La Palabra Oculta del Nuevo Testamento – Parte 2
Por Fiedrich Weinreb
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Hijo de David.
La virgen María –el mundo nuevo en que debe de suceder lo increíble− es la prometida de José, de la casa de David. En el relato de Mateo y también de Lucas leemos de la procedencia de José de la casa de David. Es decir, la noción hijo de David vale también para el prometido de María. Y María es saludada por el ángel Gabriel: ¡Salve muy favorecida! El Señor es contigo. Y repite: Has encontrado gracia ante Dios. Ese poner de relieve la gracia, quiere decir que no se debe mirar a la ley y al interés, sino más bien a aquello que en el sentido más verdadero, es imposible. María dice: ¿Cómo será? No conozco varón. La contestación: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te hará sombra, por lo cual también lo Santo que nacerá, será llamado Hijo de Dios. (Lucas 1,28-35). El espíritu une el mundo de la verdad con el mundo material y une el aliento de Dios, la palabra, que es igual en los dos mundos, con la manifestación terrenal. El Espíritu Santo es el espíritu que viene de la esencia de Dios. Como el viento − la misma palabra tanto en hebreo como en griego − une los mundos. Los ángeles son espíritus. El Espíritu Santo viene sobre la virgen, sobre este mundo, que no ha sido tocado por ningún hombre, por ningún recuerdo.
Este mundo concibe del Espíritu de Dios. Para ello se hizo el mundo, y por el signo de Virgo. Porque el niño así concebido se asentará eternamente en el trono de David. El nombre David viene de la noción hebrea “dod”, amado. En las 42 generaciones mencionadas en Mateo, David es la generación decimocuarta. Y David se escribe 4-6-4, es decir, 14. ¿Casualidad? David tiene una posición central en todo lugar porque como lo dice su nombre, se siente amado por Dios. Según la ley o los acontecimientos exteriores, podría pensarse que fuera más bien un hombre con mala suerte, perseguido por las desgracias. Ya cuando Samuel, hijo de Ana, busca al futuro rey, es pasado por alto varias veces. Su padre Jesé ni le menciona, porque su madre, según la tradición, no es su mujer legal. Solo al final le encuentran en el establo con los animales. Luego, siendo ya rey, Saúl le disputa su reinado. Le persigue, quiere matarle y en ocasiones posteriores, debe huir varias veces. Sus hijos se levantan contra él, casi nunca se le entiende. Luego comete el pecado de tomar a “Bat-sheva”, esposa de Uría, como mujer. El primer hijo de esta unión muere. La Casa de Dios que tanto quiere construir, no puede hacerlo. Según los acontecimientos exteriores puede parecer que a David le persigan las desgracias. Y a pesar de ello se siente especialmente escogido y amado por Dios. En la esencia de su Ser, sabe perfectamente quién es, sabe de su eternidad.
Llegamos ahora a la palabra ben, 2-50, hijo. En general se piensa en un hijo nacido según la ley, aunque en el caso de David, estaría en contradicción con su nombre: el amado. Y ese hijo no puede entenderse como un heredero legal. El sustantivo ben tiene estrecha relación con el verbo “baná”, 2-50-5, construir y con “boné” 2-50-5, constructor. El padre construye su mundo con el hijo. El mundo, la virgen podríamos decir, no espera un hijo según la ley, espera el hijo de Dios, del Espíritu Santo. Un hijo según la ley tendría sus limitaciones aquí. ¿Por qué, se preguntarán, debe la ley mostrar límites? Para que en el ser humano surja el anhelo de ir más allá de esos límites. Así también viene el sentimiento de que la ley no pueda ser todo, por muy poderoso que se demuestre en el cosmos, funcionando con total perfección. Es decir, llega el anhelo de amor, de eternidad. David siente en su vida que lo esencial es ese amor de Dios. Lo reconoce como el núcleo, la fuente de todo. Quien siente así, canta su vida como alabanza a Dios. Los demás explicarán cuanto tendría que cambiar el mundo. No tienen ni tiempo de pensar en la eternidad, solo conocen ese único lado de la vida. Están divididos, cortados del lado de la eternidad.
Cada persona se construye su mundo. Lo sueña, lo espera, lo desea. Y esa construcción, ese “binyan” 2-50-10-50, es su hijo. Su semilla poseerá este mundo en la eternidad. Sabe por supuesto que su descendencia natural tiene límites aquí. Para el ser humano que es incapaz de captar la eternidad, todo es un sinsentido, por ser limitado. Con el hijo construimos aquí nuestra eternidad. Ser hijo de David quiere decir que deseamos que el mundo se reconozca como amado de Dios y que pueda vivirlo como eternidad. Aquí y allá. No importa cómo sea la vida aquí, se conoce la fuente en la eternidad. Y si utilizamos las medidas de la eternidad, todo es muy diferente. Únicamente con las medidas mundanas − que la serpiente recomienda vivamente − la vida se convierte en una cosa insulsa, aburrida, tiene saber a polvo. La serpiente come polvo.
Hemos señalado en otra parte la relación de la palabra serpiente, “najash”, 50-8-300 con caer, “nafal”, 50-80-30. Cae a la tierra y pierde la facultad de subir. Solo queda la facultad de subir en la carrera política o empresarial y en el estatus social. La serpiente se opone al amor, porque el amor no encaja en el orden de la ley. No puede comprenderlo, igual que el ser humano que solo sigue la ley. Se corta a sí mismo de la eternidad. Podemos vivirlo en la palabra también así: el mundo como virgen queda embarazado y da nacimiento a un hijo. María, al mismo tiempo, es todo el mundo. En el relato de la Biblia, el suceso exterior es idéntico al suceso interior. Porque el Señor es Dios. Significa también que en la fuente, allí donde todo lo interior está junto, todo eso vive de verdad. Y lo exterior fluye de esa fuente, lo temporal recibe el diseño, el entramado de la fuente. Pero entonces, ¿por qué no es idéntico? Porque solo el amor puede hacer que esos dos lados sean iguales.
Y el amor es la confianza, la fe –“Emuná” en hebreo– que aquel que ama, Dios, está dispuesto a darnos lo mejor a nosotros y al mundo. Si nosotros estuviéramos dispuestos a hacerlo así ¡cuánto más nuestro Padre en el cielo! La esperanza se convierte en el hilo, en el cordel de medir, con el que aprender las auténticas proporciones de la vida. “Esperanza” en hebreo es “tikvá”, cuya raíz “kav”, significa “cordel de medir”. El amor, la fe y la esperanza podrían predisponer al ser humano para la gracia. La virgen no conoce varón, es decir, no tiene recuerdo de tal suceso. No conoce ninguna causa, es decir, está realmente intacta de toda experiencia. Por ello el Espíritu Santo puede crear un hijo en ella, Dios tiene libre acceso.
María recibe ese hijo por la gracia. Ella está dispuesta a aguantar la amargura porque conoce la gracia. Confía en que de la fuente del Eterno solo pueden fluir eternidades. Así, su prometido José es de la casa de David, del amado de Dios, aunque su vida esté tejida de dolores y decepciones. La casa de David, el hijo de esta casa, lleva como hombre el recuerdo. El lado terrenal se casa con el lado celestial. El lado exterior del ser humano, con su lado interior, oculto. El hijo de David, por el lado materno, es hijo del Espíritu Santo, hijo de Dios. El hijo de Dios no tiene causa en el mundo, viene como regalo de la gracia, como sorpresa. Si solo fuese el hijo de David, podrían encontrarse sus raíces aquí, entonces, sería solo un ser humano como todos los demás. Pero como hijo de Dios dice que siente que es hijo del Padre en el cielo. El Espíritu de Dios, el Espíritu Santo le ha soplado el aliento vital. Así es la historia del nacimiento en la palabra. Dios es la palabra. Por tanto, lo que fluye de la fuente eterna, puede nacer en el tiempo.
