Del Origen Divino de la Ley Oral, Tradición Judía y el Dispensacionalismo Cristiano
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En la introducción a su obra Mishné Torá escribe el RaMBaM (Moshé Ben Maimón – Maimonides): “Todas las mitzvot le fueron dadas a Moisés en el monte Sinaí, con su correspondiente significado, como está escrito: ‘Y te doy las tablas de piedra, la Torá y la mitzvá; la Torá es la Ley escrita y la mitzvá es la Ley oral’. Antes de su muerte Moisés puso por escrito toda la Torá. Le dio un libro a cada una de las tribus, y otro libro fue puesto en el Arca para todo tiempo… No puso por escrito la mitzvá, que es la explicación de la Torá, pero la enseñó a los ancianos, a Iehoshúa y a todo Israel”.
¿Por qué no la puso Moisés por escrito? ¿Por qué nos dio Dios parte de la Ley por escrito y su interpretación general en forma oral?
Si examináramos los métodos de enseñanza de las distintas instituciones educacionales veríamos que la instrucción se basa, usualmente, en material escrito al que se le agrega una explicación oral. La lección escrita no puede, por sí misma, presentar la substancia de un modo totalmente carente de ambigüedad, ni puede agotar efectivamente todas las posibilidades que ofrece la explicación oral. Por consiguiente, nuestra Ley nos fue dada del modo más efectivo combinando los preceptos escritos concisamente con una amplia y detallada explicación oral tendiente a ilustrar la implementación de los preceptos en uso.
Además, puesto que la nuestra es una Ley viva, que liga al judío a cualquier sociedad en la que viva, aquélla debe ser claramente entendida a la luz de las civilizaciones cambiantes y las distintas sociedades. ¿Qué requiere la Ley en distintos sistemas de comercio, cómo nos orienta para vivir en una era tecnológica de avanzada, cuál debe ser nuestra posición moral en vista de los efectos del avance tecnológico sobre la sociedad? Por ejemplo:
a) ¿Cuál es la actitud de la Ley respecto de la polución ambiental, los derechos de privacidad o los precios exorbitantes?
b)¿Cuál debe ser nuestra actitud hacia los numerosos artefactos eléctricos? ¿Puede el hígado ser asado sobre un artefacto eléctrico en lugar de serlo sobre fuego? ¿Puede cumplirse el precepto de la bendición después de la comida haciendo uso de un micrófono? ¿Los platos de carne o leche tratados químicamente son kasher?
Para la Historia
Aun cuando la explicación hubiese sido puesta por escrito, habría sido necesario agregar, con el correr del tiempo, nuevas interpretaciones. Y así fue como Rabí Iehudá HaNasí decidió que la Ley Oral debía ser registrada pues “es tiempo de realizar la obra de Dios y difundir Tu Ley” (Berajot 54a). Recopiló todas las leyes existentes hasta fines del siglo II de la era actual y le dio a esta colección el nombre de Mishná. Con la ayuda de esta obra la gente de su generación pudo estudiar la Ley y recordarla más fácilmente. Pero pronto resultó obvio que esa explicación era sólo apropiada para su generación. Las explicaciones de la Mishná requirieron trescientos años en ser compiladas y son conocidas con el nombre de Talmud. Rabina y Rav Ashi, que lo organizaron y completaron, confiaron en que sirviese como una clara exposición de la Ley para los estudiosos de su generación y las siguientes. Pero el Talmud tuvo que ser interpretado ya para la siguiente generación y de este modo, los comentarios de los Gueonim y los Rishonim fueron anexados a él.
En la introducción a su Mishné Torá, compilada en 1180 ea, RaMBaM escribe: “En ese tiempo hubo muchas aflicciones y nuestros problemas inmediatos ensombrecieron todo lo demás, y la sabiduría de JaZaL (sabios) se hizo de difícil acceso, y el conocimiento de nuestros eruditos se tornó incomprensibles para muchos. En consecuencia, las interpretaciones, leyes y respuestas escritas por los Gueonim, que parecían perfectamente claras, se tornaron difíciles de entender y solo unos pocos pueden interpretar correctamente su sentido. Obviamente esto es también cierto respecto de los comentarios sobre el Talmud jerosolimitano, el babilónico, Sifra, Sifre y la Tosefta, que requieren conocimiento, reflexión e inteligencia, además de mucho tiempo para estudiar en ellos qué está prohibido y qué permitido, como así también los demás preceptos de la Torá. Por esta razón me animé a mí mismo, yo, Moisés Ben Maimón, el sefaradí, y tomando fuerzas de Dios estudié todos esos libros y decidí compilar lo que he entendido de ellos respecto de lo que está prohibido y lo que está permitido, de modo que haya aquí una Ley oral completa, comprensible para todos, sin necesidad de cuestionamientos ni disecciones”. Es decir, debe quedar claro que de ninguna manera se podrá adjudicar la Mishnné Torá y el ordenamiento de ésta como una novedad o invento de Maimonides a ser introducido al judaísmo como muchos ignorantes de la tradición argumentan.
En el año 1565 apareció la primera edición del Shulján Aruj, escrito por Rabí Iosef Caro, quien se basó en los estudios de los Rishonim, los Gueonim, los Amoraím, los Tanaím y así sucesivamente hasta Moisés (Séfer Haikarim 3, 23). Durante nuestro siglo 20 el Jafetz Jaím compiló la Mishná Berurá. Este libro es un compendio de las decisiones halájicas de nuestros sabios de bendita memoria respecto de todos los aspectos de la vida cotidiana. En la introducción a su obra el autor escribe: “Estudiar cada precepto del Shulján Aruj, tanto en su sentido llano como en el más profundo, desde el Tur y Bet Iosef, puede ser ahora muy dificultoso para una persona porque en nuestra gran iniquidad la cantidad de creyentes se ha reducido en tanto que nuestras ansiedades se han acrecentado, de modo que si una persona desea efectuar este estudio para aprender cabalmente un tema simple debe trabajar en él unos cuantos días y, en ocasiones, hasta varias semanas. No cabe duda de que si RaMBaM y el autor del Shulján Aruj hubieran podido ver la Mishná Berurá, la hubieran aprobado, al igual que lo hubieran hecho Rabí Iehudá HaNasí y todos los tanaítas y amoraítas que compilaron el Talmud, aun cuando no hubiesen juzgado necesario redactar una obra así en su generación.
Muchos lectores seguramente sabrán que desde que la Mishná Berurá fue escrita se publicaron otros libros basados en esta obra y en las resoluciones de grandes rabinos contemporáneos, que contienen nuevos temas y dictámenes que surgieron desde entonces y que continúan apareciendo cada año. De esta revista histórica, entonces, resulta claro que a pesar de que la Ley Oral fue registrada, eventualmente, permaneció, básicamente, como una tradición oral totalmente distinta de la Ley escrita. Todo lo que ha sido consignado después del cierre de la Torá es considerado como Ley Oral, la que sigue siendo expuesta actualmente. Todo aquél que se dirige a un rabino o a un maestro respecto de algún problema contribuye a la continua creación de la Ley oral. Se entiende, también, que muchos de esos asuntos exigen un estudio cuidadoso de lo que fuera escrito por las generaciones anteriores y una explicación pormenorizado en una forma comprensible para nuestra generación.
Más aún, al poner a consideración actualmente nuevas cuestiones cumplimos el precepto de la Torá consignado en Devarim XVII, 8-11: “Cuando alguna causa te fuera oculta en juicio entre sangre y sangre, entre causa y causa, y entre llaga y llaga, en negocios de litigio en tus ciudades; entonces te levantarás y recurrirás al lugar que el Señor, tu Dios, te escogiere. Y vendrás a los sacerdotes y levitas, y al juez que fuere en aquellos días, y preguntarás; y te enseñarán la sentencia del juicio. Y harás según la sentencia que te indicaren los del lugar que el Señor escogiera, y cuidarás de hacer según todo lo que te manifestaren. Según la ley que ellos te enseñaren, y según el juicio que te dijeron, harás: no te apartarás ni a diestra ni a siniestra de la sentencia que te mostraron”.
