Pablo: Reavivado por una pasión - Eudaldo Rosado

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Pablo: Reavivado por una pasión - Eudaldo Rosado episodes

  • ¿Qué significa “creer”?

    “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? Ellos  dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú y tu casa”  (Hechos 16:30, 31).

    El enemigo quiso acallar la voz de los  predicadores, y envió a Pablo y a Silas a la cárcel. Dios podía haberlo  impedido, pero lo permitió para cumplir propósitos que iban más allá de  lo visible. Los misioneros confiaron porque sabían que a los que aman a  Dios todas las cosas les ayudan para bien.

    El carcelero tenía la  orden de mantener bajo suprema vigilancia a esos dos presos especiales, y  tomó todos los recaudos necesarios. Pablo y Silas fueron azotados y  encarcelados en las peores celdas, en el fondo, en un lugar oscuro, con  escaso aire y con ajustados cepos que atrapaban sus pies. De repente,  sucedió lo inesperado: la tierra se movió. El carcelero presupone que  ese es su fin, y saca su espada y decide matarse. Después de todo, la  única razón y misión de su función era mantener a los presos a salvo, es  decir, presos. Cuando Pablo le dice que nadie se escapó y que todos  estaban ahí, él percibe que Alguien más está detrás de toda esta  historia, y entonces pregunta qué debe hacer para ser salvo.

    Él  estaba totalmente confundido. Nunca antes había visto ni escuchado a  presos cantar y alabar a Dios en paz. No era muy lógico. Más que presos  parecían ángeles. Es evidente que el enemigo quiso desanimar a los  predicadores, pero aun presos ellos seguían animados, orando, cantando y  testificando. “Aunque el cuerpo está encarcelado, aunque la  carne está en prisión, todas las cosas están abiertas al espíritu. La  pierna no siente la cadena cuando la mente está en el Cielo”, declaró Tertuliano.

    El  enemigo puso cárceles y custodios para evitar la predicación, y la  cárcel fue abierta; y los custodios y sus familias, convertidos y  bautizados. Un terremoto termina en fiesta, en la que se celebra la  nueva vida.

    Para ser salvo, solo había que creer. ¿Qué significa eso realmente? Creer es reconocer nuestra total insuficiencia y aceptar y confiar en la suficiencia de Dios. Es  reconocer nuestra absoluta indignidad, mientras aceptamos la total  dignidad del Señor para salvarnos. Es reconocer que es nuestra  independencia lo que nos lleva a la muerte, y que es la dependencia  permanente de Jesús lo que nos lleva vida.

    Que esta pueda ser hoy tu oración: “Señor,  dejo de lado mi insuficiencia, mi indignidad e imposibilidad. Ayúdame a  depender permanentemente de ti y que, sin importar las circunstancias  que tenga que enfrentar, viva una vida de oración y estudio de tu  Palabra todos los días”.

    6 min
  • ¿Pasar o posar?

    “Si habéis juzgado que yo sea fiel al Señor, hospedaos en mi casa” (Hechos 16:15).

    En  Filipos no había creyentes suficientes para organizar una sinagoga. Se  necesitaban diez jefes de familia para que eso ocurriera. Entonces,  cuando eso sucedió, un grupo de oración al aire libre, cerca de un río,  congregaba a los pocos creyentes.

    Lidia, original de Tiatira, era  vendedora de púrpura. Los tejidos de púrpura eran raros y costosos; por  lo tanto, eran utilizados por personas de la realeza y por los ricos.  Era un negocio sumamente lucrativo. La casa de Lidia era muy amplia, con  lugar suficiente para albergar creyentes y cobijar una naciente  iglesia. Antes de abrir su casa a la difusión del evangelio, abrió su  corazón, recibió el mensaje, fue bautizada y se constituyó en una  adoradora de Dios. Ella pidió que tanto Dios como el mensaje quedaran en  su casa, en su familia... y en su vida. No le interesa al  Señor, y no nos sirve a nosotros, que él tan solo pase por nuestra casa o  nuestra vida; necesitamos que él pose, que permanezca para siempre.