Dios puede nacer en el ser humano. Y María, estando en la fuente, es quien da nacimiento a Dios en el ser humano. Dios no tiene causa conocida aquí. Él es anterior al comienzo y posterior al final. Mediante la salvación en el origen, en la fuente, el ser humano puede romper la ley y experimentar la sorpresa en el fluir del tiempo. Por ejemplo, que la muerte es también vida, porque el ser humano es también Dios. Este hijo, con quien Dios construye este mundo, recibe el nombre de Jesús, por medio del ángel Gabriel. En hebreo, es decir en el lado del más allá de todo ser humano, ese nombre es “Yeh’shúa”, el Señor ayuda. El sucesor de Moisés, en la Biblia hebrea, tiene el mismo nombre. Lleva a Israel al país prometido. También él. Como dijimos, el nombre “Yeh’shúa” significa: El señor salva, ayuda. Su raíz es la palabra “yeshuá”, salvación, redención, rescate, liberación. La ayuda es real solamente si todas las posibilidades causales están agotadas, si constatamos con desesperación que todo ha acabado. Por ejemplo, si se sabe que ahora toca morir. Todo está arreglado, papeles, testamento. Y se constata la muerte. Solo aquí, en este instante, la ayuda, el rescate cumple plenamente su significado: El señor ayuda, salva. Pensamos: ¿qué puede importarme ahora que todo ha acabado? Ahora viene la descomposición o la cremación, he abandonado todo lo que amaba, esta ayuda prometida puede irse al diablo.
Pero justamente ahora viene la sorpresa: ninguna experiencia, ningún recuerdo puede sugerirnos nada. La vida en la muerte es realmente virginal y el nacimiento de Dios en el ser humano encuentra su sentido. Un cielo nuevo, una tierra nueva, una vida nueva. No se trata de seguir con la conocida andadura en la vida. Sería un juego estúpido, cruel. No. Se trata de un volver a vivir aquí todo lo vivido; pero ahora rectificado, reparado, liberado de toda injusticia, mala suerte y aspereza. Ninguna experiencia, ningún recuerdo, la virgen recibe un hijo por el Espíritu Santo, un mundo nuevo, de Dios. Y se recibe de Dios por amor, por la gracia. ¿Y por qué, debe preguntarse, está el ser humano tan cerrado ante tal comunicación? El amor no es una ley, es un mundo nuevo. En la ley hay una secuencia: se suele pensar que solo se puede ser amado si se actúa como un siervo piadoso, y aun así, siendo tan pequeño, Dios seguramente no necesita ese amor, no está esperando justamente ese amor. Parece que el ser humano no es capaz de prescindir de estas medidas mediocres y de comprender que en el amor no hay jerarquía. ¿Pensamos acaso que Dios encuentra placer ante un amor rastrero, miedoso y servil?
El Dios del amor ¿no conoce la misericordia, la gracia? El amor solo puede ser verdadero entre dos iguales, y cada uno de ellos, libre. Toda presión limitaría el amor; y justamente el amor quiere ser inmenso. Inmensamente libre. Si el amor estuviese bajo el dominio de la ley, el mundo sería de verdad el Apocalipsis en el sentido más estremecedor. Siempre crecerían nuevas cabezas y cuernos de las bestias. Quizás el amor podría tener la fuerza de vencer la ley, pero la ley sabe defenderse con la astucia de la serpiente. Está dicho que la ley tiene envidia, viendo cuántas cosas se le han escapado en el transcurso de los tiempos. Y que el amor solo podría vencer, si es capaz de abrazar a todos los heridos por la ley, a todos los muertos. Cuantiosa aventura. Así se espera que el ser humano sea capaz de llevar todos los pecados y todas las enfermedades del mundo. Eso es lo que dice la Biblia del Mesías. Y puesto que sucede así en el núcleo, en la fuente, podría ser que en el tiempo que fluye de aquella fuente, el ser humano atraído por esa fuente pensara que ese asunto le concierne. Puede simpatizar con los sucesos del mundo e incluirlos en su vida.
Entendiendo, naturalmente, que en el fluir del tiempo solo atraviesa ciertos paisajes y que aquello que hace tiene el efecto con Dios, como si hiciera todo. Es el arte del humilde que hace todo lo que le concierne, sabiendo que lo demás está en las mejores manos, las manos de Dios. La ley en sí es buena, a condición de que el ser humano tenga anhelo de amor, de eternidad. No se trata se seguir la ley en su pretendida exclusividad, más bien, de tener anhelo del amor en el mundo de la ley. Bajo estas premisas, el mundo se convierte en un jardín de hermosos árboles frutales y gran diversidad de flores. El ser humano es el jardinero de ese jardín. Él lo cuida, lo guarda. Lo guarda de la intrusión de aquellos que envidian el amor.
El callejón sin salida de la historia.
Al hablar de la virgen María, del nacimiento de Jesús y del nombre Hijo de Dios, me doy cuenta por supuesto de qué injusticia se está cometiendo si se corta de la unidad de la palabra y se coloca el acontecimiento únicamente en la historia. Y también de la injusticia, causada por el mismo pecado, si se niega todo porque “es imposible que haya sucedido así en la historia”. Los dos lados muestran que han tomado ávidamente del fruto del árbol del conocimiento. Sé, por supuesto, que se trata a la Biblia como se trata a cualquier otro libro. Que se la usa para toda ambición de poder. En el momento en que el ser humano se da cuenta de que puede dar rienda suelta a sus emociones, comienza a verlas como un asunto principal. Pero las emociones son parte del cuerpo que está bajo el dominio de la ley, como los instintos, por ejemplo, y también los descubrimientos de la psicología etc. Tan pronto se coloca algo en un orden, una sucesión, se muestra el dominio de la ley. En el área de las emociones se ha llegado a conocer la estructura de la psicosis y de la histeria de masas. ¿Y cómo estamos con el amor a la patria? ¿Y con el orgullo en cuanto a tamaño e importancia de una institución religiosa?
Sobre la tierra de la ley pueden crecer árboles maravillosos, hermosas flores y hierbas para el incienso. La mala hierba sin embargo indica que hasta el fin de los días seguirá creciendo también la envidia del malvado. Es la maldad que pretende tener derecho de dominio sobre lo temporal. El ser humano, sin embargo, debe anhelar la unión de lo oculto y de lo temporal, como la unidad del Señor y de Dios. Como seguidores de organizaciones que enfatizan las emociones, nos gusta ver solo la historia y nos gustaría que todo lo demás desapareciera. Como mero símbolo o alguna alegoría sin importancia, por ejemplo. Incluso la mística la desterramos al reino de los soñadores. La excluimos de la realidad y nos dedicamos a la “Realpolitik”, la política realista. Así forzamos el contenido en la palabra de Dios a la esfera de la historia, negando cualquier otra realidad. Pero pensemos que solo el hecho de que todas las personas de la realidad bíblica hayan muerto hace tiempo debería llevarnos a la pregunta:
¿Y dónde han quedado todos ellos? ¿Para qué han vivido? ¿Dónde ha quedado Lázaro, aquel hombre resucitado de la muerte? ¿Ha muerto acaso más tarde, una segunda vez? ¿Dónde están todos los sanados? ¿Han muerto seguidamente de la misma enfermedad o quizás de otra? ¿Cómo hacer coincidir todo eso con la omnipotencia del Eterno, del amante, al que gusta regalar y sorprender? El callejón sin salida de la historia lleva a la agresión. Y vuelve sordo para las voces que podrían conducirnos al secreto del Eterno. Tomar las palabras de la Biblia literalmente y entender un solo lado es ver a Dios únicamente en el tiempo. Si nosotros no estamos en la eternidad ¿cómo Dios puede pretender ser eterno? La obligación de ver las cosas únicamente así lleva a falsedades y mentiras. Y las emociones, los instintos y las psicosis hacen lo demás. Así, se coloca a Jesús algunas veces entre los profetas, en la serie de profetas bíblicos, olvidando expresamente su nacimiento del Espíritu Santo y de la virgen. Es deshacerse de un plumazo de la singularidad de su Ser. Debe convertirse en una figura histórica, en un pasado lo bastante alejado. Y si, como dicen, ha sido judío, entonces sería un rabí que enseñaba a sus seguidores. Y si ha sido algo especial, entonces un profeta, incluso un gran profeta, que impresiona más. Debo protestar por la injusticia que se está cometiendo, atentando así a la palabra.
