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¡Aprende la ley del reino!
Cada nación civilizada tiene un sistema de leyes. Las leyes son necesarias para establecer y mantener el orden civil. Las leyes sabias proveen libertad y dirección a sus ciudadanos para la prosperidad.
La “ley del reino” revela la sabiduría de Dios para hacer saludables, prósperos y exitosos a cada uno de los ciudadanos.
Es fácil considerar las leyes de Dios como arbitrarias y restrictivas; esa es la manera en que Satanás quiere que las consideremos. Satanás engañó a Eva al sugerirle que Dios estaba ocultando algo bueno a ella y a Adán al no permitirles comer del árbol de la ciencia del bien y del mal (ver Génesis 3).
La razón por la cual Dios establece leyes, es proteger a aquellos a quienes Él ama, y demostrar al mundo su amor, poder y sabiduría a través de nuestras vidas. Dios dio a Adán y a Eva mandamientos específicos con este propósito. Dios también escogió a la nación de Israel para demostrar al mundo el sistema de leyes más sabio que jamás haya conocido.
Así también ha dado las “leyes del reino” a todos los discípulos de Jesucristo. Muchas de las leyes que Dios les dio a los hijos de Israel describen acciones externas, pero las “leyes del reino” expresadas en los mandamientos de Jesucristo, se enfocan en los motivos internos.
Mientras más control interno tengan los ciudadanos de un reino, menos leyes necesitan para el control externo.
Las leyes del reino de Dios no solamente son vitales para una vida piadosa, sino también para expandir el reino de Dios en todas las naciones. Se nos ha ordenado ir a todas las naciones y hacer discípulos “…enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado…” (Mateo 28:20).
Cuando al fin comprendí la importancia de los mandamientos de Cristo, hice una lista de ellos a partir de las enseñanzas de los evangelios. Algunos mandamientos se les dieron a personas específicas para propósitos específicos, pero noté que 49 mandamientos eran aplicables a todos los creyentes para seguirlos y guardarlos. Estos mandamientos nos dan maneras específicas de cómo amar a Dios y a los demás, y ya que estos son el fundamento de toda sabiduría, los mandamientos de Cristo son el enfoque de estos correos electrónicos diarios (ver Mateo 22:37-40).
Demostremos nuestro amor al Señor guardando Su “ley del reino” delante de nuestros ojos y en nuestros corazones al meditar en ellos (ver Juan 14:21). Esta es la meta del programa para el éxito diario.
¡Somete tu mente bajo autoridad!
El rey Saúl era más alto de los hombros para arriba que cualquier otro hombre de Israel. En todas las apariencias externas, Saúl parecía ser un gran rey, pero internamente era controlado por muchos temores. Cuando los filisteos vinieron en contra del pueblo de Israel, y que la gente comenzó a huir, Saúl invadió el área de jurisdicción del sacerdote y personalmente ofreció un holocausto a Dios, en vez de esperar la llegada de Samuel. Esta acción descalificó a su descendencia para jamás volver a ocupar el trono sobre Israel (ver 1 Samuel 13:8-14). Después, también Saúl desobedeció el mandamiento de Dios, de destruir completamente la nación de Amalec, dando una excusa: “Tuve temor al pueblo” (ver 1 Samuel 15:24-26). Por causa de esta desobediencia, Dios rechazó a Saúl como rey.
Jonatán es una analogía de nuestro intelecto humano. Debido a que está conectado con nuestra vieja naturaleza pecaminosa, no se le puede permitir reinar en nuestras vidas.
Jonatán tenía grandes cualidades para el liderazgo, tenía valor y había logrado grandes cosas. Nuestro intelecto humano es lo mismo. Jonatán amaba a David y sabía que era la voluntad de Dios que reinara sobre Israel en su lugar. Cuando Saúl se enteró del amor y lealtad que tenía Jonatán a David, también trató de matar a Jonatán. De esta misma manera, nuestra vieja naturaleza se opone a que nuestro intelecto se rinda a la autoridad correcta.