    Mientras  tanto, una joven esclava, que tenía espíritu de adivinación y que  producía un gran negocio para sus dueños, salió al encuentro de Pablo  con alaridos estruendosos, que la gente consideraba como oráculos  divinos. Los dueños de esta esclava habían descubierto el extraño poder,  y lo estaban explotando para su propio beneficio. La muchacha  interrumpía el caminar misionero de los apóstoles. Aun poseída por el  demonio, gritaba animando al pueblo a seguir la enseñanza apostólica  presentada por los siervos del Altísimo, un Dios más alto que Zeus, el  dios más supremo que ellos tenían.

    Los siervos de Dios, en el  nombre del Altísimo, liberaron a aquella mujer de la presencia del  demonio, y abrieron para ella una nueva vida. Esto generó bendición para  la mujer y una fuerte oposición para los misioneros, porque no solo  afectaron el negocio de aquellos dueños sino también los del mismo  enemigo de Dios.

    Para Dios no hay primeros ni últimos. Tanto para  la acaudalada empresaria como para la joven esclava, existen los mismos  ofrecimientos y oportunidades de salvación; como así también el mismo  escozor en las huestes del mal.

    “Por los esfuerzos de Satanás  para destruirla, la simiente incorruptible de la Palabra de Dios, la  cual vive y permanece para siempre, se esparce en los corazones de los  hombres; por el oprobio y la persecución que sufren sus hijos, el nombre  de Cristo es engrandecido y se redimen las almas” (Elena de White, El discurso maestro de Jesucristo, p. 32).

    Renueva ahora tu compromiso de fidelidad con Jesús y con su Palabra. No pases de largo. ¡Quédate con él!

    6 min
  • ¿Transpiración o milagros?

    “Apedrearon a Pablo y lo arrastraron fuera de la ciudad, pensando que estaba muerto” (Hechos 14:19).

    La  transpiración es un líquido (compuesto por dióxido de carbono y vapor  de agua) que segregamos naturalmente por los poros de la piel, y en  mayor cantidad cuando la temperatura del ambiente es elevada. Se puede  dar también porque el cuerpo genera calor (como cuando hacemos  ejercicio) y ante situaciones de estrés.

    Entre las funciones de  la transpiración, podemos destacar la termorregulación –lo que mantiene  nuestro organismo en una temperatura estable e ideal–, la eliminación de  toxinas y la refrigeración.

    Más allá de lo fisiológico, también  usamos la expresión para ilustrar el grado de identificación con un  ideal o con una causa. Si decimos que alguien “transpira la camiseta” es  porque está identificado, apasionado, centrado y totalmente  comprometido con una actividad.

    Por su parte, un milagro es una  intervención divina. Es un acto sobrenatural que se percibe o recibe a  través de la fe. Para otros, es tan solo una hipótesis que pretende  explicar ciertos fenómenos sin ninguna comprobación científica posible.  Y, para los que no quieren creer, un milagro es un defecto o una  debilidad del necesitado corazón humano.

    Pablo fue apedreado en  Iconio y arrastrado fuera de la ciudad. Auxiliado por hermanos, Pablo se  levantó, y se dirigió a Derbe para seguir predicando. Todavía las  manchas de sangre no se habían secado en su túnica, y él seguía adelante  con su misión.

    Después de anunciar el evangelio en aquella  ciudad y de hacer muchos discípulos, volvió a Listra, Antioquía e  Iconio, para seguir predicando, aun en medio de tribulaciones, a fin de  extender el Reino de Dios.

    De este modo, Pabló visitó algunas de  las principales ciudades de aquel entonces. Es verdad que muchos  milagros acompañaron el ministerio de Pablo, pero también es verdad que  él se entregaba por completo a la causa.

    ¿Estamos hoy precisando  más transpiración, más identificación y más compromiso? ¿Necesitamos más  comunión, más foco en la misión y más milagros? ¿Acaso no necesitamos  desintoxicar nuestro organismo del egoísmo y el orgullo, manteniendo la  temperatura ideal del primer amor, refrigerada permanentemente por  Cristo, nuestra Fuente de la vida?

    “Los que logran los mayores resultados son los que confían más implícitamente en el Brazo todopoderoso” (Elena de White, Patriarcas y profetas, pp. 508, 509). El  Señor hizo muchos milagros de la nada, pero también hizo muchos  milagros sobre la base de la transpiración. Actuemos como si todo  dependiera de nosotros, confiemos como si todo dependiera de Dios.