También porque esas personas suelen usar la expresión “palabra de Dios”; y creen honestamente que Dios quiere informarnos sobre la historia de tiempos pasados. Si fuese así, la erradicación de los siete pueblos de Canaán sería una verdad histórica. Y los antisemitas tendrían razón al atribuir a la Biblia hebrea un Dios sanguinario y vengativo. Un Dios que apedrea y quema a mujeres infieles, los hombres pueden hacer lo que quieran. Y quien profane el shabat debe morir, sin duda. Esa es la verdad histórica. Que sea verdad en la palabra, es decir, que exista una realidad − inalcanzable por nosotros − donde sea así, podría llevarnos a la pregunta en cuanto al significado de las palabras Yo soy el camino, la verdad y la vida. Y lo que estas palabras como unidad del interior y exterior podrían decirnos. Es decir, se debería ser capaz de comprender el Nuevo Testamento sin cortarlo de sus raíces. Cortado de sus raíces, seguimos en lo conocido: nosotros tenemos razón, podéis ver nuestros éxitos, nuestro poder, nuestra facilidad de adaptación.
El Judío Jesús.
Jesús como judío. Me pregunto ¿quién es, ¿qué es un judío? A esta pregunta, tanto cristianos como judíos tienen de inmediato una respuesta emocional. Pero ¿qué dice la palabra “judío”? ¿Quién es ese “Israel”, que parece tener una posición central en la Biblia? El nombre Yehudá, 10-5-6-4-5, raíz de la palabra judío, se le da al cuarto hijo de Lea. En la genealogía de Mateo se le llama hijo de Jacob. Lea dice en Génesis 29,35 Esta vez alabaré al Señor, por eso llamó su nombre Yehudá. Por tanto, Judá tiene su raíz en la palabra “alabar”, y “agradecer”. “Odé”, 1-6-4-5, yo alabo, y “todá” 400-6-4-5, agradecimiento, gratitud. El nombre de Yehudá, Judá, habla pues de alabanza y de gratitud. No es por nada que David es de la casa de Judá. David es amado por Dios, Judá es la gratitud. Y de inmediato surge la posibilidad para las mentiras y frivolidades, si solo alabamos o agradecemos por miedo u oportunismo. La auténtica gratitud se conoce solo en la felicidad del ser humano. Su dicha no puede ser mentira.
Por ello, solo la persona feliz puede ser judío. Dios nos conoce en todo y sabe quién es feliz. Y esa felicidad es, como lo dice la palabra, el agradecimiento verdadero. El camino comienza con Abraham, según su nombre padre de la muchedumbre de pueblos. No es solo padre de una raza biológica o temporal. Todas las personas que tienen confianza en Dios − o cómo quieran llamarle − tienen su origen en Abraham. Y el nombre de su hijo, Isaac, es tan imposible que da risa. El camino sigue por Jacob − que es llamado Israel − y por su cuarto hijo Judá, aquel que es feliz, hasta David. Si en la palabra solo aquel que es judío vive feliz, que agradece a Dios su felicidad, entonces el ergotista, el criticón, aquel que es fácilmente herido, el miedoso, tiene otro nombre. Desde la devastación de la Casa de Dios por Nabucodonosor de Babel, el mundo, los pueblos están de tal forma mezclados, como está escrito, que ningún pueblo de la Biblia es hoy reconocible como tal.
Todos los pueblos bíblicos viven en el interior del ser humano, de todo ser humano. Ese es el sentido de la palabra Babel, que significa “confusión”, “mezcla”. Quizás podríamos acostumbrarnos a no tener esa reacción emocional si escuchamos o vemos la palabra judío, como los escribas que encuentran su placer en las agresiones. Podríamos pensar en ese otro lado de la palabra. Y con ello quizás llegar al anhelo de vivir la unidad de los dos lados. Es decir, de ser feliz. Si un judío solo quiere ver el lado exterior, histórico, debemos decir que en su esencia ha dejado de ser judío. Y por otra parte, si un cristiano hace lo mismo, está admitiendo que ese Jesús, que es judío según la Biblia, es ajeno a su ser, aunque siga llamándose Israel. El nombre del traidor Judas es la palabra griega de Yehudá, hijo de Lea, linaje de David. A ese Judas se le llama el Iscariote. En hebreo “ish keriot”, hombre cortado. Cortado, extirpado. Ese Judas es pues un hombre cortado, y como lo cuentan Los Hechos de los Apóstoles, 1,18: reventó por medio. Entenderemos lo que sucede con todo Yehudá que está cortado de sus raíces, de su Ser. Solo queda lo temporal.
Es la dignidad de Judá que sigue la línea de su linaje como unidad. Así entendido, Jesús es judío, y así hay que comprender las palabras la salud viene de los judíos. Mejor dicho, la “yeshuá”, la ayuda, la salvación viene de los judíos (Juan 4,22). No se trata de un asunto exterior, más bien de una percepción del Padre en el cielo, en eternidades. Si Judá es cortado de sus raíces, se convierte en Judas, traidor. Sin relación con las raíces, lo exterior no solo no tiene sentido, sino casi automáticamente lleva a la agresión, devastando la cara divina del ser humano, su interior divino. En la habitación de Dios en el ser humano se instala la confusión.
Israel Llegamos al significado de la palabra Israel. Ni siquiera está claro lo que significa en el exterior. ¿Un pueblo, una nación, una iglesia, una institución? Acerquémonos pues a lo que la Biblia dice de ese nombre, en hebreo, en su sentido interior. Porque es una palabra que suscita grandes emociones. La primera vez que aparece el nombre de Israel en la Biblia es en el momento de la lucha de Jacob con ese varón, en el vado del río “Yaboc” (Génesis 32,24). Después de acabar la lucha, Jacob le llama a ese lugar Peni-el, explicando ese nombre en el sentido, de que ha visto a Dios cara a cara. Según la tradición judía, ese varón no es otro que el ángel Gabriel.
El varón se enfrenta a Jacob − según la tradición − cuando estaba buscando una vasija pequeña, sin valor, medio rota, que había olvidado y por ello, casi perdido. Si Jacob hubiese actuado según la norma, si hubiese dado por perdida a esa vasija pequeña sin valor, nunca se hubiese dado la lucha. ¿No es lo mismo en el caso de Moisés que buscó a ese corderito pequeño, casi sin valor, en el monte Horeb, para que su manada estuviera completa? Si Moisés lo hubiese dado por perdido, nunca se habría encontrado con Dios en la zarza que arde pero no se consume. Parece que lo decisivo es lo pequeño, sin valor a los ojos del mundo.
El ángel, es decir, aquel varón, ataca a Jacob y lucha con él. Cuando el ángel ve que no puede vencer a Jacob − la lucha dura toda la noche hasta el alba − toca la articulación de la cadera de Jacob, dislocándola. Luego dice a Jacob que le deje, porque raya el alba, y Jacob dice aquellas palabras conocidas − No te dejaré, salvo que me bendigas. En lugar de la bendición, escuchamos al varón decir − ¿Cuál es tu nombre? Contestándole la verdad, Jacob. A lo que el varón, el ángel de Dios responde − Jacob dirá más tarde que ha visto a Dios cara a cara −: − No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel, porque has peleado con Dios y con los hombres y has vencido. (Génesis 32,28).
La palabra hebrea usada allí, “saritá” 300-200-10-400, significa “dominar y vencer en la lucha”. Y justamente estas palabras forman la raíz del nombre Israel 10-300-200-1-30. “Sar”, 300-200, dominación, poder, es la raíz conectada con el nombre El, Dios. Israel en este caso podría considerarse como la tercera persona, es decir, él lucha con Dios arriba y con los hombres abajo, y domina. Es un luchador victorioso en aquello que importa, y por ello es un ser divino, como un ángel, mensajero de Dios, y se le añade la noción El, Dios. Como Micael, Gabriel o Rafael.
