EL LIBRO DEL TIEMPO Y DE LA ETERNIDAD – Parte 4
Por Fiedrich Weinreb
Ver artículo escrito completo en mi blog:
https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2021/12/22/estudios-de-tora-13/
Janucá, Navidad y Paganismo.
Cuarto Capítulo:
El regreso dentro del ciclo.
Realidad bíblica y realidad perceptible.
Janucá y Navidad: 25 de Kislev y 25 de diciembre.
Paganismo como componente de la vida.
El exilio de Yaván: Yaván y Jonás.
Jasmoneo dentro del ser humano: El aceite y el ocho.
El milagro de la luz.
Los Macabeos.
Sión, el cambio hacia la unidad.
Lo inesperado en los sucesos de Navidad.
La estructura de la salvación.
Lúaj: El calendario de piedra.
Bet-léjem: La casa del pan.
Quisiera hablar ahora de todo aquello que tiene que ver con la Navidad. Debemos averiguar cómo todo puede encajar en el conjunto. Porque si no hay conjunto, siempre hay algo que va mal. O no vemos con claridad, o algo queda deformado o malogrado. Debemos ser capaces de hablar de forma honesta, preguntándonos por qué algo es como es y cuál es su causa. Al hablar del calendario, me ha parecido importante señalar, en cuanto al tiempo, que realmente debiéramos ahogarnos en él. ¿Por qué? Por ser infinitamente vasto. Sin ayuda, nos encontraríamos perdidos en su océano infinito, como pequeños puntitos en una línea recta sin fin, tanto en el tiempo como en el espacio. Por eso quise ponerles el calendario delante, para que no vieran el tiempo como una línea continuada, sin comienzo ni fin –idea espantosa– sino como algo que se manifiesta con repeticiones perpetuas, como expresión de una presencia eterna, divina, inmutable. El regreso de cada día, cada semana y cada año. El universo parece haber sido creado de forma que exista un regreso, un ciclo, en el que las cosas se repiten sin cesar. Sin embargo, de nosotros mismos pensamos que no nos repetimos. Surge la idea dentro de nosotros de que se trata de cierto número de eventos que hayan sucedido en algún año y nos acordamos de algunos de ellos. Recordamos la creación, la salida de Mizraim (Egipto, lo estrecho, la dualidad, la forma), y así, de muchos días.
Para la mayoría, si nos acordamos de cierto día, es algo que solo puede tener un efecto de utilidad. Y puede que lo hayamos olvidado del todo. Y nos preguntamos por qué nos acordamos de sucesos del pasado, mientras que entretanto, cosas mucho más importantes han sucedido en nuestra vida. ¿Por qué pues recordar cosas del pasado? He intentado resaltar que esos días no son solo para el recuerdo, lo importante es el hecho de que siempre regresen. En el ciclo del tiempo, cierto momento regresa siempre. El momento de la creación del ser humano vuelve siempre, y el ser humano es creado cada vez de nuevo. De la misma forma que cada día sucede la creación de nuevo, así cada ser humano es creado de nuevo, en un punto determinado. El ciclo del año es el ciclo mayor que conocemos, a excepción del de nuestra vida, que no lo conocemos. En la vida no vemos ningún ciclo, creemos que pasa en línea recta y que desaparece. Pero cada día que vivimos en el año, se produce el regreso de cierto acontecimiento. Justo en el momento apropiado, sucede lo mismo. Ese “eterno regreso” deja entrever que la eternidad es algo en el sentido de una multitud en unidad. Si la Biblia dice, por ejemplo: ese es el momento de la salida de Mizraim, entonces esa salida se efectúa realmente. Y no deberíamos acordarnos solo para recordar que sucedió alguna vez, hace algo así como tres mil trescientos años, suponiendo que el conteo de los años sea correcto, lo que no es seguro.
De eso hace tanto tiempo, que entre tanto han sucedido muchas cosas más importantes. Además, ¿dónde han quedado las personas de entonces? ¿Y sus descendientes? ¿Quién sabe dónde están? Muchas se han integrado en otros pueblos, han emigrado a otros países. Puede preguntarse si existe alguien, hoy en día, que pueda decir en justicia que sus antepasados hayan tenido que ver con el acontecimiento. Nadie lo sabe. Pero la Biblia como creación, como expresión en la palabra de algo cierto y seguro en la esencia, y por tanto aquí presente y siempre de regreso en el ciclo, señala fechas que son destinadas tanto para la eternidad como para el tiempo. Son fechas reales, justamente porque suceden en el tiempo bíblico, que está más allá de nuestro tiempo. Solo que en algún lugar se originó una rotura, en la cual –si puede hablarse de arriba y de abajo– hemos caído hacia abajo o hemos sido empujados hacia arriba. No se sabe cómo describirlo. Hemos transitado a otro mundo y este mundo solo puede percibir el mundo bíblico en una especie de interpretación. No se trata de la misma realidad. Por ello, los sucesos bíblicos son realmente irreales para nosotros. Y si intentamos convertirlos en realidad, mediante películas o fotos, sentimos de inmediato: no, así no. Sobre todo, si se nos quiere presentar esa realidad como “natural”: vivió en una tienda, subió a una montaña, etc. Ciertamente se habla de una montaña, y seguro que subió. Pero hay otra cosa importante que nos desvía del sentido, algo que la Biblia y la tradición cuentan con insistencia y que no solemos tomar en consideración.