Este conflicto se describe en Romanos 7:22-25: “Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.”
Es significativo comprender que David no podía reinar en el trono de Israel hasta que ambos, Saúl y Jonatán murieran.
Aún después de la muerte de Saúl y Jonatán fue necesario para la nación de Israel escoger a David como su rey, y después de que David fue ungido como rey hubo continuos conflictos entre la “Casa de Saúl” y la “Casa de David”. Conforme transcurrió el tiempo, sin embargo, la casa de David se fue fortaleciendo más y más, mientras que la casa de Saúl más y más se fue debilitando.
Cuando mi asistente comprendió las ricas analogías, exclamó: “¡Esta es la respuesta! Yo soy cristiano, pero he estado trayendo conocimiento a mi mente en vez de traerlo a mi espíritu. He tratado de emplear el razonamiento humano para vivir la vida cristiana, y no me ha funcionado”. Allí comprendió la necesidad de tomar una decisión consciente de someter siempre la mente bajo la autoridad de la Palabra de Dios y del Espíritu Santo, para que así la justicia de Jesucristo reine en nuestros corazones.
Después de que nos postramos y tomó esta decisión, me preguntó: “Ahora, ¿Cómo hago esta transferencia del control, desde mi mente a mi corazón? Yo le expliqué que los Salmos de David eran una expresión de corazón a corazón en íntima relación con Dios. Luego dijo: “No me gusta leer los Salmos, tienen muy poco significado para mí”. Sin embargo, después de que se fue a su cuarto y comenzó a leerlos, descubrió que tenía una nueva apreciación por el significado de las verdades que contenían, ya que ahora el Espíritu Santo estaba a cargo de su mente. Te invito a que pongas tu mente bajo la autoridad de la Palabra de Dios y del Espíritu Santo hoy.
¡Comprende el reino de Dios!
Hace unos años, me encontraba en Northwoods en mi retiro anual buscando al Señor, cuando mi asistente me compartió un problema que estaba experimentando. Él había sido un cristiano por muchos años y había recibido una gran riqueza de entrenamiento bíblico, pero por alguna razón no estaba experimentando la victoria que él sabía era posible en Jesucristo. Yo le dije que iba a iniciar un estudio acerca del mandamiento de buscar primeramente el reino de Dios, y que podríamos hablar más de su situación la siguiente mañana.
Después que me dejó solo, me di cuenta que no comprendía totalmente el reino de Dios, ni tampoco lo podía imaginar. Luego, recordé que todos los mandamientos de Jesucristo tienen sus fundamentos en el Antiguo Testamento y sus aplicaciones en el Nuevo Testamento. Así que decidí buscar en el Antiguo Testamento las bases de este mandamiento, y lo que encontré fue un amplio paralelo entre el reino de la nación de Israel y el reino de Dios, lo cual me ayudó a comprender mejor este mandamiento.
La fundación y la estructura de la nación de Israel son una analogía significativa acerca del reino de Dios en nosotros.
La nación se inició con un hombre (Abraham), quien tuvo fe en Dios y entró en un pacto de sangre con Dios. Así también, el reino presente de Dios se inicia con una persona que tiene fe en el Señor Jesucristo, quien entra en un nuevo pacto de comunión a través de su sangre (ver Efesios 2:12-14).
Me di cuenta también de que la nación de Israel tenía leyes que Dios le dio a través de Moisés. También, el reino de Dios tiene mandamientos que Él nos ha dado por medio de nuestro Señor Jesucristo. Así como las leyes le proveían a Israel seguridad y guía, así también los mandamientos de Jesucristo nos dan dirección y protección a todos los creyentes.
Las analogías entre los dos primeros reinos de Israel (el de Saúl y el de David), y nuestras naturalezas (la vieja y la nueva naturaleza), también son abundantes y profundas. Cuando Saúl descubrió que David iba a ser el próximo rey, buscó matarle; así también nuestra vieja naturaleza hace guerra continua en contra de nuestra nueva naturaleza: “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis” (Gálatas 5:17).
