Permanecer
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  • Mandamiento 8 - Cumple tu palabra - Serie Los 49 mandamientos de Jesús (Permanecer)

    MANDAMIENTO 8: CUMPLE TU PALABRA

    CUALIDAD DE CARÁCTER: VERACIDAD

    Veracidad vs. Engaño

    La veracidad es comunicar con nuestra vida y nuestras palabras lo que es verdadero y justo.

    Una palabra hebrea para verdad es ’emeth, y significa “estabilidad, certidumbre, seguridad.” Viene de la raíz ’aman que significa “construir o apoyar; impulsar como un padre o cuidador; ser firme o fiable, depositar la confianza o creer, ser permanente”. También se traduce como inconmovible y comprobado.

    Cuando Jesús hizo hincapié en la verdad, Él utilizaba frecuentemente la frase de cierto dos veces, como en Juan 3:3 “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.” De cierto se deriva de la raíz de la palabra ’aman.

    ¿Qué podemos lograr con la verdad?

    Hay poder en la verdad, porque la verdad es la esencia misma de Dios y es el medio por el cual Él lleva a cabo Su trabajo en el mundo.

    1. La verdad nos lleva a Cristo–“Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas” (Santiago 1:18).

    2. La verdad nos lleva a la luz–“Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios” (Juan 3:21).

    3. La verdad purifica nuestras almas–“Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro” (I Pedro 1:22).

    4. La verdad nos libera–“Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32). La verdad nos libera destruyendo las ideas y conclusiones falsas que nos mantienen en miedo y esclavitud. “Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo” (II Corintios 10:4-5).

    5. La verdad nos conduce en el camino correcto–“Envía tu luz y tu verdad; éstas me guiarán” (Salmo 43:3).

    6. La verdad nos equipa para adorar a Dios–“Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4:23-24).

    7. La verdad nos purifica de toda iniquidad–“Con misericordia y verdad se corrige el pecado, y con el temor de Jehová los hombres se apartan del mal” (Proverbios 16:6). La lujuria y las adicciones mantienen a muchos en esclavitud. Este estado de esclavitud proviene de un espíritu de suciedad.


    9 min
  • Día 49 - Mandamiento 7 - Serie Los 49 Mandamientos de Jesús (Permanecer)

    ¡Elimina las provisiones que te atrapan!

    Un hombre trató de conquistar años de pasiones lujuriosas; sin embargo, nunca obtuvo una victoria duradera. Por un corto tiempo tenía libertad, pero cuando su lujuria lo vencía, iba a su tienda secreta de pornografía y se entregaba a los deseos lujuriosos. Una de las causas obvias de su derrota fue la violación de la siguiente instrucción:

    “Vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne” (Romanos 13:14).

    Muchos padres desconocen totalmente el daño que les producen las provisiones sensuales a ellos mismos y la derrota moral que les acarrea a sus hijos e hijas. Un día, un adolescente me contó que estaba solo en casa cuando sintió un repentino deseo de sacar el cajón de abajo del vestidor de su padre para ver qué había debajo. Era un impulso extraño, pero lo hizo y descubrió un montón de revistas pornográficas, las cuales se convirtieron en una adicción para él.

    En otra situación un padre justificó tener televisión en casa porque solo era para mirar deportes. Sin embargo, su hijo me confesó más tarde que tenía la costumbre de ver películas indecentes después de que su padre se fuera a la cama.

    Los padres nunca serán demasiados extremistas en el cuidado en este asunto. Recuerdo el momento en que una de mis hermanas le dijo a mi padre que estaba teniendo pensamientos lujuriosos mientras leía los informes de los periódicos sobre delitos sexuales, y mi padre tuvo que detener esa suscripción. Llegué a respetarlo aún más por esa decisión. Ahora nos enfrentamos al mayor problema del Internet. Si un padre no protege el acceso a internet de los dispositivos móviles y computadoras de su casa a través de aplicaciones, programas o software de control parental, entonces estará invitando a sus hijos e hijas a la derrota moral, incluida la de los padres.