Si la Biblia cuenta que por cierto acontecimiento, la tierra se alejó 400 parsas de su lugar, no es un relato para que entremos en pánico. Significa que se distanció todo lo posible, porque una distancia más allá de 400 parsas no existe. Y se cuenta literalmente: la tierra saltó 400 parsas. Aunque puede que nos deje absolutamente indiferentes. Veamos: la tierra quedó en su lugar, no es posible que en algún momento saltase del lugar asignado en el sistema solar. ¿Y de saltar, a dónde? El universo se hubiese desintegrado. Y luego viene la pregunta de si ese salto de la tierra puede ser comprobado en lo astronómico. Quizás se esté hablando de un salto mucho más esencial, mientras que la tierra en el lugar de siempre, sigue girando tranquilamente. Si hemos llegado a cierta situación, siempre nos parece eterna, como si nunca hubiese sido diferente. Puede pensarse hacia atrás y decir que hace miles de años era así y en millones de años será diferente. Por ejemplo, hemos caído en un pozo, marchamos a lo largo de los muros del pozo pensando que es todo lo que hay y que fuera no hay nada. Así también piensa el pez que nada en el agua, que es su mundo y que no hay más, hasta que el pescador lo saca a tierra seca.
Entonces quizás se dé cuenta: “Pensé que mi mundo era todo. Pero parece que existe otra cosa también”. Un suceso así se resume siempre en una misma imagen: la tradición cuenta que la distancia entre el cielo y la tierra cambió. Lo que significa: cambió la capacidad de comprensión de la persona, frente a las cosas del cielo. ¿Qué es el cielo, en definitiva? No podemos percibirlo con nuestra visión terrenal. Pero en otro orden de cosas, el cielo está a tanta distancia y puede acercarse o alejarse. Acercarse significa que, en toda la estructura de nuestro sentir, ver, pensar y vivir, algo esencial cambia. Alejarse significa que el cambio es tan radical que seremos incapaces de comprender el suceso. De ahí que se hable de una ruptura entre el tiempo bíblico y nuestro tiempo. En el Nuevo Testamento se cuenta que la tierra tembló. Bueno, decimos, pasa con regularidad; en ciertos países tiembla mucho. Añadimos que la gente de entonces era primitiva y se dejaban impresionar por tales sucesos. Pero hoy en día podemos medir la magnitud, se rescata a heridos y muertos y se vuelven a construir las casas. El daño se eleva a tantos millones, y más allá de las cifras, no es nada especial y se olvida pronto. También tenemos el relato en el libro de Josué, cuando el sol se detuvo.
Eran personas ignorantes las que pensaban eso. Hablamos así porque nos gusta apartar lo incomprensible de nuestra vida. Se nos ha educado de tal forma que solo existen cosas que pueden medirse y calcularse. Y si algo no coincide, es ridículo hablar de ello. Pero la verdad es que podemos constatar que suceden tantas cosas que llamaríamos incomprensibles o maravillosas como cosas absolutamente normales. Pero las cosas incomprensibles preferimos ignorarlas. La consecuencia es que vienen a nosotros dando rodeos, produciendo, por ejemplo, una apetencia irracional por el secreto o la mística. Las personas se vuelven locas, porque la maravilla apela a nuestro inconsciente: “Quisiste apartarme. ¿Cómo te lo explicas ahora?” Obligándonos a tomar nota, pero por otro camino. Luego se adhieren a alguna secta y nos preguntamos cómo una persona sensata puede comportarse de forma tan extraña. A los intelectuales les gusta participar en las cosas más variopintas. Tienen una inclinación hacia las cosas más raras y extrañas, porque han excluido el misterio de sus vidas. La norma es que tengamos una vida aburrida, monótona, uniforme, en la que todo el mundo lleva el mismo traje. Así debe ser y todo lo demás no existe. Y muchas veces pasa que personas que se llaman científicas se enfadan cuando sucede algo inexplicable, un milagro. Les molesta. El paciente debiera de estar muerto y sigue vivo. No se quiere tomar nota, pero existe a pesar de todo.
