Pablo: Reavivado por una pasión - Eudaldo Rosado

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Pablo: Reavivado por una pasión - Eudaldo Rosado episodes

  • Sanguijuela chupasangre

    “Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado” (Hechos 20:33).

    Son  conocidos popularmente como sanguijuelas o parásitos chupasangre. Hay  marinos y terrestres. Son elásticos y flexibles, y pueden vivir unos 27  años. Son depredadores y se alimentan de gusanos y larvas, entre otros.  Ciertas especies se alimentan de la sangre. ¿Cómo lo hacen? Se adhieren  al organismo y con las mandíbulas cortan la piel de sus presas hasta que  sangran. Luego, con la ventosa posterior succionan la sangre al mismo  tiempo que liberan un anestésico que evita el dolor (para que la víctima  no sienta nada), un vasodilatador para que las venas cercanas al corte  liberen mayor cantidad de sangre y un anticoagulante. La cantidad de  sangre que succionan no es peligrosa ni para un niño, y no transmiten  enfermedades.

    La codicia actúa como una sanguijuela chupasangre.  Salomón dice que la sanguijuela tiene dos hijas que dicen: “¡Dame!  ¡Dame!” (Prov. 30:15). En otras palabras, la codicia solo puede producir más codicia. Los que pretenden las posesiones de otros nunca se satisfacen. Como  la sanguijuela que succiona sangre de todo aquel a quien se le adhiere,  así hace la codicia: siempre va a querer más y más de los demás. En la  lengua original del Nuevo Testamento, significa “deseo de tener más”; es  decir, un deseo ingobernable de consumir y controlar lo que otros  tienen, para poseer más de lo que ya tenemos.

    Pablo fue acusado  de avaricia, implicando que su pasión por la evangelización escondía el  interés por los bienes materiales de los conversos. Él tenía derecho de  pedir donativos por sus labores, pero no lo hizo. Con su notable  influencia sobre la gente, podría haber conseguido beneficios materiales  y enriquecerse. Pero él sabía vivir modestamente y tener abundancia;  sabía contentarse, cualquiera que fuera su situación. Nunca obtuvo  ganancia de los corintios ni dádivas de los filipenses; él mismo se  sostenía trabajado con sus manos, sin permitir que lo sostuvieran.

    El  mismo Pablo pone en claro que el amor al dinero es la raíz de todos los  males; por eso, la codicia está condenada por el mismo Decálogo. “La  avaricia es un pozo sin fondo que agota a la persona en un esfuerzo  interminable por satisfacer sus necesidades sin llegar nunca a  conseguirlo”, declaró Erich Fromm.

    Es necesario  prevenir el gran mal de la codicia. Y, si ya estamos afectados,  procuremos la cura, porque “por medio de su experiencia y ejemplo  manifestarán que la gracia de Cristo tiene poder para vencer la  codicia y la avaricia; y la persona que somete a Dios los bienes que le  han sido confiados será reconocida como un mayordomo fiel, y podrá demostrar ante otros que cada peso que posee lleva la marca y el sello de Dios” (Elena de White, Consejos sobre mayordomía cristiana, p. 21).

    6 min
  • ¡Cuidado con los lobos!

    “Porque yo sé que después de mi partida entrarán  en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño” (Hechos  20:29).

    Los lobos son los animales más grandes de la  familia canina. Poseen un grueso pelaje (ya sea blanco, negro o con  combinaciones de marrón y rojizo) que los ayuda a sobrevivir en climas  diversos. Los lobos buscan transmitir fuerza, generar sumisión, agresión  y miedo. Generalmente viven en manadas, dentro de un territorio  establecido (al que marcan). Ellos se comunican a través de aullidos,  gruñidos, ladridos, olor y lenguaje corporal. Atacan y consumen por la  fuerza, y son rapaces, es decir, dados al robo, al hurto o la rapiña.

    Por  otro lado, es preciso recordar que el lobo es un animal nocturno con un  gran sentido de la vista, y trata de obtener ventaja de sus víctimas  potenciales que no ven bien por la noche.