Algunos o muchos argumentarán que la anterior ordenanza no era eterna, está caduca o el pacto fue roto y la Torá que ellos mismos argumentan no se le puede agregar o quitar (con el fin de descalificar la Torá Oral y al judaísmo), en este caso si aplica ignorar los versículos citados. La explicación que nos fuera dada por Dios con la Torá nos capacita para comprender Su intención y nos orienta de tal modo que podemos cumplir los preceptos en la actualidad. Sin esta explicación no entenderíamos, en realidad, la intención subyacente de gran parte del texto, ni sabríamos cómo llevar a la práctica los preceptos de la Torá.
Por ejemplo, entre las instrucciones para sacrificar una res se consigna: “matarás de tus vacas y de tus ovejas que el Señor te hubiera dado, como te he mandado Yo, y comerás en tus puertas” (Devarim 12, 21). Pero en ningún lugar de la Torá se explica con precisión cuál es el lugar del cuerpo escogido para efectuar el sacrificio del animal. En ningún lugar de la Torá se discute este tema, a pesar de que el texto afirma: “como te he mandado”. ¡El precepto fue transmitido en forma oral, y no por escrito! En Devarim 22, 13-29, leemos que una joven prometida que transgrede no recibe el mismo castigo que una mujer casada que incurre en el mismo pecado. Pero en ningún lugar de la Torá se definen con precisión los términos compromiso y casamiento. El alcance y significado de estas dos palabras a las que alude la Torá fueron dados oralmente.
También hay versículos que parecen contradecirse mutuamente. En Vaikrá XII, 15: “Siete días comerás ázimos y en Devarim XVI, 8: “Seis días comerás ázimos”. De la Ley Oral entendemos que la comida de ázimos es obligatoria el primer día, pero no los seis días siguientes.
De modo semejante sabemos por la Ley Oral que el precepto sobre la “cidra” en Sucot se refiere al Etrog, ya que conocemos qué son, exactamente, las aristas y sinuosidades laterales que la Torá prohíbe sean dañadas. Asimismo el versículo “y has de atarlas por señal en tu mano, y estarán por frontales entre tus ojos” (Devarim VI, 8) indica que las filacterias o tefilín deben ser colocadas en el brazo y la cabeza. Sin la explicación oral no sabríamos qué es la “señal”, qué debemos atar o en qué lugar del brazo o cabeza colocarlas.
Al respecto se harán aclaraciones mucho más precisas posteriormente.
La mayoría de la gente está familiarizada con la “Torá Escrita” – los cinco libros de Moisés. Pero muchos no saben que hace 3,300 años, el pueblo judío recibió también la Torá Oral – la Mishná. De hecho, la Torá Oral precede a la Torá Escrita. En el Monte Sinaí, Dios le transmitió a Moisés las 613 mitzvot, junto con una explicación detallada de cómo cumplirlas. En ese tiempo, las enseñanzas eran completamente orales. No fue hasta 40 años después, justo antes de entrar a la tierra de Israel, que copias escritas de los cinco libros de Moisés fueron entregadas al pueblo Judío. Dios mismo nos enseña que también debemos adquirir la “bemishná”, es decir el estudio de las instrucciones orales para vivir”. La palabra “Mishná” proviene del verbo leshanen, que significa repasar. Como cualquier pieza de sabiduría, tienes que repasarla y repasarla hasta saberla de memoria. Esa es la manera de vivir. Esa es la manera de crecer. Esa es la manera de hacerte grande.
Hay quienes de entrada descalificarán este último enunciado o frase (todos aquellos que se declaran enemigos del Talmud y La Kabbalá declarándola satánica), afirmando de esta forma, ya sea implícita o explícitamente, que la superación personal y rectificación acorde a las instrucciones de Dios, no solamente son rebeldía punible, sino un sin propósito de la creación y el ejercicio del “libre albedrío” para discernir el bien del mal y escoger la vida. En un avión 747, el piloto pasa media hora revisando su lista antes de encaminar el avión hacia la pista (Y si sabes que no lo hizo no te subas al avión). De la misma forma, necesitas una lista de revisión para la vida. Memorízala y llévala contigo en todo momento. Eso es la Mishná.
El Proceso de Transmisión
¿Tienes una enciclopedia? ¿Cuándo fue la última vez que la usaste? Ocasionalmente la abres para buscar algo específico, pues de otra forma sólo te servirá como un adorno en el estante. La Torá no es un libro de referencia hecho para quedarse en las repisas. Ella está hecha para ser vivida e internalizada. En la Torá escrita está escrito lo básico, pero lo que debe ser recordado se estudia oralmente. El intercambio entre el maestro y el alumno nos motiva a discutir y a clarificar, a aprender las cosas de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. Por más de un milenio, las instrucciones orales fueron pasadas de maestro a alumno. El estudiante tomaba notas, después repetía y repasaba hasta saberlo de memoria. Por la naturaleza de la transmisión oral, el repaso constante es la mejor manera de guardar su integridad. Miles de personas estudiando la misma información nos garantiza que no se infiltraron errores en la transmisión. Pero hace casi 2,000 años, cuando los romanos capturaron Jerusalém y enviaron a los Judíos al exilio, Rabi Yehuda HaNasí, el jefe del Sanhedrín – vio que la estructura de maestro-alumno estaba en peligro de ser perdida y es por eso que decidió escribir la Torá Oral -la Mishná- para prevenir que fuese olvidada.
Mientras las generaciones pasaron, más información -el Talmud- fue escrito para explicar la Mishná. Hoy en día, las leyes básicas están publicadas en el Código Legal Judío (Shulján Aruj) que está acompañado por comentarios. Pero gran parte de la Torá aún está preservada en su forma oral, transmitida de maestro a alumno. Dios, con Su sabiduría infinita, ideó este sistema de transmisión de la Torá para llevarse a cabo a través de las generaciones. Y este sistema no es una Torá escrita o una Oral: Es ambas.
¿Por Qué Necesitamos la Torá Oral?
La Torá Escrita enumera los mandamientos del diario vivir y la Torá Oral explica cómo llevarlos a cabo. De hecho, la Torá Oral es una especie de resumen de notas de la Torá Escrita. Por ejemplo: Los “Totafot” (mejor conocidos como tefilín) están mencionados en la Biblia: “Y te pondrás los Totafot entre tus ojos”. Pero ¿cómo sabemos qué son los totafot? ¿De qué color son? ¿Qué tamaño tienen? ¿Qué forma? ¿Cuántos compartimientos tienen? ¿Qué pergaminos van dentro de ellos? ¿Cómo deben ser usados? ¿Quién debe ponérselos? ¿Cuándo? Nada de esto está escrito en la Torá Escrita. Para estos detalles importantes necesitamos de la Torá Oral. ¿Ha sido transmitido exitosamente este mensaje? Solamente tenemos que observar un par de tefilín usados por cualquier hombre Judío a lo largo de la historia Judía. Si el mensaje no hubiese sido transmitido claramente una persona estaría poniéndose un zapato entre los ojos y otra una cinta azul… Usa la Mishná así como usarías una enciclopedia, un diccionario o un almanaque. Cuando compras un refrigerador, éste viene con un pequeño libro de instrucciones. Si compras un avión 747 vendrá con una biblioteca entera de libros de mantenimiento. El Todopoderoso creó este mundo mucho más poderoso, complicado y más peligroso que un 747. La Torá es el manual de instrucciones del mundo. ¿Quieres saber cómo amar a la humanidad? ¿Quieres dejar de guardar rencor? ¿Quieres saber la definición de justicia? ¿Quieres saber qué es el matrimonio? Búscalo.