Lo inexplicable y los milagros son verdad hoy, pero en otro nivel. Son hechos que no pueden ser probados ni verificados. No intentes hacerlo, porque nunca lo conseguirás. Te extraviarías, te volverías loco. Existen, pero no en nuestra realidad; por ello tampoco debes mencionarlos. Hay muchas cosas de las cuales no debes hablar con mucha gente. Quizás con uno, pero nunca con más. Dos o tres son ya demasiados. Estamos hablando de una realidad que es diferente. En el Nuevo Testamento se habla de la tierra que tembló y de la cortina que se rasgó. Piensen en el libro Y la Biblia tenía razón. ¿En qué tiene razón? Ese libro ha convertido a la Biblia en la misma realidad aburrida, una realidad en la que todo coincide con nuestras percepciones. Así la Biblia está muerta. Pero la Biblia tiene razón, aunque de manera del todo diferente. Intentemos imaginarnos que existe un mundo que tiene el mismo aspecto que el nuestro, pero que tiene otra dimensión. Podríamos comprender que la noción del tiempo allí es diferente y que las fechas tienen otro significado. Por ello, el regreso de una fecha aquí debiera despertarnos, para que viéramos que sucede ahora mismo, en este mismo instante. No sucedió alguna vez en algún lugar hermoso donde las estrellas brillaban. No.
Quisiera rogarles, por tanto, que vean la realidad bíblica como una realidad que está presente siempre, aquí. Y nosotros, dentro de nuestra propia realidad, debemos intentar que esa otra realidad bíblica vuelva a la vida, aquí. Para eso existen tanto el calendario como los días. Vamos a ocuparnos ahora con otra fecha del calendario, que siempre se repite. He dicho ya que intentaré que veamos la unidad en todo. No quiero colocar nada fuera de esta unidad y tampoco quiero excluir nada que tenga que ver con este mundo. Sería falta de honestidad y yo sería el primer engañado. Además de hacer justamente lo que acabo de censurar: dar bombo a una imagen hecha por mí mismo. Siempre de nuevo vienen personas que me dicen: “Si debo creer eso, todas mis convicciones en este campo se tambalean”. ¿Y por qué no van a tambalearse? Si eres honesto, ¡qué se tambaleen! Y si no quieres, quédate tal cual. Nadie te está obligando. Yo no enseño esta o aquella dirección. No hay dirección, solo hay unidad. Y debemos intentar verlo todo dentro de esta unidad. Existe una humanidad, y todos los seres humanos son parte de esta humanidad. Seres humanos que deberían saber que forman parte de ese gran conjunto.
Cada partícula tiene su lugar y está en relación con él. Pero siempre hay que dirigir la mirada hacia ese conjunto, esa unidad. Quiero que veamos ahora cierta parte del calendario, cierta fecha determinada. Si me lo permiten, hablaré en el sentido “en esa fecha cae ese día”, mientras que, en verdad, es una gran unidad. Se trata del día 25 del mes de Kislev 20-60-30-6. Del 25 de Kislev, desde siempre, se cuenta algo muy concreto. No me refiero al contenido de rollos que se hayan encontrado, sino al gran complejo de la Torá escrita y hablada, a ese gran conjunto. Sin ir más lejos, pensamos de inmediato en el 25 de diciembre, también en el día 25 de cada mes. ¿Cómo puede el 25 estar aquí y al mismo tiempo allá? ¿Y por qué justamente el 25? Más extraño aún, ¿por qué ese 25 de Kislev tiene que ver con luz y con velas, como diríamos hoy en día, y el 25 de diciembre también? Los historiadores dicen que se trate de una copia. Nosotros somos los primeros, o quizás vosotros. Pero eso es un juego que se juega en tiempos triviales. No es un asunto de copia, más bien un asunto de coincidencia en la fuente. Porque está o no está. Y una costumbre que sigue viva en la humanidad, tiene ciertamente su significado, aunque pensemos que esté o no equivocada o mal interpretada. ¿Pero por qué pedir siempre tantas explicaciones?
Quiero llegar al núcleo del asunto. Podría contarles el relato de Navidad, pero en primer lugar quiero contarles ese otro relato, desde el punto de vista del otro mundo. Supongo que conocen muy bien la historia de Navidad. Y espero que cada uno la haya vivido a su propia manera. Lo que quiero contar es esa misma historia, desde otra realidad, pero de tal forma que dirán: “Solo ahora, muchas cosas comienzan a tener vida. Ahora puedo verlas como unidad”. De la misma manera cuento y escribo muchas otras cosas, esperando que Vds. mismos rellenen los huecos. Porque si se escribe todo, se vuelve aburrido y muere. Hay que dejarlo vivir, de manera que cada uno pueda encontrar algo nuevo en las frases y entre las líneas para que forme su propia vida. Una historia debe siempre quedar viva. Si se cuenta todo, hasta los detalles más pequeños, muere. Quiero pues contar desde una realidad determinada algo de ese 25 de Kislev. Seguramente conocen la historia, pero quizás, erróneamente. No es culpa de nadie, es culpa del desarrollo histórico –teología, patriotería, nacionalismo y muchos otros asuntos paganos que arrastramos en nuestra vida–. De la misma forma que arrastramos a nuestro cuerpo con pelos, uñas etc. Pero también lo pagano pertenece a la vida, nunca podrá ser eliminado.
