banco, una vieja
    se cortaba los rulos canosos con tijera imaginaria,
    mirándose a un espejo de bolsillo.

    Y yo no dije nada.

    Sin embargo, esa noche,
    me eché y me puse a mordisquear un lápiz.
    De tanto en tanto suspiraba,
    y le gruñía a algo
    que no podía nombrar.

    2 min
  • Lady Lázaro (Sylvia Plath, en la voz de Laura Gómez)

    Lo hice otra vez,

    un año cada diez
    me las ingenio:

    soy una especie de milagro que se levanta y anda,

    mi piel resplandeciente igual que la pantalla de una lámpara nazi,
    mi pie derecho
    un pisapapeles,

    mi cara una finísima mortaja

    judía sin facciones.

    Capa a capa arrancá esta servilleta,

    oh enemigo mío.
    ¿Te dio un escalofrío?

    ¿La nariz, las dos cuencas de los ojos, la intacta dentadura?

    El aliento a sepultura
    se va a ir en un día.

    Y enseguida, la carne

    que el hueco de la tumba se tragó
    va a volver a ser yo,

    y yo, de nuevo, una mujer sonriente.

    Tengo sólo treinta años,
    e igual que el gato, tengo siete muertes.

    Ahora es la tercera.

    Qué basura
    que cada década hay que anilquilar,

    qué millón de filamentos.

    La gente, que mastica sus maníes,
    se agolpa para ver

    cómo me van sacando

    las vendas de las manos y los pies:
    el gran strip tease.

    Damas y caballeros

    acá tienen mis manos
    mis rodillas.

    Por más que ahora sea piel y huesos

    sigo siendo la misma, idéntica mujer.

    La primera vez que me pasó fue a los diez.

    Fue un accidente.
    En cambio, la segunda intenté expresamente

    no volver.

    Me cerré
    igual que un caracol.

    Tuvieron que llamarme sin parar,

    sacarme los gusanos como perlas adhesivas.
    Morirse

    igual que todo lo demás

    es un arte.
    Y en eso, mi talento no tiene parangón.

    Tanto, que pareciera que es una maldición.

    Tanto, que no parece una actuación.
    Hasta podría decirse que tengo vocación.

    Es fácil: se lo puede hacer en reclusión.

    Es fácil, y después te quedás bien quietita.
    Es el regreso

    teatral a plena luz del día

    a ese mismo lugar, la misma cara, el mismo grito
    brutal y divertido:

    “¡Es un milagro!”

    que me deja atónita.
    Hay que pagar

    para ver mis cicatrices, hay que pagar

    para oírme el corazón:
    sí, late de verdad.

    Y hay que pagar, y hay que pagar bien caro

    una palabra, un roce,
    o un poquito de sangre,

    un mechón de mi pelo, un jirón de mi ropa.

    A ver, a ver, Herr Doktor.
    A ver, Herr Enemigo.

    Soy tu obra,

    tu objeto de valor,
    la bebé de oro puro

    que se funde entre aullidos.

    Me doy vuelta en el fuego.
    No olvido su inquietud: créame, se lo ruego.

    Ceniza y más ceniza,

    que usted atiza y revuelve.
    De carne o hueso ahí no queda nada:

    un jabón,

    una alianza,
    un diente de oro.

    Herr Dios, Herr Lúcifer

    Cuidado
    Cuidado.

    Me alzo de las cenizas

    con mi pelo encendido
    y me como a los hombres de un soplido.

    4 min
  • Fuga de la muerte (Paul Celan, en la voz de Hernán Bravo Varela)

    Leche negra del alba la bebemos a la tarde

    al mediodía la bebemos la bebemos de noche y de mañana
    cavamos una fosa en el aire no se está ahí apretado
    Vive un hombre en la casa que juega con serpientes que se pasa
    escribiendo a Alemania cuando se hace de noche tu cabello de oro Margarete]
    escribe y aparece delante de la casa y brillan las estrellas silba para llamar a sus perros de presa]
    les silba a sus judíos para hacerles cavar una fosa en el aire
    nos ordena tocar para bailar

    Leche negra del alba te bebemos de noche

    al mediodía y de mañana te bebemos te bebemos a la tarde
    bebemos y bebemos
    Vive un hombre en la casa que juega con serpientes que se pasa
    escribiendo a Alemania cuando se hace de noche tu cabello de oro Margarete]
    tu pelo ceniciento Sulamita cavamos una fosa en el aire no se está ahí apretado]

    Grita hiendan la tierra ustedes más profundo mientras tocan y cantan los demás]

    saca el arma del cinto y se pone a blandirla sus ojos son azules
    vamos hundan la pala ustedes más profundo y los demás toquen para bailar]

    Leche negra del alba te bebemos de noche

    al mediodía y de mañana te bebemos te bebemos a la tarde
    vive un hombre en la casa tu cabello de oro Margarete
    tu pelo ceniciento Sulamita él juega con serpientes
    Grita toquen la muerte y que suene más dulce la muerte es un maestro de Alemania]
    grita a ver los violines que suenen más sombríos y ustedes subirán como humo en el aire]
    tendrán luego una fosa entre las nubes no se está ahí apretado

    Leche negra del alba te bebemos de noche

    al mediodía te bebemos la muerte es un maestro de Alemania
    te bebemos de tarde y de mañana bebemos y bebemos
    la muerte es un maestro de Alemania sus ojos son azules
    te alcanza con su bala de plomo da en el blanco
    vive un hombre en la casa tu cabello de oro Margarete
    azuza en nuestra contra a sus perros de presa nos regala una fosa en el cielo]
    él juega con serpientes y sueña que la muerte es un maestro de Alemania]

    tu cabello de oro Margarete

    tu pelo ceniciento Sulamita

    4 min

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