Podcast de Misterios

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By ermakysevillaHistory
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Podcast de Misterios episodes

  • El Retorno de los Brujos.Louis Pawels y Jacques Bergier.Los 9mil Millones de Nombres de Dios.(fin capitulo)
    —¡Alto! —ordenó el ladrón.
    El asno se detuvo por su cuenta. El hermano Francis se alzó la capucha para mostrar el parche negro y se llevó lentamente la mano al ojo, como dispuesto a des­cubrir un horrible espectáculo disimulado por el paño. Pero el hombre echó la cabeza atrás y lanzó una risota­da siniestra y realmente satánica. El fraile se apresuró a mascullar un exorcismo, cosa que tampoco pareció im­presionar al ladrón.
    —Esto hace ya años que no sirve —le dijo—. Va­mos, apéate.
    El hermano Francis se encogió de hombros, sonrió y se apeó de su montura sin protestar.
    —Buenos días, señor —dijo, en amable tono—. Podéis llevaros el asno. Me sentará bien andar un poco.
    Y ya se alejaba cuando el ladrón le cerró el paso.
    —¡Espera! ¡Desnúdate completamente y déjame ver lo que llevas en este paquete!
    El monje le mostró sus alforjas, con un pequeño ademán de excusa, pero el otro se echó a reír a más y mejor.
    —¡También conozco el truco de la pobreza! —dijo a su víctima en tono sarcástico—. El último mendigo que detuve llevaba medio kilo de oro encima... Vamos, pronto, ¡desnúdate!
    Cuando el fraile lo hubo hecho, el hombre registró sus vestiduras, no encontró nada y se las devolvió.
    —Ahora —prosiguió—, veamos ese paquete.
    —No es más que un documento, señor —protestó el religioso—, un documento que carece de valor para quien no sea su dueño.
    —¡Abre el paquete, te he dicho!
    El hermano Francis obedeció sin rechistar y pronto resplandecieron bajo el sol las iluminaciones del perga­mino. El ladrón lanzó un silbido de admiración.
    —¡Qué bonito! A mi mujer le gustará para colgarlo en la pared de la choza.
    El pobre fraile, al oírlo, sintió que le fallaba el cora­zón y se puso a murmurar una plegaria silenciosa: «Si lo has enviado Tú, Señor, para probarme —suplicó desde lo más profundo de su alma—, dame al menos el valor de morir como un hombre, pues, si está escrito que tiene que robármelo, ¡tendrá que hacerlo al cadáver de Tu indigno siervo!
    —¡Envuélvemelo! —ordenó de pronto el ladrón, que sabía lo que quería.
    —Os lo ruego, señor —gimió el hermano Fran­cis—, ¿cómo podéis privar a un pobre hombre de una obra en la que ha empleado toda su vida...? Quince años he pasado iluminando este manuscrito y...
    —¿Cómo? —le interrumpió el ladrón—. ¿Lo has hecho tú mismo?
    Y se desternilló de risa.
    —No comprendo, señor—replicó el monje, enroje­ciendo ligeramente—, lo que pueda tener de gracioso...
    —¡Quince años! —exclamó el hombre, entre dos accesos de risa—. ¡Quince años! ¿Y por qué?, te pre­gunto. ¡Por un pedazo de papel! ¡Quince años...! ¡Ja, ja!
    Y, asiendo con ambas manos la hoja iluminada, se dispuso a desgarrarla. Entonces el hermano Francis se dejó caer de rodillas en medio del sendero.
    —¡Jesús, María y José! —exclamó—. ¡Os lo supli­co, señor, en nombre del Cielo!
    El ladrón pareció ablandarse un poco; arrojando el pergamino al suelo, preguntó burlón:
    —¿Estarías dispuesto a luchar por tu pedazo de papel?
    —¡Lo que queráis, señor! ¡Haré todo lo que queráis!
    Ambos se pusieron en guardia. El fraile se santiguó precipitadamente e invocó al Cielo, recordando que antaño la lucha había sido un deporte autorizado por la divinidad... Después se lanzó al combate.
    Tres segundos más tarde yacía sobre los puntiagu­dos guijarros que le laceraban el espinazo, medio as­fixiado bajo una pequeña montaña de duros músculos.
    —¡Ya está! —dijo, modestamente, el ladrón, levan­tándose y cogiendo el pergamino.
    Pero el fraile se arrastró de rodillas, juntando las manos y ensordeciéndole con sus súplicas desespe­radas.
    —Creo —se burló el ladrón— que serías capaz de besarme los zapatos con tal de que te devolviese el di­bujo.
    Por toda respuesta, el hermano Francis le alcanzó de un salto y empezó a besar fervorosamente las bo­tas del vencedor.
    Esto era ya demasiado, incluso para un pillastre de siete suelas. Lanzó un juramento, arrojó el manuscrito al suelo, montó en el asno y se alejó... Inmediatamente, el hermano Francis se lanzó sobre el documento y lo recogió del suelo. Después trotó detrás del hombre, implorando para él todas las bendiciones del cielo y dando gracias al Señor por haber creado malandrines tan desinteresados.