En el transcurso del tiempo lo pagano se asimila, lo consumimos por así decir, y se convierte en una unidad con nosotros. Y sucede durante todo el tiempo de que dispongamos. Consumimos ese paganismo y menos mal que existe, porque si no moriríamos de hambre. Y cuando ese paganismo entra en el cuerpo, espero que notemos la diferencia entre el bien y el mal, de la misma forma que el cuerpo, al recibir la comida, dice: “Esto se convertirá en parte de mí y aquello quedará eliminado”. Debe ser así. Aquello que es eliminado no es malo, pero es algo que recorrerá otro camino, para convertirse en otra cosa, en otro lado. Los rosales tienen rosas, porque la tierra ha sido abonada con estiércol. El estiércol tiene una función específica. No hay vida sin él, es una condición indispensable para todo crecimiento. No podemos decir pues que aquello que es eliminado vaya a la condenación eterna. Eliminación significa que ciertas cosas van a tener otra función, fuera del cuerpo. Transitan a través de nuestro cuerpo y aceptan luego una función que fomenta nueva vida. De la tierra vienen y a ella vuelven. No sabemos por qué vienen y cómo van, pero siguen ese camino a través del cuerpo. Una parte es incorporada y otra no. Así es también con el paganismo. Está alrededor, está siempre. Es una parte indispensable de la vida.
Si la Biblia cuenta que estando aún en el desierto, es decir, antes de la llegada al país prometido, era necesario que los siete pueblos de Canaán fueran exterminados pensamos en espadas, cuchillos y cañones; y hoy en día también en armas nucleares, para que la eliminación sea lo más eficaz posible. Es siempre lo mismo: hacemos una línea recta, una continuidad en el tiempo y creemos que el tiempo de aquí, es el mismo que el tiempo de allá. Pero no. Está dicho que aquí en este mundo no puede tocarse ningún ser humano, ni hacer mal de ninguna otra manera. No se le puede ofender o rebajar en su estima, por no hablar de golpear o matar. Que vuelva a ocurrir de nuevo a pesar de todas las advertencias, es otra cosa. Pero no puede hacerse. Existen cosas que suceden en contra de nuestra intención y voluntad. Nadie quiere estar enfermo y, a pesar de todo, se enferma. Y nadie quiere morir y, a pesar de todo, se muere. Si alguien dijera que quiere estar enfermo o morir, sería curioso, por lo menos. Pero se sabe que, aunque no quiera, pasará. Así, por ejemplo, se dice que los pueblos de Canaán deben ser exterminados “poco a poco”, m’at m’at 40-70-9. Y es así, para que los “animales salvajes”, los jayá 8-10-5 no puedan coger el mando del país. (Deut. 7,22). ¡Qué explicación más extraña! ¿Cómo llegan esos animales salvajes al país, si se extermina a los cananíes? Extrañas palabras. Pero dicen que el paganismo de alrededor permanecerá hasta el final.
Desaparece si lo “consumimos”, akol 1-20-30, significa “atar al 1” (Deut. 7,16 texto hebreo). No de golpe, sino poco a poco; es el trabajo de toda la vida. Justamente el hecho de que el paganismo, es decir los pueblos, existan, da al ser humano la posibilidad de vivir. Si no fuese así, desaparecería de la tierra. Entonces de hecho, la tierra quedaría dominada por seres que no son seres humanos, sino jayá vida según la manera del animal. El ser humano solo puede existir aquí, por esta mezcla continuada con el paganismo. Es el fundamento de este mundo, de esta vida. Lo uno no puede existir sin lo otro. Ahora bien, se dice que puede darse el caso de que este proceso de diferenciación entre el bien y el mal –como también sucede en nuestro cuerpo– se atasque. Ya no se elimina correctamente, es decir, no se diferencia entre el bien y el mal como sería necesario hacerlo. Como consecuencia, el paganismo invade el lugar llamado Casa de Dios, el Templo. No se trata de un edificio que podría construirse en la tierra. No puede construirse en este mundo. Las condiciones indicadas en la tradición a tal efecto ya no pueden cumplirse. Pero no debemos decir: “Bueno, no podemos hacerlo, lástima”. Nos indica simplemente que la construcción de una casa es diferente de la construcción del Templo.
No significa, sin embargo, que debamos sentarnos y esperar a que aparezca. Debemos tomar consciencia de que este Templo llega a la tierra por un camino enteramente diferente. Si se cuenta, pues, que algo pagano entra en el Templo y lo ocupa enteramente, debemos preguntarnos qué sucede realmente dentro de nosotros. ¿Cuál es nuestra condición si algo así sucede? ¿Cuándo y cómo puede pasar algo así dentro de nosotros? El relato que contamos tiene lugar en el tiempo del tercer exilio. Como saben, distinguimos entre cuatro exilios. El primero es el exilio de Babilonia, el segundo el de Persia y Media, el tercero el de Javán y el cuarto, el exilio de Edóm. Yaván es “el griego”. No es el griego que podemos ver por aquí y del que leemos de vez en cuando en el periódico. Quizás tenga algo que ver, pero muy lejanamente, prácticamente nada. Porque el verdadero griego está dentro de cada ser humano. El griego aquí es una señal de que el concepto Yaván tiene significado hasta aquí, hasta en la materialidad más densa. Yaván 10-6-50 es la palabra masculina de yoná 10-6-50-5, que significa “paloma”. La paloma, esa criatura que se envía y que regresa siempre. Noé, por ejemplo, la manda al mundo y ella regresa al arca.
