LA RESPUESTA DEL JUDAÍSMO AL MAL Y EL SUFRIMIENTO EN EL MUNDO Y EN EL HOMBRE.
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¿Por qué sufre el justo?
¿Por qué debe el hombre soportar tormentos?
¿Por qué debe padecer el justo y triunfar el malvado?
¿Por qué permite Dios que el mal gobierne sobre la creación?
Cuestionarse acerca del sufrimiento, argumenta el judaísmo, es posible en dos dimensiones diferentes: el arbitrio y la predestinación. El judaísmo distinguió siempre entre una existencia predestinada y una arbitraria, entre el “yo” producto de la predestinación y el “yo” producto del libre albedrío. En esta distinción se asienta nuestra teoría del sufrimiento.
¿Qué es una existencia predestinada? Es una existencia impuesta, como si vivieras contra tu voluntad: una existencia concreta, mero concatenamiento de leyes mecánicas. Existencia carente de significado, finalidad y dirección; existencia dependiente de las fuerzas del medio al cual fue empujado el individuo sin ser previamente consultado por la Providencia. Es decir, el “yo” producto de la predestinación tiene apariencia de objeto y como tal se presenta como “realizado” y no como “realizador”. Realizado como resultado del enfrentamiento pasivo con el medio objetivo, como una cosa frente a otra. Su ser es hueco, falto de interioridad, esencia e independencia. El “yo” predestinado se niega a sí mismo por completo ya que el egoísmo y la cosa no pueden convivir. Sobre esta base, la vivencia del mal surge en toda su dimensión, siendo dos etapas que conforman en el ser predestinado.
En el comienzo, el hombre-objeto, preso en el encadenamiento de una existencia contra su voluntad, se halla confundido y perplejo frente al gran misterio que padece. El destino lo atormenta; su existencia, rasgada y escindida, se contradice a sí misma negando todo su valor e importancia. El miedo al fracaso lo acomete, quebrantando su cuerpo y su alma. Sus tormentos rechazan cualquier matiz claro, apareciendo como fuerzas satánicas, como obra del caos que afecta a toda la creación que debería estar destinada a reflejar el eco del Creador. A esta altura de mutismo y perplejidad, embotamiento del corazón y confusión mental, el hombre no pregunta ni por la causa del mal ni por su esencia. Sufre en silencio y se lamenta en su aflicción que ha silenciado la queja y reprimido la pregunta y el cuestionamiento. Tras el estresimiento psíquico como primera reacción del que sufre, deviene la curiosidad intelectual, la que se esfuerza en la comprensión de la existencia y en el fortalecimiento de la confianza y la seguridad humana.
Entonces comienza el hombre a reflexionar acerca del sufrimiento y del mal, e intenta hallar la serenidad y la armonía entre lo positivo y lo negativo, y alejar la tensión entre la tesis (el bien) y la antítesis (el mal) de la existencia. Entre preguntas y cuestionamientos, falsas justificaciones y soluciones, alcanza una formulación metafísica del mal y apoyándose en ella, es condescendiente con él e intenta encubrirlo. Utiliza así el sufriente, hasta el mismo desvarío, el poder de abstracción mental con el cual ha sido dotado por el Creador: niega la existencia del mal en el mundo.
El judaísmo en su visión realista del hombre y su posición dentro de la realidad, entendió que el mal no puede ser borrado ni encubierto, y que todo intento por desestimar el valor de la contradicción y del desgarramiento inherentes a la existencia, no llevará al hombre ni hacia una paz espiritual ni tampoco a aprehender el secreto existencial. La presencia del mal es innegable. Existe el mal, existe el sufrimiento y existen los tormentos infernales. Quien desee engañarse a sí mismo negando la escisión de la existencia e idealizando la vida humana, no es más que un tonto que ve ilusiones. Es imposible sobreponerse al monstruo del mal con mentalidad filosófico-especulativa. Por eso determinó el judaísmo que el hombre inmerso en las profundidades de la helada predestinación, en vano buscará solución al problema del mal dentro del marco del pensamiento especulativo ya que jamás la encontrará. Por supuesto que es verdadero el testimonio de la Torá de que la bondad caracteriza esencialmente a la creación. Pero esto no está expresado sino desde la mirada infinita del Creador.