    6 min
  • Llenos de gozo

    “Y los discípulos estaban llenos de gozo y del Espíritu Santo” (Hechos 13:52).

    ¿Es  posible en la época en que vivimos hablar, escribir y –sobre todo–  experimentar una vida de pleno gozo? ¿Cómo mantenernos gozosos en medio  de tantas angustias e incertidumbres? Pocos han sufrido tanto en la vida  como el apóstol Pablo; sin embargo, es él mismo el que dice que estaba  lleno de gozo. Este es un concepto que él presenta en sus escritos de  manera reiterada.

    El diccionario define “gozo” como una emoción  intensa y placentera causada por algo que gusta mucho. En la Biblia se  nos explica que el pecado, es decir, la separación de Dios, es la causa  de la falta de gozo. En realidad, el pecado promete gozo, pero siempre  produce tristeza. El gozo que ofrece es superficial, aparente y  pasajero.

    En la Biblia, el gozo no es placer, ni entusiasmo, ni  júbilo ni risa. Gozo es un profundo sentimiento que viene como resultado  de sentir la aprobación de nuestro actuar por parte de Dios. Gozo es la  seguridad de saberse en los caminos y en la voluntad de Dios,  independientemente de toda situación o adversidad que debamos enfrentar.

    Contrariamente  a la idea generalizada que lleva a pensar que es haciendo lo que me  gusta (es decir, lo que yo quiero) como encuentro el pleno gozo, en la  Biblia, el verdadero y completo gozo solo es posible en la presencia de  Dios. Él es el Dios del gozo, y nos lo concede como un regalo, como un don, una dádiva, y como un fruto del Espíritu. Si es un fruto, entonces es un resultado, es decir, una consecuencia. Es el resultado de confiar y obedecer la Palabra de Dios. Es el resultado de saber que Dios está actuando para cumplir su propósito, aun en las circunstancias más difíciles.

    El gozo es también un don que debe ser compartido. El  pastor que encuentra a su oveja y la mujer que halla su moneda  comparten su gozo con sus vecinos, en tanto los ángeles del cielo se  regocijan por un pecador que se arrepiente.

    “Porque separados de mí nada podéis hacer. Nuestro  crecimiento en la gracia, nuestro gozo, nuestra utilidad, todo depende  de nuestra unión con Cristo. Solo estando en comunión con él diariamente  y permaneciendo en él cada hora es como hemos de crecer en la gracia. Élno es solamente el autor de nuestra fe sino también su consumador. Ocupa el primer lugar, el último y todo otro lugar. Estará con nosotros, no solo al principio y al fin de nuestra carrera, sino en cada paso del camino” (Elena de White, El camino a Cristo, p. 69).

    6 min
  • “¿Qué es lo que usted ve?”

    “Los gentiles, oyendo esto, se regocijaban y  glorificaban la palabra del Señor, y creyeron todos los que estaban  ordenados para vida eterna” (Hechos 13:48).

    Jorge navegaba  su propio velero pequeño con Mirta, su esposa. Su sueño era navegar el  Río de la Plata y el Océano Atlántico para llegar al famoso puerto de  Punta del Este, Uruguay. Había planificado entrar en el puerto ese  mediodía, en un horario de buena visibilidad. Unas seis horas antes del  arribo se desató una fuerte tormenta, con vientos de frente y olas que  alcanzaban los seis metros. Era su primer viaje en el océano. No tenía  GPS, solo contaba con una carta náutica. Ya era casi medianoche, la  visibilidad era casi nula, y la incertidumbre y el peligro iban en  aumento.

    En cada puerto se señaliza el canal de acceso con boyas  luminosas verdes que se dejan ver a la derecha (estribor), y boyas con  luces rojas que se dejan ver a la izquierda de la embarcación (babor).  Las luces de la ciudad lo confundían. Se conectó con la torre de control  con un grito desesperado: “Aquí, embarcación… ¡Por favor! ¡Ayuda!”  Recibió una clara respuesta: “¿Qué es lo que usted ve?” Ante  las respuestas del navegante, el operario de la torre respondió:  “Tranquilo, lo llevaremos al puerto”. Y así, guiado, pudo dejar atrás  los peligros de la noche y la tormenta, y arribar con seguridad al  muelle.

