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Uno de los mayores desafíos en nuestras relaciones humanas es la tendencia a juzgar y corregir a los demás sin antes examinar y abordar nuestras propias faltas. Jesús nos enseñó en Mateo 7:5 que primero debemos quitar la viga de nuestro ojo para poder ver claramente y así ayudar a nuestro hermano con la paja en su ojo. Este artículo explora cómo aplicar esta enseñanza con humildad y amor genuino, para crear relaciones más saludables y espirituales.
Cuando observamos faltas en otros, nuestras reacciones pueden caer en tres categorías comunes pero problemáticas:
A menudo, creemos que debemos señalar directamente las faltas de los demás. Este método usualmente provoca una reacción de furia e indignación, llevando a la persona a pensar: “¿Quién se cree que es para corregirme?”.
Otra táctica es comentar a un amigo sobre las faltas de alguien, sugiriéndole que sea él quien hable con la persona afectada. Esto generalmente resulta en ofensas, tanto hacia el mensajero como hacia el que originó el chisme.
Algunas veces optamos por no decir nada y simplemente juzgar en nuestros corazones. Estas actitudes se revelan eventualmente en nuestras palabras y acciones, causando que la persona juzgada sienta nuestro rechazo y espíritu crítico.
Jesús nos enseña que debemos abordar las faltas de los demás con humildad y amor. Esto implica varios pasos importantes:
Antes de intentar corregir a otros, debemos primero identificar y trabajar en nuestras propias fallas. Como dice en Mateo 7:5:
"Hipócrita, primero quita la viga de tu propio ojo; entonces verás lo suficientemente bien para ocuparte de la astilla en el ojo de tu amigo." (Mateo 7:5, NTV).
Cuando nos acercamos a otros, es esencial hacerlo con un espíritu de amor y humildad. Debemos comunicar aceptación y comprensión, haciendo preguntas apropiadas y esperando el momento adecuado para abordar el tema. Proverbios nos recuerda:
"Antes de la destrucción, el corazón del hombre es altivo, pero la humildad precede al honor." (Proverbios 18:12, NTV).
Una de las formas más efectivas de ayudar a otros es compartir nuestras propias luchas y cómo hemos superado nuestras faltas. Al humillarnos y explicar los pasos que tomamos, otros se sentirán más cómodos pidiéndonos ayuda.
En una conferencia con más de 500 hombres, un hombre llamado Paúl Speed compartió su experiencia de conquistar la lascivia. Inicialmente, ningún hombre se acercó a pedir ayuda. Sin embargo, en otra conferencia, donde Paúl y su esposa compartieron su historia públicamente, varios hombres y parejas se acercaron, buscando consejo. Esto muestra cómo la humildad y la transparencia pueden inspirar a otros a buscar ayuda y transformación.
Es crucial que los líderes de familia demuestren humildad y transparencia. Al escribir en un diario sobre cómo hemos juzgado a otros y cómo hemos superado nuestras propias faltas, dejamos un legado valioso para nuestros hijos. Ellos aprenderán a seguir nuestros pasos y glorificarán a Dios por nuestra humildad y obediencia.
Recordemos que el objetivo de "quitar la paja" no es criticar, sino ayudar a nuestros hermanos con amor y humildad. Al hacerlo, no solo mejoramos nuestras relaciones, sino que también glorificamos a Dios y fortalecemos nuestra propia espiritualidad. Así que, ¡comencemos hoy a quitar la paja de los ojos de los demás, pero primero asegurémonos de haber quitado la viga de los nuestros!
En nuestras relaciones, especialmente en el matrimonio, es fácil caer en la trampa de juzgar y condenar a nuestros seres queridos por sus errores y pecados. Sin embargo, la verdadera transformación comienza cuando dejamos de centrarnos en los fallos ajenos y comenzamos a examinar nuestro propio corazón. Este artículo explora cómo podemos iniciar un cambio en nuestras vidas, abandonando el juicio y adoptando una actitud de perdón y compasión, basándonos en principios bíblicos.