Hasta que nuestra vieja naturaleza, representada por Saúl, sea muerta, entonces nuestra nueva naturaleza representada por David podrá reinar.
La siguiente mañana, yo compartí lo que había aprendido de la Palabra de Dios con mi asistente. Cuando comprendió la importancia de considerar muerta su vieja naturaleza para permitir que el Espíritu de Dios reine, pudo establecer una relación más íntima y más abundante con el Señor como nunca antes lo había experimentado. En el correo electrónico de mañana explicaré lo que hizo mi asistente.
¡Busca el reino correcto!
No hay duda alguna en cuanto a la importancia del próximo mandamiento. Jesús dejó bien en claro que guardarlo deberá ser una prioridad sobre todas las demás cosas que buscamos.
Mandamiento catorce: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33).
Durante su ministerio terrenal, Jesús habló de dos reinos. Uno fue el reino futuro en el cual Él reinará en toda la tierra. Parece ser que cada vez que los discípulos hablaban de este reino, terminaban en discusiones, porque querían saber quién de ellos iba a ser el más grande en él (ver Mateo 18:1).
En una ocasión, la madre de Juan y Santiago se acercó a Jesús y le pidió que cada uno de sus hijos se sentara junto con Él en su trono, uno a su diestra y el otro a su siniestra. Esta petición causó indignación en los demás discípulos, quienes consideraron esto como una manera inapropiada de obtener poder (ver Mateo 20:20-21, 24).
Es muy significativo que este mismo espíritu de debate y controversia siga ocurriendo en nuestros días entre diferentes grupos cristianos, quienes tratan de visualizar lo que va a pasar en el reino futuro de Jesucristo. Muchos de estos grupos han causado una gran división en el cuerpo de Cristo por su creencia vehemente en eventos futuros.
El reino presente de Dios está dentro de nosotros. Buscarlo incluye entregar a Jesucristo la completa jurisdicción de nuestros corazones y nuestras vidas.
El otro reino del cual habló Jesús, es el reino de Dios que está en nosotros (ver Lucas 17:21). Para entrar a este reino, se requiere una actitud de humildad, la cual no había en los discípulos, quienes se estaban enfocando en el reino futuro de Cristo. Cuando los discípulos argumentaron entre ellos, discutiendo quién iba a ser más grande en el reino, el Señor Jesús trajo un niño y lo puso en medio de ellos y les dijo: “De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos” (Mateo 18:3-4).
También, después de que la madre de Santiago y Juan trató de ayudar a sus hijos, el Señor Jesús dijo: “Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20:26-28).
El primer prerrequisito para entrar al reino presente de Dios es reconocer humildemente que Jesucristo es el Rey de reyes y Señor de señores y poner nuestra fe en Él para salvación. Esto es fundamental para el desarrollo de las cualidades del reino en nuestros corazones: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos... Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad” (Mateo 5:3,5).
Dejemos de discutir acerca de eventos futuros y mejor enfoquémonos en el reino presente de Dios al permitirle que reine sobre todas las áreas de nuestra vida.
¡Aprende có mó sóbreabundar!
Hay un peligro potencial al ser un sembrador. Cuando las riquezas se aumentan, existe la tentación de poner nuestros corazones en ellas y querer usarlas para nuestros deseos personales. Por esta causa Dios nos advierte: “…Si se aumentan las riquezas, no pongáis el corazón en ellas” (Salmos 62:10). “¿Has de poner tus ojos en las riquezas, siendo ningunas? Porque se harán alas, como alas de águila, y volarán al cielo” (Proverbios 23:5).
Si fracasamos en honrar al Señor con los primeros frutos de nuestra labor, no podremos esperar que Él reprenda al “devorador” por nosotros (ver Malaquías 3:8- 11).
