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“Pero me pareció necesario enviaros a Epafrodito, mi hermano, colaborador y compañero de milicia, a quien vosotros enviasteis a ministrar para mis necesidades” (Filipenses 2:25).
Pablo estaba preso en Roma cuando escribió la carta a los Filipenses y a los Colosenses. La iglesia de Filipos había enviado regalos y ofrendas para Pablo por mano de Epafrodito. Este fue el mensajero de la iglesia de Filipos y el ministrador de las necesidades de Pablo. Era un nombre común en griego y en latín que significa “atractivo”, “fascinante”, “encantador”, derivado del nombre de la diosa griega Afrodita.
Sin embargo, en Roma él se enfermó con riesgo de muerte. Esto entristeció a Pablo y preocupó a los filipenses. Pablo se los envió de nuevo elogiando el gran deseo que tenía de reencontrase con ellos (Fil. 2:26-28).
El apóstol se refirió a él usando el posesivo “mi hermano”. Y no solo eso. Además, era un colaborador y un compañero de milicia. Como hermanos, compartían la fe y la comunión; como colaboradores, compartían la misión y su progreso; y como compañeros de milicia, compartían las luchas de la vida y del ministerio.
Epafrodito era equilibrado en su fe y no se ocupaba solo en la comunión, sino también en el progreso del evangelio, aun en medio de las luchas; como Nehemías, que reedificó los muros de Jerusalén con su espada en una mano y la herramienta en la otra. No se puede edificar con una espada ni pelear con la herramienta. Se necesitan ambas para llevar a cabo la obra del Señor.
Epafrodito estaba interesado en los demás. Él se preocupó por Pablo cuando oyó que estaba prisionero en Roma, y se ofreció para hacer ese viaje largo y peligroso, para ayudarlo y animarlo. Él llevó la ofrenda de amor de la iglesia, protegiéndola con su vida. Es decir, no se conformó con dar una ofrenda: él mismo viajo para ofrendarse a la misión.
Luego de estar con Pablo, pensó en su iglesia y allí regresó para seguir cumpliendo la misión.
Se cuenta que un día iban a ordenar al ministerio a un joven pastor. Antes de ese emotivo acto, su padre, que era pastor, le dio tres consejos: Vive todos los días cerca de Dios, vive todos los días cerca de la gente; y vive de tal manera que Dios sea atractivo para la gente y la gente sea atraída a Dios.
Epafrodito fue una bendición para Pablo, para su iglesia y para nosotros. Quien es atraído por Cristo se vuelve atractivo para los demás.
“Para que seáis irreprochables y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como lumbreras en el mundo, asidos de la palabra de vida, para que en el día de Cristo yo pueda gloriarme de que no he corrido en vano, ni en vano he trabajado” (Filipenses 2:15, 16).
Matías Bauso publicó en Infobae, el 9 de febrero de 2020, los resultados de una investigación científica que identifica a ciertas regiones del mundo como “zonas azules”, lugares donde muchos superaban en décadas la expectativa de vida, y los índices de enfermedades coronarias, cáncer y demencia senil eran inferiores. Estos sitios fueron llamados así porque un astrofísico especializado en demografía (Michel Poulain) y un prestigioso gerontólogo italiano (Gianni Pes) se dedicaron a indagar en qué lugares del mundo vivían las personas de mayor edad. Cuando lo encontraban, lo marcaban con un círculo azul.
Una de esas zonas se encuentra en Cerdeña (Italia). Allí, varios de los casi mil habitantes tienen más de cien años. Un milagro de la longevidad.
Años más tarde, el periodista Dan Buettner, un apasionado por la vida sana, salió a buscar otras “zonas azules”. Respaldado por la National Geographic y la Sociedad de Gerontología de los Estados Unidos, encontró otras cuatro: la isla de Okinawa (Japón), la Península de Nicoya (Costa Rica), la Isla de Icaria (Grecia), y Loma Linda, en California, Estados Unidos.
¿Cuál era el denominador común de estas regiones? Clima amable, naturaleza prolífica, alimentos sanos, jóvenes educados con dedicación y ancianos cuidados con amor.