    Sin embargo, cuando el ladrón y su asno hubieron desaparecido en la arboleda, el monje empezó a preguntarse, con un poco de tristeza, por qué razón, en efecto, había consagrado quince años de su vida a este pedazo de pergamino... Las palabras del ladrón resona­ban aún en sus oídos: «¿Y por qué?, te pregunto...» Sí, ¿por qué?, ¿por qué razón?
    El hermano Francis reanudó su camino, pensativo y con la cabeza gacha bajo el capuchón... Incluso hubo un momento en que se le ocurrió la idea de arrojar el documento entre los matorrales y dejarlo allí, bajo la lluvia... Pero el padre abad había aprobado su deseo de entregarlo a las autoridades del Nuevo Vaticano, a modo de presente. El monje pensó que no podía pre­sentarse allí con las manos vacías, y ya serenado, prosi­guió el camino.
    Había llegado el momento. Perdido en la inmensa y majestuosa basílica el hermano Francis se hallaba sumi­do en la prestigiosa magia de colores y sones. Después de invocar al Espíritu infalible, símbolo de toda perfec­ción, se levantó un obispo —el monje advirtió que era monseñor Di Simone, abogado del santo—, quien pidió a san Pedro que se pronunciara, por medio de S. S. León XXII, y ordenó a todos los reunidos que prestaran oído atento a las solemnes palabras que iban a ser pronunciadas.
    Un momento después, el Papa se levantó despacio y proclamó que Isaac Edward Leibowitz debía ser en adelante venerado como santo. Asunto concluido. El oscuro técnico de antaño formaba ya parte de la celeste falange. El hermano Francis dirigió enseguida una de­vota plegaria a su nuevo patrón, mientras el coro ento­naba el Te Deum.
    Un rato más tarde, y andando con un paso vivo, el Soberano Pontífice apareció tan bruscamente en la sala de audiencias donde esperaba el frailuco, que la sorpre­sa cortó el resuello al hermano Francis, privándole del
    uso de la palabra. Se arrodilló apresuradamente para besar el anillo del Pescador y recibir la bendición, y después se levantó torpemente, sin saber qué hacer con el bello pergamino iluminado que sostenía detrás de la espalda. Comprendiendo el motivo de su turbación, el Papa sonrió.
    —¿Acaso nuestro hijo nos trae un presente? —preguntó.
    El monje farfulló algo ininteligible, asintió estúpi­damente con la cabeza y por fin alargó su manuscrito, que el Vicario de Cristo observó largamente sin decir palabra y con rostro impasible.
    —No es nada —masculló el hermano Francis, que sentía aumentar su turbación a medida que se prolon­gaba el silencio del Pontífice—, no es más que una pequeñez, un miserable presente... Incluso me avergüen­zo de haber pasado tanto tiempo en...
    Se detuvo en seco, ahogado por la emoción.
    Pero el Papa parecía no haberle oído.
    —¿Comprendes el significado del simbolismo em­pleado por san Isaac? —preguntó al fraile, sin dejar de examinar con curiosidad el misterioso trazado del plano.
    El hermano Francis, por toda respuesta, sacudió negativamente la cabeza.
    Y el fraile se puso a balbucear las gracias, mientras el Soberano Pontífice se perdía de nuevo en la contem­plación de los diseños tan bellamente iluminados.
    —Sea cual fuere su significación... —comenzó el Papa; pero se interrumpió de golpe y empezó a hablar de otra cosa.
    Si habían hecho al fraile el honor de recibirle, le ex­plicó, no era porque las autoridades eclesiásticas se hu­biesen formado una opinión oficial sobre el peregrino que el monje había visto... El hermano Francis había sido tratado de esta suerte porque se le quería recompensar por el hallazgo de importantes documentos y reliquias. Así se había juzgado su hallazgo, sin tener absolutamente en cuenta las circunstancias que lo acompañaron.
    —Sea cual fuese su significación —repitió al fin—, este fragmento de saber, muerto en la actualidad, reco­brará vida algún día.
    Sonriendo, dirigió al monje un pequeño guiño.
    —Y nosotros lo conservaremos celosamente hasta que aquel día llegue —concluyó.
    Sólo entonces advirtió el hermano Francis que la so­tana blanca del Papa tenía un agujero y que todas sus vestiduras estaban bastante usadas. La alfombra de la sala de audiencias estaba también muy raída en algunos sitios, y el yeso del techo se caía visiblemente a pedazos.
    Pero en las estanterías que se veían a lo largo de los muros, había libros, libros enriquecidos con admira­bles iluminaciones, libros que trataban de cosas incom­prensibles, libros pacientemente copiados por hombres cuya tarea no consistía en comprender, sino en conser­var. Y estos libros esperaban que llegase su hora
    —Adiós, mi querido hijo.
    El humilde guardián de la llama del saber marchó a pie a su lejana abadía... Cuando se acercó a la comarca en que merodeaba el ladrón, se sintió lleno de alegría. Si aquel día el ladrón estaba de descanso, se sentaría a es­perar su regreso. Porque esta vez sabía ya lo que tenía que responder a su pregunta.
    22 min
  • El Retorno de los Brujos.Louis Pawels y Jacques Bergier.Los 9mil Millones de Nombres de Dios.(continuacion)
    —Sabéis sin duda —prosiguió— que existen proce­dimientos para hacer que los documentos nuevos pa­rezcan antiguos, ¿no es cierto?
