Podcast Arbol de Vida

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By david saportasReligion & Spirituality
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  • La Palabra Oculta del Nuevo Testamento – Parte 4: Crucifixión, Muerte y Resurrección
    La Palabra Oculta del Nuevo Testamento – Parte 4
    Por Fiedrich Weinreb
    Ver artículo escrito completo en mi blog:
    https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2021/12/04/estudios-de-tora-8/
    Crucifixión, Muerte y Resurrección.
    Entregado a la incomprensión.
    Los fariseos y escribas no comprenden el lenguaje de Jesús y no precisamente por falta de capacidad intelectual. Más bien se está mostrando de forma trágica que aquel que solo conoce el idioma de lo manifiesto es incapaz de comprender las cosas ocultas. Hablando son las mismas palabras, pero algunos solo entienden su sentido exterior, mientras que otros conocen el lenguaje de la fuente, sabiendo que las palabras en el exterior, son las mismas. En el sermón de la montaña Jesús muestra en el exterior el sentido de la palabra interior. Si allí está dicho: Oísteis que fue dicho, y luego: Mas yo os digo, Jesús no habla en el sentido en una sucesión temporal, de un antes y un después. Más bien que si solo observáis lo manifiesto, sin preguntaros de dónde viene, cuál es su origen, qué quiere decir el creador con ello, no entendéis el sentido de la vida, ni tampoco de la eternidad. Y por ello os digo ahora qué significa en la fuente, para todos los tiempos y toda la eternidad. Aunque, si no se tiene acceso a la fuente, es decir, si se ha comido del árbol del conocimiento, el camino hacia el árbol de la vida está obstruido. Y a pesar de ello se insiste en usar las palabras del árbol del conocimiento en el mundo del árbol de la vida.
    Los fariseos y escribas son incapaces de comprender el lenguaje de Jesús. Cada pregunta que formulan trata de un asunto en el tiempo, y Jesús responde siempre: Mirad a la fuente, la palabra está en el Ser. Podríais comprenderme si solo creciera en vosotros el anhelo hacia el sentido de la vida y de la eternidad. De no ser así, nunca me comprenderéis. Vendréis siempre con argumentos que demuestran que no entendéis mis palabras. Jesús comprende − lo que sus discípulos quizás solo entienden en parte − que su vida aquí no podrá llegar a la meta porque la atracción de las cosas mundanas lo impide. Como la gravedad atrae las cosas hacia el suelo, así el ser humano cae ante el tentador. No puede hacer el camino al árbol de la vida, los querubines, esos ángeles con cara de niño, se lo impiden. No puede convertirse en un niño, es decir, la realidad le obliga a escoger según la secuencia, es decir, el tiempo causal. Jesús se da cuenta de que todas las generaciones del mundo, en todos los tiempos, juzgan siempre según la manifestación exterior y que, por tanto, toda pregunta por su lado interior siempre molesta. El poder del mundo está en manos de aquellas instancias que sacan las conclusiones de sus experiencias en el tiempo. Son las instancias mayores en el mundo y en el ser humano. No conocen otra cosa.
    También los grandes sacerdotes viven bajo el yugo de la experiencia, de la ciencia, ese gran poder. Incluso ángeles, mensajeros de Dios, han caído ante las tentaciones de la ley. Cohen, como ellas, es el nombre del sacerdote en la palabra, como aquellas grandes fuerzas de las “Tzebaot”, de los ejércitos celestiales. Y los mayores, “sekenim”, 7-100-50-10-40, aquellas personas nobles y respetables que saben de la fragilidad de la palabra, tampoco pueden resistirse, de tal forma son atraídos por el tentador. Esos mismos mayores, en el ser humano, cuentan que saben de aquel suceso con la serpiente. Porque después de la caída del ser humano ante la serpiente, es decir, después de haber sido atacado y violado en su manifestación, en su lado corporal y de comer de aquel fruto de la temporalidad, se da cuenta de que está desnudo y se avergüenza. Antes también estaba desnudo, pero su interior era idéntico al exterior. Siendo su interior eterno, el Ser en sí, su exterior era una envoltura de “Or” 1-6-200, luz. Pero con su caída, volviendo su cara hacia las cosas temporales, el lado exterior se separa del interior. Se convierte en el devenir, frente al lado eterno, el interior, el Ser.
    Esta imperfección exterior es la causa de su vergüenza. Quiere cubrir esta parte para no acordarse a cada paso de ser portador de la división entre el tiempo y la eternidad. Se tapa con una hoja de la higuera, es decir, muestra la causa de su caída. Porque el higo es el cuarto de los siete frutos del mundo. Muestra lo que sucede en este cuarto mundo, “tevel” 400-2-30, ese mundo poblado de la multitud. El crecimiento de la higuera lleva al fruto de la multiplicidad. Dios le da entonces una envoltura nueva de “Or” 70-6-200, piel. Or, 1-6-200, la luz, desapareció en el momento en que tomó del fruto del desarrollo, del tiempo, que da la impresión de que puede intervenir en el lado exterior, en el desarrollo, que puede dominarlo. La eternidad queda reemplazada con la temporalidad. Y en aquellos lugares donde la luz mostraba la unión con la eternidad, crece ahora el pelo. En hebreo, “sear” 300-70-200, cabello, se escribe exactamente igual que “sháar” 300-70-200, puerta, portal. La pronunciación es diferente, en lugar de “sh” es “s”, y se piensa de inmediato en aquella diferencia decisiva en las palabras “shibolet” y “sibolet” (Jueces 12,6).
    La puerta, está dicho, deja entrar a Dios, uniendo la eternidad con la temporalidad. (Salmo 24,7-9). El cabello muestra la multitud de los encuentros que se suceden en el tiempo. Ocupa el lugar de la única puerta. El ojo del ser humano veía a través de tiempo y espacio. Pero ese ojo se cerró y ahora está cubierto por pelos. La actuación del ser humano era única y decisiva. Ahora las axilas están cubiertas de pelo. Debe trabajar mucho sin conocer los resultados. La vida del ser humano eterno queda dividida en muchas generaciones. No puede sentirse unido a sus antepasados, y a los descendientes los va perdiendo de vista. El lugar donde crece el pelo es la vergüenza más grande. Ese Ser que dominaba en tiempo y espacio está perdido y el ser humano se reconoce aquí en el lado exterior como alguien que ni sabe ni puede – con una vida dependiente. ¿De qué exactamente? No lo sabe, solo sabe que es así. Alrededor de la boca del hombre crece la barba. Lo que sale de la boca está muy astillado, no puede ya articular la palabra en su divinidad. La palabra hebrea “sakan” 7-100-50, significa barba, y “saken”, es el anciano. Quien habla como si su palabra fuese importante y contenga ya todo, como si fuese la palabra de Dios, no es sabio, no es de los ancianos respetables.
    La envoltura, lo exterior, lo femenino, no tiene barba. Está claro que no se refiere solamente a las mujeres, sino que significa la envoltura, lo exterior no puede decir nada esencial. Aunque lo dicho quede demostrado en el exterior; justamente entonces el peligro de la tentación es grande. En el hebreo existe el dicho “kol ishá ervá”, la voz de la mujer es infamia. Significa que lo exterior no debe hablar, porque su voz es seductora. La palabra “ervá” 70-200-6-5, tiene la misma raíz que “arúm” 70-200-6-40, desnudo. La voz de lo manifiesto es desnuda, impúdica, actúa como si lo que dice estuviese ya de acuerdo con la eternidad. También a la serpiente en el paraíso se la llama “arúm” (Génesis 3,1). Se traduce esta palabra con “lista”, pero se podría traducir también que la serpiente está desnuda, es desvergonzada, porque actúa como si el lado interior, lo eterno, fuese igual al lado exterior, temporal. Que los más mayores de todas las generaciones muestren ahora que su barba es un engaño, solo un juego, señala la desesperada depravación del mundo, también allí donde aún se debiera de esperar cierto conocimiento en cuanto a la procedencia del ser humano. También los grandes sacerdotes, que deberían sentir que la vida en lo temporal lleva el patrón de los ejércitos celestiales, han perdido ese conocimiento. Todo queda subyugado a la mentalidad de fariseos y escribas. Lo exterior, lo manifiesto es el único interés del ser humano.
    Es una certeza para Jesús que el ser humano que vive en esa temporalidad no es capaz de comprenderle y quiere deshacerse de él. Se da cuenta de que morirá solo, porque también sus discípulos le entienden solo en parte. Conoce sus miedos, sus titubeos. Y sabe que esa incomprensión de personas que podrían haberle comprendido, le causará grandes sufrimientos. Porque está para el mundo, ha nacido de la semilla del Espíritu Santo. Pero parece que todas esas gentes le destruyen, no entendiendo sus palabras. Siente que está entregado ya al juicio del lado exterior. Y sabe que únicamente en el lado del Ser eterno puede encontrarse con todo el mundo, con todos los seres humanos. Allí no existe la victoria del tentador. Si pudiera mostrarles desde allí que la salvación es solo posible desde el Ser eterno, que sus sufrimientos y sus pecados vienen del lado temporal. Que solo desde allí es posible salir de la cautividad. Conoce la intención del tentador. El amor solo puede ser combatido por el odio, la envidia. Y la eternidad solo con lo temporal. Y los seres humanos han caído ante ese animal de la temporalidad, apocalíptico, ese animal que vive en el ahora, en el presente sempiterno.
    Pero desde allí regresará en tres días al momento de ahora. Los tres días, no medidos en el fluir del tiempo; solo piensan así las personas que conocen únicamente las medidas de la temporalidad. Pero pronto se darán cuenta de que esas medidas solo valen para lo exterior. Pronto reconocerán que existen medidas eternas, de la palabra, y que es una gran arrogancia querer medir lo eterno con las medidas de la temporalidad. Los tres días en la eternidad son el pasado, el presente y el futuro. Siempre hay un “hoy” entre el ayer y el mañana. Pero esta trinidad fluye, la trinidad eterna es aquella del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. El padre como expresión de la eternidad en el sentimiento del pasado; el hijo como el futuro, es el mundo que es construido por el padre. El día de hoy, el presente, es el hilo de unión entre el padre y el hijo; el Espíritu Santo que aporta la vida a todo “hoy”. Los tres días, después de los cuales Jesús se levantará y regresará, terminan con su regreso en el tercer día, es decir, en el futuro. Porque sabe con absoluta certeza que la vida − el Padre en el cielo sabe cuándo − volverá a esta tierra. Lo temporal allí no está atado a una sensación de infinitud, una inmensidad llena de desesperación. Allí, lo temporal es como la novia que es conducida al novio con el fin de desposarla con la eternidad.
    Allí no existe la desesperación de una continuación larga e incierta. El regreso será pues en un punto que Dios considera el más correcto, el más feliz. En el tiempo de Dios, en Su tiempo. Porque el ser humano es incapaz de comprenderle aquí en el tiempo. Siempre quiere retener lo que fluye. Aunque se derrite entre sus dedos. Igual que el cuarto metal en la serie de los siete metales de la tierra, el mercurio, no puede ser retenido. Jesús sabe que este mundo solo comprenderá si puede vivir la fuente, el Ser, por sí mismo. Y puesto que es capturado aquí por aquel que envidia el amor, solo puede hacerlo mediante la salvación en la muerte. Por ello la muerte es buena, libera al ser humano de su cautiverio aquí. Y eso es lo primero que Jesús le mostrará y contará al mundo. Puede que se haya pensado que la muerte no tiene sentido porque pone término a aquello que el ser humano ama tanto. A partir de ahora verán que la muerte le lleva al lado eterno, al Ser. Allí se reconocerán como son de verdad. Allí verán que la temporalidad está unida con el lado eterno; que la temporalidad no se pierde, sino que es recogida como la novia, para unirla con la eternidad en matrimonio.
    Ese es el patrón que todo ser humano sigue, si tiene anhelo de eternidad. Vive lo mismo que Jesús. Sus palabras se expresan en el Ser, el Espíritu Santo las ha aportado al mundo. Porque están presentes en la fuente fluyen aquí e inspiran a todo ser humano en el tiempo con estos pensamientos. Es la salvación en la fuente, en las palabras de Dios que pueden ser reconocidas por nosotros en el tiempo. Estaba pensando en las palabras de Jesús, como están por ejemplo en Mateo 16,12-28, y en Marco y Lucas. Jesús comprende que el mundo no puede entenderle, porque está subyugado por lo exterior, como si ese exterior fuese todo lo que hay.
    Jerusalén, como centro del mundo.
    Jesús dice a sus discípulos que debe ir a Jerusalén. Allí sucederá todo, allí padecerá mucho de los ancianos, de los grandes sacerdotes y de los escribas, morirá y resucitará el tercer día. La pregunta es: ¿Por qué debe ir a Jerusalén para eso? También en Galilea sufre bastantes molestias. Estoy pensando en el significado del nombre Jerusalén. Naturalmente, es una ciudad conocida en este mundo. ¿Pero qué dice el lado oculto de la palabra? “Yerushalem” o “Yerushalayim” significa que la manifestación de Dios es (allí) perfecta, o también, la manifestación de Dios es perfecta en su dualidad. “La manifestación” en el sentido de la vista, de lo visible; y “perfecta”, porque allí el lado de la temporalidad y el lado de la eternidad están unidos, en perfección, en permanencia. Deberíamos conocer, es decir, buscar, a ese otro lado, ese lado oculto de la palabra. De no conocerlo, Jerusalén es como cualquier otra ciudad en la tierra, solo muy cargada de emociones. Muchos exigen ese lugar para sí y cada uno cree tener la razón, es decir, el derecho de posesión.
    Pero el nombre dice que allí vive Dios, y Dios es perfecto. La palabra “shalem”, perfección, es igual que “shalom”, paz. Las dos escritas 300-30-40. Es decir, Dios allí aparece con sus dos nombres: el Señor y Dios, como unidad, es decir, en perfección. Es el lugar con la piedra angular del mundo, imposible de encontrar en la geología. Sobre esta piedra, la muerte de Isaac se convierte en vida. Muerte y vida en perfección. En la perfección no falta nada, de no ser así, sería imperfecta. En Jerusalén la manifestación y el Ser son Unidad. Se habla también del Jerusalén de arriba, de la ciudad en el cielo. La palabra hebrea al 70-30 es arriba, que a su vez es la raíz de la palabra alá 70-30-5, subir, ascender. También es sinónimo de sentirse mejor físicamente. Caer, descender, la caída es entrar en una pesadez física, también en dificultades, fatigas y penas. Es una solidificación que hemos visto también en la nube, con el agua y el hielo. Ascender, por el contrario, es una dilución, un aligeramiento.
    La verdadera ascensión es la desaparición total de la visibilidad, ausentarse de toda prueba material. Estoy pensando en la Ascensión de Cristo, su acogida en la nube y su desaparición total después de 40 días. Según la palabra es una desaparición después del tiempo, más allá de toda experiencia temporal. La palabra al 70-30, arriba, por definición, es una invisibilidad. No se trata de un arriba espacial. El cielo tampoco está arriba en el espacio. La palabra, shamayim 300-40-10-40, con esa terminación ayim, doble, es expresión de una dualidad. No solamente la unión de la temporalidad y de la eternidad, sino también de todo shem, 300-40, de todo nombre. Allí está con su lado exterior e interior. Todo tiene un nombre en la lengua, en la palabra, y todo lo que puede ser nombrado está presente allí desde un extremo hasta el otro. “Yerushalayim” es el lugar donde vive Dios, en su perfección. Aunque para todo aquel que solo conoce los lugares geográficos, Dios vive en otra parte. Porque no tiene ni idea de la lengua en su esencia, en su Ser. Las personas que tenían el don de intuir la divinidad de la palabra, han descrito la geografía de forma imposible para la ciencia. Dicen que este mundo es el centro de la creación divina. Un punto en el espacio es “nada”, es cero dimensional, está oculto, invisible. Y a pesar de todo determina a todo el espacio, aunque este fuese inmensamente amplio y lejano.
    Y el centro del mundo es el país de Israel. Pensemos en lo que puede representar: en este país no puede haber guerra, ni enfermedad, ni muerte. El centro de Israel es Jerusalén. Y en el centro de Jerusalén está la habitación de Dios. El centro de la habitación de Dios es el Sancta Sanctórum; allí vive Dios en medio de los dos querubines, sobre la cubierta del Arca de la Alianza. “Kaporet” 20-80-200-400, cubierta, significa también “reconciliación”. Si estamos arrepentidos, Dios tapa todos nuestros pecados. Así el Día del Perdón en la Biblia es llamado Yom Kipur. Kipur escrito 20-80-200, como la cubierta del Arca de la Alianza. Arca, aron 1-200-50, viene de la palabra “Or” 1-6-200, luz. En ella está la palabra de Dios grabada en piedra. Oculta en el Arca, envuelta de luz. Espero que comprendamos ahora por qué Jesús quiere ir a Jerusalén, a esperar allí la muerte y la resurrección en el tercer día. También porque allí están los ancianos, los grandes sacerdotes, los escribas en la esencia de la esencia de la esencia. En el Templo, en el Consejo supremo. Allí es imposible resbalar por casualidad. La Biblia, palabras eternas, habla de Jerusalén, del centro del centro del centro. Si en el núcleo se cuenta así, debemos tomar nota que el patrón que sale de allí contiene una trama muy importante. Por ello, no seamos somnolientos ni distraídos.
    No arrojar la actitud farisaica a los demás, pensando ser mejor y por fortuna, diferente. “Parash”, apartarse, separarse, como hemos dicho ya, es la raíz de la palabra fariseo. Jesús sabe que allí en el centro no se le aguantará. Justamente esas personas allí, opinando sobre mi vida, dirán que así no es. Significa que querrán destruirme. Pero con igual certeza sé que resucitaré el tercer día, me levantaré de nuevo. Ese Pedro fiel, que tiene la promesa de recibir las llaves del reino del cielo, el único de los discípulos que le reconoce como el Cristo, hijo del Dios viviente, que es llamado la piedra sobre la cual construirá su comunidad, ese mismo Pedro dice (Mateo 16,22): Y Pedro, tomándole a Jesús aparte, comenzó a reprenderle diciendo: Señor, ten compasión de ti: en ninguna manera esto te acontezca. En otras palabras: no digas semejante cosa, porque todos te necesitamos. ¿Qué haríamos aquí sin ti? Una reacción humana muy comprensible. Estamos todos tan sumergidos en la temporalidad que no nos es posible reaccionar de otra manera a tal comunicación. La mención de la resurrección en el tercer día parece ni oírla.
    La respuesta de Jesús a Pedro, por tanto, es para todos nosotros de vital importancia: Quítate de delante de mí, Satanás. Ninguna tontería, ciertamente. Satanás es el gran adversario, el gran obstaculizador. Jesús sigue diciendo, explicando sus palabras: me eres escándalo; porque no entiendes lo que es de Dios, sino lo que es de los hombres. Después de todo lo que hemos oído aquí de fariseos y escribas, deberíamos tenerlo claro: Dios regala toda la vida. La vida en el tiempo y la vida eterna. Si solo reconocemos el lado del tiempo y retrocedemos ante todo lo demás, somos personas caídas, en el sentido de la serpiente, de satanás, del obstaculizador. Si supiéramos escuchar, hubiéramos oído las palabras de Jesús, de que volverá el tercer día. Porque la única certeza que tenemos es que la muerte pondrá fin a la vida aquí. Si hay 50 o 100 años por delante, realmente no importa. Como siempre digo cuando hay preocupación por el fin del mundo o de la vida propia: de todas formas, ¿dónde estaremos en cien años todos nosotros?
    Si de verdad creyéramos en Dios, le amáramos y en Él confiáramos, sabríamos por nosotros mismos que debe de haber una vida eterna. Y que Dios no puede dar menos cosas buenas que nosotros daríamos, todos juntos. Y que tampoco es tan difícil imaginarnos el interior y el exterior de nuestra propia vida. Aun sin conocimientos adicionales de la palabra, podríamos pensar en su lado oculto. Por la literatura, la poesía o la armonía de la lengua. Y si anhelamos el lado oculto de la palabra y no la utilizamos únicamente para el pensamiento causal, cada uno encontrará a su propia manera que la palabra es, de hecho, divina. Por tanto, lo que Jesús le dice a Pedro es muy importante para todo ser humano en el tiempo. Estamos de tal forma hundidos en el fango del mundo, que necesitamos de verdad un pescador que nos libere. Después de estas palabras a Pedro, que le ha decepcionado de nuevo a pesar de todo lo que le ha dicho y prometido, Jesús dice a sus discípulos: si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. (Mateo 16,24). Lo normal es que pensemos ahora en sufrimientos corporales, en una muerte cruel. De nuevo, creo que estamos siendo infectados por el bacilo de los fariseos y escribas. Negarse a sí mismo, “kajesh” 20-8-300, significa refutarse en su manifestación aquí, darle su auténtico lugar. Es decir, contraponer esta vida de aquí a la vida eterna, darse cuenta de lo que es perecedero y lo que es eterno; en definitiva, lo que significa este mundo frente a la vida eterna.
    El secreto de la cruz.
    Nos topamos aquí por primera vez con la palabra “cruz”. ¿Qué significa en realidad? He hablado ya varias veces sobre esa señal del 400. En el hebreo antiguo, el jeroglífico del 400 es una marca como nuestra “x”, es decir, una cruz tendida. Debemos explicarnos más en detalle. El 400 es la última expresión en las señales hebreas y corresponde a la última letra “tav”. Si la letra “mem”, 40, es una medida del tiempo, entonces la letra “tav”, 400, es diez veces esa medida y sabemos que más allá de 10 no se puede ir. El 400 es también la última de las letras de la centena. Las cuatro letras allí, (100-200-300-400I) suman 1000, es decir, volvemos a la unidad, a álef. No podemos pensar ni imaginarnos nada más allá del 400. Es pues el límite de todo lo pensable y de todo lo imaginable. Por ello, el cautiverio en Egipto, en el país del río, dura 400 años. Desde el momento en que se comunica a Abraham ese hecho, son 430 años. Es también el tiempo en el cautiverio de la “nefesh”, 50-80-300 = 430, en el mundo de la ley, del instinto, causa de las emociones, las excitaciones, las histerias, las depresiones y las agresiones. Nefesh se traduce como alma corporal, en contraposición con neshamá, alma divina.
    Encontramos la misma estructura, 5-8-3, en la palabra “najash” 50-8-300, serpiente, y “nafal” 50-80-30, caer. Los 400 años de Egipto, desde el punto de vista bíblico, comienzan con el nacimiento de Isaac, hijo de Abraham. Hemos visto también que el 500 indica algo imposible aquí, el árbol de la vida, la distancia hasta el cielo. La cruz, por tanto, es el camino terrenal a la muerte. Pero al mismo tiempo es el camino que va más allá de la muerte, a la salvación. En la imagen de la Biblia hebrea, es el camino hasta “pesaj”, Pascua, la salvación de la muerte en Egipto. Pesaj es la muerte y la resurrección en la Biblia hebrea. El camino por el mar del final, que se divide, y la resurrección más allá del mar. El camino del 400 es el camino que va a la muerte. Allí todas nuestras imaginaciones terminan. Niégate a ti mismo, si me sigues sabrás que todo aquí es perecedero. Cada segundo, cada hora, cada año, toda tu vida y la vida de tus antepasados. Aquí no queda nada de nada. Toma tu cruz, por tanto, porque solo así puedes acceder a la vida eterna. Es lo que está enfrente. Verás cómo lo que está enfrente de lo perecedero, de lo exterior, es lo interior, lo oculto, lo eterno. Lo opuesto del pasado es el futuro.
    Y el presente sempiterno, ese ahora, esta presencia eterna, une el pasado y el futuro como tercer elemento en la alianza. En el hebreo “tslav”, 90-30-2, cruz. Es la forma del cuádruplo en unidad. Todos los cuádruplos en la vida: en el espacio, en el tiempo, en el nombre del Señor, es decir en el tetragrama. Las cuatro madres, los cuatro arcángeles, los cuatro seres alrededor del trono de Dios, los cuatro evangelios, las cuatro esquinas del mundo, los cuatro cordones del chal litúrgico, las cuatro vueltas en la vida. El cuatro contiene en sí el 10. Es lo más exterior, es el final de todo lo precedente, del 3, del 2 y del 1. Teniendo el cuatro tenemos el diez. Así, en el cuatro, en principio, está todo, toda la base para el diez. Pero las letras en la palabra “tslav”, 90-30-2, “tsadi”, “lamed”, “bet”, según la tradición antigua dan, en su valor completo, otra dimensión adicional, más profunda. Quizás no sea el lugar más adecuado aquí para entrar en el tema. Lo he dicho y explicado en otros libros. Aquí solo decimos que el valor completo, es decir, el valor de todas las letras, dice mucho más que los números sueltos, que también son letras, es decir, más que ese 90-30-2. Unos apuntes nada más:
    La letra “tsadi” 90 es el gancho de pescar. Hemos visto ya que ese 90 es también la señal del nacimiento de un mundo nuevo: el ser humano es sacado del agua, del tiempo. De ahí, el anillo del pescador del Papa, la mitra en forma de pez, la comida de pescado el viernes. La letra “tsadi”, si contamos el valor de todas sus letras 90-4-10, es 104. “Lamed”, 30, la segunda letra de la palabra “tslav”, se escribe como palabra 30-40-4. “Lamed”, en principio, es un aguijón, con el cual el toro, el buey del mundo creado, se pone en movimiento. Es también ese “aprender” y “enseñar” que motiva el camino en la palabra y con la palabra. Esta palabra cuenta, es decir, cuenta en su valor completo, 74. La tercera y última letra de la palabra “tslav” es la “bet”, 2. En su valor completo es 2-10-400. “Bet”, como tal, significa “casa”. La casa es el mundo en el que vivimos. La casa se caracteriza por un interior y un exterior. La palabra “bet”, tiene el número completo 412.
    En total, la palabra “tslav”, 104-74-412 cuenta del 590. Y 590 es la expresión de la palabra “takif”, 400-100-10-80, fuerte, poderoso, imperioso. Significa que el cuatro ha sido atado en unión. Con ello llegamos al límite de este mundo. Ahora puede y debe manifestarse el otro lado. Eso es lo que dice la palabra “takif” en hebreo. Hemos llegado al límite de esta vida, del tiempo del bautismo con agua, la sumersión en el agua ha terminado. Ahora viene el bautismo con fuego, el opuesto. El bautismo con el Espíritu Santo. Eso es el secreto de la cruz, es decir, es la entrada en una vida nueva. Todo lo contrario de la tristeza conocida, señal oscura de la muerte, que Pedro rechaza resueltamente. Más bien es la señal de que solo ahora viene lo poderoso, lo fuerte. La palabra “tslav”, cruz, contiene esta comunicación.
    Palabras en el límite de la vida terrenal.
    Las siguientes palabras de Jesús a sus discípulos indican lo mismo. Porque cualquiera que quisiera salvar su vida (su vida terrenal), la perderá, y cualquiera que perderá su vida a causa de mí, la hallará. (Mateo 16,25). Porque la vida terrenal en el sentido de la “nefesh”, es la vida en la antigua legalidad. Quien se aferra a esa vida, no sabe nada de la vida de la eternidad. No puede ni siquiera tener anhelo de ella. Lo más que puede hacer es desear una vida más larga en el sentido lineal, más médicos, más hospitales, más paz. Olvida todos sus días pasados, todos los días de sus antepasados, de la humanidad entera. Es decir, no conoce ninguna misericordia, no sabe lo que significa el sufrimiento de toda criatura. Solo quiere un dominio cada vez mayor de la naturaleza, del mundo de la ley. Quiere investigar el secreto de la ley, pero no sabe nada de la nueva dimensión del amor. Pero Dios ha creado este mundo a causa del amor, que florece como una flor eterna en la tierra, en el jardín de la ley. El ser humano que solo desea alargar su vida aquí, la perderá. No conoce la añoranza de la resurrección y pierde así su vida. Lo que ocurra con él lo conoce solo Dios. Jesús dice también: Cualquiera que perdiera su vida a causa de mí, la hallará. Quien anhele la eternidad y vea la vida de aquí bajo ese punto de vista, la encontrará.
    Por ejemplo, las preocupaciones por una contaminación radioactiva o similar, que causa inquietud a mucha gente, no son preocupaciones auténticas. Solo demuestran el descontento con la vida de aquí. Así, la vida está ya perdida. La única pregunta que importa es: ¿Vivimos en el sentido de que deseamos traspasar la ley? ¿Sentimos que todo es posible desde Dios, desde la eternidad? ¿Deseamos − solo si pudiéramos − dar la mayor felicidad a toda criatura? Si estas son las preocupaciones, encontraremos la vida eterna. Sin embargo, en realidad vivimos de forma muy distinta. Nuestras preocupaciones, casi exclusivamente, vienen de la certeza de que la vida termina en la muerte. Aunque arrinconamos este hecho porque es insufrible. Con ello creamos una fuente de la que sale continuamente el miedo a nuestra vida. Porque lo arrinconado vive ahora en esa fuente. Es una vida con el sentimiento inconsciente del final.
    Ver texto completo en siguiente link:
    https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2021/12/04/estudios-de-tora-8/
    Elaborado por David Saportas
    1 hr 16 min
  • La Palabra Oculta del Nuevo Testamento – Parte 3: Fariseos y escribas dentro de nosotros
    La Palabra Oculta del Nuevo Testamento – Parte 3
    Por Fiedrich Weinreb
    Ver artículo escrito completo en mi blog:
    https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2021/12/02/estudios-de-tora-6/
    Fariseos y escribas dentro de nosotros.
    Es pues decisivo que sepamos de los dos lados de la vida. Por ello quisiera hablar ahora de aquellos que no entienden a Jesús. Esos adversarios, como los describe la Biblia, hablan un idioma muy diferente del que habla Jesús. Parecen ser incapaces de comprenderle. Es como si hablaran idiomas diferentes. Me estoy refiriendo a los fariseos y escribas. Si la Biblia no fuese la palabra de Dios, podríamos colocar a esa gente en algún lugar del tiempo y del espacio. Vivían “entonces”. Hubiéramos encontrado un chivo expiatorio y se podría dejar vía libre a su agresividad. Pero puesto que aparecen en la palabra de Dios significa que viven en lo eterno, en la fuente. Es decir, también en cada uno de nosotros, en el lado oculto, en ese gran reino desconocido, en la inconsciencia. En todos los tiempos, también hoy en día, hay personas que viven en los dos lados. Pero en todos los tiempos existe también el pecado de que se acepta como realidad únicamente aquello que se percibe con los sentidos, y que los sentimientos, esperanzas, sueños y deseos personales apenas son tomados en consideración. Para esa gente, lo único existente es la historia de la Biblia. Aquí nos topamos con la causa de muchos malentendidos. Porque a mi entender, de sus filas viene toda la serie de fariseos y escribas en todos los tiempos.
    Casi no hay diferencia entre judíos y cristianos a este respecto. Los fariseos y escribas existen por doquier. Históricamente es casi imposible averiguar qué quiere decir exactamente el Nuevo Testamento cuando habla de los escribas. Colocarlos pues aquí o allá, es un intento poco inteligente, como lo sería buscar a José en Egipto, el lugar de la construcción de la torre de Babel o el trazado de los hebreos atravesando el “mar rojo”. Pero existen −¡ y cómo! − en nosotros, en nuestras vidas. Igual que Amalek, el de Edom, el egipcio, el judío, o el Ser llamado Israel. Hay fluctuaciones en nuestro interior, cambian como la forma de la nube. Los espíritus, los vientos que nos atraviesen diariamente, cambian la intensidad de esos pueblos y comunidades constantemente. Así, cada uno tiene también al fariseo y al escriba en su interior. Aunque mucha gente pueda contradecir y afirmar que solo “entonces” han existido. Hoy tenemos científicos, políticos, capitalistas y comunistas. Es decir, problemas muy diferentes, hoy nos preocupamos del tercer y del cuarto mundo, de la deuda pública y del premio Nobel. Pero yo contestaría que justamente esos son los argumentos de los escribas. Podríamos pensar que hoy en día son los teólogos. Y ciertamente los hay también entre ellos, pero también entre los místicos y los artistas. También los teólogos son personas con toda clase de matices. Dios habla desde la nube en el interior del ser humano. Allí puede vivir en todos los tiempos y en todos los lugares del mundo, sin ser consciente de ello.
    Por tanto: ¿quiénes son esos fariseos y escribas? “Perushim”, fariseos, viene de la palabra “parash” 80-200-300, apartarse, separarse. ¿Apartarse de quién? Quizás del mundo, de la vida. Se distinguen por una especie de orgullo, pedantería, ergotismo. Tienen mucho cuidado de vestir bien, de no ser mancillados por otros. Viven como si hubiesen llegado ya a la cima. Es decir, se apartan de la realidad de la vida. Porque la vida aquí no es así, no es de tal forma perfecta; y lo saben. De ahí su pedantería, su agresión. Todo ser humano puede caer en tal actitud en algún momento de su vida. Algunos permanecen en ella. ¿Y quiénes son los escribas? Los traductores del Nuevo Testamento al hebreo tienen dificultades con esta palabra. Piensan que una mala traducción podría cambiar su sentido. Así, algunos escriben sofrim, plural de sofer 60-6-80-200, que es un escriba judío. Y el yodea sefer es alguien que conoce las escrituras, que es versado en las escrituras.
    Pienso entonces en el “Talmid jakam”, un erudito, un sabio. Aunque estas personas son honradas en el judaísmo, porque se sabe que junto con la erudición va mucha dulzura y humildad. Así, no he sido capaz durante mucho tiempo de comprender quiénes eran esos escribas. Porque convertir a personas amables y sabias en tales escribas, me parecía faltar a la verdad. Hasta que en el transcurso de mi vida me he dado cuenta de que se refiere a personas que interpretan las palabras de la Biblia única y exclusivamente según su sentido exterior. No importa si lo hacen por una traducción arbitraria o por el texto hebreo. También en el hebreo, como en toda lengua, existe la posibilidad de ver solo el lado exterior de la palabra. Ni sospechan que cada palabra tiene también una vida interior muy rica. Y muchas veces se trata de filólogos famosos, conocedores de la gramática del hebreo, incluso conocedores del árabe, arameo, sirio. Pero les causa risa toda insinuación de que los sabios judíos, personas santas para muchos, conocían los lados interiores y que su dicha era incomparablemente mayor. Suelen replicar: ¡Esa gente de entonces no tenía ni idea de las ciencias modernas de la lengua, de las posibilidades actuales de comparar las estructuras mediante la informática!
    Creo pues haber encontrado a los escribas. Están entre los judíos, los cristianos y también los musulmanes. Y en todo lugar viven también aquellos para los que la palabra de la Biblia es santa, eterna. Es el gran pecado de todo ser humano que cae ante la manifestación externa, creyendo haber alcanzado la meta ya aquí. Solo algunos herejes molestos, esos renegados, no quieren aceptarlo. “Lo decimos claramente, pero no quieren oír”, dicen entonces. Conocen la Biblia de memoria y pueden probar su razón con versículos escogidos. Entre los fariseos y los escribas, de hecho, existen estrechas relaciones. Puede nómbreselos en un solo aliento. Lo que se cuenta en la palabra de la Biblia, en la fuente, vive en todos los seres humanos que están en el fluir del tiempo. Significa que tenemos todos los relatos en nuestro interior, y todos estamos ante la tentación de caer, como los fariseos y los escribas. Es tentador ahora pensar que se trate de los fundamentalistas de nuestro tiempo. Pero no es así. Entre los fundamentalistas también hay personas verdaderas y las hay orgullosas, agresivas y locas. No hay que juzgar con tanta rapidez. Incluso en el ser humano más normal vemos a diario muchos matices. Porque muchas veces no sabe lo que hace. El fariseo y el escriba viven en todo ser humano, igual que el judío, el “caananí” y todos los pueblos de la Biblia.
    Espero que vayamos comprendiendo lo importante que es entender las separaciones que Dios hace en la creación. La Biblia comienza con ellas. Es el fundamento, el sentido de la creación. Elokim, Dios, crea el cielo y la tierra, separa entre la luz y la oscuridad, entre las aguas de arriba y las aguas por debajo del firmamento. Entre los mares y la tierra seca, entre las hierbas y los árboles permanentes. Entre la luz grande del día y de la luz pequeña de la noche. Entre los pájaros y los peces. En el sexto día, distingue entre todas las clases de animales y el ser humano. En todos esos seres hay un alma viva, “nefesh jayá”; también en el ser humano. Luego, sin embargo, en Génesis 2,4 se añade un segundo nombre de Dios, y a partir de allí se llama el Señor Dios, en hebreo Adonay Elokim o “haShem” Elokim. Justamente enfrente de todas estas dualidades, nos muestra ahora la unidad de una dualidad, en Dios mismo. En Dios, a cuya imagen y semejanza está creado el ser humano. Es decir, también el ser humano está en la vida frente a toda clase de dualidades, pero sabe que él es una unidad. Incluso los dos árboles en el jardín Edén son “dos” y, a pesar de todo, tienen una sola raíz. La raíz lleva los dos árboles, no los árboles llevan la raíz. Pensar así sería una locura.
    Y ese Señor Dios le da al ser humano su aliento y le aporta con ello la unidad divina de “Nefesh” y “Neshamá”, de alma viva y aliento divino (Génesis 2,7). Significa que el ser humano es portador de todos los elementos que están bajo la ley y también de lo nuevo, lo divino, la neshamá. La gran pregunta es: ¿vive esa unidad o le da bastante igual? Estas dos fuerzas en el ser humano están en un conflicto constante. Muchas veces se impone el alma que actúa bajo la ley y que vive también en todos los animales, lo que hoy en día se la llama instinto, instinto de vida. He señalado ya en otro lugar que la palabra “Nefesh” 50-80-300, muestra similitud con “Najash” 50-8-300, serpiente. Las proporciones son las mismas. En los dos casos, los números de base son 5-8-3. Comprenderemos ahora la relación con “caer”, que se escribe: “Nafal” 50-80-30. Quiere decir que la caída, el pecado, tiene que ver con esa debilidad nuestra, con la posibilidad de que la “Nefesh” sea seducida y, finalmente, tome el control de nuestra vida. Por el contrario, solo el ser humano tiene una neshamá. Es el aliento de Dios, que viene con su nombre nuevo, el nombre Dios el Señor. Mediante la neshamá el ser humano puede reconocer la unidad en todo. Ahora Dios está en él y él está en Dios.
    Estoy pensando: Dios es la palabra. Dios, con su aliento, nos da su palabra. El Espíritu Santo, Ruaj ha-kódesh, puede insuflar la palabra al ser humano, hasta los niveles más altos posibles. No olvidemos que Ruaj no es solo “espíritu” sino también “viento”. Es espíritu, por tanto es enviado, soplado. Les cuento todo con tal detalle para que podamos darnos cuenta de cuál es el pecado de los fariseos y escribas en todos los tiempos. Dijimos que el ser humano con su neshamá puede pecar, porque conoce la unidad. Un animal con su Nefesh, no puede hacerlo. No podemos enfadarnos con un gato que se come a un pájaro o con el lobo que roba un cordero, aunque nos disguste mucho. Solo el ser humano con el aliento de Dios, con Dios el Señor en su interior, puede pecar. Vivir únicamente en el mundo de la Nefesh es, por tanto, el pecado de los fariseos y escribas bíblicos. Por ello son tan agresivos con Jesús, le molestan tanto con sus preguntas petulantes. Porque solo aquel que cree exclusivamente en la importancia de lo manifiesto puede hacer semejantes observaciones y formular tales preguntas. ¿Debemos negar por tanto todo lo manifiesto?
    He mencionado ya la unidad que el ser humano puede vivir. La unidad de su vida consta de aquello que brota desde la fuente inconsciente, oculta, y de su vida en el mundo y en la sociedad. Es y sigue siendo un solo ser humano, pero quizás pertenece a aquellos que solo viven en la Nefesh, en la ley. Podemos encontrar una indicación decisiva en un relato de la vida de Jesús. Estoy pensando en un suceso relatado en tres de los cuatro evangelios y se refiere a la moneda del tributo. Los adversarios de Jesús, que quieren atraparle en algún pecado u omisión para seguidamente entregarle a los romanos, se acercan a Jesús. Le adulan con palabras como que eres amador de la verdad y que enseñas con verdad el camino de Dios. Pueden leer el relato en Mateo 22, 15-22. Le preguntan si se debe pagar tributo al César o no. Porque Jesús siempre señala a Dios y la eternidad, en todo. Podríamos pensar que contestaría: − Hijos, de lo que se trata es de la vida eterna, ¡qué pueden importarnos las autoridades! Tenemos otros ideales. ¿Seguís sin comprender mis enseñanzas? Pero Jesús muestra una moneda y señala la imagen del César. La moneda demuestra que el César es la autoridad y que todo está bajo su influencia. Y dice las palabras conocidas: Dad pues al César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios.