En una ocasión, me encontré con una pareja en crisis. La esposa, visiblemente enojada, expresó su desprecio hacia su esposo. Él le había confesado haber luchado con la lascivia en el pasado, lo que desencadenó en ella una profunda ira. A pesar de que su dolor era comprensible, su reacción no dejaba espacio para la comprensión de la debilidad humana y la realidad de que todos somos propensos a pecar.
La Biblia nos recuerda la naturaleza engañosa y perversa de nuestro corazón:
"El corazón humano es lo más engañoso que hay, y extremadamente perverso. ¿Quién realmente sabe qué tan malo es?" (Jeremías 17:9, NTV).
Además, Pablo nos dice:
"No hay un solo justo, ni siquiera uno" (Romanos 3:10, NTV).
Todos estamos marcados por el pecado y necesitamos la gracia y el perdón de Dios.
Mientras escuchaba la historia de esta pareja, recordé la parábola de Jesús en Mateo 18. Un rey perdona una deuda enorme a uno de sus siervos, una deuda que equivalía al salario de 15 a 20 años. Sin embargo, este siervo, al salir, encontró a un consiervo que le debía una cantidad insignificante en comparación, y exigió que le pagara. Cuando el consiervo no pudo pagar, el siervo ingrato lo echó a la cárcel.
Esta parábola ilustra cómo nuestra falta de perdón revela una falta de apreciación por la gran misericordia que Dios nos ha mostrado.
Le dije a la esposa: "En tu mente, el pecado de lascivia de tu esposo es más grande que tu amargura y falta de perdón". Expliqué que nunca podría perdonar a su esposo hasta que reconociera la magnitud de sus propios pecados ante Dios y la gran misericordia que Él le ha mostrado. Jesús fue herido por nuestras transgresiones y sufrió por nuestros pecados:
"Pero él fue traspasado por nuestras rebeliones y aplastado por nuestros pecados. Fue golpeado para que nosotros pudiéramos estar en paz; fue azotado para que pudiéramos ser sanados" (Isaías 53:5, NTV).
El juzgar a los demás es el resultado de minimizar la seriedad de nuestros propios pecados y magnificar los pecados de los demás. La verdadera reforma comienza cuando comprendemos la horrenda maldad de nuestros pecados ante un Dios santo y justo. Como lo expresó el profeta Daniel:
"Hemos pecado y cometido iniquidad, hemos actuado con perversidad y nos hemos rebelado, apartándonos de tus mandamientos y normas... ¡Señor, escúchanos! ¡Señor, perdónanos! ¡Señor, préstanos atención y actúa! ¡Por amor a ti mismo, Dios mío, no demores la respuesta!" (Daniel 9:5, 19, NTV).
La próxima vez que tengamos dificultad en perdonarnos los unos a los otros, recordemos la increíble deuda del pecado que se nos ha perdonado. Al enfocarnos en la misericordia de Dios y en el sacrificio de Jesús, podemos encontrar la fuerza para perdonar y comenzar un cambio en nuestras vidas.
Perdonar no es fácil, pero es esencial para nuestras relaciones y nuestro crecimiento espiritual. Al dejar de juzgar y adoptar una actitud de compasión y perdón, reflejamos el amor de Dios en nuestras vidas. Así que, ¡comienza un cambio hoy! Examina tu corazón, reconoce tus propios pecados y permite que la gracia y misericordia de Dios transformen tus relaciones.
En nuestra vida cotidiana, a menudo juzgamos las acciones y actitudes de los demás sin considerar el contexto o las circunstancias que los rodean. A veces, nuestras expectativas no cumplidas y nuestras propias experiencias nos llevan a juzgar con dureza. Este artículo explora cómo podemos aprender a mirar con ojos de compasión, siguiendo el ejemplo de Jesús y aplicando principios bíblicos a nuestras relaciones.
