Se está acabando el año y casi no he salido de casa. Las cuarentenas parciales volvieron, y aquí estoy yo, escribiendo nuevamente encerrada, con una serie proyectada en la pared y una aspiradora robot husmeando por ahí. Esta vida no es lo que hubiese imaginado, pero la verdad es que mala no es. Solo es extraña. Solo parece haberse transformado irreversiblemente.
A lo largo de este año han ocurrido demasiadas cosas, tantas que ya no sé si llevo la cuenta. Veníamos del estallido y nos pasamos a una pandemia. Hubo gente que murió en ambos estadios. Yo me enfermé, por otras razones y me recuperé, aunque no sé si del todo. Me he repensado a mi misma, a mis amigues, la relación con mi familia, con este país que no nos quiere. Reforcé la relación con mi pareja, con mi perro y hasta con mis plantas. En todos estos meses de moverme poco y pensar mucho, le tomé el valor a ejercitar el cuerpo y a dejar la mente en reposo. Pasé de autoexigirme demasiado, a flojear de lo lindo y luego aburrirme hasta el cansancio. Estar conmigo fue difícil a ratos, pero caerme bien fue, como nos gusta decir aquí, clave.
Siento que he crecido y envejecido, y aprendido mucho en poco tiempo. No sé si será mi edad, o esta gran pausa, o la tragedia que nos rodea y nos invita a valorar la vida y sus detalles. Si tuviera que resumirlo en una oración, diría que ya no me dan ganas de volver a ahogarme en un vaso de agua. Nunca más. Eso... eso se lo dejo a quienes no han pasado por tanto en tan poco tiempo y aún pueden imaginar un mundo donde las cosas resultan como queremos.