    Muchos teólogos dicen que los fariseos querían ponerle una trampa a ese inocente Jesús. Si menosprecia al César, los soldados de Herodes entran en acción y hacen el trabajo sucio. Sin embargo, Jesús, inteligente oportunista, se da cuenta y se abstiene de hablar mal del Cesar. Al final, los tan refinados fariseos deben salir avergonzados. Nota alta pues para el inteligente Jesús. Así o similar suenan la mayoría de las explicaciones sobre este episodio. Quizás sienten ustedes lo que quiero decir y por qué he guardado este relato hasta ahora. Porque de lo que se trata es de nuestra relación con todo el mundo, con todas las manifestaciones, con todo lo que vive como realidad en el mundo y en nosotros. En la Biblia, César significa el dominio de Roma, el dominio del mundo de la ley. Por ello, en el Nuevo Testamento, la primera carta de Pablo va a los romanos. Los romanos no solo de entonces, sino el romano en el ser humano siempre y por doquier. Esa Roma que vive siempre y por doquier es Edom en el judaísmo. Edom, el hermano gemelo de Jacob, es decir, Israel. Muchos teólogos se molestan también por el “engaño” de Jacob, que roba, como dicen, la bendición de Esaú, llamado también Edom. Porque solo ven la imagen externa del asunto, no saben que la palabra tiene también otro lado. Solo con el otro lado podemos encontrar la unidad.
    Esaú, en hebreo Esav 70-300-6, significa también “él que está hecho, terminado”. Está cubierto de pelo, lo que significa que tiene ya muchos encuentros tras de sí. Y se nombran en la Cábala todos los mundos anteriores, los mundos de los reyes de Edom y se señalan sus nombres en la Biblia. (Génesis 36,31-39). Lo he contado ya muchas veces: en primer lugar está el mundo de la ley, es decir, domina la ley. Hasta que Dios da su nombre nuevo: Señor, y Dios el Señor reina en el mundo. Si se habla solo de la fase de la ley en el mundo, − y se hace a menudo − se ha vendido y exteriorizado el conjunto, la totalidad. Eso es lo que hace un escriba. Significa que toda la fase de la ley está dentro de nosotros, somos nosotros mismos. Cierto. Pero la fase del amor también. No viene después. Si aparece en la Biblia después, quiere decir que dentro de nosotros está, ha estado desde siempre, porque está en la fuente, con Dios. Así, el patrón de la fuente corre en todo tiempo, en todo ser humano. En la fuente pues, Roma es Edom. En la historia de la Roma “profana”, había personas maravillosas, excepcionales, santas.
    Igual que en el “viejo” Egipto y en todas las partes del mundo. Estos pueblos están todos en nuestro interior, viven en la fuente, con Dios. Sus nombres, sin embargo, las palabras, pueden hablar de sus dos lados. En esta pregunta por el César se trata en realidad de nuestra relación con el mundo de aquí, de nuestra realidad, en la que domina Roma. ¿Debemos negar el mundo de las leyes, actuar como si no existiesen? Esa es la pregunta de los fariseos a Jesús. ¿No dice él mismo que es hijo de Dios, nacido de la virgen María, engendrado por el Espíritu Santo? Para alguien así, este mundo de aquí solo puede ser un estorbo. Quieren que diga que este mundo de aquí no cuenta, que solo se trata del más allá, de lo que viene después de esta vida. La gran masa de personas en este mundo de la temporalidad solo conoce esta vida de aquí y tiembla ante la pregunta por el después. Los fariseos también solo reconocen la vida de aquí, pero actúan como si la eternidad ya estuviese aquí. Están persuadidos, además, de que la eternidad es solo para ellos. Se han separado de la realidad de toda la creación, de la vida de toda la creatura. Desprecian a los romanos como hijos descastados de Edom. Se sienten de verdad elegidos. Quieren deshacerse de Jesús porque señala el mundo de la realidad, el mundo de la palabra. No pueden ni quieren entender a los profetas, porque también ellos hablan de la unidad de la palabra.
    El fariseo solo conoce un único lado de la palabra y lo utiliza para este mundo. No estoy seguro de si jamás han existido tales fariseos. Pero sé que la gran masa, presa de sus emociones, tiene esa misma actitud. Y Jesús se da cuenta de que justamente a ellos les falta la comprensión. Sabe por supuesto que el lado de aquí es imprescindible. Y la tragedia es que justamente esa gran masa no puede comprenderle. Los fariseos saben de un mundo más allá, contrariamente a los saduceos, que lo niegan, por lógica. Pero en su altanería, se separan de todo lo demás. El orgullo los ciega para la unidad de la palabra, la unidad de Dios y del ser humano a imagen y semejanza de Dios. Y se van, decepcionados, cuando Jesús contesta que debe darse al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. Habla de la unidad de la vida, del aquí y del allá, del exterior y del interior; la unidad del Señor del tetragrama y de Dios, del padre de toda criatura. Los fariseos de la Biblia parten de la idea equivocada − igual que la gran masa de personas que viven únicamente en el tiempo de aquí y ahora − de que Jesús no se refiere a este mundo de aquí, sino que habla de un mundo futuro distante.
    Es el pretexto perfecto para apropiarse sin miramientos de este mundo de aquí. Bien sea porque sienten esta exclusiva elección o porque se reservan este mundo para sus ejercicios imaginarios de poder. Y como es natural − sucede en el mundo de la ley − pronto se comienza a luchar y el más listo o el más capaz es el que sobrevive. Es siempre así, si se desprecia la unidad, aunque quizás se esté proclamando con la boca todo lo contrario. Tú sí es un sí, y tu no, un no. La boca puede decirlo todo, pero si tú en tu esencia, en la fuente, estás dividido, entonces tu sí no es un sí verdadero y tu no, no es un no de verdad. Como personas humanas que somos, nos damos cuenta por supuesto de que también en la propia vida, en muchas ocasiones, solo miramos cómo se actúa en la calle ancha y no en la senda estrecha, personal, por la que deberíamos transitar. Pero al final, todo el mundo acude a Sión. “Tsiyon” 90-10-6-50, señal, no es solo un lugar histórico o geográfico. Al final todo el mundo llega a la meta allí, cada uno por su propio camino individual. Aunque quizás haya comenzado en dirección contraria. Con el sentimiento de una profunda humildad, porque la meta promete lo que está enfrente: el reino del cielo. Seamos atrevidos y preguntémonos hasta qué punto conocemos momentos en nuestra propia vida en los que somos fariseos y escribas. Buscarlos en los demás, es fácil.
    Instituciones y costumbres.
    Todos sabemos que estamos confrontados con las instituciones. Son manifestaciones de la temporalidad y poco importa cómo puedan llamarse. Las emociones de la Nefesh viven en ellas y también muchas veces las ambiciones de poder, la necesidad de mantener el estatus y de tener la razón. Sabemos muy bien que necesitamos estas instituciones en el mundo de aquí, como también necesitamos y cuidamos a nuestro cuerpo. Y como el cuerpo es una manifestación en el tiempo, proveniente de la fuente de la eternidad, así quisiéramos que nuestras instituciones interpreten a nuestra vida en la eternidad. Sin embargo, topamos de inmediato con la aversión de los fariseos y escribas. Porque quieren dar importancia a las cosas de aquí y usar lo eterno, acaso, para sus fines. Pero Jesús insiste en que lo de aquí sale de la fuente de la eternidad y lo verdaderamente importante es la esencia del ser humano. Lo de aquí no puede independizarse; sin el lazo de unión con la eternidad, se pierde. También la eternidad tiene anhelo del aquí, para fecundarlo con la lluvia, la palabra de Dios. Espera la disposición del mundo, de la tierra, para recibir la semilla, la palabra.
    Si las instituciones pueden o no mantenerse aquí, depende del lado eterno, de la esencia de las personas. No solamente de las personas del momento, aquí y ahora, sino de todas las personas, que quizás ni vivan en estas instituciones. También de aquellas que antes, quizás mucho antes, hayan vivido aquí en esta tierra. Porque lo oculto es la fuente de todo Ser. De esta fuente sale el patrón divino del mundo a todos los tiempos. Igual que las palabras de Dios llegan aquí mediante el Espíritu Santo. Puede ser que ciertas instituciones, en ciertos momentos, tengan a personas no muy buenas como representantes. Pero la institución vive también de personas que no saben nada de ese hecho. Y ciertamente también de los santos de todos los tiempos. Una institución que surge aquí es igual que un cuerpo que aparece aquí. Debe respetársela como un secreto, como una promesa. Y no analizarla y criticarla de inmediato. Se puede esperar con paciencia lo que salga de ella y aguantar también injusticias temporales.
    Ante todo, debe recordarse la peligrosa actitud de los fariseos. Ese saberlo-todo-mejor, ese apartarse de la realidad de la vida, ese rechazo usando citas bíblicas sacadas de contexto, es decir, ese deseo de destruir. Una institución aquí es una realidad, ha nacido aquí como nace un cuerpo. Dios sabe, en su fuente del Ser eterno, que podría seguir creciendo y si ha ido por caminos equivocados, que siempre puede arrepentirse y cambiar. Un fariseo mirará de inmediato si su imagen podría quedar deteriorada y lo que podría opinarse de él y de la limpieza de su vestido. Como la gran masa de personas, que se deja llevar únicamente por sus emociones, es decir, por la ley. Recordemos lo que es el sentido del ser humano, el sentido de toda vida aquí. No juzguemos pues con la impaciencia del corazón. Yo creo que estas palabras son válidas para todas las instituciones. Hay fases en las que el poder del fariseo es mayor, otras en las que es menor. Pero el ser humano es el centro que importa. Y el ser humano puede, en el transcurso de su vida, nacer de nuevo, si su vida anterior ha muerto aquí. Y una institución puede renovarse por la vida de una única persona. En general, esa persona no se da ni cuenta y la institución tampoco puede saber si un cambio, una vida nueva, ha comenzado para ella.
    Porque las cosas verdaderas suceden en lo oculto, en la fuente del Ser. Quizás deberíamos tomar más en serio a todas las cuestiones ocultas en la vida. Leemos que Jesús sube a la montaña, a veces a montañas altas. Pensemos entonces en el otro lado de la palabra “montaña”, en lo que una montaña puede ocultar en sí. “Har” 5-200, montaña, en hebreo, es al mismo tiempo la raíz de la palabra “herayon” 5-200-10-6-50, concepción, embarazo. Un pensamiento, una intuición nueva puede embarazarte y una nueva vida puede nacer. De los ocultamientos de la montaña. Se trata de la veracidad de la palabra, de la unidad de Dios. Así, la palabra Torá 400-6-200-5, no puede significar “ley” como se traduce casi siempre sabiendo que es falso. La raíz de la palabra Torá está en la palabra “horá” 5-6-200-5, embarazo. Dios embaraza al mundo con su palabra. A todos los seres humanos en todo el mundo. Pero si se utiliza esta palabra falsamente, es decir, unilateralmente, se trata a la Torá de manera injusta. De igual forma, las “diez palabras”, “eseret-hadibrot”, se traducen siempre como la ley o los diez mandamientos. Aunque estas palabras ni aparezcan en el decálogo. También aquí vemos una señal de querer separarse, de tener la razón aun falseando. Parece que se trata de una lucha de poder.
    Todos estos excesos e inexactitudes han surgido por la ambición expansionista y el instinto de conservación de la Nefesh. La ley es la base sobre la cual el anhelo de amor y gracia pueden crecer. Pero es cruel para todo aquel que no tiene anhelo de amor. Quien solo vive en la ley, contemplará la pérdida del amigo con alegría. Así surgieron los conflictos, las represiones, las mentiras, las astucias para poder huir, para defenderse como objeto más débil y afirmarse a pesar de todo. Es imposible evitarlo, como es imposible impedir que un león dé caza a una cebra y la mate. Y se sabe que nunca tendrá fin, salvo que el Mesías llegue de verdad, en contra de toda la ley, y propicie que el lobo yazca con el cordero y el león con el cabrito. La Nefesh sola no puede evolucionar en este sentido. La sucesión de las generaciones no puede traer el Mesías. Para ello se necesita a la virgen que da nacimiento a un niño, engendrado por el Espíritu Santo. La Nefesh, estando bajo el dominio de la ley, es incapaz de comprender eso y se opondrá con todo su poderío legal.
    Lo nuevo viene después de terminar la creación. Nada puede crecer, evolucionar, si Dios no aparece en el nombre del Señor, del Ser en todos los tiempos. Dios en el nombre del tetragrama, de la fuente de dónde saca el agua, el tiempo, ese 40 que regala al mundo. El agua corre, el tiempo corre. Y en el fluir del tiempo, el anhelo de amor puede crecer. Y ese anhelo de lo nuevo puede llegar a romper la ley, puede regalar a la virgen el niño, engendrado por el Espíritu Santo. El anhelo de amor despierta el anhelo de lo imposible. ¿Pero qué es exactamente esa fuente en lo oculto del ser humano? ¿Vive en esa ocultación un espíritu bueno o malo? En el núcleo de su Ser, el ser humano tiene todas las personas de la Biblia en sí. ¿Hacia quién se siente atraído y quiénes le repelen? Porque el ser humano es libre por causa del amor. Según la ley, también esa libertad debiera de ser programada. Según la ley, también el Mesías debiera de venir como un salario bien ganado o para castigar a los enemigos. Es decir, nada “virginal”, todo lo contrario, como causa y efecto. Así, se podría aceptar al hijo de David; pero entonces José de Nazaret debe ser el padre del niño. Y no aquel Espíritu Santo que trastoca a todas las leyes conocidas.
    La libertad del ser humano es la consecuencia del aliento de Dios, de la neshamá, en él. Ahora puede verse lo que te atrae. ¿Quizás Babilonia? ¿Lamentas la vida del rey Nabucodonosor y la devastación de la Casa de Dios en la tierra te causa risa? ¿La ramera de Babilonia te cae bien? Si en tu vida te inclinas al caos, estás obsesionado con erradicar a los enemigos, crees que el mundo se va a hundir por la polución y la energía nuclear, entonces en tu inconsciente, en tus ocultaciones, simpatizas y mucho con la ramera de Babel. No olvides que Babel significa confusión. La libertad es la verdadera responsabilidad del ser humano. Las costumbres se forman y dependen de lo que hace el ser humano con su neshamá, de los objetivos que le atraen. Significa que no son las costumbres, son las personas las que deben ser criticadas. Solo puedes encontrarte con ellas en el amor, si te sientes cerca de personas auténticas, amantes de la Biblia, si reconoces su vida en la tuya. El ser humano puede cambiar, arrepentirse, hacer penitencia. No en lo exterior, no de forma demostrable. Quien da la vuelta de verdad no hablará de ello. Se notará que algo fundamental ha sucedido en su vida o quizás no se note nunca. Entonces sabrá que Dios lo sabe. De no ser así, no ha pasado nada verdadero.
    Se trata siempre del ser humano. Teniendo libertad puede dar la vuelta, regresar. Si Dios quiere, sus costumbres cambiarán. Pero no tiene que ser así. Porque como su apariencia exterior es por la voluntad de Dios, así también sus costumbres pueden serlo. El ser humano que ha encontrado el amor conoce el sentido de la fidelidad. Las palabras fe, confianza y fidelidad no son idénticas solo en el hebreo. De ellas surge el anhelo de amor, y el amor no puede nunca ser infiel. El ser humano que percibe así tiene la gracia de sentirse atraído por personajes bíblicos, que allí en la fuente se han decidido por Dios. Buscará la unidad de la palabra y tendrá el sentimiento de estar en un camino que le llevará a encontrar lo que busca. Y verá cada vez con más claridad la unidad de los sucesos en la tierra y en el cielo. Porque en todas las costumbres que tenemos, no se trata solo de tenerlas aquí, sino de dar a Dios lo que es de Dios, es decir, de buscar la fuente de todo. No en el sentido de la construcción de la torre de Babel, comenzando aquí y queriendo llegar allá, sino de creer, de tener la convicción de que la fidelidad a Dios regalará el sentido del todo.
    El objetivo es siempre encontrar la fuente y vivir la alegría de verla fluir y regalar. Dios es nuestro padre en el cielo, que nos regala el pan diario como alimento. Pan como alimento, no solo para satisfacer al animal. Aunque el cuidado del animal esté confiado al ser humano. El animal es conducido por el ser humano a la salvación. La respuesta que Jesús da a los fariseos, en presencia de los representantes de Roma, significa la unidad de los dos lados. Nunca preferir un lado sobre el otro. Así debe ser en las instituciones, en las costumbres. Pretender que solo se trate del espíritu, de la razón, es violar la realidad. Toda criatura recibe aquí un cuerpo de Dios, justamente desde la fuente de la vida. Considerar que el mundo no tiene importancia conlleva el peligro de quedar atrapado por él y encontrar allí su perdición.
    Judaísmo y cristianismo.
    Queda la pregunta: ¿Qué quiere decir el Nuevo Testamento cuando habla de los judíos que allí juegan un papel esencial? Desde el principio hasta el fin. Y habría que hablar también de la relación entre el cristianismo y el judaísmo y viceversa. Espero que nos hayamos dado cuenta de que la Biblia es la palabra de Dios y, por tanto, que debiéramos dejar de juzgar a los judíos únicamente por su lado exterior. Debemos preguntarnos qué dice la Biblia de ellos. ¿Qué significa el judío en la fuente del Ser, en la palabra oculta? He dicha ya algunas cosas relacionadas con el tema. El nombre “judío” significa textualmente “el que alaba a Dios”. En el tiempo que fluye es aquel que es feliz. Si su alabanza es auténtica, no lo demostrará en voz alta, más bien en el sentido del sermón de la montaña, estará muy felizmente en la vida. Si se anhela la unidad aquí, se manifiesta en el exterior. ¿Qué ha causado entonces la separación de los caminos? No queremos entrar en secretos. Las cosas secretas pertenecen al Señor nuestro Dios: mas las reveladas son para nosotros y nuestros hijos por siempre, para que cumplamos todas las palabras de la Torá. (Deut. 29,28). Es decir, podemos ver lo manifiesto y acercarnos a su verdad.
    La separación puede haberse propiciado solamente por la Nefesh, el lado de la ley en el ser humano, que ha jugado un papel predominante. Porque en principio, todas las palabras del Nuevo Testamento son aceptables para todos los judíos en todo el mundo. Son una sorpresa muy feliz, un cumplimiento de todo aquello que se conoce de la Biblia hebrea. ¿Cómo pudo ocurrir, pues, que ya en el núcleo mismo se produjera ese distanciamiento y después enseguida esa evidente enemistad? Seguramente tiene que ver con esa confrontación ya en la fuente. Un choque de legalidades y, como consecuencia, la lucha por el predominio. Quizás en los dos lados se ha vivido en primer lugar la fase de la ley, y podría ser que al final, frotándose los ojos, se pregunte: ¿Qué hemos hecho? Porque justamente por la experiencia de la crueldad de la ley que siempre quiere ser predominante, puede crecer el anhelo hacia el otro lado de la vida, donde el amor y la gracia quisieran irrumpir.
    Porque en la vida de lo manifiesto puede ser, y es de esperar, que se anuncie el poder del fariseo y de los escribas. En los dos lados. Y si se cae en la trampa del orgullo de aquel que lo sabe mejor y se mira con más o menos desprecio al otro, la serpiente está de inmediato al lado y te susurra: − Toma ahora el poder, puedes forzar al otro, torturarle y someterle. Entonces te dará la razón. Se va conquistando el lado de aquí y se olvida la fuente eterna, la unidad de las palabras de Dios. Y esa conquista es la gran tentación. El cristianismo fue reconocido por la Roma profana, a partir de Constantino los emperadores son cristianos. Y la prueba es evidente: el más fuerte, el más victorioso tiene la razón. De la parte judía la cuestión también era “tener la razón”. Se había olvidado el amor, o más bien se había cambiado por eso de tener la razón. Por supuesto queda el secreto de cómo ha sucedido todo. Pero los hechos, a grandes rasgos, son estos. Justamente el énfasis atribuido al éxito o al fracaso separa el ser humano de la vida verdadera y propicia la victoria de la mentalidad farisaica. Y seguidamente vienen los escribas y demuestran que son indispensables con sus interpretaciones sacadas de contexto y muchas veces fundamentalmente falsas. En los dos lados.
    Ver texto completo en siguiente link:
    https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2021/12/02/estudios-de-tora-6/
    Elaborado por David Saportas
    45 min
  • La Palabra Oculta del Nuevo Testamento – Parte 2
    La Palabra Oculta del Nuevo Testamento – Parte 2
    Por Fiedrich Weinreb
    Ver artículo escrito completo en mi blog:
    https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2021/12/01/estudios-de-tora-5/
    Hijo de David.
    La virgen María –el mundo nuevo en que debe de suceder lo increíble− es la prometida de José, de la casa de David. En el relato de Mateo y también de Lucas leemos de la procedencia de José de la casa de David. Es decir, la noción hijo de David vale también para el prometido de María. Y María es saludada por el ángel Gabriel: ¡Salve muy favorecida! El Señor es contigo. Y repite: Has encontrado gracia ante Dios. Ese poner de relieve la gracia, quiere decir que no se debe mirar a la ley y al interés, sino más bien a aquello que en el sentido más verdadero, es imposible. María dice: ¿Cómo será? No conozco varón. La contestación: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te hará sombra, por lo cual también lo Santo que nacerá, será llamado Hijo de Dios. (Lucas 1,28-35). El espíritu une el mundo de la verdad con el mundo material y une el aliento de Dios, la palabra, que es igual en los dos mundos, con la manifestación terrenal. El Espíritu Santo es el espíritu que viene de la esencia de Dios. Como el viento − la misma palabra tanto en hebreo como en griego − une los mundos. Los ángeles son espíritus. El Espíritu Santo viene sobre la virgen, sobre este mundo, que no ha sido tocado por ningún hombre, por ningún recuerdo.
    Este mundo concibe del Espíritu de Dios. Para ello se hizo el mundo, y por el signo de Virgo. Porque el niño así concebido se asentará eternamente en el trono de David. El nombre David viene de la noción hebrea “dod”, amado. En las 42 generaciones mencionadas en Mateo, David es la generación decimocuarta. Y David se escribe 4-6-4, es decir, 14. ¿Casualidad? David tiene una posición central en todo lugar porque como lo dice su nombre, se siente amado por Dios. Según la ley o los acontecimientos exteriores, podría pensarse que fuera más bien un hombre con mala suerte, perseguido por las desgracias. Ya cuando Samuel, hijo de Ana, busca al futuro rey, es pasado por alto varias veces. Su padre Jesé ni le menciona, porque su madre, según la tradición, no es su mujer legal. Solo al final le encuentran en el establo con los animales. Luego, siendo ya rey, Saúl le disputa su reinado. Le persigue, quiere matarle y en ocasiones posteriores, debe huir varias veces. Sus hijos se levantan contra él, casi nunca se le entiende. Luego comete el pecado de tomar a “Bat-sheva”, esposa de Uría, como mujer. El primer hijo de esta unión muere. La Casa de Dios que tanto quiere construir, no puede hacerlo. Según los acontecimientos exteriores puede parecer que a David le persigan las desgracias. Y a pesar de ello se siente especialmente escogido y amado por Dios. En la esencia de su Ser, sabe perfectamente quién es, sabe de su eternidad.
    Llegamos ahora a la palabra ben, 2-50, hijo. En general se piensa en un hijo nacido según la ley, aunque en el caso de David, estaría en contradicción con su nombre: el amado. Y ese hijo no puede entenderse como un heredero legal. El sustantivo ben tiene estrecha relación con el verbo “baná”, 2-50-5, construir y con “boné” 2-50-5, constructor. El padre construye su mundo con el hijo. El mundo, la virgen podríamos decir, no espera un hijo según la ley, espera el hijo de Dios, del Espíritu Santo. Un hijo según la ley tendría sus limitaciones aquí. ¿Por qué, se preguntarán, debe la ley mostrar límites? Para que en el ser humano surja el anhelo de ir más allá de esos límites. Así también viene el sentimiento de que la ley no pueda ser todo, por muy poderoso que se demuestre en el cosmos, funcionando con total perfección. Es decir, llega el anhelo de amor, de eternidad. David siente en su vida que lo esencial es ese amor de Dios. Lo reconoce como el núcleo, la fuente de todo. Quien siente así, canta su vida como alabanza a Dios. Los demás explicarán cuanto tendría que cambiar el mundo. No tienen ni tiempo de pensar en la eternidad, solo conocen ese único lado de la vida. Están divididos, cortados del lado de la eternidad.
    Cada persona se construye su mundo. Lo sueña, lo espera, lo desea. Y esa construcción, ese “binyan” 2-50-10-50, es su hijo. Su semilla poseerá este mundo en la eternidad. Sabe por supuesto que su descendencia natural tiene límites aquí. Para el ser humano que es incapaz de captar la eternidad, todo es un sinsentido, por ser limitado. Con el hijo construimos aquí nuestra eternidad. Ser hijo de David quiere decir que deseamos que el mundo se reconozca como amado de Dios y que pueda vivirlo como eternidad. Aquí y allá. No importa cómo sea la vida aquí, se conoce la fuente en la eternidad. Y si utilizamos las medidas de la eternidad, todo es muy diferente. Únicamente con las medidas mundanas − que la serpiente recomienda vivamente − la vida se convierte en una cosa insulsa, aburrida, tiene saber a polvo. La serpiente come polvo.
    Hemos señalado en otra parte la relación de la palabra serpiente, “najash”, 50-8-300 con caer, “nafal”, 50-80-30. Cae a la tierra y pierde la facultad de subir. Solo queda la facultad de subir en la carrera política o empresarial y en el estatus social. La serpiente se opone al amor, porque el amor no encaja en el orden de la ley. No puede comprenderlo, igual que el ser humano que solo sigue la ley. Se corta a sí mismo de la eternidad. Podemos vivirlo en la palabra también así: el mundo como virgen queda embarazado y da nacimiento a un hijo. María, al mismo tiempo, es todo el mundo. En el relato de la Biblia, el suceso exterior es idéntico al suceso interior. Porque el Señor es Dios. Significa también que en la fuente, allí donde todo lo interior está junto, todo eso vive de verdad. Y lo exterior fluye de esa fuente, lo temporal recibe el diseño, el entramado de la fuente. Pero entonces, ¿por qué no es idéntico? Porque solo el amor puede hacer que esos dos lados sean iguales.
    Y el amor es la confianza, la fe –“Emuná” en hebreo– que aquel que ama, Dios, está dispuesto a darnos lo mejor a nosotros y al mundo. Si nosotros estuviéramos dispuestos a hacerlo así ¡cuánto más nuestro Padre en el cielo! La esperanza se convierte en el hilo, en el cordel de medir, con el que aprender las auténticas proporciones de la vida. “Esperanza” en hebreo es “tikvá”, cuya raíz “kav”, significa “cordel de medir”. El amor, la fe y la esperanza podrían predisponer al ser humano para la gracia. La virgen no conoce varón, es decir, no tiene recuerdo de tal suceso. No conoce ninguna causa, es decir, está realmente intacta de toda experiencia. Por ello el Espíritu Santo puede crear un hijo en ella, Dios tiene libre acceso.
    María recibe ese hijo por la gracia. Ella está dispuesta a aguantar la amargura porque conoce la gracia. Confía en que de la fuente del Eterno solo pueden fluir eternidades. Así, su prometido José es de la casa de David, del amado de Dios, aunque su vida esté tejida de dolores y decepciones. La casa de David, el hijo de esta casa, lleva como hombre el recuerdo. El lado terrenal se casa con el lado celestial. El lado exterior del ser humano, con su lado interior, oculto. El hijo de David, por el lado materno, es hijo del Espíritu Santo, hijo de Dios. El hijo de Dios no tiene causa en el mundo, viene como regalo de la gracia, como sorpresa. Si solo fuese el hijo de David, podrían encontrarse sus raíces aquí, entonces, sería solo un ser humano como todos los demás. Pero como hijo de Dios dice que siente que es hijo del Padre en el cielo. El Espíritu de Dios, el Espíritu Santo le ha soplado el aliento vital. Así es la historia del nacimiento en la palabra. Dios es la palabra. Por tanto, lo que fluye de la fuente eterna, puede nacer en el tiempo.
    Dios puede nacer en el ser humano. Y María, estando en la fuente, es quien da nacimiento a Dios en el ser humano. Dios no tiene causa conocida aquí. Él es anterior al comienzo y posterior al final. Mediante la salvación en el origen, en la fuente, el ser humano puede romper la ley y experimentar la sorpresa en el fluir del tiempo. Por ejemplo, que la muerte es también vida, porque el ser humano es también Dios. Este hijo, con quien Dios construye este mundo, recibe el nombre de Jesús, por medio del ángel Gabriel. En hebreo, es decir en el lado del más allá de todo ser humano, ese nombre es “Yeh’shúa”, el Señor ayuda. El sucesor de Moisés, en la Biblia hebrea, tiene el mismo nombre. Lleva a Israel al país prometido. También él. Como dijimos, el nombre “Yeh’shúa” significa: El señor salva, ayuda. Su raíz es la palabra “yeshuá”, salvación, redención, rescate, liberación. La ayuda es real solamente si todas las posibilidades causales están agotadas, si constatamos con desesperación que todo ha acabado. Por ejemplo, si se sabe que ahora toca morir. Todo está arreglado, papeles, testamento. Y se constata la muerte. Solo aquí, en este instante, la ayuda, el rescate cumple plenamente su significado: El señor ayuda, salva. Pensamos: ¿qué puede importarme ahora que todo ha acabado? Ahora viene la descomposición o la cremación, he abandonado todo lo que amaba, esta ayuda prometida puede irse al diablo.
    Pero justamente ahora viene la sorpresa: ninguna experiencia, ningún recuerdo puede sugerirnos nada. La vida en la muerte es realmente virginal y el nacimiento de Dios en el ser humano encuentra su sentido. Un cielo nuevo, una tierra nueva, una vida nueva. No se trata de seguir con la conocida andadura en la vida. Sería un juego estúpido, cruel. No. Se trata de un volver a vivir aquí todo lo vivido; pero ahora rectificado, reparado, liberado de toda injusticia, mala suerte y aspereza. Ninguna experiencia, ningún recuerdo, la virgen recibe un hijo por el Espíritu Santo, un mundo nuevo, de Dios. Y se recibe de Dios por amor, por la gracia. ¿Y por qué, debe preguntarse, está el ser humano tan cerrado ante tal comunicación? El amor no es una ley, es un mundo nuevo. En la ley hay una secuencia: se suele pensar que solo se puede ser amado si se actúa como un siervo piadoso, y aun así, siendo tan pequeño, Dios seguramente no necesita ese amor, no está esperando justamente ese amor. Parece que el ser humano no es capaz de prescindir de estas medidas mediocres y de comprender que en el amor no hay jerarquía. ¿Pensamos acaso que Dios encuentra placer ante un amor rastrero, miedoso y servil?
    El Dios del amor ¿no conoce la misericordia, la gracia? El amor solo puede ser verdadero entre dos iguales, y cada uno de ellos, libre. Toda presión limitaría el amor; y justamente el amor quiere ser inmenso. Inmensamente libre. Si el amor estuviese bajo el dominio de la ley, el mundo sería de verdad el Apocalipsis en el sentido más estremecedor. Siempre crecerían nuevas cabezas y cuernos de las bestias. Quizás el amor podría tener la fuerza de vencer la ley, pero la ley sabe defenderse con la astucia de la serpiente. Está dicho que la ley tiene envidia, viendo cuántas cosas se le han escapado en el transcurso de los tiempos. Y que el amor solo podría vencer, si es capaz de abrazar a todos los heridos por la ley, a todos los muertos. Cuantiosa aventura. Así se espera que el ser humano sea capaz de llevar todos los pecados y todas las enfermedades del mundo. Eso es lo que dice la Biblia del Mesías. Y puesto que sucede así en el núcleo, en la fuente, podría ser que en el tiempo que fluye de aquella fuente, el ser humano atraído por esa fuente pensara que ese asunto le concierne. Puede simpatizar con los sucesos del mundo e incluirlos en su vida.
    Entendiendo, naturalmente, que en el fluir del tiempo solo atraviesa ciertos paisajes y que aquello que hace tiene el efecto con Dios, como si hiciera todo. Es el arte del humilde que hace todo lo que le concierne, sabiendo que lo demás está en las mejores manos, las manos de Dios. La ley en sí es buena, a condición de que el ser humano tenga anhelo de amor, de eternidad. No se trata se seguir la ley en su pretendida exclusividad, más bien, de tener anhelo del amor en el mundo de la ley. Bajo estas premisas, el mundo se convierte en un jardín de hermosos árboles frutales y gran diversidad de flores. El ser humano es el jardinero de ese jardín. Él lo cuida, lo guarda. Lo guarda de la intrusión de aquellos que envidian el amor.
    El callejón sin salida de la historia.
    Al hablar de la virgen María, del nacimiento de Jesús y del nombre Hijo de Dios, me doy cuenta por supuesto de qué injusticia se está cometiendo si se corta de la unidad de la palabra y se coloca el acontecimiento únicamente en la historia. Y también de la injusticia, causada por el mismo pecado, si se niega todo porque “es imposible que haya sucedido así en la historia”. Los dos lados muestran que han tomado ávidamente del fruto del árbol del conocimiento. Sé, por supuesto, que se trata a la Biblia como se trata a cualquier otro libro. Que se la usa para toda ambición de poder. En el momento en que el ser humano se da cuenta de que puede dar rienda suelta a sus emociones, comienza a verlas como un asunto principal. Pero las emociones son parte del cuerpo que está bajo el dominio de la ley, como los instintos, por ejemplo, y también los descubrimientos de la psicología etc. Tan pronto se coloca algo en un orden, una sucesión, se muestra el dominio de la ley. En el área de las emociones se ha llegado a conocer la estructura de la psicosis y de la histeria de masas. ¿Y cómo estamos con el amor a la patria? ¿Y con el orgullo en cuanto a tamaño e importancia de una institución religiosa?
    Sobre la tierra de la ley pueden crecer árboles maravillosos, hermosas flores y hierbas para el incienso. La mala hierba sin embargo indica que hasta el fin de los días seguirá creciendo también la envidia del malvado. Es la maldad que pretende tener derecho de dominio sobre lo temporal. El ser humano, sin embargo, debe anhelar la unión de lo oculto y de lo temporal, como la unidad del Señor y de Dios. Como seguidores de organizaciones que enfatizan las emociones, nos gusta ver solo la historia y nos gustaría que todo lo demás desapareciera. Como mero símbolo o alguna alegoría sin importancia, por ejemplo. Incluso la mística la desterramos al reino de los soñadores. La excluimos de la realidad y nos dedicamos a la “Realpolitik”, la política realista. Así forzamos el contenido en la palabra de Dios a la esfera de la historia, negando cualquier otra realidad. Pero pensemos que solo el hecho de que todas las personas de la realidad bíblica hayan muerto hace tiempo debería llevarnos a la pregunta:
    ¿Y dónde han quedado todos ellos? ¿Para qué han vivido? ¿Dónde ha quedado Lázaro, aquel hombre resucitado de la muerte? ¿Ha muerto acaso más tarde, una segunda vez? ¿Dónde están todos los sanados? ¿Han muerto seguidamente de la misma enfermedad o quizás de otra? ¿Cómo hacer coincidir todo eso con la omnipotencia del Eterno, del amante, al que gusta regalar y sorprender? El callejón sin salida de la historia lleva a la agresión. Y vuelve sordo para las voces que podrían conducirnos al secreto del Eterno. Tomar las palabras de la Biblia literalmente y entender un solo lado es ver a Dios únicamente en el tiempo. Si nosotros no estamos en la eternidad ¿cómo Dios puede pretender ser eterno? La obligación de ver las cosas únicamente así lleva a falsedades y mentiras. Y las emociones, los instintos y las psicosis hacen lo demás. Así, se coloca a Jesús algunas veces entre los profetas, en la serie de profetas bíblicos, olvidando expresamente su nacimiento del Espíritu Santo y de la virgen. Es deshacerse de un plumazo de la singularidad de su Ser. Debe convertirse en una figura histórica, en un pasado lo bastante alejado. Y si, como dicen, ha sido judío, entonces sería un rabí que enseñaba a sus seguidores. Y si ha sido algo especial, entonces un profeta, incluso un gran profeta, que impresiona más. Debo protestar por la injusticia que se está cometiendo, atentando así a la palabra.
    También porque esas personas suelen usar la expresión “palabra de Dios”; y creen honestamente que Dios quiere informarnos sobre la historia de tiempos pasados. Si fuese así, la erradicación de los siete pueblos de Canaán sería una verdad histórica. Y los antisemitas tendrían razón al atribuir a la Biblia hebrea un Dios sanguinario y vengativo. Un Dios que apedrea y quema a mujeres infieles, los hombres pueden hacer lo que quieran. Y quien profane el shabat debe morir, sin duda. Esa es la verdad histórica. Que sea verdad en la palabra, es decir, que exista una realidad − inalcanzable por nosotros − donde sea así, podría llevarnos a la pregunta en cuanto al significado de las palabras Yo soy el camino, la verdad y la vida. Y lo que estas palabras como unidad del interior y exterior podrían decirnos. Es decir, se debería ser capaz de comprender el Nuevo Testamento sin cortarlo de sus raíces. Cortado de sus raíces, seguimos en lo conocido: nosotros tenemos razón, podéis ver nuestros éxitos, nuestro poder, nuestra facilidad de adaptación.
    El Judío Jesús.
    Jesús como judío. Me pregunto ¿quién es, ¿qué es un judío? A esta pregunta, tanto cristianos como judíos tienen de inmediato una respuesta emocional. Pero ¿qué dice la palabra “judío”? ¿Quién es ese “Israel”, que parece tener una posición central en la Biblia? El nombre Yehudá, 10-5-6-4-5, raíz de la palabra judío, se le da al cuarto hijo de Lea. En la genealogía de Mateo se le llama hijo de Jacob. Lea dice en Génesis 29,35 Esta vez alabaré al Señor, por eso llamó su nombre Yehudá. Por tanto, Judá tiene su raíz en la palabra “alabar”, y “agradecer”. “Odé”, 1-6-4-5, yo alabo, y “todá” 400-6-4-5, agradecimiento, gratitud. El nombre de Yehudá, Judá, habla pues de alabanza y de gratitud. No es por nada que David es de la casa de Judá. David es amado por Dios, Judá es la gratitud. Y de inmediato surge la posibilidad para las mentiras y frivolidades, si solo alabamos o agradecemos por miedo u oportunismo. La auténtica gratitud se conoce solo en la felicidad del ser humano. Su dicha no puede ser mentira.
    Por ello, solo la persona feliz puede ser judío. Dios nos conoce en todo y sabe quién es feliz. Y esa felicidad es, como lo dice la palabra, el agradecimiento verdadero. El camino comienza con Abraham, según su nombre padre de la muchedumbre de pueblos. No es solo padre de una raza biológica o temporal. Todas las personas que tienen confianza en Dios − o cómo quieran llamarle − tienen su origen en Abraham. Y el nombre de su hijo, Isaac, es tan imposible que da risa. El camino sigue por Jacob − que es llamado Israel − y por su cuarto hijo Judá, aquel que es feliz, hasta David. Si en la palabra solo aquel que es judío vive feliz, que agradece a Dios su felicidad, entonces el ergotista, el criticón, aquel que es fácilmente herido, el miedoso, tiene otro nombre. Desde la devastación de la Casa de Dios por Nabucodonosor de Babel, el mundo, los pueblos están de tal forma mezclados, como está escrito, que ningún pueblo de la Biblia es hoy reconocible como tal.
    Todos los pueblos bíblicos viven en el interior del ser humano, de todo ser humano. Ese es el sentido de la palabra Babel, que significa “confusión”, “mezcla”. Quizás podríamos acostumbrarnos a no tener esa reacción emocional si escuchamos o vemos la palabra judío, como los escribas que encuentran su placer en las agresiones. Podríamos pensar en ese otro lado de la palabra. Y con ello quizás llegar al anhelo de vivir la unidad de los dos lados. Es decir, de ser feliz. Si un judío solo quiere ver el lado exterior, histórico, debemos decir que en su esencia ha dejado de ser judío. Y por otra parte, si un cristiano hace lo mismo, está admitiendo que ese Jesús, que es judío según la Biblia, es ajeno a su ser, aunque siga llamándose Israel. El nombre del traidor Judas es la palabra griega de Yehudá, hijo de Lea, linaje de David. A ese Judas se le llama el Iscariote. En hebreo “ish keriot”, hombre cortado. Cortado, extirpado. Ese Judas es pues un hombre cortado, y como lo cuentan Los Hechos de los Apóstoles, 1,18: reventó por medio. Entenderemos lo que sucede con todo Yehudá que está cortado de sus raíces, de su Ser. Solo queda lo temporal.
    Es la dignidad de Judá que sigue la línea de su linaje como unidad. Así entendido, Jesús es judío, y así hay que comprender las palabras la salud viene de los judíos. Mejor dicho, la “yeshuá”, la ayuda, la salvación viene de los judíos (Juan 4,22). No se trata de un asunto exterior, más bien de una percepción del Padre en el cielo, en eternidades. Si Judá es cortado de sus raíces, se convierte en Judas, traidor. Sin relación con las raíces, lo exterior no solo no tiene sentido, sino casi automáticamente lleva a la agresión, devastando la cara divina del ser humano, su interior divino. En la habitación de Dios en el ser humano se instala la confusión.