Sara, una mujer recién casada, comenzó un nuevo empleo. Con una sonrisa amable, saludó a sus nuevos compañeros de trabajo, quienes, con cinismo, cuestionaron su alegría. “Me acabo de casar con el hombre más maravilloso”, respondió ella. Sin embargo, sus compañeras, con tonos sarcásticos, le dijeron: “sólo espérate, y verás que todos los hombres son iguales, te va a decepcionar”.
Muchos de los juicios que emitimos sobre los demás provienen de nuestras propias experiencias y expectativas no cumplidas. En el caso de Sara, sus compañeros de trabajo proyectaron sus decepciones personales sobre su nueva felicidad.
Los compañeros de Sara la retaron a que su esposo olvidaría su aniversario de bodas. Confiada en el amor de su esposo Jeff, ella preparó una cena especial. Sin embargo, cuando Jeff llamó para decir que llegaría tarde por trabajo, Sara quedó devastada. La amarga decepción se intensificó al recordar las burlas que recibiría al día siguiente.
Jeff, al regresar a casa, trató de justificar su olvido diciendo: “Tú sabes lo importante que es mi trabajo, lo celebraremos en otra ocasión”. Para Sara, esto no mitigó su dolor. Ella comenzó a pasar más tiempo en el trabajo y a quejarse de las pequeñas faltas de su esposo. Jeff, a su vez, la acusó de ser criticona, ignorando que él había iniciado los problemas en su relación.
En el Sermón del Monte, Jesús nos enseña sobre el juicio:
“No juzguen a los demás, y no serán juzgados. Pues serán tratados de la misma forma en que traten a los demás. El criterio que usen para juzgar a otros es el criterio con el que se les juzgará a ustedes. ¿Y por qué te preocupas por la astilla en el ojo de tu amigo, cuando tú tienes un tronco en el tuyo? ¿Cómo puedes pensar en decirle a tu amigo: ‘Déjame ayudarte a sacar la astilla de tu ojo’, cuando tú no puedes ver más allá del tronco que está en tu propio ojo? ¡Hipócrita! Primero quita el tronco de tu ojo, después verás lo suficientemente bien para ocuparte de la astilla en el ojo de tu amigo.” (Mateo 7:1-5, NTV).
Este pasaje nos recuerda la importancia de examinar nuestras propias fallas antes de juzgar a los demás. Jeff consideraba sus ofensas como pequeñas pajas, mientras que Sara las veía como grandes vigas.
Mirar con ojos de compasión significa ver más allá de las acciones externas y entender el corazón de la persona. En 1 Samuel 16:7, se nos dice:
“El SEÑOR no ve las cosas de la manera que tú las ves. La gente juzga por las apariencias, pero el SEÑOR mira el corazón.” (NTV).
Cuando juzgamos a los demás, debemos recordar que solo Dios conoce completamente el corazón de una persona. Nuestra tarea es mostrar compasión y comprensión, no juicio.
La próxima vez que te sientas tentado a juzgar a alguien, recuerda mirar con ojos de compasión. Siguiendo el ejemplo de Jesús y aplicando los principios bíblicos, podemos transformar nuestras relaciones y ser instrumentos del amor y la gracia de Dios en la vida de los demás.
¡Conquista el Espíritu de Juicio!
En nuestra vida cristiana, a menudo nos encontramos en situaciones donde es tentador juzgar a los demás. Sin embargo, la Biblia nos instruye a tratar a nuestros hermanos con amor y compasión, mirando más allá de las apariencias para entender sus corazones. Este artículo explora cómo podemos conquistar el espíritu de juicio y reemplazarlo con un espíritu de discernimiento y amor genuino.
Un error común entre aquellos que tratan de ayudar a los demás es emplear autoridad personal en lugar de autoridad posicional. La autoridad personal demanda: "Tienes que seguir mis reglas". Por otro lado, la autoridad posicional apela: "Tienes que seguir las reglas de Dios". Esta distinción es crucial para evitar el juicio y promover una verdadera ayuda espiritual.