    El hermano Francis lo ignoraba.
    —Sabéis igualmente que la esposa de Leibowitz se llamaba Emily, y que Emma no es en absoluto, el dimi­nutivo de aquel nombre, ¿verdad?
    Francis tampoco estaba muy informado de esto. Recordaba únicamente que sus padres, cuando él era niño, empleaban a veces ciertos diminutivos un poco a la ligera...
    «Además — dijo para sí — , si el beato Leibowitz, a quien Dios bendiga, decidió llamar Emma a su mujer, estoy seguro de que tuvo sus razones...»
    Entonces el enviado del Nuevo Vaticano la em­prendió con un curso de semántica, tan furioso y tan vehemente que el desdichado frailuco creyó perder la razón. Al terminar la tormentosa sesión, no sabía si­quiera si era cierto o no que hubiese visto un día un pe­regrino.
    Antes de partir, el Abogado del Diablo quiso ver también la copia iluminada que había hecho Francis, y el desdichado se la mostró, con la muerte en el alma. Por lo pronto, el prelado se quedó asombrado; después tragó saliva y pareció que hacía un esfuerzo para decir
    — Ciertamente, no carecéis de imaginación — dijo —. Pero creo que esto lo sabían ya todos los de aquí.
    Los cuernos del emisario habían menguado varios centímetros y el hombre partió aquella misma tarde ha­cia el Nuevo Vaticano.
    ...Y fueron transcurriendo los años, añadiendo algu­nas arrugas a los rostros jóvenes y algunas canas a las sie­nes de los frailes. En el monasterio, la vida seguía su cur­so, y los monjes continuaban sumidos en sus copias, como en tiempos pasados. Un buen día, el hermano Jeris concibió el proyecto de construir una prensa de impri­mir. Cuando el abad le preguntó el motivo, sólo supo responder:
    — Para aumentar la producción.
    — ¿Ah, sí? — replicó el padre
    — . ¿Y de qué creéis que servirán vuestros papelotes en un mundo en que la gente se considera dichosa de no saber leer? Tal vez pensáis venderlos a los campesinos para encender el fuego, ¿no?
    Mortificado, el hermano Jeris encogió tristemente los hombros... y los copistas del monasterio siguieron trabajando con plumas de oca....
    Por fin, una mañana de primavera, poco antes de la Cuaresma, se presentó un nuevo mensajero en el mo­nasterio trayendo una buena, excelente noticia: el expe­diente para la canonización de Leibowitz estaba ya completo; el Sacro Colegio no tardaría en reunirse, y el fundador de la Orden Albertina figuraría pronto entre los santos del calendario.
    Mientras se regocijaba toda la comunidad, el padre abad —ahora ya muy viejo y bastante complaciente— hizo llamar al hermano Francis.
    —Su Santidad requiere vuestra presencia en las fiestas que van a celebrarse con motivo de la canoniza­ción de Isaac Edward Leibowitz —murmuró—. Dis­poneos a partir.
    Y añadió, en tono gruñón:
    —Si queréis desmayaros, ¡hacedlo en otra parte!
    El viaje del joven fraile al Nuevo Vaticano le llevaría al menos tres meses, o acaso más: todo dependería de la distancia que pudiese cubrir antes de que los inevitables salteadores le privaran de su asno.
    Partió solo y desarmado, provisto únicamente de unas alforjas de mendicante. Apretaba contra su cora­zón la copia iluminada del plano de Leibowitz, y roga­ba a Dios que no se la robasen. Claro que los bandole­ros eran gente ignorante y no habrían sabido qué hacer con ella... Sin embargo, y por precaución, el fraile se había tapado un ojo con un trocito de paño negro. Los campesinos eran supersticiosos y la amenaza de «mal de ojo» bastaba a veces para ponerlos en fuga.
    Después de dos meses y algunos días de viaje, el hermano Francis tropezó con un ladrón en un sendero montañoso, rodeado de bosques espesos y lejos de
    todo lugar habitado. Era un hombre de corta talla, pero robusto como un buey. Separadas las piernas y cruza­dos los poderosos brazos sobre el pecho, esperaba en medio del sendero la llegada del fraile, que avanzaba hacia él, al paso lento de su montura... Parecía estar solo y no llevaba más arma que un cuchillo, que ni si­quiera se sacó de la cintura. Aquel encuentro produjo al monje una profunda desilusión; en lo más hondo de su corazón, a lo largo de todo el camino, no había deja­do de esperar que encontraría un día al peregrino de antaño.
    —¡Alto! —ordenó el ladrón.
    El asno se detuvo por su cuenta. El hermano Francis se alzó la capucha para mostrar el parche negro y se llevó lentamente la mano al ojo, como dispuesto a des­cubrir un horrible espectáculo disimulado por el paño. Pero el hombre echó la cabeza atrás y lanzó una risota­da siniestra y realmente satánica. El fraile se apresuró a mascullar un exorcismo, cosa que tampoco pareció im­presionar al ladrón.
    —Esto hace ya años que no sirve —le dijo—. Va­mos, apéate.
    El hermano Francis se encogió de hombros, sonrió y se apeó de su montura sin protestar.