    Israel Llegamos al significado de la palabra Israel. Ni siquiera está claro lo que significa en el exterior. ¿Un pueblo, una nación, una iglesia, una institución? Acerquémonos pues a lo que la Biblia dice de ese nombre, en hebreo, en su sentido interior. Porque es una palabra que suscita grandes emociones. La primera vez que aparece el nombre de Israel en la Biblia es en el momento de la lucha de Jacob con ese varón, en el vado del río “Yaboc” (Génesis 32,24). Después de acabar la lucha, Jacob le llama a ese lugar Peni-el, explicando ese nombre en el sentido, de que ha visto a Dios cara a cara. Según la tradición judía, ese varón no es otro que el ángel Gabriel.
    El varón se enfrenta a Jacob − según la tradición − cuando estaba buscando una vasija pequeña, sin valor, medio rota, que había olvidado y por ello, casi perdido. Si Jacob hubiese actuado según la norma, si hubiese dado por perdida a esa vasija pequeña sin valor, nunca se hubiese dado la lucha. ¿No es lo mismo en el caso de Moisés que buscó a ese corderito pequeño, casi sin valor, en el monte Horeb, para que su manada estuviera completa? Si Moisés lo hubiese dado por perdido, nunca se habría encontrado con Dios en la zarza que arde pero no se consume. Parece que lo decisivo es lo pequeño, sin valor a los ojos del mundo.
    El ángel, es decir, aquel varón, ataca a Jacob y lucha con él. Cuando el ángel ve que no puede vencer a Jacob − la lucha dura toda la noche hasta el alba − toca la articulación de la cadera de Jacob, dislocándola. Luego dice a Jacob que le deje, porque raya el alba, y Jacob dice aquellas palabras conocidas − No te dejaré, salvo que me bendigas. En lugar de la bendición, escuchamos al varón decir − ¿Cuál es tu nombre? Contestándole la verdad, Jacob. A lo que el varón, el ángel de Dios responde − Jacob dirá más tarde que ha visto a Dios cara a cara −: − No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel, porque has peleado con Dios y con los hombres y has vencido. (Génesis 32,28).
    La palabra hebrea usada allí, “saritá” 300-200-10-400, significa “dominar y vencer en la lucha”. Y justamente estas palabras forman la raíz del nombre Israel 10-300-200-1-30. “Sar”, 300-200, dominación, poder, es la raíz conectada con el nombre El, Dios. Israel en este caso podría considerarse como la tercera persona, es decir, él lucha con Dios arriba y con los hombres abajo, y domina. Es un luchador victorioso en aquello que importa, y por ello es un ser divino, como un ángel, mensajero de Dios, y se le añade la noción El, Dios. Como Micael, Gabriel o Rafael.
    Pienso a menudo en la vasija pequeña, sin valor comercial, que para Jacob era lo bastante importante como para emprender un camino peligroso, en la oscuridad de la noche, con el fin de recuperarla. Creo que la lucha suele ser por lo pequeño, lo oculto, sin valor aparente. A las cosas que se ven en el exterior se les da mucha importancia, importa lo que se diga en la sociedad. Pero un pequeño objeto sin valor no se respeta aquí. La lucha con el mensajero de Dios trata de esas pequeñas cosas ocultas, que casi no percibimos, en el calor de la vida diaria. Y me viene a la mente el sermón de la montaña. No se trata de lo que hagas ante el público, o de lo que se espera que hagas para causar buena impresión. Más bien se trata de tus pensamientos que nadie conoce, de las cosas ocultas que tienes en tu vida. El sermón de Jesús es para Israel, para todo ser humano que vive de acuerdo con el verdadero significado de ese nombre y para todo judío que en su esencia es feliz. Y esa felicidad es la gratitud verdadera.
    En todo ser humano es lo oculto, que en el mundo se llama Judá e Israel. Jacob, cuyo nombre tiene su raíz en la palabra “akev”, talón, alternativa –porque hay que andar sobre uno u otro pie– recibe ese nuevo nombre: Israel. Ese nombre le dará la unidad. Lo oculto, lo pequeño, no sirve para ninguna demostración, es como la oración que Jesús recomienda “en la cámara secreta”. Se cierra la puerta; se contempla aquello que no tiene valor para el mundo, anhelando poder devolverlo al Padre en el cielo. Visto desde fuera, es un intento bastante inútil. Una vasija casi rota, sin valor; un corderito obstinado, qué puede importar en la manada. Israel da importancia a lo pequeño porque siente que allí está Dios, oculto ciertamente, no percibido. En el mundo valen los dioses impresionantes, hechos por las propias manos, que tienen tanta importancia que se lucha por ellos. Se aplaude o se pierde el equilibrio si vence aquel al que no se ha apostado. Es la unidad de lo oculto y de lo visible que Israel experimenta, si vive de acuerdo con su nombre.
    Quisiera hablar también de otro momento importante en la lucha del ángel con Jacob. El ángel toca la articulación de la cadera, la distorsiona, de forma que Jacob sale cojeando. Parece como si el nombre de Israel se haya conquistado al precio de la cojera. Hasta el día de hoy, está escrito en la Biblia, Israel no come ese nervio de la cadera. La unidad en el andar de Jacob es distorsionada a propósito, como parece. Pero ¿por qué no come Israel, hasta el día de hoy, ese nervio particular? Porque sabe que tiene singular importancia. Visto desde el exterior, no se sabe que Jacob es ahora Israel. Pero es visible que cojea, algo pasa con su cadera.
    “Yarek”, 10-200-20, es cadera; la articulación del fémur es “kaf-hayarek”, 20-80 5-10-200-20. “Tsala” 90-30-70, es cojear. La articulación de la cadera habla del 330 o del 33. Tiene pues que ver con la forma que fluye, con estar encerrado en el cuerpo. Y “yarek” no solo significa “cadera”, es también la palabra usada para designar un descendiente: sale de la cadera, es un “yotsé yarek”. El que presta un juramento, por ejemplo, coloca la mano bajo la cadera del otro (Génesis 24,2-3). La cadera es pues el lugar donde salen los descendientes, donde se gestiona la forma, el nuevo cuerpo. La cojera nos habla pues del hecho de que, en principio, no puede haber equilibrio en ese lugar. El ángel provoca que el lado oculto no pueda estar en concordancia con el lado visible. Es decir, que la vida tiene su sentido por el hecho de que los dos lados sean diferentes. Sin el anhelo, sin el amor de volver a la unidad, a la concordancia, la vida sería un juego sin sentido, cruel. El desarrollo según la ley. Si la muerte aquí pareciera ser vida, nunca llegaríamos al anhelo de buscar lo oculto. Y la nueva dimensión en la creación, el amor, no podría crecer.
    Cojear es también la decepción de que lo manifiesto en muchos momentos sea falso, y es también el sentimiento de que en muchas ocasiones no somos capaces de mostrar algo como quisiéramos mostrarlo. Y esa no-concordancia ¿no es también el hecho de que la buena obra casi nunca está recompensada, mientras que las malas obras muchas veces tienen bastante éxito? Así debe vivir Israel, y ser incomprendido una y otra vez. Porque en general, Israel se ocupa de asuntos inútiles, es decepcionante, nada exitoso. En este sentido, Jesús es también de Israel, y a ese Israel habla principalmente. “Tsala” 90-30-70, cojear, se escribe igual que “tsela” 90-30-70, costilla, lado. Esta palabra se menciona cuando Dios forma la mujer desde la “costilla” o el “lado” del hombre. Nos parece que se trata de una traducción bastante pobre, incompleta. Porque un lado está enfrente de otro lado. El lado de aquí y el lado de allá, por ejemplo. La cojera es una indicación en cuanto a los dos lados del ser humano. La forma, la materia, cojea. Gabriel, como mensajero de Dios, toca la articulación de la cadera de Jacob y condena a Israel a ir cojeando por el mundo.
    Los hijos de Israel, por tanto, no comen ese nervio “hasta el día de hoy”, que significa hasta el final de los tiempos. “Comer” en el hebreo, es decir en el lado oculto, “akol”, 1-20-30, significa realmente “acabar algo, terminarlo”. Al comer, el alimento es ingerido en primer lugar, se une con el cuerpo y se convierte en parte suya. De la misma forma, todo lo que acogemos –libros, encuentros, sueños, esperanzas– se convierten en parte de nuestra vida. Significa que Israel no acepta esa parte decisiva en su vida, algo queda sin terminar. Al final, en los tiempos del Mesías, con el nuevo cielo y la nueva tierra, tendremos a ese Israel en el que la vida y la muerte, lo oculto y lo visible son iguales. Hasta entonces estamos en el camino, hay un acercamiento a Dios, pero se necesita lo nuevo de la segunda venida para poder vivir ese equilibrio también aquí.
    Belén, Casa del Pan.
    Estamos ante el nacimiento del niño en Belén. También aquí será decisivo averiguar qué dice el significado interno de la palabra. Queremos vivir la unidad de la palabra y, al hacerlo, tomaremos conciencia cada vez más de lo que significa ese cojear. Anhelamos la revelación de una unidad aún pendiente. Hemos hablado ya de los nombres Nazaret y Galilea. José va con su prometida María a Belén, “bet lejem”. Está dicho que salió un edicto de parte de Augusto César, que obligaba a toda la ciudadanía a ser empadronada. Ese “contar” es al mismo tiempo la constatación de las proporciones aquí existentes. Para ello todo el mundo debe ir a su lugar de origen, porque se quiere un recuento desde el principio. Y puesto que José viene de la casa, de la familia de David, se va al lugar donde vive David en la tierra; y ese lugar es Belén en Judá. El nombre Belén, “bet lejem” en hebreo, significa casa del pan. Pensemos en la importancia del pan en la vida de Jesús y en la última cena. Ya en el libro de Ruth se habla de Belén y de la cosecha de trigo allí. Recordemos que Ruth es la madre de Obed, Obed es el padre de Jesé, y Jesé es el padre de David.
    ¿Qué relación tiene la casa del pan con el pan? ¿No es el grano de trigo puesto en la tierra, no debe desaparecer en primer lugar en la oscuridad? Igual el ser humano que es depositado en la tierra después de su muerte. Allí en la invisibilidad germina el grano, comienza a crecer bajo tierra. Aparece luego tiernamente, como un niño recién nacido. Y sigue creciendo en unión con las demás espigas. Es una alegría ver un campo lleno de espigas doradas, cómo se mueven al viento. Como lo dice la palabra viento, “ruaj”: Lo crecido lo mueve el espíritu. Pero viene el tiempo de la siega. La belleza de lo crecido es separada de la tierra. Si se desconoce el sentido del corte, del hombre con la guadaña, habría que entristecerse por tal crueldad.
    En la Biblia se dice que la siega comienza en Pesaj, la fiesta de la Pascua. Allí comienza también la cuenta de los días. Se van contando 49 días, siete semanas, hasta Pentecostés, el día 50. En ese tiempo, los primeros 33 días son días de gran luto, es la tristeza por ser arrancado de la tierra. Solo después de 33 días el luto termina, en principio, hasta que en el día 50, se celebra el regalo de la revelación de la palabra. En Pentecostés, Shavuot en hebreo, la siega termina. La cosecha entra en la era. Sigue la trilla, la separación del grano de la cáscara. La cáscara ha servido para proteger el grano y al mismo tiempo ha ocultado el núcleo, el ser. El trigo es el primer fruto de la tierra. En Deuteronomio 8,8 se nombran los siete frutos de la tierra. El trigo es el primer nacido, por así decir. Los demás frutos, en el orden bíblico son la cebada, la vid, el higo, la granada, la oliva en sexto lugar y el “dátil”, en el séptimo. Viene la molienda del grano.
    Muchos granos juntos, de todo el campo y muchas veces también de otros campos. Como en el caso del ser humano, muchos días y años se juntan en el momento de la muerte. También los muchos momentos de su vida, sus buenos y malos humores, sus sensaciones, deseos y sueños, a veces mezclados en encuentros con otra gente. Esa harina, conglomerado de su vida, se mezcla ahora con agua. Se forma la masa. Y esta parte, como también la artesa usada, se llama en hebreo “arisá” 70-200-10-60-5. La misma palabra significa también “prometerse en matrimonio”. José es el prometido de María.
    Estoy pensando también en Juan el Bautista que bautiza con agua. ¿Y no dice Juan que alguien vendrá después de él que bautizará con el Espíritu Santo y con fuego? Porque hecha la masa, los procesos no están terminados. Como último acto viene el fuego. Seca el agua, necesaria al principio, y surge el pan. Lejem, pan. Queda terminado en la casa del pan. Lo que sucede con el grano de trigo en la oscuridad de la tierra, encuentra su sentido en Belén, en la casa del pan. Entendemos ahora por qué María es la prometida de José, hasta que nazca el niño, regalo del Espíritu Santo. Ningún hombre, ninguna causa conocida ha provocado el suceso. Por esta razón nunca puede explicarse la salvación de forma causal; y en verdad, de la vida no se conoce ninguna razón causal. La unión corporal entre el hombre y la mujer no lo es, porque la vida viene de otra parte. Todo lo que sucede aquí tiene su primera causa en otro lugar. La aceptación de la singularidad de la concepción y del nacimiento de Jesús, es reconocer la influencia divina en todo suceso aquí. El Espíritu Santo despierta todo a la vida. Y todos aquellos que están buscando causas, razones o culpables podrían sentir que, porque se cuenta así en la palabra de Dios, en el núcleo, en la Biblia, la causa de toda manifestación en el mundo temporal está más allá de toda imaginación posible. La causa real es imposible para nosotros.
    El pensamiento causal aquí fracasa, debe caer en la desesperación más absoluta o extraviarse en la locura. La consecuencia es la obsesión de tener que explicarlo todo, la agresión y la depresión, es decir, el sinsentido de la vida. La gracia es poder romper la línea de las causalidades. Sin una causa aquí, sino provocada por el Espíritu Santo, no puede nunca explicarse por los actos de aquel que la está recibiendo. La gracia rompe las barreras del tiempo y del espacio. Puede acercarse a aquel que a los ojos del mundo es un malvado. Pero ninguna intención puede traerla. Por ello puede parecer que sea arbitrariedad, porque es una elección de Dios. El niño nace. La unidad entra en la forma viva del 33. La madre le envuelve en pañales y le coloca en un pesebre, porque en ningún albergue queda un lugar para ellos. En el mundo no hay sitio para un fenómeno que se separa tan visiblemente de toda causalidad. ¿A dónde ir con un niño engendrado por el Espíritu Santo, nacido de una virgen? ¿En qué registro inscribirlo?
    José, el prometido de María, por cuya procedencia se está en Belén, tiene un nombre que significa Añádeme el Señor otro hijo (Génesis 30,24). ¿No podría referirse a ese hijo, tan diferente de todos los demás? Pañales, “jatul”, 8-400-6-30, envuelven al niño; la temporalidad lo envolverá en breve. Porque la palabra “jatul”, 444 en total, habla del cuatro en todos los niveles, en la unidad, en la decena y en la centena. También de las cuatro esquinas del mundo, de las cuatro franjas (Números 15,37-41), los cuatro seres en el trono de Dios (Ezequiel 1), los cuatro evangelios. Todo ello va envolviendo al niño. Y el pesebre o el establo, “evus” 1-2-6-60, es el lugar donde los animales reciben su alimento. Es una palabra conocida: El buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su señor: Israel no conoce, mi pueblo no tiene entendimiento. (Isaías 1,3). La gente del mundo no sabe nada del niño, Israel en el ser humano no lo conoce. El amor divino concede esta libertad al ser humano, de forma que la elección puede ser otra. Según las leyes del mundo, es decir, los instintos de los animales, está todo claro; pero allí donde el amor busca a su semejante, a aquel creado a imagen y semejanza de Dios, justamente allí, no se sabe ni se conoce.
    En el orden hecho por uno mismo, no hay lugar para que pasen la noche. Por ello, el niño recién nacido es depositado allí donde el asno, el animal dirigido por su instinto, conoce a su señor. El niño que no encaja en el orden de un Israel desviado, desatento, encuentra su sitio allí donde el mundo de la naturaleza y las emociones predominan. No es por casualidad que la Casa de Dios haya sido devastada por Nabucodonosor de Babel y que reinen después el bíblico Persia y Media, los griegos y los romanos. El vaso de los pecados, como los profetas han advertido en todos los tiempos, está lleno. Israel en el ser humano, no entiende la libertad, va por malos caminos. No conoce ningún sentimiento de responsabilidad ante Dios, el Oculto. No tiene respuesta a la palabra que le ha sido regalada. La situación está madura para que Dios dé nacimiento a un mundo nuevo, que la gracia irrumpa y reine.
    Cuidado. No se refiere a una realidad histórica; primero eso y luego eso otro; estas palabras se hablan desde la fuente, desde lo oculto. Significa, por tanto, que son válidas para todo tiempo, para todo presente, para todo ser humano en todos los tiempos. La caída se produce porque se da demasiada importancia a la fuerza atractiva del mundo. En todo tiempo. Porque se fabrican dioses para toda ocasión y toda manifestación, se les sirve, matando así al ser humano en su dignidad divina, rebajándolo a un ser natural bajo el dominio de la ley. Por la deshonestidad, viendo únicamente lo exterior de todo asunto, atribuyendo a todo placer pasajero carácter de eternidad. Con ello se mata lo interior, lo esencial, y todo para que lo exterior como excitación y estimulo pasajeros sea elevado al trono. Estos tres pecados: idolatría, deshonestidad y vertido de sangre, se nombran en la tradición judía como pilares en el camino hacia la devastación de la Casa de Dios en el ser humano.
    El Pastor y Su Rebaño.
    Comprendemos ahora por qué los ángeles escogen a los pastores que cuidan el rebaño por la noche. Y debemos preguntarnos qué es un pastor en la palabra; si no, corremos el peligro de que lo exterior nos esté secuestrando una vez más. La fuerza atractiva del mundo y la gravitación de la tierra, en principio, son invencibles. Tengamos cuidado pues del sentimentalismo que idolatra a toda imagen temporal. “Roé” 200-70-5, en hebreo, es pastor. Se pronuncia igual que “roé” 200-1-5, ver. La diferencia está en las letras escritas. “Pastor” y “pastorear” se escribe con la letra ayin 70, en medio de la palabra, mientras que “ver” se escribe con la letra álef 1. El pastor tiene su rebaño y cuidarlo y mantenerlo unido es el sentido de su vida. Tiene la ayuda de su perro, por supuesto, pero él es el responsable. Así, cada persona es el pastor de su propio rebaño; debe reunir en una unidad a todos sus pensamientos, ideas, sueños, encuentros, libros, conversaciones y experiencias. En el exterior, un rebaño puede tener asnos, toros, vacas, corderos; en nuestra vida tiene muchas sensaciones, disposiciones y sentimientos: tercos, dóciles, suaves, fervorosos, transigentes, amables, pero también perezosos, molestos y momentos de rebelión. Durante la noche el cuidado es otro.
    En todo caso es el trabajo del pastor de mantener su vida y los rebaños de todos esos momentos en unidad. Un pastor divino, por ejemplo, buscará en primer lugar reunir en una unidad los relatos, las comunicaciones y las palabras. Reconocerá las maravillas de Dios en ese conjunto con la consiguiente alegría. El hombre no vive solo de pan, más de todo lo que sale de la boca del Señor vivirá el hombre. (Deuteronomio 8,3). De ello vive, es su alimento. La alegría del pastor es mantener su rebaño, disperso muchas veces, unido. Es su riqueza, el sentido de su vida. Abraham, Isaac y Jacob son tales pastores de rebaños. En un momento dado, Jacob llega al Faraón de Egipto con sus hijos y animales. Moisés pastorea el rebaño de “Yetro”. Israel aporta el sacrificio de estos animales en el desierto; toda clase de sacrificios y toda clase de animales. Recordaremos el significado del sacrificio: “korban” en hebreo, significa “acercarse” (a Dios). Se acercan todas las cosas de la vida a Dios, dándoles así su sentido. Las diferentes formas de pecado, de accidentes, de mala suerte y también los momentos de gratitud y felicidad deben acercarse a Dios. Hasta que comprendamos lo que es el sacrificio perfecto.
    Los pastores tienen pues su ganado y se acercan a Dios con él. Cada vez sacrifican su antiguo punto de vista, su vieja comprensión, no solo para estar de pie, sino también para poder andar con los pies. El camino por la Casa de Dios se recorre todos los días. Con todo aquello que la vida ofrece en el momento. Por ello, el ángel, el mensajero de Dios, se muestra a los pastores en la noche, cuando el camino por la vida se recorre a tientas, cuando se va anhelando la claridad del día. El anhelo de los pastores le atrae. Están esperando el nacimiento del salvador en la noche, en la más profunda de las noches. La palabra de Dios cuenta todo desde una visión divina, desde un punto de vista que vivimos en nuestro lado oculto. Y que vamos traduciendo al lado exterior de nuestra vida. Las palabras unen los dos lados y nos asombramos de la distancia que estamos viendo al traducir. Porque ¿quién puede decir que un mensajero de Dios haya estado con él mientas que estaba pastoreando el ganado en Belén? Los pastores pastorean su rebaño por la noche, en “las vigilias de la noche”, dice la tradición.
    Se conoce la vigilia de los profetas. En la noche, los sacerdotes en la Casa de Dios están en los muros, y en cada vigilia se oye la llamada: “Vigilante ¿dónde estamos en la noche?” Y el vigilante contesta que sigue siendo de noche. Se divide la noche en tres o cuatro vigilias. Solamente la última anuncia la llegada del nuevo día. Pero no midamos ahora el tiempo con nuestras nociones temporales. Debemos preguntarnos más bien cuanta oscuridad hay en nuestra vida, también en la plena claridad del día. No solamente porque haya problemas económicos o porque el jefe esté de mal humor, sino hasta qué punto percibimos la vida sin sentido. Para todo aquel que va haciendo el camino hacia Dios, buscándole con añoranza, llega el momento en que comienza a ver contornos, siluetas, que anuncian la cercana claridad. En ese momento el vigilante anuncia vislumbres del nuevo día. En el Talmud está escrito que durante la última vigilia, el hombre y la mujer hablan y el niño se anuncia. Mientras que las señales de las vigilias anteriores son el rugido de un león o los rebuznos del asno. Es decir, las vigilias no son astronómicas, sino que muestran las disposiciones del ser humano en los momentos ocultos de su vida.
    Se muestra en la búsqueda de un sentido de su vida. ¿Consiste en un buen seguro de vejez, experiencias eróticas, cuentas bancarias repletas, viajes o quizás una silla representativa en la sala adjunta al director? ¿O se vive de toda palabra que sale de la boca de Dios? Sus estados de ánimo, sus disposiciones internas, estarán en correspondencia. Y de pronto, los pastores ven el brillo de la magnificencia de Dios. Le puede pasar a todo ser humano en un momento dado. Si entonces despierta y si permanece despierto, lo sabe Dios que nos conoce en nuestras profundidades y en nuestras manifestaciones. Es la claridad que nos envuelve si actuamos como pastores, si intentamos mantener nuestros rebaños unidos. Y entonces la claridad de Dios los cercó de resplandor y tuvieron gran temor. (Lucas 2,9). Sé que suele traducirse así o de forma similar. Pero podría hacerse un esfuerzo y mirar más de cerca a la palabra hebrea. La palabra traducida como “temor” es “yirá”, 10-200-1-5. Es la misma palabra que “ver” y la traducción más acertada es ver, la visión, el asombro ante tal grandeza. Es como sentir que durante un instante se ha echado un vistazo a la eternidad.
    Un vistazo desde mi lado oculto al lado oculto del cielo, de otros mundos. Y siguiendo a los filósofos alemanes que se ocupan de la palabra, me gusta hablar de “montañas”. Porque una montaña tiene sus secretos, quizás filones de oro o caudales de agua. Es decir, lados ocultos. Pero volvamos: los pastores están llenos de un asombro estremecedor, de una incredulidad más allá de toda imaginación. Creo que con el transcurso del tiempo las nociones temporales han ido venciéndonos, fomentadas por la explicación de las instituciones, que en muchas ocasiones solo han podido mantener o extender su poderío mediante la coacción o el miedo. De allí leemos: el principio de la sabiduría es el temor del Señor. Proverbios 1,7. ¿Cómo, bajo tales condiciones, puede surgir la sabiduría? “Jokmá” 8-20-40.5, sabiduría, en hebreo. “Jokmá” es un secreto de Dios; de hecho, es la fuente del amor divino. De la “jokmá” fluye, brota el amor. Está tan oculta, que con las nociones de hoy en día la llamaríamos cero dimensional. Pero el asombro principal ante la “jokmá” es este: ¿cómo es posible? El principio de la sabiduría es el asombro ante la grandeza del Señor. Prov. 1,7.
    El mensaje del ángel El ángel sigue diciendo: No temáis; os doy nuevas de gran gozo. No os asombráis tanto como si fuese el fin de vuestra vida. Es un mensaje bueno. En el hebreo, la palabra “Besorá” 2-300-200-5, mensaje, tiene la misma raíz que basar 2-300-200, carne. Significa que el mensaje del cielo, de Dios, se convierte en algo concreto aquí, en un nacimiento material. El profeta Elías trae el buen mensaje de la llegada del Mesías. Y la buena nueva del ángel aquí es que el Mesías ha nacido en Belén. El Mesías para todo el pueblo. La palabra am, 70-40, pueblo, no significa ninguna raza en particular ni ningún grupo condicionado biológicamente. Am, pueblo, se escribe igual que im, 70-40, que significa “con”. El pueblo es pues una comunidad, un estar juntos. Puede ser una comunidad que no tenga ningún origen biológico común. Me viene a la mente la comunidad de los santos. Y es seguro que no se trata de miembros inscritos en algún registro municipal. La comunidad de los santos existe para nosotros únicamente en el lado oculto de Dios. La buena nueva es que hoy ha nacido un salvador, el Cristo, el Señor, en la ciudad de David. Queremos ver estos nombres y nociones desde el lado oculto.
    ¿Qué dicen en el lado del más allá y de qué forma podemos contarlo para que en el mundo de aquí puedan ser comprendidos? Las palabras salvador, cristo, señor, ciudad de David parecen ser decisivas en el mensaje del ángel. En hebreo, Mashiaj es “salvador”, y Yeshua, es salvación, redención, ayuda. Hemos visto ya que el nombre Jesús tiene mucho que ver con la palabra Yeshua. La comunicación del ángel de que ha nacido un salvador, es una gran sorpresa para los pastores, aunque quizás lo hayan esperado desde hace tiempo. Pero es un anhelo por algo imposible, de algo que no puede ni hablarse. Y ciertamente, la salvación es diferente de todas las ideas que podamos hacernos de ella. Como tampoco podemos hacernos ninguna idea de la vida después de la muerte. ¿Están todos los fallecidos allí al mismo tiempo? ¿Cómo es eso del juicio? Porque la justicia debe de ser la primera respuesta a todas las muchas injusticias en la vida de todos los tiempos.
    A tales preguntas muchos tienen toda una serie de respuestas preparadas. A alguno le gustan los castigos crueles, otro es un conciliador universal. Es una cuestión de carácter. Creo que estamos en la fuente de la ignorancia. Porque lo que buscamos es una respuesta causal. La vivencia lineal del tiempo determina nuestro pensamiento causal. El salvador, por tanto, debe situarse al final de una línea recta de pensamientos e imaginaciones. Pero el niño que tenemos delante no ha nacido como cualquier otro niño. De hecho, es un niño que salva de verdad. Nos saca del cautiverio de la causalidad y testimonia que Dios es el origen. Dejad todas las sucesiones lineales, lo que se muestra aquí es una sorpresa total, una salvación real. Dejad vuestras preocupaciones por la sobrepoblación humana cuando todos estén aquí de nuevo. ¿Quién vivirá dónde? Loca pregunta. El niño no viene de forma normal, viene por el Espíritu Santo. Y ante eso, todas las imaginaciones encallan. María es virgen. La semilla es primera y singular. Todo está más allá de todo pensamiento posible. Y eso es la salvación del mundo. Pero ¿por qué necesitamos un salvador? ¿Cómo hemos podido meternos en este lío?
    Porque el ser humano no es capaz de comprender el amor. Y sin el amor no es capaz de cargar con las consecuencias del mundo legal: enfermedad, sufrimiento y muerte. ¿Y por qué vino al mundo la ley? Para encontrarse con el amor. Igual que la novia que se encuentra con el novio. El salvador es el novio que trae el amor a la novia, al mundo manifiesto. El árbol de la vida está, pero aquel que es contrario al amor, contrario a la salvación, te está desviando la atención. Y el amor es casto, quisiera ocultarse. Y aquel que es contrario a la salvación aporta la envidia que desbarata todo comienzo de amor. El malvado es aquel que no puede creer en el amor, que quiere analizarlo y en el intento, hacerlo fracasar. Es aquí, en este punto, cuando se da el malentendido, el conflicto con la ciencia, los intelectuales y los inteligentes, porque para ellos es un medio para satisfacer el deseo.
    Cristo, Mesías, Ungido.
    ¿Qué nos dice la palabra Cristo? Es la traducción al griego de la palabra hebrea Mashiaj, Mesías. Puede que se susciten ahora grandes emociones, a favor o en contra. Es decir, ganas de dominar, de tener la razón. Pero el ser humano con el aliento divino en sí, solo puede moverse por ese acercamiento a la eternidad, la dulzura, el deseo de todo bien para todas las criaturas y de una justicia divina para todos. ¿Y qué nos dice la palabra “ungido”? ¿Es verter un poco de aceite sobre la cabeza de esa persona? ¿O quizás está ungido ya antes del nacimiento? Yo suelo pensar para mí: Cuidado de que el aceite no entre en los ojos, o también que su pelo se volverá grasiento. Se convierte de inmediato en un asunto ridículo; igual me pasa si pienso que Dios necesita sacrificios de animales, su sangre, sus intestinos, el hígado; que a Él le guste el olor de un animal que se esté quemando. O que Dios quiera erradicar a ciertos pueblos enteramente, sin dejar rastro, que tenga envidia, sea fácil de herir o esté lleno de ira. Quizás sea bueno que alguna vez demos nombre a tales locuras.
    Pero tampoco me satisface una interpretación simbólica. Demasiada arbitrariedad suele estar involucrada, demasiadas quimeras. Dejemos pues que la palabra Mashiaj 40-300-10-8 nos hable con total claridad. Tiene su raíz en la noción “ungir” y nombra a aquel que es ungido. Y desde siempre se cuenta que las mismas letras de la palabra Mashiaj, Mem, Shin, Jet, 40-300-8, son las letras de la palabra “alegría”, estar alborozado, contento, feliz, saméaj, 300-40-8. Y el ángel allí, ¿no habla de un gran gozo para todo el pueblo? ¿Pero qué significa exactamente esa unción? ¿Con qué se unge? De la Biblia hebrea conocemos la unción de sacerdotes, del gran sacerdote y de los reyes. ¿Se trata pues de alguna ceremonia de tiempos antiguos? Acerquémonos en primer lugar a la palabra “aceite”. Ese aceite con que se unge viene de la oliva. La conocemos de los frutos bíblicos mencionados en Deuteronomio 8,8. Allí el trigo es el primer fruto, el primer nacido por así decir. Por el trigo, el pan tiene su singular importancia. La oliva es el fruto del sexto día. Pensemos en el Monte de los Olivos, “har-hamishjá”. Montaña de la unción, en realidad.
    La primera vez que en la Biblia se menciona la oliva, fruto del viernes, es en el relato de Noé, cuando la paloma, yoná en hebreo, la segunda vez que va volando, regresa con una hoja del olivo. Noé se da cuenta de que el mundo puede ser habitado de nuevo. (Génesis 8,11). La hoja del olivo es una señal de que nuevas realidades están por llegar. Estoy pensando también en el profeta Jonás que se llama “paloma”, y a la señal de Jonás en Mateo 12,39-41. La tradición judía cuenta que la paloma que le da la hoja del olivo a Noé dice: Acepto lo amargo del Señor, porque sé que lo dulce vendrá. Podemos pensar también en María, cuyo nombre dice lo mismo. Viernes, sexto día, es el día de la crucifixión. Está en paralelo con el suceso de la serpiente y la toma del fruto del árbol del conocimiento. La noche anterior, habiendo comenzado ya el viernes, Jesús está en Getsemaní, un bosque, un jardín. Ese nombre significa en hebreo “prensa de aceite”, “gat shemaním” 30-400 300-400-50-10-40. Poco importa lo que los arqueólogos, filólogos o historiadores puedan decir, ese lugar se llama “prensa de aceite”.
    Es el lugar donde la oliva es prensada y se convierte en aceite. Después, como está dicho en la señal de Jonás, Jesús desaparece durante tres días. Del relato bíblico sabemos que desaparece el viernes, primer día, sábado, segundo día hasta la mañana del domingo, tercer día. También podría decirse que los tres días y noches son el pasado, el presente y el futuro. A partir del viernes, la oliva está siendo prensada hasta la mañana del domingo, cuando el tercer día, que bíblicamente comienza en la noche del sábado, ha llegado a su mitad. El domingo, el aceite está listo. Ahora, la palabra “shemen” en hebreo, es la raíz de la palabra “shemoná”, ocho. “Shemen” 300-40-50, “shemoná” 300-40-50-5. “Shemoná” es el sufijo femenino de la palabra “shemen”. Es algo muy especial que la palabra “ocho” −más allá del siete de la creación− sea idéntica a ese aceite de la oliva del viernes. ¿No está escrito en el evangelio de Juan que la palabra es Dios? ¿Cómo, si no, es posible tal acumulación de milagros en la palabra?
    Antes de que se hable de la resurrección del domingo − bíblico-histórico − el idioma ya contiene el significado del tercer día después del viernes, que se convierte en octavo día, imposible en cuanto a astronomía, o tiempo lineal. Lo imposible en el tiempo ya está en la palabra. En la Biblia hebrea está dicho que el aceite cubre todo el cuerpo, toda la manifestación del ungido. El octavo día, el mundo nuevo envuelve, protege y oculta al ser humano anterior, antiguo. Hasta entonces, el aceite, ese ocho, entra en el ser humano. Sin embargo, ahora se presenta todo nuevo, ahora estamos ante el nuevo cielo y la nueva tierra. Ese es el mensaje del ángel a los pastores. El ser humano como pastor de su propio rebaño aprende, justamente porque está vigilante en la oscuridad de la noche, que el Mesías hoy, en el presente, ha nacido ya. Cristo, el ungido, el Mesías, aparece ya en el brillo del octavo día, del día de la salvación.
    Hemos hablado ya de la noción Señor. Aquí solo quisiera señalar la relación en el hebreo de este nombre con la palabra “Adón” o Adonay. Se refiere a alguien que domina, un Señor. Pero la palabra tiene una composición curiosa. Es muy similar a Adam, y las dos palabras Adón y Adam tienen su raíz en la palabra “ed”, 1-4, vapor, que sube de la tierra, porque Dios quiere que llueva (Génesis 2,5-6). El vapor que sube de la tierra es el anhelo del ser humano, del mundo, de que haya lluvia. Porque la lluvia convierte la tierra seca en tierra fértil. Viene de las nubes del cielo. Eso es lo que dice la imagen exterior. Pero el ser humano tiene anhelo de la palabra del cielo, porque no vive solo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Añora un sentido en la vida, el amor, justamente porque el mundo de la ley es el punto de partida, nada más, del nuevo mundo venidero. Quisiera, a imagen y semejanza de Dios, unir su lado interior con su lado exterior, mediante el amor. Y para eso necesitamos la palabra de Dios desde el cielo y el Espíritu Santo que nos la trae.
    La palabra vapor, “ed”, se escribe “álef-dalet”, 1-4. Sube de la tierra un vapor, que regaba toda la faz de la tierra (Génesis 2,6). Y seguidamente, (Génesis 2,7): formó pues el Señor Dios al hombre del polvo de la tierra y alentó en su nariz soplo de vida. Es decir, el vapor que sube habla del 1-4, “álef-dalet”. Y el ser humano que se está formando, Adam, 1-4-40. Haciéndole del polvo de la tierra, adamá 1-4-40-5. Y el Señor que rige por la dimensión del amor, de la dulzura y de la gracia, − no según la ley, no según aquello que había antes de la luvia, cuando dominaba la fuerza, el poderío y acaso la esperanza de que el ser humano anhelaría lo nuevo, el amor − ese Señor, amo o dueño, es “Adón” 1-4-50. Ahora, la diferencia entre la letra final mem-40 y nun-50 es decisiva. El 40 es la medida del tiempo. Pensemos en los 40 días en el monte Sinaí, en los 40 años de camino en el desierto, saliendo de Egipto hacia el país prometido, en los 40 días desde la resurrección de Jesús hasta su Ascensión. En cuanto al 50, pensamos de inmediato en “Yeh’shúa”, en la Biblia hebrea, llamado “Hijo de nun”, del 50. Nun en el hebreo significa también “pez”.
    El 50 como letra final del conjunto 1-4 es pues determinante. Igual que Pentecostés, 10 días después de la Ascensión, en el día 50. En la Torá, el día 50 después de la salida de la cautividad de Egipto, es el día de la revelación de la palabra en el Sinaí. Y la palabra “Adón”, Señor, en este sentido, es ese 1-4-50. La misma palabra significa también “base”, “pedestal”, “apoyo”, por ejemplo, en Éxodo 36,24. Son usados en el Tabernáculo, y siempre están dos unidos, como gemelos. Es el Señor como Adonay y el Señor del tetragrama, como el Ser sempiterno. Por último, queda la palabra ir David, ciudad de David. Una colonia de casas es considerada como una ciudad, si está rodeada por un muro. En general, bíblicamente, representa un peligro. En la tradición judía se dice que se den gracias a Dios si se sale ileso de una ciudad. El peligro lo representa el muro alrededor, que aísla del mundo y que podría llevar a pensar que la ciudad es todo, que no hay nada más. Como también puede llegar a creerse que la propia persona es tan importante que casi no queda nada más.
    Para Jerusalén, sin embargo, a pesar del muro, es válido el sentido del nombre David. Quien siente que su destino es producto del amor divino, sabe que ese amor incluye a todo el mundo, a todas las criaturas. Es pues la ciudad la que mantiene el amor a David, a cuyo hijo se espera ansiosamente. Si el ángel al hablar de la ciudad de David se refiere a Jerusalén, no está claro. Porque David nació en Belén, donde ahora el hijo de David ha nacido. Pero no se trata de ciudades diferentes. Se trata del lugar de David, el amado. Y allí nace ese hijo. Los pastores van a Belén y ven que lo contado por el ángel es una realidad. Y cuentan allí lo que han oído del ángel. La concordancia entre lo oculto y lo manifiesto, es una seña de ese tiempo nuevo.
    La circuncisión.
    Quisiera terminar el asunto del nacimiento del mundo nuevo, con un par de palabras sobre la circuncisión. Como se cuenta ya de Juan, también Jesús es circunciso en el octavo día. En el día de la “milá” 40-10-30-5, circuncisión, se da también el nombre. Sin la circuncisión, se es “orel”, 70-200-30, incircunciso. En la circuncisión se elimina el prepucio, “orlá” 70-200-30-5, dejando un resto que es doblado y permanece como elemento esencial. Parece que la circuncisión, vista la importancia que se la da aquí, sea un asunto principal. Hemos entendido ya el significado del octavo, que tiene una relación innegable en la palabra con el aceite. La “orlá”, en principio, es aquello que envuelve el núcleo, la esencia, de forma que es difícil darse cuenta de su presencia. Un ser incircunciso no lo es por tanto solo anatómicamente, sino que es alguien que está enfocado de tal forma hacia la vida exterior que en él no puede ni surgir un pensamiento sobre la eternidad. Así, la Biblia habla también del corazón incircunciso y nadie está pensando en una intervención quirúrgica omitida. El incircunciso no conoce ningún octavo día y la salvación es un asunto de la ley. No puede concebir el milagro del Mesías, la vida en un mundo nuevo. Dictamina solo según las manifestaciones externas y busca allí el poder y el reconocimiento.
    La circuncisión es pues la apertura de una ventana, quizás de un portal, que permite echar un vistazo al octavo día y quizás a la vivencia en su interior, a un fogonazo de ese octavo día. Solamente ahora se pronuncia el nombre del hijo, aunque se conocía ya desde antes del nacimiento. En el octavo día, el exterior es igual al interior y, con ello, el nuevo mundo ha llegado de verdad. El día de la circuncisión de Jesús se ha convertido, en el calendario del mundo, en el 1 de enero, principio del año nuevo. Es justamente el octavo día después del nacimiento. Y puesto que se trata también del nacimiento de Dios en el ser humano, podría ser que para aquel que vive gracias a la circuncisión un octavo día en su corazón, comience una nueva cuenta. Recibirá el nombre por el que será reconocido en el mundo. Dejará de vivir exclusivamente en el tiempo que termina después de siete días. Con el octavo día, comienza para él su vida en la eternidad. Y su nombre permanece para todas las eternidades.