La obra del devorador puede ser evidente por varias pérdidas o gastos en los que se incluyen: robos, devaluaciones, accidentes, enfermedades, pagos de hospitales, pérdidas de negocios, malas inversiones, etc.
Hace años, a un carpintero temeroso de Dios, se le pidió que hiciera un trabajo para el dueño de una compañía. Cuando el dueño de la compañía no pudo pagar por el trabajo del carpintero, éste ofreció pagarle por medio de acciones de una mina de oro abandonada. Unos meses después, se descubrió una nueva veta de oro en la mina y el valor de las acciones se incrementó en gran manera.
El carpintero vendió sus acciones. Cuando se le preguntó si planeaba honrar al Señor con las primicias de sus ganancias (ver Proverbios 3:9-10), contestó que en vez de dar primicias o diezmos, iba a reinvertir el dinero en una acción de petróleo para después poder tener más dinero con el cual honrar a Dios. Él y un amigo suyo, tomaron todo su dinero y lo invirtieron en este proyecto; al tiempo se descubrió que era un engaño, y ambos perdieron todo su dinero y aún tuvieron que pagar por el servicio de los abogados. Su tristeza causó la muerte temprana de sus esposas y aun la de ellos.
Si nos consideramos como productores de riquezas, en vez de ser canales de riquezas, estaremos en peligro.
Dios es quien nos da el poder para obtener riquezas. Él es quien aumenta o disminuye nuestra habilidad para dar. Job comprendía esto cuando declaró: “…Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito” (Job 1:21).
R.G. LeTourneau, fabricante de maquinarias pesadas para mover la tierra, fue un gran hombre de Dios en el área de dar. Temprano en su carrera, Dios le enseñó la importancia de diezmar, y conforme sus negocios prosperaban, sintió un mayor deseo de dar a la obra de Dios, y no solamente el diezmo. Él dijo: “…cuando consideramos lo que Él ha hecho por nosotros, nosotros deberíamos hacer [más] por Él, que sólo darle nuestra gratitud…”. Este deseo lo guió a él y a su esposa a dar el 50% de sus ganancias personales y de los negocios para la obra de Dios. Conforme siguieron creciendo sus negocios, y las entradas aumentaban, sintieron que aún poseían demasiado para ellos y decidieron dar el 90% a la obra de Dios.
Pablo nos da un sabio consejo sobre cómo abundar en riquezas. Nosotros sólo podemos aprender cómo abundar, si primero aprendemos a padecer necesidad con contentamiento (ver Filipenses 4:12). Cuando aprendemos a estar contentos con comida y vestido, estaremos listos para abundar.
Tú podrás proveer mucho ánimo a tus familiares si escribes ejemplos de tu vida de cómo sembraste y cómo recogiste. ¿Tienes también ejemplos de cómo el devorador te quitó fondos que no diste al Señor como deberían ser dados?
¡Imagina los tesoros eternos!
Los tesoros de la tierra son fáciles de imaginar (dinero en abundancia, valiosas posesiones, carros costosos, casas extravagantes, etc.). Sin embargo, es mucho más difícil imaginarse los tesoros en el cielo que no se pueden ver. Pero aun con esto, Dios nos instruye a hacer tesoros en el cielo.
La mente humana necesita imaginarse las cosas antes de que el corazón se apegue a ellas.
El joven rico se encontró ante un gran reto cuando Jesús le dijo que repartiera todos los tesoros terrenales que tenía, por los tesoros eternos en el cielo. Él podía ver los tesoros de la tierra, pero quizás no pudo imaginarse los tesoros eternos del cielo, por lo tanto, “…se fue triste, porque tenía muchas posesiones” (Mateo 19:22).
Pablo hace una recomendación semejante a todos los creyentes. Si nosotros distribuimos nuestro dinero a los pobres, Dios multiplicará los frutos de nuestra justicia, la cual permanecerá a través de la eternidad (ver 2 Corintios 9:9-10). Pero, ¿Cómo podemos imaginar los frutos de justicia? Entender esto es muy importante, ya que se nos dice que busquemos primeramente el reino de los cielos y su justicia, y todo lo demás nos será añadido (ver Mateo 6:33).