Desde la perspectiva parcial del hombre finito, el bien absoluto de la creación no se devela. La contradicción resalta sobremanera y es imposible eliminarla. Existe un mal que no se puede entender ni explicar. Sólo la comprensión del mundo en su totalidad puede permitirle al hombre vislumbrar la esencia del sufrimiento. Pero mientras las posibilidades humanas sean limitadas, no captando sino soló fragmentos aislados del drama cósmico y del drama imponente de la historia, le será vedado penetrar en el misterio del mal y en el secreto del sufrimiento. ¿A qué se parece tal situación? A un hombre que observa una alfombra extraordinaria pensando y suponiendo que un dibujo maravilloso se encuentra del lado del revés. ¿Acaso, una mirada como ésta podría convertirse en una elevada fuente de vivencia estética? Para nuestra desgracia, nosotros vemos al mundo del lado del revés; por eso no está en nuestras manos aprehender el marco de la existencia que todo lo abarca, marco desde el cual es posible descubrir el plan y esencia de la acción divina.
En resumen, el ”yo” predestinado cuestiona el mal con interrogantes teórico metafísicos, los cuales carecen de respuesta. En la segunda dimensión de la existencia del hombre (el arbitrio) se reviste la pregunta del sufrimiento de una forma nueva. ¿Qué es una existencia con arbitrio? Es una existencia activa gracias a la comprensión de su propia particularidad y a su capacidad de elección; actúa libre e independientemente, sin perder su esencia en la lucha con el medio. El lema “yo” arbitrario es: contra tu voluntad, naces y mueres, pero vives con posibilidad y libre elección. El hombre nace como objeto y muere como objeto, pero tiene la capacidad de vivir como sujeto creador y renovador, estampando sobre su vida su firma individual y apartándose del automatismo y el determinismo hacia la actividad creadora. El testimonio del hombre en este mundo, según lo enseña el judaísmo, es convertir la predestinación en arbitrio; una existencia sometida a influencias, por otra activa e influyente; una existencia involuntaria, perpleja y muda, por otra voluntaria plena de iniciativa y vuelo.
La bendición dada por Dios a la creación de sus manos, manifiesta también su rol: “Procread y multiplicaos, henchid la tierra y dominarla”. Sometan el medio y subordínenlo; si no lo gobiernan sobre él, terminará por someterlos a ustedes. El arbitrio confiere al mundo una nueva actitud ante el mundo de Dios: Él le entrega la corona del reino y el hombre se convierte en socio de la creación. Como he expresado anteriormente, la existencia con arbitrio ahonda en el hombre la realización genuina con el problema del mal. Cada vez que se enfrenta con la existencia predestinada, su relación con el mal se expresa sólo desde el enfoque teórico-filosófico. Como criatura pasiva, no tiene poder para luchar contra el mal, limitarlo o aprovecharlo para una finalidad elevada. El hijo de la predestinación es incapaz de decidir en terreno de su existencia. Se alimenta del medio y de su vida acuñada por el sello de lo externo. Por eso necesita del mal desde una perspectiva especulativa. Trata de negar la existencia del mal y crear una visión armónica. El fin de esta experiencia es la desilusión.
El mal se burla del cautivo de predestinación y de su sueño maravilloso sobre una realidad que es todo buena y agradable. En cambio gracias al arbitrio, conoce el hombre la realidad tal como es, no pretendiendo un equilibrio ficticio con el fin de disimular el mal y hacerlo desaparecer de delante de sus ojos. Su enfoque es halájico–moralista y sin ningún hilo especulativo-metafísico. Cuando el hombre dueño de libre arbitrio sufre, se dice así mismo: Existe el mal y no lo niego ni tampoco lo encubro con palabrería intrascendente; he aquí que estoy interesado en él desde un punto de vista halájico, como un hombre que interesa por sus propios actos. Entonces formulo una pregunta simple: ¿qué puede hacer el que sufre y vive padeciendo?. En este plano, el centro de gravedad es desplazado desde la finalidad y causalidad (entre las que no existe diferencia salvo en la dirección de cada una) al aspecto práctico. El problema es formulado, ahora, en la lengua de una ley sencilla, gira en derredor de la tarea cotidiana. La pregunta de las preguntas es: ¿en qué consisten los sufrimientos del hombre?.