    Su destino deja de ser únicamente temporal, porque va conociendo la dirección de Dios en todo momento. Mientras que el incircunciso está expuesto a los vaivenes del tiempo, aquel que acepta la alianza de la circuncisión es consciente de la unidad del tiempo y de la eternidad, de lo manifiesto y de lo oculto. Es costumbre judía que se invite al profeta Elías en cada circuncisión. Se deja siempre la silla más hermosa para él. Porque es Elías quien anuncia el octavo día. Es el predecesor. Igual que el nacimiento de Juan precede al de Jesús. Es un nuevo comienzo.
    La Vida de Jesús en el Mundo.
    Como judío en la Europa cristiana.
    Ver texto completo en siguiente link:
    https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2021/12/01/estudios-de-tora-5/
    Elaborado por David Saportas
    2 hr 29 min
  • El Mesías Según la Torá - La Injusticia Sobre el Nuevo Testamento.
    La Injusticia Sobre el Nuevo Testamento.
    Ver artículo escrito completo en mi blog:
    https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2021/08/24/antimesianismo-rabinico-3/
    Este artículo se corresponde con la opinión de uno de los más grandes kabbalistas que haya vivido en el siglo 20 (en mi concepto) sobre las escrituras judías neotestamentarias. No son palabras de cualquier persona, y ni siquiera de cualquier erudito en Torá y Kabbalá. Es la opinión que hace nada más, ni nada menos que el Profesor y Kabbalista Fiedrich Weinreb en uno de sus libros (entre más de 50 obras de profundidades inimaginables llenas de evidencia de su inmensa sabiduría), titulado “La Palabra Oculta del Nuevo Testamento”. Sólo aquél que conozca las obras de Weinreb podrá no sólo dar testimonio de su conocimiento, sino de la grandeza y secretos que se revelan en su legado de sabiduría. No se trata de un solo libro como comentario a las escrituras neotestamentarias. Se trata de una revelación que se hace integral y multicontextual en todos sus libros dejando de formas quizás no abordadas nunca antes de la forma en que lo hace en su maravillosa obra este gran kabbalista. Por eso no se trata de un tema aislado, sino precisamente lo que se sabe debe ser obligatorio para todo aquello denominado Torá. Una sabiduría coherente multidimensional que debe ser entendida en unidad y completitud interrelacionada presumiblemente de forma infinita.
    Decido hacer este artículo basado en palabras de un gran sabio y ubicarlas aquí en mi blog en la parte del menú que he denominado “Antimesianismo Rabínico” no con ánimos de controversia o descalificaciones al judaísmo oficial rabínico anti Yeshua o anti nuevo testamento (algo que es completamente diferente a las justificaciones anticristianas del judaísmo y el rabinismo que es valido en términos de la defensa de la verdad y el kabod (honor) del Todopoderoso Creador), sino como evidencia de testimonio proveniente de un gran sabio de Israel que ha sido privilegiado por la gracia del mismo cielo para elucidar los misterios que subyacen desde hace 2000 años con la identidad y revelaciones de Mashiaj, acorde a la misma Torá Eterna que define nuestra existencia y realidad. De ninguna manera podrán considerarse estas palabras como ataque al rabinismo talmúdico oficial que no reconoce o no conoce aún los misterios de Mashiaj, no obstante sus maravillosas revelaciones de sabiduría que poseen incuestionablemente en todos los otros temas de elucidación de la Torá.
    El Profesor y Kabbalista Friedrich Weinreb nació en 1910 en Lemberg, que por aquella época formaba parte de Austria. Educado en Holanda, estudió Economía y Estadística en Rotterdam y Viena, y realizó trabajos de investigación en el Instituto de Economía de Holanda, con sede en Rotterdam (1932.42). Luchó junto a la Resistencia durante la ocupación nazi de Holanda. Asimismo desempeñó como Profesor en las Universidades de Djakarta y Ankara, donde llegó a ocupar el cargo de Decano. Desempeñó también como Perito en el Instituto Internacional del Trabajo y el Comité Europeo de Economía en las Naciones Unidas, en su sede de Ginebra (1952-64). Tiene varias obras publicadas en el área de las matemáticas y la economía; pero a partir de 1963 comenzó a publicar principalmente sobre Misticismo Judío, basándose en su origen jasídico.
    En el área del Misticismo Judío escribió más de cincuenta títulos que fueron –y son- publicados en varios idiomas, a saber: Holandés, Alemán, Inglés, Castellano, Hebreo, etc. Entre sus títulos más destacados debemos mencionar De Bijbel als schepping”, publicado por esta Editorial (Sigal) bajo el título “Kabbalá; La Biblia: Divino Proyecto del Mundo” –obra básica del Prof. Weinreb-; “Yo, que estoy oculto”; “El Libro de Jonas”; “Vida de Sueños” (4. vol.); “La Historia de los dos Arboles”; “Astrología y Misticismo Judío”; “Vida en este mundo y en el del Más Allá”; “El significado de la Plegaria”; “El Calendario Hebreo”; “Relatos Jasídicos” (3 vol.); y “Memorias” (4 vol.).
    Friedrich Weinreb adquirió un cabal conocimiento sobre el judaísmo en sus diferentes aspectos y características, y condujo su vida al estilo jasídico. El material que compone su vasta literatura, tanto sus obras escritas como sus conferencias así como las grabaciones que nos legó, son apenas un indicio de cuán profundo llegó en lo que a las cuestiones místicas propias de la vida se refiere. El Profesor y gran kabbalista Friedrich Weinreb dejó este mundo en el mes de octubre de 1988.
    Antes de abordar directamente las palabras introductorias de su libro “La Palabra Oculta del Nuevo Testamento” que se seleccionaron para este artículo, decido referenciar también otras palabras textuales tomadas de otro de sus libros, con el objeto de hacer énfasis de quién fue el autor de estas conclusiones aquí reseñadas, así como para resaltar el nivel requerido que se nos exige para opinar y concluir en estos temas de trascendencia de la existencia. Las siguientes palabras son escritas por el mismo Fiedrich Weinberg para referirse él mismo a su trabajo publicado en sus decenas de libros sobre la Kabbalá y revelación de los secretos de la Torá, tal que dichas palabras describen no sólo la responsabilidad y reto en el entendimiento para cualquiera que se atreve a opinar al respecto, sino la estatura intelectual y espiritual inmensa de él mismo (verificada por quienes conocemos su trabajo). Las siguiente palabras referenciadas de Fiedrich Weinreb son extraidas de su libro traducido al español, «El libro de Jonas» en la página 70, editorial Sigal, Buenos Aires del año 2003:
    Dice así textualmente:
    He tratado de dar a través de estas páginas , algo de una orientación general sobre la relación entre contar (enumerar) y contar (un cuento), entre números y palabras. Soy bien consciente de que hoy en día casi no existe ya hombre que posea un conocimiento sistemático y completo en este campo. Por otra parte, sería difícil que adquiriese este saber mediante un estudio de manuales, porque esos libros no existen. Lo que sí hay, es una inmensa cantidad de escritos, en su mayor parte -mejor dicho casi todos- de épocas muy lejanas, tiempos en que muchos temas fueron considerados como naturalmente conocidos y que fueron pensados y escritos de una manera que se hizo ajena al hombre de nuestro tiempo.
    Tenemos que aceptar estos hechos y darnos cuenta de que los tiempos vienen y van, los tiempos cambian y con ellos también los hombres. Cosas que anteriormente se sabían naturalmente pueden ser incomprensibles hoy; cosas que en otros tiempos se soñaban, hoy pueden haberse hecho parte del consciente. Por lo tanto, de los muchos escritos de tiempos pasados se puede tratar de entender solamente el espíritu en ellos, que es eterno. Me refiero a la chispa que siempre vive en todo.
    Probablemente en tiempos anteriores no tenían la necesidad de una obra sistemática, sintética, abarcando todo el campo de este conocimiento. Quizás cada maestro transmitía a su discípulo dicho saber acaso en palabras que para nosotros serían nuevamente inentendibles o inaceptables. Todo esto forma también la razón mayor por la cual yo he comenzado con las publicaciones sobre este tema. Por ello, cuando se me pregunta por una literatura paralela en este campo, hasta la fecha puedo señalar tan sólo mis propios Libros, pero también señalo las muchísimas obras que yo mismo he estudiado o leído. Casi todas fueron escritas en hebreo o escritos en los mismos idiomas. En general, los libros y los comentarios se expresan muy brevemente pues se presupone justamente que el lector ya sabe mucho; o sino que se ocupará seriamente de estudiar todo profundamente, de modo que pronto lo sabrá.
    De ninguna manera entonces me refiero a aquellos que escriben o hablan sobre estos temas sin ser capaces ellos mismos de leer las obras originales, las fuentes y los comentarios. Traducciones, las pocas que han sido publicadas, son totalmente inapropiadas para este estudio, ya que todo trata de las palabras, de las palabras en el lenguaje originario y de los números en lo absoluto, en el lenguaje originario. Todo aquel, sin embargo, que quiera estudiar, que quiera aprender Torá (la Ley) como se dice, necesita en primer lugar del espíritu de la modestia. Es con respeto que debe acercarse al milagro de la Revelación de Dios, pues de lo contrario sin importar cuán preparado y cuán estudioso se considere a sí mismo, dicha Revelación permanecerá cerrada para él, y sus juicios pertenecerán al reino de la confusión.
    La Palabra Oculta en el Nuevo Testamento – Rectificar una injusticia
    ¿Por qué, para qué voy a escribir este libro? ¿Quién lo leerá? ¿Y cómo se comprenderá? Porque existe una literatura amplia e inteligente que se nos acerca desde diferentes lados, aunque, en general, no se quiera saber nada de ella. Pero quizás por ello comienzo ahora aquí. Porque siento que tengo que rectificar una injusticia, lo que bien pudiera ser para mí una buena razón de mi estancia en este mundo. Quisiera hablar de la Biblia, de la parte llamada Nuevo Testamento. Y de inmediato surgen toda clase de objeciones: ¿Qué puede importarte a ti, como judío? Déjalo a las instancias pertinentes. Lo dirán tanto cristianos como judíos. Y también sé por supuesto que ciertos cristianos dirán: finalmente lo admite. Ya era hora. Ese Weinreb ha comprendido por fin que siempre hemos tenido razón. A esos les contestaría, silenciosamente, en mi interior: nunca me han caído bien los que pretenden tener la razón. Son demasiado bastos en asuntos de fe. Demuestran de antemano lo que solo puede esperarse, ven claramente lo que solo puede intuirse.
    Y al mismo tiempo sé cómo ciertos judíos reaccionarán: ahora se ve claramente que es un traidor. Un judío no puede hacer eso. Lo sé, conozco todos los argumentos. Quisiera contestar a los dos lados, aquí y ahora que para mí la fidelidad es sagrada. Es la misma palabra que fe y confianza. Y yo creo que mi confianza en Dios es inmensa. Siento que simplemente me es imposible ser infiel. Soy judío, aun judío ortodoxo, y seguiré siéndolo. Sería una infidelidad frente a Dios si fuese infiel al origen que Él ha decidido para mí. Naturalmente sería fácil decir: tú no llevas la raíz, la raíz te lleva a ti. El mundo, nuestra vida, está por la palabra de Dios, y todo lo que vemos, ha surgido de la nada. Pero dejémoslo; no quisiera arrancar aquí con argumentos, quisiera aportar algo nuevo. No especialmente para cristianos o judíos, sino más bien para todos, para todo el mundo. Cuando hablo de la Biblia, lo nuevo para mí es que solo veo seres humanos. Ninguna religión en particular, ninguna cultura, lo que quisiera ver son todos los pueblos y todas las lenguas del mundo. De no ser así, la Biblia es secuestrada una y otra vez por alguien que cree tener derechos de propiedad exclusivos. Para administrarla con la correspondiente arrogancia. Pero yo veo, cada vez con más claridad, la imagen mesiánica de Isaías 11, 6-7 delante de mí: Morará el lobo con el cordero y el tigre con el cabrito se acostará, el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará.
    La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas y tanto el león como el buey comerán paja. – Lo que siempre me ha impresionado de esta imagen es el hecho de que todos siguen siendo fieles a su raza. Que los lobos no se conviertan en corderos, ni los tigres en cabras, ni los osos en vacas. Todos han sido creados por la palabra de Dios desde la nada y siguen siendo fieles a la maravilla de su creación. Así pienso, y espero desde mi fe que los cristianos sigan siendo cristianos y los judíos, judíos y que los demás también vivan a su manera en paz y en perfección. Porque Dios ha creado al ser humano y le ha puesto en medio de multitud de pueblos. Solo que era y es costumbre que se destrocen. De alguna forma se cree tener el derecho de destruir al enemigo, de convertirlo en nada. A todos ellos quisiera oponer la imagen de Isaías: lo que era el bien hasta ahora, no debe seguir siéndolo. El bien es la paz y la perfección cuando cada cual es como Dios le ha pensado. Quizás comprenderán ahora un poco mejor por qué no me gusta el ergotismo. Pueden llamarme como quieran, utopista peligroso, idealista loco, pero, en todo caso, no seré nunca ningún fanático. Es decir ¿estoy escribiendo sobre el Nuevo Testamento porque los judíos, a pesar de todo, lo han tratado injustamente?
    No, no quiero decir eso ni tampoco lo contrario, aunque la cita: la salvación viene de los judíos, Juan 4,22, está cerca. Sin duda me preocupa la injusticia de parte de los judíos: ese no querer tomar nota del Nuevo Testamento. Pero también me preocupa la injusticia que los cristianos infringen al Nuevo Testamento de continuo, me preocupa la injusticia que toda la humanidad está causando constantemente. ¿Puede reprochárselo al león que no coma paja? ¿Qué prefiera carne de seres vivos? ¿Y el cordero es cobarde por no ofrecer resistencia? De la misma forma, pienso, se trataba y se trata injustamente a la Biblia. Parece que las personas a veces no saben lo que hacen. ¿Es culpa del gato que mate al pájaro? Es su naturaleza, decimos con resignación y, al mismo tiempo, matamos una mosca que está molestando. Pero Isaías ha aportado sus palabras para el ser humano. Es decir, el ser humano lleva esta esperanza, y de vez en cuando tiene mala conciencia si piensa en guerras, revoluciones y crímenes.
    ¿No es justamente el ser humano el que puede pensar en un mundo nuevo? Quizás solo como un sueño despierto que podría convertirse en realidad alguna vez, aunque sea demasiado bonito para ser verdad. Pero de tal posibilidad no se habla, sería demasiado poco científico, habría que avergonzarse, sería penoso. Pero en cada persona sucede algo similar alguna vez, en el sentido de que ese cielo nuevo y esa tierra nueva estén moviéndose dentro. El anuncio de algo nunca pensado, enteramente imposible. Y me atrevo a decir que cada persona debe de aborrecer el hecho de morir y la muerte en general. En el caso de los enemigos, bueno, es otra cosa, ¿pero para sí mismo y su familia? Es decir, dejad que tengamos esta utopía por lo menos. Muchos lectores lo dejarán aquí y, encogiéndose de hombres, volverán a alguna obra científica. Porque si se hace el esfuerzo de ocuparse de la Biblia, se espera un análisis exegético, apuntes históricos en paisajes orientales, conclusiones teoréticas, preferentemente de la escuela o de la secta propia.
    Aquí, sin embargo, no es posible. Quiero contar la Biblia de forma nueva, para seres humanos nuevos, en un mundo nuevo. Porque se trata de la injusticia que se está cometiendo con ella. Y quisiera abolir esta injusticia que se infringe a toda la Biblia, tanto a la Biblia hebrea como a la cristiana. Por esa injusticia la unidad de la Biblia queda rota. Y con ella, también la unidad del ser humano. Surgieron las diferentes maneras de ver la religión y dentro de la diversidad de opiniones aquella lucha mortal que terminaba en la hoguera o en la humillación de no ser considerado ya como persona. ¿Cuál es la causa de tal injusticia? Pienso que está basada sobre un trágico malentendido. Y ese malentendido creo que tiene su fuente en un gran pecado, un pecado de principios. Ahora, un pecado no es lo mismo que una falta, una equivocación de pensamiento o de idea, por ejemplo. Las faltas pueden corregirse, y no hay porque repetirlas. Pero en cuanto al pecado, el ser humano es responsable. ¿Cuál es ese pecado que es la causa de ese malentendido ineludible? En mi opinión, que lo santo es profanado, rebajado, matado. − ¡Pero no queremos nada semejante! −se contestará de inmediato− ¡nadie nunca nos ha reprochado tal cosa! ¿Cómo entenderlo? Nada fácil de explicar.
    Porque se trata de pecado, no de una falta corregible. Antecedentes exteriores y vida interior Quizás nos ayude un ejemplo sacado de la vida diaria. Si se quiere dar empleo a alguien, se pide un certificado del trabajo anterior y de la formación del solicitante. También detalles de su país de origen, su familia, eventualmente de su religión. También pudiera interesar el círculo de amigos que frecuenta, sus hobbies y actividades deportivas. Así se tendría un curriculum vitae bastante completo. Y por supuesto no olvidar eventuales antecedentes penales. Y yendo más allá, podrían interesar enfermedades en la familia u otros sucesos en el entorno cercano. Finalmente podría pedirse un certificado de salud con todos los detalles de su vida. Puede pues dársele el empleo o elegir al competidor, que presente mejores informes.
    ¿Hay alguien que diga que se haya obrado con injusticia? Creo que la sociedad hoy en día, en el manejo de los datos, ha llegado a una especie de perfección. Hace cincuenta años, no se podía ni soñar con cosa semejante. – Pero justamente aquí está la injusticia. Justamente aquí podemos ver cuál es el crimen del que hablo. Quisiera exponerlo claramente en una conversación conmigo mismo: “Han examinado detalladamente mi vida y mis actividades en la sociedad. Todos mis diplomas, conseguidos con mucho esfuerzo; bueno, me dan el empleo, puedo avanzar en mi carrera. Pero ¿qué saben de mis deseos, esperanzas, sueños, ante todo de los que sueño despierto? ¿Qué saben de mis debilidades? Ni siquiera el psiquiatra las sospecha. Solo interesa aquello que puede promover mi vida en la sociedad. ¡Si supieran de toda mi vida –¡yo mismo no quiero ni pensarlo!– ¿Y qué saben de mis temores, de cómo voy arrinconando el miedo ante la muerte?
    Nadie puede decir nada de eso. Nadie ha estado allá para poder informar con autenticidad. Aunque de la muerte, al parecer, se sabe ya alguna que otra cosa. Pero solo de personas que sufrían una parada cardíaca, que estaban en el borde, en la orilla, por así decir, pero nadie nos cuenta qué pasa después de una muerte cerebral. Y voy más allá. Sé de mi eternidad. Pero no es elegante hablar de ella, es un tema para el rabino o el pastor. Ante todo ¿qué sucede después de la muerte? ¿De nuevo la eternidad? No se puede hablar del tema con nadie. Se está solo, abandonado. Y me temo que todas las personas estén tan solas y abandonadas como yo. Y a pesar de todo, es mi vida real. Allí está el origen de mis sueños no declarados, de mis humores, quizás de todo mi comportamiento. Y todo ese complejo no está del todo firme, no puede ordenarse sistemáticamente como las cosas exteriores, que se pueden conocer con exactitud. En realidad, se me está tratando injustamente. Porque no soy aquel que piensan que soy y al que quieren dar el empleo. Lo único que importa es si soy de utilidad en la sociedad. Nadie conoce mi interior, mi vida auténtica, tampoco aquellos que están cerca.
    Igual que yo, de ellos, solo sé lo usual, lo necesario para una buena relación. Vemos solo el lado exterior. Y exteriorizar, ¿no es idéntico que ‘’vender’’? ¿Y esta venta, esta exteriorización, no lleva también el nombre ominoso de traición?” He puesto este ejemplo para mostrar que se trata a la Biblia, por lo menos, de la misma manera injusta. La exteriorización, como pecado de principio Se puede leer la Biblia como se leen libros, informes o cartas. Es decir, se entiende que son palabras normales, tal como son usadas y comprendidas en la sociedad, en investigaciones históricas, en el estudio de actas y documentos, en la evaluación de leyes, en la ciencia. Se piensa que se actúa con total justicia, como en el ejemplo de la solicitud más arriba, y se protestaría enérgicamente si se escuchara la acusación de cometer una grave injusticia, de caer en un pecado de principio. Quisiera mencionar unas palabras de la Biblia, del Nuevo Testamento, que pueden considerarse como una comunicación desde el interior, como aquellos pensamientos ocultos del solicitante.
    Son las palabras conocidas: En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que es hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz en las tinieblas resplandece; más las tinieblas no la comprendieron. – Son los primeros cuatro versículos del Evangelio de Juan. ¿No es igual a ese grito silencioso, de pura desesperación, desde el interior de la persona, cuando se da cuenta de que no se le conoce? Que solo se le está juzgando según su comportamiento en la familia, en la sociedad, en la iglesia, en el club, es decir, en el mundo. ¿Qué es el verbo, la palabra? Quisiera contestar de inmediato: Dios es la palabra. Por ella todo está hecho, y sin la palabra nada de lo que hay fue hecho. En la palabra está la vida. Pero no somos capaces de comprenderla. Igual que las tinieblas.
    El ser humano tampoco puede comprender a Dios. Deberíamos comprender que no se trata del exterior de las palabras como son usadas en las conversaciones de la sociedad. Es igual al caso de aquel solicitante, al que tampoco se conoce, aun teniendo las mejores intenciones. Porque la palabra no es solo aquello que puede encontrarse en el diccionario. Tampoco la mejor y más completa evaluación psiquiátrica o aun astrológica puede decir todo de la multiplicidad, de los muchos matices de cada persona. Pero entonces, ¿qué dice la palabra de verdad? Quisiera invertir la pregunta: ¿Qué se sabe de Dios, qué dice Dios? Y a pesar de todo se habla de la palabra, de palabras. Sé que en muchos círculos se habla de la Biblia como palabra de Dios. También llamada Escritura Santa. Y muchos dicen que esas palabras fueron escritas, inspiradas por el Espíritu Santo. Aunque es imposible que un espíritu escriba. Y a pesar de todo, está dicho que él lo ha escrito. Espero que comprendan ahora qué es el pecado del que hablo. Es no diferenciar entre el lado exterior de la persona y de su vida eterna, ese interior oculto en gran medida.
    Igual sucede con la Biblia: se estudian sus palabras exteriores con mucha seriedad, pero sin la intención de averiguar nada sobre su interior, sobre su identidad con Dios. Esa es la raíz del pecado: dictaminar sobre la manifestación, el lado exterior y sacar las conclusiones pertinentes: si es bueno o malo, útil para los fines de vida en esta sociedad, si la moral y la ética son aceptables, si encaja en la institución a la que se pertenece o no. Estoy pensando irremediablemente en aquel fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal que la serpiente recomienda tan convincentemente. Allí está el comienzo del pecado. Significa que si queremos analizar la Biblia con las medidas conocidas, igual que analizamos los demás documentos, según la historia, la sociedad, la psicología, la belleza, la filología, obtendremos solo el significado exterior de la historia allí contada y nada más. Y hemos dictaminado con honestidad y justicia. Es decir, juzgamos como “se juzga”, según la norma. También se juzga así sobre la vida de las personas y uno mismo también es evaluado así. ¿Y qué otra cosa puede hacerse con la palabra? ¿Quién puede aconsejarnos?
    Si Dios es la palabra, si el Espíritu Santo dice o escribe las palabras, entonces el primer paso sería buscar una respuesta a esa pregunta, muy profundamente asentada en cada ser humano: ¿Qué o quién es Dios, si Dios es la palabra y si el Espíritu Santo nos trae las palabras? Palabras como las que están en la Biblia. Siento que debo buscar su interior, su lado oculto, de la misma forma que debe buscarse en mi persona, en todas las personas. Estaré cometiendo una injusticia, un pecado, si intento conocer las palabras solo en su lado exterior. Es venderlas, traicionarlas, echarlas al viento. Creo que después de estas palabras sobran los gemidos y los enfados, si pienso en las luchas provocadas por causa de esas exteriorizaciones. La lucha de todos contra todos, de aquellos que honestamente creen tener la razón. Se encuentran en todas las instituciones, en todas las religiones. Pero yo quisiera hablar de la palabra eterna. Y sé que el pecado, que desde el principio mismo quiere destruir la unidad del ser humano y también la unidad de Dios, se opondrá.
    De forma que muchos no serán capaces de comprender. Pero hay que comenzar; aunque no sepamos nada del éxito o del fracaso de la tarea. Comencemos pues. Dios en nosotros y nosotros en Dios Hablemos pues de la concordancia de Dios con la palabra. Y de puro respeto ante la vida, ante nuestra vida personal a imagen y semejanza de Dios, no preguntaremos por su curriculum vitae exterior, dónde vive eventualmente y desde cuándo. Preguntaremos de inmediato si es posible acercarse a su interior, a su esencia y cómo habría que hacerlo. Me viene el pensamiento: Dios en nosotros, y nosotros en Dios. Son palabras que tienen su principio en la creación del ser humano.
    En Génesis 2,7 está escrito que el Señor Dios alentó en su nariz soplo de vida. Significa que Dios está en el ser humano. ¿Quién está pensando en un aliento físico? En hebreo, la palabra que designa el alma divina, neshamá, viene de la palabra “neshem”, aliento. El milagro de la palabra se alentó en nosotros. Con Su aliento, Dios introduce su esencia en nosotros: la palabra. El ser humano la recibe para cuidarla. ¿Qué es entonces nuestra esencia, nuestro secreto? ¿Si hablamos de nuestro interior nos referimos a Dios? ¿Y a qué exactamente nos referimos cuando hablamos de Dios? Esta palabra, Dios, se ha convertido en una fórmula que vale para todo o para nada. Depende. Por ello, quizás, lo mejor es dejar que la palabra de la Biblia hable, la palabra que traducimos como Dios. Tomemos pues, como primera medida, la palabra de la Biblia en serio, sin dejarnos seducir por la traducción del exterior de la palabra. Porque no queremos vender a Dios ni traicionarle ni colocarlo en el exterior. La palabra Dios en hebreo es “Elokim”. Es el plural de la palabra masculina “elé”, estos, esos, aquellos. ¿Qué estos? Bueno, todo, todo de lo que puede decirse estos. No solamente estas cosas, también estos tiempos, estos pensamientos, estos sueños, estas utopías, estas fantasías, personas, animales, cristales, estrellas, nubes, enfermos, esperanzas, creación.
    Es decir, la unidad de todos estos. La unidad de una multiplicidad inimaginable e indefinible. Es la unidad de Dios que, visto desde el otro lado, es la multiplicidad de Dios. ¿Y la unidad interior del ser humano no está compuesta igualmente de multitud de sentimientos en el lapso de un segundo? Elokim es también Dios como padre y origen de toda vida, como creador del mundo. Describir a Dios en una fórmula sería un acercamiento desde el exterior. Sin embargo, queremos acercarnos al interior, al secreto oculto bajo esa capa exterior. ¿Pero cómo llegar a ese interior de Dios? Bueno, tiene una estrecha relación con nuestro propio interior, como hemos visto es nuestro aliento vital. Es decir, si exhalo ¿no estoy en Dios? Porque estoy a imagen y semejanza de Dios; pero no solo corporalmente, por la anatomía, más bien y ante todo por la palabra, por mi vida, mi alma. Mi interior. ¿Cómo conoce la palabra ese lugar interior? Estoy pensando que el nombre “Elokim” es el plural masculino de “elé”.
    ¿Pero qué significa “masculino”? La palabra hebrea “sakar”, es “masculino” y al mismo tiempo “recuerdo”. Recuerdo tiene que ver con el interior, porque eso de acordarse, recordar, es un asunto más bien interno. En el exterior del ser humano es difícil apreciar lo que son los pensamientos y sentimientos interiores. Por ello se llaman no-conscientes, no tenemos consciencia de estos recuerdos, o quizás solo en una franja limítrofe, pero en realidad no los conocemos. Así también la palabra “sekut”, mérito, se interpreta casi siempre como “mérito de los padres”. Tiene estrecha relación con la palabra “sakar”, recuerdo. El mérito significa que Dios se acuerda, que sabe del interior. Que sabe que los padres, los patriarcas, igual que Él mismo, viven en el interior de los “hijos”. De esta forma, la eternidad del ser humano se anuncia en aquello que llamamos el mérito, el recuerdo de los padres. El interior, por tanto, es el lado masculino del ser humano. Y ese interior contiene mucho más que el recuerdo consciente, la memoria consciente. Contiene también todo aquello que aquel candidato de la conversación inicial sentía: ¿Quién me conoce como soy de verdad? Yo mismo casi no lo sé.
    Soy un complejo vivo, muy vivo, de aspectos incalculables, en continuo cambio, movimiento y crecimiento. Soy de verdad la suma de muchas personalidades, en todo caso, de muchos matices inabarcables. El anhelo decide el camino Así, me parece que nuestra vida es una especie de búsqueda de Dios, en el sentido de la pregunta recurrente: ¿Quién soy yo de verdad? ¿Qué es lo que me imagino que pueda ser mi vida? ¿Cómo experimento mi vida, este mundo? Porque el mundo tal cual es y como se dice que era, es un gran enigma de imposible solución. Por un lado estamos dispuestos a criticar todo de este mundo y por otro anhelamos en secreto un mundo que organizaríamos de forma diferente, ideal, para nosotros y toda criatura. Sabiendo al mismo tiempo que es tarea imposible. Si hablo de “nosotros”, me refiero a toda persona que ha vivido desde los tiempos primordiales hasta hoy, con su vida exterior y su interior muy matizado. Igual que yo, toda persona tiene el anhelo de una vida ideal, de ser una criatura eternamente feliz. Y cada uno tiene su percepción personal y única de lo que es la felicidad, la justicia, el amor.
    Y si pienso en estas percepciones y anhelos de los hombres de todos los tiempos, siento que es por su interior por lo que todos tienen una relación personal con Dios. Dios da su “neshem”, su aliento, al interior de cada uno. Todas las criaturas de la creación están sujetas a la ley, pero con la neshamá viene algo enteramente nuevo, que es el sentido, el regalo de la creación al ser humano. Con la neshamá viene la libertad. Por ello se dice en el judaísmo: la neshamá pura tendrá que rendir cuentas ante el trono de Dios. Por otro lado, la “nefesh”, el alma (corporal) que Dios regala a toda la criatura, estando sujeta a la ley, está exenta de rendir cuentas. La neshamá, el aliento de Dios en el ser humano, la libertad dada por Dios, sin embargo, es responsable de su recorrido aquí. La relación personal con Dios, aquello que lleva al ser humano a Dios, su anhelo, es el camino que está andando.
    Para ese camino existe una palabra: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Solo ese camino puede movernos internamente. ¡Y cuán diferentes son nuestras relaciones con Dios! Diferentes de persona a persona, en el transcurso de los tiempos pueden variar y durante la vida pueden tener muchos matices. ¡Qué ideas tan diferentes tenemos del mundo! Alguno piensa que todo es horroroso, otro tiene la esperanza de que todo pueda cambiar para bien. Alguno desea que el mundo se hunda, otro que toda criatura tenga solo lo mejor; para alguno Dios es algo como el diablo, una fuerza muerta, extinguida, para otro Dios es alguien que desearía regalar lo más hermoso al mundo. Está escrito: si tú como ser humano quisieras regalar lo mejor al mundo, hasta todas las eternidades ¡cuanto más intensamente quiere regalarlo Dios, nuestro padre en el cielo! Y así como tú no eres capaz de realizar tus buenos deseos, así Él como creador es capaz de realizarlos y de concederles duración eterna. Con este tipo de pensamientos se da el camino individual hacia Dios, y se muestra cuánto ha recorrido ya y dónde está. Y solo Dios, que nos conoce hasta los tuétanos, sabe dónde andamos errando por el mundo. A imagen y semejanza de Dios; Él sabe dónde buscamos, muchas veces desesperados y otras, pensando que estamos en el camino de regreso a casa.
    Él escucha los gritos desde las profundidades y ve cómo buscamos lo oculto, lo interior. Dios también busca a sus hijos en sus interioridades, anhelando su vuelta. Estamos irremediablemente a Su imagen y semejanza. De esta forma podríamos sentir algo de ese interior, de ese lado llamado “masculino” de Dios y del ser humano. El nombre impronunciable La palabra de la Biblia conoce a Dios también bajo el nombre de Señor. ¿Qué se quiere decir cuando se dice que el Señor nuestro Dios, el Señor es Uno? ¿O nos contentamos con la constatación de que existen dos nombres? Sería superficial, una exteriorización. Estoy pensando que en realidad estamos hablando siempre de una dualidad. Ya en la imagen del hombre que solicita el empleo y al que no se le pregunta por su vida interior. ¡Para cuánta gente vale solo aquello que les hace brillar en la sociedad y lo que se diga de ellos! Pocos saben algo de una vida interior.
    Se cuenta de Edipo que mata al padre para poder vivir tranquilamente con su madre. Se acalla la vida interior y se trabaja para ese poderoso “se dice”. ¿Por qué si no, esa importancia que damos a la política, al estatus, a la carrera? ¿Para qué si, como se dice, todo acaba cuando se muere aquí? La imagen de Edipo puede decirnos que ese otro nombre de Dios, el Señor, podría ser femenino. Una imagen perturbadora, porque podría significar que fuese más importante y que podría arrinconarse a ese otro nombre, Dios. Arrinconar, destruir, matar. ¿Cómo es ese nombre en la Biblia? En primer lugar hay que saber que ese nombre ni se pronuncia en hebreo. Se dice Adonay, mi Señor, porque no se quiere pronunciar la palabra tal cual está escrita. Se trata del tetragrama, yod-hé-vav-hé, 10-5-6-5, que eventualmente podría pronunciarse como “Yavé”. Puesto que el hebreo no conoce ninguna vocal, solo consonantes, la pronunciación, en principio, es libre. La raíz del tetragrámaton es la palabra hové, que significa simplemente “el presente”. El presente sempiterno. Presente en el pasado, en el hoy, en el futuro. Es el presente en el transcurso del tiempo, un presente que nunca termina, un presente eterno. La noción le-olam, eterno, en hebreo, da las vocales. Así con las vocales e-o-a surge la pronunciación del tetragrámaton como “Yehová”. Así se escribe, pero, como dijimos antes, no se pronuncia.
    Tiene su sentido. Ya que justamente porque se trata del Dios omnipresente, se podría decir que en cada una de las cuatro consonantes del tetragrama, debieran de estar todas las vocales. Lo que lo hace impronunciable. Significa que en el mundo de tiempo y espacio, el nombre de Dios, en su significado el Señor, no encuentra ninguna posibilidad de pronunciación. La palabra hové, el presente, contiene la raíz de la noción “Ser”. Allí donde Dios le indica a Moisés su nombre, al lado de la zarza que se quema pero no se consume, se llama a sí mismo Yo soy el que soy, en primera persona del Ser. El tetragrama sin embargo está en tercera persona: Él es, o también: Él es el presente sempiterno. Él es el Ser. Por ello, en muchos círculos judíos se dice simplemente Él, o el Eterno. Con el nombre el Señor viene el tiempo al mundo como presencia permanente. En el principio del segundo capítulo de Génesis está escrito que nada pudo crecer; o, con otras palabras: lo que nosotros llamamos “tiempo” muestra un crecimiento. Lo que aparece aquí crece en el tiempo.
    Ver texto completo en siguiente link:
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    Elaborado por David Saportas
    1 hr 43 min
  • Experiencias Divinas: Una Pequeña Guía por los Primeros Capítulos de la Biblia – Parte 3
    Experiencias Divinas:
    Una Pequeña Guía por los Primeros Capítulos de la Biblia – Parte 3.
    Ver artículo escrito completo en mi blog:
    https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2021/11/23/estudios-de-tora-4/
    Por Fiedrich Weinreb
    Ángeles caídos.
    Como relato preliminar al diluvio, viene esa comunicación extraña de que los hijos de Dios o los hijos de los dioses bajaron al mundo y se tomaron mujeres, escogiendo entre todas (Génesis 6,2). Puesto que la palabra Elokim es plural, puede traducirse tanto “Dios” como “dioses”. Si decimos Dios, nos referimos a la unidad de todas las relaciones posibles, la unidad del mundo y de todas sus posibilidades existentes. De lo contrario, los dioses destruyen esa unidad, dividiéndola en múltiples fragmentos. Mientras que en el caso de los dioses tengo el deber, de alguna forma, de ganarme su simpatía, en el caso de Dios es del todo imposible. A Dios solo se le puede amar. Para llevarse bien con los dioses hay técnicas. En el caso de Dios, que contiene todo, ninguna técnica es posible; solo la búsqueda de una relación. Solo es posible entregarse y aceptar ese todo, enteramente. Ahora, está escrito que esos hijos de Dios o de los dioses se mezclan con las hijas de los seres humanos. Es una imagen soñada, muy oculta en las profundidades del alma. Las hijas de los seres humanos significan aquello que se muestra en tiempo y espacio, que se concreta. En ese conjunto se mezclan los hijos de los dioses. Esta comunicación ha dado lugar a todo un conjunto de mitos, porque aquí se tocan las raíces del ser humano. En esta conexión se habla también de ángeles caídos. Si solo vemos una noción teológica, falta toda relación.
    ¿Qué son los ángeles caídos en realidad? La tradición cuenta que Dios ha creado este mundo por amor, porque tiene la necesidad de regalar a otro la dicha que Él vive. Con ese fin crea un ser enfrente, para que ese otro ser pueda hacer todo el largo camino desde el otro extremo hasta alcanzarle a Él, hasta la reunificación. Regala una libertad completa, porque la omnipotencia solo puede regalar una libertad omnipotente, ninguna libertad corrompida o limitada. Ese acto de amor, de regalar una libertad omnipotente, significa borrarse a sí mismo. En la tradición judía, se llama Tsimtsum y significa una retirada, una concentración hasta la no-percepción, el dejar de estar. Para que todo esté libre para aquel a quien se ama. Para que pueda hacer el camino sin ninguna restricción, ninguna cortapisa, traba, limitación u obstáculo. Ese acto perfecto de amor, que es un sentimiento, una emoción, solo puede sentirse si existe ese ser enfrente. Solo amor sería aburrido, demasiado dulzón, en realidad nada. Así es que con el amor crea al mismo tiempo el desamor, el odio y la envidia. Y eso son los ángeles caídos. El amor perfecto conlleva al mismo tiempo el odio perfecto. Es decir, la vida a partir de ahora es un gran desencuentro: ¿Me amas o no me amas? Así hasta la desesperación. ¿Es justo lo que me sucede o no lo es? ¿Quién puede saberlo? Porque cada uno puede encontrar defectos en su persona, pero el otro quizás tenga más. En una relación de amor, sin embargo, mis defectos pueden ser decisivos, mientras que los defectos del otro puede que no sean asunto mío. Existe la necesidad de hablar, de conocerse, de comunicarse; en el silencio, no con palabras, con gestos de alguna forma.
    Esa es la situación de los ángeles caídos, y se dice que son esos hijos de allí que de verdad se mezclan con la manifestación de los seres humanos, con sus hijas, la parte femenina visible, manifiesta en cada persona. Se mezclan, y el resultado son los gigantes mencionados en Génesis 6,4. A las personas que están orgullosas de sus nombres, de su importancia, su cargo, su posición social, se les llama gigantes en la Biblia. Intentemos traducirlo a nuestra vida y no proyectar de inmediato a los demás. Porque todo eso vive dentro de nosotros, somos seres humanos a imagen y semejanza de Dios. Ahora, si esos hijos del cielo, esos así llamados ángeles caídos están aquí en el mundo, la consecuencia, como diríamos hoy en día, es una necesidad inmensa de información. Viene el diluvio, “mabul” en hebreo –la palabra está relacionada con babel, confusión–. Y si hoy hablamos de una inundación de informaciones, hablamos justamente de esas masivas comunicaciones, que más que informar, confunden. Se siente un terrible sentimiento de soledad. Habría que saberlo todo, pero es imposible, solo una pequeña parte tiene cabida. La persona renuncia, se ahoga. Traduciendo estas imágenes del diluvio a nuestras vivencias, significan dureza en la imposición de nuestros intereses; envidiar el amor; pensar y hablar mal del otro; la necesidad de criticar el tiempo, la juventud, los mayores, etc. Con estas imágenes obtenemos una idea de lo que es el tiempo del diluvio. Al mundo y a los seres humanos se les inunda con masivas comunicaciones sobre naderías y se ahogan en ellas. Y siempre cuando se vive el diluvio, se piensa en el fin del mundo, se habla de perplejidad y desesperación. Nada marcha, no existe nada, todo es demasiado, no se puede soportar.
    Sobrevivir en la palabra.