Hay por lo menos cuatro tipos de fruto de justicia identificados en las Escrituras, en los cuales podemos invertir, reconociendo que tienen valor eternal. Estos tipos de fruto incluyen: los hijos, que son fruto del vientre (ver Salmo 127:3); un carácter piadoso, lo cual es fruto del Espíritu (ver Efesios 5:9); contribuciones generosas, las cuales son el fruto que abundan en nuestra cuenta (ver Filipenses 4:17); y de nuevos convertidos para discipular, los cuales son el fruto de nuestro gozo (ver Romanos 1:13).
Dios también nos promete coronas eternas, las cuales se nos darán en base a nuestra fidelidad. Está la corona de justicia, que recibirán aquellos que esperan la aparición de nuestro Señor Jesucristo (ver 2 Timoteo 4:7-8); la corona de gloria, para aquellos que discipulan a los demás (ver 1 Pedro 5:1-4); la corona de la vida, para aquellos que soportan la tentación (ver Apocalipsis 2:10).
La alabanza de acción de gracias que los demás dan a Dios por causa de nuestra generosidad, se escuchará por toda la eternidad.
Ya que Dios mantiene todo en sus registros, sería sabio de nuestra parte hacernos algunas preguntas importantes: ¿Contemplamos a los hijos como bendiciones o como cargas? ¿Es evidente el fruto del Espíritu en nuestras vidas? ¿Cuántos discípulos hemos hecho? ¿Cuánto de nuestros recursos hemos invertido en la obra de Dios? ¿Nos hemos determinado ser fieles hasta la muerte?
¡Encuentra tu verdadera identidad!
Recientemente, una pareja vino a mí por consejería. La esposa estaba frustrada, y el esposo estaba tan deprimido que no podía cumplir sus roles. Había sido despedido de su trabajo, donde era proveedor de cuidado médico, y no había podido encontrar trabajo por dos años.
Su trabajo era su vida y su gozo, en él encontraba su identidad en la comunidad y entre sus amigos. Le daba valor a sí mismo, lo cual era la clave de su problema.
Nuestra verdadera identidad no puede estar basada en lo que hacemos o en lo que poseemos, sino en nuestra relación íntima con Jesucristo.
Todos necesitamos una identidad, la cual nos da estatus y confianza. Sin embargo, mucha gente piensa erróneamente que va a ganar su identidad a través de las cosas que posee o por medio de la ocupación que tiene en la comunidad, lo cual otros admirarán o inclusive envidiarán. Otros también piensan que van a encontrar su identidad por medio de los placeres en que se envuelven.
Estas tres identidades falsas fueron la raíz de las tentaciones de Satanás a Jesucristo en el desierto. Primero, Satanás lo tentó con la identidad de los placeres: “Manda a estas piedras que se vuelvan pan”. La segunda tentación tuvo que ver con la identidad a través de la posición: “Si eres Hijo de Dios, échate abajo”. La tercera tentación tuvo que ver con la identidad en las posesiones materiales, cuando le mostró los reinos de la tierra y su gloria: “Todas estas cosas te daré si postrado me adorares” (ver Mateo 4:1-10).
Si buscamos establecer nuestra identidad fuera de nuestra relación con el Señor Jesucristo, experimentaremos desilusión y fracaso.
Hace unos días le hice una de mis preguntas favoritas a un estudiante de 20 años de edad. ¿Qué es lo que quieres hacer con tu vida? El estudiante contestó: “Encontrar un buen trabajo”; luego le volví a preguntar: ¿Qué más quieres hacer? La respuesta fue: “Ser un legislador”. En seguida le volví a preguntar: ¿Qué es lo que quieres hacer después de eso? La respuesta fue: “Ser un asistente del presidente”. Este estudiante estaba tratando de encontrar su identidad a través de las posesiones y de las posiciones.