El cuervo, orev 70-200-2 –la palabra significa también “reconocimiento”– no vuelve; por el contrario, la paloma regresa. El exilio de Yaván significa que se conoce un mundo, una realidad, con una especie de movimiento de respiración de ir y venir. Esa respiración de ir y venir es la señal de la yoná de la paloma. Es también el mundo del profeta Jonás. Para su sorpresa, regresa exactamente al lugar de donde salió. Quiso ir a Tarshish, ciudad muy alejada, pero regresó exactamente al punto de partida. Ahora, el relato del 25 de Kislev cuenta que debido a la ausencia de Yaván, se produce un importante trastorno del metabolismo. La diferenciación entre el bien y el mal no funciona correctamente y suceden cosas extrañas. Y, si la distancia es mucha, ocurre que, en lo esencial, en la Casa de Dios, se instalan los ídolos, es decir, la multiplicidad. Y dentro de esa multitud de dioses, es imposible saber si puede existir algo más. Se trata de una avalancha de multitudes que nos coge desprevenidos, nos tira hacia todos los lados y nos arrastra a lo imprevisible. Imposible encontrar un camino de regreso. Todo eso sucede en el exilio, en el galut 3-30-6-400, en el exilio de Yaván. Y entonces, en ese exilio, se presenta un hombre llamado Jashmonái8-300-40-6-50-1-10, en traducción vulgar: Jasmoneo.
Ese nombre contiene como raíz la palabra shémen300-40-50, aceite; y también la palabra shemona300-40-50-5, ocho. Shemona es la palabra femenina de shémen. “Aceite” y “ocho”, en hebreo, son palabras idénticas. Son palabras que se refieren a otra realidad. Es decir, existe un ser humano –aquí es algo en su interior– que se llama Jashmonái, de la misma forma que algo vive en el ivrí, el hebreo, el del más allá. Y aquello que dentro de nosotros es Jashmonái dice: “A pesar de todo lo que suceda en el mundo y a pesar del hecho de que en la Casa de Dios, en el centro, en lo esencial, la multitud domine y que la relación con el otro mundo haya sido interrumpida, volveremos a establecer la unidad”. Ahora el ser humano, dejado solo, no puede restablecer la relación, puesto que la multiplicidad domina. Solo quedan pedazos. A este estado de cosas se le llama “la profanación del Templo”. Lo que domina es la multitud de ídolos. Es laavodá sará, la idolatría, la servidumbre en la periferia, en el exterior, en el ser 7-200, en el borde. El borde exterior es siempre la multitud. La relación con el cielo está interrumpida. No existe posibilidad de unión. Es la misma situación que cuando Jonás es engullido por el pez. Salta al agua y dice: “En realidad tenía intención de viajar a Tarshish”. La palabra hebrea de “navío, barco” que utiliza, es oniá 1-50-10-5, y esta palabra viene de la otra palabra aní 1-50-20, “yo”. Realmente utiliza su “yo” para ir de viaje, alejándose del destino, mientras que de ti se exige que vuelvas al origen. Sin embargo, se hace todo lo contrario. Sería demasiado incómodo, vas corriendo.
Regresar al punto de partida significaría tener que admitir que la muerte está a un paso. Pero no somos capaces de ello. Preferimos huir. Es decir, Jonás huye. Le sobreviene la tormenta y finalmente debe abandonar esa oniá, ese barco, ese “yo”. Se tira simplemente al agua, a ese tiempo infinito. Cree que se ahogará, sin embargo, es engullido por el dag 4-3, el pez; está desesperado, perplejo y convencido de que nunca saldrá de esa situación terrible. En otra realidad, de verdad sucede así: allí, Jonás es engullido por un pez. Pero no en este nuestro mundo. Tales peces no existen aquí. Es decir, claro que existen, pero no los vemos aquí. Aquí en este mundo te estás ahogando en el tiempo. Estás terriblemente lejos de casa, perdido y perplejo y no sabes qué hacer. Y, a pesar de todo, Jonás tiene el sentimiento de que alguna vez volverá a la casa de Dios. Siempre existe este sentimiento en cada ser humano, ese sobrante, ese pequeñísimo sobrante. Viene el momento en que ese Jashmonái dice: “Parece del todo imposible. La gente se está riendo e intenta matarme. Y a pesar de todo, quiero restablecer la unidad en el centro, en ese punto esencial. Milagro o no milagro, algo nacerá. No sé cómo será, pero lo acepto”.