El sheriff Ray Nash ha enseñado cómo la "autoridad personal" a menudo conduce al abuso judicial. Cuando un policía cree que alguien está violando "sus" reglas, olvida que su autoridad está limitada a aplicar las leyes de aquellos a quienes representa. De manera similar, cuando usamos nuestra autoridad personal en lugar de la autoridad de Dios, caemos en el juicio injusto.
Santiago advierte sobre los peligros de juzgar a los demás desde una posición de autoridad personal:
“Hermanos, no murmuren unos de otros. Si te dedicas a criticar y a juzgar a otros, entonces criticas y juzgas la ley de Dios. Pero tu trabajo no es decidir si la ley es correcta o no. Tu trabajo es obedecer la ley. Solo Dios, quien dio la ley, es el Juez. Solo él tiene el poder para salvar o destruir. Así que, ¿qué derecho tienes tú para juzgar a tu prójimo?” (Santiago 4:11-12, NTV).
Este pasaje nos recuerda que cuando juzgamos a otros, usurpamos la autoridad de Dios y lo hacemos de una manera personal e injusta.
Cuando vemos a alguien cuya apariencia no es decorosa, nuestra primera reacción podría ser querer que cambien su estilo de ropa. Sin embargo, la verdadera preocupación debe ser la condición de su corazón delante de Dios. Como se nos recuerda en 1 Samuel 16:7:
“El SEÑOR no ve las cosas de la manera que tú las ves. La gente juzga por las apariencias, pero el SEÑOR mira el corazón.” (NTV).
Para conquistar un espíritu de crítica y juicio, debemos aprender a ver el corazón como lo hace Dios. Esto requiere entrenamiento y un cambio de perspectiva.
Jesús siempre miró más allá de las apariencias para ver las necesidades reales de las personas. En Juan 8:7, cuando los fariseos trajeron a una mujer sorprendida en adulterio, Jesús respondió:
“Muy bien, pero el que nunca haya pecado, que tire la primera piedra.” (NTV).
En lugar de juzgar a la mujer, Jesús señaló la hipocresía de los acusadores y mostró misericordia y compasión.
Para vencer el espíritu de juicio, debemos pedir a Dios que nos ayude a ver las necesidades reales de las personas y mostrarles Su amor genuino. Al enfocarnos en la condición del corazón en lugar de las apariencias externas, podremos ser verdaderos instrumentos de su gracia y misericordia.
Señor, ayúdame a ver a las personas como Tú las ves. Dame la sabiduría y la compasión para mirar más allá de las apariencias y entender las verdaderas necesidades del corazón. Ayúdame a actuar con amor genuino y a utilizar Tu autoridad, no la mía, para guiar y ayudar a otros. Amén.
Conquistar el espíritu de juicio es fundamental para vivir una vida cristiana que refleje el amor y la gracia de Dios. Al enfocarnos en la condición del corazón y no en las apariencias, y al usar la autoridad posicional de Dios en lugar de nuestra autoridad personal, podemos ser verdaderos instrumentos de Su paz y amor en el mundo.
¡Convierte el Juicio en un Espejo!
Cuando era niño, un día entré a la cocina y encontré a una de mis hermanas mayores comiéndose una galleta. Exclamé: “¡Sabes que esas galletas son para el postre de esta noche!”. Ella me miró con sorpresa y culpabilidad. Esto me produjo una gran satisfacción porque, usualmente, era ella quien me encontraba haciendo algo malo. Observando la escena, noté que también se había servido un vaso de leche y le dije: “Esa es tu segunda galleta, ¿verdad?”. Con sorpresa, ella preguntó: “¿Cómo lo sabes?”. Respondí: “Porque con la primera galleta te dio sed”. Ella se maravilló de la sabiduría de su hermano pequeño, pero no había nada de qué maravillarse: ¡yo sabía lo que había hecho porque yo mismo lo había hecho el día anterior!
Este incidente me enseñó una lección valiosa sobre el juicio: tenemos una habilidad sorprendente para detectar y reaccionar a las faltas de los demás, muchas de las cuales no hemos corregido en nosotros mismos.