En contraste a este joven, yo recuerdo el tiempo cuando fui llevado al aeropuerto de Taipei en Taiwán; le pregunté a un joven de 15 años que iba en el taxi, qué era lo que planeaba hacer en el futuro. Él respondió que no sabía exactamente, entonces mi asistente Michael LeFebvre, habló y dijo: “Cuando yo tenía 15 años, mi meta era amar al Señor con todo mi corazón, mi alma, mi mente y mis fuerzas. Dios promete que ni siquiera podemos imaginar lo que Él puede hacer por aquellos que le aman” (ver 1 Corintios 2:9).
En el proceso de entregar mi vida al Señor Jesucristo, abandoné las metas que tenía de encontrar mi identidad; en lugar de eso, me enfoqué más en el Señor Jesucristo, y he experimentado una grandiosa libertad. No importa qué acontezca con la posición, posesiones o placeres, ya que no son fundamentales en la vida. Mi oración es que cada uno experimente el gozo y la libertad que viene al identificarnos solamente con el Señor Jesucristo.
¡Valora tu recurso ma s importante!
Grandes cantidades de dinero se malgastan en cuidado médico las últimas semanas de vida de una persona. Esto demuestra los increíbles esfuerzos que se hacen por extender la vida, aun por un corto tiempo. Verdaderamente el tiempo es nuestro recurso más valioso, ya que jamás puede recuperarse. Sin el tiempo, no seríamos capaces de ganar dinero o de disfrutar las cosas por las cuales trabajamos.
El tiempo es un tesoro muy valioso que atrae a muchos ladrones.
La mayoría de nosotros, no consideramos qué tan valioso es el tiempo, ni tampoco reconocemos a aquellos ladrones que nos lo hurtan. Una de los pocos recuerdos que tengo de la clase de gramática es un poema que aprendí en quinto grado: “Perdido, el ayer, entre el amanecer y el anochecer, dos horas doradas, cada una de ellas con sesenta minutos de diamante. Ninguna recompensa se ofrece, porque se han perdido para siempre”.
Dios nos confirma la importancia del tiempo al instruirnos a redimirlo, porque los días son malos (ver Efesios 5:16). ¿Cómo redimimos nuestro tiempo? Para poder redimir un cupón, hemos de cambiarlo por algo de más valor. Así también debemos hacer con el tiempo.
Primero, hemos de recibir cada día como un regalo de Dios y reconocer que vamos a darle cuentas de la manera en que empleamos nuestro tiempo. En seguida, debemos evaluar las actividades en que estamos envueltos y determinar si realmente vale la pena invertirles nuestro tiempo. Finalmente, al hacer una lista de nuestras responsabilidades diarias, podemos buscar maneras más eficientes para desarrollarlas.
Por ejemplo, si nos ahorramos 20 minutos al día por emplear maneras eficientes de hacer las cosas, al final del año tendríamos tres semanas completas de 40 horas de trabajo. Basados en esto, ¡Piensa en cuánto tiempo podríamos ahorrarnos al día al desechar cualquier actividad improductiva!
Cuando se trata del tiempo y de actividades, las “buenas” cosas de la vida son enemigas de las “mejores” cosas de la vida.
El apóstol Pablo no dijo: “Escojan las cosas que son buenas” sino que dijo: “para que aprobéis lo mejor…” (Filipenses 1:10). El mejor consejo que he recibido con respecto al uso del tiempo fue de Jack Hamilton, quien me ayudó a iniciar esgrimas bíblicas.
Jack se amistó conmigo cuando éramos adolescentes y un día me dijo: “Bill, cuando entres a la escuela preparatoria, hazte dos preguntas antes de envolverte en actividades extracurriculares”.