    Hay una buena razón por la que Pablo dio esta instrucción:

    “Quiero verlos expertos en el bien y ni siquiera principiantes en el mal” (Romanos 16: 19 — Traducción J. B. Phillips).

    Hoy sería un excelente momento para evaluar cuidadosamente las cosas en su hogar que podrían estar causando tentaciones o derrotas morales a usted y su familia. Así como Jesús, Nehemías y otros limpiaron el templo, también debemos limpiar nuestro hogar y nuestra vida de aquellas cosas que desagradan al Espíritu Santo, porque nuestros cuerpos son los templos del Espíritu Santo.

    Asegúrese de eliminar solo lo que le pertenece. Sin embargo, si sus hijos e hijas han traído cosas sensuales al hogar, incluyendo música incorrecta, usted debe lidiar con eso con prudencia y firmeza. La exhortación de Pedro sería un buen punto de partida: “Os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de las pasiones carnales que combaten contra el alma” (1 Pedro 2:11). Un testimonio de su progreso en esta área sería un maravilloso apunte en su diario de hoy.

    4 min
  • Día 48 - Mandamiento 7 - Serie Los 49 Mandamientos de Jesús (Permanecer)

    ¡Emplea tu arma principal!

    Cuando se trata de conquistar la lascivia, no hay arma más poderosa que la meditación en la Palabra de Dios. Esta debe ser empleada en todo tiempo, aun cuando pensemos que no es efectiva.

    “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra” (Salmos 119:9).

    El siguiente testimonio es de un pastor. Este afirma un principio vital.

    “Yo crecí en un ambiente de alcoholismo y abusos; me faltaba quién me motivara y amara. Comencé a descubrir todo lo que Satanás ofrece en el mundo, comenzando con la pornografía. Ya estaba predicando en ese entonces y mi conciencia me reprendía con gran dolor en cada incidente”.

    “Con lágrimas de sinceridad le pedía perdón al Señor por mi pecado, pero la tentación volvía a mí con más fuerza. Una fuerza poderosa me estaba empujando al lodo cenagoso de la impureza moral. Yo aborrecía lo que estaba sucediendo y traté muchas veces de cambiar las cosas, pero nada funcionaba”.

    “Finalmente, en una ocasión pude asistir a mi primer Seminario Básico y escuché el principio de la meditación y de injertar Romanos 6 en mi corazón. Comencé a hacer una lista de todos mis pecados pasados que recordaba, y a relacionarlos a la raíz, confesándolos”.

    “Escribí cada verso de Romanos 6 en tarjetas y los recitaba continuamente hasta que pude memorizarlos por completo. Luego, al acostarme los volvía a decir de memoria, meditando en las frases y personalizando la aplicación. Cuando me levantaba a la mañana siguiente, meditaba en nuevos versos, y así lo seguía haciendo durante el día cuando tenía oportunidad, uniendo un nuevo verso a los anteriores; así comencé a ver las cosas desde una nueva perspectiva”.

    “Algunas veces en el proceso caía en pecado y me desanimaba, pero decidí seguir meditando en la Palabra de Dios, aún cuando fallaba; así, en vez de rendirme a mi pecado, me propuse firmemente someterme por completo a estar bajo la autoridad de la Palabra de Dios”.

    “A la segunda semana de estar meditando de día y de noche, mi paz y gozo fue aumentando; ya para la tercera semana tenía un nuevo sentir en mi espíritu, una frescura en mi vida, una perspectiva más positiva. ¡No podía creer lo bien que me sentía interiormente!”

    “Entonces aconteció en la cuarta semana; me acuerdo muy bien que iba manejando una tarde en la autopista, meditando en los versos de Romanos 6 que había memorizado hasta ese momento; cuando llegué al verso que dice: “Porque cuando erais esclavos del pecado…” (Romanos 6:20) sentí una descarga de poder en mi pecho y exploté de emoción, supe que el viejo hombre había muerto por la cruz. Con lágrimas en mis ojos, grité: ¡Gloria a Dios, soy libre!”