Niveles de Profundidad
Una sola palabra en la Torá encierra una infinidad de entendimientos. Si sabes cómo aplicar las herramientas adecuadas, la Torá puede ser entendida en cuatro niveles principalmente:
“Peshat” – La simple explicación de lo que dice la Torá. En el siglo 12 en Francia, Rashi escribió un famoso comentario explicando este nivel.
“Drash” – El Midrash es la fuente homilética de los conceptos bíblicos, y de cómo aplicarlos a la vida.
“Remez” – Un nivel más sofisticado del Midrash, donde diferentes pronunciaciones de palabras revelan los diferentes significados. La Torá no está vocalizada, para facilitar estas alusiones.
“Sod” – El significado oculto y místico del universo, como está explicado en el “Zohar”.
Estos cuatro niveles forman la palabra PaRDeS que significa “huerto”. La Torá está llena de deliciosas frutas espirituales esperando ser recolectadas y saboreadas. De hecho, esta es la razón por la cual el Todopoderoso nos creó con la necesidad de la comida. Esto es una señal de que necesitamos sabiduría para poder crecer. No puedes decir: “Ya comí ayer” o “Ya comí hace unos años y ahora no necesito comer”. Rezamos tres veces al día, siendo este hecho un paralelo de las tres comidas diarias. Tienes que crecer diariamente para alimentar al alma. Es un error de la sociedad occidental el hecho de que la gente crece en un solo aspecto y no en otros. Alguien puede ser muy exitoso en los negocios pero ser un adolescente en su vida espiritual. Date cuenta de que así como tus aspiraciones profesionales no son las mismas hoy en día que cuando tenías 18 años, así también tu acercamiento a Dios debe madurar y desarrollarse con el tiempo. Más aún, cuando comes, tienes que masticar y luego eventualmente eliminar los desechos. De la misma forma, al obtener sabiduría tienes que pensar las cosas cuidadosamente y eliminar las partes venenosas. De otra manera, contaminará todo.
La Experiencia Judía
Cuando un ingeniero tenía un problema en sus cuentas revisaba las tablas logarítmicas. Un abogado se dedica a los estudios de sus casos. El doctor tiene jornadas médicas. Un judío tiene la Mishná. A veces, parece que la Torá y la Mishná se contradicen. Una dice “Erradica el mal” y la otra dice “Ama a la humanidad”. ¿Realmente se contradicen? Si ciertos síntomas se contradijeran en tus funciones corporales, irías al doctor y lo hablarías con él. De la misma forma, cuando tengas una dificultad para entender la Torá, mira lo que los comentaristas tienen para decir al respecto. Probablemente no serás el primero en preguntar esto, y puedes beneficiarte de generaciones de estudiosos que te precedieron. La mejor opción es preguntarle a un rabino calificado. Él no sólo te puede contestar tu pregunta sino que te puede enseñar las herramientas para que estudies solo. La Torá, que es tan comprensiva y viene de una fuente Divina, tiene principios inmutables de estudio. Si ignoras las reglas, es casi seguro que llegarás a un entendimiento equivocado.
Si quieres sentir lo que tus antepasados Judíos sintieron, lee un capítulo de Mishná y apréndelo de memoria. Esa es la cultura Judía desde sus raíces. La belleza de esto te llegará a ti. Apreciarás la Torá, y entenderás lo que realmente es el pueblo Judío. Por fuera del pueblo judío, su cultura, sus tradiciones, su historia, sus enseñanzas y su Torá Oral (entre muchos más aspectos) NO apreciarás ni mucho menos entenderás la Torá y la Voluntad de Dios.
Aplica Tu Sabiduría
¿Qué sabes sobre la forma de lidiar con tus padres? ¿Qué sabes sobre conocer nuevos amigos? Lo que sabes memorízalo, regístralo. Es una tontería tener sabiduría e ignorarla. Cada noche repasa tu día y escribe en un cuaderno lo aprendido en ese día. Cada comienzo de mes, repasa tu mes. ¿Qué es lo que gané? ¿Qué aprendí sobre la vida? Y sin embargo, hay quienes desvalorizan y minimizan esta vida y su sabiduría, así como las consecuencias caóticas de la ausencia de ésta y la importancia de una vida comprometida con las instrucciones de vida de la Torá. Esto último aplica tanto para seculares como para aquellos que se dicen estudiosos bíblicos con visiones y doctrinas en el mejor de los casos sólo parciales y escasas de verdadero crecimiento virtuoso y piedad.
Si Dios habló en el monte Sinaí, el mensaje es significativo! Busca la explicación de lo que dijo. La Torá es sabiduría para la vida. Cuanto más Torá sepas, más te completarás. La Torá Oral es tan absoluta como la Escrita. Una no puede ser entendida sin la otra. Maneja la Mishná y descubrirás un nuevo mundo de entendimiento y comprensión. Tienes una visión de la vida, recuérdala e intégrala. Obtén tu parte de sabiduría en lo que el pueblo Judío ha acumulado a través del tiempo. Estudia la Torá, repásala y repítela hasta llegar a la perfección.
Que triste se confunda el concepto de perfección con el humanismo secular, así como (de manera generalizada para cualquiera por fuera del pueblo de Israel) se confunden y se degradan todos los conceptos de entendimiento tanto en lenguaje como en su significado raíz, a tal punto que deban ser redefinidos en su totalidad sólo con la ayuda del Talmud y la Kabbalá. Peor aún, confundir obediencia con ignorancia, superación con rebeldía, Torá Oral con satanismo, sabiduría con imaginación, devoción y fidelidad del pueblo judío (con la Torá, las Mitzvot y el prójimo) con altivez, malicia y segregacionismo.
La Biblia introdujo al mundo conceptos como la libertad, igualdad de los derechos de dignidad, tolerancia, educación universal, caridad, amor a tu prójimo, etc… Más aún, los rabinos enseñan que la Torá es el “plano de la creación”, lo cual significa que cualquier cosa que quieras saber sobre la vida lo puedes encontrar en la Torá. Lo único que tienes que hacer es buscar y preguntar las cosas adecuadas. Cuando estudiamos Torá, no estamos estudiando un texto abstracto del mundo antiguo, pasado de moda. Estamos estudiando la manera en como Dios quiere que vivamos de la mejor forma en la tierra ahora y trascender a otros mundos. De hecho, hay que inmiscuirse en el texto para descubrir la esencia del Judaísmo, que es la esencia de la creación.
Claro, existen aquellos que describen a el judaísmo y el creacionismo como una religión o una mera identidad nacional, precisamente por desconocer las profundidades de la revelación y ajustarlas al tamaño de su mejor doctrina. Igualan a la gigantesca elevación y producción judaica (despectivamente) con la degradante e irrefutable perversidad de todos los otros pueblos y religiones.
Es increíble como mucha gente está dispuesta a desacreditar el valor de la Torá inclusive sin haber hecho el esfuerzo de estudiarla! Mucho más aún con la tradición oral. Mira más profundamente lo que te está diciendo cada sección de la Torá, tanto cuando los mensajes parecen obvios como cuando no. Si algo en la Torá no es claro – sigue preguntando, buscando, escarbando (hay quienes se dicen tolerantes y sin embargo no permiten pregunta ni debate alguno. Lo llaman blasfemia de entrada). Discútelo con otra gente. Averigua lo que realmente significa. Pregunta: “¿Cuál es el mensaje y cómo lo vivo?”. Y que no se te olvide… aprender hebreo. No hay forma de entender correctamente la Torá cuando está traducida. Sociedades enteras han mal interpretado la Biblia debido a malas traducciones! Por ejemplo, la Torá usa diez diferentes Nombres de Dios. Estos Nombres no se refieren a diferentes dioses, sino que, por el contrario, se refieren a diferentes aspectos de Dios. Cada “Nombre” nos enseña algo único, pero en otro idioma están todos traducidos de la misma forma – y así se pierde mucho.