    Existe un hombre llamado Noé, y es la décima generación desde Adán. Lo décimo es siempre el final de una serie, de hecho, es el ahora sempiterno. “Noaj” en hebreo, Noé, significa consolación, consolar, apaciguar, descansar. La consolación llega si se es suave y si la calma entra en la vida. Cuando no se exige su derecho, más bien, cuando se acepta. Quien quiere imponer su derecho, no llega nunca a ningún fin. Muchas historias cuentan de ello, que en realidad nunca puede hablarse de justicia, porque siempre hay alguien que quiere castigar al otro. En la tradición judía existe un pequeño relato del cabrito, que se cuenta en Pesaj, y que va como sigue: mi padre compró un cabrito por dos monedas. Y vino el gato y se comió al cabrito. Y vino el perro y mordió al gato. Y vino el palo y pegó al perro. Y vino el fuego y quemó al palo. Y vino el agua y apagó el fuego. Y vino el toro y se bebió el agua. Y vino el matador y degolló al toro que se bebió el agua. Y vino el ángel de la muerte y mató al matador que degolló al toro. Y vino el Santo Bendito y eliminó al ángel de la muerte. En otras palabras, la justicia aquí es fuente de una sucesión de actos, cada uno encaminado a reestablecerla, castigando al culpable. Pero así es imposible alcanzarla. Un relato para niños, se dice; se cuenta al final de la noche de Pesaj, muy tarde, después de finalizar el banquete. Al final del tiempo los niños están somnolientos y solo pueden escuchar historias. Y cuando los niños –que somos nosotros mismos– escuchan historias, entonces todo está bien, entonces estamos en el camino de la salvación. Volviendo a nuestro asunto, la décima generación es “Noaj”, Noé, el consolador. Tiene una relación con Dios, porque si tú quieres consolar es ya la prueba de tu relación con Dios, es la seña de que estás unido a Él.
    Dios le indica a Noé cómo sobrevivir al diluvio, a ese flujo sin fin de informaciones. Le dice: ¡constrúyete un arca! “Arca” en hebreo es “tevá”, y significa en primera instancia, palabra. Es decir, Dios le dice que debe construirse la palabra. No la palabra que rompe el silencio, la palabra articulada, más bien la palabra que vive en el interior sin ser pronunciada, pero que es fundamento de vida. La palabra silenciosa, la vivencia que queda dentro, que no tiene la necesidad de explotar fuera, salir de la boca con gran estruendo. Constrúyete esta palabra, dice Dios. 300 codos de largo, 50 codos de ancho y 30 codos de alto. Y ahora es curioso constatar que esas tres medidas dan la palabra lashon30-300-50, es decir, lengua, idioma. Se comunica aquí un secreto del idioma que está prácticamente en la superficie y, por tanto, invita a que se descubra y se examine en profundidad. Y llévate al arca todo lo que pertenece a tu vida, animales y plantas y todas las personas que son parte de ti. Se trata de la palabra que permitirá que vivas, cuando todo se hunda. La palabra que es en el principio como dice Juan, la palabra que está con Dios, la palabra que es Dios y que se hizo carne, como dice después. Si corremos peligro de ahogarnos en esas masivas comunicaciones, –o si nos encontramos ya en medio del remolino– sepamos que el consuelo ya está. Puede que el dolor propio o ajeno lo despierte en nosotros.
    También, por ejemplo, en la desesperación por una noticia dura: así y así estás, científicamente no hay remedio. También aquí se hará sentir lo suave, lo consolador. En tal situación se le comunica al ser humano que existe la palabra. No la oye con los oídos, pero en la escucha atenta, la acepta. Que realmente todo sobrevive porque existe la palabra, que la palabra viene del cielo, que es la palabra del principio mismo, con Dios y de Dios. Y Noé entra en esa palabra con las medidas referidas del idioma. Porque una palabra sin estas medidas conocidas, está muerta, no tiene vida. Si escucho una palabra en una lengua desconocida, no me dice nada, es incomprensible para mí. La medida de la palabra es la lengua, el idioma. Poder entrar y en el consuelo sentir la palabra, el sueño y toda la vivencia; y así, sobrevivir. La Biblia cuenta de Moisés que sus padres le colocaron en una canastilla para preservarle de la muerte que Faraón tenía prevista para todos los niños hebreos recién nacidos. (Éxodo 2,3). La palabra hebrea usada para aquella canastilla es tevá, es decir, la misma palabra que aparece en el relato del diluvio y que habla de un arca. Y Moisés sobrevive, porque es colocado en la palabra.
    La palabra callada.
    ¿Qué clase de palabra es y cómo debe desarrollarse el asunto? ¿Es una palabra soñada que el ser humano desea conocer? Porque tiene anhelo de recibir una respuesta, de tener un encuentro. Se dice, sin embargo, que esta palabra no puede ser pronunciada con las consonantes y vocales que conocemos, porque nos falta una consonante, la número 23, que debe completar las 22 consonantes hebreas conocidas. Con esa consonante podría traducirse todo, expresarse todo. Pero de momento solo podemos vivirla en el silencio. ¿Puede que quizás se muestre en un gesto, en un movimiento o en una expresión de los ojos? No, se suele contestar, porque el ser humano se muestra siempre con una sonrisa en los labios y una lágrima en los ojos. Significa que permanece no articulada, no se sabe si es felicidad o dolor. La palabra verdadera no es la palabra hablada, sino la callada. Mucha gente tiene la necesidad de comunicarlo todo con gran locuacidad, aunque se den cuenta de que mucho cae sobre piedra y se pierde. Esa palabra callada, por el contrario, habla del temor de tener que expresar lo que mueve el alma. Esa tevá, esa arca, ¿a dónde lleva al ser humano? Desde la confusión, a otro mundo. No al cielo, sería la muerte. Pero quizás también a una especie de muerte. Porque se dice que la muerte se corresponde con el sueño o el silencio. Y el ser humano como Adán, se llama yo asemejo y también yo callo. Es en el silencio donde se muestra la semejanza con Dios. En el arca se pasa a otro mundo.
    En el arca hay muchas vivencias; grandes tormentas, la palabra parece romperse, como se dice. Muchos relatos cuentan de las grandes agitaciones en la tevá. Luego viene el momento en que se instala la calma, el momento en que el arca reposa en el monte Ararat. Esta palabra suena como una repetición; en la costumbre judía, ararat designa la suave melodía con la cual se lee la Torá. No una lectura seca, más bien un leve cántico, que da a tu lectura, por así decir, una vida propia. Tú aprenderás sobre las olas de ese cántico. Pero el verdadero significado de la palabra Ararat es: oculto en la dualidad. Su valor numérico es 410, “ararat”, 1-200-200-9, que es idéntico con el valor oculto del número dos, de la letra “Bet”, 2-10-400 = 412 valor lleno, 410 valor oculto. Significa que el arca no reposa sobre el lado visible de la dualidad sino sobre su lado oculto. Se trata del origen doble del ser humano, del lado que se muestra en el silencio. No se anuncia diciendo aquí estoy yo y eso es eso y ahora toca discutir. No, es el fundamento en el silencio. Se dice igualmente que el amor entre hombre y mujer sucede en el silencio, en lo oculto. Si está basado en esa dualidad oculta, vendrá el fruto. Ahora la “tevá”, la palabra, podría abrirse.
    El arca se abre y todo sale de la palabra. La palabra lleva mucho, infinidades pueden nacer de ella. Mis palabras también son ahora el arca que navega a través del espacio hacia ustedes. Si las aceptan, al escucharlas, pueden abrirse. Todo lo que está oculto en la palabra –mucho más de lo que era mi intención poner en ella– puede abrirse y expandirse. Para todo ser humano existe ese secreto de la palabra y su eficacia está, ante todo, en el silencio. Y el silencio del que hablamos, no implica siempre la ausencia de ruidos. Porque cada palabra hablada se acompaña de la palabra silenciosa, en tonos superiores, que no son audibles ni pueden ser registrados con ningún aparato. La palabra hablada lleva todo el ser humano consigo; su Ser está también en el tono articulado, de forma que vibra mucho más que lo que se oye. Igual sucedió con Moisés, que estando en la canastilla le saca del río la hija de Faraón. De esa forma comienza su camino como libertador, como rey; no en un sentido político sino humano. A él se le darán las diez palabras en el Sinaí.
    El camino del mundo, como drama de amor.
    El diluvio es una realidad permanente en el mundo. Confusión, desesperación. Es demasiado, no se puede soportar. En tal situación ¿Cómo llegar a conocer al otro, al mundo? Y al mismo tiempo la necesidad de consuelo. Y anhelando el consuelo, se construye la palabra. Las medidas son de Dios, no son tus medidas. Dios las da, porque quisiera regalar el amor, la vivencia de la reunificación con Él. Dios mismo desespera por causa del odio que su amor llama a existencia. Celoso como un amante despechado dice: Yo os aniquilaré. Decepcionado porque lo esperado no llega, quiere castigar al culpable. Dios no es solo el frío espectador, es también celoso y a veces, furioso. Para aquel que ama es un asunto profundo y esencial, de no ser así, no sería amor, sería solo un juego. Y para eso, creo, la vida es demasiado seria. Todo el camino que hacemos en el mundo es una relación de amor. Y creo que Dios desespera de la misma forma que nosotros desesperamos. También en eso nos asemejamos a Dios, como lo dice el nombre Adam, yo asemejo. La semejanza es de los dos lados. En el diluvio, como posibilidad de experiencia, viene el punto en que el arca se abre.
    La palabra se abre y todo sale, y no solo aquello que es comprensible intelectualmente, como a veces nos imaginamos. La palabra contiene mucho más. Una felicitación, por ejemplo, no es simplemente una fórmula que se dice por cortesía, es una palabra que como un arca navega hacia el otro y que puede abrirse allí. Toda la vida sale de la palabra, la palabra lleva un mensaje. Besorá, la palabra hebrea de “mensaje”, viene de basar, carne. Significa: el mensaje, la palabra se hace carne, se concretiza. La palabra lleva infinidades, solo que somos incapaces de verlas con nuestra vista limitada. Y porque la palabra es de Dios, lleva también esa cualidad del amor. No hay relación directa, perceptible, pero se puede sentir su efecto. Ningún amante requiere una prueba del exacto contenido de la palabra. Para ellos la palabra, el deseo es bastante. Pero hay que estar abierto para que el deseo pueda tener efecto. Si uno está cerrado, si solo dice bonitas palabras ¿qué puede comprarse con ellas? El mensaje no puede concretarse.
    Shem, Jam y Yafet.
    En relación con los maestros de Abraham, que es el primero en la fe, hemos hablado ya de Shem, que junto con Jam y Yafet forman la trinidad de los hijos de Noé. ¿Qué hace un maestro? Como un amante, transfiere lo más precioso de su vida a la vida del otro, juntándolo en unidad. Su entrega es total, se borra a sí mismo, podríamos decir. Shem, casi siempre traducido como “Sem”, significa como sabemos nombre, es decir, la capacidad de poder nombrar, lo que posibilita que haya un idioma. Como hijo de Noé es el fruto del consuelo. Noé transporta al mundo a la otra orilla. Significa que dentro de nosotros, aquello que pide consuelo y que es capaz de dar consuelo, transporta nuestro mundo desde el caos hacia algo nuevo. No nos imaginemos ahora una sucesión temporal: en primer lugar caos y luego el mundo nuevo. Es siempre simultáneo, no puede separarse. Son sentimientos que estamos viviendo. Pero volvamos a esa trinidad de los hijos de Noé. Shem significa “nombre”, Jam, “calor” y Yafet es “expansión, belleza”. En el relato de la Biblia leemos que Noé abre el arca cuando la paloma vuelve con el mensaje de que el mundo se ha secado. La paloma, yoná, en hebreo, como el profeta Yoná, Jonás, tiene el secreto que siempre vuelve a su origen. Noé la manda lejos y ella vuelve con un mensaje, con la hoja del olivo.
    Veremos qué nos cuenta esta imagen. Según la tradición, la oliva es el sexto fruto (Deut. 8,8), el fruto del sexto día, del viernes. Su sabor es amargo. La oliva es cosechada en el sexto día, se prensa en el sexto, séptimo y octavo día, hasta que, en el octavo día, tengamos el aceite. He mencionado ya que la palabra shemoná, ocho, viene de shemen, aceite. Después de los tres días de prensado, los tres días en el mundo subterráneo, en el infierno podríamos decir, en el octavo día tenemos el aceite. La paloma lleva el mensaje de la oliva, que significa: en este mundo al que accedes saliendo de la palabra, te encontrarás también con lo amargo, con el dolor. Pero piensa que esa amargura es la materia prima, el material de base para que obtengas aceite, ese aceite del ungido, esa envoltura del cielo. Después de que Noé ha salido del arca, junto con todos los suyos y todos los animales, planta un viñedo, bebe del vino y se embriaga. Mientras que duerme, se destapa. Uno de los hijos ve la desnudez de su padre y se burla de ella ante sus hermanos. Los dos hermanos no miran, toman una capa y andando hacia atrás, cubren la desnudez del padre. Cuando Noé despierta y se entera de lo que su hijo menor ha hecho, le maldice. ¡Serás siempre el siervo de tus hermanos! Y bendice a los otros dos. Engrandezca Dios a Yafet, y habite en las tiendas de Shem. (Génesis 9, 20-27). En el siguiente capítulo, el décimo, se nombran los 70 pueblos bíblicos. No hay que intentar identificarlos ni en geografía ni en historia, porque son pueblos en el más allá. Viven dentro de nosotros. Según la tradición, en el barco en que el profeta Jonás está huyendo hacia “Tarshish”, esos 70 pueblos están presentes, representados por 70 marineros. Dentro del ser humano significan una multitud de vivencias y posibilidades de expresión.
    El pecado después del diluvio.
    El relato de la embriaguez de Noé es como un sueño en lo más profundo del ser humano, que pide una interpretación. Muchas historias de la tradición hablan de ello. Veamos: en la serie ya mencionada de frutos, la vid es el tercero. El primer fruto, situado en el lado derecho, es el trigo. Con el trigo se hace el pan y es representativo del cuerpo del ser humano. El segundo fruto es la cebada y se sitúa en el lado izquierdo, luego el tercer fruto situado en medio, la uva, la vid, el vino, un fruto doble. En toda dualidad, hay dos que están enfrentados. De un lado, en el vino, el secreto de la semejanza del ser humano con Dios, de otro lado la posibilidad de la caída en la embriaguez. La embriaguez, por así decir, vence a la semejanza. Son los malos espíritus, los ángeles caídos podríamos decir, los hijos del cielo que se mezclan con las hijas de los hombres, provocando la embriaguez del ser humano. Hay que añadir que el pecado de la embriaguez no es solo de vino, sino en general, de los estudios, de la carrera, de la posición social, del dinero, del tener razón etc. De todo aquello que ciega al ser humano para lo verdaderamente importante de la vida. Ese suceso después del diluvio, es el mismo pecado que el del paraíso. Porque el árbol de la vida y el árbol del conocimiento, se sitúan también como alternativa frente al ser humano. El árbol de la vida: lo hago por amor a Dios, porque me lo pide y porque me ama, y quisiera amarle también, sin investigar. El árbol del conocimiento: Necesito saber, necesito la prueba de que sea verdad, entonces haré lo que me pide. Aunque para el amor, podría ser demasiado tarde. Esa es la alternativa. Y vemos que el ser humano cae, es decir, va al otro extremo, quiere pruebas. Con Noé, estamos de nuevo ante la alternativa. Santificar el vino para la bendición en el “Kidush”, o lo normal, la norma, la embriaguez. Y de nuevo la caída. Podríamos preguntarnos ¿Por qué es el ser humano tan terco? ¿Está el pecado para que pueda haber misericordia? Quizás tenga relación con el amor. A pesar de todo te amo, a pesar de tu caída, dice Dios.
    De la misma forma que en el Cantar de los Cantares, la sulamita dice: Sí es verdad, la viña que era mía, no la guardé. Pero a pesar de todo tiene anhelo de su amado, porque está convencida: si me ama, aceptará incluso eso y no dirá que debo ser castigada y que debo cambiar. Nadie habla de cambiar. Es una conversación entre el amor de un lado y el amor de otro. Y así es, creo, la relación de todo ser humano con el cielo, con Dios, con los demás seres humanos, con los animales y las plantas. Una relación con vistas a cualquier utilidad, es impudicia, está escrito. Está escrito que en la embriaguez se despliega el origen biológico, el ser humano constata que nuestro origen está en unos seres unicelulares, esperma y óvulo, etc. Significa que un lado de nosotros ve ese origen y, con sonrisa burlona, dice: fíjate, somos eso. Nuestro origen es de aquí, no hay más. En algún momento hubo un estallido original que dio lugar a una sucesión de desarrollos que podemos seguir en la física, química y en la biología, hasta que al final de todo desarrollo, venimos nosotros, los humanos. Y nuestros conocimientos van creciendo, nuestro campo de visión aumenta, pronto manipularemos cosas que hasta hace poco no nos hubiéramos ni imaginado. Ese es uno de los lados del ser humano, el lado de Jam. (Según la tradición, se trata en realidad del hijo más joven de Jam, de Canaán).
    Significa que tenemos algo dentro de nosotros –secretos del ser humano– que percibe todo eso y que siente, aun sin pruebas científicas, que debe ser verdad. Ante todo Sigmund Freud y la psicología están trabajando con ese secreto estremecedor, que aquí solo puedo mencionar fugazmente. Pero con ese secreto en la mano, algo dentro de nosotros topa con el otro lado, el de Shem y Yafet. Ese otro lado no quiere saber, no quiere dirigir la atención a ese origen, a esa estructura del ser humano. Que de hecho no es incierta; vista desde un punto científico, es cierta y correcta. A pesar de todo, surge una reacción inesperada: Shem y Yafet, los otros dos hijos de Noé se unen, tomando un “simlá”, vestido, manta, túnica. Esta palabra tiene relación con el lado izquierdo, porque es siempre el lado izquierdo el que envuelve, que tapa lo que en el lado derecho es el núcleo. Con ese vestido se acercan al padre, andando hacia atrás, conscientemente no queriendo ver. No creo que lo hagan por obligación, que se estén forzando. Por nosotros mismos, debiéramos no querer verlo. En todo caso, tenemos algo dentro que no quiere ver. Estos dos tapan la desnudez y porque lo hacen, reciben la bendición. Noé despierta y se da cuenta de lo que es el ser humano. Siente que ese lado que no quiere ver lo exacto, eso tan visiblemente terrenal, debe recibir la bendición.
    Bendición de Shem y Yafet.
    Toda bendición es bendición del aquí y del allá. No es bendición únicamente para que tengamos una vida rica en sentido material, que se desea gustosamente a todos, ni tampoco únicamente una buena vida en lo oculto, en el más allá, después de la muerte como suele decirse, sino que más bien es que toda bendición es para los dos lados, los dos mundos. Por ello, en hebreo, la palabra barak, bendecir, se escribe 2-200-20, es decir, 222. La dos en los tres niveles que conoce la lengua. La palabra conoce las letras de la unidad, es el ayer, las letras de la decena, el presente y de la centena, el futuro. (Vean mi libro Letras de Vida). Se trata de un conocimiento antiguo, sepultado, pero muy vivo. Toda bendición quiere decir que haya buena vida, no solamente en lo oculto, en el misterio, sino también aquí, en lo material. Olvidamos a veces que la vida aquí también quiere ser vivida con gusto. Todo lo que se nos ofrece como belleza y hermosura es tan atractivo, porque quiere salvarse. El encuentro con el ser humano es salvador para la naturaleza y para el mundo. Porque está a imagen y semejanza de Dios, casi, podríamos decir que es representante de Dios en toda situación. Significa que la vida no quiere ser vivida unilateralmente, solo aquí. Sería de nuevo la borrachera. Rechazo todo aquello que conlleva porque amo. Y si amo quisiera justamente que todo aquello que conlleva la embriaguez se me acerque, por así decir, en otro nivel, para unirse conmigo y en el reconocimiento, permanecer. Por esta razón se junta Shem con Yafet, y reciben la bendición.
    Engrandezca Dios a Yafet y habite en las tiendas de Shem (Génesis 9,27). Se traduce siempre en las tiendas de Shem, aunque el texto no se refiere a tiendas de nómadas, sino más bien, a un lugar de residencia que no es fijo. Puede levantarse, empaquetarse y transportarse a otro lugar. Quiere decir que sea una situación de libertad. Los padres vivían en tiendas, e Israel en su camino a través del desierto también vive en tiendas. Es una imagen de la vida. ¿Quién es Yafet? Es el padre de “Yavan”, que significa “griego”. “Yavan” se escribe con las mismas letras que yoná, paloma, como el profeta Yoná, paloma. Y porque “Yavan”, el griego, dentro del ser humano, va junto con Shem, siendo hijo de Yafet, de la belleza, es la belleza que se extiende. Como un campo lleno de flores se extiende a lo largo y a lo ancho. “Shem” significa “nombre”, como hemos dicho ya. Puedo dar nombre a las cosas y así establecer una relación con ellas, para que signifiquen algo para mí y para que me pertenezcan. Dios en su nombre el Señor, es llamado simplemente ha-shem, el nombre. El nombre porque en Dios viven todas las cosas que tienen un nombre, todas las cosas que podemos nombrar y también aquellas que aún no podemos nombrar. Todo está en Dios, Dios tiene relación con todo. He señalado ya que, en la tradición judía, Shem es idéntico a Melquisédec, que juega un papel importante en la Carta a los hebreos en el Nuevo Testamento. El nombre significa “mi rey es justo”. “Melqui”, mi rey, y “tsedek”, justo, como el “Tsadik”, el justo, el honrado. Tsadik tiene relación con “tsadi”, gancho de pescar. Sacar los peces del agua, los seres humanos del tiempo, para que no sigan encarcelados por el tiempo, para liberarlos y elevarlos a la vida verdadera, la eterna. Aquel que puede hacer eso es un “Tsadik”, casi siempre traducido como justo, honrado, piadoso.
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    Elaborado por David Saportas
    44 min
  • Experiencias Divinas: Una Pequeña Guía por los Primeros Capítulos de la Biblia – Parte 2
    Experiencias Divinas:
    Una Pequeña Guía por los Primeros Capítulos de la Biblia – Parte 2.
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    Relación y secreto.
    El segundo relato de la creación cuenta pues una relación. En el principio mismo, Dios el Señor forma al ser humano, no solo al final. Y a ese ser humano se está comunicando ahora algo, mientras que, en el primer relato, solo está, masculino/femenino. La comunicación que recibe es la siguiente: fíjate, estás en un jardín, donde debes proteger y guardar algo. (“Garten” en alemán, “garden” en inglés, “garder” en francés, hablan de la guardia, de guardar algo). Estás ahora en un mundo, en el que tienes que preocuparte de algo. Casi podríamos decir que estás en un mundo que te llevará a cuidar de algo. Todo en el jardín está a tu disposición, solo una cosa –por amor a mí podríamos decir– no la tomes. No preguntes, hazlo por amor a mí. En viejos comentarios a este pasaje se dice: si el ser humano hubiera podido coger de todo, hubiera muerto de aburrimiento. ¿Y por qué eso no? –pregunta pertinente–. ¿Si me ama, por qué dice eso? ¿Para qué un secreto que seguirá estando entre los dos? Hay dos árboles, el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal. Justamente ese árbol del conocimiento del bien y del mal, déjalo para mí, dice Dios. Si me amas, no cojas de sus frutos, Yo te daré vida, pero no preguntes. Aquí encontramos el fundamento de toda relación. ¿Puedes vivir con un secreto? ¿Es posible que no tengas que saber todo? Entonces la relación será posible.
    Bueno, ustedes saben cómo sigue la historia del paraíso. El ser humano coge de inmediato del fruto del árbol del conocimiento. Y lo que sigue es un gran drama y toda la Biblia cuenta ese drama. No se trata de la destrucción del ser humano, más bien, la infidelidad es el principio de una relación. Comienza con una traición, un no-poder creer, una necesidad de pruebas. Pero Dios sigue amando al ser humano hasta el final. Tienen reiteradas disputas y una vez tras otra el ser humano se equivoca, porque quiere saber. Y de nuevo una escena de celos: ¿Por qué necesitas saber? ¡Créeme, déjame un secreto! En otras palabras: ¿de verdad debes colocarlo todo bajo la luz el proyector? Porque si un secreto puede quedar, es bueno; puedes demostrar así el amor y la fidelidad. Viene pues el otro lado de la creación, que se junta con el lado de la justicia y del orden. Viene la relación, que queda rota de inmediato, allí donde el ser humano se encuentra en tiempo y espacio. Pero la tradición dice que el pecado sucede en el paraíso, no en tiempo y espacio. Ese pecado es pues algo inherente, oculto en el ser humano, y por ello está prácticamente obligado al pecado, a la infidelidad, a no poder confiar ni en sí mismo, ni en su destino, ni en su entorno.
    Condicionado también a no poder creer, y no precisamente en un dogma o alguna frase hecha, sino creer y tener fe para la entrega. En el sentido de aceptar. En el mismo sentido, poder creer en los demás, en otras culturas y no solamente en la cultura europea. También en la japonesa, india, australiana, indígena; creer en los musulmanes, judíos, protestantes, católicos. Podríamos abrirnos al mundo en la fe y no solo limitarnos a nuestra comunidad porque está demostrado que es buena. ¿No se abre el mundo? Podemos visitar países en todo el globo y recibir visitantes de todo lugar. Es decir, se muestra un lado de la vida donde existe la infidelidad. Y la llevamos al mundo, quizás también para poder experimentar ser amado a pesar de todo y poder amar también a aquel que no es capaz de ser fiel. A veces se oye: si Dios permite eso, no puedo seguir creyendo en Él. Quizás, según tus proyecciones, Dios fuera infiel allí, pero justamente en esta situación, podrías amarle. ¿O quisieras que hiciera exactamente lo que a ti te place? ¡Cuántas oraciones no son escuchadas, y a pesar de todo, se sigue rezando!
    El universo como espejo.
    Los dos relatos de creación en los dos primeros capítulos de la Biblia, en cierto sentido se contradicen. He escrito ampliamente sobre el tema en mi libro Creación en la Palabra. Pero justamente, encontramos esas mismas contradicciones en la búsqueda de nuestro propio Yo. Si solo nos buscamos a nosotros mismos, somos como Narciso que se ve reflejado en el agua y se enamora de su imagen. Significa no querer saber nada del mundo ni de lo que contiene y es una enfermedad terrible. Sin embargo, por otra parte, solo en esa situación podemos buscar y encontrar la sanidad y la santidad. No mires pues en el espejo, allí solo te ves a ti mismo. Mira al mundo, que es un espejo totalmente diferente. No te verás a ti, pero verás que todo te refleja a ti. El universo, las estrellas te reflejan, como está escrito en un manuscrito antiguo. Tú eres todo el universo, el universo es el espejo, no el espejo que solo te refleja a ti. Si ves únicamente tu imagen te pones agresivo, depresivo o buscas pelea, como se dice allí, o te pondrás triste. En ello se muestra el pecado, eres infiel frente a todo lo demás. Quizás en estas primeras anotaciones se habrán dado cuenta de que la experiencia divina es una experiencia propia; que Dios no solo está enfrente en el cielo, sino que también le encontramos dentro de nosotros.
    Aquí y allá y allá y allá.
    La palabra hebrea de “cielo” es “shamayim”, y dice algo extraño. “Sham” significa allá o allí, un lugar físico al que se señala. La sílaba final “ayim” indica siempre una dualidad; no dos iguales, más bien dos contrarios, izquierda y derecha. Por ejemplo, “yadayim”, las dos manos; “ragláyim”, los dos pies; “enayim”, los dos ojos. Están juntos y pueden funcionar correctamente. Con un solo pie es difícil andar; con una sola mano es difícil actuar. En una disposición, por ejemplo, no es necesario oír una voz, puede existir el silencio, y en nuestro lado oculto pueden oírse muchas cosas. Shamayim, cielo, por tanto, expresa una dualidad, un doble allá. El allá que está aquí lo es también allá. En unas palabras antiguas se dice que el allá de aquí, tiene enfrente un triple allá. Por esta razón se dice siempre aquí y allá y allá y allá. Podemos comparar con los tres amigos que cada ser humano tiene. Se mencionan varias veces en la Biblia: Abraham y sus tres amigos: “Mamre”, “Eshkol” y “Aner” (Génesis 14,13). Los tres amigos de Job, los tres reyes de Oriente que viajan a Belén. La palabra shamayim significa pues que lo que está aquí está allá y allá y también allá. Y es así en cada ser humano. Según nuestra estructura somos tanto terrenales como divinos, significa que ese allá y allá y allá está también dentro de nosotros. “Jayim”, vida, tiene también esa dualidad en su terminación ayim. No solo hay vida aquí. La vida está aquí y allá. Siempre estás viviendo aquí y allá, y allá y allá.
    Esta dualidad en la existencia del ser humano se muestra como dos amantes que se buscan. A veces la mujer está desesperada; es la imagen bíblica de la mujer sola, avergonzada. Es el mundo abandonado, la situación concreta dejada sola y que quisiera prosperar y dar fruto. Amor significa simplemente la búsqueda de una relación. Va desde lo más sutil del espíritu hasta la materia. Las dos historias de la creación de la Biblia –la Biblia como libro inspirado, comparada quizás con una comunicación soñada– de esas dos historias podría decirse que la una ama a la otra. Pueden verse historias de amor en todas las capas, no solo entre hombre y mujer, como lo sugiere el Cantar de los Cantares. Si solo existiese en lo concreto aquí, todo lo demás por así decir, estaría separado, colgando en el aire. Pero el amor solo puede existir si va desde un extremo hasta el otro, desde el extremo más sutil hasta el otro extremo en la materia más gruesa. Pero en la forma más gruesa material, está oculta la chispa divina, lo que permite que podamos reconocerla y tener una relación con ella. Al mismo tiempo significaría la liberación de la chispa.
    El Señor es Dios.
    Lo situación de los dos nombres de Dios, la encontramos también dentro de nosotros. Porque somos, como lo dice la Biblia, es decir, el Espíritu Santo, a imagen y semejanza de Dios. Todo lo demás tiene que ver con ese punto de partida en la dualidad. La experiencia de Dios sería entonces una experiencia en los dos lados. Con énfasis se dice en la oración del Shemá: Escucha Israel, el Señor nuestro Dios, es Señor es Uno (Deut. 6,4).Y ¿quién es Israel? Si Israel solo fuese un asunto de raza, de pasaporte o de sinagoga, podríamos encontrar esta frase bastante interesante. Teniendo en cuenta que se suele decir “es interesante” cuando no se entiende lo que digo. Pero quizás Israel es algo en el ser humano, una vivencia, una experiencia. De no ser así, la Biblia sería únicamente un objeto de estudio. Es decir, se trata de la unidad de los dos lados. Elokim, como vimos, es un sustantivo masculino plural. El nombre del Señor, el tetragrama, se escribe con terminación femenina. Y a pesar de ello no decimos señora, sino señor. Significa que Dios aparece aquí en el mundo de las relaciones bajo la denominación Señor. ¿Tienes una relación con Él, puedes aceptarle? ¿O quizás, como Tomás, necesitas pruebas? Muy bonito, dice Jesús, si se ve y luego se cree, pero bienaventurados los que no ven y creen. (Juan 20,29). Una relación no puede basarse en la convicción de la prueba. ¿Cómo podemos experimentar estos dos aspectos de Dios? ¿Dónde tengo relación con Dios como Elokim y dónde con Dios como el Señor? La oración Shemá constata la unidad y sigue: Y amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma y con todo tu poder (Deut. 6,5), con todo lo que puedes, con todo a lo que llegas. Amar al Señor tú Dios; conocemos el gran mandamiento: Ama a tu prójimo, incluso a aquel que está enfrente como enemigo. Significa: acepta que exista lo que parece ser enemigo. Pero lucha, busca la relación. Amar significa que no te da igual. Podría ser que solo si aceptamos esa otra realidad podrá sanarse mucho en el mundo y en el ser humano.
    El Ungido.
    Hemos hablado ya de la noción de unción y del ungido. Se suele pensar en una jarrita con aceite que se vierte sobre la cabeza del ser humano. Pero eso es solo uno de los lados. Como Escritura Santa, la Biblia es santa en los dos lados: aquí y allá, en la dualidad, en los dos lados. Si no, estaría dividida, es decir, enferma. De la misma forma que mi vida consciente –uno de los dos lados– está dirigida por todo aquello que vive de forma inconsciente en mí –el otro lado–. Así puedo entender la unción solo desde el otro lado, desde la imagen soñada. Hoy en día a veces se quiere demostrar que se sueña tal como se vive a diario. Pero es justo al revés. El reino de este mundo viene del reino del cielo. La verdad es que de tus sueños surge la vida diaria. Quisiéramos conquistar el cielo desde aquí, como lo cuenta el relato de la construcción de la torre de Babel. Pero la torre cae, el idioma se hace confuso y nadie entiende ya al otro. Todo lo de aquí únicamente puede entenderse desde el allá. Significa que debemos tomar la imagen soñada del ungido como punto de partida para nuestra comprensión de aquí. Y la imagen soñada dice que el ungido se envuelve enteramente del mundo del ocho. En hebreo, “shemen”, aceite, se escribe como “shemoná”, ocho. En el octavo día, se dice, los seis días de la creación se juntan con el séptimo. El ungido está pues envuelto del octavo, de la unidad, y aparece aquí. Es aquel que tiene ya hoy lo que para nosotros es venidero. Todas nuestras esperanzas y deseos y también toda nuestra desesperación –porque anhelamos, pero no sabemos si se hará realidad– todo eso, aparece aquí, es realidad aquí. Eso es lo que representa el ungido. Como hemos visto ya, de ese ungido está escrito que se movía sobre el haz de las aguas, es decir, se preocupa por los tiempos. Dentro de nosotros es así, está cumplido, podemos decir. El octavo día no es un asunto extraño, está aquí, dentro de nosotros.
    Doble comienzo del camino.
    La noción ocho nos indica un nivel más allá, más alto, una dilución, por así decir. La palabra ocho está también en la palabra “octava”, que señala un nuevo comienzo. Aún pertenece a lo viejo, pero ya también a lo nuevo, no hay separación cortante. Se repite en un nivel más alto, en un mundo nuevo, podríamos decir. El Mesías, el Ungido, como hemos visto, tiene relación con lo octavo. Significa que la vivencia con el Mesías, con la salvación, es un encuentro en una octava más alta. ¿Amo el encuentro con algo diferente, me atrae o me repele? Cristo es la palabra griega de Mesías, del Ungido. Y que estas palabras hablen del ocho es una sorpresa, un regalo; el idioma mismo deja que vivamos este milagro. Y basado en este hecho podríamos preguntar: en realidad ¿qué es la salvación? El evangelio de Mateo comienza con la genealogía de Cristo, y como primera persona nombra a Abraham. Lucas, que también comunica la genealogía de Jesús, comienza con Adán (que fue de Dios) (Lucas 3,38). También aquí vemos ese doble fundamento que todo sujeta, los dos lados. La dualidad parece ser algo que despierta nuestro anhelo de resolver su contradicción, casi podríamos decir, para salvarla. Para que haya unidad, y que de la unidad pueda surgir un fruto. Comenzando con Abraham, se nombran 42 generaciones hasta Cristo, divididas en tres veces 14. La historia, el relato de la salvación comienza con un nombre, que quizás no solo en la historia juega un papel, sino también en nuestra vida, que en la vida de cada uno está inscrito como origen.
    ¿Quién es Abraham? ¿Qué nos dice ese camino a través de las generaciones y por qué justamente 42? Encontramos un paralelismo curioso en otra historia de salvación en la Biblia: cuando Israel sale de la servidumbre de Egipto, va camino del desierto y este camino está dividido exactamente en 42 estaciones. ¿Por qué comienza el camino una vez con Abraham y otra vez con Adán? Y en esta conexión recuerdo que el nombre Adam significa soy semejante y también, yo callo, estoy en silencio. ¿Qué significa el cuarenta y dos? Vemos que ese número aparece en varios lugares. Si partimos del ciclo anual con sus 12 meses, el camino de los 42, son tres años y medio. Y ese tres y medio lo encontramos en la profecía de Daniel, cuando habla de un tiempo, tiempos y mitad de tiempo (Daniel 12,7). También es extraño que la palabra hebrea “kokav”, estrella, se escriba con letras 20-20-2, es decir 42. Y en la historia de la salvación del Evangelio, la estrella se detiene sobre Belén: un camino ha terminado, entre el reposo. Shabat, diríamos, de “shev”, sentarse. Porque el camino ha terminado.
    Abraham y Nimrod.
    Abraham, por tanto, como comienzo del camino, como inicio de la salvación. Como un sueño que aún no ha entrado en la conciencia, que quedó totalmente olvidado, pero está como comunicación y, de hecho, ayuda a formarnos. A Abraham se le llama el padre de la fe, y he señalado ya que, en hebreo, “fe” es la misma palabra que “confianza” y “fidelidad”. Tener fe significa que no necesito pruebas y que tampoco las quiero. Justamente quisiera mostrar que otras cosas cuentan. Toda prueba exterior podría ser engañosa, porque lo que viene del exterior viene del mundo en la alternativa. Si se habla de Abraham como padre de la fe, no se refiere ciertamente a un padre en sentido biológico, sino en el sentido del origen. La primera noción que se anuncia es “padre”. ¿Dónde nace la fe? Justamente en este mundo soñado de Abraham, allí, comienza a anunciarse. No solo en la Biblia se habla de Abraham, sino también en el gran complejo de la tradición. Y en esas historias innumerables –mitos, dichos, leyendas– se muestra un diseño curioso. El rey de aquel mundo se llama Nimrod. Hasta hoy, ese nombre se asocia a la noción del cazador. Ese Nimrod sueña con el nacimiento de un niño que lleva su mundo a perdición. Significa pérdida, destrucción de una realidad de vida, fin de una fase de la vida. La vida no está nunca quieta, siempre cambia. Aun teniendo la prueba, y se ha comprobado que es así, no queda, el camino sigue. En aquel momento puede que haya sido justo y la afirmación haya sido correcta. Hemos visto que uno de los nombres del Mesías, es ese cambio, en el sentido de crecimiento, tsemaj, significa ninguna quietud, ninguna parálisis, ninguna inmovilidad. Nimrod sueña que va a nacer un niño que pondrá fin a su mundo. Tiene miedo y hace todo para evitar ese nacimiento, intenta todo con el fin de matar a ese niño. En ese intento mata a todos los niños que nacen. ¿Quién no piensa de inmediato en Herodes y la matanza de los niños? ¿Y en Faraón en Egipto, que mata a todos los niños israelitas?
    El miedo ante el niño.
    En las explicaciones se dice que el miedo a ese niño, es el miedo al niño en el ser humano. Como niño, todavía se tiene un pie en el otro mundo, o en todo caso, se está en la frontera misma. Como niños no somos aún ricos en experiencias, en conocimientos. Como niños ponemos confiadamente los brazos alrededor de la madre, y buscamos el alimento en su pecho. No hay reflexión sobre su conveniencia, hay fe. Y ese niño no muere. El tiempo pasa y el ser humano se hace adulto; pero el niño queda, podríamos decir, como su pasado, dentro de él. De la misma forma que muchas cosas de su niñez también orgánicamente, quedan. Así ese niño sigue estando presente. Porque evidentemente no se trata de ninguna matanza cruel de niños en un pasado lejano, se trata de la vivencia de esa experiencia dentro de nosotros. Ese niño que tanto temen Nimrod, Herodes y Faraón, es muy importante, es decisivo. No es por nada que está dicho: Dejad a los niños venir y no los estorbéis; porque de ellos es el reino de Dios. De cierto os digo que el que no recibiera el reino de Dios como un niño, no entrará en él. (Marcos 10, 14-15). Y también: Y cualquiera que escandalizare a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le anegase en el profundo de la mar (Mateo 18,6).
    ¿Somos capaces de tener la experiencia del niño en nuestra propia vida? ¿Podemos resucitarlo dentro de nosotros? ¿Vamos a aguantar que viva? Quizás quisiera levantarse. Y matar al niño significa que solo creo en pruebas, solo puedo creer si está demostrado científicamente. El niño recibe su alimento del pecho de la madre. En hebreo, “shadayim”, pechos y shamayim, cielo, son palabras casi idénticas. La única diferencia, una palabra se escribe con la letra “Dalet”, 4, y la otra, con la “mem”, 40. En otro nivel significa que el ser humano como niño recibe su alimento del cielo. Vemos pues que en el principio hay resistencia, no se quiere el nacimiento de Abraham, padre de la fe. Igual que Faraón, que quiere impedir el nacimiento de Moisés que debe liberar a Israel. El temor al niño también en Herodes y como consecuencia, la matanza de los niños. Vemos la conexión entre la fe y la ingenuidad del niño. No del niño tonto visto desde el adulto, sino del niño que está presente siempre en todo ser humano, aunque quizás sepultado, y que también lleva la relación con los padres terrenales, pero de forma diferente de como la psicología ha elaborado el tema. Porque el niño en el ser humano tiene padre y madre en el cielo, como también padre y madre en la tierra.
    Circuncisión.
