¡Declara la guerra en contra de la lascivia!
Se cuenta la historia de un encuentro de lucha el cual fue particularmente horrible. La adrenalina fluía, porque cada guerrero sabía que si perdía la lucha ante su rival, éste le iba a poner el pie sobre el cuello y pediría una espada, para con ella sacarle los ojos.
Después de esto, el luchador débil y ciego se iba agarrando por las calles de la ciudad como una demostración pública de derrota. Esta es una seria introducción de la gran importancia del siguiente mandamiento de Jesucristo.
Mandamiento siete: “Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno” (Mateo 5:28–29).
Es difícil imaginar que un hombre se saque su propio ojo. La intención de este mandamiento es para hacernos razonar que también es inimaginable tener lascivia con una mujer. Satanás nos podría hacer creer que si secretamente tenemos lascivia en nuestro corazón, eso no va a afectar a nadie, ni a nosotros; sin embargo, Dios quien nos creó, nos está diciendo que la lascivia secreta del corazón es tan seria, que deberíamos declararle la guerra a cada pensamiento de lascivia que se presente y lo tomemos cautivo y lo traigamos a los pies de Cristo.
Pedro habla de esta guerra cuando escribe: “Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma” (1 Pedro 2:11). Santiago también nos lo explica en su epístola al decir: “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?” (Santiago 4:1). Pablo describe la guerra dentro de nuestros miembros en términos muy comprensibles:
“Pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros” (Romanos 7:23).
Después de explicar esta guerra, Pablo exclamó: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24). En seguida alaba a Dios porque hay un camino de victoria en Cristo Jesús (Romanos 7:25). Pedro también relaciona la lascivia de los ojos cuando presenta una lista de cualidades que, si se desarrollan, conquistarán la lascivia, pero si no se desarrollan, nos causarán ceguera espiritual (2 Pedro 1:1-9). La tragedia de la lascivia de Sansón por una mujer, es también un testimonio vivo. Sansón perdió la guerra en contra de la lascivia, perdió su libertad, su liderazgo, y por último le sacaron los ojos (Jueces 16:20-21).
El luchador de nuestra historia podría haber estado sobre sus espaldas, pero mientras mantuviera un hombro sin tocar el piso la lucha continuaba. Si somos débiles a los pensamientos de lascivia, ahora es el tiempo para declararle la guerra a ese gigante. Este es uno de los adversarios más grandes que nos detienen del éxito diario.