¡Proponte ser un sembrador!
Cada vez que escuchaba a algún pastor leer 2 Corintios 9:7, yo pensaba que se refería a la cantidad de dinero que yo decidía poner en el plato de la ofrenda aquel día. “Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre.”
Sin embargo, este pasaje tiene una aplicación más grande que sólo una ofrenda. Este pasaje nos habla de un estilo de vida: la vida dinámica del “sembrador”. El contexto inicia con las leyes de la cosecha: “El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará” (verso 6). Con este trasfondo, Dios nos invita a que nos propongamos en el corazón ser sembradores y determinemos qué tanta cosecha queremos recoger.
Dios da a los sembradores suficiente “dinero de pan” y “ dinero de semilla” para así tener con qué sembrar. Luego Dios multiplica el dinero de la semilla a todos los sembradores.
Esta maravillosa verdad ha sido corrompida por aquellos que enseñan que si nosotros le damos a Dios, Él nos va a regresar dinero para nuestros deseos. Un sembrador debe estar contento con “comida y vestido” y estimularse por sembrar para una gran cosecha, de tal manera que Dios multiplique “el fruto de justicia” nuestro, lo cual son las acciones de gracias en la eternidad de aquellos que recibieron sus provisiones por medio de nosotros.
Mi primera experiencia con este fenómeno fue cuando aún era adolescente. Un conferencista me retó a determinar dar una cantidad de dinero más grande de lo que era mi entrada, para la obra de Dios. Ese día escribí una cantidad que parecía grande, pero cada mes me proveyó Dios esa cantidad, muchas veces de maneras inesperadas. Entonces al final del año, Dios me regresó el doble de la cantidad que había dado (¡Esto se convirtió en nuevo dinero de semilla!).
Si nos enfocamos en nuestras necesidades, siempre nos miraremos necesitados, pero si nos enfocamos en sembrar, siempre tendremos lo suficiente para nuestras necesidades.
Ser un sembrador de los fondos que Dios nos provee “para cada buena obra”, demuestra el poderoso ciclo de la gracia de Dios. Primero, Dios nos da gracia (charis); luego, nosotros hemos de ser canales de su gracia a los demás a través de los dones (charisma), incluyendo dones monetarios. Los demás, luego le darán gracias a Dios por su gracia en nosotros (eucharist). Su alabanza a Dios continuará por toda la eternidad como fruto de nuestra justicia. Pablo dice: “como está escrito: Repartió, dio a los pobres; su justicia permanece para siempre” (ver 2 Corintios 9:8-9).
Otra cosa maravillosa que sucede, es que Dios motiva a los demás a suplir nuestra semilla: “Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir” (Lucas 6:38).
Un día leí la historia de un hombre que hizo propaganda a través del periódico local, que si alguien tenía un pago pequeño que no pudiera hacer, él lo iba a pagar. Mucha gente pobre respondió, él cumplió y pronto
corrió la voz en el área acerca de lo que había hecho. Oyendo esto, mucha gente comenzó a enviarle dinero y recibió miles de dólares para emplearlos sabiamente con familias necesitadas.
¿Te has propuesto ser un sembrador? ¿Estás regocijándote por el poder de Dios para impartir provisión a través de tu vida? ¿Cuánto de tu dinero es actualmente “dinero de semilla”? Propongámonos ser sembradores poderosos.