Pienso a menudo en la vasija pequeña, sin valor comercial, que para Jacob era lo bastante importante como para emprender un camino peligroso, en la oscuridad de la noche, con el fin de recuperarla. Creo que la lucha suele ser por lo pequeño, lo oculto, sin valor aparente. A las cosas que se ven en el exterior se les da mucha importancia, importa lo que se diga en la sociedad. Pero un pequeño objeto sin valor no se respeta aquí. La lucha con el mensajero de Dios trata de esas pequeñas cosas ocultas, que casi no percibimos, en el calor de la vida diaria. Y me viene a la mente el sermón de la montaña. No se trata de lo que hagas ante el público, o de lo que se espera que hagas para causar buena impresión. Más bien se trata de tus pensamientos que nadie conoce, de las cosas ocultas que tienes en tu vida. El sermón de Jesús es para Israel, para todo ser humano que vive de acuerdo con el verdadero significado de ese nombre y para todo judío que en su esencia es feliz. Y esa felicidad es la gratitud verdadera.
En todo ser humano es lo oculto, que en el mundo se llama Judá e Israel. Jacob, cuyo nombre tiene su raíz en la palabra “akev”, talón, alternativa –porque hay que andar sobre uno u otro pie– recibe ese nuevo nombre: Israel. Ese nombre le dará la unidad. Lo oculto, lo pequeño, no sirve para ninguna demostración, es como la oración que Jesús recomienda “en la cámara secreta”. Se cierra la puerta; se contempla aquello que no tiene valor para el mundo, anhelando poder devolverlo al Padre en el cielo. Visto desde fuera, es un intento bastante inútil. Una vasija casi rota, sin valor; un corderito obstinado, qué puede importar en la manada. Israel da importancia a lo pequeño porque siente que allí está Dios, oculto ciertamente, no percibido. En el mundo valen los dioses impresionantes, hechos por las propias manos, que tienen tanta importancia que se lucha por ellos. Se aplaude o se pierde el equilibrio si vence aquel al que no se ha apostado. Es la unidad de lo oculto y de lo visible que Israel experimenta, si vive de acuerdo con su nombre.
Quisiera hablar también de otro momento importante en la lucha del ángel con Jacob. El ángel toca la articulación de la cadera, la distorsiona, de forma que Jacob sale cojeando. Parece como si el nombre de Israel se haya conquistado al precio de la cojera. Hasta el día de hoy, está escrito en la Biblia, Israel no come ese nervio de la cadera. La unidad en el andar de Jacob es distorsionada a propósito, como parece. Pero ¿por qué no come Israel, hasta el día de hoy, ese nervio particular? Porque sabe que tiene singular importancia. Visto desde el exterior, no se sabe que Jacob es ahora Israel. Pero es visible que cojea, algo pasa con su cadera.
“Yarek”, 10-200-20, es cadera; la articulación del fémur es “kaf-hayarek”, 20-80 5-10-200-20. “Tsala” 90-30-70, es cojear. La articulación de la cadera habla del 330 o del 33. Tiene pues que ver con la forma que fluye, con estar encerrado en el cuerpo. Y “yarek” no solo significa “cadera”, es también la palabra usada para designar un descendiente: sale de la cadera, es un “yotsé yarek”. El que presta un juramento, por ejemplo, coloca la mano bajo la cadera del otro (Génesis 24,2-3). La cadera es pues el lugar donde salen los descendientes, donde se gestiona la forma, el nuevo cuerpo. La cojera nos habla pues del hecho de que, en principio, no puede haber equilibrio en ese lugar. El ángel provoca que el lado oculto no pueda estar en concordancia con el lado visible. Es decir, que la vida tiene su sentido por el hecho de que los dos lados sean diferentes. Sin el anhelo, sin el amor de volver a la unidad, a la concordancia, la vida sería un juego sin sentido, cruel. El desarrollo según la ley. Si la muerte aquí pareciera ser vida, nunca llegaríamos al anhelo de buscar lo oculto. Y la nueva dimensión en la creación, el amor, no podría crecer.
Cojear es también la decepción de que lo manifiesto en muchos momentos sea falso, y es también el sentimiento de que en muchas ocasiones no somos capaces de mostrar algo como quisiéramos mostrarlo. Y esa no-concordancia ¿no es también el hecho de que la buena obra casi nunca está recompensada, mientras que las malas obras muchas veces tienen bastante éxito? Así debe vivir Israel, y ser incomprendido una y otra vez. Porque en general, Israel se ocupa de asuntos inútiles, es decepcionante, nada exitoso. En este sentido, Jesús es también de Israel, y a ese Israel habla principalmente. “Tsala” 90-30-70, cojear, se escribe igual que “tsela” 90-30-70, costilla, lado. Esta palabra se menciona cuando Dios forma la mujer desde la “costilla” o el “lado” del hombre. Nos parece que se trata de una traducción bastante pobre, incompleta. Porque un lado está enfrente de otro lado. El lado de aquí y el lado de allá, por ejemplo. La cojera es una indicación en cuanto a los dos lados del ser humano. La forma, la materia, cojea. Gabriel, como mensajero de Dios, toca la articulación de la cadera de Jacob y condena a Israel a ir cojeando por el mundo.
Los hijos de Israel, por tanto, no comen ese nervio “hasta el día de hoy”, que significa hasta el final de los tiempos. “Comer” en el hebreo, es decir en el lado oculto, “akol”, 1-20-30, significa realmente “acabar algo, terminarlo”. Al comer, el alimento es ingerido en primer lugar, se une con el cuerpo y se convierte en parte suya. De la misma forma, todo lo que acogemos –libros, encuentros, sueños, esperanzas– se convierten en parte de nuestra vida. Significa que Israel no acepta esa parte decisiva en su vida, algo queda sin terminar. Al final, en los tiempos del Mesías, con el nuevo cielo y la nueva tierra, tendremos a ese Israel en el que la vida y la muerte, lo oculto y lo visible son iguales. Hasta entonces estamos en el camino, hay un acercamiento a Dios, pero se necesita lo nuevo de la segunda venida para poder vivir ese equilibrio también aquí.
Belén, Casa del Pan.
Estamos ante el nacimiento del niño en Belén. También aquí será decisivo averiguar qué dice el significado interno de la palabra. Queremos vivir la unidad de la palabra y, al hacerlo, tomaremos conciencia cada vez más de lo que significa ese cojear. Anhelamos la revelación de una unidad aún pendiente. Hemos hablado ya de los nombres Nazaret y Galilea. José va con su prometida María a Belén, “bet lejem”. Está dicho que salió un edicto de parte de Augusto César, que obligaba a toda la ciudadanía a ser empadronada. Ese “contar” es al mismo tiempo la constatación de las proporciones aquí existentes. Para ello todo el mundo debe ir a su lugar de origen, porque se quiere un recuento desde el principio. Y puesto que José viene de la casa, de la familia de David, se va al lugar donde vive David en la tierra; y ese lugar es Belén en Judá. El nombre Belén, “bet lejem” en hebreo, significa casa del pan. Pensemos en la importancia del pan en la vida de Jesús y en la última cena. Ya en el libro de Ruth se habla de Belén y de la cosecha de trigo allí. Recordemos que Ruth es la madre de Obed, Obed es el padre de Jesé, y Jesé es el padre de David.
¿Qué relación tiene la casa del pan con el pan? ¿No es el grano de trigo puesto en la tierra, no debe desaparecer en primer lugar en la oscuridad? Igual el ser humano que es depositado en la tierra después de su muerte. Allí en la invisibilidad germina el grano, comienza a crecer bajo tierra. Aparece luego tiernamente, como un niño recién nacido. Y sigue creciendo en unión con las demás espigas. Es una alegría ver un campo lleno de espigas doradas, cómo se mueven al viento. Como lo dice la palabra viento, “ruaj”: Lo crecido lo mueve el espíritu. Pero viene el tiempo de la siega. La belleza de lo crecido es separada de la tierra. Si se desconoce el sentido del corte, del hombre con la guadaña, habría que entristecerse por tal crueldad.