Lee la Biblia inteligentemente. Presta atención. La Torá no está relatando sólo historia y cuentos. Por el contrario, es “Torat Jaim”, literalmente: “instrucciones para la vida”. Por esta razón, cada detalle contenido en ella es en sí mismo un mensaje de cómo uno debe incrementar el valor y la calidad de su vida. Todas las historias y mandamientos son mensajes filosóficos, que esperan ser revelados por una mente intelectualmente activa. Este es el enfoque que debemos tener al estudiar Torá. Si el mensaje es obvio, revisa debajo de la superficie. Si parece fuera de lo común, identifica el principio básico que debes aprender de eso. Cada frase de la Torá tiene un significado infinito, no importa cuán insignificante parezca superficialmente. Fechas, nombres, números, eventos y linajes están ahí para enseñarnos algo. El diluvio, la torre de Babel, la división del Mar de los Juncos – todos estos eventos contienen sabiduría y grandes secretos.
Todos quieren grandeza. Pero ¿qué dirías si pudieras ser tan grande como Dios? Luchar por este objetivo es en realidad uno de los 613 mandamientos! ¿Cómo llegas a eso? Léela. Estúdiala. Observa lo que Dios nos dijo acerca de la vida. No esperes hasta que tu vida esté casi acabada. Entiéndela. Haz preguntas hasta que entiendas el mensaje que contiene. Compara cualquier aparente contradicción y resuélvela. No existen diferencias “accidentales”. Organízala. La sabiduría solamente es útil cuando la tienes en la punta de tus dedos. La Torá debe ser tu Enciclopedia, almanaque e índice para vivir. Repásala, para poder recordarla. Intégrala. Haz que las ideas sean parte de tu realidad. Estudia las instrucciones y aplica los principios a tu vida. Constantemente! Profundízala. Cada vez intenta llegar a un nivel más profundo. La sabiduría de la Torá es infinitamente profunda.
Nunca Dejes de Estudiar
Cada idea y entendimiento nuevo es otro nivel de crecimiento. Puede ser que llegue el momento en el que llegues a ser igual de bueno que un “profesional”. Pero en la vida nunca llegarás a ser la persona “buena” que puedes llegar a ser – porque puedes ser “bueno”, pero una vez que lo eres, puedes hacerte “buenísimo”. La primera oración que se le enseña a un niño es: “Torá tzivá lanu Moshe, morashá kehilat Iaacov”- “la Torá fue ordenada a nosotros por medio de Moshé y es la herencia de cada Judío”. La Torá fue ideada para todos. No está en el dominio de una clase privilegiada. Por el contrario, es un documento vivo que respira, es la sangre que le da vida al pueblo Judío. Es importante e indispensable que en todo momento nos involucremos personalmente en su estudio y práctica. Como dice (Iehoshúa 1:8): “Pensarás en ella día y noche”.
El estudio de Torá está reconocido como la mitzvá más importante, porque abre la puerta para la observancia de otras mitzvot. Como dice el Talmud (Shabat 127a): “El estudio de Torá es igual a la suma de todas las otras mitzvot”. Rabí Akivá, en el Talmud, plantea que esperar que un judío viva sin Torá es como esperar que un pez viva sin agua. Haz preguntas. Continúa estudiando toda tu vida. Increíblemente y a pesar de toda la irrefutable evidencia dejada en el transcurso de la historia por el pueblo judío, sus sabios y sus enseñanzas, entregando sus vidas, fieles a las descripciones citadas anteriormente sobre la importancia y compromiso de un judío con la Torá y su Creador, se les califica por el mundo como infieles, corruptos y merecedores de todo el historial antisemita que ha llenado de sangre sus vidas, pues Dios los abandonó. Acaso se cree que no hay explicaciones?
Se compara la relación entre la Ley oral y la escrita con la existente entre los apuntes tomados durante una disertación y la disertación misma. Los apuntes taquigráficos le resultan suficientemente claros al que ha escuchado la disertación, pero le pueden resultar incomprensibles al que no la ha oído. Las pocas palabras, letras o signos son suficientes para recordarle al primero la progresión de ideas y comentarios de la disertación, pero para el último constituyen solo un rompecabezas. Como hemos visto, solo una comprensión total de la Ley escrita puede capacitarnos para profundizar sus requerimientos e instrucciones. El problema que le sigue es, naturalmente, qué cualidades son necesarias para estar en condiciones de lograr este conocimiento de la Torá. Para obtener una respuesta debemos efectuar un paralelo con la disciplina de la poética, a la que Dios se refiere en la Torá.
En Devarim 31 19, leemos: “Ahora, pues, escribíos este cántico y enséñalo a los hijos de Israel; ponlo en boca de ellos para que este cántico Me sea por testigo contra los hijos de Israel”. Dios le ordena a Israel copiar la Ley que El dio oralmente y en Su precepto se refiere a la Ley como un cántico, es decir, poesía. El análisis de la poesía es una materia enseñada en muchas escuelas y en distintos niveles. Una persona que no tiene sensibilidad poética la considerará carente de importancia. Pero quien sí la posee comprenderá el tema y aprenderá mucho de la estructura de los versos, la rima y la forma en la cual se expresa el tema del poema. Los poemas son distintos a los ensayos y los relatos, pues están escritos en un estilo peculiar y sólo aluden al tema que tratan. El análisis de la poesía nos hace deducir las aplicaciones, obtener un panorama claro del tema abordado y observar la actitud del poeta.
Veamos si una persona de cierto país puede ser capaz de analizar la obra del poeta nacional de otro país. Lo primero que le hace falta es un sentimiento natural por la poesía, o adquirido a través del estudio. Aun cuando se lo considerase una autoridad en Poética, tendría que estudiar el idioma del poeta. Su comprensión se vería enriquecida, ciertamente, por el conocimiento de la historia, sociología y geografía de su país, su infancia, educación y aspecto. Además, debe leer permanentemente las obras del poeta.
En todos los campos hay expertos cuyas opiniones deben ser conocidas porque desarrollan un entendimiento instintivo de su materia como resultado de su permanente y esforzado estudio. Esto es aún más cierto en el caso del estudio de la Torá. El conocimiento completo de la Torá no consiste sólo en conocer lo escrito actualmente, aunque para ello uno deba concentrar todas sus facultades para adquirir el vasto conocimiento contenido en los veinticuatro libros de las Sagradas Escrituras. El conocimiento cabal consiste en comprender el sentido de la Torá, esto es: como resultado de su vasto conocimiento de la Torá, una persona ilustrada percibe intuitivamente el sentido de los preceptos de Dios. Cuando ha absorbido todas las instrucciones de la Torá se vuelve naturalmente capaz, con la ayuda de su experiencia e instintos adquiridos, de ponerlas en práctica. La concentración total no le es suficiente, al estudiante, para adquirir ese instinto. Esto le exige la entrega total de todo su ser. Sólo aquél que posee la cualidad de la dedicación íntegra a sus estudios puede ser considerado una autoridad en la Ley y merecer el título de “sabio”. Los sentidos e instintos de este hombre han sido agudizados y su ser interior ha adquirido la capacidad de entender las sutiles diferencias en las palabras de la Torá y sus leyes.
Nuestros sabios poseían estas cualidades. Es interesante leer, en este sentido, las palabras del historiador Flavio Josefo al final de su libro “Antigüedades de los judíos”: Nosotros, los judíos, no reverenciamos a aquéllos que conocen distintos idiomas y pueden mejorar su habla, dado que éstas son cosas que cualquiera puede hacer; no sólo los hombres libres sino incluso los esclavos liberados lo saben. Los únicos a los que llamamos sabios son aquéllos que poseen un total conocimiento de la Torá, que pueden explicar e interpretar la Biblia de acuerdo con su sentido y palabras. Si bien hay muchos que trabajan y se esfuerzan por estudiar la Torá, solo dos o tres han alcanzado este grado de perfección.
