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“Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado” (Hechos 20:33).
Son conocidos popularmente como sanguijuelas o parásitos chupasangre. Hay marinos y terrestres. Son elásticos y flexibles, y pueden vivir unos 27 años. Son depredadores y se alimentan de gusanos y larvas, entre otros. Ciertas especies se alimentan de la sangre. ¿Cómo lo hacen? Se adhieren al organismo y con las mandíbulas cortan la piel de sus presas hasta que sangran. Luego, con la ventosa posterior succionan la sangre al mismo tiempo que liberan un anestésico que evita el dolor (para que la víctima no sienta nada), un vasodilatador para que las venas cercanas al corte liberen mayor cantidad de sangre y un anticoagulante. La cantidad de sangre que succionan no es peligrosa ni para un niño, y no transmiten enfermedades.
La codicia actúa como una sanguijuela chupasangre. Salomón dice que la sanguijuela tiene dos hijas que dicen: “¡Dame! ¡Dame!” (Prov. 30:15). En otras palabras, la codicia solo puede producir más codicia. Los que pretenden las posesiones de otros nunca se satisfacen. Como la sanguijuela que succiona sangre de todo aquel a quien se le adhiere, así hace la codicia: siempre va a querer más y más de los demás. En la lengua original del Nuevo Testamento, significa “deseo de tener más”; es decir, un deseo ingobernable de consumir y controlar lo que otros tienen, para poseer más de lo que ya tenemos.
Pablo fue acusado de avaricia, implicando que su pasión por la evangelización escondía el interés por los bienes materiales de los conversos. Él tenía derecho de pedir donativos por sus labores, pero no lo hizo. Con su notable influencia sobre la gente, podría haber conseguido beneficios materiales y enriquecerse. Pero él sabía vivir modestamente y tener abundancia; sabía contentarse, cualquiera que fuera su situación. Nunca obtuvo ganancia de los corintios ni dádivas de los filipenses; él mismo se sostenía trabajado con sus manos, sin permitir que lo sostuvieran.
El mismo Pablo pone en claro que el amor al dinero es la raíz de todos los males; por eso, la codicia está condenada por el mismo Decálogo. “La avaricia es un pozo sin fondo que agota a la persona en un esfuerzo interminable por satisfacer sus necesidades sin llegar nunca a conseguirlo”, declaró Erich Fromm.
Es necesario prevenir el gran mal de la codicia. Y, si ya estamos afectados, procuremos la cura, porque “por medio de su experiencia y ejemplo manifestarán que la gracia de Cristo tiene poder para vencer la codicia y la avaricia; y la persona que somete a Dios los bienes que le han sido confiados será reconocida como un mayordomo fiel, y podrá demostrar ante otros que cada peso que posee lleva la marca y el sello de Dios” (Elena de White, Consejos sobre mayordomía cristiana, p. 21).
“Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño” (Hechos 20:29).
Los lobos son los animales más grandes de la familia canina. Poseen un grueso pelaje (ya sea blanco, negro o con combinaciones de marrón y rojizo) que los ayuda a sobrevivir en climas diversos. Los lobos buscan transmitir fuerza, generar sumisión, agresión y miedo. Generalmente viven en manadas, dentro de un territorio establecido (al que marcan). Ellos se comunican a través de aullidos, gruñidos, ladridos, olor y lenguaje corporal. Atacan y consumen por la fuerza, y son rapaces, es decir, dados al robo, al hurto o la rapiña.
Por otro lado, es preciso recordar que el lobo es un animal nocturno con un gran sentido de la vista, y trata de obtener ventaja de sus víctimas potenciales que no ven bien por la noche.
Con semejantes características, no es de extrañar que Pablo usara como metáfora a estos animales para advertir a la iglesia. ¿Quiénes serían los “lobos” deseosos de arruinar al rebaño de creyentes? Pues bien, son los falsos maestros que pretenden reemplazar la antigua Palabra de Dios por novedosas y propias ideas; son los que dicen “Así dijo el Señor”, cuando el Señor no ha hablado; son las herejías disfrazadas de doctrinas; son los que se consideran autosuficientes, reclaman su autoridad y actúan como dueños de la iglesia para llevar adelante sus engaños.
Cuidado con los que gruñen, gritan y buscan imponerse por el miedo con amenazas, agresiones y críticas.
Cuidado con los que piensan que son los jueces de la doctrina, de los procedimientos y de la iglesia.