En la Biblia se dice que la siega comienza en Pesaj, la fiesta de la Pascua. Allí comienza también la cuenta de los días. Se van contando 49 días, siete semanas, hasta Pentecostés, el día 50. En ese tiempo, los primeros 33 días son días de gran luto, es la tristeza por ser arrancado de la tierra. Solo después de 33 días el luto termina, en principio, hasta que en el día 50, se celebra el regalo de la revelación de la palabra. En Pentecostés, Shavuot en hebreo, la siega termina. La cosecha entra en la era. Sigue la trilla, la separación del grano de la cáscara. La cáscara ha servido para proteger el grano y al mismo tiempo ha ocultado el núcleo, el ser. El trigo es el primer fruto de la tierra. En Deuteronomio 8,8 se nombran los siete frutos de la tierra. El trigo es el primer nacido, por así decir. Los demás frutos, en el orden bíblico son la cebada, la vid, el higo, la granada, la oliva en sexto lugar y el “dátil”, en el séptimo. Viene la molienda del grano.
Muchos granos juntos, de todo el campo y muchas veces también de otros campos. Como en el caso del ser humano, muchos días y años se juntan en el momento de la muerte. También los muchos momentos de su vida, sus buenos y malos humores, sus sensaciones, deseos y sueños, a veces mezclados en encuentros con otra gente. Esa harina, conglomerado de su vida, se mezcla ahora con agua. Se forma la masa. Y esta parte, como también la artesa usada, se llama en hebreo “arisá” 70-200-10-60-5. La misma palabra significa también “prometerse en matrimonio”. José es el prometido de María.
Estoy pensando también en Juan el Bautista que bautiza con agua. ¿Y no dice Juan que alguien vendrá después de él que bautizará con el Espíritu Santo y con fuego? Porque hecha la masa, los procesos no están terminados. Como último acto viene el fuego. Seca el agua, necesaria al principio, y surge el pan. Lejem, pan. Queda terminado en la casa del pan. Lo que sucede con el grano de trigo en la oscuridad de la tierra, encuentra su sentido en Belén, en la casa del pan. Entendemos ahora por qué María es la prometida de José, hasta que nazca el niño, regalo del Espíritu Santo. Ningún hombre, ninguna causa conocida ha provocado el suceso. Por esta razón nunca puede explicarse la salvación de forma causal; y en verdad, de la vida no se conoce ninguna razón causal. La unión corporal entre el hombre y la mujer no lo es, porque la vida viene de otra parte. Todo lo que sucede aquí tiene su primera causa en otro lugar. La aceptación de la singularidad de la concepción y del nacimiento de Jesús, es reconocer la influencia divina en todo suceso aquí. El Espíritu Santo despierta todo a la vida. Y todos aquellos que están buscando causas, razones o culpables podrían sentir que, porque se cuenta así en la palabra de Dios, en el núcleo, en la Biblia, la causa de toda manifestación en el mundo temporal está más allá de toda imaginación posible. La causa real es imposible para nosotros.
El pensamiento causal aquí fracasa, debe caer en la desesperación más absoluta o extraviarse en la locura. La consecuencia es la obsesión de tener que explicarlo todo, la agresión y la depresión, es decir, el sinsentido de la vida. La gracia es poder romper la línea de las causalidades. Sin una causa aquí, sino provocada por el Espíritu Santo, no puede nunca explicarse por los actos de aquel que la está recibiendo. La gracia rompe las barreras del tiempo y del espacio. Puede acercarse a aquel que a los ojos del mundo es un malvado. Pero ninguna intención puede traerla. Por ello puede parecer que sea arbitrariedad, porque es una elección de Dios. El niño nace. La unidad entra en la forma viva del 33. La madre le envuelve en pañales y le coloca en un pesebre, porque en ningún albergue queda un lugar para ellos. En el mundo no hay sitio para un fenómeno que se separa tan visiblemente de toda causalidad. ¿A dónde ir con un niño engendrado por el Espíritu Santo, nacido de una virgen? ¿En qué registro inscribirlo?
José, el prometido de María, por cuya procedencia se está en Belén, tiene un nombre que significa Añádeme el Señor otro hijo (Génesis 30,24). ¿No podría referirse a ese hijo, tan diferente de todos los demás? Pañales, “jatul”, 8-400-6-30, envuelven al niño; la temporalidad lo envolverá en breve. Porque la palabra “jatul”, 444 en total, habla del cuatro en todos los niveles, en la unidad, en la decena y en la centena. También de las cuatro esquinas del mundo, de las cuatro franjas (Números 15,37-41), los cuatro seres en el trono de Dios (Ezequiel 1), los cuatro evangelios. Todo ello va envolviendo al niño. Y el pesebre o el establo, “evus” 1-2-6-60, es el lugar donde los animales reciben su alimento. Es una palabra conocida: El buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su señor: Israel no conoce, mi pueblo no tiene entendimiento. (Isaías 1,3). La gente del mundo no sabe nada del niño, Israel en el ser humano no lo conoce. El amor divino concede esta libertad al ser humano, de forma que la elección puede ser otra. Según las leyes del mundo, es decir, los instintos de los animales, está todo claro; pero allí donde el amor busca a su semejante, a aquel creado a imagen y semejanza de Dios, justamente allí, no se sabe ni se conoce.
En el orden hecho por uno mismo, no hay lugar para que pasen la noche. Por ello, el niño recién nacido es depositado allí donde el asno, el animal dirigido por su instinto, conoce a su señor. El niño que no encaja en el orden de un Israel desviado, desatento, encuentra su sitio allí donde el mundo de la naturaleza y las emociones predominan. No es por casualidad que la Casa de Dios haya sido devastada por Nabucodonosor de Babel y que reinen después el bíblico Persia y Media, los griegos y los romanos. El vaso de los pecados, como los profetas han advertido en todos los tiempos, está lleno. Israel en el ser humano, no entiende la libertad, va por malos caminos. No conoce ningún sentimiento de responsabilidad ante Dios, el Oculto. No tiene respuesta a la palabra que le ha sido regalada. La situación está madura para que Dios dé nacimiento a un mundo nuevo, que la gracia irrumpa y reine.
Cuidado. No se refiere a una realidad histórica; primero eso y luego eso otro; estas palabras se hablan desde la fuente, desde lo oculto. Significa, por tanto, que son válidas para todo tiempo, para todo presente, para todo ser humano en todos los tiempos. La caída se produce porque se da demasiada importancia a la fuerza atractiva del mundo. En todo tiempo. Porque se fabrican dioses para toda ocasión y toda manifestación, se les sirve, matando así al ser humano en su dignidad divina, rebajándolo a un ser natural bajo el dominio de la ley. Por la deshonestidad, viendo únicamente lo exterior de todo asunto, atribuyendo a todo placer pasajero carácter de eternidad. Con ello se mata lo interior, lo esencial, y todo para que lo exterior como excitación y estimulo pasajeros sea elevado al trono. Estos tres pecados: idolatría, deshonestidad y vertido de sangre, se nombran en la tradición judía como pilares en el camino hacia la devastación de la Casa de Dios en el ser humano.
El Pastor y Su Rebaño.
Comprendemos ahora por qué los ángeles escogen a los pastores que cuidan el rebaño por la noche. Y debemos preguntarnos qué es un pastor en la palabra; si no, corremos el peligro de que lo exterior nos esté secuestrando una vez más. La fuerza atractiva del mundo y la gravitación de la tierra, en principio, son invencibles. Tengamos cuidado pues del sentimentalismo que idolatra a toda imagen temporal. “Roé” 200-70-5, en hebreo, es pastor. Se pronuncia igual que “roé” 200-1-5, ver. La diferencia está en las letras escritas. “Pastor” y “pastorear” se escribe con la letra ayin 70, en medio de la palabra, mientras que “ver” se escribe con la letra álef 1. El pastor tiene su rebaño y cuidarlo y mantenerlo unido es el sentido de su vida. Tiene la ayuda de su perro, por supuesto, pero él es el responsable. Así, cada persona es el pastor de su propio rebaño; debe reunir en una unidad a todos sus pensamientos, ideas, sueños, encuentros, libros, conversaciones y experiencias. En el exterior, un rebaño puede tener asnos, toros, vacas, corderos; en nuestra vida tiene muchas sensaciones, disposiciones y sentimientos: tercos, dóciles, suaves, fervorosos, transigentes, amables, pero también perezosos, molestos y momentos de rebelión. Durante la noche el cuidado es otro.