Primero: ¿Esta actividad valdrá la pena desde ahora hasta los próximos diez años? Y segundo: ¿Contará para la eternidad? Jack continuó explicándome la importancia de considerar estas dos preguntas. “Imagínate a ti mismo con la mano en las manceras del arado en un campo de siembra. Para poder hacer la línea derecha, tienes que alinear dos objetos, puede ser el poste del cerco con un árbol distante. Cuando estas cosas se alinean como una sola cosa, sabes que estás haciendo surcos derechos, pero si se separan estos dos objetos, sabrás entonces que vas en un camino torcido”.
Conforme tomé decisiones basadas en las respuestas de estas dos preguntas, pude emplear más tiempo haciendo cosas significativas para el Señor, tal como presentar el evangelio a cada estudiante en mis años de secundaria y preparatoria. Por causa de estas decisiones, he venido experimentando en mi vida el gozo de las cosas perdurables. Te insto a considerar las actividades en las que estás envuelto en este momento haciéndote las dos preguntas: ¿Va a contar en diez años? ¿Va a contar para la eternidad?
¡Pasa la prueba de administrador!
Yo había leído con interés casual la parábola del Señor Jesús acerca de los tres siervos, hasta el día en que comprendí que yo también era un siervo, un administrador que tenía que dar cuentas a Dios de la manera en que manejé sus recursos.
A cada administrador se le había dado una cantidad diferente de dinero, junto con tiempo suficiente para hacer inversiones sabias. Dos de ellos doblaron la cantidad que se les había entregado, y fueron alabados, mientras que el tercer administrador solamente devolvió la misma cantidad que se le había entregado, y por esto fue maldecido (ver Mateo 25:14-30). Esta historia me decidió a proponerme la meta de vivir con lo menos posible, e invertir lo más que pudiera en la obra del Señor.
¡Un administrador no es alabado por proteger los recursos, sino por multiplicarlos para hacer avanzar la obra de su señor!
Juan Wesley demostró una administración increíble a través de su histórico ministerio. Él aconsejaba a los hombres: “Gana todo lo que puedas, ahorra todo lo que puedas, y reparte todo lo que puedas”. Su vida personal fue un ejemplo perfecto de frugalidad, repartía grandes cantidades de dinero y en los últimos días de su vida, tuvo una mínima cantidad. Sin embargo, dejó un gran legado en América y en Inglaterra.
Una de las maneras prácticas para ahorrar dinero, es comprar cosas usadas. El doctor Morgan, pastor de la Iglesia Sagemont en Houston Texas, es un sabio administrador quien anima a los demás a ahorrar dinero por medio de varias maneras creativas. Cuando alguien le decía, “Yo jamás compraría un colchón usado, porque no sabes quién durmió sobre él”, el Dr. Morgan hacía reír a las personas al preguntarles con convicción: Cuando se quedan en un hotel, ¿Saben ustedes quién durmió en el colchón?”
La semilla en nuestra bolsa no produce la cosecha, sino que es la semilla que sembramos directamente en la tierra fértil la que se multiplica.
Cuando se trata de comprar, continuamente soy retado por una anciana viuda que vive bajo el seguro social, quien continúa enviando un dólar al mes para nuestro ministerio. Un día me escribió diciendo: “Yo estoy segura que te cuesta más saber cuánto envío, que el mismo regalo que envío; me gustaría poder enviar más, pero no puedo; por tanto, ya no te voy a molestar con más de mis regalos”. Yo le contesté y le expliqué que su ofrenda mensual de un dólar estaba produciendo una cosecha de miles de dólares, porque cada vez que yo hacía una compra y ahorraba aun cinco dólares, pensaba: “Estos son cinco meses de ofrenda de esta viuda santa”. La administración sabia no consiste solamente en una forma de pensar, sino que es un estilo de vida.
Hace algunos años, un hombre de negocios muy rico nos dio una conferencia al personal que lleva la administración de nuestro ministerio, en el cual nos decía que él y su esposa llevaban cada uno un radio para comunicarse.