Además, la Torá es esencialmente un código que orienta e instruye al hombre en todo lo que hace, y no siempre en la forma en que su naturaleza lo dirige o induce. Por consiguiente, la capacidad de estudiar la Torá y entender su sentido puede darse solo en un hombre preparado de antemano para practicar todo lo que le demanden sus investigaciones, aunque ello atente contra su cuerpo, su alma o su propiedad. Una persona que pone reparos instintivos para cumplir la Ley o cualquiera de sus preceptos, dejará a menudo de entender correctamente estos preceptos. Además de las instrucciones específicas respecto de cómo cumplir los preceptos, nuestros sabios eran capaces de obtener de los pasajes de la Torá la necesaria orientación acerca de cómo conducir sus vidas en asuntos que parecieran no tener una relación directa con el tema en discusión.
En el tratado talmúdico Ketuvot 77 hay un relato acerca de Rabí Iehoshúa Ben Leví, quien deambulaba entre gente que sufría de graves enfermedades contagiosas sin importarle su propia salud porque entendía que el versículo: “como cierva amada y graciosa corza” (Mishlé 5, 19) significaba que la Torá protege a sus estudiosos.
A lo anterior objetarán quienes descalifican a Israel con el argumento de las persecuciones, masacres, pogroms, holocausto, exilios, etc, como una contradicción a la interpretación de Rabí Iehoshua. Tanto en la presunción de abandono de estudio de la Torá como consecuencia del castigo (lo cual es cierto), como en la que evidenciaría esta condición en los sabios del pueblo (error e infidelidad según los contradictores), no sólo que en ambos casos está ampliamente documentado, evidenciado e irrefutablemente sustentado y demostrado que dichas presunciones son falsas (se requieren años de estudio), sino que inclusive, se tienen respuestas precisas y profundas no imaginativas y ajustadas a los complejos métodos de interpretación y deducciones del estudio de la Torá y la vivencia y cumplimiento profético según los planes detallados del Amo de la Creación, para explicar lo acontecido y su dialéctica.
Nuestros sabios de bendita memoria también registraron discusiones científicas que mantuvieron con los estudiosos de que eran por aquellos días reputados como los más sabios en ciencias. Las explicaciones de nuestros sabios respecto de los fenómenos de la naturaleza se basaban, a menudo, en interpretaciones de versículos de la Biblia. Nunca dejaron de sorprender a los sabios griegos. El profesor Alvin Radkowski, el renombrado físico atómico, ha dicho que “no hay mejor ejercitación para un científico que el estudio del Talmud. El razonamiento de los sabios del Talmud es muy científico. Utilizan los principios científicos para reflexionar sobre los problemas y resolverlos. Creo que ante todo un hombre de ciencia debe saber cómo formular, las preguntas correctas y desde este punto de vista no hay nada como el Talmud, que está lleno interrogantes y problemas difíciles” (Maariv, 1 de octubre de 1972).
La Verdad está en todas partes, pero pocos hombres son capaces de verla. Este mundo es una noche obscura; no vemos nada a pesar de la luz que ilumina el día. Toda nuestra vida, vamos de un lado a otro en medio de una espesa niebla que oculta todas las grandes verdades de nuestros ojos. Detrás de esta pesada e impenetrable neblina, se vislumbran sombríos fantasmas; algunos nos espantan y otros nos seducen, pero todos son fantasías irreales creadas por los remolinos de la niebla. Tanto la oscuridad, como el error, son esenciales para el Plan del Mundo y fueron arreglados de este modo por el Creador: “Haces las tinieblas y es de noche” (Salmos 104:20); “esto se refiere a este mundo, que es como la noche” (Baba Metziá 83b). Esta oscuridad conduce a los hombres hacia dos errores (Mesilat Yesharim 3):
1) A no poder ver la Verdad
2) A creer que los fantasmas imaginarios son reales.
Vemos de este modo que las naciones han adorado a hombres sin valor y envilecido a otros de gran virtud. Los hombres están tan ciegos que no ven sus propios errores, ya que incluso a los más viles criminales se les considera hombres buenos. Algunas veces esta oscuridad engaña aún a los más grandes.
El hombre no puede inculcar en otros aquello de lo que él mismo no posee. Las cualidades de carácter moral deben desarrollarse, es una disciplina continua, y hombres que no fueron educados adecuadamente, no poseen la bondad, control de sí mismos, humildad, cooperación y decencia moral apropiada. Se necesita instrucción especial aun para llegar a ser un buen ciudadano y vecino. ¿Dónde se encuentra este entrenamiento y ésta instrucción? Exclusivamente en el Talmud, Torá Oral.
Los hombres en cuyas manos se encomienda a la juventud, no han tenido semejante educación. Ellos mismos se han desarrollado bajo la norma única de sus propios deseos y ambiciones, y no están en absoluto capacitados para instruir a la juventud. Los colegios no enseñan buenos modales, buena ciudadanía, relaciones personales apropiadas para con los semejantes, autocontrol, ocupaciones provechosas, caridad, moderación, prudencia, satisfacción con lo que uno posee o habilidad para encarar los percances. En lugar de eso, el alumno llega a la escuela con las verdades naturales, tales como aversión a la maldad y a la inmoralidad, respeto a la autoridad de los padres y del gobierno, y el instinto hacia la caridad y la bondad; y se gradúa con el descabellado y falso concepto que el Hombre es descendiente del alga y no posee ni Libre Albedrío ni responsabilidad y que nada es intrínsecamente bueno o malo. De este modo, el diploma es de hecho, un certificado que atestigua que el portador fue corrompido. Ahora está listo para salir al mundo y perseguir la seguridad y el placer, por lo que está preparado para satisfacer sus más bajos instintos; o, si llega a ser educador o escritor, corromper a la sociedad con su mente incapacitada.
Y son los gentiles quienes se atreven a juzgar al pueblo judío y al Talmud? Acaso esa ha sido la evidencia comprobada registrada históricamente del pueblo judío? Existe un abismo entre las naciones y el pueblo judío. Es demostrable. La inteligencia y la búsqueda de la verdad siempre han sido los puntos de partida para el judío en base a la revelación de la Torá Oral y la tradición que desentraña los secretos de la Torá escrita. Siempre con el primer y último objetivo como meta de obedecer a su Creador, unirse a Él, elevar su alma, refinar sus rasgos de carácter, doblegar su ego, dominar y eliminar su inclinación al mal, rectificar la creación, amar a su prójimo y alcanzar el altruismo absoluto con todo su entorno y en amor y temor a Dios.
Si en un lugar desértico encuentras una piedra colocada sobre otras dos, te inclinas a pensar que eso es obra de un ser inteligente. Pero si encuentras cientos de rocas en la fila inferior y cada fila sucesiva sobre de ella tiene una piedra menos, hasta que en la cima está situada una sola piedra, sólo un demente admitiría la posibilidad del azar. Aun así, todo en el Universo, orgánico e inorgánico es mucho más complejo que un montón de piedras. Si se encontrara tan sólo una simple hoja de árbol en el mundo, constituiría una prueba irrefutable de una Inteligencia Infinita, debido a su maravillosa estructura nerviosa, a los conductos que transportan el fluido portador de materiales variados a través de miles de vías, además de sus numerosos, diminutos pero maravillosamente eficientes laboratorios químicos. Aquí hay más ingeniería que en una docena de puentes, y más química que en todas las plantas químicas de renombre mundial juntas.