Pablo afirma esta realidad en Romanos 2:1-3:
“Tú, que condenas a los demás, ¡no tienes ninguna excusa! Porque cuando juzgas a otros, y después haces cosas iguales, te condenas a ti mismo. Y sabemos que Dios, en su justicia, castigará a todos los que hacen tales cosas. ¿Piensas que Dios dejará de juzgarte a ti solo porque juzgas a otros y haces lo mismo que ellos?” (NTV).
Pablo se refiere a pecados terribles como la injusticia, fornicación, perversidad, avaricia y otros, que enumera en Romanos 1:29-31. Nos recuerda que, a menudo, juzgamos en otros los mismos pecados de los cuales somos culpables.
Santiago nos advierte sobre la importancia de mirarnos en el espejo de la Palabra de Dios y corregir nuestras faltas:
“Porque si escuchas la palabra pero no la obedeces, sería como ver tu cara en un espejo. Te ves a ti mismo, luego te alejas y te olvidas de cómo eres. Pero si miras atentamente en la ley perfecta que te hace libre, y la pones en práctica sin olvidar lo que escuchaste, entonces Dios te bendecirá por tu obediencia.” (Santiago 1:23-25, NTV).
Cuando nos tentemos a juzgar a otros, debemos primero examinar nuestro propio corazón. Nuestra capacidad de detectar ciertas faltas en los demás a menudo revela áreas en nuestras vidas que también necesitan corrección.
El sistema reticular activado en nuestro cerebro determina lo que capta nuestra atención. Cuando era adolescente, no podía identificar las diferentes marcas de carros hasta que decidí comprar un Plymouth. De repente, notaba cada Plymouth en la calle. De manera similar, cuando somos culpables de una acción, nuestra sensibilidad a esa acción en otros aumenta.
Por ejemplo, David reaccionó severamente al juzgar a un hombre que había robado una oveja porque él mismo había cometido un pecado de similar naturaleza (2 Samuel 12:1-7). Esto nos enseña que, antes de juzgar, debemos usar el espejo de la Palabra de Dios para reflejar nuestras propias faltas.
El juicio hacia otros debe ser transformado en una oportunidad para la sanidad personal. La próxima vez que seamos tentados a juzgar a alguien, saquemos el espejo de la Palabra de Dios y observemos nuestro propio reflejo. Esto nos ayudará a identificar y corregir nuestras faltas, y nos permitirá actuar con gracia y compasión hacia los demás.
Como Jesús enseñó en Mateo 7:5:
“¡Hipócrita! Primero quita la viga de tu propio ojo; después verás lo suficientemente bien para ocuparte de la astilla en el ojo de tu amigo.” (NTV).
Al convertir el juicio en un espejo, no solo evitamos la hipocresía, sino que también crecemos en humildad y amor, reflejando mejor el carácter de Cristo en nuestras vidas.
¡Propongámonos convertir el juicio en un espejo y permitir que la Palabra de Dios transforme nuestras vidas para que podamos ayudar a otros con amor y verdad!
En el camino de la fe cristiana, a menudo nos encontramos en situaciones donde es tentador juzgar a los demás. Sin embargo, la Biblia nos enseña a tomar un enfoque diferente, uno que promueve la sanidad en lugar de la condenación. Este principio se encuentra claramente en Mateo 7:5, donde Jesús dice:
"¡Hipócrita! Primero quita la viga de tu propio ojo; después verás lo suficientemente bien para ocuparte de la astilla en el ojo de tu amigo." (NTV)
En este versículo, se nos instruye a no juzgar, sino a hacer "cirugía" espiritual. Quitar la paja del ojo de otra persona debe ser motivado por el deseo de su sanidad y bienestar. Pero para hacerlo efectivamente, primero debemos examinar y corregir nuestras propias fallas. Este proceso no solo nos prepara para ayudar a otros, sino que también nos humilla y nos acerca a Dios.