    Con semejantes  características, no es de extrañar que Pablo usara como metáfora a estos  animales para advertir a la iglesia. ¿Quiénes serían los “lobos”  deseosos de arruinar al rebaño de creyentes? Pues bien, son los falsos  maestros que pretenden reemplazar la antigua Palabra de Dios por  novedosas y propias ideas; son los que dicen “Así dijo el Señor”, cuando  el Señor no ha hablado; son las herejías disfrazadas de doctrinas; son  los que se consideran autosuficientes, reclaman su autoridad y actúan  como dueños de la iglesia para llevar adelante sus engaños.

    Cuidado con los que gruñen, gritan y buscan imponerse por el miedo con amenazas, agresiones y críticas.

    Cuidado con los que piensan que son los jueces de la doctrina, de los procedimientos y de la iglesia.

    Cuidado con los que trabajan en la oscuridad, aprovechándose de las circunstancias y aun de las debilidades.

    Cuidado con  los que se creen salvadores de la iglesia, porque Salvador y Dueño de  ella hay uno solo: Jesucristo, nuestro Señor, quien, según el mismo  Pablo, la compró con su propia sangre.

    Cuidado con aquel que, en lugar de permitir ser usado por el Consolador, trabaja para el Acusador.

    Cuidado con  aquel “que admite la verdad mientras sigue en la injusticia, que  declara creerla, y sin embargo la hiere cada día por su vida  inconsecuente, se entrega al servicio de Satanás y lleva almas a la  ruina. Esta clase de personas tiene comunicación con los ángeles caídos,  y recibe ayuda de ellos para obtener el dominio de las mentes” (Elena  de White, Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 133).

    No seas lobo ni te dejes llevar por uno de ellos. Déjate guiar hoy y siempre por Jesús, el verdadero Pastor del rebaño.

    5 min
  • El mártir

    “Y ahora, yo sé que ninguno de todos vosotros,  entre quienes he pasado predicando el reino de Dios, verá más mi rostro”  (Hechos 20:25).

    El capítulo 50 del libro Los hechos de los apóstoles, de Elena de White, cuenta el final de la vida Pablo. No hay registro de las últimas escenas, pero sí de su postrer testimonio: “Como  resonante trompeta, su voz ha vibrado a través de los siglos,  enardeciendo con su propio valor a millares de testigos de Cristo y  despertando en millares de corazones afligidos el eco de su triunfante  gozo: Porque yo ya estoy para ser ofrecido, y el tiempo de mi  partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la  carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de  justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a  mí, sino también a todos los que aman su venida ” (Los hechos de los apóstoles, p. 409).

    Nerón  pronunció la sentencia: Pablo sería decapitado. Fue conducido al lugar  de ejecución con la presencia de pocos testigos, pues querían evitar que  el testimonio de su muerte ganará más creyentes que su predicación. La  sangre de los cristianos era como una semilla que producía más  cristianos. Aun los rudos soldados se asombraron y se convirtieron por  su paz, su espíritu de perdón y su inquebrantable confianza en Cristo.

    Pablo  llevaba consigo el ambiente del cielo. Puede ser que los argumentos,  por irrebatibles que sean, no provoquen más que oposición; pero un ejemplo piadoso entraña fuerza irresistible. Se  olvidó el apóstol de sus sufrimientos, al llegar al paraje del  martirio; no vio la espada del verdugo ni la tierra que iba a absorber  su sangre, sino que a través del sereno cielo miraba esperanzado el  Trono del Eterno.

    Este hombre de fe vio a Cristo, a los  patriarcas y los santos que de siglo en siglo testificaron por su fe  seguros de que Dios es fiel. Desde la rueda de tormento, la estaca, el  calabozo y cavernas de la Tierra, escuchaba el grito de triunfo de los  mártires.

    Redimido por el sacrificio de Cristo, lavado del pecado  y revestido de su justicia, su alma era preciosa a la vista de su  Redentor. Se aferraba a la promesa de resurrección en el día final. Sus  pensamientos y sus esperanzas estaban concentrados en la segura venida  de su Señor.