    Propongámonos tener la misma determinación que llevó a este pastor a la liberación. Para aquellos que están fuertemente atados a la lascivia, el meditar en Romanos 6-8 es una manera poderosa de renovar la mente para lograr la pureza moral (Romanos 12:1-2).

    5 min
  • Día 47 - Mandamiento 7 - Serie Los 49 Mandamientos de Jesús (Permanecer)

    ¡Da al blanco contra dos gigantes!

    La lascivia tiene un gigante gemelo llamado ira. Tanto la lascivia como la ira son manifestaciones de una pasión incontrolable. Estas se alimentan la una a la otra y causan gran daño a toda relación. La conexión que hay entre la palabra lascivia e ira se demuestra por una palabra griega para describir enojo, que es orge. El mismo deseo emocional que produce una orgía sexual es el que causa una orgía de ira. Por esto Dios nos instruye:

    “Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca” (Colosenses 3:8).

    La ira es causada muchas veces por heridas profundas del pasado que nunca fueron perdonadas. Cuando ocurren heridas similares, la emoción del pasado resurge a la superficie con una explosión de ira.

    La explosión de ira en David y su juicio severo contra el hombre que hurtó la ovejita de su vecino, posiblemente fue motivada por la vergüenza y el rechazo que él y sus hombres experimentaron de Nabal en años anteriores (1 Samuel 25:10).

    Las explosiones de enojo en la vida de Moisés pueden rastrearse desde el rechazo que experimentó por su propio pueblo, cuando había sacrificado tantos años tratando de liberarlos. El siguiente testimonio que me enviaron ilustra la libertad que viene cuando se perdona a los ofensores del pasado:

    “Treinta años atrás asistí a un Seminario Básico en Seattle USA, siendo yo un hombre muy amargado y lleno de ira. Crecí en un hogar en donde había golpes con ira y abuso sexual. Vivía con el deseo de matar a mi padrastro. En el seminario, tú hablaste sobre mi necesidad de ir a mi padrastro y pedirle perdón. Al principio no lo quería hacer, pero cuando lo hice, en ese momento experimenté la libertad”.

    “Al siguiente año volví a asistir al seminario y escuché que Dios se convierte en Padre de los huérfanos. El gozo del Señor me llenó tanto que por primera vez en mi vida de 33 años comencé a sonreír. Con el tiempo llegué al pastorado y he compartido estas verdades alrededor del mundo. Tengo 60 años de edad y amo al Señor más de lo que puedo expresar”.

    Fracasar en perdonar a ofensores del pasado significa que Dios nos va a entregar a los verdugos, quienes pueden incluir la lascivia (Mateo 18:34).

    Cuando rehusamos perdonar a nuestros ofensores y los mantenemos en prisiones por causa de nuestra ira y amargura, resistimos la gracia de Dios y cedemos a Satanás el “derecho legal” para que nos mantenga prisioneros por pecados que no podemos conquistar (Efesios 4:26-27); así como el siervo malo que no perdonó a su consiervo y fue entregado por el rey a los verdugos hasta que se pagara la deuda. Jesús dijo: “Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas” (Mateo 18:35). La batalla para conquistar la lascivia es tremendamente importante. ¡No debemos perderla por rehusarnos a perdonar a los ofensores! Ahora es el tiempo de pedirle a Dios que nos muestre a alguien a quien no hayamos perdonado completamente, y sinceramente perdonémosle con todo nuestro corazón.

    5 min
  • Día 46 - Mandamiento 7 - Serie Los 49 Mandamientos de Jesús (Permanecer)

    ¡Gana con un nuevo enfoque!

    Cuando Jesús miraba a una mujer, no la codiciaba con lascivia; sabemos esto porque: “…no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15). Entonces ¿Qué fue lo que Jesús vio cuando miraba a una mujer? Él vio más allá de su apariencia física, miró su corazón; esto es consistente con la naturaleza de Dios.