En todo caso es el trabajo del pastor de mantener su vida y los rebaños de todos esos momentos en unidad. Un pastor divino, por ejemplo, buscará en primer lugar reunir en una unidad los relatos, las comunicaciones y las palabras. Reconocerá las maravillas de Dios en ese conjunto con la consiguiente alegría. El hombre no vive solo de pan, más de todo lo que sale de la boca del Señor vivirá el hombre. (Deuteronomio 8,3). De ello vive, es su alimento. La alegría del pastor es mantener su rebaño, disperso muchas veces, unido. Es su riqueza, el sentido de su vida. Abraham, Isaac y Jacob son tales pastores de rebaños. En un momento dado, Jacob llega al Faraón de Egipto con sus hijos y animales. Moisés pastorea el rebaño de “Yetro”. Israel aporta el sacrificio de estos animales en el desierto; toda clase de sacrificios y toda clase de animales. Recordaremos el significado del sacrificio: “korban” en hebreo, significa “acercarse” (a Dios). Se acercan todas las cosas de la vida a Dios, dándoles así su sentido. Las diferentes formas de pecado, de accidentes, de mala suerte y también los momentos de gratitud y felicidad deben acercarse a Dios. Hasta que comprendamos lo que es el sacrificio perfecto.
Los pastores tienen pues su ganado y se acercan a Dios con él. Cada vez sacrifican su antiguo punto de vista, su vieja comprensión, no solo para estar de pie, sino también para poder andar con los pies. El camino por la Casa de Dios se recorre todos los días. Con todo aquello que la vida ofrece en el momento. Por ello, el ángel, el mensajero de Dios, se muestra a los pastores en la noche, cuando el camino por la vida se recorre a tientas, cuando se va anhelando la claridad del día. El anhelo de los pastores le atrae. Están esperando el nacimiento del salvador en la noche, en la más profunda de las noches. La palabra de Dios cuenta todo desde una visión divina, desde un punto de vista que vivimos en nuestro lado oculto. Y que vamos traduciendo al lado exterior de nuestra vida. Las palabras unen los dos lados y nos asombramos de la distancia que estamos viendo al traducir. Porque ¿quién puede decir que un mensajero de Dios haya estado con él mientas que estaba pastoreando el ganado en Belén? Los pastores pastorean su rebaño por la noche, en “las vigilias de la noche”, dice la tradición.
Se conoce la vigilia de los profetas. En la noche, los sacerdotes en la Casa de Dios están en los muros, y en cada vigilia se oye la llamada: “Vigilante ¿dónde estamos en la noche?” Y el vigilante contesta que sigue siendo de noche. Se divide la noche en tres o cuatro vigilias. Solamente la última anuncia la llegada del nuevo día. Pero no midamos ahora el tiempo con nuestras nociones temporales. Debemos preguntarnos más bien cuanta oscuridad hay en nuestra vida, también en la plena claridad del día. No solamente porque haya problemas económicos o porque el jefe esté de mal humor, sino hasta qué punto percibimos la vida sin sentido. Para todo aquel que va haciendo el camino hacia Dios, buscándole con añoranza, llega el momento en que comienza a ver contornos, siluetas, que anuncian la cercana claridad. En ese momento el vigilante anuncia vislumbres del nuevo día. En el Talmud está escrito que durante la última vigilia, el hombre y la mujer hablan y el niño se anuncia. Mientras que las señales de las vigilias anteriores son el rugido de un león o los rebuznos del asno. Es decir, las vigilias no son astronómicas, sino que muestran las disposiciones del ser humano en los momentos ocultos de su vida.
Se muestra en la búsqueda de un sentido de su vida. ¿Consiste en un buen seguro de vejez, experiencias eróticas, cuentas bancarias repletas, viajes o quizás una silla representativa en la sala adjunta al director? ¿O se vive de toda palabra que sale de la boca de Dios? Sus estados de ánimo, sus disposiciones internas, estarán en correspondencia. Y de pronto, los pastores ven el brillo de la magnificencia de Dios. Le puede pasar a todo ser humano en un momento dado. Si entonces despierta y si permanece despierto, lo sabe Dios que nos conoce en nuestras profundidades y en nuestras manifestaciones. Es la claridad que nos envuelve si actuamos como pastores, si intentamos mantener nuestros rebaños unidos. Y entonces la claridad de Dios los cercó de resplandor y tuvieron gran temor. (Lucas 2,9). Sé que suele traducirse así o de forma similar. Pero podría hacerse un esfuerzo y mirar más de cerca a la palabra hebrea. La palabra traducida como “temor” es “yirá”, 10-200-1-5. Es la misma palabra que “ver” y la traducción más acertada es ver, la visión, el asombro ante tal grandeza. Es como sentir que durante un instante se ha echado un vistazo a la eternidad.
Un vistazo desde mi lado oculto al lado oculto del cielo, de otros mundos. Y siguiendo a los filósofos alemanes que se ocupan de la palabra, me gusta hablar de “montañas”. Porque una montaña tiene sus secretos, quizás filones de oro o caudales de agua. Es decir, lados ocultos. Pero volvamos: los pastores están llenos de un asombro estremecedor, de una incredulidad más allá de toda imaginación. Creo que con el transcurso del tiempo las nociones temporales han ido venciéndonos, fomentadas por la explicación de las instituciones, que en muchas ocasiones solo han podido mantener o extender su poderío mediante la coacción o el miedo. De allí leemos: el principio de la sabiduría es el temor del Señor. Proverbios 1,7. ¿Cómo, bajo tales condiciones, puede surgir la sabiduría? “Jokmá” 8-20-40.5, sabiduría, en hebreo. “Jokmá” es un secreto de Dios; de hecho, es la fuente del amor divino. De la “jokmá” fluye, brota el amor. Está tan oculta, que con las nociones de hoy en día la llamaríamos cero dimensional. Pero el asombro principal ante la “jokmá” es este: ¿cómo es posible? El principio de la sabiduría es el asombro ante la grandeza del Señor. Prov. 1,7.
El mensaje del ángel El ángel sigue diciendo: No temáis; os doy nuevas de gran gozo. No os asombráis tanto como si fuese el fin de vuestra vida. Es un mensaje bueno. En el hebreo, la palabra “Besorá” 2-300-200-5, mensaje, tiene la misma raíz que basar 2-300-200, carne. Significa que el mensaje del cielo, de Dios, se convierte en algo concreto aquí, en un nacimiento material. El profeta Elías trae el buen mensaje de la llegada del Mesías. Y la buena nueva del ángel aquí es que el Mesías ha nacido en Belén. El Mesías para todo el pueblo. La palabra am, 70-40, pueblo, no significa ninguna raza en particular ni ningún grupo condicionado biológicamente. Am, pueblo, se escribe igual que im, 70-40, que significa “con”. El pueblo es pues una comunidad, un estar juntos. Puede ser una comunidad que no tenga ningún origen biológico común. Me viene a la mente la comunidad de los santos. Y es seguro que no se trata de miembros inscritos en algún registro municipal. La comunidad de los santos existe para nosotros únicamente en el lado oculto de Dios. La buena nueva es que hoy ha nacido un salvador, el Cristo, el Señor, en la ciudad de David. Queremos ver estos nombres y nociones desde el lado oculto.