    Pablo tenía limitaciones en su visión física, pero sus  ojos espirituales y misioneros ya habían sido abiertos por el Señor.  Cuando muchos judíos rechazaron el mensaje de Pablo porque no se  consideraban dignos de la vida eterna, los gentiles fueron alcanzados  por la predicación. Entonces él aceptó el mandato del Señor de ser luz  para los gentiles, a fin de que la salvación pudiera llegar hasta lo  último de la Tierra, porque para Dios no hay últimos de la fila. Cuando  estos oyeron, se regocijaron y celebraron la Palabra de Dios. Sus vidas  oscuras encontraron luz, sus ojos cerrados fueron abiertos. Escucharon,  aceptaron, practicaron y compartieron la Palabra.

    Como Jorge y  como Pablo, nosotros también navegamos en una noche oscura y tormentosa.  Las luces de la ciudad pueden parecer encantadoras, pero nos confunden y  distraen. Nuestra única salvaguardia es llegar al Puerto seguro. “¿Qué  es lo que usted ve?” Solo hay un canal de acceso al Puerto. La voz de  la torre de control es amorosa, clara y poderosa. Las luces de la  Escritura marcan el sendero. Necesitamos humildad para escuchar y seguir  las orientaciones.

    “Solo los que hayan fortalecido su espíritu con las verdades de la Biblia podrán resistir en el último gran conflicto” (Elena de White, Consejos para la iglesia, p. 76).

    Abre la Biblia y escucha la voz de Dios. Él te dice: “Tranquilo, te llevaré al Puerto”.

    5 min
  • Mi primer sermón

    “Nosotros también os anunciamos el evangelio de  aquella promesa hecha a nuestros padres, la cual Dios nos ha cumplido a  nosotros, sus hijos, resucitando a Jesús” (Hechos 13:32, 33).

    Tenía  trece años cuando la bendición y la misericordia de Dios, y la osadía y  el apoyo de mis pastores, me llevaron a predicar mi primer sermón. Fue  en un Culto de Oración, en la Iglesia Adventista de Lomas de Zamora,  Buenos Aires. Aún conservo el manuscrito a mano del bosquejo sobre Josué  1:9. Recuerdo el contraste, porque, mientras por un lado estaba  nervioso y temblando, por el otro intenté comunicar a la iglesia las  alentadoras palabras de Josué: “No temas ni desmayes”.

    ¿Saben? Mi  sermón terminó antes del tiempo estipulado, por una combinación de  nervios y emoción debida al tremendo privilegio de invitar a la iglesia a  confiar en las promesas de aquel que está siempre a nuestro lado.

    De  los treinta sermones que se registran en el libro de Hechos, once  corresponden a San Pablo. Así, en Hechos 13:15 al 52 se registra el  primer y más extenso sermón del apóstol recientemente convertido. Si lo  leemos, notamos que es como una mezcla del sermón de Pedro (Hech.  2:14–39) y el de Esteban (7:2–53); y el único predicado en una sinagoga.  Con notable sabiduría, Pablo presenta un bosquejo de la historia de  Israel hasta David, desde los tiempos de David hasta Jesús, y concluye  su mensaje con una amorosa invitación y una clara advertencia.

    En  su primer sermón, Pablo presenta a Jesús, cuya venida había sido  profetizada por la Escritura. No obstante, los estudiosos, lejos de ver  en él el cumplimiento de la profecía, terminaron siendo instrumentos  para llevar a Cristo a la misma muerte. Desde luego que su muerte y su  resurrección también se efectuaron con el fin de cumplir la profecía y  la promesa de salvación. La muerte y la resurrección de Cristo son el  asunto central en el primer sermón de Pablo, pues solo así el perdón y  la vida son ofrecidos a todo pecador, que por intermedio de la fe recibe  y acepta la gracia de Dios.

    El sermón termina con una invitación  y una advertencia. Siempre Dios nos concede el derecho a la elección,  sin dejar de mostrarnos las consecuencias dispares de nuestra elección.  Podemos elegir los actos, pero no las consecuencias. Podemos elegir la  semilla, pero no los frutos. No podemos sembrar espinos y esperar  cosechar flores. Quien siembra un acto cosecha un hábito; y quien  siembra hábitos cosecha un carácter.