Cuidado con los que trabajan en la oscuridad, aprovechándose de las circunstancias y aun de las debilidades.
Cuidado con los que se creen salvadores de la iglesia, porque Salvador y Dueño de ella hay uno solo: Jesucristo, nuestro Señor, quien, según el mismo Pablo, la compró con su propia sangre.
Cuidado con aquel que, en lugar de permitir ser usado por el Consolador, trabaja para el Acusador.
Cuidado con aquel “que admite la verdad mientras sigue en la injusticia, que declara creerla, y sin embargo la hiere cada día por su vida inconsecuente, se entrega al servicio de Satanás y lleva almas a la ruina. Esta clase de personas tiene comunicación con los ángeles caídos, y recibe ayuda de ellos para obtener el dominio de las mentes” (Elena de White, Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 133).
No seas lobo ni te dejes llevar por uno de ellos. Déjate guiar hoy y siempre por Jesús, el verdadero Pastor del rebaño.
“Y ahora, yo sé que ninguno de todos vosotros, entre quienes he pasado predicando el reino de Dios, verá más mi rostro” (Hechos 20:25).
El capítulo 50 del libro Los hechos de los apóstoles, de Elena de White, cuenta el final de la vida Pablo. No hay registro de las últimas escenas, pero sí de su postrer testimonio: “Como resonante trompeta, su voz ha vibrado a través de los siglos, enardeciendo con su propio valor a millares de testigos de Cristo y despertando en millares de corazones afligidos el eco de su triunfante gozo: Porque yo ya estoy para ser ofrecido, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida ” (Los hechos de los apóstoles, p. 409).
Nerón pronunció la sentencia: Pablo sería decapitado. Fue conducido al lugar de ejecución con la presencia de pocos testigos, pues querían evitar que el testimonio de su muerte ganará más creyentes que su predicación. La sangre de los cristianos era como una semilla que producía más cristianos. Aun los rudos soldados se asombraron y se convirtieron por su paz, su espíritu de perdón y su inquebrantable confianza en Cristo.
Pablo llevaba consigo el ambiente del cielo. Puede ser que los argumentos, por irrebatibles que sean, no provoquen más que oposición; pero un ejemplo piadoso entraña fuerza irresistible. Se olvidó el apóstol de sus sufrimientos, al llegar al paraje del martirio; no vio la espada del verdugo ni la tierra que iba a absorber su sangre, sino que a través del sereno cielo miraba esperanzado el Trono del Eterno.
Este hombre de fe vio a Cristo, a los patriarcas y los santos que de siglo en siglo testificaron por su fe seguros de que Dios es fiel. Desde la rueda de tormento, la estaca, el calabozo y cavernas de la Tierra, escuchaba el grito de triunfo de los mártires.
Redimido por el sacrificio de Cristo, lavado del pecado y revestido de su justicia, su alma era preciosa a la vista de su Redentor. Se aferraba a la promesa de resurrección en el día final. Sus pensamientos y sus esperanzas estaban concentrados en la segura venida de su Señor.
Nerón terminó su existencia con estas palabras: “Qué artista que va a perder el mundo”, mientras que las últimas palabras de Pablo fueron: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Tim. 4:6–8).
La corona de oro no solo será para él. También hay una para ti.
“Pero de ninguna cosa hago caso ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios” (Hechos 20:24).
Pablo invita a los ancianos de Éfeso a recorrer los 55 km de distancia hasta Mileto, a fin de compartir con ellos un discurso de despedida. Es consciente de los peligros que lo esperan, incluso de muerte, pero no se escapa. Otra persona lo habría hecho; no él. Pablo va a luchar hasta el final, porque “los ganadores nunca se rinden y los que se rinden nunca ganan” (Vince Lombardi).
Pablo reconoce que su capital más valioso es el Señor. Como en la parábola de la perla preciosa (Mat. 13:45, 46), bien valía la pena vender todo para quedarse con el tesoro. Su vivir era Cristo, y Cristo era su vida. Pablo no solo quiere terminar su carrera, quiere hacerlo de manera victoriosa y gozosa. Su ministerio es propiedad del Señor, no le pertenece. Dios es el Dueño y el sueño de Pablo es responderle como fiel administrador. Él está listo para rendir cuentas.