    Nerón terminó su existencia con estas palabras: “Qué  artista que va a perder el mundo”, mientras que las últimas palabras de  Pablo fueron: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he  guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la  cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino  también a todos los que aman su venida” (2 Tim. 4:6–8).

    La corona de oro no solo será para él. También hay una para ti.

    6 min
  • Un esplendor refulgente

    “Pero de ninguna cosa hago caso ni estimo  preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y  el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del  evangelio de la gracia de Dios” (Hechos 20:24).

    Pablo invita  a los ancianos de Éfeso a recorrer los 55 km de distancia hasta Mileto,  a fin de compartir con ellos un discurso de despedida. Es consciente de  los peligros que lo esperan, incluso de muerte, pero no se escapa. Otra  persona lo habría hecho; no él. Pablo va a luchar hasta el final,  porque “los ganadores nunca se rinden y los que se rinden nunca ganan”  (Vince Lombardi).

    Pablo reconoce que su capital más valioso es el  Señor. Como en la parábola de la perla preciosa (Mat. 13:45, 46), bien  valía la pena vender todo para quedarse con el tesoro. Su vivir era  Cristo, y Cristo era su vida. Pablo no solo quiere terminar su carrera,  quiere hacerlo de manera victoriosa y gozosa. Su ministerio es  propiedad del Señor, no le pertenece. Dios es el Dueño y el sueño de  Pablo es responderle como fiel administrador. Él está listo para rendir  cuentas.

    Pablo se consideraba responsable por dar  testimonio del evangelio y de la gracia de Dios, como fiel testigo tanto  por medio de la vida que vivía como por el mensaje que predicaba. Es el  heraldo que declara y predica un mensaje como representante del Rey. El  testigo declara lo que vio suceder, pero el heraldo proclama lo que el  rey le dice. Es comisionado y enviado con un mensaje; no es originador  del mensaje, sino un transmisor.

    Pablo se veía como un atalaya.  Esta es una referencia al centinela en las murallas de Ezequiel 33:1 al  9. Su misión era estar despierto y alerta, listo para hacer sonar la  alarma. Tenía que ser fiel porque la seguridad de muchos dependía de él.

    “En  la historia de aquellos que han obrado y sufrido por el nombre de  Jesús, no hay ninguno que brille con un esplendor más puro  y refulgente que el nombre de Pablo, el apóstol a los gentiles. El amor  de Jesús, brillando en su corazón, lo hizo olvidarse de sí mismo y ser  abnegado. Había visto al Cristo resucitado, y la imagen del  Salvador se había impreso en su alma y brillaba en su vida. Con fe,  valor y fortaleza, para no ser amedrentado por el peligro o retrasado  por los obstáculos, anduvo de un país a otro difundiendo el conocimiento  de la Cruz” (Elena de White, Dios nos cuida, p. 119).

    Hoy  la misión de la iglesia necesita obreros que brillen. Que tengan  esplendor puro y refulgente. Que tengan el fuego y la pasión de Pablo.

    6 min
  • ¿Qué es una lágrima?

    “Sirviendo al Señor con toda humildad, con muchas lágrimas” (Hechos 20:19).

    Si  preguntamos a un químico qué es una lágrima, nos dirá que es una  solución acuosa compuesta por clorato de sodio y otras sustancias  químicas.

    Si preguntamos a un estoico, nos dirá que es una señal de flaqueza.

    Por su parte, un fisiólogo nos responderá que es un líquido lubricante para mantener los ojos húmedos.

    Si  habláramos con un epicúreo, nos dirá que no significa nada, y nos  recomendará comer, beber y gozar de la vida porque mañana moriremos.

    Ya  sea que consultemos a unos o a otros, la realidad es que las lágrimas  existen y, aunque no todas expresan angustia o dolor, muchas de ellas  nos hablan de un corazón herido, de un hogar desecho, de una salud  quebrantada, de un recurso faltante o de la pérdida irreparable de un  ser querido.