    —Buenos días, señor —dijo, en amable tono—. Podéis llevaros el asno. Me sentará bien andar un poco.
    Y ya se alejaba cuando el ladrón le cerró el paso.
    —¡Espera! ¡Desnúdate completamente y déjame ver lo que llevas en este paquete!
    El monje le mostró sus alforjas, con un pequeño ademán de excusa, pero el otro se echó a reír a más y mejor.
    —¡También conozco el truco de la pobreza! —dijo a su víctima en tono sarcástico—. El último mendigo que detuve llevaba medio kilo de oro encima... Vamos, pronto, ¡desnúdate!
    Cuando el fraile lo hubo hecho, el hombre registró sus vestiduras, no encontró nada y se las devolvió.
    —Ahora —prosiguió—, veamos ese paquete.
    —No es más que un documento, señor —protestó el religioso—, un documento que carece de valor para quien no sea su dueño.
    —¡Abre el paquete, te he dicho!
    El hermano Francis obedeció sin rechistar y pronto resplandecieron bajo el sol las iluminaciones del perga­mino. El ladrón lanzó un silbido de admiración.
    —¡Qué bonito! A mi mujer le gustará para colgarlo en la pared de la choza.
    El pobre fraile, al oírlo, sintió que le fallaba el cora­zón y se puso a murmurar una plegaria silenciosa: «Si lo has enviado Tú, Señor, para probarme —suplicó desde lo más profundo de su alma—, dame al menos el valor de morir como un hombre, pues, si está escrito que tiene que robármelo, ¡tendrá que hacerlo al cadáver de Tu indigno siervo!
    —¡Envuélvemelo! —ordenó de pronto el ladrón, que sabía lo que quería.
    —Os lo ruego, señor —gimió el hermano Fran­cis—, ¿cómo podéis privar a un pobre hombre de una obra en la que ha empleado toda su vida...? Quince años he pasado iluminando este manuscrito y...
    —¿Cómo? —le interrumpió el ladrón—. ¿Lo has hecho tú mismo?
    Y se desternilló de risa.
    —No comprendo, señor—replicó el monje, enroje­ciendo ligeramente—, lo que pueda tener de gracioso...
    —¡Quince años! —exclamó el hombre, entre dos accesos de risa—. ¡Quince años! ¿Y por qué?, te pre­gunto. ¡Por un pedazo de papel! ¡Quince años...! ¡Ja, ja!
    Y, asiendo con ambas manos la hoja iluminada, se dispuso a desgarrarla. Entonces el hermano Francis se dejó caer de rodillas en medio del sendero.
    —¡Jesús, María y José! —exclamó—. ¡Os lo supli­co, señor, en nombre del Cielo!
    El ladrón pareció ablandarse un poco; arrojando el pergamino al suelo, preguntó burlón:
    —¿Estarías dispuesto a luchar por tu pedazo de papel?
    —¡Lo que queráis, señor! ¡Haré todo lo que queráis!
    Ambos se pusieron en guardia. El fraile se santiguó precipitadamente e invocó al Cielo, recordando que antaño la lucha había sido un deporte autorizado por la divinidad... Después se lanzó al combate.
    Tres segundos más tarde yacía sobre los puntiagu­dos guijarros que le laceraban el espinazo, medio as­fixiado bajo una pequeña montaña de duros músculos.
    —¡Ya está! —dijo, modestamente, el ladrón, levan­tándose y cogiendo el pergamino.
    Pero el fraile se arrastró de rodillas, juntando las manos y ensordeciéndole con sus súplicas desespe­radas.
    —Creo —se burló el ladrón— que serías capaz de besarme los zapatos con tal de que te devolviese el di­bujo.
    Por toda respuesta, el hermano Francis le alcanzó de un salto y empezó a besar fervorosamente las bo­tas del vencedor.
    Esto era ya demasiado, incluso para un pillastre de siete suelas. Lanzó un juramento, arrojó el manuscrito al suelo, montó en el asno y se alejó... Inmediatamente, el hermano Francis se lanzó sobre el documento y lo recogió del suelo. Después trotó detrás del hombre, implorando para él todas las bendiciones del cielo y dando gracias al Señor por haber creado malandrines tan desinteresados.
    Sin embargo, cuando el ladrón y su asno hubieron desaparecido en la arboleda, el monje empezó a preguntarse, con un poco de tristeza, por qué razón, en efecto, había consagrado quince años de su vida a este pedazo de pergamino... Las palabras del ladrón resona­ban aún en sus oídos: «¿Y por qué?, te pregunto...» Sí, ¿por qué?, ¿por qué razón?
    El hermano Francis reanudó su camino, pensativo y con la cabeza gacha bajo el capuchón... Incluso hubo un momento en que se le ocurrió la idea de arrojar el documento entre los matorrales y dejarlo allí, bajo la lluvia... Pero el padre abad había aprobado su deseo de entregarlo a las autoridades del Nuevo Vaticano, a modo de presente. El monje pensó que no podía pre­sentarse allí con las manos vacías, y ya serenado, prosi­guió el camino.