    De Teraj, padre de Abraham, se dice que haya sido un idolatra. Significa que no es alguien que busca la unidad del mundo y del ser humano, sino más bien encuentra placer en la multiplicidad, en la imagen destruida, demolida, en las especializaciones de hoy en día. La Biblia traduce el nombre de Abraham como padre de muchedumbre de gentes (Génesis 17,5). No se puede tomar en sentido biológico, sería algo contrario a lo que dice su nombre. Como padre de la fe, de la confianza y de la fidelidad no está para una línea solo de personas, sino que es de una muchedumbre, multitud de pueblos. Abraham es el primero que, por la fe, recibe una nueva señal: la circuncisión. Y de nuevo topamos con el octavo, porque la Biblia dice que la circuncisión se haga en el octavo día (Génesis 17,12). El ser humano va a recibir vida en una octava mayor. Lo que en última instancia es una intervención quirúrgica en el niño de ocho días, es en realidad el anhelo de quedar libre, salvado de las ataduras del mundo de la alternativa. Justamente a Abraham, Dios le comunica como respuesta a su fe: Ahora viene un pacto, una alianza entre tú, ser humano y Yo. Ahora sucede la unión entre lo de aquí y lo de allá. Justamente en el octavo día. Es decir, de nuevo aquello de lo que hemos hablado en conexión con la unción: el Mesías, el Ungido, la vivencia del octavo.
    Lo que le pasa a Abraham, tiene que ver con su mujer Sara, de la que la Biblia dice que es estéril. En hebreo, la palabra estéril se escribe exactamente igual que la noción asunto principal. El asunto principal no puede nacer, queda encerrado, no puede salir. En la naturaleza hay algo que impide que ese asunto principal pueda mostrarse. Y Abraham, como sabemos, desea tener un hijo. ¿Qué puede significar ese hijo? También aquí, la palabra puede abrirnos perspectivas insospechadas. En hebreo, “hijo” y “construir” tienen la misma raíz. Construir, no en el sentido “yo construyo”, más bien de que “se construye”, como la Biblia lo dice en varios lugares, por ejemplo, en la construcción del Templo. Es decir, el asunto principal es algo que se construye. De igual manera que el crecimiento del embrión no se realiza mediante ninguna intervención, más bien, “se hace”.
    El hijo que viene de otra parte.
    Con ese hijo especial viene algo que el padre quisiera vivir como experiencia. Es decir, que aquello que ha engendrado también en pensamientos, en esperanzas, en sueños, lo que ha engendrado desde allí, pueda aparecer aquí, pueda hacerse concreto aquí, pueda hacerse visible aquí en la materia. De la misma forma que tenemos la esperanza de la resurrección aquí, aquí en la última capa, en el mundo concreto. Abraham anhela ese hijo, porque se le ha prometido que podrá estar también en este mundo, que no hay nada excluido, que todo es posible. A este hijo se le nombra en relación con la noción semilla. Semilla, simiente de fertilidad, con que construir algo nuevo. No “yo construyo”, más bien “se construye” a través de mi persona. Y ese “se construye” solo viene mediante la unión de dos partes: cuando lo masculino y lo femenino se unen, viene el fruto. Es decir, también del cielo y de la tierra, de lo oculto y de lo visible. El fruto de lo material con lo inmaterial puede ser verificado en lo biológico. Está claro. Pero que lo material tenga un fruto aquí, mediante una intervención del más allá, nos parece completamente imposible.
    “Zera”, semilla, en hebreo –el hijo prometido a Abraham– puede leerse también como “Zé ra”, eso es malo. No se refiere al mal en sentido moral, sino a algo que va mucho más allá. Comparado con la calidez del amor creador, nuestro mundo es frío, duro, petrificado, cercano al punto cero absoluto; naturalmente, no del todo, si no seríamos piedras. Vivimos, pero lo rígido está dentro de nosotros. “Zera”, semilla, dice: traspasa hasta la última capa donde está el mal y la rigidez que te petrifica. Significa que la salvación, la experiencia de Dios podrá ser vivida hasta en la última capa, no se detiene, no quedará suspendida en algún lugar en medio: hasta aquí y no más. No, llega hasta este mundo. Porque está escrito: De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, más tenga vida eterna (Juan 3,16). Se trata de un amor, un ser amado hasta la última consecuencia. Y es el caso de toda persona. Según la ley, ese hijo no puede aparecer aquí, y esperarlo sería absurdo. El asunto principal queda en el allá, no puede aparecer aquí, así es la ley. Pero Dios le promete a Abraham: Te nacerá el hijo aquí, saldrá de ti y de esa mujer. La mujer, lo femenino, como lo hemos hablado ya, es nuestra apariencia, el hombre es lo oculto en el ser humano. Por lo tanto, en cada ser humano, sea hombre o mujer, el cuerpo es lo femenino, el interior lo masculino. No el interior, pensando en lo que está oculto dentro del cuerpo, más bien el interior en el sentido del más allá, del recuerdo. La palabra recuerdo lo dice: ha pasado ya, o también, está por venir. Dios le comunica a Abraham: tendrás un hijo, no del cuerpo que conoces, es decir, de la mujer que aparece aquí, que tienes delante, sino de tu mujer Sara. El nombre de Sara significa señora, la parte femenina del señor, que es otra noción de “cuerpo”. El cuerpo que aparece aquí es la sierva de ese otro cuerpo.
    Si tienes un hijo de la sierva, de un cuerpo aquí, muy bien; pero el hijo que tú vas a recibir es de un cuerpo que está allá, que no aparece aquí. Cuerpo invisible, eterno podríamos decir, porque Abraham es hebreo, un “ivrí”, de más allá, de más allá del río, más allá del desierto. Significa también más allá de todo, de lo absoluto, más allá de aquí. Abraham es pues del más allá, y su mujer Sara es también del más allá. La apariencia real de toda persona es de otra parte. Aquí vemos que lo uno fecunda a lo otro y vienen hijos. Pero el hijo prometido viene de otra parte; no viene de la mujer aquí, sino del cuerpo eterno que es del más allá. En el cristianismo encontramos el mismo patrón: en primer lugar, la concepción de Ana de la cual cuenta la leyenda, y luego la de María, como está escrito en la Biblia. Lo que nace viene de otra parte, de un cuerpo que también aparece aquí. Es increíble, realmente risible, como lo dice textualmente el nombre de Isaac. YItsjak, Isaac, tiene la misma raíz que “tsajak”, reírse, burlarse, en el sentido: ¡Es imposible! ¡Qué ocurrencia! Dios le promete a Abraham que justamente eso sucederá. Y porque lo cree, Dios hace una alianza con él, la circuncisión, la vida en una octava mayor. Isaac es el primero que es circunciso en el octavo día. Abraham, en la circuncisión, tiene ya casi cien años e Ismael trece. Comprendámoslo bien: nosotros mismos tenemos la sensación de que es una locura, que es imposible. Esperarlo, decir sí a pesar de todo, es un asunto de fe. La esperanza dice que tengamos ese hijo, Isaac, ese imposible según la experiencia y la ley. ¿No pasa exactamente lo mismo con la resurrección? La vida, la muerte y el sepulcro, eso coincide con la ley, ¿Pero la resurrección? Vivir con esta esperanza a pesar de todo, aunque parezca inútil, confiar, aunque una vez tras otra quedemos decepcionados, trae algo enteramente nuevo: una vida que surge del cuerpo eterno, que contiene todas las variaciones, todas las posibilidades. Un Ser nuevo, con experiencias enteramente nuevas. Pablo señala la relación entre Isaac y el Mesías en su epístola a los Gálatas.
    Ver texto completo en siguiente link:
    https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2021/11/18/estudios-de-tora-3/
    Elaborado por David Saportas
    49 min
  • Experiencias Divinas: Una Pequeña Guía por los Primeros Capítulos de la Biblia – Parte 1
    Experiencias Divinas:
    Una Pequeña Guía por los Primeros Capítulos de la Biblia – Parte 1.
    Ver artículo escrito completo en mi blog:
    https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2021/11/17/estudios-de-tora-2/
    La escritura dentro de nosotros.
    Si yo les hablo a ustedes de las experiencias divinas de la Biblia, no lo hago como un teólogo para el que la Biblia es una acumulación de relatos y comunicaciones que han ocurrido hace miles de años y que luego, pasando por varios redactores, han encontrado su forma definitiva en el texto que tenemos hoy delante. Para mí –y naturalmente no solo para mí– la Biblia es una experiencia y ciertamente no un objeto de estudio. Además, creo que solo se puede vivir la Biblia. Si se la estudia, es como si miráramos a un atlas anatómico para llegar a conocer al ser humano. Hay toda clase de líneas rojas, amarillas y azules, pero el ser humano mismo, allí no está.
    Por ello quisiera hablarles de la experiencia acumulada en el transcurso de los años, pero que al mismo tiempo –así lo creo– estaba ya con anterioridad en mi vida. Y si hablo de mí no es porque quiera situarme frente a ustedes, sino porque espero que cada uno de ustedes sea capaz de vivir lo mismo a su propia manera. Por tanto, no hay ninguna docencia, como quizás estén acostumbrados a oír de teólogos o en círculos judíos, y si alguna vez utilizo sus términos, será en el sentido de tipos primordiales dentro del ser humano. Creo, además, que ese es el objetivo; que el relato de las experiencias se haga de tal forma que el oyente o el lector diga: ¡Naturalmente! ¡Lo conozco desde hace tiempo, lo he sabido desde siempre! Y que escuchando las palabras de ahora, sea capaz de revivir su propia experiencia, con renovada comprensión y alegría.
    En principio.
    El principio de la experiencia divina: La Biblia comienza con la comunicación de que Dios ha creado el mundo. “En el principio” es la traducción de la primera palabra. Y solemos entender ese principio como comienzo de una serie causal. En primer lugar eso, luego lo otro… Pero la palabra hebrea “Bereshit” puede ser traducida ciertamente como “en el principio”, pero en esencia significa “en principio” o también “en lo principal” o “en lo esencial”, es decir, se trata más bien de un comienzo en sentido espiritual y no tanto temporal. Puede que el ser humano situado en tiempo y espacio, lo viva de forma que parezca un comienzo temporal, pero siempre queda la pregunta: ¿Y qué había antes? Si Dios ha creado el mundo ¿quién ha creado a Dios? Las preguntas no terminan nunca, se puede seguir preguntando hasta el infinito. Las palabras “Dios creó el mundo”, me llevan a preguntarme seguidamente: ¿Es Dios algo que está enfrente, un poder que según su capricho pueda hacer conmigo o con el mundo lo que quiera? ¿O existe una posibilidad de relación que vaya tal vez tan lejos como para que yo me reconozca también en Dios, de la misma forma que Dios se reconoce en mí?
    El nombre Adam –palabra hebrea que significa “ser humano”– en sentido etimológico podría traducirse como yo asemejo, porque domé es asemejar y con la letra álef delante como primera persona, es decir, Yo. Pero esta palabra hebrea es, además, prácticamente idéntica con “silencio” y “callar”. Lo que significa que tal semejanza solo puede ser expresada en el silencio. Dios dice de la creación que es buena en gran manera (Génesis 1,31), y la termina con el ser humano, la corona, con Adam, con la noción yo asemejo. ¿Quién lo dice? Dios le llama así al ser humano, le ve como aquel al que puede decir: Yo le asemejo. Y el ser humano se llama yo asemejo. ¿A quién? Quizás justamente a aquel que tiene enfrente. También aquí, en la semejanza, uno está frente al otro. El creador crea y allí donde la creación llega a su cumbre, donde aparece el Ser más alto, dice: yo asemejo. Para mí, el mundo es concreto, está aquí. Dios, innombrable, no comprobable, está enfrente.
    No lo digo en cuanto a distancia, porque significaría en frente en el espacio. Podríamos verlo así: enfrente, pero con signos diferentes de los que forman mi Ser. Si aquí está lo concreto, entonces justamente enfrente está lo inconcreto hasta aquello que sentimos que es la nada. La nada, por tanto, está también enfrente. Es curioso que la palabra hebrea que designa la nada, se escriba con las mismas letras que Yo. La historia de la creación me muestra en primer lugar, como primera experiencia, la llegada al mundo, diciendo que aquel que me da el Ser, me asemeja. No es que un lado excluya al otro, al contrario, juntos forman la perfección. En este sentido, la creación sería algo muy curioso: ser creado desde una fuente en la que yo también estoy; y el creador que saca de esa fuente, también está en la creación aquí.
    En el cristianismo existe la noción “hijo”: es la presencia de Dios, del Padre, en el sentido de aquel que salva, sana, aquí en el mundo. Ante todo, no hagamos ninguna separación entre un lado y el otro. Al contrario, se habla de unión. El principio de la creación que estamos intentando sentir, dice que el mundo ha sido “tohu va-bohu”, una expresión que ha entrado también en otras lenguas y que significa un caos. En hebreo significa confusión, pero una confusión que contiene el principio del orden. La expresión “bohu” puede traducirse como en él está. Así podríamos ver nuestra propia vida y nuestro destino como algo muy caótico y a pesar de ello, podríamos, como una provocación, sentir: ¿No puede haber algún orden allí a pesar de todo? ¿No hay algo que da un sentido a todo? De un lado la desesperación, la confusión; de otro lado la sospecha de que pueda existir alguna relación. Expuestos a cualquier situación, es decir, colocados aquí en lo concreto, nos viene el sentimiento ¿De dónde vengo yo? ¿Podría ser que solo sea comprensible si incluyo el origen, ese otro lado, a ese que está enfrente? ¿Y podría encontrarme yo a mí mismo solo desde allí, donde mi lado está unido con el otro lado? ¿Es posible que me encuentre a mí solo desde allí?
    Después de contar que el mundo, la tierra es “tohu va-bohu”, sigue el relato diciendo: y las tinieblas estaban sobre el haz del abismo. Tinieblas y abismo, imágenes que podemos reconocer en nuestras vivencias como imágenes soñadas. ¿Pero cómo soñar con la noción tinieblas? Tinieblas, está dicho, significa rigidez. Así son las cosas, no pueden cambiarse. En este sentido la posibilidad del cambio no existe. Por ejemplo, si desarrollamos fórmulas, teorías, esquemas, estamos quizás atrapados en la oscuridad. La palabra abismo, “tehom”, se escribe casi igual que “tohu”. Decimos abismo porque en el caos todo parece sin sentido, una inmensa desesperación. Reina la rigidez, nada se mueve. Pero el ser humano tiene necesidad de un camino, de una posibilidad de poder desarrollarse. Podemos intentar introducir esta vivencia de la creación en nuestra vida. Porque no se trata de una historia que haya sucedido alguna vez fuera de nosotros, en tiempos remotos, sino que nos concierne, estamos incluidos en ella. Quizás nuestro mundo sea un “tohu va-bohu”, un caos con abismo y tinieblas. En todo comienzo nos encontramos en una situación desesperada, en cada percepción del entorno. Así es, imposible de cambiar. Y el niño que nace, quizás, se siente así. Y una y otra vez, en cada situación nueva nos encontramos así, quizás sin ni siquiera ser conscientes sino más bien en nuestra inconsciencia. ¿Puede venir de allí el sentimiento de disgusto, de mal humor? Desde allí algo nos dice que todo es un fastidio.
    Pero ¿por qué, de dónde viene ese disgusto? Quizás, para que dentro de mí pueda crecer el deseo de algo distinto. Solo de aquello que tenemos frente a nosotros, de lo más alejado, puede crecer el sentimiento de que un camino sea posible. También, de alguna forma, la necesidad de un acercamiento. Estoy muy lejos; quisiera que comenzara un movimiento, que ese enfrente se me acerque, que pueda sentirlo, vivirlo. Quizás sea este el punto de partida de cada camino, de cada relación. Llévame en pos de ti, voy a querer, dice la sulamita en el Cantar de los Cantares (1,4). Lo que quiere, es una relación, podríamos decir. Hombre y mujer en el Cantar de los Cantares son también expresión del cielo y de la tierra. Llévame, dice la tierra, en mi desesperación digo: llévame contigo. Diríamos que la mujer le pide al hombre que la lleve. Pero ¿no se creó al ser humano como hombre y mujer, en unidad? Significa pues que busco el otro lado de mí mismo. ¿Es posible que la división entre cielo y tierra se haya hecho para que pueda vivirse la alegría de la reunión, del reencuentro? La tradición dice que Dios en su unidad, crea el mundo de Sí mismo, de forma que Él y el mundo puedan vivir la dicha de la reunión. Esa es la razón de la creación del mundo. Así ocurre también con el ser humano, que en el origen es hombre y mujer, una sola pieza. De ese ser humano Dios separa la mujer que la sitúa frente al hombre; de la misma forma que al mundo se le saca de Dios y se le sitúa frente a Él. De allí viene todo anhelo del mundo, el anhelo de Dios y también sus celos.
    El origen de la envidia dentro de nosotros allí, donde vive nuestro Yo, es hacia lo que este mundo puede ofrecernos de concreto. Nuestro disgusto nace de esa envidia, es decir, ya aquí encontramos los dos lados del sentimiento humano. ¿No envidiamos muchas veces lo concreto del mundo porque se ocupa de todo salvo del Yo? Y justamente ese yo quisiera ser reconocido y no siempre desplazado y ninguneado. Una relación se produce allí donde se trata de querer ser amado. Y la palabra hebrea “ahavá”, amor, viene de la raíz “hav” que es un tomar y un darse completamente, sin ninguna investigación previa sobre su conveniencia. Quizás yo también quisiera que se me tomara como soy, sin tener que cambiar antes y sin que tenga que pretender ser eficaz y exitoso en los negocios.
    El Espíritu de Dios sobre las aguas.
    Desde el principio mismo existe esta desesperación, si la situación concreta se siente sola y no sabe. Por ello, en la historia de la creación sigue lo siguiente: y el Espíritu de Dios se movía sobre el haz de las aguas. De nuevo una imagen que no deberíamos ver separada de nosotros, en la astronomía o geología. Intentemos experimentarla como una imagen intensamente soñada, que no nos deja y que pide una explicación. En la tradición judía “explicación” o “interpretación” es igual a curación. ¿Quién es el Espíritu de Dios? El Mesías, dicen los textos antiguos, el Ungido. Pero si eso de ser ungido queremos verlo solamente en lo concreto, quedamos solos, quedamos en el “tohu va-bohu”, en las tinieblas sobre el abismo. De pronto, algo de Dios se nos anuncia. La palabra hebrea “merejaf”, sobrevolar o moverse sobre las aguas, puede traducirse también como “preocuparse”, “interesarse por”. En la traducción, ese moverse o sobrevolar queda poco claro. Algo de Dios aparece en nuestra vida, como su hijo, el Mesías, que se preocupa por nosotros. Se anuncia como una preocupación, un interés por el ser humano. Si yo me preocupo por mi prójimo, por el enemigo acaso, puede ser el primer paso en el reconocimiento de que Dios, a través del Ungido, del Mesías, se preocupa por el mundo, por mí. Moviéndose sobre el haz de las aguas. Agua, en la imagen soñada, está claro: se trata del tiempo. Igual que el agua corre, corre el tiempo. Mem, el nombre de una letra hebrea, (m) significa “agua” y al mismo tiempo tiene el valor 40.
    En la Biblia, el tiempo siempre se mide con 40. 40 días, 40 años, de nuevo son imágenes soñadas, indicaciones provenientes del sueño. Significa: algo de allí se preocupa por los tiempos, por los acontecimientos en el mundo, en tiempos y lugares duros, tiesos. Hablábamos del Mesías, del Ungido. En el mundo cristiano es el Cristo, y Pablo dice: Está dentro de vosotros, y vosotros en Él. Y el sentido de sus palabras no es teológico o dogmático, sino como una posibilidad de reconocimiento. Así Pablo, en su Epístola a los Romanos (10,6-8), cita el pasaje del Deuteronomio, donde está escrito: No está en el cielo, ni está de la otra parte de la mar, está en vuestro corazón, en vuestra boca. (Deut.30,12-14). Digo esto para mostrar que hablo desde la totalidad de la Biblia y no hago excursiones muy lejos. Si comienzo a preocuparme por mi propio destino o el destino de los demás ¿no es el primer paso en el reconocimiento de que algo se preocupa por el mundo, por todos los destinos? Incluso, por supuesto, del destino de mis enemigos que no me comprenden, a los que yo tampoco comprendo, donde están los mundos separados. Porque si los mundos permanecen separados, nada tiene sentido; sin fondo, abismo, tinieblas, dureza: así es y nunca habrá posibilidad para el entendimiento.
    La creación como camino al ser humano.
    Después de esta comunicación de que Dios se preocupa por los que vivimos en el tiempo, sigue el tercer versículo en la historia de la creación: Y Dios dice: Sea la luz y es la luz. Ahora, la luz está fuera y también dentro. Las cosas pueden aclarárseme. La luz permite que comiencen cosas nuevas, que aparezca una especia de camino. Se cuentan ahora las seis fases de un camino y la fase séptima: seis días de creación y el séptimo día del descanso. Tampoco aquí tendría sentido buscar con una minuciosa investigación geológica, aunque la huella del creador está también en la tierra, por supuesto. Como tampoco es posible encontrar un ser humano, con todos sus sentimientos y odios, en un atlas de anatomía. No se puede avanzar así, es imposible encontrar el alma en una autopsia. Si nos quedamos únicamente en lo concreto, seguimos en el caos, caemos en las tinieblas y rigideces, los mismos que caen sobre Egipto como novena plaga (Éxodo 10,21-23). Significa, dice la tradición antigua, que cada uno permanece en la posición en que está, rígido, sin poder moverse. Las tinieblas son la última plaga; luego, del lado egipcio la muerte, y del lado hebreo la irrupción, la expulsión de Egipto y el nacimiento de un mundo nuevo. El principio de todo conocimiento es sentir que todo el mundo tiene relación conmigo, y lo que yo siento, puede sentirlo todo el mundo. Hasta las piedras, los granos de arena, el aire. Quizás no estoy aislado frente al mundo, quizás soy parte de él. El camino comienza con la luz y en el transcurso de los demás días, aparecen los metales, los minerales y toda la creación inorgánica.
    Al final viene el ser humano, que siente felicidad o tristeza. La tradición dice que toda la creación no es otra cosa que el camino hacia el ser humano; todo se ofrece para ser sentido, incluido; ciertamente no para ser estudiado y analizado. Porque ese camino lleva al aburrimiento. Quizás nos movemos allí donde no somos conscientes, es decir, en la otra parte del Ser, para que podamos reconocer: Estoy frente a ese otro, pero es un camino hacia mí mismo. Yo mismo estoy allí; es una vivencia en el inconsciente. Sabemos que un ordenador puede realizar miles de transacciones en un solo segundo. No podemos seguir, va demasiado rápido para nosotros. Una vieja historia de la tradición cuenta que en el otro lado del ser humano, en su Yo, todo sucede en un mismo instante, todo lo que aquí se despliega en el tiempo. Así se compara al ser humano también con un rollo de escritura dentro de su recipiente. Para leerlo, se desenrolla una parte del rollo y seguidamente lo leído se va enrollando. Pero dentro del recipiente está todo el rollo. Al leerlo, existe el antes y el después, eso o aquello, no es posible leer todo al mismo tiempo.
    Otra imagen: el agua sale de una fuente, corre, en primer lugar como un riachuelo, luego se convierte en río y más tarde en torrente. Pero allí, en la oscuridad de la fuente, está todo, toda el agua, que luego irá corriendo. Significa que en el ser humano hay un lado que voy a llamar el lado inconsciente (para expresar que ese lugar es el almacén de todo) y que está frente al consciente. En su inconsciencia, el ser humano vive todo el proceso de la creación, comenzando con la creación inorgánica y todas las demás fases hasta el punto donde entra en la consciencia. Había mencionado la imagen de la fuente, para explicar los dos lados del ser humano de los que hablamos. La noción de la creación tiene que ver con ello: sacamos de una fuente. Las palabras hebreas creación y fuente se escriben con las mismas letras. La palabra misma habla de esta relación; hay palabras y nociones que están sin que lo sepamos. La tradición dice que la historia de los seis días de creación se repite en cada ser humano en cada pulsación, en cada abrir y cerrar de ojo. En cada segundo, en cada inhalar y exhalar, se despliega todo el mundo. No conscientemente, pero de esa fuente sale para nosotros la vida consciente.
    El nombre Elokim.
    Bajo este nombre habla Dios en este primer capítulo de la Biblia, en el cual llama al mundo a la vida. Dios tiene en la Biblia varios nombres. Esencialmente dos, que son mencionados constantemente y se traducen como Dios y el Señor. El Señor, en hebreo, es el nombre con las cuatro letras yod-hé-vav-hé, el tetragrama, que no puede pronunciarse. Pronunciarlo sería inmovilizarlo, formularlo. Pronunciándolo rompes el silencio podríamos decir, déjalo entero, sano, santo, y di el Señor, o “ha-Shem”, el nombre. Se toma muy en serio, porque enfrente, del lado consciente del ser humano hay algo que no puede tocarse ni formularse. No hay imagen que viniendo de allí pueda estar aquí. La palabra hebrea “pesel”, imagen, se escribe igual como “pasul”, inválido. Es decir, por favor, ninguna rigidez. Una imagen para vivirla, eso sí, que puede desplegarse en múltiples vivencias. ¿Cómo vivir a Dios en su nombre Elokim? No como lo hacen los teólogos, sino que queremos intentar acercarnos sintiendo que somos parte. ¿Qué dice la palabra? Elokim en hebreo es plural, la terminación “im” designa un sustantivo masculino plural. “Elé” significa, esos, estos, aquellos, es decir, todo lo que puede aparecer aquí, todo lo que puede señalarse aquí y también todo lo que puede imaginarse aquí. Todo lo que aparece aquí por separado, está en Dios en plural, y todo aquello que puede ser señalado o imaginado, está en Dios en multiplicidad.
    La kabbalá lo explica como de múltiples capas; que haya algo en múltiples esferas, en cada esfera diferente, pero siempre lo mismo y siempre unido. Y ese otro enfrente que dice al ser humano yo asemejo ¿no podría significar que mi yo sienta las mismas múltiples capas y que cada una de esas capas, esa multiplicidad, sean para mí posibilidades de experiencias y de vivencias? Nuestra pregunta era: ¿Cómo vivir a Dios en su nombre Elokim? Se ha formulado igual desde hace dos o tres mil años, y ya entonces se decía que todo está presente en el ser humano desde siempre. En sus raíces están depositadas todas las vivencias, quizás muy profundamente enterradas y muy alejadas de la vida en este mundo concreto. Se dice que Elokim es el lado de Dios que tiene que ver con la noción de justicia, de la ley. Así es justo, decimos. En la justicia de Elokim, no se piensa solo en juzgar, sino en ajustar, enderezar, en unir los fragmentos rotos y dispersos, es decir, en un levantamiento de lo caído. Así la palabra hebrea que se traduce siempre con venganza, no dice otra cosa que levantar lo caído. Algo que ha caído se levanta, se pone en pie. En el caso de la justicia, la ley, pensamos siempre que se juzgará objetivamente, causalmente, con severidad. Sin embargo, aquí nos topamos con esas múltiples capas, donde juzgar significa una especie de reparación, la recomposición de lo roto, de toda fractura.
    El principio de las múltiples capas.
    Lo que tú ves está en un solo medio, se dice, pero existen muchos medios de muchas formas. La justicia es la garantía de que todo lo que está, tenga un sentido. Todas las semillas, por ejemplo, de seres humanos y de animales que no llegan a vivir por no encontrar un huevo para su fecundación, también a todas estas semillas se hará justicia permitiendo que en otras capas lleguen a vivir, que encuentren allí su huevo, su posibilidad. Elokim contiene toda esa pluralidad, todas las posibilidades están contenidas en Él. Podríamos pues imaginarnos a Él también desde este principio de las múltiples capas, que incluye que haya justicia para todo, que nada exista sin sentido o sin destino, y lo mismo vale por supuesto, para nuestra vida. Ningún encuentro, ningún suceso por cruel o feo que sea, puede no tener sentido, porque hay justicia. Aunque estés desesperado, tu desesperación es una señal que anhelas, que deseas la justicia; es decir, no eres un Ser neutral que constata simplemente y que deja las cosas estar. Curiosamente, en la tradición judía se llama a un ateo y burlón “apikoros”, es decir un epicúreo, un librepensador, para quien solo existe el lado terrenal. Pero justamente porque existe la multiplicidad, también ese comportamiento tiene sentido, porque muestra que existe el anhelo.
    Dividido en dos, por amor a la relación.
    Los dos lados de los que hemos hablado, la dualidad, que emerge también en los nombres de Dios, se muestra ya en la primera letra de la Biblia, “Bet”, el número 2. Cada una de las 22 letras hebreas es, como seguramente saben, también un número. No son números como nosotros los conocemos para el cálculo. Podría decirse que nuestros números son un reflejo de esos números en el más allá de la Biblia. Son números exactos, mediante los cuales podemos contar aquí. No solamente en español, también en hebreo y en muchas otras lenguas, contar un cuento, viene de contar, del conteo del número. Ciertamente nadie ha decidido que así sea en una conferencia internacional, más bien sale del ser humano cuando habla. La letra “Bet” de Bereshit, el número 2 con que comienza la Biblia a contar, quiere decir que en el más allá, el comienzo, el principio de la creación es algo dual; cielo y tierra, hombre y mujer, para que pueda surgir una relación. También el bien y el mal, la vida y la muerte etc. Siempre está uno frente al otro, se buscan, pelean, luchan, bailan podríamos decir, para conocerse. Se dice que en el mundo hay dualidad para que haya relación, para despertar el anhelo, o quizás la desesperación, si lo esperado no llega. Por ello viene también en el segundo capítulo de Génesis, una especie de repetición de la historia de creación.
    Camino y Reposo.
    En el primer capítulo de Génesis se dice que en el sexto día aparece el ser humano completo, hombre/mujer. –Varón y hembra los creó– y luego Dios vio todo y dijo que era bueno en gran manera. Luego se habla del séptimo día, que es el día del descanso. El nombre de ese día, shabat, tiene como raíz “shev”, sentarse. Estar sentado significa que el ser humano pueda abrirse a la paz, como se expresa también en otras culturas, por ejemplo, en el budismo Zen. Y en el hebreo, shalom es paz y al mismo tiempo perfección. Habiendo vivido estas fases, ya no se siente el impulso de tener que seguir andando, más bien el deseo de poder sentarse y descansar. Significa ante todo que ahora hay paz, no necesito nada más, es perfecto, “shalem”. Y por supuesto no es únicamente el resultado por haber llegado a una meta, sino más bien que durante toda la vida, durante el movimiento, exista siempre ese algo enfrente, que nos dé ese sentimiento del bienestar, del descanso, de la paz. Se dice que el shabat brilla sobre los seis días de la creación. Mientras que caminamos, ese algo está enfrente de todo movimiento y dice descanso, paz. No hay que darse prisa por alcanzarlo, está ya desde el principio. Todo está en orden, todo está terminado, Dios descansa, bendice y santifica ese séptimo día. Queda dicho en una trinidad: acabado, bendito, santificado. Y a pesar de todo, hay un segundo capítulo que dice que nada puede crecer porque no ha llovido. ¿Y por qué algo querría crecer? ¿No está todo acabado y perfecto?
    Ver texto completo en siguiente link:
    https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2021/11/17/estudios-de-tora-2/
    Elaborado por David Saportas
    31 min
  • Kabbalá 4 - Conceptos Básicos de la Kabbalá – Lo Infinito y lo Finito
    Conceptos Básicos de la Kabbalá – Lo Infinito y lo Finito.
    Ver artículo escrito completo en mi blog:
    https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2021/11/14/kabbala-4/
    El optimismo de Abraham Abulafia.
    Siguiendo con los estudios del artículo anterior y de forma contraria a las postulaciones del Santo Ari (el kabbalista Isaac Luria), tenemos la otra cara de la moneda expuesta por Rabi Abraham Abulafia, en típica evidencia de la siempre esperada dialéctica interpretativa aparentemente contradictoria o de opuestos que definen nuestras realidades de la dualidad en el mundo de la Bet. Seguiremos entonces con las enseñanzas de Rabí Abraham Abulafia (Z”L), que dijo a su discípulo: “Coge la pluma para escribir como si fuera la lanza de un guerrero”. Abulafia desafió la imposibilidad, y tres siglos antes que Luria realizó la especulación mística más profunda que el judaísmo jamás había realizado. Transitó por todos los caminos de la finitud que él consideró como válidos para alcanzar los máximos niveles de acercamiento al Ein Sof. Abulafia intentó encontrar, dentro de la finitud estructural, los espejos equivalentes de las fuerzas subyacentes que simbolizan al Ein Sof. Abulafia trabajó el intelecto, la matemática, la guematría (el lenguaje hebreo aplicado a la matemática), las técnicas de meditación emocional, la invocación de todos los nombres de Dios posibles en todas sus dimensiones; en definitiva, al contrario del silencio de Luria, desplegó todas las herramientas que consideró que eran validas con el propósito de acercarse al Ein Sof. Abulafia demostró que, pese a que un ser humano es un fragmento, la búsqueda constante en la interioridad subjetiva de la divinidad, el encuentro con nuestro fragmento interior del Ein Sof, no es un trabajo en vano, sino que, por el contrario, es lo que nos otorga el verdadero sentido a nuestra existencia.
    Abraham Abulafia se esforzó durante toda su vida en ampliar los horizontes del misticismo judío hasta niveles nunca antes alcanzados y, en este sentido, trabajó siendo consciente de los límites de la escritura. Abulafia pretendía saltarse los límites de la escritura profundizando en los sentidos ocultos de dicha escritura. Creó metalenguajes para destruir los lenguajes literales, y creó sistemas de ruptura de dichos metalenguajes para acceder a los niveles más profundos de cada palabra. Destruyó las palabras en sí mismas buscando las energías de cada letra para comprender la combinación energética de cada palabra y su relación con la raíz que le dio origen. Utilizó las palabras como herramientas para descubrir el sentido oculto de cada una de ellas, buscó en la energía particular de cada letra el sentido oculto que daba origen a la combinación que denominamos como “palabra”. Realizó la más profunda decodificación del lenguaje hebreo y lo llevó hasta sus últimas consecuencias. Permutó las letras para obtener las combinaciones necesarias, y así establecer nexos relacionados con el sentido raigal de cada palabra. Realizó una rotación constante de las palabras, encontró las energías ocultas detrás de cada letra hebrea como una fuerza independiente, y a su vez como una fuerza que a través de las diferentes combinaciones tenía la capacidad de describir y operar sobre toda la realidad, porque en verdad la realidad había nacido a la existencia a través de estas energías. Porque fueron las palabras del Ein Sof las que dieron origen a la creación. Así, a través de la decodificación de cada palabra, todo retornaba al sentido original de toda la existencia.
    Luria le respondería a Abulafia que somos como guerreros a quienes les faltaría toda la tinta del universo y que, por lo tanto, toda la escritura constituye una limitación que inexorablemente fracasa. Como consecuencia de esta vía de pensamiento, Luria escribió muy poco. No existen litros de tinta suficiente para poder describir el Infinito. Es un intento imposible. Y Luria en este punto se encuentra en una posición intelectual correcta. Mientras más elevados son los niveles de revelación, mayor concentración lingüística debemos realizar debido a que el contenido es más extenso. Se alcanzarían niveles cuyo contenido es tan profundo que el lenguaje se vuelve insuficiente. Es así como la dimensión de Hod (sefirá del esplendor o gloria) no podría alcanzar a restringir el contenido que proviene de Biná (sefirá del entendimiento o inteligencia). Y a pesar de ello, el ser humano, para Abulafia, debía acercarse al Ein Sof de acuerdo a todo su potencial. El esfuerzo que Abulafia le proponía al ser humano lo llevaba a una actividad constante, en la que cada persona encontraba su sentido de existencia. El descubrimiento de Abulafia fue que, en su búsqueda imposible de acercarse al Ein Sof dentro de su máxima capacidad, lo que descubrió fue la capacidad humana de avanzar a pesar de nuestras limitaciones transitorias. En ese sentido, el judaísmo se ha caracterizado por ser profundamente “abulafiano”.
    Abraham Abulafia (1240-1292) escribió todo lo que pudo. Abulafia creía en el potencial del ser humano a pesar de todas sus limitaciones, era un optimista extremo que hasta pretendió convertir al judaísmo a un papa de la Iglesia Católica (Nicolás tercero, 1277-1280). Para Abulafia, si se utilizaba el lenguaje hebreo como vehículo matemático, se alcanzaría rápidamente la esencia oculta del mundo de la Bet y, por consiguiente, comprenderíamos por equivalencia el mundo oculto de la unidad (la Alef). Abulafia buscaba al Ein Sof con el optimismo de un judaísmo que siempre desplegó en la historia su fuerza mesiánica potencial. Abulafia le entregó al judaísmo un optimismo limitado que lo ha caracterizado a través de su historia, y con ello entregó también las llaves para la autosuperación de todo ser humano. Como todo pensador del judaísmo, creía profundamente en el libre albedrío del ser humano a pesar de todas nuestras limitaciones predeterminadas. El camino del judaísmo “abulafiano” creó, pues, la vía de la máxima autosuperación personal y, como consecuencia de esto, se creó la conciencia de un mesianismo subjetivo. Las técnicas meditativas “abulafianas” son solitarias, porque es en la soledad donde el ser humano es realmente libre; cualquier comunicación social implica un condicionamiento, y aunque el judaísmo ha sobrevivido por su espíritu comunitario, los grandes pensadores del judaísmo han creado sus obras de mayor relevancia a través de sus interpretaciones subjetivas.
    Mientras que para los rabinos institucionales la mayor preocupación siempre fue la cohesión interna de las diversas congregaciones judías, para los intelectuales (sobre todo para los mekubalim) la importancia fundamental se encuentra en la relación de cada ser humano individual con el Ein Sof. Mientras que los kabbalistas le proponían a cada individuo una responsabilidad individual en su acercamiento al Ein Sof, para los rabinos institucionales estos místicos podían provocar una falta de cohesión comunitaria. Para Abulafia, la profecía puede ser descifrada si conocemos la mecánica oculta de la lengua hebrea. Si cada letra hebrea es una energía, entonces la combinación de letras provoca la aparición de energías diferentes producto de cada combinación. Por lo que, cuando logramos expresar una mayor combinación de letras, multiplicamos los sentidos de descripción. De este modo, como podemos combinar letras al infinito, podemos utilizar las letras hebreas como herramientas de todo avance metafísico, y no como simples elementos para la comunicación. Las letras hebreas, pues, no son importantes porque constituyen nuestro vehículo de comunicación, sino porque revelan en esencia la sustancia existencial de la creación, porque nos describen las energías subyacentes y ocultas dentro de nuestra realidad. En definitiva, las letras hebreas son instrumentos matemáticos precisos que nos otorgan una comprensión profunda del universo creado dentro del vacío.
    Luria se rindió ante la inmensidad del infinito porque aceptó la imposibilidad de reducir a Dios a la escritura. Abulafia advirtió que el idioma hebreo consistía en un código matemático con el cual se podía acceder a las más altas manifestaciones de Dios, y que, por tanto, había que utilizarlo al máximo. Abulafia comprendía que, a pesar de conocer nuestras limitaciones, es una responsabilidad personal realizar todos los esfuerzos posibles para lograr el desarrollo de nuestra máxima capacidad. En este sentido Abraham Abulafia se encuentra en línea prácticamente con todos los autores del pensamiento judío que valoran el esfuerzo humano como método para llegar a Dios, y no la “gracia automática”, sin esfuerzo alguno. Sin embargo, si estudiamos en profundidad la situación, ambos caminos conducen al mismo punto, a la imposibilidad. Los dos reconocieron la inmensidad del Ein Sof y su imposibilidad de desarrollo conceptual dentro de la finitud; porque, mientras Luria aceptaba al Ein Sof a través de su silencio escritural, Abulafia, con su lingüística especulativa, intentaba llegar hasta donde su capacidad se lo permitía, siendo consciente de que toda capacidad humana es limitada. Por este camino se potencia el máximo desarrollo personal.
    Para Luria, todos los intentos de definición constituían la más pura idolatría y, por consiguiente, no llevaban a ninguna parte. Sin embargo, para Abraham Abulafia, todo el proceso de la vida era una experiencia fundamental para desarrollar el máximo esfuerzo posible producto de la capacidad que el propio Ein Sof otorgó a sus criaturas. Si el Ein Sof creó la Torá literal fue porque indudablemente quería comunicar algo a sus fragmentaciones en la finitud. ¿Qué pretendía (y pretende) comunicar el Ein Sof a sus creaciones? La primera pretensión es que cada fragmento sea consciente de que dentro de sí se encuentra un fragmento del mismo Ein Sof, porque las vestimentas inferiores pueden ocultar esta realidad. La segunda pretensión es que cada fragmento pueda comprender la felicidad de tener la posibilidad de una identidad propia y fragmentaria que lo hace copartícipe real de la creación. Y la tercera pretensión (y la más cercana a la esencia del Ein Sof) es la posibilidad fragmentaria que el Ein Sof posee para revelarse dentro del vacío.