    “El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 Samuel 16:7).

    Basados en las reacciones que Jesús manifestó en los contactos que tuvo con diversas mujeres, podemos nosotros enfocar las siguientes aplicaciones a las necesidades que miremos en ellas, especialmente las que tienen apariencia o ropa indecorosa:

    • Piensa en su padre, a quien se le dio la autoridad de parte de Dios para entrenarla y protegerla. ¿Cómo podríamos ayudar a ese hombre a cumplir su responsabilidad? (Mateo 9:18).

    • Imagina a la madre que sufre por su hija porque no está protegiendo su pureza y que tendrá un sentido de rechazo y culpabilidad (Mateo 15:22).

    • Comprende el sentido profundo y destructivo de la culpabilidad y la vergüenza que aparece por causa de la inmoralidad pasada, la cual muchas veces viene acompañada de amargura en contra de todos los hombres por causarla (Lucas 7:37-38).

    • Sé sensible a la multitud de presiones personales y a las ansiedades que, muchas veces las mujeres se acarrean a sí mismas, por ponerse metas o hacer listas de cosas por lograr (Lucas 10:38-40).

    • Comprende la necesidad profunda que hay en cada mujer de ser entrenada en las verdades de Dios, las cuales satisfarán sus necesidades internas de una íntima comunión con su creador (Lucas 10:39).

    • Discierne las necesidades básicas de amor y aceptación, y busca maneras prácticas de darlo en vez de sólo esperar recibirlo (Juan 4:7).

    Job tenía una respuesta poderosa a la lascivia: “Hice pacto con mis ojos; ¿Cómo pues, había yo de mirar a una virgen?” (Job 31:1).

    Dios se glorió ante Satanás acerca de Job: “¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?” (Job 1:8).

    El pacto que Job hizo con sus ojos para no mirar a las mujeres con lascivia, fue un factor clave en su vida íntegra. Hagamos un pacto similar con nuestros ojos ahora. Así, la próxima vez que veamos a una mujer y seamos tentados a codiciarla con lascivia, podremos orar inmediatamente a Dios y pedirle que la proteja y que cumpla en ella Su voluntad, para que también llegue a ser la mujer piadosa que Dios diseñó que fuera.

    4 min
  • Día 45 - Mandamiento 7 - Serie Los 49 Mandamientos de Jesús (Permanecer)

    ¡Conquista la lascivia con la luz!

    Satanás es el príncipe del reino de las tinieblas (Apocalipsis 16:10). Él gana sus batallas en la oscuridad. Fue así como el joven necio fue engañado por su lascivia y conducido a la casa de la ramera “en la oscuridad y en las tinieblas de la noche”, cuando ella lo acosó y se lo llevó como buey al matadero (Proverbios 7:6-10). Pablo nos advierte: “Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas” (Efesios 5:11). Por otro lado, Dios nos promete que:

    “Si andamos en luz, como Él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7).

    La manera más poderosa de conquistar la lascivia con la luz es exponiendo nuestras obras a la luz, como lo explica el siguiente testimonio de un hombre llamado Paúl.

    “A la edad de 8 años fui inducido a mirar pornografía. Y a la edad de 18 estaba totalmente controlado por la lascivia. Dos semanas antes de unirme en matrimonio con mi futura esposa, le confesé mis fracasos pasados, pero oculté los más recientes, esto me causó muchos años de fracaso”.

    “Yo sabía que era malo ocultar mis fracasos ocasionales, pero la culpabilidad, el temor y la vergüenza me mantenían atado. Entre más lo ocultaba, más fracasaba; ya no era una vez al año, sino muchas veces. Al mismo tiempo comencé a experimentar grandes problemas financieros; no podía guiar a mi familia a ningún lado; me desconecté de mi esposa, y la vida familiar se convirtió en un caos. Aun así, yo pensaba que nada tenía que ver con mi vida secreta de lascivia.