Pablo se consideraba responsable por dar testimonio del evangelio y de la gracia de Dios, como fiel testigo tanto por medio de la vida que vivía como por el mensaje que predicaba. Es el heraldo que declara y predica un mensaje como representante del Rey. El testigo declara lo que vio suceder, pero el heraldo proclama lo que el rey le dice. Es comisionado y enviado con un mensaje; no es originador del mensaje, sino un transmisor.
Pablo se veía como un atalaya. Esta es una referencia al centinela en las murallas de Ezequiel 33:1 al 9. Su misión era estar despierto y alerta, listo para hacer sonar la alarma. Tenía que ser fiel porque la seguridad de muchos dependía de él.
“En la historia de aquellos que han obrado y sufrido por el nombre de Jesús, no hay ninguno que brille con un esplendor más puro y refulgente que el nombre de Pablo, el apóstol a los gentiles. El amor de Jesús, brillando en su corazón, lo hizo olvidarse de sí mismo y ser abnegado. Había visto al Cristo resucitado, y la imagen del Salvador se había impreso en su alma y brillaba en su vida. Con fe, valor y fortaleza, para no ser amedrentado por el peligro o retrasado por los obstáculos, anduvo de un país a otro difundiendo el conocimiento de la Cruz” (Elena de White, Dios nos cuida, p. 119).
Hoy la misión de la iglesia necesita obreros que brillen. Que tengan esplendor puro y refulgente. Que tengan el fuego y la pasión de Pablo.
“Sirviendo al Señor con toda humildad, con muchas lágrimas” (Hechos 20:19).
Si preguntamos a un químico qué es una lágrima, nos dirá que es una solución acuosa compuesta por clorato de sodio y otras sustancias químicas.
Si preguntamos a un estoico, nos dirá que es una señal de flaqueza.
Por su parte, un fisiólogo nos responderá que es un líquido lubricante para mantener los ojos húmedos.
Si habláramos con un epicúreo, nos dirá que no significa nada, y nos recomendará comer, beber y gozar de la vida porque mañana moriremos.
Ya sea que consultemos a unos o a otros, la realidad es que las lágrimas existen y, aunque no todas expresan angustia o dolor, muchas de ellas nos hablan de un corazón herido, de un hogar desecho, de una salud quebrantada, de un recurso faltante o de la pérdida irreparable de un ser querido.
Jesús lloró al vernos dispersos como ovejas sin pastor. Pablo también derramó lágrimas; en realidad, sirvió al Señor con lágrimas. Aunque enfrentó muchas dificultades personales, no se ve al apóstol derramar lágrimas por su propio sufrimiento. No obstante, sí lo hace por ser perseguido y enfrentar una fuerte oposición a la predicación del evangelio (Hech. 20:19) y cuando se angustiaba por las personas que necesitan aceptar el mensaje de Dios y ser convertidas (Hech. 20:31).
En toda su vida, Pablo se entregó completamente para servir al Señor y a la iglesia. Y lloró, pero no por las heridas y los desprecios que él hubiese recibido como siervo y esclavo de Cristo. Lloró por sus hermanos judíos que rechazaban la salvación. Se apenó por las piedras que colocaban en el camino de la verdad. Sintió dolor por todos aquellos que se perdían. Experimentaba tristeza por la dureza de los corazones humanos. Él mismo aconsejaría años más tarde que no sufrieran como resultado de malas decisiones y acciones, pero sí animó a no avergonzarse del sufrimiento por la causa de Cristo sino, más bien, agradecer, dar gloria a Dios y seguir adelante.
¿Estás derramando lágrimas por la salvación de los que sufren y para que el evangelio pueda llegar a todos? Sigamos el ejemplo de Pablo, tal como lo describe Elena de White: “Predicando el arrepentimiento, el retorno a Dios y la fe en nuestro Señor Jesucristo. Se encontraba con los hombres en sus hogares y les suplicaba con lágrimas, declarándoles todo el designio de Dios” (El ministerio de la bondad, p. 65). Y recordemos Salmo 126:6: “Porque irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla, pero al volver vendrá con regocijo trayendo sus gavillas”.
“Entonces descendió Pablo y se echó sobre él, y abrazándolo, dijo: No os alarméis, pues está vivo [...]. Llevaron vivo al joven, y fueron grandemente consolados” (Hechos 20:10–12).
Su nombre significa “Afortunado” y pasó a la historia por ser el joven que se quedó dormido mientras Pablo predicaba en Troas. Él se cayó de un tercer piso y falleció. Estamos hablando de Eutico; quien, “afortunadamente”, fue resucitado.