Y el mundo está lleno de billones de objetos naturales de tal complejidad y diseño preciso. Cada uno de estos objetos proclama en voz alta que una enorme Inteligencia lo planeó. Sin importar cuán profundo la mente más perspicaz y sabia pueda adentrarse en los secretos de los cielos, de los cosmos y existencias celestiales e infernales macro y micro, no podrá nunca desvirtuar (y sería deshonesto) que siempre habrá una instancia previa de diseño a cualquier manifestación, y que la instancia última por lógica conclusión y definición, esta inteligencia diseñadora corresponde al Creador. Siempre (sea cual sea el significado) estará al origen, al principio, como fuente primaria y única. Cualquier manifestación definida como existencia, emanación, creación u otro término, proviene de ese ser inefable e incognoscible que denominamos Dios, y nada ha venido a su manifestación sin que antes haya sido pensado y diseñado con propósito previamente por esta fuente.
Y no obstante, ahí persisten evolucionistas, anti creacionistas y cosmogonías que niegan la absoluta soberanía de un Creador, Plan y Propósito en todo lo infinito, ajustando la infinita complejidad de la existencia a realidades mundanas de confrontaciones imprevistas en las edades cósmicas, sin percatarse que absolutamente todo siempre tuvo un plan prefabricado.
El error se difunde como si fuera una infección y puede perdurar por miles de años. No hay que olvidar que millones de hombres, incluyendo a los más letrados de todas las naciones, han repetido las viejas mentiras inventadas por los griegos en contra de nuestra nación; y estas mentiras han persistido por miles de años. Pero en el tema de la Evolución y otras cosmogonías religiosas (como la cristianas), en verdad son necios, pues niegan la evidencia que se les estrella en la cara. La Verdad debe ser medida por sus propias dimensiones y no por el número de personas que se oponen a ella. Han recurrido a subterfugios totalmente deshonestos para aminorar el impacto de la Verdad.
La Torá nos advirtió de antemano contra dioses falsos “a dioses desconocidos, nuevos, recién llegados, que vuestros padres no temieron” (Debarim 32:17). Este proceso de nuevas ideologías y nuevas declaraciones de descubrimientos es interminable, y es parte de la constante prueba de virtud que los hombres deben sobrellevar toda su vida. Pero la Torá y el pueblo de la Torá son una empresa antigua y establecida, que ha estado en el “negocio” por muchos miles de años, ha soportado muchas crisis y sobrevivido a muchos competidores. Gracias al pueblo Judío exclusivamente. Nosotros vemos con ojos tranquilos y habituados a los oponentes físicos e ideológicos que se levantan en contra de nosotros en cada generación; y sabemos que caerán en el olvido como lo han hecho todos aquéllos que los antecedieron.
Éste es otro aspecto de la frivolidad de las naciones. Nuestro pueblo, a través de toda su larga historia, ha testificado esas ideas disparatadas. Los hemos visto sumidos en idolatría, crueldad, deseo, guerra, arrogancia y falsedad. Estos son sus frutos incontrovertibles. Si no fuera por esta espesa nube de falsedad que han soltado, el mundo hoy en día reconocería más fácilmente las maravillas de la naturaleza gracias al aumento de los conocimientos del hombre. Así la humanidad vería la clara evidencia de la sabiduría infinita del Creador, como lo hizo nuestro padre Abraham. Actualmente, debido a que la oscuridad de la Evolución confunde la mente de los hombres, los milagros del mundo orgánico no impresionan a estos hombres engañados, ya que todo es “explicado” como desarrollo gradual (antigua escuela) o mutación espontánea accidental (nueva escuela).
Y aun así, a pesar del enorme historial y testimonio indiscutible, a pesar del interminable rastro de muerte y miseria calificativo como fruto putrefacto de todas las naciones, a pesar de que dicho fruto en comparación con el fruto sublime del pueblo judío (desconocido por la humanidad) es incomparable, millones de personas antisemitas (apoyados en el cristianismo) califican al pueblo judío como hijos del diablo (“vosotros sois de vuestro padre el diablo”, dijo el mismo que repitió sentencias talmúdicas como “por sus frutos los conoceréis”). Sin lugar a dudas existe una incapacidad de discernimiento entre el bien y el mal, así como una evidente inversión de valores por fuera del pueblo judío; y esto en buena parte se debe a la falta de una tradición generacional relacionada con el Talmud. Tienen la osadía de atribuir todo lo expuesto hasta ahora a la casualidad (secularmente) o a la fortuna y predestinación sin conciliaciones dialécticas (religiosamente). Son totalmente sordos a los argumentos.
La química y la física están llenas de las maravillas del plan y propósito de Dios, a través de las cuales uno puede ver orden en la disposición y comportamiento de toda la materia. Pero a pesar de todas estas señales y milagros manifiestos, los hombres siguen caminando en la oscuridad. Hablan de los “caminos de autoperpetuación de la Naturaleza”, “cómo la Naturaleza economiza espacio”, “cómo la Naturaleza prevé emergencias”, etc. Con el fin de evitar reconocer al Dios viviente, están dispuestos a inventar una entidad inexistente y darle el nombre vacío de “Naturaleza”. Los interminables milagros de plan y propósito son ignorados o explicados por argumentos irresponsables como accidente, evolución, etc. Por el otro lado están los religiosos, que dicen “creer” en Dios y su Majestad y sin embargo son totalmente indiferentes al conocimiento o cualquier revelación que comprometa su “supuesta libertad”. Pura hipocresía.
La tradición judía se mantiene entre las de las demás naciones como un ser viviente entre las estatuas de cera. Nuestros documentos afirman que toda nuestra nación, (siendo de varios millones), atestiguó con sus propios ojos y oídos la presencia de Dios cuando Él les dio Su Ley en el Monte Sinaí, y nuestros escritos no registraron un solo caso en que alguien desafiara este hecho. Nuestros documentos establecen que las plagas se infligieron sobre Egipto a los ojos de todos, tras haberse predicho que vendrían en la forma designada y en tiempo establecido, toda la nación egipcia las experimentó y todo nuestro pueblo fue testigo.
Nuestros documentos establecen que toda nuestra nación presenció la partición del Mar Rojo, a través del cual pasamos y en el que los egipcios se ahogaron. Después de eso, durante 40 años, toda nuestra nación fue testigo constante de la nube de gloria Divina y la columna de fuego nocturna, y por cuarenta años cada persona comió lo que descendía del Cielo. Estos hechos no les fueron contados por individuos, sino que fueron presenciados por millones. La gente no era dócil, sino obstinada, pues se opusieron a sus guías en numerosas ocasiones y aceptaban sólo lo que podían ver. Aceptaron la Torá, no porque Moshé (Moisés) les mostró milagros, sino porque oyeron la voz de Dios que les hablaba desde el Monte Sinaí.
Tras recibir la Torá, pasaron cuarenta años en estrecha unión y escaso contacto con otras naciones, para que pudiesen consolidar su conocimiento de Torá sin infiltración de influencias extranjeras. Ya que no poseían tierras para labrar ni comercios, tenían el suficiente tiempo libre para dedicarse al estudio de la Torá con la máxima diligencia. Hasta este evento es descalificado por los “profetas y eruditos” modernos y lo atribuyen a (como siempre) un castigo Divino al pueblo infiel judío. La Torá no fue predicada por individuos que posteriormente lograban persuadir o coercer multitudes, como las religiones creadas por el hombre. Desde el primer día, la Torá fue aceptada por toda la nación sin excepción.
Nuestras crónicas sagradas son escrupulosamente honestas en revelar las faltas de hasta los hombres más grandes; y aunque se registran casos de desobediencia, nunca hubo un solo caso en que se desafiara la verdad de la Torá o de los eventos del éxodo en el desierto, en los 1380 años desde que fue recibida la Torá en el Monte Sinaí hasta la era del Segundo Templo y aún después.