Lo que sí llama la atención es que todas las “zonas azules” son islas o penínsulas, menos una. Los Ángeles, se sabe, es un infierno de polución, de autopistas y de atascos de tránsito. Sin embargo, a menos de cien kilómetros, ¡hay una “zona azul”: Loma Linda. Se trata de una comunidad adventista, donde la religión tiene una gran influencia. Los sábados se dedican por completo a la iglesia y al servicio. Los científicos le atribuyen una importancia vital a la fe y las creencias religiosas. Enfatizan también la vida sana, actividad física moderada, niveles bajos de estrés, dietas moderadas, alimentación centrada en frutas y verduras, y una comunidad rica en contención familiar.
Según estudios realizados desde la década del ‘70, los habitantes de Loma Linda mejoran todas las tasas de salud y sobrevida. No se trata de una genética favorecida sino de un estilo de vida.
Pablo desafió a vivir de manera irreprochable y sencilla en medio de una generación maligna. No importa cuál sea el infierno donde vivas, resplandece como luminaria asida a la vida y crea nuevas “zonas azules”, hasta que todo sea azul para siempre.
“Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:13).
Pablo ha enfatizado que la salvación es por la gracia y que la aceptamos por medio de la fe. De ninguna manera este “ocuparse en la salvación” contradice su prédica. Es la misma gracia de Dios la que nos lleva al fruto. Es decir, solo aquel que acepta ampararse en la gracia se puede ocupar, dedicar y trabajar por su salvación y la del prójimo.
La Biblia enseña que debemos cooperar con el llamado de Dios, despojarnos del viejo hombre, correr con paciencia, resistir al diablo y perseverar hasta el fin.
La salvación no se alcanza por medio de las obras, pero debemos ocuparnos de ella mediante la cooperación personal con Cristo. En tanto reconocemos nuestra completa dependencia de los méritos, la obra y el poder de Cristo, admitimos nuestro compromiso y responsabilidad de vivir diariamente, por la gracia de Dios, una vida en armonía con los principios del evangelio.
Ocuparnos con temor y temblor no significa un terror servil, sino una honesta y prudente desconfianza propia. Tenemos que “temer” que nuestra voluntad no esté rendida permanentemente a Cristo. Cuanto más reconocemos nuestra impotencia, más nos aferramos a su fortaleza. A mayor desconfianza de nosotros, mayor confianza en él.
En verdad es Dios quien está obrando. El apóstol destaca que el poder para la salvación viene de Dios, y que obra en nosotros para cumplir su propósito. Y eso ocurre de manera igualitaria tanto en el querer, es decir en el estímulo, deseo o determinación inicial, como también en el hacer; es decir, en el poder para llevar adelante nuestra decisión. En el querer, nuestros pies que estaban afuera del camino son colocados en el camino, nuestros tobillos entumecidos por el pecado son despertados y afirmados. En el hacer, nuestros pies se movilizan rumbo a la meta, en el camino cierto, en la dirección adecuada y en la velocidad correcta.
Se cuenta que una vez le preguntaron al duque de Wellington sobre el porcentaje de probabilidad de éxito en el esfuerzo misionero entre los paganos. Él contestó: “¿Cuál es vuestra orden de marcha? El éxito no es una cuestión que os toque discutir. Si mal no entiendo, las órdenes que se os dan son estas: ‘Id por todo el mundo; predicad el evangelio a toda criatura’. Caballeros, obedeced vuestras órdenes de marcha” (ver Elena de White, Obreros evangélicos, p. 120).
La orden de marcha es fuerte y clara, tanto en relación con nuestra propia salvación como en cuanto a la salvación de nuestros semejantes.
Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Filipenses 2:5).
Spurgeon cuenta que Melancthon lloraba por las divisiones entre los protestantes y buscaba la unidad. Así, enseño la parábola de los lobos y los perros.
Los lobos tenían miedo porque los perros eran muchos y fuertes. Por lo tanto, enviaron un espía para observarlos. Al volver, el espía dijo: “Es cierto que los perros son muchos, pero pocos son grandes y fuertes. La mayoría de ellos son perros pequeños, que ladran fuerte pero no muerden. Sin embargo, hay algo extraño: todos intentan morderse entre sí. Y, aunque nos odian, también se odian entre ellos mismos”.
Me entristece pensar que esta “historia” se repite en nuestros días. Pareciera que muchos seguidores de Jesús están más interesados en morderse el uno al otro, en lugar de guardar sus dientes afilados para los lobos.
Pablo dice que haya entre los filipenses y entre nosotros la mejor actitud conforme al modelo del mismo sentir que hubo en Cristo Jesús. El apóstol sabía que, para producir armonía y unión, primero habría que engendrar humildad. Cuando cada uno esté dispuesto a ser menos y colocar a sus semejantes más arriba que ellos mismos, entonces podrá haber un final para el espíritu de contienda, divisiones y conflictos.