El judaísmo ha apreciado esta pregunta y la ha colocado en el centro de su mundo filosófico. La halajá (la jurisprudencia de la LEY ABSOLUTA) se ha interesado en ella como en el resto de los problemas acerca de prohibiciones y permisos, culpabilidades y exenciones. No reflexionamos sobre los maravillosos caminos de Dios, más lo hacemos sobre el camino por el que marchará el hombre cuando lo asalte el sufrimiento. No preguntamos ni por la causa del mal ni por su finalidad, sino por su capacidad de corregir y de elevar: ¿cómo se comportará el hombre en tiempo de desgracia? ¿Qué hará el hombre para no consumirse en su dolor?
La respuesta halájica a este problema es muy sencilla. Los tormentos vienen a engrandecer al hombre, purificar su espíritu y santificarlo, limpiar su mente librándola de toda inservible superficialidad; refinar su alma y extender el horizonte de su vida. Resumiendo: el tormento tiene la función de corregir lo corrupto en la personalidad humana. La halajá (la Jurisprudencia Divina) nos enseña que un pecado criminal se cierne sobre el que sufre: que deje pasar los dolores y perderse sin meta ni significado. El sufrimiento está en el mundo para aportar al hombre, para purificarlo, redimirlo de lo inmundo, de la insolencia y de las bajezas del alma animal inferior. Del sufrimiento debe el hombre surgir pulido y purificado, puro y limpio.
”Tiempo de angustia es para Jacob, pero de ella quedará salvo”, es decir, de la angustia misma surgirá la salvación del mundo, se consolidará y elevará de modo que resultaría imposible de alcanzar en un mundo carente de dolor. De la negación florece la afirmación, de la antítesis la tesis; de la negación de la existencia surge una existencia renovada. Sobre la imponente reacción espiritual por parte del hombre presa de angustia, comenta la Torá: “Cuando estés angustiado y te alcancen todas estas palabras…te volverás a donde tu Dios”. El sufrimiento obliga al hombre a retornar en un arrepentimiento completo hacia Dios. La angustia está destinada a despertar en nosotros el arrepentimiento, y ¿qué es éste sino la renovación y la elevada redención del ser humano?
Pobre del hombre al cual los sufrimientos no lo lleven a un quebramiento, y su alma permanezca helada y falta de perdón. Pobre del sufriente si su alma no se engrandece en los pesares, si los tormentos no encienden en él la llama de Dios. Cuando los dolores se pierden en la inmensidad como fuerzas opacas y sin provecho, una pesada acusación marca el hombre que desperdicia su dolor. El judaísmo profundizó esta idea y relacionó la capacidad de elevar y corregir, inherente al dolor, con la capacidad de elevar y corregir, inherente a la gracia de Dios. La gracia divina, dice el judaísmo, no es otorgada al hombre de modo gratuito. Lo compromete; entraña una exigencia ético halájica para el que goza de ella. La influencia que la gracia proporciona es dada con la mano abierta, plena y extendida de Dios, pero NO es otorgada sin condición alguna: no es un regalo absoluto. Una benéfica influencia es siempre ejercida bajo alguna condición, por un tiempo determinado o con la premisa de retribución. Cuando Dios otorga al hombre bienes y riqueza, influencia y honor, depende de él saber cómo utilizarlos, cómo transformar estos preciados regalos en fuerzas creadoras y fructíferas; saber compartir con el prójimo su alegría y grandeza, y corresponder piadosamente a la gracia que llega desde una fuente infinita. Si la plenitud no lleva al hombre a un apego total con Dios, está cometiendo un pecado básico y a su tiempo llega el tormento que recuerda su obligación con el Creador del mundo por el regalo de Su gracia.
Nuestros grandes maestros nos enseñaron: “Debe el hombre bendecir sobre el mal así como lo hace sobre el bien”. Así como el bien obliga al hombre a actos elevados y exige del individuo o del grupo humano una acción operante y creadora, así exigen los sufrimientos una corrección del alma y una purificación de la vida; demanda que a la hora de la plenitud despierte el hombre y actúe. Porque hay casos en los que al hombre se le exige corregir, por medio del sufrimiento, lo que se corrompió de la creación a la hora que Dios se inclinaba hacia él como un manantial de paz. El sufrimiento de apego a Dios y la toma de conciencia de la obligación de purificarse y santificarse por el padecimiento, deben centellear en el alma humana cuando ésta se encuentra en situaciones límites. En resumen, no está en el hombre el solucionar en toda su complejidad especulativa el interrogante de la justificación causal o la finalidad de los tormentos, sino la propuesta halájica de la autocorrección al trocar la predestinación en arbitrio y al auto elevarse de objeto a sujeto, de una cosa a un hombre.