Es por esto que las últimas palabras de la Torá son: A los ojos de todo Israel. “Y no surgió otro profeta en Israel, como Moshé… y a quien el Eterno enviare a hacer todas las señales y los prodigios en la tierra de Egipto, al Faraón, y a todos sus siervos, y a todo su país; y por toda la mano poderosa y por todo el temor grande que causó Moshé a los ojos de todo Israel”. El hecho que tal expresión esté colocada en el mismísimo fin de la Torá, es evidencia de su extrema importancia.
Y se enfatiza esta máxima una y otra vez. Estos no fueron asuntos realizados en forma privada, presenciados por algunos individuos que luego persuadieron multitudes a creer. La multitud fue testigo ocular. “Y habló Aharon todas las palabras que dijo el Eterno a Moshé e hizo las señales a los ojos del pueblo” (Shemot 4:30). “Y alzó la vara y golpeó las aguas que había en el río, ante los ojos del Faraón y ante los ojos de sus siervos, y se convirtieron las aguas que había en el río, en sangre” (ibid. 7:20). “E Israel vio a los egipcios muertos sobre la orilla del mar” (ibid.14:30). “Y vio Israel el poder grande que usó el Eterno contra los egipcios” (ibid. 14:31). “Y que estén preparados para el tercer día, porque en el tercer día descenderá el Eterno a la vista de todo el pueblo sobre el Monte Sinaí” (ibid. 19:11). “Y todo el pueblo percibía los truenos y las llamas y la voz del cuerno y el monte estaba humeando” (ibid. 20:18). “Y el aspecto de la gloria del Eterno, como fuego devorador en la cima del monte, a los ojos de los hijos de Israel” (ibid. 24:17).
“Y vieron Aharón y todos los hijos de Israel a Moshé, y he aquí que brillaba la piel de su rostro y temieron acercarse a él” (ibid. 34:30). “Porque la nube del Eterno estaba sobre el tabernáculo de día y fuego había de noche en él a los ojos de toda la casa de Israel, durante todos sus viajes” (ibid. 40:38). “Que Tú, el Eterno, estás entre este pueblo, que a la vista Te apareciste Tú, el Eterno, y Tu nube está sobre ellos, y en columna de nube, Tú andas delante de ella de día, y en columna de fuego de noche” (Bamidbar 14:14). “Al día siguiente de Pesaj salieron los hijos de Israel con las manos en alto, a los ojos de todo Egipto” (ibid. 33:3). “Y dio el Eterno señales y prodigios grandes y funestos en Egipto, contra el Faraón y contra toda su casa, ante nuestros ojos” (Debarim 6:22).
Pero ya que sólo Israel presenció la entrega de la Torá y la mayoría de los milagros ¿cómo puede esperarse que las otras naciones acepten esta verdad? Las Escrituras sólo dirigen el llamado de cumplimiento de Sus Leyes a Israel, quien presenció los hechos de Dios. Ninguna otra nación es amenazada o culpada por no aceptar la Ley; no tienen esa obligación, pues no presenciaron los milagros que comprueban la verdad de la Ley. Moshé no exigió de los hijos de Israel que creyeran en él, pues ninguno de ellos disputó alguna vez la veracidad de la Ley de la que fueron testigos junto con él.
La verdad del judaísmo se basa en sus tradiciones. Pues uno puede respetar muy poco la tradición si cada religión reclama su propia tradición. Por eso es importante percatarse de que ningún sistema de doctrina en el mundo tiene una tradición plausible e ininterrumpida de la ley Divina excepto el Judaísmo, sobre cuya tradición se apoyan forzosamente el Cristianismo y el Islam. Así, no existe más que una tradición válida; y esta tradición es la única fuente de la verdad básica. Las Sagradas Escrituras, que muchos religiosos antijudíos dicen respetar, refutan abiertamente a cualquier nación que afirme “superioridad” sobre el pueblo judío. “Porque pueblo santo eres para el Eterno, tu Dios, a ti te escogió el Eterno, tu Dios, para ser para Él, el pueblo amado, más que a todos los pueblos que están sobre la faz de la Tierra” (Debarim 7:6).
No obstante: Dicen muchos de éstos religiosos que esto se refiere a ellos. Es de llamar la atención como los “hombres” puedan estar tan descarriados. ¿Acaso no dice la Tora: “Y porque amó a tus padres, y escogió a su simiente tras ellos, y te sacó Él mismo con su enorme fortaleza de Egipto”? (Debarim 4:37). La Biblia entera se refiere a la simiente de los patriarcas. Y simiente significa simiente. Claro, también hay las argumentaciones que la simiente se perdió, se mezcló, se contaminó, se corrompió, lo cual hasta cierto punto es cierto. Las diez tribus del norte se perdieron. Pero si la simiente se perdió, se contaminó o se la robaron, ésta reaparecerá milagrosamente al final de los tiempos, en lugares escondidos durante los últimos 2000 años, quizás en los descendientes de Efraím, en los descendientes de Esaú, en los descendientes de cualquiera, pero eso sí (dicen dichos religiosos), no en los que quedaron de Judá quienes evidenciaron nunca perder la Torá y ofrendar sus vidas por ella. La Torá nunca se apartó de la boca de los sabios de Israel ni del pueblo Judío. Ellos no tienen fruto, desconocen la Torá, desconocen la tradición oral, desconocen todo, no tienen fruto y aun así se autocalifican como la simiente escogida.
Aunque ignoran todas las leyes de la Torá, sostienen que es su Biblia y no la del pueblo judío. A pesar de todas sus afirmaciones, nunca fueron devotos para con las Sagradas Escrituras. Sólo nuestra nación cumplió la profecía que se dijo de la simiente de Israel: “Este es mi pacto con ellos, dice el Eterno, Mi espíritu que está sobre ti, y Mis palabras que he puesto en tu boca, no se apartarán de tu boca, ni de la boca de tu simiente, ni de la boca de la simiente de tu simiente, dice el Eterno, desde ahora y por siempre” (Yishayá 59:21).
Somos nosotros, el pueblo judío los que no comemos puerco ni encendemos fuego en Shabbat. “Y que nunca dejarán de observarse esos días de Purim, ni perecerá su memoria de su simiente” (Esther 9:28). Nosotros y nadie más celebramos Purim. “Y aconteció que cada nación que quede de todas las que vinieron contra Jerusalém subirá cada año a adorar al Rey, el Eterno de los ejércitos, y guardar la fiesta de las Cabañas (Sucot). Tal será el castigo de todas las naciones que no subieran a celebrar la fiesta de las Cabañas (Sucot)” (Zejariá 14:16-19). Nosotros, y nadie más celebramos Sucot desde siempre y acorde a la halajá, a las instrucciones de la Torá Oral. Claro, actualmente hay quienes celebran las convocaciones judías y dicen que es como ellos lo practican como se debe hacer. Que sus inciensos si son agradables. Los del pueblo judío por miles de años no. La fidelidad del pueblo judío sencillamente no tiene valor, es despreciada en el cielo, es rechazada por Dios (dicen ellos). Definitivamente merecemos todos los castigos recibido y los que nos faltan aún, además del infierno.
Las Sagradas Escrituras manifiestan claramente que 1) nuestra nación fue escogida para recibir la Torá y ninguna otra nación será escogida jamás en lugar de nosotros y que 2) la ley se dio para “siempre” y ningún profeta podrá alguna vez reemplazar o invalidar la profecía de Moshé.