    Después de muchos años, me propuse confesar mis pecados ocultos. Primero hablé con mi esposa, quien quedó sorprendida y devastada. Nos propusimos juntos sacar todo a la luz sin minimizar absolutamente nada. La siguiente semana dormimos muy poco y permitimos que el Señor sacara a la luz todo pecado oculto. Lo íbamos a confesar como pecado al Señor y nos íbamos a pedir perdón el uno al otro. Luego íbamos a renunciar a todo pecado y a pedirle a Dios que recobrara el terreno por nosotros, el cual habíamos cedido al enemigo”.1

    “Durante esos siete días, también fui a mis hijos y les confesé mi pecado y les pedí perdón. En ese momento me quebranté emocionalmente y lloré como un niño. Fue entonces que descubrí que cada uno de mis hijos ya estaba luchando con las tentaciones sexuales; con ellos seguimos los mismos pasos y juntos experimentamos una grandiosa libertad”.

    La razón por la que un hombre debe confesar a su esposa acerca de su pecado, es porque en el matrimonio, a ella se le da autoridad sobre el cuerpo de su marido (1 Corintios 7:4).

    El testimonio de Paúl es uno de los muchos reportes similares de cómo Dios está liberando a muchos hombres de la lascivia profunda, cuando deciden confesar abiertamente cualquier pecado. La Escritura promete: “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Proverbios 28:13). Propongámonos ahora conquistar la lascivia con la luz y pidámosle a Dios gracia, sabiduría, y el valor para hacerlo.

    5 min
  • Día 44 - Mandamiento 7 - Serie Los 49 Mandamientos de Jesús (Permanecer)

    ¡Entrégate a la victoria!

    Conquistar la lascivia es uno de los asuntos más serios en los que el hombre se envuelve. El hombre más sabio que ha existido fue derrotado por la lascivia. El hombre más fuerte de todos los tiempos, también fue vencido por la lascivia, así como también David, el hombre que era “conforme al corazón de Dios” (1 Reyes 11:1-4; Jueces 16:1-4; 2 Samuel 11:1-5).

    La descripción que hace el apóstol Pablo, acerca de la batalla en contra del pecado, incluyendo el de la lascivia, es dolorosamente cierta en la vida: “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago” (Romanos 7:15). Sin embargo, como un estandarte que sale de las Escrituras es la promesa:

    “Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Romanos 6:14).

    Dios emplea la ley para exponernos la pecaminosidad de la lascivia; sin embargo, la ley no nos da el poder para conquistarla (Romanos 7:7). El poder para conquistar la lascivia se recibe al ejercitar fe en el don de la gracia de Dios, a través de la justicia, cuando le cedemos los miembros de nuestro cuerpo. Por tanto, no hemos de ceder nuestros miembros a la injusticia: “ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos [rendirse] vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos [armas] de justicia. Porque [entonces] el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Romanos 6:13-14).

    Esto está bien explicado en Romanos 5:20-21: “Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro”.

    Justicia viene de la palabra griega dikaiosune, la cual en un sentido amplio significa: “la condición aceptable a Dios; integridad, virtud, pureza de vida; justo, correcto en pensamiento, en sentir y actuar”. “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:11-14).

    “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Romanos 8:2).

    La Escritura nos asegura que si andamos en el Espíritu, no satisfaremos los deseos de la carne (Gálatas 5:16). Esto significa pedirle al Espíritu Santo que nos perdone por contristarlo a causa de nuestra lascivia y por apagar su poder en nosotros. Luego, significa rendirnos a Dios y presentar los miembros de nuestro cuerpo como instrumentos de justicia para vencer toda lascivia.

    Ahora es un tiempo excelente para lograr estos objetivos espirituales en una oración sincera y eficaz delante del Señor. Entonces la gracia de Dios nos será añadida para lograr sus propósitos.