Pablo había estado una semana en esa ciudad predicando el evangelio. En la última noche, junto con la cena de despedida, predicó su último sermón antes de continuar su viaje. En el piso superior de la vivienda, repleto de gente, el humo de las velas que iluminaban el salón, la poca ventilación y la extensión de la reunión hicieron que este chico (que tendría entre diez y catorce años) buscara la brisa fresca sentado en el borde de la ventana.
A simple vista, podríamos decir que se trataba de un oyente distraído, en un ambiente tóxico, y con un programa intenso y extenso. Y que esta serie de factores llevaron a que Eutico cayera de la ventana hacia el patio exterior. Podemos imaginar la confusión en el auditorio: unos tratando de reanimarlo y otros procurando echar culpas.
Entonces Pablo, interrumpiendo su sermón, desciende y se echa sobre él, así como Elías lo había hecho con el hijo de la viuda y Eliseo con el de la sunamita. Pablo lo abrazó y dijo que estaba vivo, pues había resucitado. Así, se lo llevaron y todos fueron grandemente consolados.
Podríamos decir que hay tantos Euticos distraídos, con un pie “adentro y otro afuera” de la iglesia, tal como hay tantos adultos indiferentes, distantes y distraídos del proceder de las nuevas generaciones. Tal vez nuestros ambientes estén sobrecargados de las velas y el humo de los protocolos y las ceremonias, sin la buena ventilación de la participación y la integración. Acaso nuestros discursos y programas son tan intensos y extensos, centrados en procesos y no en las personas.
No es tiempo de buscar culpables. Es tiempo de renovar nuestro compromiso como adultos, como padres y como educadores para las nuevas generaciones. No podemos jugar al distraído y dejar que se balanceen entre la vida y la muerte en el borde de la ventana. No podemos ofrecer un ambiente que se hace tóxico por la falta de coherencia, ya que nuestros discursos quedan muy distantes de nuestros hechos.
“La gente joven necesita modelos, no críticos”, dijo John Wooden. Pablo ya no está para resucitar a nuestros “Euticos”, pero somos “afortunados” porque el Obrador de aquel milagro quiere repetirlo. Solo necesita contar contigo como su instrumento.
“Llegó entonces a Éfeso un judío llamado Apolos, natural de Alejandría, varón elocuente, poderoso en las Escrituras. Este había sido instruido en el camino del Señor; y siendo de espíritu fervoroso, hablaba y enseñaba diligentemente lo concerniente al Señor” (Hechos 18:24, 25).
Apolos era natural de Alejandría. Esta ciudad era un gran centro cultural y poseía una de las bibliotecas más grandes del mundo antiguo. Apolos era erudito, capaz, fuerte, elocuente y un brillante orador. Había sido “instruido”, palabra de la que se deriva “catequizar” y significa que, además de haber estudiado por sí mismo, había sido enseñado por alguien. Había aceptado la enseñanza de Juan el Bautista acerca de Jesús y, con la ayuda de Aquila y Priscila, su conocimiento de la revelación de Dios, el ministerio de Cristo, la obra del Espíritu Santo y el papel de la iglesia fue ampliado. Eso lo llevó a ser aún más eficiente al enseñar diligentemente con precisión y con esmero.
Él era muy preparado e instruido, pero eso no cerraba las puertas a crecer en el conocimiento. Es necesario aprender, desaprender y reaprender. Nadie sabe tanto que no pueda aprender alguna cosa más, y nadie es tan ignorante que no pueda enseñar.
Después de ampliar sus conocimientos y la comprensión de la verdad, Apolo se transformó en el predicador favorito en Corinto, incluso en comparación superlativa por encima de Pablo, pero él nunca perdió de vista el objetivo, el foco y la misión.
Apolos tenía en claro su responsabilidad individual, pero al mismo tiempo sabía que el equipo, el mensaje y el Originador del mensaje estaban por encima de todo. No es el poder humano lo que asegura el éxito, es la unión de lo divino y lo humano, la bendición de Dios sobre nuestros esfuerzos.
“Un Pablo puede plantar y un Apolo regar, pero es Dios el que da el crecimiento. El hombre no puede hacer la parte de Dios [...]. Como agente humano, puede cooperar con los seres celestiales, y con sencillez y humildad hacer lo mejor que pueda, comprendiendo que Dios es el gran Artífice maestro” (Elena de White, Servicio cristiano, p. 322).