Un juez determina la culpabilidad y aplica las consecuencias de la ley. En cambio, un cirujano se enfoca en curar, en restaurar la salud del paciente. De manera similar, cuando corregimos a otros, nuestro objetivo debe ser su sanidad espiritual, no su condenación.
El comentarista bíblico Matthew Henry lo explica de esta manera:
“Nosotros debemos juzgarnos a nosotros mismos, juzgar nuestras acciones personales, pero no debemos juzgar a nuestro hermano. No debemos sentarnos en el asiento del juez, hacer que nuestra palabra sea ley para todos… no debemos hablar mal de [nuestro hermano] (Santiago 4:11); no debemos despreciarlo, ni menospreciarlo (Romanos 14:10); no debemos juzgar con apresuramiento, ni dictar juicio en contra de nuestro hermano sin tener una base…”
Henry enfatiza que debemos ser cautelosos al juzgar a otros porque nuestra percepción puede estar distorsionada por nuestras propias imperfecciones y parcialidades. En lugar de juzgar, debemos aconsejar y ayudar, buscando siempre el bienestar de nuestro hermano en la fe.
El bisturí del cirujano trae sanidad, pero la espada de la lengua que juzga puede traer destrucción y muerte. Las palabras tienen un poder tremendo, y como cristianos, debemos usarlas para edificar y no para derribar.
David Brainerd, un joven estudiante de la Universidad de Yale, fue expulsado por hacer un comentario apresurado y negativo sobre uno de sus maestros. Este incidente le enseñó una valiosa lección sobre el poder destructivo del juicio y la crítica. Más tarde, Brainerd se humilló, pidió disculpas y se convirtió en un poderoso instrumento de Dios para la sanidad espiritual de muchos nativos americanos. Su historia nos recuerda la importancia de la humildad y la gracia en nuestro trato con los demás.
Propongámonos ahora ser cirujanos expertos, cuyas palabras y acciones traigan sanidad, en lugar de convertirnos en jueces de los demás. Al seguir el ejemplo de Jesús y aplicar sus enseñanzas, no solo ayudaremos a otros a ver con claridad, sino que también experimentaremos una relación más profunda y gozosa con Dios.
¡Espera resultados poderosos!
Lo “impensable” ocurrió sólo una vez en más de 40 años de estar presentando el Seminario de Principios Básicos de la Vida. Había más de 8000 personas reunidas en el Centro Cívico de St. Paul. Justo antes de abrir la primera sesión, nos juntamos tres del equipo para un tiempo de oración. Después de que oré, Dios me recordó que me había olvidado de pedirle que atara a Satanás para que no causara distracción o interrupción. ¡Deseé que los demás que oraron hubieran cubierto esa área importante, pero ninguno lo hizo!
Terminamos de orar y me dirigí a la plataforma para comenzar a enseñar. Como 20 minutos después, escuché pasos detrás de mí, era un oficial del Centro Cívico, quien me pidió el micrófono y anunció que todos debían evacuar el lugar porque habían recibido una amenaza de bomba. ¿Había alguna conexión?
Aquellos que niegan la realidad de Satanás, son como los que van en canoas y niegan las corrientes de agua que los está llevando hacia una cascada.
Los bebés lloraban, los perros ladraban y las mujeres interrumpían hablando cuando el misionero Otto Koning llegó para predicar el evangelio a los nativos de Papúa y Nueva Guinea. El misionero comprendió que se había olvidado de atar a Satanás, y le pidió al jefe de la tribu que mantuviera a los oyentes reunidos, mientras salía por unos momentos.
El misionero se dirigió a la orilla de la jungla y le ordenó a Satanás que saliera, declarando varias Escrituras que se aplicaban a la situación que estaba enfrentando. Conforme Otto ejercía su autoridad del reino, y por su posición en Cristo, escuchó cómo el escándalo de las personas comenzó a disminuir.
¿Qué hizo la diferencia? Satanás fue deshabilitado por la autoridad del reino. Muchas veces el misionero Otto descubrió que cuando ejercía la autoridad del reino, muchos de aquellos nativos que no respondían al mensaje del evangelio, venían y le decían: “Ahora te escuchamos” y nos gustaría “tomar la mano de Jesús”, en respuesta al mensaje de salvación.