    Jesús lloró al vernos dispersos como ovejas sin  pastor. Pablo también derramó lágrimas; en realidad, sirvió al Señor con  lágrimas. Aunque enfrentó muchas dificultades personales, no se ve al  apóstol derramar lágrimas por su propio sufrimiento. No obstante, sí lo  hace por ser perseguido y enfrentar una fuerte oposición a la  predicación del evangelio (Hech. 20:19) y cuando se angustiaba por las  personas que necesitan aceptar el mensaje de Dios y ser convertidas  (Hech. 20:31).

    En toda su vida, Pablo se entregó completamente  para servir al Señor y a la iglesia. Y lloró, pero no por las heridas y  los desprecios que él hubiese recibido como siervo y esclavo de Cristo.  Lloró por sus hermanos judíos que rechazaban la salvación. Se apenó por  las piedras que colocaban en el camino de la verdad. Sintió dolor por  todos aquellos que se perdían. Experimentaba tristeza por la dureza de  los corazones humanos. Él mismo aconsejaría años más tarde que no  sufrieran como resultado de malas decisiones y acciones, pero sí animó a  no avergonzarse del sufrimiento por la causa de Cristo sino, más bien,  agradecer, dar gloria a Dios y seguir adelante.

    ¿Estás derramando lágrimas por la salvación de los que sufren y para que el evangelio pueda llegar a todos? Sigamos el ejemplo de Pablo, tal como lo describe Elena de White: “Predicando  el arrepentimiento, el retorno a Dios y la fe en nuestro Señor  Jesucristo. Se encontraba con los hombres en sus hogares y les suplicaba  con lágrimas, declarándoles todo el designio de Dios” (El ministerio de la bondad,  p. 65). Y recordemos Salmo 126:6: “Porque irá andando y llorando el que  lleva la preciosa semilla, pero al volver vendrá con regocijo trayendo  sus gavillas”.

    6 min
  • Afortunados

    “Entonces descendió Pablo y se echó sobre él, y  abrazándolo, dijo: No os alarméis, pues está vivo [...]. Llevaron vivo  al joven, y fueron grandemente consolados” (Hechos 20:10–12).

    Su  nombre significa “Afortunado” y pasó a la historia por ser el joven que  se quedó dormido mientras Pablo predicaba en Troas. Él se cayó de un  tercer piso y falleció. Estamos hablando de Eutico; quien,  “afortunadamente”, fue resucitado.

    Pablo había estado una semana  en esa ciudad predicando el evangelio. En la última noche, junto con la  cena de despedida, predicó su último sermón antes de continuar su viaje.  En el piso superior de la vivienda, repleto de gente, el humo de las  velas que iluminaban el salón, la poca ventilación y la extensión de la  reunión hicieron que este chico (que tendría entre diez y catorce años)  buscara la brisa fresca sentado en el borde de la ventana.

    A  simple vista, podríamos decir que se trataba de un oyente distraído, en  un ambiente tóxico, y con un programa intenso y extenso. Y que esta  serie de factores llevaron a que Eutico cayera de la ventana hacia el  patio exterior. Podemos imaginar la confusión en el auditorio: unos  tratando de reanimarlo y otros procurando echar culpas.

    Entonces  Pablo, interrumpiendo su sermón, desciende y se echa sobre él, así como  Elías lo había hecho con el hijo de la viuda y Eliseo con el de la  sunamita. Pablo lo abrazó y dijo que estaba vivo, pues había resucitado.  Así, se lo llevaron y todos fueron grandemente consolados.

    Podríamos  decir que hay tantos Euticos distraídos, con un pie “adentro y otro  afuera” de la iglesia, tal como hay tantos adultos indiferentes,  distantes y distraídos del proceder de las nuevas generaciones. Tal vez  nuestros ambientes estén sobrecargados de las velas y el humo de los  protocolos y las ceremonias, sin la buena ventilación de la  participación y la integración. Acaso nuestros discursos y programas son  tan intensos y extensos, centrados en procesos y no en las personas.