¿Quién es ese Jasmoneo en el mundo? Nadie sabe quién es. No tiene descendencia, o en todo caso, no se conoce. ¿Era un gran sacerdote? Entonces hubiese sido rey al mismo tiempo. ¿Quién es en realidad? Se sigue contando: para que ese centro, esa casa de Dios vuelva a la vida, es necesario el shémen, aceite. Shémen 300-40-50 tiene como valor numérico 390, como Shamaim 300-40-10-40 cielo. El aceite en cuestión es el aceite de la oliva, del sexto fruto (de las siete) del país (Deut. 8,8). De la oliva se dice que se prensa en el séptimo día, para obtener el aceite. En el octavo día, está listo. También eso es solo válido en otra realidad, porque aquí no existe oliva del sexto día. Esa oliva por tanto es recogida el viernes, apretada y prensada el sábado, para que el aceite esté listo el domingo, el octavo día. Ese aceite es necesario para volver a restablecer la Casa de Dios. ¿Pero cómo bajarlo a la tierra? No existe relación entre el aquí y el allá. La verdad es que algo de este aceite está aquí, pero para prepararlo es necesario el tiempo completo de siete días. En el octavo día estará listo, sí, pero no podemos esperar a que llegue ese octavo día. ¿Cómo pues hacerlo? Algo de aceite hay. Siempre queda un resto.
Tenemos algún sentimiento de relación. Algo sabemos, un par de milagros hemos visto ya. Los hemos descubierto, están en nuestras vidas. Es decir, algo de este aceite, algún sobrante hay. Y entonces se te dice: enciende ese sobrante y déjalo arder. ¡Deja que dé luz y calor! Sí, pero después de un día estará consumido. Hay solo para un día. ¿Cómo entonces puede producirse una relación, antes de que llegue ese octavo día y que el aceite nuevo esté listo? Y entonces viene Jasmoneo y sucede lo extraordinario. Porque tiene esa cualidad inhumana que dice: ¡Es imposible y nunca tendrá éxito, pero lo hago a pesar de todo! Y sucede lo inesperado, el milagro, podríamos decir: el aceite de un solo día, arde hasta el octavo día. Cuando en el octavo día la preparación del nuevo aceite termina, el viejo aceite sigue ardiendo. No es posible, no había bastante y, a pesar de todo, ha ardido hasta el octavo día. Lo que sucede, pues, el 25 de Kislev es lo siguiente: es del todo imposible, no debes esperar nada, nunca habrá bastante para llegar a la meta. Pero el hecho de actuar a pesar de todo, aunque sea del todo imposible, provoca que algo del todo diferente intervenga. El otro lado, del que pensamos que ni siquiera existe, interviene. Y gracias a ese otro lado, el aceite disponible, arde durante siete días hasta el octavo día. Y entonces –Dios sea alabado– la Casa de Dios está de nuevo entre nosotros.
Porque gracias a la existencia de ese shémen 390, todo lo demás ha desaparecido. En realidad, es lo mismo que la vuelta de Jonás, que nunca hubiera creído posible. Y a pesar de todo, vuelve al lugar de origen. Es la señal de la yona, de la paloma, también llamada “señal de Jonás”. Jonás huye y piensa que es imposible volver, del todo imposible, sin ninguna esperanza. Y, a pesar de ello, sucede porque transita por un camino diferente, impensable. Es el suceso del 25 de Kislev. Y el aceite de verdad arde durante ocho días. El aceite que se quema, tiene que ver con “el regreso”. Algo que pensabas que era imposible que se presentase aquí, se presenta. Es un cambio, de la misma forma que el sol cambia: ha ido hasta el límite y vuelve. No es casualidad, es la creación que impulsa que el sol vaya hasta el límite y vuelva. Y justamente cuando sucede, todo lo demás también sucede. Es la sensación de que todo se vuelve frío y más frío, alejado y más alejado, pero de pronto cambia y regresa. De la misma forma que la noche en cierto momento cambia y el día vuelve a apuntar. Teníamos el sentimiento de hundirnos en la miseria. Pero era solo un sentimiento, de hecho, vuelve el día. Así, el relato muestra el regreso, un nuevo nacimiento.