    Según M. Henry, “cuanto  mayores sean los privilegios que disfrutemos, tanto más intolerable  será la condenación en que hemos de incurrir si no recibimos con fe y  correspondemos con obediencia a la gracia que tales privilegios  comportan”. Seamos agradecidos por las bendiciones recibidas y actuemos  en consecuencia.

    5 min
  • Sublime gracia

    “Nosotros también os anunciamos el evangelio de aquella promesa hecha a nuestros padres” (Hechos 13:32).

    En  Antioquia de Pisidia, Pablo fue a la sinagoga en sábado, a adorar a  Dios como Creador y a predicar. En este primer sermón, él destaca tres  grandes temas.

    En primer lugar, la omnipresencia de Dios: él está en todo lugar. El Dios de su mensaje está en todas partes y tiene acceso a todos los sitios.

    En segundo lugar, la soberanía de Dios: él está sobre todo y sobre todos. En  su sermón, se destacan los verbos “escoger”, “enaltecer”, “sacar”,  “soportar”, “dar”, “levantar”, “temer” y “conocer”. Estos son verbos que  muestran el propósito específico de la soberanía de Dios a través de  los tiempos y las personas. Incluso, la misma presencia de Pablo entre  ellos era resultado de la voluntad y los planes de Dios. La soberanía de  Dios parece ser contraria a la libertad de elección; sin embargo, ni la  soberanía de Dios suprime nuestra libertad, ni nuestra elección puede  eludir esa soberanía divina.

    En tercer lugar, la gracia de Dios: él nos ama. Pablo  muestra un Dios bondadoso, cercano, presente, que siempre busca ayudar,  acompañar, salvar y restaurar; a pesar de la reiterada inestabilidad y  rechazo de su pueblo.

    John Newton era un capitán de barco. Era  un hombre vulgar, tosco, blasfemo y arrogante. Miembro de la Marina Real  Inglesa, se dedicaba al comercio de esclavos en las costas de  Sudáfrica. Cierta noche, una tormenta abatió terriblemente su  embarcación, tanto, que el miedo lo llevó a pedir a Dios un poco de  misericordia. Este fue el origen de su conversión al cristianismo, y  tiempo después, abandonó el comercio de esclavos y estudió Teología. En  1764 fue ordenado como ministro en la Iglesia de Inglaterra y empezó a  componer himnos, junto con el poeta William Cowper. Como testimonio de  su conversión, escribió el conocido himno “Sublime gracia”:

    Sublime gracia del Señor, a un pecador salvó.

    Fui ciego, mas hoy veo yo; perdido, y él me amó.

    En los peligros o aflicción, que yo he tenido aquí,

    Su gracia siempre me libró, y me guiará feliz.

    Su gracia me enseñó a temer; mis dudas, ahuyentó.

    Oh, cuán precioso fue a mi ser, al dar mi corazón.

    Y, cuando en Sion por siglos mil, brillando esté cual sol,

    Yo cantaré por siempre allí, su amor que me salvó.

    ¡Qué  bueno es saber que Pablo presentó en aquel sermón a un Dios siempre  presente, soberano, y que te ama como si fuera lo único que tuviera que  atender en todo el Universo! Ese mismo Dios es quien hoy está esperando a  que respondas a su sublime gracia.

    6 min
  • Una mano extendida

    “Ahora, pues, he aquí la mano del Señor está contra ti” (Hechos 13:11).

    No  hay obra de arte mayor ni mecanismo más ingenioso que la simple mano  del hombre. Diseñada por el gran Diseñador, Isaac Newton, erudito y  matemático y uno de los científicos más destacados de la historia, llegó  a exclamar: “Ausentes otras pruebas, me bastaría el pulgar para  convencerme de la existencia de Dios”.

    La mano humana, maravilla  de diseño y de ingeniería, se compone de 29 huesos, 29 articulaciones,  más de 100 ligamentos, 35 músculos, y un sinnúmero de nervios y  arterias. Solamente para controlar el pulgar, necesitamos nueve músculos  y el esfuerzo conjunto de tres nervios principales de la mano. La  capacidad de la mano humana es impresionante: fuerza, flexibilidad,  destreza, resistencia y control motor refinado. La punta del dedo es un  instrumento sensorial dotado de una increíble capacidad para detectar, y  lo hace con un grado de sensibilidad que la ingeniería humana apenas si  empieza a emular con la disciplina de la robótica.