    No  es tiempo de buscar culpables. Es tiempo de renovar nuestro compromiso  como adultos, como padres y como educadores para las nuevas  generaciones. No podemos jugar al distraído y dejar que se balanceen  entre la vida y la muerte en el borde de la ventana. No podemos ofrecer  un ambiente que se hace tóxico por la falta de coherencia, ya que  nuestros discursos quedan muy distantes de nuestros hechos.

    “La  gente joven necesita modelos, no críticos”, dijo John Wooden. Pablo ya  no está para resucitar a nuestros “Euticos”, pero somos “afortunados”  porque el Obrador de aquel milagro quiere repetirlo. Solo necesita  contar contigo como su instrumento.

    6 min
  • Uno planta, otro riega

    “Llegó entonces a Éfeso un judío llamado Apolos,  natural de Alejandría, varón elocuente, poderoso en las Escrituras. Este  había sido instruido en el camino del Señor; y siendo de espíritu  fervoroso, hablaba y enseñaba diligentemente lo concerniente al Señor”  (Hechos 18:24, 25).

    Apolos era natural de Alejandría. Esta  ciudad era un gran centro cultural y poseía una de las bibliotecas más  grandes del mundo antiguo. Apolos era erudito, capaz, fuerte, elocuente y  un brillante orador. Había sido “instruido”, palabra de la que se  deriva “catequizar” y significa que, además de haber estudiado por sí  mismo, había sido enseñado por alguien. Había aceptado la enseñanza de  Juan el Bautista acerca de Jesús y, con la ayuda de Aquila y Priscila,  su conocimiento de la revelación de Dios, el ministerio de Cristo, la  obra del Espíritu Santo y el papel de la iglesia fue ampliado. Eso lo  llevó a ser aún más eficiente al enseñar diligentemente con precisión y  con esmero.

    Él era muy preparado e instruido, pero eso no cerraba las puertas a crecer en el conocimiento. Es  necesario aprender, desaprender y reaprender. Nadie sabe tanto que no  pueda aprender alguna cosa más, y nadie es tan ignorante que no pueda  enseñar.

    Después de ampliar sus conocimientos y la  comprensión de la verdad, Apolo se transformó en el predicador favorito  en Corinto, incluso en comparación superlativa por encima de Pablo, pero  él nunca perdió de vista el objetivo, el foco y la misión.

    Apolos  tenía en claro su responsabilidad individual, pero al mismo tiempo  sabía que el equipo, el mensaje y el Originador del mensaje estaban por  encima de todo. No es el poder humano lo que asegura el éxito, es la  unión de lo divino y lo humano, la bendición de Dios sobre nuestros  esfuerzos.

    “Un Pablo puede plantar y un Apolo regar, pero es Dios  el que da el crecimiento. El hombre no puede hacer la parte de Dios  [...]. Como agente humano, puede cooperar con los seres celestiales, y  con sencillez y humildad hacer lo mejor que pueda, comprendiendo que  Dios es el gran Artífice maestro” (Elena de White, Servicio cristiano, p. 322).

    Apolos  no se prestó a crear rivalidad ni enfrentamientos. Al contrario, buscó  sumar, porque “ningún jugador es tan bueno como todos juntos”(Alfredo Di Stéfano). Pablo afirma que se necesita del que planta y del que riega, pero el crecimiento viene solo de Dios.

    Por  eso, te invito hoy a dejar de lado el individualismo y a que unas tus  fuerzas luchando por el crecimiento. Ya lo decía muy bien Martin Luther  King, Jr.: “O aprendemos a vivir juntos como hermanos o vamos a perecer  juntos como necios”.

    6 min
  • Hagan todo lo que él dice

    “Pablo salió de Atenas y fue a Corinto. Y halló a un  judío llamado Aquila, natural del Ponto, recién venido de Italia con  Priscila, su mujer” (Hechos 18:1, 2).