    Había llegado el momento. Perdido en la inmensa y majestuosa basílica el hermano Francis se hallaba sumi­do en la prestigiosa magia de colores y sones. Después de invocar al Espíritu infalible, símbolo de toda perfec­ción, se levantó un obispo —el monje advirtió que era monseñor Di Simone, abogado del santo—, quien pidió a san Pedro que se pronunciara, por medio de S. S. León XXII, y ordenó a todos los reunidos que prestaran oído atento a las solemnes palabras que iban a ser pronunciadas.
    Un momento después, el Papa se levantó despacio y proclamó que Isaac Edward Leibowitz debía ser en adelante venerado como santo. Asunto concluido. El oscuro técnico de antaño formaba ya parte de la celeste falange. El hermano Francis dirigió enseguida una de­vota plegaria a su nuevo patrón, mientras el coro ento­naba el Te Deum.
    Un rato más tarde, y andando con un paso vivo, el Soberano Pontífice apareció tan bruscamente en la sala de audiencias donde esperaba el frailuco, que la sorpre­sa cortó el resuello al hermano Francis, privándole del
    uso de la palabra. Se arrodilló apresuradamente para besar el anillo del Pescador y recibir la bendición, y después se levantó torpemente, sin saber qué hacer con el bello pergamino iluminado que sostenía detrás de la espalda. Comprendiendo el motivo de su turbación, el Papa sonrió.
    —¿Acaso nuestro hijo nos trae un presente? —preguntó.
    El monje farfulló algo ininteligible, asintió estúpi­damente con la cabeza y por fin alargó su manuscrito, que el Vicario de Cristo observó largamente sin decir palabra y con rostro impasible.
    —No es nada —masculló el hermano Francis, que sentía aumentar su turbación a medida que se prolon­gaba el silencio del Pontífice—, no es más que una pequeñez, un miserable presente... Incluso me avergüen­zo de haber pasado tanto tiempo en...
    Se detuvo en seco, ahogado por la emoción.
    Pero el Papa parecía no haberle oído.
    —¿Comprendes el significado del simbolismo em­pleado por san Isaac? —preguntó al fraile, sin dejar de examinar con curiosidad el misterioso trazado del plano.
    El hermano Francis, por toda respuesta, sacudió negativamente la cabeza.
    Y el fraile se puso a balbucear las gracias, mientras el Soberano Pontífice se perdía de nuevo en la contem­plación de los diseños tan bellamente iluminados.
    —Sea cual fuere su significación... —comenzó el Papa; pero se interrumpió de golpe y empezó a hablar de otra cosa.
    Si habían hecho al fraile el honor de recibirle, le ex­plicó, no era porque las autoridades eclesiásticas se hu­biesen formado una opinión oficial sobre el peregrino que el monje había visto... El hermano Francis había sido tratado de esta suerte porque se le quería recompensar por el hallazgo de importantes documentos y reliquias. Así se había juzgado su hallazgo, sin tener absolutamente en cuenta las circunstancias que lo acompañaron.
    —Sea cual fuese su significación —repitió al fin—, este fragmento de saber, muerto en la actualidad, reco­brará vida algún día.
    Sonriendo, dirigió al monje un pequeño guiño.
    —Y nosotros lo conservaremos celosamente hasta que aquel día llegue —concluyó.
    Sólo entonces advirtió el hermano Francis que la so­tana blanca del Papa tenía un agujero y que todas sus vestiduras estaban bastante usadas. La alfombra de la sala de audiencias estaba también muy raída en algunos sitios, y el yeso del techo se caía visiblemente a pedazos.
    Pero en las estanterías que se veían a lo largo de los muros, había libros, libros enriquecidos con admira­bles iluminaciones, libros que trataban de cosas incom­prensibles, libros pacientemente copiados por hombres cuya tarea no consistía en comprender, sino en conser­var. Y estos libros esperaban que llegase su hora
    —Adiós, mi querido hijo.
    El humilde guardián de la llama del saber marchó a pie a su lejana abadía... Cuando se acercó a la comarca en que merodeaba el ladrón, se sintió lleno de alegría. Si aquel día el ladrón estaba de descanso, se sentaría a es­perar su regreso. Porque esta vez sabía ya lo que tenía que responder a su pregunta.
    21 min
  • El Retorno de los Brujos.Louis Pawels y Jacques Bergier.Los 9mil Millones de Nombres de Dios.VII
    Sin embargo, cuando amaneció el día feliz, el joven monje, debilitado por las privaciones, no tenía ya fuerzas para alegrarse. Abrumado por una lasitud inmensa, hizo sus alforjas, se cubrió la cabeza con la capucha para res­guardarla del sol y tomó la preciosa caja bajo el brazo. Después, aligerado en quince kilos desde el miércoles de Ceniza, emprendió con paso vacilante los diez kilóme­tros que le separaban de la abadía... En el momento justo de llegar a la puerta, se derrumbó, agotado. Los herma­nos que le recogieron y que prodigaron sus cuidados a su pobre armazón deshidratado contaron que, durante su delirio, no había cesado de hablar de un ángel con tapa­rrabo de estameña y de invocar el nombre del bienaven­turado Leibowitz, dándole fervorosas gracias por haber­le mostrado las santas reliquias, así como las «Apuestas Mutuas».