    Si  maravillosas nos parecen las obras de nuestras manos, qué decir de las  manos de Dios. La Biblia utiliza expresivas figuras materiales para  ilustrar ideas morales y espirituales. En toda la Escritura, incluso en  los dichos de Pablo, las manos son un símbolo del amor, la sabiduría y  el poder de Dios (en el caso de esta historia, para reprender a Barjesús  –o Elimas–, un falso profeta).

    La mano de Dios es poderosa: su mano sembró de estrellas los cielos, que siguen fielmente su órbita determinada.

    La mano de Dios es sabia: su  diestra hace maravillas; qué decir del átomo o, simplemente, de un copo  de nieve. Bien decía Luis Pasteur: “Un poco de ciencia aleja de Dios,  pero mucha ciencia nos devuelve a él”. Admiramos una computadora y un  teléfono inteligente; entonces, ¡imagina el cerebro humano!

    La mano de Dios es suave: como la mano experta de un médico que usa el bisturí de manera milimétrica y experta.

    La mano de Dios es protectora: nos ha creado, nos cuida, nos moldea y también nos guarda.

    La mano de Dios es justa: a su debido tiempo, coloca cada cosa en su lugar.

    La mano de Dios puede ser resistida: porque  Dios nos hizo libres para decidir. Y, si hacemos una mala elección,  viene a nuestro auxilio (si se lo pedimos) para transformar nuestro  carácter a su imagen.

    He tenido el privilegio de estrechar las  manos de autoridades y presidentes, pero nada más honroso que el Rey del  Universo te extienda su mano, esa mano poderosa, sabia, suave,  protectora, justa y respetuosa.

    Esas mismas manos que  fueron clavadas en la Cruz se extienden para abrazarnos y guiarnos. La  mano del Señor esta siempre extendida, solo se necesita que la tomes.

    6 min
  • Un personaje extraordinario

    “Entonces Bernabé, tomándolo, lo trajo a los apóstoles  y les contó cómo Saulo había visto en el camino al Señor, el cual le  había hablado, y cómo en Damasco había hablado valerosamente en el  nombre de Jesús” (Hechos 9:27).

    Si hay un personaje extraordinario en el libro de los Hechos, ese es Bernabé. Era oriundo de la Isla de Chipre, y su nombre significa “Hijo de ánimo, de consuelo, o de exhortación”. Ningún otro nombre más que ese es el más adecuado para ilustrar lo que fue el propósito de su vida.

    Bernabé  fue una influencia clave en la formación de Pablo y de Juan Marcos.  Dios lo usó para llevarlos a un compromiso con la misión. Estuvo al lado  de ellos, acompañando, motivando y guiándolos en el proceso del  discipulado. Bernabé fue un discípulo que generó otros discípulos.

    Bernabé  fue un constructor de puentes entre los creyentes y un recién  convertido, Saulo, y arriesgó su propia reputación en favor de un hombre  que todos rechazaban. Es él quien percibe el potencial de Saulo, él  mismo cuenta su conversión y lo presenta a los demás dirigentes de la  iglesia. Bernabé fue el primero en viajar con Pablo y formar un equipo  misionero, fue el primero en donar su propiedad y ponerla al servicio de  la iglesia. Es decir, era un hombre sensible a las necesidades de los  hermanos y de la misión.

    Bernabé demuestra ser digno de  confianza. Cuando en Antioquía el evangelio se extiende entre los  gentiles, se alegra y apoya el crecimiento. Busca a Saulo en Tarso y lo  lleva como evangelista. Los dos se convierten en maestros, y la iglesia  se multiplica. Fue allí donde se llamó a los creyentes “cristianos” por  primera vez (Hech. 11:25).

    Bernabé es un siervo generoso,  sensible, sacrificado, humilde y comprometido con la tarea de la  predicación. Es un hombre de fe y de coraje. Y es un formador de  dirigentes de la iglesia.