    Julián y Marta  estuvieron casados 68 años, siempre sirviendo juntos al Señor y a la  iglesia. Marta, como directora de Dorcas–ADRA, y Julián como jefe de  diáconos y predicador evangelista. Cuando tenían 56 años de casados,  Julián se cayó de una escalera mientras pintaba la iglesia y sufrió una  ruptura del bazo, con sangrado abdominal. La situación era grave. Su  vida corría peligro. Lo llevaron de urgencia al hospital. El cirujano  necesitaba hacer una tomografía, pero el equipo no funcionaba hacía dos  semanas. No obstante, tal estudio era indispensable para confirmar el  diagnóstico y resolverlo.

    En ese momento, Marta, la familia y la  iglesia oraban por Julián. Dios siempre se manifiesta cuando sus hijos  oran. Ante el asombro del personal hospitalario, el tomógrafo funcionó  para ese único paciente. Julián fue operado, le salvaron la vida y  siguió junto con Marta sirviendo al Señor hasta descansar en sus  promesas. Ejemplificadora es la entrega completa y el compromiso total  de este fiel matrimonio dedicado al Señor.

    En Hechos 18  encontramos otro matrimonio entregado absolutamente a la causa del  evangelio. Aquila y Priscila conocieron a Pablo en su segundo viaje  misionero. Ellos habían sido expulsados de Roma por un decreto del  emperador Claudio contra los judíos. En Corinto, comenzaron a fabricar  tiendas para ganarse la vida. Ellos ayudaron a Pablo en el trabajo de  armar carpas, para que él tuviera su sustento; y él los ayudó en su vida  espiritual y misionera. Ellos ofrecieron su casa en Corinto y, años más  tarde, en Roma, como base para el crecimiento de la iglesia. Fueron  ellos los que llevaron a Apolo a la conversión y a un compromiso  misionero.

    Aquila y Priscila nunca son mencionados en la Biblia  de manera separada, siempre están juntos como matrimonio, ya sea en el  trabajo como en la iglesia. Entre ellos se complementan. En ellos  observamos ciertas cualidades prácticas: fuerte comunión con Dios y con  la misión, flexibilidad, capacidad para establecer relaciones duraderas,  motivación propia, habilidad para trabajar en equipo, hospitalidad,  sabiduría y responsabilidad.

    ¿Hay algo que debe ser  fortalecido, restaurado o hecho nuevo en tu matrimonio? Recuerda que  nunca es tarde. El mismo Dios que creó el matrimonio, el mismo que  realizó su primer milagro en la boda de Caná, puede y quiere marcar una  diferencia en tu matrimonio presente o futuro. Recuerda las palabras que María indicó a los criados en aquella boda, con relación a Jesús: “Haced todo lo que él os diga”.

    6 min
  • Un dios desconocido

    “El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra” (Hechos 17:24).

    Atenas  era la capital de la antigua Ática y de la moderna Grecia. Existían en  aquellas colinas cerca de tres mil estatuas, mayormente dedicadas a sus  ídolos y divinidades. Fue en esta ciudad donde Pablo, frente a filósofos  e incrédulos, presentó una defensa de la fe y del evangelio. Hechos  17:16 al 34 relata cómo empezó hablando de la doctrina de Dios y de la  Creación, y presentó al Dios viviente como Creador, Soberano y Padre.  Luego siguió con la doctrina del hombre, animando a vivir una vida no  centrada en el ser humano sino en Dios. Finalmente, concluyó con la  doctrina del Juicio y de la Resurrección.

    Pablo fue a la gente  donde la gente estaba, enfrentó la filosofía epicúrea (que sostenía que  el objetivo principal de la vida es evitar el dolor) y les habló en su  propio lenguaje. Los griegos no negaban la existencia de Dios, pero  pensaban que estaba demasiado ocupado y demasiado lejos como para  interesarse en el quehacer diario de cada criatura. A su vez, los  estoicos enseñaban el autodominio. Así, el objetivo principal era  entrenar a las personas para alcanzar un lugar de indiferencia tanto al  placer como al dolor. Además, los atenienses creían en alguien superior,  desconocido, que actuaba sobre las leyes naturales.