    Por lo tanto, aunque sabemos que la Jojmá (sabiduría) no puede ser revelada por completo, lo que sí sabemos es que tenemos un instrumento valioso de manifestación del Ein Sof en la fragmentación, el texto literal de la Torá. Luria se preguntaba: ¿Podemos reducir el Ein Sof al texto de la Torá? En Jojmá existe la Torá en un nivel más elevado. El kabbalista no puede encontrarse atado a la Torá literal, sino que, por el contrario, tiene que ascender a la Jojmá, donde se encuentra la Torá real. La Torá literal es un reflejo de la Torá real en los niveles inferiores de la existencia que poseen mayor oscuridad. Abulafia, en cambio, advirtió que si fue decisión del Ein Sof expresar su relación con el mundo de la fragmentación, entonces la Torá literal poseía un “algo especial” que no sabíamos comprender. Ese “algo especial de la Torá” que no comprendíamos eran (y son) los diferentes niveles de secretos que existen dentro de ella y que, por tanto, la extienden en profundidad más allá de la Torá textual. Porque todo texto, por su propia limitación, jamás podía ser una imagen exacta del Ein Sof, sino solamente un reflejo de la divinidad que el ser humano puede soportar. Así fue que la Torá literal se diseñó en relación a la vasija de resistencia del hombre. Ahora bien, si la vasija aumenta su capacidad de recepción, aumenta automáticamente la percepción de los diferentes niveles ocultos que se encuentran detrás del texto literal de la Torá. Es lo que denominamos como “la Torá de Atzilut” (del mundo de la emanación), la que se encuentra en el “sod” (secreto) de la Torá literal, pero no la podemos percibir debido a nuestra incapacidad de recepción.
    El judaísmo seguiría el camino de Abulafia porque la pretensión de “no avanzar ante la imposibilidad” constituye la anulación del desarrollo de la capacidad que Dios nos otorgó para poder crecer y ascender. El judaísmo (siguiendo a Abulafia) ha creído que, a pesar de nuestras limitaciones predeterminadas estructurales, debemos desarrollar el máximo esfuerzo dentro de nuestra existencia para llegar al límite de nuestras capacidades, y es justamente dentro de este proceso de esfuerzo que podremos encontrar el sentido de nuestras propias vidas. Abulafia luchó hasta el final sabiendo que perdería (¿perdería?), pero que su verdadera victoria (¿victoria frente al Ein Sof de un fragmento manifestado?) se encontraba dentro del proceso continuo del conocimiento. Lo que resulta paradójico del kabbalista es que sabe que en cada derrota se encuentra escondido el verdadero triunfo. Todo “verdadero mekubal” trabaja sobre sí mismo buscando ampliar el campo de recepción, porque de lo contrario no puede recibir, y si no recibe lo suficiente, no es un buen receptor.
    Abulafia entendía que la mejor victoria del ser humano era llegar hasta los máximos límites posibles que nos permita nuestra estructura fragmentaria predeterminada. Esto engrandece al zaragozano. Abraham Abulafia sentía que, al estudiar las fragmentaciones de Dios en sus manifestaciones, podía alcanzar cierta luz, porque ascendía en cada etapa en el proceso de unificación de las diversas fragmentaciones. Cada esfuerzo, por mínimo que este fuera, representaba un “agregado” en el camino para obtener el sentido de la propia existencia de cada ser humano. Así que, para Abulafia, no todo estaba perdido; al contrario, la vida de cada ser humano representaba un continuo ascenso para establecer la mayor conexión con el Ein Sof, hasta donde cada uno pudiera alcanzar según su predeterminación estructural y su ejercicio del libre albedrío. La vida, para Abulafia, valía la pena vivirla simplemente por el desarrollo del esfuerzo, y dentro del desarrollo de este mismo esfuerzo, el ser humano encontraría el sentido subjetivo de su propia existencia. Sin embargo, para Luria, aceptar la imposibilidad de ver la luz en su esencia era la máxima comprensión del Ein Sof.
    Abulafia optó por el esfuerzo continuo, a pesar de que alguien pudiera encontrar en ello un ego inflado; en cambio, Luria cogió el camino de la humildad declarada, como la única muestra real de nuestro reconocimiento de la infinitud del Ein Sof. Ahora bien, tanto Abulafia en el siglo 13 como Luria en el siglo 16 y, en general, los kabbalistas de todos los tiempos, siempre comprendieron que exclusivamente un grupo selecto de personas tiene la capacidad espiritual de comprender la Kabbalá, porque no todos deben ser forzados a subir de nivel. El ascenso de un nivel a otro se realiza solo si la persona es infeliz en el nivel en el que se encuentra. No se deben mostrar realidades ocultas superiores a los seres humanos que son felices en los niveles más bajos de la existencia material, porque no todas las almas están en situación de reconocer la divinidad que tienen dentro de sí mismas sin llegar a la locura. Cada uno debe alcanzar el nivel que su estructura material predeterminada puede soportar. Pero el esfuerzo por alcanzar dicho nivel se debe hacer en todos los casos. No todos están preparados para ascender de nivel, ya que el problema es lo que cada uno puede encontrar en ese nivel superior.
    La búsqueda del sentido de la existencia.
    En este punto, y con el transcurso de los años, me adhiero en forma personal a esta perspectiva, porque comprendo que no todo el mundo tiene interés en saber por qué y para qué estamos aquí, y cuál es el sentido de nuestra vida; es más, estoy convencido de que la gran mayoría de los seres humanos desean (deseamos) evadirse (evadirnos) de estos temas. Esta evasión tiene dos fundamentos posibles: por una parte el miedo, y por la otra, la imposibilidad estructural de que un cuerpo determinado material no pueda soportar la información que trae el alma y por ese motivo la reprime con la intención de su supervivencia biológica. Una de las grandes enseñanzas de la mística judía es que no podemos presionar a nadie a elevarse del nivel en el que se encuentra si esa persona no desea elevarse. Antes de ayudar a una persona a ascender debemos confirmar que dicha persona desea realizar el esfuerzo de elevación. El ser humano, en la gran mayoría de los casos, prefiere la seguridad de la ignorancia a la libertad del pensamiento, porque, en realidad, el ser humano se oculta de sí mismo. Particularmente prefiero la libertad a la seguridad, pero estoy seguro de que esta inclinación personal no es compartida dentro de la experiencia de la realidad por la gran mayoría. A nuestro alrededor, la “masa” desea evadirse de la realidad. Para poder auto conocerse, el ser humano debe ascender a los grados más altos del alma (neshamá o el alma intelectual; Jaiá, la voluntad profunda del alma; y Yejidá, la función del alma como fragmento de la unidad divina). En general la mayoría prefiere quedarse en el nivel de Nefesh (el alma animal) o pasar a los sumo al nivel de Ruaj (el alma emocional).
    El ser humano al ocultarse de sí mismo se oculta del fragmento de Dios que existe dentro de él. Entonces, la única revelación real del ser humano es revelar dentro de su fragmentación la sustancia divina del Ein Sof que se esconde dentro de su vasija. Es como si Dios no solamente se ocultara de sus revelaciones, sino que, dentro de dichas revelaciones, pueden existir diferentes grados de ocultamiento. Porque sabemos que todo lo que se revela al mismo tiempo debe ocultar necesariamente algo para ser revelado. Esta es la característica básica de nuestra predeterminación estructural. Ahora bien, a diferencia del ocultamiento de Dios, que opera simplemente para que sus fragmentos puedan manifestarse fuera del Ein Sof, el ser humano, al ocultarse de sí mismo, en realidad desea perder su conciencia para convencerse de las ilusiones derivadas del mundo de la fragmentación. Al ocultar su divinidad, el ser humano no puede reflejar sino su sola materialidad, y aunque la materialidad dentro de la mística judía es un componente esencial de la espiritualidad misma, lo que debemos saber es que el ser humano, a través de la materia, oculta sus realidades más profundas. Todas las manifestaciones dimensionales que estudiaremos tienen esa capacidad paradójica de revelar y ocultar al mismo tiempo.
    Las realidades más profundas, dentro de cada fragmento, contienen la luz de Dios. Al ocultarnos de nosotros mismos, nos ocultamos de Dios, y entonces se genera la paradoja de que Dios se debe ocultar de sí mismo para que nosotros podamos existir, pero nosotros, para contactar con Dios, debemos revelar lo divino que tenemos en nuestro interior. Porque el Ein Sof debe realizar el esfuerzo de su propio ocultamiento para permitir nuestra existencia, y nosotros debemos realizar el esfuerzo de nuestra propia revelación para conocerlo; en realidad, para su propio autoconocimiento divino. Cada vez que revelamos algo del Ein Sof, en nuestro interior o fuera de nosotros, siempre el Ein Sof se oculta. Y así, cada vez que nos revelamos, revelamos fragmentariamente la luz derivada del Ein Sof que poseemos. Toda revelación fragmentaria oculta en realidad el sistema en su totalidad. Esto constituye la esencia de nuestro universo, una existencia fragmentaria que debe ocultar su relación con el sistema general. Todo el sistema general de la existencia, en el campo de las manifestaciones, se encuentra completamente interrelacionado. Nuestros “egos” deben comprender que son fragmentos de una realidad mayor que tiene conciencia de existencia, aun cuando sus fragmentos solamente posean en forma consciente conciencia fragmentaria.
    El ser humano desea existir como una realidad autónoma e independiente del sistema general de predeterminación que creó el Ein Sof para sus manifestaciones. Este deseo de existencia fragmentaria surge como una ilusión de este mundo fragmentado. Sin embargo, la verdadera realidad es la unión general dentro del Ein Sof. El ocultamiento del Ein Sof se produce para sostener las revelaciones; sin embargo, el ocultamiento dentro de sus fragmentos es un contrasentido, porque sus fragmentos fueron creados para revelarse. Entonces, lo que fue creado para la revelación debe revelarse y no ocultarse. Y el Ein Sof se debe ocultar para permitir este sistema de revelaciones fragmentarias en el mundo de la manifestación. Cuando ocultamos algo que debemos revelar estamos frenando la dinámica de la estructura sobre la que se asienta toda la creación. Es por ese motivo que todo fragmento, que por naturaleza es una revelación, debe revelarse tarde o temprano. Porque todo lo que se encuentra oculto dentro del mundo de la fragmentación tiene como destino la revelación.
    Un fragmento que desea ocultarse de forma absoluta intensifica la producción del mal en este mundo209, porque lo que el fragmento debe revelar es la “luz interior”, que representa la conexión intrínseca que tiene cada fragmento con el Ein Sof en sí mismo. Al ocultar nuestro fragmento del Ein Sof, lo que hacemos es descender a la oscuridad del vacío, donde no hay nada. Cuando nosotros podemos revelar nuestro fragmento interior del Ein Sof, entonces damos Luz al mundo y acercamos la luz del Ein Sof al vacío. No es que nosotros nos acerquemos al Ein Sof, sino que nos acercamos a la esencia divina de nosotros mismos, y al revelar el fragmento del Ein Sof que llevamos dentro, traemos la luz del Ein Sof a este vacío. Nosotros no somos unos fragmentos revelados sin importancia, somos fragmentos revelados que, a su vez, pueden revelar dentro de un proceso de ascenso constante. Lo que en la mística judía denominamos “ascenso” es la capacidad de revelación; lo que denominamos “descenso” es la capacidad de ocultamiento. Todo, en la fragmentación, oculta y revela simultáneamente. Cada universo es una revelación mayor del universo posterior y es un ocultamiento con relación al universo anterior.
    La gran mayoría de los fragmentos revelados en la creación existen, y por su misma existencia se revelan; en cambio, el ser humano es una revelación que tiene una potencia mayor debido a su posibilidad de revelación hacia el exterior y hacia el interior de sí mismo. Las demás revelaciones, por su misma existencia biológica, se revelan. El ser humano, en cambio, no solamente se está revelando, sino que además fuerza a la revelación de los fragmentos que lo rodean. Entonces, el ser humano se revela de dos modos: con su propia existencia y forzando la revelación de las energías ocultas en todas las manifestaciones exteriores. Su propia existencia es una manifestación más de las innumerables manifestaciones dentro del vacío. Si todas las situaciones posibles de revelación son infinitas, podríamos decir que no hay forma alguna por la cual se produzca una revelación total, inclusive en relación con nosotros mismos, que somos fragmentos manifestados. Sin embargo, no debemos considerar esta situación como una incapacidad, sino como una predeterminación estructural. Sin embargo, a pesar de que, por nuestra propia finitud, no podamos conocer estructuralmente todas las situaciones posibles, lo que sí es posible conocer es la sustancia esencial sobre la base del modelo en el cual fuimos creados. El Adam Kadmón es el modelo original de nuestra creación.
    Si existe un modelo, entonces todos los fragmentos (a pesar de nuestras diferencias) poseemos una esencia objetiva equivalente, y esa esencia objetiva es la sustancia proveniente del Ein Sof. Porque, si existe algo estrictamente “objetivo”, es el Ein Sof, ya que todo el mundo de la fragmentación sostiene un mundo de subjetividades que, por su propia posición en el espacio, no pueden conocer el sistema en su totalidad. Pueden avanzar dentro de un conocimiento teórico, pero el conocimiento (Daat) real de la Kabbalá es la experiencia de vivir dicha situación y un fragmento por definición nunca puede vivenciar ser el Ein Sof sino como fragmento. Por lo tanto, la sustancia del Ein Sof es el común denominador que unifica potencialmente todas sus manifestaciones. En esencia, sustancialmente todo es lo mismo, porque proviene de la misma fuente.
    Las posibilidades limitadas frente a la imposibilidad.
    Si buscamos un atajo a esta imposibilidad Luriana nos podemos hacer otra serie de preguntas. Si Dios es el Ein Sof y el Ein Sof se reveló a través de la historia; si Dios en esencia es incomprensible e indescifrable, y lo único que podemos hacer es conocer sus manifestaciones (que son sus revelaciones), nos podemos formular los siguientes interrogantes: ¿No hay algo de Dios en sus manifestaciones? ¿No existe en las manifestaciones de Dios algo de su esencia? ¿No hay algo de los padres en los hijos? ¿No existe un ADN de Dios en toda la creación? ¿No podemos conocer algo del Ein Sof en lo finito? ¿No es lo finito imagen y semejanza del Ein Sof? Entonces, ¿nosotros no somos acaso partes de Dios en la finitud? Así llegamos a una conclusión importante: la única posibilidad teológica del judaísmo es la antropología. Es por ese motivo que durante el siglo 20 apareció un movimiento de psiconalización de la Kabbalá. Si gran parte de los fundadores del psicoanálisis fueron judíos, ¿no podemos considerar que la mística judía fue el motor oculto para la creación del psicoanálisis? Porque, para el judaísmo, toda teología es imposible. La pretensión de la teología es el estudio de Dios, y como es imposible estudiarlo en su esencia, podemos afirmar, sin lugar a equivocarnos, que la teología judía no existe. Si denominamos teología judía al estudio de las manifestaciones de Dios, podemos decir que toda teología judía es fenomenológica. En cambio, si decimos que la teología judía es el estudio de Dios en su esencia, debemos decir que no existe una teología judía en la medida que el judaísmo ha renunciado al estudio del Ein Sof por su imposibilidad absoluta.
    Si nosotros nos conocemos a nosotros mismos, estamos conociendo los fragmentos manifestados de Dios, pero condicionados por dos factores fundamentales, el tiempo y el espacio, y, por lo tanto, condicionados por el factor causal del que surgen estos dos condicionantes, el movimiento. Así las cosas, si conocemos cómo funcionan estas variables, podemos trabajar dentro de nuestras investigaciones en dos niveles; de este modo podemos acceder a comprender mejor la realidad existencial. Cuando estudiamos en un nivel (Alef) trabajamos sobre el campo de la infinitud del Ein Sof, eterno e ilimitado, y cuando trabajamos con sus fragmentos, tenemos que insertar la condición del movimiento que genera el tiempo y el espacio (Bet). Podríamos decir que el verdadero trabajo del “judío” dentro de la historia es vivir dentro de estos dos sistemas de forma simultánea, porque ambos son reales en sus respectivos campos. El judío vive dentro y fuera del “tiempo”. Vive dentro del tiempo por el mundo de las fragmentaciones, que son temporales, existiendo dentro del espacio; y vive fuera del tiempo porque se conecta con la conciencia de eternidad del Ein Sof, desde donde puede percibir la totalidad a pesar de su existencia fragmentada.
    Quizás por esta perspectiva de “vivir fuera del tiempo” es que el trabajo del historiador fue poco atractivo para los judíos a través de la historia. La cronología histórica del judaísmo fue interpretada por los exégetas como una pedagogía eterna en tiempo siempre presente. La Pascua hebrea no representa estrictamente la salida del pueblo de Israel de Egipto, sino el valor de la libertad a través de todos los tiempos. La interpretación del judaísmo “eterniza” una situación histórica y, en consecuencia, la cronología se torna irrelevante, porque lo importante es el valor intrínseco del acontecimiento. Quizás por esta perspectiva de “vivir fuera del tiempo” es que el trabajo del historiador fue poco atractivo para los judíos a través de la historia. La cronología histórica del judaísmo fue interpretada por los exégetas como una pedagogía eterna en tiempo siempre presente. La Pascua hebrea no representa estrictamente la salida del pueblo de Israel de Egipto, sino el valor de la libertad a través de todos los tiempos. La interpretación del judaísmo “eterniza” una situación histórica y, en consecuencia, la cronología se torna irrelevante, porque lo importante es el valor intrínseco del acontecimiento. inferior y alejarnos del Ein Sof, de modo que no tenga sentido nuestra existencia, es la locura del mundo de la Bet.
    El mundo de la Alef nos otorga de forma exclusiva la conciencia de que en realidad no somos nada. El mundo de la Bet nos otorga la conciencia de que en realidad somos lo único que existe. La posibilidad de lograr una conciencia que penetre simultáneamente en ambos mundos es el objetivo del misticismo judío. Una pregunta importante que nos puede llevar a lograr una respuesta satisfactoria es: ¿Por qué Dios “redujo” su mensaje al texto de la Torá? Recuerdo a mi amigo el gran pensador judío argentino Carlos (Najmán) Escudé, que en un programa de televisión dijo (en su época de agnosticismo) que “Dios no podía estar contenido dentro de un libro”; y el rabino Goldman, respondió, en aquel momento: “Este hombre es el único que cree en Dios”. Esta pregunta se podría responder hipotéticamente con otra pregunta: ¿Por qué Dios redujo su creación a esta creación dentro del vacío? En realidad, porque, si no existe reducción de lo infinito a lo finito, no existe creación fuera del Ein Sof.
    La Torá para los kabbalistas.
    El Ein Sof tuvo siempre que establecer un proceso de autorreducción para crear algo fuera de sí mismo. Siguiendo esta línea de análisis, nos encontramos con un problema en la definición del propio concepto de la Torá. Por ese motivo, los kabbalistas dicen que la Torá representa todo el plan general del universo y que, por lo tanto, no se encuentra exclusivamente dentro de la escritura. En el judaísmo medieval, esto llevó a todos los sabios judíos (en especial en Sefarad) a estudiar todas las ciencias (gramática, astronomía, astrología, física, matemática, geometría, medicina, etc.), porque todas las ciencias estaban contenidas en la Torá. A mi modo de ver, en la actualidad el judaísmo ha encerrado el concepto de Torá a lo estrictamente religioso, cuando, en la Edad Media, la Torá era un concepto amplio y abierto a todas las ciencias. Si la Torá representa todo el universo, cualquier disciplina científica es un camino de Torá para llegar al Ein Sof. Así las cosas un médico tiene el mismo nivel de importancia que el rabino, porque a través de la medicina se llega al Ein Sof, siendo que todo conocimiento es una parte de la misma Torá. De todos modos, nunca la Torá pierde el sentido literal. Los sentidos más profundos del texto nunca destruyen el sentido básico de la letra de la escritura. Si radicalizamos el análisis podríamos decir que toda la información del Ein Sof (aun la que no conocemos) constituye la verdadera Torá.
    Si cogemos el camino de comprender la Torá como el plan general del universo, podríamos llegar a la conclusión de que la Torá es la máxima manifestación posible del Ein Sof y podríamos, por esta misma vía, llegar a una conclusión: que la Torá misma es Dios. “Es por eso que la Torá ha sido comparada al agua, pues tal como el agua desciende de un nivel superior a uno inferior, del mismo modo ha descendido la Torá de su sitio de gloria. En su estado original la Torá es la voluntad y la sabiduría de Dios, y la Torá es uno y lo mismo con Dios, a quien ningún pensamiento puede aprehender. De allí la Torá ha viajado en descenso por etapas de ocultamiento, etapa tras etapa en el Hishtalshelut (encadenamiento) de los mundos, hasta que se invistió en cuestiones materiales y cosas de este mundo corpóreo, que abarcan casi todos los mandamientos de la Torá y sus leyes, también en las combinaciones de letras físicas escritas con tinta en un libro (a saber) los veinticuatro libros de la Torá, Neviím y Ketubím, a fin de que cada pensamiento humano pueda aprehenderlos, y para que aun el habla y la acción, que se encuentran en un nivel inferior al pensamiento puedan aprehenderlas e investirse en ellas” (Shneur Zalman de Liadí: Sefer Shel Beinonim: Tania [Buenos Aires: Kehot Lubavitch Sudamericana], 1992, p. 61).
    Muchos rabinos han llegado a esta posición extrema, que podríamos denominar como una “toralatría”; es decir, una idolatría a la Torá. La palabra “Toralatría” no existe, pero tuvimos que crear una palabra para poder describir una situación determinada. La Torá, a pesar de su infinitud sustancial, es para nosotros una vía de acceso a las manifestaciones del Ein Sof, pero no es el Ein Sof mismo, sino el reflejo del Ein Sof en un canal finito de manifestación. Para la gran mayoría de los autores judíos, la Torá es un canal que parece finito en el nivel literal, pero que es infinito si ahondamos en todos sus niveles. Si el Ein Sof se manifestó en la Torá, y la Torá es una manifestación, entonces podemos decir que la Torá es limitada. La Torá se transforma paradójicamente a la vez en una forma limitada e ilimitada de revelación: es limitada al propio texto y, en cambio, es ilimitada, porque el judaísmo ha creado la interpretación infinita del texto y es, a partir de esta interpretación infinita, y por su propia infinitud, que el judaísmo llevó la interpretación de la Torá al grado del Ein Sof. El judaísmo llegó a estudiar de forma equivalente la Torá como toda la representación de la realidad.
    Una realidad que indudablemente supera el texto escrito. Al destruir las limitaciones escriturarias de la Torá y comprender toda la información universal como parte de la esencia de la Torá, el judaísmo no redujo su campo de acción, sino que, por el contrario, amplió sus horizontes y, en cierta medida, se salvó de caer en un reduccionismo religioso. Gran parte de las religiones son “reduccionistas”, porque tienden a reducir su verdad al canon por medio del cual desean controlar la realidad. Todas las religiones son verdades parciales y ninguna puede llegar al Ein Sof, porque todas son construcciones humanas dentro del campo de la fragmentación. Si a esto le agregamos el relativismo histórico de la evolución religiosa, podemos decir que una religión es un marco referencial institucional y cultural modificable por la evolución antropológica del ser humano. La religión, pues, trabaja reducida al mundo de la Bet; la mística judía trabaja tomando en cuenta la existencia del mundo de la Alef, buscando la unidad esencial del Ein Sof.
    Así, la Torá literal nos conduce a conocer las manifestaciones limitadas del Ein Sof en esta realidad existencial; en cambio, por la infinita interpretación de la Torá accedemos a la infinitud de posibilidades del conocimiento, que nos acercan a la infinitud del Ein Sof mismo. La Torá actuaría, en este sentido, como el elemento fundamental de revelación de todo el Árbol de la Vida. La Torá sería, pues, el conducto general de todas las dimensiones en el campo de la finitud. Por esa razón la Torá comienza con la palabra hebrea Bereshit, palabra que contiene en primer lugar la letra Bet, y no con la primera letra del alfabeto hebreo (la Alef), porque simboliza que toda la creación de Dios es una consecuencia de una manifestación limitada del Ein Sof y que, por tanto, toda la lectura de la Torá se reduce en términos literales al mundo de la Bet. Aunque los grados de comprensión del mundo de la Bet son perceptibles como infinitos desde nuestra perspectiva limitada predeterminada, son finitos vistos desde el Ein Sof. Los kabbalistas dicen que bajo la literalidad de la Torá se esconden los secretos que revelarían el sustrato sustancial del mundo de la Alef. La Alef es el mismo Ein Sof, es el verdadero nombre de Dios en el ocultamiento y, por lo tanto, el Tetragrama es el nombre de Dios en su posición revelada. Así, el Tetragrama es el nombre que podemos soportar, pero no su nombre real. Porque en realidad no existe un nombre real que podamos soportar. El Ein Sof se encuentra más allá de todos los nombres posibles.
    En el campo de la fragmentación, dentro de las diferentes dimensiones, Dios posee muchos nombres, pero ningún nombre es comparable a la Alef. Es más, podríamos decir que la Alef es el nombre que le adjudicamos al Ein Sof en su nivel de ocultamiento, pero, en realidad, no existe ningún nombre posible. Dentro del Ein Sof la Alef no existe como “nombre”, allí no existe la posibilidad de que algo sea nombrado. Nosotros nombramos como “Alef” un Ein Sof que en esencia no es ni la Alef, sino que es la causa del nacimiento de la letra Alef. Pese a estos límites, al Ein Sof en el nivel oculto lo denominamos como “Alef”. El nombre de la letra Alef se compone de tres letras: Alef, Lamed y Pei o Fei. De esa Alef nos interesa la primera letra Alef, que a su vez contiene una letra Alef, y así hasta el infinito. En realidad, lo que debemos hacer no es expandir al infinito las letras derivadas de la palabra Alef, sino, por el contrario, unificar el contenido interno de la Alef para llegar a la esencia del Ein Sof. Sin embargo, tenemos un límite en el proceso de unificación. Que la Torá comience con la letra Bet hace referencia simplemente al mundo de la fragmentación. Para los kabbalistas, la Torá es el plan general de la creación que proviene del mundo de la Alef. La Alef, por lo tanto, es el Ein Sof con o sin la existencia del mundo de la Bet. Porque, a pesar de no existir el mundo de la Bet, la Alef existía, y aunque el mundo de la Bet hipotéticamente desapareciera en el futuro, la Alef seguiría existiendo.
    Así, la Torá funcionaría en una cantidad infinita de niveles de acuerdo a nuestra percepción de la realidad, desde los niveles de máxima revelación hasta los niveles de mayor ocultamiento. Como el Ein Sof es la máxima ocultación, entonces la Torá tendría un infinito número de niveles. Esto nos conduce a un trabajo de interpretación infinito de la realidad. El judaísmo, por lo tanto, propone al hombre la posibilidad de una labor imposible de finalizar. En dicha imposibilidad se fundamenta el sentido de la existencia. Porque tenemos la capacidad infinita de perfectibilidad al infinito, y esa perfectibilidad constante nos reduce siempre a la aceptación continua de nuestras limitaciones. Porque si el fragmento es perfectible, el Ein Sof es la perfección esencial. Y lo perfectible solamente puede avanzar a través de un proceso de perfeccionamiento constante. La soberbia en el ser humano es uno de los peores males, porque reemplaza el poder de la perfectibilidad por la ilusión de la perfección. Probablemente este es uno de las importantes logros del judaísmo: ningún ser humano es perfecto, y de ahí que todo sea perfectible. La fuerza de la perfectibilidad constante produjo dentro de la mentalidad judía el mesianismo potencial.
    El Sod (secreto) de la Torá posee el código del Ein Sof en sus entrañas, mientras que las partes reveladas de la Torá se conectan con las manifestaciones fragmentarias del mundo de la Bet. Ahora bien, las manifestaciones fragmentadas del mundo de la Bet son un reflejo espacial y temporal de la realidad eterna del mundo de la Alef y, por tanto, la imagen y semejanza de Dios. Así como el ser humano es imagen y semejanza de Dios, la Torá es el lenguaje del Ein Sof dentro de la fragmentación. Así la Torá se puede encontrar en ambos niveles. Las interpretaciones de la Torá más secretas, al acercarse al secreto esencial del Ein Sof, nos descubren un nivel completamente desconocido: la Torá de Atzilut. Sabemos que no podemos conocer la esencia del Ein Sof, pero podemos conocer sus manifestaciones, y si sus manifestaciones poseen algo de su esencia (ya que no existen manifestaciones sustancialmente independientes de la esencia básica del Ein Sof), entonces podemos encontrar a Dios dentro de nosotros mismos. También cuando me uno a otra persona (un amigo) me estoy uniendo a Dios. Por ese motivo, como muchos filósofos judíos modernos han señalado, podemos encontrar a Dios en el rostro del otro. Los kabbalistas dirán que podemos y debemos encontrar a Dios en nuestro propio interior.
    Ver texto completo en siguiente link:
    https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2021/11/14/kabbala-4/
    Elaborado por David Saportas
    1 hr 23 min
  • Realidad Espiritual detrás del Covid
    Ver artículo escrito completo en mi blog:
    Primera Parte.
    https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2021/10/04/15-por-que-creer-en-la-tora/
    El título que le he dado a este artículo de entrada parecerá confuso para muchos de los que lo lean. Es la intención de estas palabras establecer correlaciones multicontextuales de aquello que no podemos percibir de formas directas dadas las condiciones de fragmentación que definen nuestra realidad, y peor aún si se tiene en cuenta que dicha fragmentación se torna cada vez más confusa en la actualidad. Una confusión que no proviene de la nada, ni de suposiciones abstractas o esotéricas imaginativas como teorías de una realidad que día con día se torna más espantosa y que a la vez escondida a los ojos de la gran mayoría de la humanidad. Es decir, una confusión que de ninguna manera se corresponde con un devenir coyuntural de nuestra historia, sino que procede de una agenda oculta milenaria que fue planeada por entidades angelicales desde los inicios mismos de nuestra existencia dual y pasado cósmico. Es claro que la afirmación anterior no podrá ser entendida de entrada.
    La reflexión es algo que está ausente por completo en las mentes arrogantes y supersticiosas. Sólo la humildad (bien entendida en su profundo significado) permite el acceso a la sabiduría y el placer de la certeza en el conocimiento que le permita a uno aspirar a la “salvación”. Pero primero toca saber que significa la palabra “Salvación”. Las revelaciones son costosas y si se quiere “vivir” de verdad, uno debe estar dispuesto a pagar el precio. El libre albedrío es hoy en día prácticamente un mito. Por otra parte, también lo es el determinismo y el destino. Como individuos, normalmente no vemos el panorama general, ya que todos estamos conectados integralmente y las complicaciones de la conciencia humana están más allá de la comprensión de cualquier matriz o algoritmo. La verdadera experiencia humana está más allá de la comprensión humana actual, y ninguna religión, ni ningún Dios (o “dioses”) cambiará esto jamás. ¿A dónde debe llevarnos la búsqueda de sentido? ¿Deberíamos seguir explorando el mundo que nos rodea? ¡Por todos los medios! El estudio de las ciencias nos enseña sobre las verdades del universo en el que nosotros vivimos. Sin embargo, hay otras partes de nuestro ser además de nuestro cuerpo físico.
    La mayoría de los lectores quieren claridad. Quieren leer palabras que tengan sentido, que comprendan y digan algo definitivo. Sin embargo, ¿qué pasa cuando las palabras no son suficientes? ¿Qué sucede cuando no hay claridad, cuando no hay un sentido claro y, ciertamente, nada definido? ¿Quién es sabio? ¡Uno que puede prever lo que viene! Por lo tanto, los verdaderamente sabios son ciertamente muy pocos. La búsqueda de la expansión de la conciencia se convierte en el único criterio a través del cual se pueden lograr revelaciones reales y percepciones universales. Nuestras mentes individuales deben expandirse. Cada uno debe crecer hasta alcanzar el horizonte de la revelación. Están pasando cosas. Es fundamental estar atento a los patrones. Entienda, pues, con sabiduría, y sea sabio con entendimiento. Experimente la realidad donde los opuestos y las contradicciones pueden ser lo mismo. Pero primero tranquilice su mente de los pensamientos y dispóngase a investigar y tratar de entender.
    El factor primario y más relevante al que me referiré aquí, ya se viene mencionando y mencionaré de muchas formas explícitas e implícitas, no sólo en este artículo, sino en muchos de los demás artículos de este blog. Es la guerra que se lucha por nuestra mente. No es una definición simple. De aquí parte absolutamente todo. Muchos pensarán que entienden el enunciado o dicha realidad, ya sea que hayan o no leído. Otros quizás piensen que exagero, que es irracional y no pocos se burlarán. Tristemente esto último puede ser la más acertada especulación que confirma exactamente lo que se va a explicar en detalle. La destrucción de nuestra mente es el inicio de activación de innumerables consecuencias que nos dirigirán al mismo infierno. Es la causa primaria de reacción en cadena que permite a toda la ley de la justicia de Dios que regula todo el sistema operativo de todo el cosmos y toda existencia, actuar en consecuencia con la autorización que nuestros propios actos y niveles de conciencia (o ausencia de ella) definen efectos y consecuencias. Esto significa que para entender el mundo que nos rodea y nuestras vidas, primero se debe conocer la Ley de Dios, sabiendo cuáles han sido sus predefiniciones sobre Su Creación y nosotros. Cuál es Su voluntad, propósito, reglas, advertencias, bendiciones y maldiciones. La exhortación constante en la Torá es “conoce a tu Dios”. Es entender que nada viene a la existencia y a nuestras percepciones de la realidad (sean las que sean en todo sentido) con sus consecuencias y detalles infinitos sin antes haberse originado en una jurisprudencia infinitamente sabia de aprobación en misericordia y justicia.
    Nada sucede en nuestras vidas individuales e insignificantes a nivel micro, o a nivel global y cósmico macro, sin una aprobación divina infinitamente matizada en términos de análisis, juicio y balance de nuestros actos. Esto incluye todos los aspectos que nos definen en pasado y futuro, influencias, herencias, voluntades, atenuaciones de bondad y misericordia divina y aplicación de la ley. Todo obedece y sucede por una justicia y bondad infinita que no entendemos. Nada deviene de la nada, ni por casualidades fortuitas.
    Esto es muy importante entenderlo, pues impacta directamente nuestras almas de tal manera, que al hacerlo puede modificar las raíces previas que vienen direccionando las cadenas de acción – reacción que definen nuestro actual juicio y destino. Por ello trataré aquí en este artículo de ser detallado y extenso en las explicaciones de los antecedentes que nos han traído a la actual situación global que se ha insinuado. Lo queramos o no, somos parte de los hechos de aprobación que se han desatado en el mundo y sea como sea lo que sucede hace y hará parte de nuestros destinos. Lo que hay que resaltar aquí es que la profecía bíblica ya nos advierte cuál es la gravedad de éstos tiempos si no se entienden. Específicamente y como anticipé se hace referencia a una sola faceta en este artículo. Y esa faceta se corresponde con entender el significado del versículo bíblico que nos advierte sobre el advenimiento del “hombre de pecado”.
    Cuando se estudia el libro de apocalipsis en la biblia y los otros similares de los grandes profetas bíblicos, se ven descripciones sobre el fin de los tiempos bastante aterradoras de muy variadas facetas de no fácil interpretación e identificación de cumplimiento en tiempos. No voy a mencionar estos aspectos, ni mucho menos a tratarlos como se suele hacer en círculos académicos religiosos y escatológicos. Sólo haré breves menciones bíblicas relacionadas con las exhortaciones y líneas de análisis de nuestra realidad actual con fundamentos de conocimiento de la misma Torá de profundidad. Se trata de un énfasis o mensaje que impacte a quien se tome la molestia de leerlo. El “advenimiento del hombre de pecado” es precisamente uno de los tantos tópicos que en mi concepto se abordan de formas infantilmente literales y descontextualizadas del conocimiento verdadero de la Torá como un aspecto integral global y a la vez infinitamente detallado en complejidades del ser humano y su historia. La imaginación y la especulación fantasiosa casi siempre es lo que siempre se constata.
    Artículo completo en link.
    https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2021/10/04/15-por-que-creer-en-la-tora/
    Segunda Parte:
    Engaño Covid Como Evidencia de Pérdida de la Mente y Alma del Ser Humano.
    Ver artículo escrito completo en mi blog:
    https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2021/10/05/verdad-y-realidad-1/
    Continuando con lo que se venía denunciando acerca de los medios de comunicación y su participación mercenaria con la agenda covid y toda la falsa y engañosa narrativa de plandemia, tanto ahora, como con toda la gigantesca red de engaños del pasado y presente, llegamos a la conclusión de que los gobiernos y medios de comunicación por todas partes han estado acusando a los que dicen la verdad sobre la difusión de sus verdaderas noticias falsas. Cualquiera que no siga la línea del partido oficial es un monstruo desestimado como peligroso teórico de la conspiración. No obstante las grandes conspiraciones en realidad han estado promoviendo consignas para persuadir a sus ciudadanos a comportarse como es necesario. Este es el meollo del asunto a describir en este articulo y sus relaciones con la agenda covid planetaria a la que estamos sometidos desde hace más de un año y medio. Al respecto del covid y lo que se viene reseñando, a principios de la pandemia en China había un eslogan que decía: “Sí amas a tus padres, enciérralos”. En Taiwán se le dijo a la gente “que visitarse es matarse unos a otros”. A primera vista, los lemas que son muy publicitados y promovidos aparentan ser muy inofensivos. Muchos los conocemos. Algunos como “estamos todos juntos en esto” parecen bastante inocuos, aunque podríamos mejor exigir se agregue a la frase “que estamos todos juntos en esto, siempre y cuando que trabajemos como asesores de presidencia”.
    El primer trío de frases que se promocionaron en muchos países fue “mantenga su distancia, lávese las manos, piense en los demás”. Posteriormente se agregaron frases de repertorio. “Quédese en casa, salve vidas, proteja el sistema sanitario”. El ritmo y el patrón como sean usados estas frases no es una coincidencia. Ahora con la agenda de vacunación la situación es más invasiva aún. Se nos dice día y noche “vacúnate, vacúnate ya”, “vacunarse salva vidas”, “se responsable, vacúnate”. Generalmente hay una media de tres palabras en cada frase, y las frases se ejecutan en tres. Esto no es una coincidencia, no es casualidad. Usar frases de media de tres palabras presentadas en grupos de tres es una técnica conocida como “La Regla de los Tres” en psicología del condicionamiento. Y esa es la razón de las tres frases con las que todos estamos siendo bombardeados. Estamos siendo entrenados y adiestrados al mismo tiempo.
    Es psicología del comportamiento. Otros hipnoterapeutas han señalado que si repetimos las frases con suficiente frecuencia, entonces las palabras y los pensamientos se implantan en nuestras mentes subconsciente, y entonces se convierten en una creencia que motiva nuestro comportamiento. Y entonces los gobiernos repiten consignas que se convierten en creencias. Se llama autosugestión en la “línea de todos los días de todos modos me estoy poniendo mejor y mejor”. Hitler también creía que si una mentira se repitiera con la suficiente frecuencia eventualmente sería confundida con la verdad por la mayor parte de la población. Las personas son más grandemente víctimas de las grandes mentiras que de la mentira pequeña “dijo Hitler”. Ya que nunca se les ocurriría fabricar falsedades colosales, y no creerían que otros podrían tener la insolencia de distorsionar la verdad tan infamemente. La personas justifican la mentira colosal buscando argumentos imaginativos como “Pfizer es una empresa muy seria”, “no creo que los directivos de las farmacéuticas se reúnan para conspirar un genocidio global”, etc. Son cientos y miles los justificativos que encontrará la victima para defender a sus victimarios, tal cual como se podría hacer un paralelo con la anécdota de “Lenin y la gallina desplumada”.
    Ver texto completo en siguiente link:
    https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2021/10/05/verdad-y-realidad-1/
    Tercera Parte
    Pérdida del Sistema inmunológico y Advenimiento del Hombre de Pecado.
    Ver artículo escrito completo en mi blog:
    https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2021/10/08/16-por-que-creer-en-la-tora/
    Se quisiera desear “Paz”. Pero ¿cómo desear o declarar la paz, cuando está tan claro que estamos en TIEMPOS DE GUERRA? Así que la mejor palabra de deseo no es paz, es otra palabra. ESPERANZA. Las huestes satánicas pretenden instaurar una criminal DICTADURA al más puro estilo comunista a la que llaman Nuevo Orden Mundial. Si dependiese de nosotros detener dicha agenda habría que empezar a pensar en una resistencia nada pacífica. Tristemente esta esperanza no parece nada factible a estas alturas para el buen entendedor en el diagnostico de las realidades que vivimos a la fecha. No sólo es utópico, fantasioso y muy inocente a estas alturas pensar que pudiese existir una resistencia civil lo suficientemente poderosa y organizada para enfrentar las inexpugnables y gigantescas estructuras de poder del Nuevo Orden Mundial, sino además ridículo. Todo lo confirma. Empezando con casi 6000 millones de personas vacunadas a la fecha (según datos recientes). Pero la guerra individual y local si que es factible y es nuestro deber moral con el cielo. Y esa debe ser nuestra esperanza.