    Bernabé era esa clase de discípulo que  no atrajo las luces para sí mismo. Esto se refleja en una historia  particular, registrada en Hechos 14:8 al 23. En aquellos días, muchos  creían que los dioses podían mezclarse con los hombres. Era tal su  influencia que, en Listra, Bernabé y Pablo fueron recibidos como dioses.  A Bernabé se lo llamó Júpiter por su porte; y a Pablo, Mercurio, por su  oratoria. Por supuesto, ambos rechazaron tal cosa. Nuestro proceder y  nuestra vida siempre ejercen influencia.

    Bernabé no dejó nada  escrito, pero Pablo, su discípulo más notable, inspirado por Dios,  escribió casi la mitad del Nuevo Testamento. La iglesia necesita  de Pablos arriesgados y valientes, expuestos siempre en el frente de  batalla contra el mal. Pero además necesita de los Bernabés, que también  son arriesgados y valientes, y no obstante obran detrás de escena,  formando, animando, enseñando y discipulando.

    Recuerda que sin Bernabés no hay Pablos.

    6 min
  • ¿Qué quieres que yo haga?

    “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Él dijo: ¿Quién  eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te  es dar coces contra el aguijón. Él, temblando y temeroso, dijo: Señor,  ¿qué quieres que yo haga? (Hechos 9:4–6).

    El más cruel e  implacable perseguidor de la iglesia se transforma en el más hábil  defensor y paladín de Jesucristo. Su día se volvió noche. Cuando su  vista oscureció, él vio definitivamente la luz del evangelio.

    La  persecución de los seguidores de Jesús llevó a muchos de estos a  refugiarse en Damasco, un centro comercial ubicado a unos 100 kilómetros  del Mar Mediterráneo y a 240 kilómetros al nordeste de Jerusalén, en la  provincia romana de Siria. Varias rutas comerciales conectaban Damasco  con otras ciudades del Imperio Romano. La presencia cristiana en ese  lugar era una oportunidad para la extensión del cristianismo y hacia  allá fue Saulo, con autoridad, fuerza, vigor y celo equivocado para  perseguir, encarcelar y matar a los supuestos herejes.

    Casi  llegando a la ciudad, mientras contemplaban la verde y fructífera  vegetación, lo rodeó una luz del cielo más fuerte que el sol en su  esplendor; lo arrojó al suelo, y se escuchó una fuerte y poderosa voz  que decía: “Saulo, Saulo ¿por qué me persigues?” Esta experiencia única  iba a transformar su vida para siempre.

    Aquel de quien Saulo  pensaba que era un blasfemo, un impostor, un falso Mesías, cuyos  seguidores eran unos fanáticos engañados, ahora le pregunta por qué lo  perseguía. Saulo había imaginado otra entrada en Damasco, una repleta de  honores y aplausos. Después de todo, él llegaba para terminar con  aquella plaga del cristianismo. Saulo escuchó, pero no entendió; vio  luz, pero no vio a nadie. Fue conducido por terceros; estuvo tres días  incomunicado y en soledad; en penumbra física, pero en reflexión,  oración y arrepentimiento. En la oscuridad, todo se le hizo claro. Vio  realmente quién era y, sobre todo, quién era Jesús.

    Tal vez de  manera consciente o inconsciente, tímida o rebelde, estás persiguiendo a  Jesús con tu indiferencia, con tu inestabilidad y con tu falta de  compromiso. ¿Crees que puedes terminar con Jesús y con su  mensaje? Quien aun temblando se anima a preguntar como Saulo: “Señor,  ¿qué quieres que haga?”, seguro recibirá la mejor respuesta. Este inicio  del año es un buen momento para renovar tu entrega y tu compromiso con  Dios y con su Palabra.

    Como muy bien decía  Spurgeon: “Nadie está tan seguro como aquel a quien Dios guarda; nadie  está tan en peligro como aquel que se guarda a sí mismo”.

    Si no me creen, pregunten a Saulo.

    6 min

About Pablo: Reavivado por una pasión - Eudaldo Rosado

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Con sencillez y elocuencia, el autor recorre el libro de los Hechos y las catorce cartas de Pablo, destacando su compromiso con Cristo y con la misión que él nos dejó, a fin de que su entrega y sus…