Cuando digo la palabra culpa la puedo palpar rápidamente, de solo nombrarla. Estamos tan habituadas, habituades, habituados a sentirla. Yo siento culpa todo el tiempo.
Siento culpa por no ser una buena hija, por no ser una mejor amiga, por no ser una mejor feminista. Siento culpa cuando veo a una persona pidiendo plata en la calle, cuando me acuerdo que no he visitado a mis sobrines, cuando pienso que no he hecho ejercicio en esta pandemia. Siento culpa de las cosas que le dije a una persona hace años. Culpa a veces por comer, por comer mucho, o por comer rico cuando otros no pueden hacerlo. Es como si cada momento de mi vida, aunque sea de felicidad, estuviera acompañado por una guarnición de culpa. No me deja tranquila. No me permite disfrutar. A veces me paraliza, o me asusta. A veces me da culpa porque pienso que hay gente mejor que yo, más moral que yo, más ética que yo, que espera algo de mí… aunque jamás me lo hayan dicho. Aunque esas personas sólo existan en mi cabeza.
A veces veo las redes sociales y leo los descargos que alguien hace al aire y siento culpa. Aunque esos descargos no sean para mí... pero podrían serlo. ¿Por qué no? Si al parecer me equivoco tanto...
Siempre que hago algo, una salida con la amigas, un evento interesante, un carrete incluso… al día siguiente repito cada acción, cada frase en mi cabeza, y dejo espacio a la culpa. Una culpa que no sé si es real, o si soy yo la que la busca. O quizás, sencillamente, está ahí. Incrustada, como un parásito, alimentándose y arruinando cualquier posibilidad de calma. ¿Cómo hacer para sacarla? Quizás en este capítulo de pero qué necesidad, podamos entenderla y exterminarla de una vez por todas.