Jesús es el mayor ejemplo divino de amor y abnegación, y deberíamos imitarlo diligentemente. Solo aquel que esté dispuesto a no ser nada será poseedor de todo. Necesitamos la misma actitud, los mismos sentimientos y la misma abnegación que Cristo. El amor y el sacrificio de Cristo son nuestro modelo y referencia de amor entre nosotros.
Él era Dios por naturaleza y por esencia, diferente de Adán, que fue creado a la imagen de Dios. Pero no se aferró a eso; se despojó, se vació, dejó a un lado su trono, se encarnó en nuestra miseria, se rebajó voluntariamente, depuso su igualdad con el Padre, se limitó en el uso de sus poderes divinos y nunca los usó en favor de sí mismo. No solo se hizo hombre sino también siervo, esclavo, asumió nuestra humanidad con todos sus dolores, se hizo obediente a su misión, hasta soportar la peor humillación, con la peor muerte: la cruz.
Nuestra lucha no es contra nuestro hermano. “El enemigo a quien más hemos de temer es el yo [...]. Ninguna victoria que podamos ganar es tan preciosa como la victoria sobre nosotros mismos” (Elena de White, El colportor evangélico, p. 202).
Sometidos al Cordero, el lobo huirá de nosotros. Por eso, usa “tus garras” para vencer a los lobos.
“Por tanto, si hay algún consuelo en Cristo, si algún estímulo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia, completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa” (Filipenses 2:1, 2).
En el capítulo 2 de Filipenses, el apóstol Pablo alienta a vivir un cristianismo auténtico. No hacer nada por interés personal, ni por vanidad, no considerarse superiores a los demás; por el contrario: preocuparse y ocuparse por los intereses ajenos.
Y ¿cómo es eso posible? Pablo indica a Jesucristo como inspiración y modelo: aquel que dejó la gloria que tenía en el cielo, que asumió la humanidad, que vivió en humildad y en obediencia y fue capaz de morir en nuestro favor.
Pablo dice también que debemos cuidar nuestra salvación y, aunque es Dios quien produce en nosotros el deseo de amarlo, tenemos el compromiso de vivir de modo puro, irreprensible, huyendo de la perversión y de la corrupción, siendo luz en el mundo. En una sociedad en la que la mayoría de la gente busca satisfacer sus propios intereses, Dios nos desafía a imitar a Cristo: a fin de ser luces para las personas, encaminándolas a Dios con nuestro ejemplo.
El Pr. Enrique Chaij publicó la historia de aquel predicador en Escocia que levantaba fondos para la construcción de un templo. Para su sorpresa, encontró en el alfolí de las ofrendas un papel doblado con la siguiente inscripción: “No tengo nada para dar, a no ser mi propia vida”. Lo firmaba un tal David Livingstone, quien llegó a ser médico y misionero en el corazón de África superando con creces las más grande de las donaciones.
Su admirable labor como explorador, médico y misionero proveyó un futuro mejor para los africanos, tanto que cuando murió (en 1873) los nativos exigieron que su corazón quedara con ellos, como recuerdo perenne de una vida dedicada y comprometida en favor del bienestar ajeno.
Y así sucedió. Mientras que el cuerpo inerte del gran benefactor fue llevado a la abadía de Westminster, en Londres, su corazón fue sepultado en tierras africanas. El que no había tenido nada para dar se dio a sí mismo.
Elena de White, refiriéndose a la actitud y la conducta del gran reformador Martín Lutero, relata lo que él escribió en una carta: “Heme aquí, dispuesto a sufrir la reprobación de su alteza y el enojo del mundo entero […] ¿no deberé, si es necesario, dar mi vida por amor de ellos” (El conflicto de los siglos, p. 172).
Como Pablo, como Livingstone y como Lutero, nosotros demos también nuestra vida por los demás. Nunca olvides que Jesús la dio por ti.
“Conforme a mi anhelo y esperanza de que en nada seré avergonzado; antes bien con toda confianza, como siempre, ahora también será magnificado Cristo en mi cuerpo, tanto si vivo como si muero, porque para mí el vivir es Cristo y el morir, ganancia” (Filipenses 1:20, 21).