¿Ha sido continua la tradición desde la entrega de la Torá en el Monte Sinaí hasta nuestros días? No sólo desde la entrega de la Torá, sino que la cadena de tradición continúa intacta desde el principio del mundo hasta nuestros días. Cuando murió Adam en el año 930, Metushelaj (Matusalén) lo había conocido ya durante 243 años; y Noaj (Noé) había conocido a Metushelaj por 600 años, cuando este último murió en 1656. Al morir Noaj en 2006, Abraham tenía 58 años. Abraham, Yitzjak y Yaakob eran una familia unida. Al morir Yaakob en 2255, Yosef tenía 56 años y Amram, el padre de Moshé había nacido ya. Al venir Moshé al Faraón, Abraham era todavía recordado por los egipcios, entre los que había residido temporalmente. Cuando Moshé trajo la Torá a los hijos de Israel, las tradiciones y la historia inscrita en ella, eran bien conocidas por Ja gente. Entre Adam, que fue testigo de la Creación, y Amram, eJ padre de Moshé, sólo intervinieron cuatro hombres: Metushelaj, Noaj, Abraham y Yaakob.
El Diluvio estaba sólo dos eslabones atrás en la cadena de tradición, pues entre Noaj y Amram intervinieron sólo Abraham y Yaakob. Los hijos de Israel en Egipto ya habían oído de antemano las crónicas de Abraham, Yitzjak y Yaakob de boca de Yaakob y sus hijos, a quienes la generación previa a Moshé conoció personalmente (no a todos). Leví, el hijo de Yaakob, murió en Egipto en 2332 y su bisnieto Moshé nació sólo 33 años después en 2365. De este modo se puede ver qué tan unidos están los eslabones de la cadena de tradición desde la Creación hasta Moshé.
Entonces… ¿no fueron nuevas las crónicas de Bereshit para la gente?
No. Si Moshé, hubiera inventado cualquiera de las crónicas, los israelitas se hubieran opuesto a él y lo hubieran rechazado. Eran muy numerosos, habían muchos ancianos y sus tradiciones eran recientes. Se puedes constatar que eran obstinados, que no se persuadían fácilmente y cómo algunas veces se oponían a sus peticiones. Si hubieran tenido cualquier objeción a sus crónicas, no hubieran vacilado en anunciarla abiertamente.
¿Qué tan unidos están los eslabones, después de la entrega de la Tora?
Toda la nación estudió Torá bajo la tutela de Moshé durante cuarenta años, sin tener el deber de trabajar para comer pan. De esta forma, la nación entera se convirtió en transmisores de la tradición, pues se educaron en la más grande academia de Torá que el mundo vería alguna vez. Inmediatamente después de morir Moshé, se establecieron en la Tierra de Israel bajo el liderazgo de Yehoshúa, el principal discípulo de Moshé; y se estableció el Santuario en Shiló (Silo) bajo la guía de Pinjas el Cohén, discípulo de Moshé. En este Santuario, que se mantuvo por más de 300 años, Shemuel (Samuel) el profeta fue educado en la tradición de la Torá por Eli el Cohén. El Rey David recibió la tradición de la Torá de su maestro Shemuel. 440 años después de Moshé, Shelomó el hijo de David, construyó el Primer Templo. Este Templo se mantuvo durante 410 años. Hasta la destrucción del Primer Templo, por un período de 890 años después del Éxodo, poseyeron e] Arca que contenía “las dos tablas de piedra que Moshé puso en Joreb, cuando el Eterno hizo un pacto con los hijos de Israel cuando salieron de la tierra de Egipto” (I Reyes 8:9). El libro de la Ley fue colocado “al lado del Arca de la Alianza del Eterno” (Debarim 31:26). El Tabernáculo del Santuario, que Moshé y su generación hicieron, y todos sus utensilios sagrados, se guardaron en el Templo de Shelomó (I Reyes 8:4) y permanecieron allí hasta el final.
El hecho que estaban en la Tierra de Abraham, Yitzjak y Yaakob, y que el hecho que hablaban el mismo idioma que todos sus antecesores, ayudó a fortalecer su tradición. Vivían entre los monumentos de su tradición. La sepultura de sus patriarcas en lebrón, la sepultura de Yosef en Shejem, la tumba de Rajel en Bet-Lejem, y todos los lugares mencionados en la Torá que se relacionan con la vida de los patriarcas, eran conocidos por la gente que habitaba la tierra de Israel durante todas las épocas, y algunos se conocen aun en nuestros días. Conocían los lugares por donde sus antepasados cruzaron milagrosamente el Mar Rojo, y donde el río Jordán se partió para dejarlos cruzar, las piedras que cayeron del Cielo sobre sus enemigos en Bet-Jorón (Yehoshúa 10:11), la piedra en la que se sentó Moshé durante la batalla contra Amalek, el pilar de sal de la esposa de Lot, y la pared de Jericó que se hundió en la tierra (Berajot 54a).
Entonces no tenían dudas, y no tenían necesidad de que los convencieran, pues su tradición histórica vivía con ellos. Este asunto de dudar de las Sagradas Escrituras es una enfermedad reciente. Para nuestra nación, mientras vivieron en la tierra de Israel y en los países vecinos, la tradición no era cuestión de fe. Las señales y acontecimientos importantes de su historia los confrontaban a cada paso, y la tierra estaba llena de señales que corroboraban y conmemoraban los eventos de la Biblia. En el Templo, además del libro de la Torá, escrito con el puño y letra de Moshé, y de las tablas de piedra de los Diez Mandamientos, estaban el Tabernáculo tal como lo habían erigido en el desierto, el recipiente que contenía Maná que se había guardado para remembranza de las futuras generaciones, la vara do Aharon de la cual brotaron almendras, todos los utensilios que se fabricaron en tiempo de Moshé, las joyas de oro que mandaron los filisteos cuando regresaron el Arca tras haber sufrido castigos milagrosos (I Shemuel 6). El lugar donde Ajan fue lapidado (Yehoshúa 7:26), donde estaban las ruinas de Haay (ibid. 8:28) y los demás numerosos memoriales históricos que llenaban la tierra. Los habitantes de Gabaón (ibid. 9:27) vivieron entre los israelitas por más de 1300 años.
Los Rejavim (o Keneos) que descendían de Yitró vivían entre ellos, cada tribu de Israel y cada familia vivía en las tierras que les asignaron Yehoshúa y los ancianos y cualquier ciudadano podía remontar su linaje a hombres que salieron de Egipto, y de ellos remontarse hasta Adam, el primer hombre. En la tierra de Egipto se practicaba aún la ley de entregar al faraón un quinto del producto de la tierra, que había instituido Yosef (Bereshit 47:26); y en la cercana ciudad de Ashdod, los sacerdotes del templo de Dagón nunca pisaban el umbral, pues ahí encontraron la cabeza y las manos de su ídolo cuando tenían cautiva el Arca (I Shemuel 5:5). Éstos son sólo algunos de los incontables monumentos históricos.
¿La tradición se transmitía en forma organizada o sólo en forma individual?
En ambas formas. Cada generación tuvo guías de Torá y asambleas de Torá. La principal línea de tradición de la Torá era así: Moshé recibió la Torá en el Monte Sinaí, y la transmitió a Yehoshúa. Éste la transmitió a los ancianos del pueblo (incluyendo a Elazar, Pinjas, los jueces y Eli ). Shemuel, David, Ajías de Silo, Eliahu (Elias), Elishá, Yoyadá, Zejariá (Zacarías), Hoshea (Oseas), Amos, Yishayá, Mijá (Miqueas), Yoel, Najum, Jabakuk, Tzefaniá, Yirmiyá (Jeremías), Baruj ben Neria y Ezrá. Ezrá fue la cabeza de la Gran Asamblea, y la línea de tradición desde entonces, está enumerada en la Mishná de Abot. Desde Moshé en adelante, cada uno de estos Sabios estaba asociado con un gran número de colegas y discípulos, de manera que la tradición se transmitía en cada generación de una multitud de Sabios a una multitud de discípulos.
Ver texto completo en siguiente link:
https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2021/07/20/por-que-creer-en-la-tora-11/
Elaborado por David Saportas
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