Cada uno de ellos iba a un supermercado y se comunicaban comparando el precio de los diferentes productos. Si el precio era de 10 centavos por lata en una tienda y 8 en otra, ellos compraban la lata de 8
centavos. Nuestro personal de administración se rió al escuchar esto. ¿Ya terminaron? Les preguntó con seriedad convincente, “su risa me dice por qué yo soy un millonario y ustedes no”. Las personas ricas no piensan en términos de dólares y centavos, sino en términos de porcentaje. Un ahorro de 2 centavos en una compra de 10 centavos es un descuento del 20%. Imagínate todo el ahorro que podrías tener en toda tu vida con un descuento del 20% en todos tus gastos! Formemos en nosotros una mentalidad de millonarios, para la próxima compra que hagamos.
¡Proponte ser un sembrador!
Cada vez que escuchaba a algún pastor leer 2 Corintios 9:7, yo pensaba que se refería a la cantidad de dinero que yo decidía poner en el plato de la ofrenda aquel día. “Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre.”
Sin embargo, este pasaje tiene una aplicación más grande que sólo una ofrenda. Este pasaje nos habla de un estilo de vida: la vida dinámica del “sembrador”. El contexto inicia con las leyes de la cosecha: “El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará” (verso 6). Con este trasfondo, Dios nos invita a que nos propongamos en el corazón ser sembradores y determinemos qué tanta cosecha queremos recoger.
Dios da a los sembradores suficiente “dinero de pan” y “ dinero de semilla” para así tener con qué sembrar. Luego Dios multiplica el dinero de la semilla a todos los sembradores.
Esta maravillosa verdad ha sido corrompida por aquellos que enseñan que si nosotros le damos a Dios, Él nos va a regresar dinero para nuestros deseos. Un sembrador debe estar contento con “comida y vestido” y estimularse por sembrar para una gran cosecha, de tal manera que Dios multiplique “el fruto de justicia” nuestro, lo cual son las acciones de gracias en la eternidad de aquellos que recibieron sus provisiones por medio de nosotros.
Mi primera experiencia con este fenómeno fue cuando aún era adolescente. Un conferencista me retó a determinar dar una cantidad de dinero más grande de lo que era mi entrada, para la obra de Dios. Ese día escribí una cantidad que parecía grande, pero cada mes me proveyó Dios esa cantidad, muchas veces de maneras inesperadas. Entonces al final del año, Dios me regresó el doble de la cantidad que había dado (¡Esto se convirtió en nuevo dinero de semilla!).
Si nos enfocamos en nuestras necesidades, siempre nos miraremos necesitados, pero si nos enfocamos en sembrar, siempre tendremos lo suficiente para nuestras necesidades.
Ser un sembrador de los fondos que Dios nos provee “para cada buena obra”, demuestra el poderoso ciclo de la gracia de Dios. Primero, Dios nos da gracia (charis); luego, nosotros hemos de ser canales de su gracia a los demás a través de los dones (charisma), incluyendo dones monetarios. Los demás, luego le darán gracias a Dios por su gracia en nosotros (eucharist). Su alabanza a Dios continuará por toda la eternidad como fruto de nuestra justicia. Pablo dice: “como está escrito: Repartió, dio a los pobres; su justicia permanece para siempre” (ver 2 Corintios 9:8-9).
Otra cosa maravillosa que sucede, es que Dios motiva a los demás a suplir nuestra semilla: “Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir” (Lucas 6:38).
Un día leí la historia de un hombre que hizo propaganda a través del periódico local, que si alguien tenía un pago pequeño que no pudiera hacer, él lo iba a pagar. Mucha gente pobre respondió, él cumplió y pronto
corrió la voz en el área acerca de lo que había hecho. Oyendo esto, mucha gente comenzó a enviarle dinero y recibió miles de dólares para emplearlos sabiamente con familias necesitadas.
¿Te has propuesto ser un sembrador? ¿Estás regocijándote por el poder de Dios para impartir provisión a través de tu vida? ¿Cuánto de tu dinero es actualmente “dinero de semilla”? Propongámonos ser sembradores poderosos.
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