¿Con que santos motivos podría criticarse la vida y la obra de Pablo? Sabemos que aun los religiosos tenían y tienen sus motivos espurios. Unos predicaban sinceramente para salvación; otros, egoístamente, para destrucción. Unos buscaban completar la gracia; y otros, invalidar la Ley y la obediencia. Mientras que el evangelio del Señor lleva al amor y la unidad, el evangelio del diablo lleva a la envidia y las contiendas.
La meta de Pablo era salvar personas y glorificar a Cristo; el blanco de sus críticos era ganar adeptos y autoexaltarse. Para estos, la función se desinteresa de la misión. La crítica desestabiliza más al crítico que al criticado.
¿Cómo uno puede regocijarse delante de este tipo de crítica, que no sigue los pasos bíblicos, y que no busca construir sino destruir?
El apóstol es claro y sencillo: dice que su caso termina en liberación gracias a las oraciones de los hermanos y la obra del Espíritu Santo.
Pablo no dependía de sus propios escasos recursos, sino de los generosos recursos de Dios. Por sus cadenas, Cristo fue conocido; y a causa de sus críticos, Cristo fue proclamado; y por las crisis enfrentadas, Cristo fue magnificado. Al apóstol le interesaba más el cuerpo de Cristo que su propio cuerpo. Parece ostentoso y soberbio decir que vamos a magnificar a Cristo.
Cuando otros ven a un creyente enfrentar críticas y crisis con serenidad y fe, entonces Cristo es exaltado, y en ese sentido es magnificado. Un telescopio acerca las cosas distantes, y un microscopio nos permite ver en grande aun las cosas más pequeñas. Un creyente así y en estas circunstancias es el que muestra a un Cristo más grande y más cercano.
Es tal el grado de identificación del propósito con la vida, y la vida con el propósito, que por eso puede exclamar que su vivir era Cristo; y si por Cristo tenía que morir, eso también era ganancia.
Maltbie Babcock, quien escribió el himno cuyo título original decía “El mundo entero es de mi Dios”, se expresó en estos términos: “La vida es aquello para lo cual vivimos”. Para algunos, la vida es trabajo, dinero, realización, poder o fama. Y para ti, ¿qué es la vida?
Ya sabemos lo que era para Pablo, aun frente a la crítica y las crisis. Puedes ahora completar tu versículo: “Porque para mí el vivir es______________”.
“Qué, pues? Que no obstante, de todas maneras, o por pretexto o por verdad, Cristo es anunciado; y en esto me gozo y me gozaré siempre” (Filipenses 1:18).
Un influencer es un especialista, seguido y reconocido como referente, por una comunidad online. Cada influencer crea contenido con su propio estilo. Si lo comparte en un blog, es un blogger. Si crea videos en Youtube, es un youtuber. Si se enfoca en Instagram, es un instagrammer.
Entre los más destacados, podemos citar a Lilly Singh, la canadiense de 28 años que, gracias a sus posteos de YouTube, ya tiene un best sellernúmero 1 en el ranking del New York Times. Otro para considerar es Brian Kelly, el viajero frecuente que convirtió su blog “The Points Guy” en un imperio mediático. Entre los 30 mas influyentes, suman más de 250 millones de seguidores y ganan millones de dólares.
Ahora pensemos en Pablo como influencer. De nombre judío Saulo (“prestado a Dios”) y de nombre romano Paulus (“pequeño”), hablaba hebreo, arameo, griego y latín. Impresionaba en lo intelectual y en lo profesional; no así en lo físico, de apariencia frágil, de baja estatura, jorobado, chueco y con problemas en la visión, ya que escribía en letras grandes o dictaba sus cartas. Recorrió más de 16.000 kilómetros en sus viajes misioneros, durante más de 280 días.
El Diccionario bíblico adventista lo presenta como uno de los mayores teólogos de todos los tiempos, y entre los que desarrollaron los fundamentos sobre los que se construyeron las doctrinas del cristianismo. Fue un orador hábil, escritor de prosa vigorosa y poética. Fue pastor, administrador, evangelista, escritor. Le debemos nada más y nada menos que 14 libros de los 27 del Nuevo Testamento (NT). Esto implica que, de los 260 capítulos del NT, 120 lo tienen como protagonista.