En cuanto a los sucesos exteriores del 25 de Kislev, los encontrarán en el libro de los Macabeos. Hay grandes luchas. Las mismas que son necesarias para exterminar a los cananíes. Pero en todo caso no tienen nada que ver con las luchas y combates de aquí. Hoy se habla de los macabeos como si hubiesen sido maestros en la lucha y grandes deportistas. De hecho, la historia de los macabeos en el judaísmo pagano, o paganismo judío, se ha convertido en un evento deportivo importante. Se ha degradado lo santo para que encaje en este mundo, y cuando se hace tal cosa, las consecuencias son siempre fatales: patadas, violencias, asesinatos. En todo lugar donde se rebaja un suceso de allí a una especie de exclusividad aquí, diciendo: “nosotros sí y vosotros no”, se está rompiendo la unidad del ser humano. Hay que tener mucho cuidado con esa actitud de “yo sí y tú no”. Todos los seres humanos tienen el mismo valor; aunque, por supuesto, cada uno es diferente. Y es diferente porque en el gran conjunto cada uno tiene su propio lugar. Por este motivo cada cual es diferente y debe serlo. De la misma manera que la huella dactilar es única. Nos asemejamos en ciertos momentos, pero en otros, más bien no. Pero como seres humanos somos iguales, tenemos el mismo valor y el mismo sentido. Hay pues que estar muy atentos para no dividir y romper, diciendo:
“Esta es mi exclusividad y aquella la tuya”. Así se destroza cualquier conjunto. He dado a propósito el ejemplo de los macabeos, pero sabemos que lo mismo sucede con la Navidad. También allí se dice que “nos pertenece”. Con ello rompemos la unidad del ser humano. Si algún asunto es solo para algunos y no para otros, la unidad ya está rota. De la misma forma que la revelación es dada a todo ser humano, al mundo y a toda la creación, así todo lo demás es dado a todos. No podemos hacer ninguna diferencia en esto. Debemos reencontrarnos con la unidad. Solo entonces recorreremos el camino de regreso. Desde diferentes lados se accede al centro, alguno viene del sur y otro del este. Quizás pienses que los caminos son muy diferentes, pero cuanto más te acercas al centro, más te das cuenta de que es el mismo paisaje. Lo reconoces. Ciertamente, si alguien viene de una dirección completamente distinta, y si se comparan los puntos de partida, habrá que admitir que existen grandísimas diferencias. Pero si se está mirando desde el norte, el sur, el este o el oeste al mismo lugar, se ve siempre ese mismo lugar. Por eso también se dice: ¿Cuál es tu dirección? ¿A dónde estás mirando? Entonces puedes estar situado tranquilamente en un lugar diferente sabiendo que todos marchan hacia el centro común.
Un chino sale de otro punto de partida que un español. Es diferente. Pero puede mirar en la misma dirección; y lo mismo vale para el indio y para el americano. Lo importante es a dónde se esté mirando. Y cuanto más nos acercamos al centro, tanto más se reconoce el paisaje a que pertenece cada uno. No puede decirse: “tu lugar no es bueno, el mío es mejor”. En un lugar hay desierto, en otro, bosque. ¿Es lo uno mejor que lo otro? Estas ideas hay que eliminarlas para poder regresar al centro. Estoy mirando a ese punto central. Por eso se dice siempre, también lo dicen los profetas, que nos reuniremos en Sión 90-10-6-50. Sión es la seña, la marca de lo esencial. Es el lugar donde existe la unidad. Estar andando en dirección a Sión significa, ir en dirección al centro. “Sionismo” en principio, no quiere decir otra cosa. Luego, por desgracia, ha degenerado en un nacionalismo pagano, de la misma forma que del lado árabe hay otro nacionalismo pagano. El uno no es mejor que el otro. Es trágico que tenga que ser así. Pero la palabra Sión en sí, no significa otra cosa que dirigirse a la unidad, al centro. Ya existía, por supuesto, antes de que surgiera ese paganismo. Así también en los relatos de Navidad es determinante que estemos mirando en la misma dirección. ¿Qué está sucediendo? Un milagro. Llega algo que nunca hubieras esperado que pudiera llegar.
Así se explica la salvación: Algo que no coincide con tus esperanzas, con aquello que debiera de haber sucedido según tu pensamiento casual, científico. Podrías esperar, por ejemplo, que llegase un hombre muy fuerte, increíblemente eficaz e imposible de sobornar. ¿Pero alguien tan eficaz y tan fuerte no sería sencillamente insoportable? Pero supongamos que viene alguien que de verdad es así: insobornable, eficaz y bueno; y que nunca se quemara los dedos en ningún asunto. De tal ser humano se espera pues la salvación. Y si un hombre solo no bastara, que viniera un equipo de muchos hombres eficaces, que se reuniesen en un palacio imponente y que todos juntos aportaran la salvación. Es justamente lo que los seres humanos buscan: la multitud, lo roto. Aunque dentro del ser humano hay algo que se rebela y que dice: “No sé, pero insisto, no quiero esta multitud. Aunque no soy infalible, nadie me escucha. Hablo y escribo sobre toda clase de cosas, pero ¿qué sentido tiene? Lo que digo no se escucha ni en la China ni en el Congo”. Parece pues totalmente sin sentido y no lleva a nada, de la misma manera que aquel aceite, tampoco parecía llevar a nada. Cuando el salvador nace en esta tierra, se pregunta: ¿Dónde dices que ha nacido? Es el relato del nacimiento entre los animales en el establo. ¿Qué cosa buena puede salir de allí?