    El rumor de estas visiones corrió entre la comuni­dad y llegó con demasiada rapidez a oídos del padre abad, responsable de la disciplina, el cual apretó fuertemente las mandíbulas. «¡Que me lo traigan!», ordenó, en un tono capaz de dar alas al más perezoso.
    Mientras esperaba al joven monje, el abad empezó a andar arriba y abajo, mientras iba acumulando cólera. Naturalmente, no se oponía a los milagros, ni mucho menos. Aunque fuesen difícilmente compatibles con las necesidades de la administración interior, el buen padre creía a machamartillo en los milagros, puesto que constituían la base misma de su fe. Pero pensaba que, al menos, los milagros debían ser verificados y autentifi­cados en la forma prescrita y según las normas estable­cidas. Efectivamente, desde la reciente beatificación del venerado Leibowitz, esos jóvenes monjes se empeña­ban en ver milagros en todas partes.
    Y por muy comprensible que fuese esta propensión a lo maravilloso, no era por ello menos intolerable. Cier­tamente, toda orden monástica digna de este nombre debe sentir la viva preocupación de ayudar a la canoni­zación de su fundador, reuniendo con el mayor celo to­dos los elementos susceptibles de contribuir a ella, ¡pero todo tiene sus límites! El caso era que, desde hacía algún tiempo, el abad había podido comprobar que su rebaño juvenil tendía a hurtarse a su autoridad, y el celo apasio­nado que ponían los jóvenes hermanos en descubrir y registrar milagros había puesto de tal modo en ridículo a la Orden Albertina de Leibowitz, que hasta en el Nuevo Vaticano se reían a mandíbula batiente...
    Por ello estaba decidido el padre abad a mostrarse riguroso; en adelante, todo propagador de noticias mi­lagrosas sería castigado. En el caso de que el milagro fuese falso, el responsable pagaría de este modo el pre­cio de su indisciplina y de su incredulidad; si el milagro era auténtico y resultaba comprobado por verificacio­nes posteriores, el castigo sufrido constituiría la peni­tencia obligada que deben cumplir todos los que se be­nefician del don de la gracia.
    En el momento en que el joven novicio llamó tími­damente a la puerta, el buen padre, terminadas sus re­flexiones, se había sentado y estaba de un humor muy adecuado a las circunstancias, en un estado de ánimo realmente feroz, aunque disimulado bajo la más benig­na apariencia.
    —Adelante, hijo mío —dijo, con voz extrañamente suave.
    —¿Me habéis hecho llamar, reverendo padre? —preguntó el novicio, sonriendo gozoso al advertir la caja de metal sobre la mesa del abad.
    —Sí —respondió el padre, y pareció vacilar un ins­tante—. Pero tal vez —prosiguió— preferiríais que, en adelante, fuese yo a visitaros, ya que os habéis converti­do en un personaje célebre.
    —¡Oh, no, padre mío! —exclamó el hermano Francis, muy colorado y con voz ahogada.
    —Tenéis diecisiete años y, según todas las aparien­cias, no sois más que un imbécil.
    —Sin duda alguna, reverendo padre.
    —Pues, si es así, ¿qué motivos absurdos podéis te­ner para creeros digno de recibir las Órdenes?
    —Absolutamente ninguno, venerable maestro. No soy más que un miserable pecador, cuyo orgullo es im­perdonable.
    —¡Y todavía añadís a vuestras faltas —rugió el abad— la pretensión de un orgullo tan grande que es imperdonable!
    —Es cierto, padre mío. No soy más que un gusa­nillo.
    El abad le dirigió una sonrisa helada y recobró su calma vigilante.
    —¿Estáis, pues, dispuesto a retractaros —pregun­tó—, y a Renégar de todas las divagaciones proferi­das bajo el influjo de la fiebre, a propósito de un ángel que se os habría aparecido y os habría entregado esta..,
    —señaló con gesto despectivo la caja de metal— esta despreciable pacotilla?
    El hermano Francis dio un respingo y cerró los ojos atemorizado.
    —Temo... temo no poder hacerlo, oh maestro mío —balbució.
    —¿Cómo?
    —No puedo negar lo que han visto mis ojos, reve­rendo padre.
    —¿Sabéis cuál es el castigo que os aguarda?
    —Sí, padre mío.
    —Bien está. Disponeos a recibirlo.
    Con un suspiro de resignación, el novicio se le­vantó el hábito hasta la cintura y se inclinó sobre la mesa. Tomando entonces una sólida vara de nogal que guardaba en un cajón, el buen padre le dio diez azotes seguidos en las posaderas. (Después de cada golpe, el novicio pronunciaba, sumiso, el Deo gratías debido a la lección de humildad que le era administrada.)
    —Y ahora —interrogó el abad, bajándose las man­gas—, ¿estáis dispuesto a retractaros?
    —Padre mío, no puedo hacerlo.
    Volviéndole bruscamente la espalda, el sacerdote permaneció un instante silencioso.
    —Muy bien —dijo al fin, con voz mordaz—. Como queráis. Pero no contéis en modo alguno con pronun­ciar votos solemnes este año, al mismo tiempo que los otros.