La influencia de su vida y sus escritos llega hasta nuestros días. Fue versátil, optimista, valeroso; poseyó un propósito específico, una mente serena, un celo y una fe inquebrantables. Plantó catorce iglesias y muchos hogares-iglesia que con el tiempo se transformaron en otras iglesias. Formó discípulos, pastores y líderes. La Reforma Protestante se inspiró es sus escritos. Elena de White señala que su influencia se mantiene e incrementa en el tiempo, ya que pasaron 21 siglos desde que vertió su sangre como fiel testigo del Señor y su Palabra.
“Como resonante trompeta, su voz ha vibrado desde entonces a través de los siglos, enardeciendo con su propio valor a millares de testigos de Cristo y despertando en millares de corazones afligidos el eco de su triunfante gozo” (Elena de White, Los hechos de los apóstoles, p. 409).
Como Pablo, cada uno de nosotros puede ser un gozoso influencer del Señor.
“Quiero que sepáis, hermanos, que las cosas que me han sucedido, han contribuido más bien al progreso del evangelio, de tal manera que en todo el pretorio y entre todos los demás se ha hecho evidente que estoy preso por causa de Cristo” (Filipenses 1:12, 13).
Las dificultades y las adversidades no deberían ser un obstáculo para la realización de una vida con propósitos. El rey David fue un simple pastor de ovejas, Colón fue hijo de un operario, Cervantes fue un soldado raso y Lincoln fue hijo de un pobre leñador. Demóstenes fue tartamudo, y llegó a ser el mayor orador de Grecia; Beethoven fue sordo, y creó algunas de las melodías más bellas; Miguel Ángel fue frágil, y pintó y esculpió algunas de las figuras más sublimes.
Susan Wesley fue madre de 19 hijos, sin lavadoras automáticas ni pañales desechables. Fue la maestra de cada hijo; entre ellos, John y Charles, quienes lideraron movimientos religiosos de reforma. Fanny Crosby, ciega casi desde su nacimiento, nunca se resignó por las cadenas de la oscuridad, y compuso muchos himnos. Más que impedimentos, las piedras pueden transformarse en escalones para alcanzar la cima.
Pablo quería llevar el evangelio al oriente (a Asia), pero Dios cerró las puertas y lo dirigió hacia el oeste (a Europa). Él no pudo seguir su plan, pero siguió el plan de Dios. A veces, Dios usa instrumentos tan extraños como las cadenas del apóstol para que el evangelio llegara a la Guardia Pretoriana.
Dios puede usar la vara de Moisés, los cantaros de Gedeón, la honda y las piedras de David, los panes y los peces de un niño, como también las cadenas de un prisionero, para mostrar su amor y su poder e impactar con el evangelio.
El diablo encerró al mensajero, pero no pudo encerrar el mensaje. Las cadenas podían fijar las muñecas de Pablo, pero nunca su testimonio. Pablo podría estar preso como un delincuente; pero su mensaje, libre y trascendente. El apóstol, lejos de quejarse de las cadenas, las consagró al Señor.
Su arresto disponía que estuviese encadenado a un soldado romano las 24 horas del día. Cada soldado hacía un turno de 6 horas. Es decir, 4 hombres y sus familias que recibían su testimonio de fe, oración, valor y esperanza. Esas cadenas ofrecieron oportunidades únicas de testimonio. Pablo no se preguntó por qué estaba en cadenas sino para qué estaba en cadenas. Pablo se regocijaba en lo que Dios haría, en lugar de quejarse por lo que Dios no hizo.
Cada uno de nosotros tiene sus cadenas. Tú tienes las tuyas y yo tengo las mías. No importa cuáles sean, consagra a Dios tus cadenas provisorias y temporales. En breve, el Señor te las cambiará por una corona permanente y eterna.
“Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6).
Muchos “ladrones” pueden robarnos el gozo:
Las circunstancias. Un ladrón que busca robar ve a alguien entrar en su casa y se aprovecha de la circunstancia. Muchas circunstancias están fuera de nuestro control, como el clima, la economía mundial y el tránsito. No tenemos el control de todo, somos impactados por las circunstancias. Pero Pablo, en la peor de las circunstancias, escribe la mejor de las cartas.
La gente. Todos hemos perdido alguna vez el gozo por causa de la gente. Algunos camiones que circulan por la ruta llevan un fuerte mensaje: “Cuanto más trato a la gente, más quiero a mi perro”. Es muy duro, no se aplica a todos y no debería ser así, pues somos llamados a ser luz y sal entre la gente, pero muchas veces el egoísmo de unos y otros nos hace perder el gozo.