    Era tanto el  fervor de los atenienses por complacer a todas sus divinidades que  existían algunos altares dedicados “al dios no conocido”, con el objeto  de no caer en el pecado del descuido o del olvido. Entonces, Pablo les  hace un juego de palabras: ustedes tienen un dios no conocido; ese dios  que adoran sin conocer es el Dios que yo conozco, adoro y anuncio. Por  eso, a Pablo lo llamaron el anunciador o proclamador de nuevos dioses: “Con  un tacto nacido del amor divino, apartó cuidadosamente sus mentes de  las deidades paganas, y les reveló el Dios verdadero, que era  desconocido para ellos” (Elena de White, Los hechos de los apóstoles, p. 195).

    ¿Qué  y cuánto conoces de Dios? En tu vida, ¿Dios es Dios “por si acaso”? En  los días de la Reforma protestante, Lutero caminaba por una calle cuando  fue sorprendido por una persona que debajo de su abrigo tenía un arma.  “¿Por qué caminas solo?”, le increpó el atacante. Y Lutero respondió:  “Estoy en manos de Dios, él es mi amparo y mi fuerza”.

    Para  Pablo y para Lutero, Dios no era un Dios desconocido; era un Dios  presente, actuante, cercano. Era un Padre y un Amigo. Que Dios sea en tu  vida un Dios conocido y reconocido. Eso marcará toda la diferencia.  Reconozcámoslo en todos nuestros caminos, y vivamos hoy y siempre en las  manos de Dios.

    6 min
  • Diligentes y perseverantes

    “Estos eran más nobles que los que estaban en  Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando  cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos  17:11).

    Aquel ataque terrorista destruyó casi por completo  el edificio y terminó con la vida de casi un centenar de personas.  Recuerdo que nos acercamos con un grupo de voluntarios para ofrecer  ayuda a quienes estaban removiendo escombros, con la esperanza de  encontrar con vida y rescatar a las personas. Recuerdo el ir y venir de  un joven. Me acerqué a él y me dijo que su esposa estaba debajo de los  escombros. Estaba angustiado porque ya habían pasado trece horas del  atentado, y la esperanza de rescate se desvanecía.

    Por otro lado,  los especialistas y el equipo de rescatistas trabajaban con toda  diligencia, sin pausa y con prisa, con responsabilidad, con esfuerzo y  con compromiso. Así, fueron rescatadas varias vidas.

    Pablo visitó  a los creyentes de Berea y, al compararlos con los de Tesalónica, dijo  que eran más nobles que ellos. Es decir, eran distintivos, leales y  generosos porque recibieron el mensaje sin prejuicios, y escudriñaban,  profundizaban, investigaban y comparaban por sus propios medios la  palabra escuchada de Pablo con la Palabra escrita. Los bereanos fueron  instruidos por la Palabra y fortalecidos por la Palabra. Estudiaban las  Escrituras con toda solicitud, con diligencia y con el intenso anhelo de  obtener más conocimiento. El diccionario define “diligencia” como  cuidado, prontitud, agilidad, prisa, solicitud, disposición, eficiencia y  búsqueda incesante hasta alcanzar el objetivo. “Si deseas que  tu esperanza de salvación crezca en fortaleza y solidez, estudia con  diligencia la Palabra de Dios. El cristiano es concebido por la Palabra y  debe alimentarse de ella”, expresó William Gurnal.

    En  un tiempo de superficialidad y de falta de profundidad, cada vez se  piensa, se reflexiona y se medita menos. Por eso, como los bereanos,  debemos ser perseverantes en el estudio de la Biblia, y debemos hacerlo  cada día.

    “El estudio de la Biblia requiere nuestro más diligente esfuerzo y nuestra más perseverante meditación. Con  el mismo afán y la misma persistencia con que el minero excava la  tierra en busca del tesoro, debemos buscar nosotros el tesoro de la  Palabra de Dios” (Elena de White, La educación, p. 170).

    Como  aquellos voluntarios que buscaban vida en la profundidad de los  escombros, necesitamos un compromiso mayor con el estudio de la Palabra.  Seamos diligentes y perseverantes en su estudio y en su aplicación.

    5 min

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