    Sin libertad, sin justicia y sin derechos inalienables, la paz es imposible. Nos lo gritan en la cara. Y aún así la gran masa borrega planetaria no cree. El mayor castigo que nos impone Dios es la ausencia de juicio divino inmediato y visible y reconocible a nuestros ojos como consecuencia de nuestras transgresiones. La misericordia divina siempre nos da una oportunidad en el tiempo para la toma de consciencia de nuestros errores. El problema es que vamos por nuestro camino alegre pensando que todo está bien y que podemos salir impunes con lo que sea que estamos haciendo. Sólo espere. El juicio de Dios no se pospone indefinidamente. Se cosechará lo que se ha sembrado de forma exacta, ya sea que se haya hecho sin querer o intencionadamente. Preste atención! Cambie su curso ahora mientras pueda. Si no, sigua su camino alegre hasta que el juicio divino lo alcance. Siga adelante con la nueva normalidad como si nada sucediese. Siga adelante en completa ignorancia y complicidad con la maldad sin discernir absolutamente nada. Como muchos me lo han dicho con altivez, vanidad y presunción: Para atrás sólo los cangrejos. Para atrás, ni para coger impulso.
    Los avisos son visibles y destellantes. No hay excusa para no verlos. Cuando esto se desate, feliz, ya no lo será! Nadie vendrá a ayudarlo cuando llegue esta hora. Estará en las manos del juicio divino, y no escapará hasta que haya pagado sus cuotas. Mire alrededor! Preste atención! El juicio se cierne. Preste atención ahora mientras pueda. Cambie, o afronte el destino de lo que está haciendo y aceptando.
    Las inmediatamente anteriores palabras como disertación sobre la manipulación y lavado cerebral al que estamos expuestos son a duras penas una infinitesimal y minúscula descripción sobre los engaños y propósitos que están asociados exclusivamente al tema del coronavirus y miles de agendas conspirativas adicionales que se ejecutan desde siempre en nuestra historia existencial cósmica en los mundos de la dualidad, cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día. Sería muy difícil que se entienda en su verdadera magnitud la anterior afirmación. Sin embargo aún así, podemos circunscribirnos a nuestra realidad conocida inmediata y cercana. Es muchísimo lo que se podría agregar de las sofisticaciones de verdades y mentiras mezcladas lanzadas a la opinión pública de forma agendada, con el objetivo primario y de inicio de ejecución de la etapas subsiguientes, y de crear CAOS Y CONFUSIÓN.
    Así, ante el gigantesco asalto de informaciones contradictorias, absurdas y trágicas al mismo tiempo (sumándole todas aquellas terroristas, amarillistas, descalificativas, burlas planeadas y las que nos tratan como idiotas), el típico borrego, ansioso por volver a su habitual “normalidad” (maquillada de responsabilidad o no), ansioso de volver a su burbuja de confort donde no tiene que pensar, sino sólo ser el habitual robot que se auto justifica inmoralmente con su negligente y miope visión de vida, no sólo aceptará y obedecerá lo que sea; se someterá sumisamente para evitar entender lo que sucede. Estará desgastado (así haya sido ínfimo o nulo su esfuerzo por entender) y ansioso por NO saber justificado en su miedo.
    La confusión agendada no sólo esconderá la verdad en frente de sus ojos, sino que someterá al máximo nivel de esclavitud y estupidez al angustiado y anestesiado borrego; incluyendo a casi todos aquellos que se juran que no son borregos. Es decir, incluso a los conspiranóicos que “supuestamente” investigan. Las complejidades dialécticas de engaño, son demasiado para la mayoría. “Que mamera pensar” es el eslogan preferido de tres palabras adecuado. Así que el tema no es para desestimar. Aún así con lo expuesto aquí en este artículo, el supuesto coronavirus, covid, SARS COV2, Proteína Spike, o lo que sea el dichoso bicho, si tiene sus componentes mortales que quizás todavía no los hemos identificado completamente y desconocemos a pesar de todo lo que se ha “aprendido” desde que inició toda esta agenda genocida. Las estrategias de engaño que se nos están imponiendo, si son posibles de especular con inteligencia. Pero, que “mamera” descifrarlo. Mejor simplificar y esconder la cabeza como el avestruz y seguir los consejos que algunos sugieren y dicen con absoluta “seguridad” y “sapiencia”: “No le den más publicidad a las agendas oscuras del Nuevo Oren Mundial”; “¿no ven que el biblia lo reveló hace mucho?”. En otras palabras… Por favor permanezca en la oscuridad.
    Ver texto completo en siguiente link:
    https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2021/10/08/16-por-que-creer-en-la-tora/
    Escrito y elaborado por David Saportas
    5 hr 43 min
  • Kabbalá 3 - Conceptos Básicos de la Kabbalá – Misterios de la Creación y el Arbol de la Vida
    Conceptos Básicos de la Kabbalá – Misterios de la Creación y el Arbol de la Vida
    Ver artículo escrito completo en mi blog:
    https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2021/11/06/kabbala-3/
    Los Universos.
    El mundo de la Bet (o de la fragmentación) es esencialmente el mundo revelado. Existen tres tipos de universos: el universo de imposible revelación, porque se encuentra en el Atzmut del Ein Sof (la esencia del Infinito) o mundo de la Alef; el segundo universo en el nivel de Atzilut1, que potencialmente puede ser revelado, porque ya se ha manifestado, pero que por nuestras propias limitaciones actuales no podemos revelar y, por tanto, se mantiene oculto; y el tercer universo, en el que nos movemos (Creación, Formación y Acción – en hebreo, los mundos de Briá, Yetzirá y Asiá. Estudiaremos estos universos más adelante) y el que, pese a nuestras actuales limitaciones estructurales, podemos conocer, aunque en realidad no conozcamos en su totalidad y actualmente nos encontremos en el proceso de su conocimiento; lo que hace que existan partes de estos tres que aún no conocemos y que se encuentran ocultas.
    El universo de Atzilut pertenece al mundo de la Alef, pero es el mundo intermedio entre la Alef del Adam Kadmón y el mundo de la Bet. Es verdad que, como Atzilut es parte del Ein Sof, se encuentra dentro del mundo de la Alef; sin embargo, como el mundo de la Bet alcanzará en el futuro un grado de perfeccionamiento muy alto, podemos decir que el mundo de la Bet lentamente ascenderá hacia el mundo de la Alef. Es en la dimensión de Atzilut donde existen las energías dimensionales que llamamos sefirot.
    Por tanto, todo “lo oculto” (en hebreo nos referimos a lo “nistar”) no tiene la misma categoría. Tenemos lo “oculto de imposible revelación” (Atzmut del Ein Sof), lo “oculto en acto, pero revelado en potencia en un grado superior” (Atzilut) y lo “oculto, pero que fácilmente puede ser revelado, y lo revelado que ya se encuentra en acto” (Briá, Yetzirá y Asiá). El problema de lo revelado en acto es que, lamentablemente, nuestra mente ha trabajado clasificando la realidad de acuerdo a su necesidad de supervivencia, así que han quedado cuestiones ocultas por la limitación estructural de nuestra predeterminación biológica. Deberíamos trabajar con conceptos que de modo abstracto puedan comprender nuestras propias limitaciones estructurales y repensar la realidad de acuerdo a parámetros no-humanos. Creo que, a través de procesos de desdoblamiento, podríamos actuar en estos parámetros. Si decimos que existe un mundo real del nivel Alef, y nosotros somos fragmentos divididos en el nivel del mundo de la Bet, sabemos que podemos pensarnos como partes de la unidad general. En estas coordenadas, la perspectiva subjetiva, si bien no queda anulada (porque no la debemos anular), podemos obtener un nivel de conciencia con la totalidad que nos permita redefinir nuestros conceptos dentro del mundo de la fragmentación.
    Nosotros mismos, como energías independientes, estábamos ocultos antes de nuestro nacimiento y volveremos a ocultarnos después de nuestra muerte biológica. Sin embargo, en nuestra vida biológica tenemos una capacidad de revelación. También tenemos una capacidad diferente de revelación fuera de la estructura biológica, en campos energéticos diferentes de la existencia física. El alma, después de la muerte biológica, continúa existiendo en otros niveles de energía. Las energías (más allá de nuestra muerte física) se encuentran en un grado de revelación superior y por ese motivo, en esos niveles, pueden interactuar con nosotros, aunque a través de nuestra materialidad encontramos obstáculos mayores para desarrollar dicha conexión. No me es posible revelar más secretos en este nivel.
    Quiero aclarar que en este artículo se está siguiendo la antigua tradición del judaísmo secreto según la cual, cuando avanzamos más allá de ciertos límites, dentro de nuestro pensamiento, debemos frenar nuestro avance en un punto determinado para no llegar a la locura, ni del emisor ni del receptor. Esta autolimitación consciente de los kabbalistas es una antigua formula del judaísmo para establecer los límites de resistencia en la transmisión de cierto tipo de conocimientos. Con esto se quiere advertir que en varios puntos del texto se hace necesario frenar el desarrollo de determinados temas aduciendo la imposibilidad de revelar más en ese sentido. Rabí Aryeh Kaplan (1938-1983), ZL (que su recuerdo sea para bendición), advertía a sus lectores que muchos de los secretos que revelaba lo hacía con el permiso de sus maestros. En la Kabbalá existe un problema de comprensión: toda comprensión, en un nivel superior, tiene que pasar a través de la experiencia, y se dice que quien no ha experimentado un asunto determinado, no puede comprenderlo intelectualmente. Siempre debemos recordar que el Daat (el saber o conocimiento) no se construye simplemente con la conjunción de Jojmá y Biná (sabiduría y entendimiento), sino con las experiencias de Maljut (del Reino Físico), porque para eso hemos sido creados dentro de la materialidad por predeterminación. Por lo tanto, existen cuestiones que se pueden transmitir solo si se han experimentado y sólo quien las haya experimentado podrá comprenderlas realmente.
    En este sentido quienes relatan sus experiencias personales en el nivel del Sod (lo secreto) lo hacen porque son ellos mismos quienes atraviesan por dichas experiencias y sólo ellos las pueden comprender. Es entonces cuando ciertos conceptos, que a simple vista parecen teóricos, se comprenden realmente como prácticos. Muchos pueden experimentar dichas realidades sin conocerlas desde el punto de vista teórico, por ejemplo a través de algunas técnicas meditativas de la liturgia judía. Lo importante es que aquellos que han pasado por ciertas experiencias paranormales pueden comprender aspectos de la espiritualidad judía que son posibles de revelación teórica, pero que sin el componente de la experiencia es imposible comprender realmente. Todo lo que revelamos alguna vez estuvo oculto, pero estaba revelado en potencia, y nosotros, con nuestros esfuerzos, lo transformamos en revelado. Nuestros esfuerzos se encuentran dentro de unos límites predeterminados dentro del vacío. El espacio está predeterminado y nuestro libre albedrío puede desarrollarse dentro de ciertas predeterminaciones estructurales de la Creación.
    Existen técnicas de revelación importantes en los campos del misticismo judío. Una de las técnicas de revelación consiste en comprender el asunto en su totalidad rompiendo la secuencia temporal, comprender el pasado, el presente y el futuro como una totalidad estructural, porque el mal ataca las partes débiles de nuestras existencias temporales. La capacidad de resistencia es una técnica que se deduce que es una de las características de la resistencia del judaísmo a lo largo de la historia. Es posible que, para sobrevivir tantos siglos, los judíos hayamos creado una resistencia nacional a no desaparecer, y parece ser que hemos proyectado esta misma resistencia en el campo de nuestra vida existencial como una herramienta de lucha contra el mal y las derrotas temporales. Esta forma de resistencia judía en el sostenimiento de nuestra identidad religioso-nacional conformó a través de los siglos el carácter del judío, como un elemento trans-histórico.
    Por lo tanto, “las cosas ocultas son para Dios” (Deuteronomio 29:29), pero exclusivamente aquellas que Dios ha decidido mantener ocultas eternamente. En realidad, es la misma Infinitud lo que se mantiene oculto en esencia. Todo aquello susceptible de ser revelado se encuentra en el campo de la finitud. Las cosas que Dios ha decidido que se mantengan eternamente ocultas son imposibles de conocer. En verdad, lo que nos ocultó quizás se podría interpretar como el universo del nivel de Alef y que no necesariamente implica (en mi concepto personal) que la designación del mundo de la Alef abarque o incluya la misma esencia “Ein Soft” (el infinito y la nada incognoscible) de Dios mismo. Lo que se quiere decir es que Dios quizás nos oculta el mundo de la Alef, pero más explícitamente se oculta es a sí mismo. Porque el Ein Sof puede manifestar todas las revelaciones fragmentarias, pero nunca podrá revelar su esencia; sabemos que, si se revelara en una magnitud infinita, retornaría a su ocultamiento. Típica dialéctica contradictoria que quizás sea de difícil comprensión para algunos. Revelación infinita equivale a ocultación completa. ¿Se entiende? No es tan difícil cuando se allegan a las abstracciones de los conceptos que aquí se explican de forma correcta.
    ¿Cómo se entiende? Según lo expuesto en el artículo anterior y en este mismo, podríamos hacernos una imagen metal, que aunque obviamente no se corresponde con la realidad y es a la misma vez imposible traducirla fielmente a nuestras limitaciones como seres fragmentados pertenecientes al mundo de la Bet (nuestro cosmos dual), no obstante sirve de representación gráfica. Imaginemos la existencia de Dios como Ein Soft (infinito) antes de la revelación, antes de cualquier vacío de manifestación, antes de cualquier movimiento, antes de cualquier tiempo (valga la incoherencia dialéctica), antes de cualquier espacio, como el conjunto de la cámara de un “embolo” o “pistón”. Es decir el conjunto “camisa y embolo” en donde el estado original previo al “Tzimtzum” (la contracción inicial de Dios sobre sí mismo o auto restricción) se corresponde al conjunto en el estado en que el “embolo” (Dios en toda su completitud) lo llena todo. Es decir, el “embolo” (Dios) está en la posición de completa “carrera” o desplazamiento hasta el límite que se lo permite el recipiente. Imagine una jeringa en su posición final cuando ya se aplicó todo el líquido en el receptor; ya no hay nada de liquido en el cilindro de la jeringa y el pistón de la jeringa llena todo el cilindro que contenía antes el líquido.
    Esta es la representación inicial de Dios que lo llena todo. Se podría decir que Dios es el “pistón”. ¿Y entonces qué es el cilindro? Esto no se puede abstraer literalmente por supuesto. En esta representación de la jeringa, se presupone que cuando el líquido estaba en el cilindro, el pistón estaba por fuera del cilindro. Esto último es importante aclararlo, pues permitirá hacer la abstracción final explicativa de lo que expuesto. Ahora supongamos que la posición del pistón es al extremo izquierdo. Cuando empieza el movimiento de Tzimtzum o auto restricción de Dios, el pistón (Dios) se empieza a desplazar hacia la derecha. Este movimiento va dejando en vacío en el cilindro (donde estaba antes el pistón, ahora está vacío). A mayor desplazamiento a la derecha, mayor vacío en el cilindro. Este espacio que va dejando el movimiento del pistón hacia la derecha dentro del cilindro es lo que se podríamos denominar la revelación de Dios. Dios se oculta del vacío y esto se denomina revelación. Esta representación infantil, aunque apropiadamente descriptiva, en nuestra comprensión de la misma, presupone que el pistón siendo sólido con geometría y volumen constante se desplaza por fuera del cilindro. En la representación del conjunto como lo total y lo absoluto de Dios, es obvio que “no hay” un espacio adicional a donde Dios como “pistón” pueda tener una nueva posición en espacio. Estas inconsistencias de nuestra limitaciones espaciales no se pueden aplicar a este ejemplo. Pero se puede ajustar la abstracción. ¿Cómo? Aquí nos toca imaginar que el pistón se va comprimiendo o disminuyendo su volumen y longitud hasta desaparecer al final de la longitud del cilindro. Esto correspondería que la revelación máxima o infinita, significa la ocultación completa de Dios al mismo tiempo. Estas son explicaciones a nuestro nivel de percepción para abstraerse de alguna forma. No son para ser interpretadas de forma literal… Por favor.
    Así que, en realidad, Dios se oculta para que nosotros podamos existir. En el mundo de la Bet no existe “lo oculto”, ya que todo es susceptible de ser revelado. En el mundo de Bet existen las manifestaciones fragmentarias potencialmente reveladas. Lo que nosotros llamamos Sod es siempre un Sod transitorio, porque es lo oculto dentro de lo potencialmente revelado. El “Sod real” es el mismo Ein Sof, al que nunca conoceremos por nuestra estructura predeterminada. Y todo aquello que nosotros podemos captar es, indudablemente, parte del proceso constante de revelación continua. En el nivel de Alef no existen cuestiones ocultas, porque todo el mundo de Alef por sí mismo se debe mantener oculto. El mundo de la Alef es oculto por su propia condición de infinitud, ya que, si se revelara, destruiría la creación de los entes finitos del mundo de la Bet. Por esa razón podemos decir que la fuerza del universo de Atzilut podría forzar un ascenso de los tres universos inferiores, pero un ascenso que no debe destruir la existencia.
    Los límites a la revelación del Ein Sof.
    La paradoja es, pues, que una revelación total y absoluta del Ein Sof destruiría el vacío y produciría el ocultamiento completo. Por ese motivo decimos que un nivel de luz superior puede producir ceguera a consecuencia de dicha potencia lumínica, ya que dicha potencia es superior a la capacidad de recepción de cualquier recipiente. Frente a la luz del Ein Sof no hay capacidad de resistencia que la pueda limitar. Por esa razón la única forma de revelación es siempre dentro de los límites del vacío, porque no existe revelación dentro de la infinitud esencial del Ein Sof. Lo “bueno” del ocultamiento es la comprensión de regular el nivel de revelación adecuada que uno puede soportar. Lo que uno puede soportar siempre se encuentra en relación con la capacidad de recepción del receptor. Todo lo que se puede revelar depende de la capacidad de recepción del receptor (la resistencia del kli). El poder de resistencia de la vasija (kli) de recepción es lo que define la posibilidad de recibir.
    Así que no dependemos simplemente del “Ein Sof” y su emanación, sino de nuestro esfuerzo por captar el mayor nivel de energía posible.
    Es así como el ocultamiento es la condición que permite que la existencia se pueda revelar. No hay revelación posible sin un grado de ocultamiento, porque una revelación completa representa un ocultamiento absoluto. Toda revelación debe ser parcial, y todo ocultamiento parcial, pero no puede faltar el ocultamiento para que se produzca una revelación. Así podemos existir dentro de unos límites determinados, porque fuera de dichos límites perdemos la focalización de nuestra energía y se desperdicia toda la energía que poseemos. Nuestra esencia es la luz derivada del Ein Sof, pero nuestra condición de existencia se puede desarrollar dentro de la parcial oscuridad del vacío. Ahora bien, el vacío producido por el segundo Tzimtzum se reproduce en nuestra interioridad, de modo que nosotros mismos tenemos dentro un vacío que debemos llenar. Nuestra propia estructura subjetiva refleja la estructura objetiva de la misma Creación, ya que tenemos dentro de cada uno de nosotros a un fragmento del Ein Sof que se debe manifestar dentro de nuestro vacío interior, y así oscilamos entre la felicidad de la luz y la realidad existencial del vacío que deseamos llenar.
    Es interesante cómo en el judaísmo existen dos conceptos relacionados con este asunto. El concepto de tefilá como rezo y el concepto de tehilá (salmo) como agradecimiento. En la tefilá pedimos lo que nos falta, rezamos porque necesitamos rezar, no porque el Ein Sof necesite de nuestro rezo, y pedimos para satisfacer deseos insatisfechos. Pero en la tehilá (agradecimiento) agradecemos porque ya estamos satisfechos con lo que tenemos. Si por una parte estamos satisfechos con lo que tenemos y por la otra siempre necesitamos algo más, dentro de la liturgia hebrea encontramos tanto la tefilá (oración) como la tehilá (salmo de agradecimiento), porque debemos “pedir” y “agradecer”. La tefilá (oración) marca la insatisfacción mientras que la tehilá (agradecimiento) marca la satisfacción. La felicidad del ser humano oscila en ser feliz con lo que se tiene y con lo que no se tiene. Si el ser humano se enfoca exclusivamente en lo que tiene puede frenar su deseo de progreso, y así “resignarse”; pero si se enfoca exclusivamente en lo que no tiene puede deprimirse, porque siente que nada tiene. Tanto lo satisfecho como lo insatisfecho nos deben ayudar a progresar espiritualmente; esa es la máxima satisfacción que debemos alcanzar.
    En realidad, la felicidad es la luz que podemos percibir por nuestro nivel de oscuridad. Así que la felicidad no puede ser la luz completa y total del Ein Sof, porque ese nivel de luz infinita nos destruiría. Por ese motivo, la felicidad se fundamenta en la posibilidad de aumentar la recepción de la luz sin ser destruidos por la luz infinita del Ein Sof. Ese vacío que intentamos llenar cumple dos funciones fundamentales: por una parte nos hace “existir”, y por la otra, nos lleva a la felicidad de mantener un deseo insatisfecho. El vacío de luz es la condición indispensable para nuestra existencia, porque de lo contrario todo retornaría a la esencia del Ein Sof. Todo lo oculto en el mundo de la Bet constituye una revelación en potencia. Algún día dejará su ocultamiento para ser revelado a través de nuestro esfuerzo. ¿Es acaso esto lo que muchos kabbalistas han identificado como la “era mesiánica”? Personalmente concluyo que no es un asunto de respuesta blanco o negro. Es un muy largo proceso que pertenece a otras instancias muy extensas de explicación.
    Es un gran problema (por ahora teórico) determinar dónde se encuentran los límites reales entre el mundo de Alef y el mundo de la Bet. De hecho el asunto se podría extrapolar a mayores especulaciones si se tienen en cuenta las posibles interpretaciones que se derivan de los análisis literales o Peshat de la misma biblia de manera integral asociando las revelaciones del mal llamado nuevo testamento. En ese sentido se relacionan a estos análisis de orígenes cósmicos en el tiempo todo aquellos que tendría que deducirse de la palabra “Bereshit” (la primera palabra del libro de Genesis con la que comienza la Torá) como un “segundo comienzo” que proviene del “Big Bang” (según lenguaje científico), pero en realidad infiere un conflicto que cósmico que obligó a la separación de los cielos 1, 2 y 3 de los cielos 3, 4, 5, 6 y 7. Una separación del cosmos de “abajo” del “alto Elion” (según lenguaje bíblico). ¿Se deduciría acaso que lo acontecido antes del “Big Bang” (como los tiempos de antaño), es acaso el tiempo de la Alef? En el lenguaje de la Kabbalá de que tratan estos artículos sin duda NO se corresponde a ello. El tiempo o mundo Alef es antes que todo. Sabrá a qué me refiero si estudia aquí en mi blog los estudios referentes a nuestro “pasado cósmico” que se detallan en la serie de 7 videos explicativos de dicha cosmología Peshat.
    El sentido de nuestra existencia es lograr transformar todo aquello que se encuentra oculto, susceptible de ser revelado, en una revelación en acto. Esto depende de nuestro esfuerzo personal. Si toda nuestra potencia se encuentra dirigida a revelar la máxima cantidad de energía oculta dentro de nuestra realidad, entonces estaremos trabajando con el fin de darle un sentido real a nuestra existencia. Lo que nunca será posible revelar es lo oculto fuera del límite del vacío, porque los límites del vacío llegan al Ein Sof. Depende si el Ein Sof lo permite o no. El Ein Sof tiene el poder de establecer los límites de su creación y, por lo tanto, la extensión del espacio que nos predetermina. En este punto nos encontramos a merced del mismo Ein Sof. Podríamos argumentar, sin embargo, que depende de nuestro esfuerzo y del ejercicio de nuestro propio libre albedrío si merecemos que el Ein Sof predetermine un espacio mayor al vacío donde se desarrolla nuestra existencia.
    Tenemos deseos satisfechos, deseos insatisfechos pero revelados y deseos insatisfechos pero no revelados. El problema no se encuentra tanto en la insatisfacción de los deseos, sino en su ocultamiento, porque esta falta de revelación de los deseos hace que no conozcamos cuáles son los vacíos de nuestra insatisfacción. El Ein Sof es el deseo máximo de una insatisfacción eterna. Es probable que esta sea la causa de la existencia eterna del judaísmo. El misticismo judío ha logrado que el Ein Sof se sitúe a tal grado de distancia de sus fragmentos que todos nuestros avances son “nada” frente a su nivel de ocultamiento, pero dentro de nuestra capacidad representan el máximo desarrollo posible.
    La forma de ascender al universo de Atzilut
    ¿Cómo es posible que los fragmentos manifestados del vacío penetren en la totalidad del Infinito sin perder su categoría fragmentaria? Este es un secreto que se nos revelará en el futuro. De acuerdo a nuestra capacidad limitada de análisis, toda revelación en dicho nivel puede conducirnos a la desaparición de nuestra existencia física fragmentaria, ya que se supone que desde el vacío no podríamos ingresar al Ein Sof porque se destruiría nuestra capacidad de resistencia material. No podemos saber si en el futuro existirá la posibilidad de ingresar dentro del mismo Ein Sof, esta situación (hoy imposible) se alcanzaría exclusivamente con la destrucción de nuestra temporalidad. La única posibilidad es ingresar al nivel de Atzilut, ya que no podemos ingresar dentro del Atzmut (la esencia) del Ein Sof. La forma de ingresar en Atzilut es elevando los tres universos inferiores al grado de Atzilut. Se dice que la Torá deberá funcionar como Torá de Atzilut en un grado superior a su funcionamiento actual. Por ese motivo algunos kabbalistas dicen que existe una letra que no se ha podido revelar, más allá de las 22 letras: es la letra número 23, la letra hebrea “shin” con cuatro ramas. La revelación de esta letra 23 marcaría el paso al universo de Atzilut.
    No se debe dejar pasar por alto esta última mención y de paso resaltar lo que verdaderamente significan los arquetipos de cada letra hebrea. Se piensa comúnmente (gracias a las profundas ignorancias que subyacen en el humanismo secular) que las letras son representaciones geométricas usadas como herramientas de “evolución” antropológica en el devenir de la humanidad. Nada más falso. Esto bien merecería innumerables tomos enciclopédicos de ilustración de las verdades divinas de la creación. Las letras hebreas (incluyendo su sonido y geometría) son los ladrillos de la creación y el lenguaje como fuerza matrix propulsora de todas las realidades. Esto significa que son entidades espirituales vivas (todo está vivo) de atributos e inteligencia infinita otorgadas por el mismo creador de todo (Dios). Sus esencias definen las realidades que nuestros sentidos pueden percibir e interpretar. Sus combinaciones acorde a sus atributos individuales de cada letra definen las dimensiones, los conceptos, la materia, sus características, nuestras vidas y todos los secretos de existencia en una interrelación de unas con otras que crean la infinita posibilidad matrix constructiva y de vida de universos y dimensiones. Tema muy extenso para dilucidar y acceder a los misterios de la creación. Es por esto que las meditaciones sobre nombres y letras hebreas crean conexiones con los mundos superiores y pueden modificar las realidades de nuestra existencia. No simplifique esto último.
    Otros kabbalistas afirman que la Torá tiene otra vocalización completamente diferente que no conocemos y que el Mesías revelará esta vocalización oculta. Cuando se revele la vocalización oculta, comenzará a funcionar la Torá en el nivel de Atzilut. Otros kabbalistas afirman que dentro de los espacios en blanco entre las letras negras de la Torá se encuentran las verdaderas letras de la Torá que no se pueden ver; así, en el futuro podremos percibir las letras que se encuentran ocultas dentro de los espacios en blanco. Todas estas ideas tienen un denominador común: la existencia de un funcionamiento oculto de la Torá que aún no podemos percibir. Lo que sí será posible en el futuro es conectarnos con el Ein Sof en un grado más alto del actual. Cuando en la kabbalá decimos que algún día todos los universos se unificarán y subirán al grado de Atzilut (la Emanación), significa que poseeremos formas de desmaterialización energética que nos conducirán a existencias más elevadas que nuestra existencia material actual. Esto lo alcanzaremos en los próximos siglos. Se dice que cuando nos acerquemos al año 6000 (año 2240 del calendario secular actual) estaremos ingresando en el proceso de unificación de los universos y elevándonos al grado de Atzilut. Muchos creen que Atzilut corresponde a la “era mesiánica”. De nuevo acoto… Personalmente considero no debemos interpretar lo anterior de forma simple, ni en blanco o negro.
    Sin embargo, para ingresar en el nivel de Atzilut, el mal, tal como lo conocemos, debería desaparecer para siempre. Cuanto menos, el mal debería desaparecer en un nivel determinado. Esta es la condición indispensable para ingresar en Atzilut. El Ein Sof está limitado hacia dentro de sí mismo, no hacia el exterior, porque no existe exterior fuera del Ein Sof (Infinito). Es así como en realidad el Ein Sof no tiene ninguna limitación externa a sí mismo. La idea de “exterior” es producto de nuestra predeterminación física dentro del vacío, donde existen manifestaciones fragmentarias exteriores a nosotros. En el Ein Sof no hay nada exterior a dicho infinito, solamente existe el interior. Nosotros existimos porque el Ein Sof vació una parte de su infinitud creando su interioridad. Nosotros nos encontramos dentro de una finitud limitada por la infinitud, y lo exterior a la finitud es la infinitud. Pero, desde la perspectiva de la infinitud, nosotros somos su interioridad. El vacío nace dentro de Dios por su propia voluntad. Por ahora son difíciles de precisar los límites entre el mundo de la Alef y el mundo de la Bet.
    Este fue uno de los grandes problemas del misticismo judío. La Escuela de Gerona siempre dijo que el nivel de Keter pertenecía al mismo Ein Sof, porque no sabemos dónde está el límite entre el Ein Sof y Keter; sin embargo, Moshé Cordovero en su magna obra Pardes Rimonim dijo que Keter es una dimensión que se encuentra fuera del Ein Sof debido a que constituye una vasija de las diez que contienen el Or del Ein Sof. Siempre que conceptualizamos limitamos la realidad, y por ese motivo ascendemos dentro de Keter, pero no ingresamos en el Ein Sof. Así que Cordovero sentó las bases de la comprensión de Keter como una dimensión independiente del Ein Sof. Keter es la “Corona”, pero no es el Rey. Todas las limitaciones humanas, por más elevadas que sean, pertenecen a las diez dimensiones del Árbol de la Vida. Cuando ya no podemos conceptualizar más, debemos respetar la intimidad del Ein Sof en su esencia. Los kabbalistas de Gerona asociaron Keter al Ein Sof simplemente porque decían que si el ser humano no puede conquistar Keter, jamás alcanzaremos el límite entre Keter y el Ein Sof, lo que hace que para nuestra percepción limitada dicho límite no exista. A pesar de que no alcanzamos aún dicho límite, la diferencia continua existiendo.
    Podemos pensar que algunos elementos son partes del mundo de la Alef, pero cuando los revelamos comprendemos que pertenecen al mundo de la Bet. Cuando dentro de la mística judía hacemos referencia a la información, nos referimos a un concepto muy importante: las “energías dimensionales” de las diferentes dimensiones del Árbol de la Vida son energías que se diferencian por el grado de información que contiene cada una. En realidad, lo que oculta el “mundo oculto” es información. Por ese motivo, a medida que tenemos una mayor información de la realidad, podemos comprender mejor la dinámica de ciertos tipos de energía. Tampoco podemos considerar, como han creído algunos, que el mundo de la Alef (Dios en su esencia) es el resultado de nuestra falta de conocimiento dentro del mundo de la Bet. Para muchos pensadores provenientes de la psicología clásica freudiana, Dios representa la totalidad de los residuos de nuestro mundo que no comprendemos. Para los kabbalistas, el mundo de la Alef es incomprensible porque se encuentra en el nivel del Infinito, un nivel completamente ajeno a nuestra estructura predeterminada.
    Para nosotros, en la actualidad, el límite real entre el mundo de la Bet y el mundo de la Alef se encuentra muy alejado. Para situarlo dentro del Árbol de la Vida, podríamos decir que este límite se encuentra entre la dimensión de Keter y el Or Ein Sof. Keter es la más alta de las dimensiones del Árbol de la Vida. La condición fundamental para acceder a este límite sería la conquista real de Keter, que en otros términos significaría nuestro acceso al universo de Atzilut. La conquista real de Keter debe ser comprendida como la era mesiánica, no existe forma de conquista subjetiva de Keter, ya que nadie es capaz de dominar Keter y seguir vivo en esta existencia. El nivel del Keter subjetivo es la comprensión de un proceso dinámico de un crecimiento sin fin. Esta es la conquista del Keter de Briá, que es la condición para nuestro acceso al universo de Atzilut. Cuando hablamos de esta dimensión de Keter estamos haciendo referencia al Keter en el universo de Briá (la Creación). No debemos confundir el Keter como representación del universo del Adam Kadmón, porque, si es así, cuando aludamos a ingresar al mundo de Atzilut estaremos haciendo referencia al ingreso dentro de la Jojmá del Adam Kadmón. Hay que tener mucho cuidado en el estudio a través del Árbol de la Vida, debemos saber cómo lo estamos utilizando simbólicamente. Podemos utilizar el Árbol de la Vida como un símbolo de los diferentes universos, o podemos utilizar el árbol de la Vida de acuerdo al funcionamiento de las dimensiones en los tres universos inferiores. En general siempre se utiliza el símbolo del Árbol de la Vida en referencia al funcionamiento de las dimensiones dentro de los tres universos inferiores.
    Sin embargo, temporalmente nos encontramos dentro de Keter y será muy difícil comprender esta dimensión en forma real. Nosotros estábamos potencialmente revelados, pero ocultos. La información de quiénes somos estaba en algún punto del espacio, pero se encontraba oculta, y con nuestro nacimiento nos hemos revelado. Es posible que la información dentro del universo se transforme en información compleja, ya que cierto tipo de energías se pueden combinar en formas diferentes. Así las cosas, nuestra actual situación de seres pensantes proviene de una combinación específica de diferentes energías unidas (diferentes informaciones) que crean un sistema de información complejo. Para el judaísmo, nuestra alma en su totalidad posee diferentes tipos de energía en diferentes niveles de la realidad. Podríamos decir que nuestra alma es un campo de posible unificación de dichas energías. Si esas energías trabajan de manera independiente, entonces pueden destruir toda la estructura. Uno de los grandes problemas del alma, para el judaísmo, aparece cuando los diferentes niveles de nuestras energías actúan intentando subordinar a las demás. Si no existe coordinación por conciliación de las energías, el alma no tiene un rumbo unificado, sino rumbos fragmentarios. La fragmentación de la personalidad puede crear una anarquía real dentro de la existencia que impida enfocar los objetivos fundamentales de la persona. Esto genera una confusión negativa para el desarrollo del sentido de nuestra vida.
    Sin embargo, con el nacimiento físico, en un grado de Sod (secreto) muy alto hemos ocultado la información de nuestras existencias anteriores de otras vidas. Así que por una parte nos revelamos, pero, por la otra, debemos ocultar gran parte de la información que traemos para poder sobrevivir. Ahora bien, el sentido de nuestra existencia se encuentra atado a las experiencias de vidas pasadas. Al morir físicamente volvemos a nuestra posibilidad de revelación en otro plano, pero nos ocultamos en términos físicos; en cambio, cuando nacemos sucede exactamente lo contrario, nos revelamos en forma material y debemos ocultar información procedente de otras manifestaciones materiales anteriores. No puedo explicar más en este nivel porque representa un nivel de Sod demasiado alto para esta generación.
    Nosotros mismos somos una revelación, pero en un nivel de Sod (secreto) tan elevado que somos Sod (secreto) para nosotros mismos, ya que somos fragmentos que ocultamos mucha más información de la que somos conscientes. No existe un Sod (secreto) mayor que nuestra propia existencia. En las grandes religiones tradicionales se habla de “revelación” cuando Dios participa de los acontecimientos del mundo de la Bet; sin embargo, dentro del mística judía, la revelación es en esencia la totalidad de la Creación, es toda la manifestación de Dios. La revelación es todo el mundo de la Bet (o mundo de la fragmentación). En realidad, hemos revelado lo que nuestra vasija está capacitada para revelar. En el futuro revelaremos partes de nuestra interioridad en un grado mayor que el revelado hasta ahora. Porque en el futuro potenciaremos la fuerza de la capacidad de recepción de la vasija en la que hemos sido construidos. Ahora bien, como “información”, seguiremos existiendo en otro tipo de manifestación energética. En algunos casos somos capaces de poder comprender el tipo de información que traemos de una existencia anterior. Se puede ser consciente a través de una experiencia física de retorno al pasado. Pero este nivel de Sod (secreto) debe ser estudiado únicamente por aquellos que lo han experimentado en su propia existencia y solo debe ser explicado por aquellos que hemos vivido esta experiencia.
    Nunca moriremos realmente, en la medida en que nuestra información real de energía subsista de algún modo. Es por ese motivo que la existencia de la energía sobrevive a nuestra estructura física. Estos son los secretos de la transmigración. Es por todo esto que se viene explicando que los kabbalistas elevados usualmente restringen la información que les es posible revelar y no van más allá de esta información, porque la luz del Ein Sof podría bien aniquilarlos. Revelaciones mayores de las que puede soportar una generación no reconoce la capacidad del kli (el recipiente) del receptor. Quien trabaja en kabbalá debe saber que existen unos límites muy precisos que no se deben cruzar. Aunque el conocimiento es libre (Daat), debemos trabajar para ampliar nuestra capacidad de recepción. El gran riesgo de experimentar la kabbalá es la destrucción física que se produciría al encontrar dentro de nuestra interioridad el fragmento del Ein Sof y revelarlo a pesar de nuestros límites estructurales dentro de la materia. Nuestro objetivo como energía se debe cumplir dentro de esta materialidad en la que hemos nacido. Tenemos, por lo tanto, una primera responsabilidad: desarrollar una capacidad mayor de recepción. Es entonces cuando debemos enviar la información: cuando sabemos que el receptor se encuentra entrenado para captar dicho nivel de conocimientos.
    En definitiva, la existencia es una energía de alta potencia que supera las coordenadas físicas donde nos desarrollamos en el mundo de la Bet. El problema del mundo de la Bet es que partimos del axioma que sostiene que “aquello que no podemos demostrar científicamente, no existe”. Sin embargo, a pesar de que científicamente aún no podamos demostrarlo, dentro de esta realidad existen energías ocultas, que serán posibles de demostración en un futuro muy cercano; energías ocultas tanto en nuestro interior como en nuestro exterior. Si logramos captar nuestras energías ocultas interiores, a su vez podremos conectarnos con las energías ocultas exteriores, porque sustancialmente son idénticas. Si hipotéticamente borráramos nuestra existencia fragmentaria, podríamos captar cómo estas energías operan como manifestaciones dentro de todo nuestro vacío.
    La exterioridad y la interioridad son dos variables falsas en relación con la realidad dentro del vacío, porque sitúan al ser humano como el centro de la existencia. Llamamos “exterioridad” a lo exterior al ser humano, e “interioridad”, al interior del ser humano. Debemos comprender que, desde el mundo de la Alef, el ser humano es un producto más de los tantos fragmentos manifestados dentro del mundo de la Bet, y que el ser humano se encuentra en la interioridad de la Divinidad, dentro del vacío donde se puede producir nuestra forma de existencia. Podríamos decir que el mundo de la Alef es teológico-ateológico: por una parte, es el universo infinito, donde se encuentra la esencia de Dios, y a su vez es un mundo imposible de comprender, porque pertenece a dicha esencia divina. Tenemos una imposibilidad absoluta de vincularnos con su esencia. Por ese motivo el reconocimiento de la esencia del Ein Sof debe fundamentarse en nuestro autoconocimiento personal.
    El camino antropológico ante la imposibilidad teológica.
    El mundo fragmentario de la Bet es antropológico y, a su vez, es no-antropológico en la medida que tenemos que hacer el esfuerzo de mirarlo desde la perspectiva del mundo de la Alef. Como en el judaísmo es imposible la teología, lo único que nos queda realmente es el camino antropológico. La kabbalá fue (es y será) el intento, por parte del judaísmo, de teologizar la antropología y de antropologizar la teología, porque trabaja dentro de un sistema de campos unificados destruyendo las confrontaciones fragmentarias al conciliarlas en un grado superior. Probablemente el efecto más asombroso de la kabbalá sea el resultado de sus constantes unificaciones, que nos llevan a una conciliación permanente. Es interesante cómo la kabbalá, al elevar la Torá al nivel de Keter, donde existe la verdad objetiva, dejó en libertad al ser humano para desarrollarse dentro del Daat (conocimiento). Al posibilitarnos un trabajo infinito dentro del Daat (conocimiento), la mística judía nos permitió otorgar validez a las miles de interpretaciones de la Torá que se han desarrollado a lo largo de la historia.
    Por una parte, como es imposible comprender el Ein Sof en su esencia, el judaísmo renunció a cualquier posibilidad teológica y trabajó únicamente con las manifestaciones antropológicas en el campo de la fragmentación. La única vía en la que se pudo desarrollar fue en la teologización de la antropología, buscando una forma de panteísmo que no destruyera las identidades fragmentarias existentes en el mundo de la Bet. Desde una postura más radical pienso que el judaísmo renunció a todo tipo de teología cuando creó la idea del Atzmut (la esencia inmanifestable) inaccesible del Ein Sof. Desde esta perspectiva, no existe teología judía, porque es imposible.
    Ver texto completo en siguiente link:
    https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2021/11/06/kabbala-3/
    Elaborado por David Saportas
    1 hr 17 min

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