    El hermano Francis, anegado en llanto, volvió a su celda. Los otros novicios recibieron el hábito monásti­co, y él, por el contrario, tendría que esperar otro año y pasar otra Cuaresma en el desierto, entre los lobos, orando por una vocación que sabía ya que le había sido ampliamente otorgada...
    En el transcurso de las semanas que siguieron, el des­graciado tuvo al menos el consuelo de comprobar que el abad no había estado del todo en lo cierto al calificar de «despreciable pacotilla» el contenido de la caja de metal. Estas reliquias arqueológicas habían tenido un éxito vi­sible entre los hermanos, que consagraban mucho tiem­po a la limpieza y clasificación de los útiles; también se trabajaba en la restauración de los documentos escritos y se trataba de penetrar su sentido. Incluso corría el ru­mor, entre la comunidad, de que el hermano Francis ha­bía realmente descubierto auténticas reliquias del beato Leibowitz, sobre todo bajo la forma del plano, o azul, que llevaba su nombre y en el cual percibíanse todavía unas manchas parduscas. (¿Acaso sangre de Leibowitz? El padre abad opinaba que era jugo de manzana.) En todo caso, el plano estaba fechado en el Año de Gracia de 1956, es decir, parecía coetáneo del venerable fundador de la Orden.
    En realidad, se sabía muy poco del beato Lei­bowitz; su historia se perdía entre las brumas del pasa­do, y la leyenda acababa de confundirla. Se afirmaba únicamente que Dios, para probar al género humano, había ordenado a los sabios de antaño —entre los que figuraba el bienaventurado Leibowitz— que perfeccio­naran ciertas armas diabólicas, gracias a las cuales el Hombre, en el lapso de unas pocas semanas, había lo­grado destruir lo esencial de la civilización, suprimien­do al mismo tiempo un gran número de sus semejantes, Así se había producido el Diluvio de las Llamas, al que habían seguido epidemias y plagas diversas y, por últi­mo, la ola de locura colectiva que debía llevar a la Edad de la Simplificación. En el transcurso de esta última época, los últimos representantes de la Humanidad, presos de vengativo furor, habían despedazado a todos los políticos, técnicos y hombres de ciencia; además habían quemado todas las obras y documentos de los archivos que hubiesen permitido al género humano lanzarse de nuevo por las rutas de la destrucción científica. En aquel tiempo, todos los escritores, todos los hombres instruidos, habían sido perseguidos con un odio sin precedentes... hasta el punto de que la palabra «bobo» había llegado a ser sinónimo de ciudadano honrado, íntegro y virtuoso.
    Para librarse de las justificadas iras de los bobos su­pervivientes, muchos sabios y eruditos buscaron refu­gio bajo el manto de la Santa Madre Iglesia. Ésta los acogió en efecto, los vistió con hábitos monacales y se esforzó en librarlos de la persecución del populacho. Sin embargo, no siempre tuvo éxito este procedimien­to, pues algunos monasterios fueron asaltados, arroja­dos al fuego sus archivos y textos sagrados, y ahorca­dos los que habían buscado refugio allí. En lo que atañe a Leibowitz, había buscado asilo entre los cistercienses. Pronunció sus votos, se hizo sacerdote y, al cabo de doce años, obtuvo autorización para fundar una nueva orden monástica, la de los «Albertinos», así llamada en recuerdo de Alberto el Magno, profesor del gran santo Tomás de Aquino y patrón de los hombres de ciencia. La congregación recién creada debía consagrarse a la conservación de la cultura, así sagrada como profana, y sus miembros tenían por principal tarea transmitir a las generaciones venideras los escasos libros y documen­tos que habían escapado a la destrucción y que se man­tenían ocultos en todos los rincones del mundo. No obstante, algunos bobos descubrieron que Leibowitz era un antiguo sabio, y éste sufrió el martirio de la hor­ca.
    La Orden por él fundada siguió, empero, funcio­nando, y sus miembros, en cuanto volvió a permitirse la tenencia de documentos escritos, pudieron incluso dedicarse a reproducir de memoria las numerosas obras de tiempos pasados. Pero, como la memoria de estos analistas era forzosamente limitada (y, por lo demás, pocos de ellos poseían una cultura lo bastante vasta para comprender las ciencias físicas), los hermanos copistas consagraron sus mayores esfuerzos a los textos sagrados, así como a las obras literarias y de cuestiones' sociales. Y de este modo fue como, de todo el inmenso repertorio de los conocimientos humanos, no sobrevi­vió más que una mezquina colección de pequeños tra­tados manuscritos.
    Al cabo de seis siglos de oscurantismo, los monjes seguían estudiando y copiando su mísera cosecha. Ciertamente, la mayoría de los textos salvados por ellos no les eran de ninguna utilidad, e incluso algunos les resultaban totalmente incomprensibles. Pero a los bue­nos religiosos les bastaba con saber que en ellos se con­tenía el Conocimiento: su deber consistía en conservar­lo y transmitirlo, aunque el oscurantismo universal tuviese que durar diez mil años...
    El hermano Francis de Utah volvió al desierto, el año siguiente, y recomenzó su ayuno de la soledad. Y una vez más regresó al monasterio, débil y flaco y fue llevado a presencia del padre abad, el cual le preguntó si estaba al fin dispuesto a retractarse de sus extravagantes declaraciones.