Pues justamente allí donde no lo buscas y no lo esperas, está aquello que piensas es imposible, que no cuenta, pero que finalmente prevalece. Y siempre vuelve a suceder así. No es que haya sucedido solo una vez –aunque ciertamente haya sucedido aquella vez– sino que de nuevo vuelve a suceder siempre. Y esta es la cuestión. El calendario es la expresión de una voluntad, y demuestra que siempre vuelve a suceder. No puede decirse, por tanto: alguna vez pasó que… No. Es aquí y ahora. Por ello existe en el judaísmo la vieja costumbre de no contar los años, de no decir: vivimos en el año 5728 según el calendario bíblico. No se cuenta así. Solo se dice: 728. Se eliminan los 5000, porque no se quiere contar. De hecho, se cuentan, pero se olvida la cifra de inmediato, porque siempre vuelve a suceder. La palabra hebrea de “calendario” es lúaj30-6-8. En realidad, significa “tabla”, tabla de piedra, como aquellas lujot que Moisés recibió en el Sinaí. El calendario es pues incambiable, tiene una estructura fija, es inamovible. Porque la voluntad que está detrás es inamovible. Cada año vuelve esta misma estructura. No cambia; no cambia su forma nunca. Puede entrar en el olvido, como sucede hoy en día, pero está firme por toda la eternidad. Y porque estas tablas son de una estructura firme y esa misma estructura vuelve siempre, es por lo que ese evento del nacimiento del salvador es idéntico a la salida de Mizraim (Egipto).
Les he dado ya ejemplos de salvación, como ocurren en Mizraim. Conocen la historia: Faraón mata, ahoga a todos los niños porque tiene miedo del salvador. Pero lo mejor de la historia es que está criando al salvador en su propia casa. El mismo relato lo conocemos de la tradición sobre Abrám. El rey Nimrod sabe que el salvador está a punto de nacer. Curiosamente, la misma historia y ¡también con las estrellas! Se enfurece terriblemente contra todos los niños, no quiere darles la oportunidad de estar aquí. Pero en casa de Téraj, su consejero más próximo y más importante, nace Abrám. Nimrod ni se imagina que se encuentre en la más cercana proximidad. Siempre la misma historia. El representante del mundo, del ser humano, no lo acepta, se ríe del solo pensamiento, lo encuentra insignificante y sin valor. Y justamente bajo estas condiciones, viene. No significa naturalmente que no podamos festejar esos días con luces, velas y canciones. Pero a mí personalmente, me ponen siempre nervioso, y no me suelo encontrar muy bien. Debemos despertar y saber qué es la salvación. Es algo que nunca hubieras pensado que fuera exactamente así y que viniera de esa dirección. Porque además ¡es imposible! De hecho, está en oposición con lo normal. Pero finalmente debemos constatar que todo lo normal se desvanece, mientras que lo nuevo se asienta y permanece.
Así es la salvación. Por este motivo, el relato del 25 de Kislev es un relato de ocho días, porque dura ocho días, no siete, va hasta el octavo día. ¡Y el octavo día es el gran día! He señalado ya que el octavo día después de Navidad es el 1 de enero. Ese día, para nuestro calendario –casualidad, dirán muchos– es el primer día del año nuevo. Comienza una nueva cuenta, un nuevo mundo. El octavo día es, como sabrán, el día de la circuncisión. En muchos calendarios está escrito: Circuncisión del Señor. El año nuevo comienza con la retirada del envoltorio. Lo nuevo llega, ha irrumpido. Por tanto, la cuenta desde el 25, es importante. Desde allí puede reconocerse la estructura de la salvación. La estructura, en primer lugar, muestra una perplejidad, una huida, un desarrollo que va en dirección contraria, porque el mundo no quiere ser salvado, quiere salvarse a sí mismo. Nosotros debemos explicar, nosotros debemos construir y dirigir el país, la Unión Europea, la OTAN, y la ciencia irá mejorando y solucionará todo. Pero al mismo tiempo, dentro de nosotros existe una desesperación, porque otra voz nos habla: “Con esta eficacia te vas a perder, está claro. A pesar de toda la ciencia y ese bienestar creciente, nunca habéis estado tan inquietos como hoy en día. Viéndoos se piensa: ¿se han vuelto todos locos?”
Y es verdad que la gente se vuelve cada vez más extraña, a pesar de todos los conocimientos nuevos que surgen. Llega el momento en que ya no sabe a dónde irse. Es cuando Jonás piensa con desesperación: “Me ahogo en la masa, en la multitud. Y nunca llegaré a salir”. Pero otra voz grita: “Y a pesar de todo, entraré en la Casa de Dios”. El pez acaba de engullirte –se muestra en esta imagen– y estás pensando: “Nunca saldré de aquí”. Y la tradición dice que no se trata de un solo pez, más bien es así: un pez engulle a Jonás, otro pez engulle al primero, y el tercer pez engulle al segundo. Así, Jonás como cuarto elemento está envuelto por todos esos peces, hasta el leviatán, que engulle al último pez. Está enteramente perdido en la forma y en la multitud, pero algo dentro de él sabe: “Y a pesar de todo, llegaré”. Es eso lo que enciende la luz en el ser humano, lo que enciende la pequeñísima llama para ese único día, en la confianza de que pueda contener la salvación. Y si hicieras algo tú solo, aunque pareciera que no hubiera ninguna esperanza de nada ¡hazlo a pesar de todo! A veces nos preguntamos: ¿Qué sentido tiene todo eso? Nadie lo sabe. Puede carecer del todo de sentido, o puede tener un sentido apasionante. Pero si supiéramos qué sentido tiene, actuaríamos con la esperanza de una contrapartida y sería una especie de trueque.
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Elaborado por David Saportas
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