Las cosas. Jesús dijo que la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee (Luc. 12:15). Muchos gastan su vida para poseer cosas, y finalmente son poseídos por ellas. Abraham Lincoln caminaba con sus dos hijos, quienes estaban llorando. “¿Qué les pasa?”, preguntó un amigo. “Lo mismo que pasa con todos”, replicó Lincoln. “Tengo tres nueces, y cada uno quiere dos”. El gozo no viene por las cosas que poseemos, pero las desgracias vienen por las cosas que nos poseen. Quien solo vive por juntar tesoros en la Tierra nunca tendrá suficiente. El único banco seguro donde guardar nuestras cosas es el cielo. Jesús dijo que es allí donde debemos hacer tesoros (Mat. 6:19, 20).
Las preocupaciones. Las úlceras no vienen por lo que uno come, sino por lo que se come a uno. Anticipar el mañana para hoy es ansiedad, traer el pasado para hoy es estancamiento, vivir el hoy como si solo existiese “el ahora” es irresponsabilidad. El relegado equilibrio siempre será la mejor solución.
Pablo tenía motivos para preocuparse: era un prisionero político y enfrentaba una posible ejecución. Pero escribe lleno de gozo y nos dice que no nos preocupemos.
Que estos “ladrones” no se queden con lo que Cristo adquirió para nosotros. El verdadero gozo es independiente de las circunstancias, la gente, las cosas y las preocupaciones. “Contemple a Jesús, su piadoso y amante Salvador. Si le entrega a Cristo su alma desamparada, él le proporcionará gozo y paz. Será su corona de regocijo, su recompensa inestimable” (Elena de White, Cada día con Dios, p. 43).
“Siempre en todas mis oraciones ruego con gozo por todos vosotros” (Filipenses 1:4).
Pablo escribió Filipenses en el año 62 d.C., cuando estaba como prisionero en Roma. Y, desde esa horrible situación, menciona en esta carta (de 104 versículos) por lo menos 19 veces las palabras “gozo” o “regocijo”.
¿Cómo puede regocijarse una persona que está injustamente presa? Con un juicio que se avecinaba, sin indicios de que alguien lo defendiera, el riesgo de ser degollado era factible. Si bien tenía cierta comodidad, por estar preso en una casa alquilada, era una comodidad relativa, pues al mismo tiempo estaba sujetado por cadenas a un soldado.
Sin embargo, a pesar del peligro y la incomodidad, Pablo sobreabundaba en gozo. ¿Qué motivos tenía para tener gozo? La respuesta es la palabra “sentir”, que Pablo usa unas 8 veces, y también otras 6 palabras distintas que indican el uso de la mente (ciencia, conocimiento, ánimo, estimar, pensamiento y pensar). El gozo, entonces, es lo que se siente, lo que se piensa y cómo se reacciona frente a la vida. No es autoayuda, que se convence de que todo va a “salir bien”. No. Pablo muestra que quien tiene plenamente a Cristo tiene un sentir, un pensar, una actitud y una respuesta diferentes. Que no depende de las circunstancias para sentirse bien.
Por eso, en la Biblia, el regocijo es contentamiento, satisfacción, alegría, paz, serenidad, fe y esperanza. El gozo puro es el gozo en Dios como su fuente y objeto. Dios es el Dios del gozo y el gozo del Señor es fortaleza porque en su presencia hay plenitud de gozo (Sal. 16:11).
El gozo es un don divino: es la respuesta del alma al evangelio y es un fruto del Espíritu (Gál. 5:22). Como don de Dios, el mundo no conoce el gozo; por eso, el creyente puede regocijarse aun en aflicciones y sufrimientos. Como dijo D. M. Edwards, “el gozo no es alegría sin oscuridad, sino la victoria de la fe”.
A un creyente que se lo veía siempre gozoso, le preguntaron qué razón tendría para estar así, y él respondió: “Afuera tres, adentro uno”. ¿Cómo lo explicaba? Afuera el pecado, porque la sangre de Jesucristo nos limpia. Afuera la ansiedad, porque Dios tiene cuidado de nosotros. Afuera la muerte, porque Dios promete la resurrección. ¿Y adentro? Dios, por supuesto.
“Jesús vivió, sufrió y murió para redimirnos. Se hizo ‘Varón de dolores’ para que nosotros fuésemos hechos participantes del gozo eterno” (Elena de White, El camino a Cristo, p. 13).
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