Apolos no se prestó a crear rivalidad ni enfrentamientos. Al contrario, buscó sumar, porque “ningún jugador es tan bueno como todos juntos”(Alfredo Di Stéfano). Pablo afirma que se necesita del que planta y del que riega, pero el crecimiento viene solo de Dios.
Por eso, te invito hoy a dejar de lado el individualismo y a que unas tus fuerzas luchando por el crecimiento. Ya lo decía muy bien Martin Luther King, Jr.: “O aprendemos a vivir juntos como hermanos o vamos a perecer juntos como necios”.
“Pablo salió de Atenas y fue a Corinto. Y halló a un judío llamado Aquila, natural del Ponto, recién venido de Italia con Priscila, su mujer” (Hechos 18:1, 2).
Julián y Marta estuvieron casados 68 años, siempre sirviendo juntos al Señor y a la iglesia. Marta, como directora de Dorcas–ADRA, y Julián como jefe de diáconos y predicador evangelista. Cuando tenían 56 años de casados, Julián se cayó de una escalera mientras pintaba la iglesia y sufrió una ruptura del bazo, con sangrado abdominal. La situación era grave. Su vida corría peligro. Lo llevaron de urgencia al hospital. El cirujano necesitaba hacer una tomografía, pero el equipo no funcionaba hacía dos semanas. No obstante, tal estudio era indispensable para confirmar el diagnóstico y resolverlo.
En ese momento, Marta, la familia y la iglesia oraban por Julián. Dios siempre se manifiesta cuando sus hijos oran. Ante el asombro del personal hospitalario, el tomógrafo funcionó para ese único paciente. Julián fue operado, le salvaron la vida y siguió junto con Marta sirviendo al Señor hasta descansar en sus promesas. Ejemplificadora es la entrega completa y el compromiso total de este fiel matrimonio dedicado al Señor.
En Hechos 18 encontramos otro matrimonio entregado absolutamente a la causa del evangelio. Aquila y Priscila conocieron a Pablo en su segundo viaje misionero. Ellos habían sido expulsados de Roma por un decreto del emperador Claudio contra los judíos. En Corinto, comenzaron a fabricar tiendas para ganarse la vida. Ellos ayudaron a Pablo en el trabajo de armar carpas, para que él tuviera su sustento; y él los ayudó en su vida espiritual y misionera. Ellos ofrecieron su casa en Corinto y, años más tarde, en Roma, como base para el crecimiento de la iglesia. Fueron ellos los que llevaron a Apolo a la conversión y a un compromiso misionero.
Aquila y Priscila nunca son mencionados en la Biblia de manera separada, siempre están juntos como matrimonio, ya sea en el trabajo como en la iglesia. Entre ellos se complementan. En ellos observamos ciertas cualidades prácticas: fuerte comunión con Dios y con la misión, flexibilidad, capacidad para establecer relaciones duraderas, motivación propia, habilidad para trabajar en equipo, hospitalidad, sabiduría y responsabilidad.
¿Hay algo que debe ser fortalecido, restaurado o hecho nuevo en tu matrimonio? Recuerda que nunca es tarde. El mismo Dios que creó el matrimonio, el mismo que realizó su primer milagro en la boda de Caná, puede y quiere marcar una diferencia en tu matrimonio presente o futuro. Recuerda las palabras que María indicó a los criados en aquella boda, con relación a Jesús: “Haced todo lo que él os diga”.
“El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra” (Hechos 17:24).
Atenas era la capital de la antigua Ática y de la moderna Grecia. Existían en aquellas colinas cerca de tres mil estatuas, mayormente dedicadas a sus ídolos y divinidades. Fue en esta ciudad donde Pablo, frente a filósofos e incrédulos, presentó una defensa de la fe y del evangelio. Hechos 17:16 al 34 relata cómo empezó hablando de la doctrina de Dios y de la Creación, y presentó al Dios viviente como Creador, Soberano y Padre. Luego siguió con la doctrina del hombre, animando a vivir una vida no centrada en el ser humano sino en Dios. Finalmente, concluyó con la doctrina del Juicio y de la Resurrección.