    4 min
  • Día 43 - Mandamiento 7 - Serie Los 49 Mandamientos de Jesús (Permanecer)

    ¡Declara la guerra en contra de la lascivia!

    Se cuenta la historia de un encuentro de lucha el cual fue particularmente horrible. La adrenalina fluía, porque cada guerrero sabía que si perdía la lucha ante su rival, éste le iba a poner el pie sobre el cuello y pediría una espada, para con ella sacarle los ojos.

    Después de esto, el luchador débil y ciego se iba agarrando por las calles de la ciudad como una demostración pública de derrota. Esta es una seria introducción de la gran importancia del siguiente mandamiento de Jesucristo.

    Mandamiento siete: “Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno” (Mateo 5:28–29).

    Es difícil imaginar que un hombre se saque su propio ojo. La intención de este mandamiento es para hacernos razonar que también es inimaginable tener lascivia con una mujer. Satanás nos podría hacer creer que si secretamente tenemos lascivia en nuestro corazón, eso no va a afectar a nadie, ni a nosotros; sin embargo, Dios quien nos creó, nos está diciendo que la lascivia secreta del corazón es tan seria, que deberíamos declararle la guerra a cada pensamiento de lascivia que se presente y lo tomemos cautivo y lo traigamos a los pies de Cristo.

    Pedro habla de esta guerra cuando escribe: “Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma” (1 Pedro 2:11). Santiago también nos lo explica en su epístola al decir: “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?” (Santiago 4:1). Pablo describe la guerra dentro de nuestros miembros en términos muy comprensibles:

    “Pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros” (Romanos 7:23).

    Después de explicar esta guerra, Pablo exclamó: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24). En seguida alaba a Dios porque hay un camino de victoria en Cristo Jesús (Romanos 7:25). Pedro también relaciona la lascivia de los ojos cuando presenta una lista de cualidades que, si se desarrollan, conquistarán la lascivia, pero si no se desarrollan, nos causarán ceguera espiritual (2 Pedro 1:1-9). La tragedia de la lascivia de Sansón por una mujer, es también un testimonio vivo. Sansón perdió la guerra en contra de la lascivia, perdió su libertad, su liderazgo, y por último le sacaron los ojos (Jueces 16:20-21).

    El luchador de nuestra historia podría haber estado sobre sus espaldas, pero mientras mantuviera un hombro sin tocar el piso la lucha continuaba. Si somos débiles a los pensamientos de lascivia, ahora es el tiempo para declararle la guerra a ese gigante. Este es uno de los adversarios más grandes que nos detienen del éxito diario.

    4 min
  • Mandamiento 7 - No codicies, conquista la lascivia - Serie Los 49 mandamientos de Jesús (Permanecer)

    MANDAMIENTO 7: NO CODICIÉIS – CONQUISTA LA LASCIVIA

    CUALIDAD DE CARÁCTER: DOMINIO PROPIO

    Dominio Propio vs. Autocomplacencia

    Dominio propio es la obediencia inmediata a los impulsos iniciales del Espíritu de Dios.

    El término Bíblico para dominio propio es la templanza. La palabra Griega para templanza es egkrateia, la cual significa “restricción y control de uno mismo.” Esta es la virtud de alguien que dirige sus deseos y pasiones.

    Dominio propio es la fuerza interior que somete a todos los apetitos físicos bajo el control del Espíritu Santo. Una palabra relacionada con egkrateiaes egkrateuomai, que describe la autodisciplina rígida practicada por los atletas que intentan ganar el premio.

    Evaluación personal – ¿Cuánto dominio propio tienes tú?

    · ¿Dedicas más tiempo a la búsqueda espiritual que a los placeres de este mundo?

    · ¿Llevas cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo?

    · ¿Controlas tu alimentación, o eres de los que te permites a ti mismo disfrutar de toda comida?

    · ¿Reconoces tu debilidad de forma que puedas experimentar el poder de Cristo?

    · ¿Clamas verdaderamente a Dios por liberación de tus adicciones?