¿Qué dicen en el lado del más allá y de qué forma podemos contarlo para que en el mundo de aquí puedan ser comprendidos? Las palabras salvador, cristo, señor, ciudad de David parecen ser decisivas en el mensaje del ángel. En hebreo, Mashiaj es “salvador”, y Yeshua, es salvación, redención, ayuda. Hemos visto ya que el nombre Jesús tiene mucho que ver con la palabra Yeshua. La comunicación del ángel de que ha nacido un salvador, es una gran sorpresa para los pastores, aunque quizás lo hayan esperado desde hace tiempo. Pero es un anhelo por algo imposible, de algo que no puede ni hablarse. Y ciertamente, la salvación es diferente de todas las ideas que podamos hacernos de ella. Como tampoco podemos hacernos ninguna idea de la vida después de la muerte. ¿Están todos los fallecidos allí al mismo tiempo? ¿Cómo es eso del juicio? Porque la justicia debe de ser la primera respuesta a todas las muchas injusticias en la vida de todos los tiempos.
A tales preguntas muchos tienen toda una serie de respuestas preparadas. A alguno le gustan los castigos crueles, otro es un conciliador universal. Es una cuestión de carácter. Creo que estamos en la fuente de la ignorancia. Porque lo que buscamos es una respuesta causal. La vivencia lineal del tiempo determina nuestro pensamiento causal. El salvador, por tanto, debe situarse al final de una línea recta de pensamientos e imaginaciones. Pero el niño que tenemos delante no ha nacido como cualquier otro niño. De hecho, es un niño que salva de verdad. Nos saca del cautiverio de la causalidad y testimonia que Dios es el origen. Dejad todas las sucesiones lineales, lo que se muestra aquí es una sorpresa total, una salvación real. Dejad vuestras preocupaciones por la sobrepoblación humana cuando todos estén aquí de nuevo. ¿Quién vivirá dónde? Loca pregunta. El niño no viene de forma normal, viene por el Espíritu Santo. Y ante eso, todas las imaginaciones encallan. María es virgen. La semilla es primera y singular. Todo está más allá de todo pensamiento posible. Y eso es la salvación del mundo. Pero ¿por qué necesitamos un salvador? ¿Cómo hemos podido meternos en este lío?
Porque el ser humano no es capaz de comprender el amor. Y sin el amor no es capaz de cargar con las consecuencias del mundo legal: enfermedad, sufrimiento y muerte. ¿Y por qué vino al mundo la ley? Para encontrarse con el amor. Igual que la novia que se encuentra con el novio. El salvador es el novio que trae el amor a la novia, al mundo manifiesto. El árbol de la vida está, pero aquel que es contrario al amor, contrario a la salvación, te está desviando la atención. Y el amor es casto, quisiera ocultarse. Y aquel que es contrario a la salvación aporta la envidia que desbarata todo comienzo de amor. El malvado es aquel que no puede creer en el amor, que quiere analizarlo y en el intento, hacerlo fracasar. Es aquí, en este punto, cuando se da el malentendido, el conflicto con la ciencia, los intelectuales y los inteligentes, porque para ellos es un medio para satisfacer el deseo.
Cristo, Mesías, Ungido.
¿Qué nos dice la palabra Cristo? Es la traducción al griego de la palabra hebrea Mashiaj, Mesías. Puede que se susciten ahora grandes emociones, a favor o en contra. Es decir, ganas de dominar, de tener la razón. Pero el ser humano con el aliento divino en sí, solo puede moverse por ese acercamiento a la eternidad, la dulzura, el deseo de todo bien para todas las criaturas y de una justicia divina para todos. ¿Y qué nos dice la palabra “ungido”? ¿Es verter un poco de aceite sobre la cabeza de esa persona? ¿O quizás está ungido ya antes del nacimiento? Yo suelo pensar para mí: Cuidado de que el aceite no entre en los ojos, o también que su pelo se volverá grasiento. Se convierte de inmediato en un asunto ridículo; igual me pasa si pienso que Dios necesita sacrificios de animales, su sangre, sus intestinos, el hígado; que a Él le guste el olor de un animal que se esté quemando. O que Dios quiera erradicar a ciertos pueblos enteramente, sin dejar rastro, que tenga envidia, sea fácil de herir o esté lleno de ira. Quizás sea bueno que alguna vez demos nombre a tales locuras.
Pero tampoco me satisface una interpretación simbólica. Demasiada arbitrariedad suele estar involucrada, demasiadas quimeras. Dejemos pues que la palabra Mashiaj 40-300-10-8 nos hable con total claridad. Tiene su raíz en la noción “ungir” y nombra a aquel que es ungido. Y desde siempre se cuenta que las mismas letras de la palabra Mashiaj, Mem, Shin, Jet, 40-300-8, son las letras de la palabra “alegría”, estar alborozado, contento, feliz, saméaj, 300-40-8. Y el ángel allí, ¿no habla de un gran gozo para todo el pueblo? ¿Pero qué significa exactamente esa unción? ¿Con qué se unge? De la Biblia hebrea conocemos la unción de sacerdotes, del gran sacerdote y de los reyes. ¿Se trata pues de alguna ceremonia de tiempos antiguos? Acerquémonos en primer lugar a la palabra “aceite”. Ese aceite con que se unge viene de la oliva. La conocemos de los frutos bíblicos mencionados en Deuteronomio 8,8. Allí el trigo es el primer fruto, el primer nacido por así decir. Por el trigo, el pan tiene su singular importancia. La oliva es el fruto del sexto día. Pensemos en el Monte de los Olivos, “har-hamishjá”. Montaña de la unción, en realidad.
La primera vez que en la Biblia se menciona la oliva, fruto del viernes, es en el relato de Noé, cuando la paloma, yoná en hebreo, la segunda vez que va volando, regresa con una hoja del olivo. Noé se da cuenta de que el mundo puede ser habitado de nuevo. (Génesis 8,11). La hoja del olivo es una señal de que nuevas realidades están por llegar. Estoy pensando también en el profeta Jonás que se llama “paloma”, y a la señal de Jonás en Mateo 12,39-41. La tradición judía cuenta que la paloma que le da la hoja del olivo a Noé dice: Acepto lo amargo del Señor, porque sé que lo dulce vendrá. Podemos pensar también en María, cuyo nombre dice lo mismo. Viernes, sexto día, es el día de la crucifixión. Está en paralelo con el suceso de la serpiente y la toma del fruto del árbol del conocimiento. La noche anterior, habiendo comenzado ya el viernes, Jesús está en Getsemaní, un bosque, un jardín. Ese nombre significa en hebreo “prensa de aceite”, “gat shemaním” 30-400 300-400-50-10-40. Poco importa lo que los arqueólogos, filólogos o historiadores puedan decir, ese lugar se llama “prensa de aceite”.
Es el lugar donde la oliva es prensada y se convierte en aceite. Después, como está dicho en la señal de Jonás, Jesús desaparece durante tres días. Del relato bíblico sabemos que desaparece el viernes, primer día, sábado, segundo día hasta la mañana del domingo, tercer día. También podría decirse que los tres días y noches son el pasado, el presente y el futuro. A partir del viernes, la oliva está siendo prensada hasta la mañana del domingo, cuando el tercer día, que bíblicamente comienza en la noche del sábado, ha llegado a su mitad. El domingo, el aceite está listo. Ahora, la palabra “shemen” en hebreo, es la raíz de la palabra “shemoná”, ocho. “Shemen” 300-40-50, “shemoná” 300-40-50-5. “Shemoná” es el sufijo femenino de la palabra “shemen”. Es algo muy especial que la palabra “ocho” −más allá del siete de la creación− sea idéntica a ese aceite de la oliva del viernes. ¿No está escrito en el evangelio de Juan que la palabra es Dios? ¿Cómo, si no, es posible tal acumulación de milagros en la palabra?