Una característica del mundo inferior en donde vivimos es el sufrimiento que hay en él. ¿Cómo hemos de comprender el propósito que tiene? ¿Cómo se puede ser feliz frente a la presencia constante del sufrimiento? Constituye una mitzvá (un precepto) estar contento, pero ¿cómo es posible estarlo si siempre hay tanto sufrimiento? ¿Se puede olvidar el dolor en el mundo y regocijarse? ¿No sería eso indicio de una cruel insensibilidad? ¿Y de qué modo se conecta el sufrimiento en este mundo con otros mundos o posibilidades de existencia? ¿Con el mundo venidero?
La fuente más grande de felicidad la constituye el regalo de la vida. El individuo con sensibilidad espiritual no considera la vida como algo neutral que pueda ser mejorado o degradado por experiencias positivas o negativas, respectivamente. Al contrario: estar vivo es razón para el gozo extático, incluso durante las experiencias más negativas la vida constituye una oportunidad para el crecimiento y ninguna otra cosa puede tener más valor. ¿Cuál es el nexo entre los sufrimientos de este mundo y la felicidad de la vida misma? ¿Cómo puede un individuo generar una felicidad auténtica aún frente al sufrimiento?
La respuesta es que las dificultades mismas de Ia vida constituyen la fuente de la felicidad, Entendamos esta paradoja, El concepto que la Torá tiene es que esta vida está diseñada como una dimensión en la cual el hombre puede ganarse otros mundos o posibilidades de existencia; el mundo venidero. El proceso de ganarse esa existencia eterna es puro trabajo. Y el trabajo implica dificultad; siempre se realiza un trabajo contra una resistencia. La dificultad del trabajo aquí es Io que construye el placer de la recompensa allá. De hecho, el propósito esos mundos, del mundo venidero es el placer. Ese es el deseo último de Dios para nosotros: darnos placer, y es para eso que Él creó otros estados de existencia, otros mundos; el mundo venidero. Sin embargo, hay ganarnos ese mundo, y es precisamente ahí donde reside el placer más grande. No debemos comer el “pan de la vergüenza” lo que significa, que experimentar el placer como un regalo gratuito en ese mundo sería una experiencia degradante. Debemos construirlo nosotros mismos y disfrutarlo como el producto de nuestras manos.
Nuestro trabajo y sufrimiento aquí son los elementos que construyen nuestra felicidad allá. Y ese es el único camino para alcanzar la felicidad en este mundo: saber que todo Io que pasa aquí está construyendo Io que se va a experimentar allá. No existe otro modo de lograr la felicidad en ESTE (en el que vivimos actualmente) mundo; cualquier otro intento por alcanzarla es meramente escapismo, EI olvido o la embriaguez en todas sus formas podrían provocar un respiro momentáneo de la conciencia del sufrimiento en este mundo, pero siempre se trata de algo pasajero y, usualmente, peca de insensibilidad: el individuo que puede regocijarse en la inconsciencia del constante sufrimiento que Io rodea debe de ser alguien patológicamente insensible. No. No queremos olvidar que este mundo está lleno de infelicidad. La Torá NO ES ESCAPISMO. Es un compromiso objetivo y claro con la realidad.
Y LA REALIDAD ESTA LLENA DE SUFRIMIENTO… Y sin embargo, el judío puede desbordarse de alegría; sólo que esa alegría no se deriva del olvido, sino del conocimiento de que debajo de todo ese sufrimiento hay corrientes de energía que están construyendo Ia eternidad. En ningún lugar de la Torá hallamos que se afirme que nuestra meta es ser felices aquí. Podría ser que tal meta sea una búsqueda apropiada para las demás naciones y culturas, pero el judío no ha sido colocado en este mundo para ser feliz. AI judío se Ie ha puesto aquí para trabajar y ganarse una felicidad que se halla invertida en otro lugar. Y la paradoja de la vida es que sólo cuando el trabajo aquí es concebido como una inversión en otra realidad puede este mundo convertirse en fuente de una alegría constante. La mitzvá (precepto) de ser feliz es justamente eso: saber que cada detalle que uno invierte aquí, sin importar el grado de dificultad o dolor que implique, será pagado con dividendos indescriptibles de placer en otro lugar. Ver completo en siguiente link.
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Escrito y elaborado por David Saportas
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