    · ¿Has pedido al Padre Celestial que te llene con Su Espíritu?

    · ¿Respondes a cada prueba del Espíritu agradeciéndole a Dios por Sus propósitos y buscando los beneficios que vendrán por responder correctamente a la prueba?

    · ¿Has removido de tu vida las cosas que alimentan tus placeres, de forma que ya no los tengas que cumplir?

    10 min
  • Día 42 - Mandamiento 6 - Serie Los 49 Mandamientos de Jesús (Permanecer)

    ¡Espera que Dios obre!

    Cuando una aeromoza recordó la manera en que había ofendido unos meses atrás a una persona conocida suya, se propuso lograr la reconciliación. Sin embargo, no tenía idea alguna de cómo contactar a la persona porque vivía en otro país. Para su sorpresa, al siguiente día en la tarde recibió una llamada telefónica de esa persona.

    Lo mismo le aconteció a un joven que recordó cómo había ofendido en el pasado a uno de sus maestros. Decidió buscarlo, pero no sabía por dónde empezar. Cinco minutos después de ir caminando, se detuvo a tomar agua en una fuente; para su sorpresa, cuando se enderezó y dio la vuelta, al primero que vio fue al maestro que venía caminando hacia donde estaba parado. No todas las reconciliaciones son tan dramáticas como estos dos ejemplos, sin embargo:

    Cuando nosotros nos disponemos a realizar la reconciliación con las personas, Dios hace lo necesario para que lo logremos.

    Temprano en la mañana, cuando me disponía a escribir este mensaje electrónico, me propuse aplicar este mandamiento a mi vida. Inmediatamente, Dios trajo a mi mente a un hombre con quien necesitaba reconciliarme. Sin embargo, yo había tratado de reconciliarme durante varios años, pero cada vez las cosas terminaban en un conflicto mayor. Así que concluí que esta reconciliación iba a ser imposible, y le pedí a Dios que me diera otra idea.

    Una segunda persona vino a mi mente, y decidí que lo iba a contactar. Así que manejé para ir a buscarlo a su casa. Pensé que me acordaba dónde vivía; sin embargo, cuando llegué a la vecindad, no podía recordar cuál era su casa, así que comencé a manejar de arriba a abajo en la calle tratando de identificar algo familiar. Finalmente llegué a un área comercial y por alguna razón mi auto se paró. Traté y traté de echarlo a andar pero fue imposible; el motor no encendió.

    Esta fue una experiencia nueva para mí (y para el auto). Ahí permanecí sentado, entre tanto los autos seguían llegando detrás de mí. Luego observé que dos jóvenes venían corriendo hacia a mí. Cuando se iban acercando, los reconocí como obreros del IBLP. Habían estado comiendo en un restaurante enfrente de la calle cuando me vieron en angustia. Me ayudaron a empujar el auto fuera de la calle a un estacionamiento, y cuando salí del auto, vino hacia a mí un hombre preguntando: “¿Te puedo ayudar?” ¡Lo miré con sorpresa! Era el primer hombre que Dios había puesto en mis pensamientos esa mañana cuando me propuse aplicar este mandamiento en mi vida. Ahí estábamos, ninguno de los dos en nuestros vecindarios; Dios nos había reunido en esas circunstancias.

    Yo acepté su oferta de ayudarme y le pedí que si podía llevarme a mi oficina. En el camino, los dos consideramos que realmente había sido Dios quien nos había arreglado ese encuentro bajo tales circunstancias y que era con el propósito de que desarrolláramos nuestra reconciliación. Así que hicimos planes para ese propósito.

    Cuando la gente mira la mano de Dios en nuestra reconciliación, ellos también son motivados a traer sus ofrendas de alabanza ante el altar de Dios.

    Uno de los capítulos más emocionantes y significativos que puedes escribir en tu diario, se refiere a aquellos pasos que tomaste para lograr reconciliarte con alguien que ofendiste, y anotando también la manera en que Dios te ayudó a lograrlo.

    3 min

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