Pablo fue a la gente donde la gente estaba, enfrentó la filosofía epicúrea (que sostenía que el objetivo principal de la vida es evitar el dolor) y les habló en su propio lenguaje. Los griegos no negaban la existencia de Dios, pero pensaban que estaba demasiado ocupado y demasiado lejos como para interesarse en el quehacer diario de cada criatura. A su vez, los estoicos enseñaban el autodominio. Así, el objetivo principal era entrenar a las personas para alcanzar un lugar de indiferencia tanto al placer como al dolor. Además, los atenienses creían en alguien superior, desconocido, que actuaba sobre las leyes naturales.
Era tanto el fervor de los atenienses por complacer a todas sus divinidades que existían algunos altares dedicados “al dios no conocido”, con el objeto de no caer en el pecado del descuido o del olvido. Entonces, Pablo les hace un juego de palabras: ustedes tienen un dios no conocido; ese dios que adoran sin conocer es el Dios que yo conozco, adoro y anuncio. Por eso, a Pablo lo llamaron el anunciador o proclamador de nuevos dioses: “Con un tacto nacido del amor divino, apartó cuidadosamente sus mentes de las deidades paganas, y les reveló el Dios verdadero, que era desconocido para ellos” (Elena de White, Los hechos de los apóstoles, p. 195).
¿Qué y cuánto conoces de Dios? En tu vida, ¿Dios es Dios “por si acaso”? En los días de la Reforma protestante, Lutero caminaba por una calle cuando fue sorprendido por una persona que debajo de su abrigo tenía un arma. “¿Por qué caminas solo?”, le increpó el atacante. Y Lutero respondió: “Estoy en manos de Dios, él es mi amparo y mi fuerza”.
Para Pablo y para Lutero, Dios no era un Dios desconocido; era un Dios presente, actuante, cercano. Era un Padre y un Amigo. Que Dios sea en tu vida un Dios conocido y reconocido. Eso marcará toda la diferencia. Reconozcámoslo en todos nuestros caminos, y vivamos hoy y siempre en las manos de Dios.
“Estos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11).
Aquel ataque terrorista destruyó casi por completo el edificio y terminó con la vida de casi un centenar de personas. Recuerdo que nos acercamos con un grupo de voluntarios para ofrecer ayuda a quienes estaban removiendo escombros, con la esperanza de encontrar con vida y rescatar a las personas. Recuerdo el ir y venir de un joven. Me acerqué a él y me dijo que su esposa estaba debajo de los escombros. Estaba angustiado porque ya habían pasado trece horas del atentado, y la esperanza de rescate se desvanecía.
Por otro lado, los especialistas y el equipo de rescatistas trabajaban con toda diligencia, sin pausa y con prisa, con responsabilidad, con esfuerzo y con compromiso. Así, fueron rescatadas varias vidas.
Pablo visitó a los creyentes de Berea y, al compararlos con los de Tesalónica, dijo que eran más nobles que ellos. Es decir, eran distintivos, leales y generosos porque recibieron el mensaje sin prejuicios, y escudriñaban, profundizaban, investigaban y comparaban por sus propios medios la palabra escuchada de Pablo con la Palabra escrita. Los bereanos fueron instruidos por la Palabra y fortalecidos por la Palabra. Estudiaban las Escrituras con toda solicitud, con diligencia y con el intenso anhelo de obtener más conocimiento. El diccionario define “diligencia” como cuidado, prontitud, agilidad, prisa, solicitud, disposición, eficiencia y búsqueda incesante hasta alcanzar el objetivo. “Si deseas que tu esperanza de salvación crezca en fortaleza y solidez, estudia con diligencia la Palabra de Dios. El cristiano es concebido por la Palabra y debe alimentarse de ella”, expresó William Gurnal.
En un tiempo de superficialidad y de falta de profundidad, cada vez se piensa, se reflexiona y se medita menos. Por eso, como los bereanos, debemos ser perseverantes en el estudio de la Biblia, y debemos hacerlo cada día.
“El estudio de la Biblia requiere nuestro más diligente esfuerzo y nuestra más perseverante meditación. Con el mismo afán y la misma persistencia con que el minero excava la tierra en busca del tesoro, debemos buscar nosotros el tesoro de la Palabra de Dios” (Elena de White, La educación, p. 170).
Como aquellos voluntarios que buscaban vida en la profundidad de los escombros, necesitamos un compromiso mayor con el estudio de la Palabra. Seamos diligentes y perseverantes en su estudio y en su aplicación.
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