El mundo no se impresiona con un Dios inefectivo, pero le temerá cuando contemple Su poder.
Uno de los reportes más poderosos que puedes anotar en tu diario es la manera en que estás empleando la autoridad del reino y sus resultados. Si a Satanás no se le presenta oposición, tendrá libertad de operar su agenda destructiva. Seguirá cegando los ojos de los incrédulos para que no miren la luz gloriosa del evangelio de Jesucristo (ver 2 Corintios 4:4).
Satanás endurecerá el corazón tanto de incrédulos como de creyentes (ver Juan 12:40). Él engañará con mentiras y medias verdades. Aparecerá como ángel de luz para engañar, si fuera posible, aun a los escogidos de Dios (ver 2 Corintios 11:14). Hará todo lo posible por destruir a los creyentes y disminuir su efectividad y así detener la obra de Dios. Debemos comprender que estamos en una batalla mortal con un enemigo acérrimo
que ya fue conquistado, hemos de aprender a resistirlo con la autoridad del reino para que huya de nosotros (ver Santiago 4:7).
Sobre esta base, vamos exhortémonos los unos a los otros a buscar primeramente el reino de Dios y caminar de una manera digna de Dios, quien nos llamó a su reino y gloria (ver 1 Tesalonicenses 2:12).
¡Busca las cosas del reino!
Durante muchos años, cuando leía Colosenses 3, siempre me preguntaba a qué se refería exactamente cuando dice “las cosas de arriba”, las cuales hemos de buscar: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3:1-3).
Decidí hacer una lista de las cosas que yo sabía iban a estar en el cielo, para de esta manera poner mis afectos en ellas. Mi lista incluía los nombres de las personas que había guiado a Cristo, los tesoros que hacemos para el Señor, y las coronas que un día recibiremos si somos fieles hasta la muerte. Luego me di cuenta de un elemento importante que había pasado por alto: el trono en el cielo donde está Cristo sentado a la diestra de Dios.
Es en el trono de Dios donde se ejercita autoridad y se logra una vida de victoria.
Uno de los propósitos principales de buscar primeramente el reino de Dios y Su justicia, es que a través de la autoridad del reino nosotros podamos deshabilitar a Satanás y así establecer la obra de Dios. Por muchos años, yo he seguido el ejemplo del arcángel Miguel al pedir a Dios que reprenda a Satanás en el nombre y por la sangre de Jesucristo (ver Judas 9). Esto ha sido muy efectivo, sin embargo, la Escritura nos enseña que en Cristo, nosotros estamos sentados en lugares celestiales sobre todo principado y autoridad (ver Efesios 1:19-22; 2:6).
Basados en esta posición en Cristo, podemos nosotros luchar contra enemigos espirituales (ver Efesios 6:12).
Ante el trono de Dios, buscamos deshabilitar la influencia de Satanás en una situación dada. Podemos lograr esto al seguir el ejemplo de nuestro Señor Jesús. Tres veces fue tentado por Satanás, y las tres veces el Señor respondió citando la Escritura para deshabilitar cada tentación (ver Mateo 4:3-10). Satanás no tiene ninguna defensa delante de la espada de la Palabra de Dios, y tiene que huir. Esta arma es “…la espada del espíritu, que es la palabra [rhema] de Dios” (Efesios 6:17). Satanás podrá acusar a los escogidos delante del trono, pero Jesús es nuestro abogado y nuestro protector (ver Job 1:6-11; 1 Juan 2:1-2; Apocalipsis 12:9-10).
Al emplear Escrituras relacionadas a una situación, podemos deshabilitar a Satanás y hacer el trabajo de Dios sin que sea estorbado.