Antes de que se hable de la resurrección del domingo − bíblico-histórico − el idioma ya contiene el significado del tercer día después del viernes, que se convierte en octavo día, imposible en cuanto a astronomía, o tiempo lineal. Lo imposible en el tiempo ya está en la palabra. En la Biblia hebrea está dicho que el aceite cubre todo el cuerpo, toda la manifestación del ungido. El octavo día, el mundo nuevo envuelve, protege y oculta al ser humano anterior, antiguo. Hasta entonces, el aceite, ese ocho, entra en el ser humano. Sin embargo, ahora se presenta todo nuevo, ahora estamos ante el nuevo cielo y la nueva tierra. Ese es el mensaje del ángel a los pastores. El ser humano como pastor de su propio rebaño aprende, justamente porque está vigilante en la oscuridad de la noche, que el Mesías hoy, en el presente, ha nacido ya. Cristo, el ungido, el Mesías, aparece ya en el brillo del octavo día, del día de la salvación.
Hemos hablado ya de la noción Señor. Aquí solo quisiera señalar la relación en el hebreo de este nombre con la palabra “Adón” o Adonay. Se refiere a alguien que domina, un Señor. Pero la palabra tiene una composición curiosa. Es muy similar a Adam, y las dos palabras Adón y Adam tienen su raíz en la palabra “ed”, 1-4, vapor, que sube de la tierra, porque Dios quiere que llueva (Génesis 2,5-6). El vapor que sube de la tierra es el anhelo del ser humano, del mundo, de que haya lluvia. Porque la lluvia convierte la tierra seca en tierra fértil. Viene de las nubes del cielo. Eso es lo que dice la imagen exterior. Pero el ser humano tiene anhelo de la palabra del cielo, porque no vive solo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Añora un sentido en la vida, el amor, justamente porque el mundo de la ley es el punto de partida, nada más, del nuevo mundo venidero. Quisiera, a imagen y semejanza de Dios, unir su lado interior con su lado exterior, mediante el amor. Y para eso necesitamos la palabra de Dios desde el cielo y el Espíritu Santo que nos la trae.
La palabra vapor, “ed”, se escribe “álef-dalet”, 1-4. Sube de la tierra un vapor, que regaba toda la faz de la tierra (Génesis 2,6). Y seguidamente, (Génesis 2,7): formó pues el Señor Dios al hombre del polvo de la tierra y alentó en su nariz soplo de vida. Es decir, el vapor que sube habla del 1-4, “álef-dalet”. Y el ser humano que se está formando, Adam, 1-4-40. Haciéndole del polvo de la tierra, adamá 1-4-40-5. Y el Señor que rige por la dimensión del amor, de la dulzura y de la gracia, − no según la ley, no según aquello que había antes de la luvia, cuando dominaba la fuerza, el poderío y acaso la esperanza de que el ser humano anhelaría lo nuevo, el amor − ese Señor, amo o dueño, es “Adón” 1-4-50. Ahora, la diferencia entre la letra final mem-40 y nun-50 es decisiva. El 40 es la medida del tiempo. Pensemos en los 40 días en el monte Sinaí, en los 40 años de camino en el desierto, saliendo de Egipto hacia el país prometido, en los 40 días desde la resurrección de Jesús hasta su Ascensión. En cuanto al 50, pensamos de inmediato en “Yeh’shúa”, en la Biblia hebrea, llamado “Hijo de nun”, del 50. Nun en el hebreo significa también “pez”.
El 50 como letra final del conjunto 1-4 es pues determinante. Igual que Pentecostés, 10 días después de la Ascensión, en el día 50. En la Torá, el día 50 después de la salida de la cautividad de Egipto, es el día de la revelación de la palabra en el Sinaí. Y la palabra “Adón”, Señor, en este sentido, es ese 1-4-50. La misma palabra significa también “base”, “pedestal”, “apoyo”, por ejemplo, en Éxodo 36,24. Son usados en el Tabernáculo, y siempre están dos unidos, como gemelos. Es el Señor como Adonay y el Señor del tetragrama, como el Ser sempiterno. Por último, queda la palabra ir David, ciudad de David. Una colonia de casas es considerada como una ciudad, si está rodeada por un muro. En general, bíblicamente, representa un peligro. En la tradición judía se dice que se den gracias a Dios si se sale ileso de una ciudad. El peligro lo representa el muro alrededor, que aísla del mundo y que podría llevar a pensar que la ciudad es todo, que no hay nada más. Como también puede llegar a creerse que la propia persona es tan importante que casi no queda nada más.
Para Jerusalén, sin embargo, a pesar del muro, es válido el sentido del nombre David. Quien siente que su destino es producto del amor divino, sabe que ese amor incluye a todo el mundo, a todas las criaturas. Es pues la ciudad la que mantiene el amor a David, a cuyo hijo se espera ansiosamente. Si el ángel al hablar de la ciudad de David se refiere a Jerusalén, no está claro. Porque David nació en Belén, donde ahora el hijo de David ha nacido. Pero no se trata de ciudades diferentes. Se trata del lugar de David, el amado. Y allí nace ese hijo. Los pastores van a Belén y ven que lo contado por el ángel es una realidad. Y cuentan allí lo que han oído del ángel. La concordancia entre lo oculto y lo manifiesto, es una seña de ese tiempo nuevo.
La circuncisión.
Quisiera terminar el asunto del nacimiento del mundo nuevo, con un par de palabras sobre la circuncisión. Como se cuenta ya de Juan, también Jesús es circunciso en el octavo día. En el día de la “milá” 40-10-30-5, circuncisión, se da también el nombre. Sin la circuncisión, se es “orel”, 70-200-30, incircunciso. En la circuncisión se elimina el prepucio, “orlá” 70-200-30-5, dejando un resto que es doblado y permanece como elemento esencial. Parece que la circuncisión, vista la importancia que se la da aquí, sea un asunto principal. Hemos entendido ya el significado del octavo, que tiene una relación innegable en la palabra con el aceite. La “orlá”, en principio, es aquello que envuelve el núcleo, la esencia, de forma que es difícil darse cuenta de su presencia. Un ser incircunciso no lo es por tanto solo anatómicamente, sino que es alguien que está enfocado de tal forma hacia la vida exterior que en él no puede ni surgir un pensamiento sobre la eternidad. Así, la Biblia habla también del corazón incircunciso y nadie está pensando en una intervención quirúrgica omitida. El incircunciso no conoce ningún octavo día y la salvación es un asunto de la ley. No puede concebir el milagro del Mesías, la vida en un mundo nuevo. Dictamina solo según las manifestaciones externas y busca allí el poder y el reconocimiento.
La circuncisión es pues la apertura de una ventana, quizás de un portal, que permite echar un vistazo al octavo día y quizás a la vivencia en su interior, a un fogonazo de ese octavo día. Solamente ahora se pronuncia el nombre del hijo, aunque se conocía ya desde antes del nacimiento. En el octavo día, el exterior es igual al interior y, con ello, el nuevo mundo ha llegado de verdad. El día de la circuncisión de Jesús se ha convertido, en el calendario del mundo, en el 1 de enero, principio del año nuevo. Es justamente el octavo día después del nacimiento. Y puesto que se trata también del nacimiento de Dios en el ser humano, podría ser que para aquel que vive gracias a la circuncisión un octavo día en su corazón, comience una nueva cuenta. Recibirá el nombre por el que será reconocido en el mundo. Dejará de vivir exclusivamente en el tiempo que termina después de siete días. Con el octavo día, comienza para él su vida en la eternidad. Y su nombre permanece para todas las eternidades.
Su destino deja de ser únicamente temporal, porque va conociendo la dirección de Dios en todo momento. Mientras que el incircunciso está expuesto a los vaivenes del tiempo, aquel que acepta la alianza de la circuncisión es consciente de la unidad del tiempo y de la eternidad, de lo manifiesto y de lo oculto. Es costumbre judía que se invite al profeta Elías en cada circuncisión. Se deja siempre la silla más hermosa para él. Porque es Elías quien anuncia el octavo día. Es el predecesor. Igual que el nacimiento de Juan precede al de Jesús. Es un nuevo comienzo.
La Vida de Jesús en el Mundo.
Como judío en la Europa cristiana.
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https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2021/12/01/estudios-de-tora-5/
Elaborado por David Saportas
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