Una joven cristiana de 19 años fue engañada por Satanás. Rechazó todo lo que había aprendido de Dios y buscó los placeres del mundo. Para esto, parecía que no había consejo u oración que la hiciera entrar en razón. Un día, su madre leyó acerca del poder de la vida del reino (1) y aplicó lo que había aprendido acerca de la autoridad del reino. Se metió delante del trono de Dios y le pidió al Señor que bendijera a su hija con justicia y con pureza de corazón. Luego, resistió al diablo con las Escrituras reclamando que los hijos son herencia de Jehová y que son dedicados a Dios para santidad (ver Salmos 127:3; Romanos 12:1).
Al mismo tiempo en que esta madre intercedía ante el trono de Dios con autoridad del reino, su hija comprendió que ni ella, ni ninguno de sus amigos eran felices a no ser que estuvieran embriagados, y decidió rechazar ese estilo de vida destructivo. Dos semanas después, regresó al Señor con lágrimas de arrepentimiento y rindió su vida a Dios. La autoridad del reino es un arma poderosa en contra de Satanás, y vale la pena que nosotros nos esforcemos a buscarla y aprender a usarla.
¡Haz una inspecció n del reinó!
Cada reino tiene su territorio de jurisdicción. En el reino futuro de Cristo, Él ejercitará su autoridad sobre todas las naciones de la tierra; pero en su reino presente, Él quiere tener jurisdicción en todas las áreas de nuestro corazón.
Estaríamos buscando el reino de Cristo en vano, si no lo buscáramos con todo nuestro corazón, alma, mente y todas nuestras fuerzas.
La Escritura claramente nos enseña esto: “…y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón” (Jeremías 29:13). Muchos creyentes piensan que están cumpliendo con este requisito, pero en realidad fallan en pasar las pruebas que Dios emplea para confirmar Su señorío.
Estas pruebas están escritas en un pequeño libro, que se me regaló cuando era adolescente, titulado: “Mi corazón—hogar de Cristo” (1). El autor emplea la ilustración de una casa para simbolizar los compartimentos de nuestros corazones y sugiere que hagamos una inspección detallada de cada cuarto.
El cuarto de recreación simboliza los tipos de amigos que tenemos y las actividades en las que escogemos participar. El estudio o biblioteca representa los tipos de libros, revistas y otros temas que traemos a nuestras mentes. El comedor revela los apetitos y nuestros deseos. La recámara descubre el nivel de nuestra pureza moral. Los clósets indican aquellos pecados escondidos sin confesar que estamos guardando. Podemos poner un letrero en nuestros corazones diciendo: “Dios es cabeza de este hogar”, pero, ¿Tiene la llave y el control de todos los cuartos?
Nosotros debemos comprender que Dios quiere ser el Señor de todas las áreas de nuestra vida. Muchos cristianos cantan la expresión “Cristo es Señor de todo” pero en la práctica ellos reservan el derecho de escoger en las áreas de la vestimenta, películas, televisión, cómo emplear su tiempo, qué amigos tener y qué clase de música escuchar. Sin embargo, Dios quiere que le honremos en todas las áreas de nuestra vida, y que basemos nuestras decisiones en Su palabra.
Para el cristiano no debería haber división entre lo sagrado y las partes seculares de su vida, sino que hemos de honrar a Dios en todas las áreas.
Cuando era adolescente, uno de mis primeros trabajos fue el de empacador en un supermercado. No había trabajado ahí muchos días cuando el dueño decidió tocar un cierto tipo de música. Por las medidas modernas, esa música hubiera parecido suave, pero entre más la escuchaba, más descubría que no era el tipo de música que Dios quería que yo permitiera llegar a mi mente.
Hice una apelación con el dueño, pero me aseguró que no iba a cambiar la música; así que, mejor decidí renunciar al trabajo que dañar mi espíritu. Dios honró mi decisión no solo dándome un mejor empleo, sino que
aumentó la sensibilidad de mi espíritu al Espíritu Santo. Esto me ayudó en gran manera para discernir las decisiones futuras en el Señor. Yo te animo a que hagas una “inspección total de tu casa” y te asegures de que Dios está en control de cada “cuarto” que hay en tu corazón y en tu vida.
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