    —No puedo hacerlo, padre mío —repitió el novicio—, no puedo negar lo que he visto con mis ojos.
    Y el abad, una vez más, le castigó según la regla; igualmente pospuso los votos a fecha ulterior...
    Mientras tanto, los documentos contenidos en la caja habían sido confiados a un seminario para su estu­dio, después de copiados. Pero el hermano Francis se­guía siendo un simple novicio; un novicio que no deja­ba de soñar en el magnífico santuario que se construiría un día en el lugar de su descubrimiento...
    —¡Diabólica contumacia! —fulminaba el abad—. Si el peregrino de que nos habla ese idiota se dirigía, se­gún pretende, a nuestra abadía, ¿cómo es posible que no le hayamos visto...? ¡Y nada menos que un peregri­no con taparrabo de arpillera!
    Sin embargo, esta historia del taparrabo de arpillera no dejaba de preocupar al buen padre. La tradición re­fería, en efecto, que al beato Leibowitz, antes de ahor­carlo le habían cubierto la cabeza con un saco de yute a guisa de capuchón.
    El hermano Francis pasó siete años de noviciado y vivió en el desierto siete Cuaresmas sucesivas. Gracias a este régimen, llegó a ser maestro en el arte de imitar el aullido de los lobos, y así solía, por pura diversión, atraer a las manadas de fieras hasta los muros del con­vento, en las noches sin luna... Durante el día, se con­tentaba con trabajar en la cocina y fregar las baldosas del monasterio, mientras seguía estudiando los autores antiguos.
    Un buen día, un enviado del seminario llegó a la abadía montado en un asno y trayendo una noticia que produjo gran alegría:
    —Ahora estamos ya seguros —anunció— de que los documentos encontrados cerca de aquí se remontan a la fecha indicada, y de que el plano, en especial, tiene alguna relación con la carrera de nuestro bienaventura­do fundador. Ha sido enviado al Nuevo Vaticano, don­de será objeto de un estudio más profundo.
    —Así, pues —interrogó el abad—, ¿puede tratarse a fin de cuentas de una reliquia verdadera de Lei­bowitz?
    Pero el mensajero, poco deseoso de contraer res­ponsabilidades, se limitó a enarcar las cejas.
    —Se dice que Leibowitz era viudo cuando fue or­denado —dijo, dando un rodeo—. Naturalmente, si se pudiera descubrir el nombre de su difunta esposa...
    Entonces el abad, recordando la noticia en que fi­guraba un nombre de mujer, enarcó a su vez las cejas y sonrió.
    Poco después, mandó llamar al hermano Francis.
    —Hijo mío —le dijo con aire positivamente satisfe­cho—, creo que ha llegado el momento de que pronun­ciéis por fin los votos solemnes. Séame permitido, en esta ocasión, felicitaros por la paciencia y la firmeza de intención de que nos habéis dado continuas pruebas. Desde luego, no volverá a hablarse de vuestro... ejem... encuentro con un... ejem... caminante del desierto. Sois un bobo de los buenos, y podéis arrodillaros si queréis recibir mi bendición.
    El hermano Francis lanzó un profundo suspiro y se desmayó abrumado de emoción. El padre le bendijo, y después le reanimó y le permitió pronunciar suá votos perpetuos: pobreza, castidad, obediencia... y observancia de la regla.
    Algún tiempo después de aquello, el nuevo profesor de la Orden Albertina de los hermanos de Leibowitz fue destinado a la sala de los copistas, bajo la dirección de un monje anciano llamado Horner, y allí se puso a deco­rar concienzudamente las páginas de un tratado de álge­bra con bellas estampas representando ramos de olivo y querubines mofletudos.
    —Si lo deseáis —le anuncio el viejo Horner con su voz cascada—, podéis consagrar cinco horas de vuestro tiempo, todas las semanas, a una labor de vuestra elec­ción... previa aprobación, naturalmente. En caso con­trario, destinaréis estas cinco horas de trabajo facul­tativo a copiar la Summa Theologica,1 así como los fragmentos de la Encydopedia Britannica que han lle­gado hasta nosotros.
    Después de reflexionar, el joven monje preguntó:
    —¿Podría consagrar estas horas a sacar una bella copia del plano de Leibowitz?
    —No lo sé, hijo mío —respondió el hermano Horner, frunciendo las cejas—. Es éste un asunto en el cual nuestro excelente padre se muestra un poco quisquillo­so, ya lo sabéis... En fin —concluyó ante las súplicas del joven copista—, os lo voy a permitir, ya que se trata de un trabajo que no os robará mucho tiempo.
    1. Evidentemente, se refiere a la Summa, de santo Tomás de Aquino.
    El hermano Francis se proveyó, pues, del mejor per­gamino que pudo encontrar y pasó varias semanas ras­cando y puliendo la piel con una piedra plana, hasta darle la blancura resplandeciente de la nieve. Después consa­gró otras semanas al estudio de las copias del precioso documento, hasta que se supo de memoria todo el tra­zado y todo el misterioso embrollo de líneas geométricas y de símbolos incomprensibles. Por fin se sintió capaz de reproducir, con los ojos cerrados, toda la asombrosa complejidad del documento. Entonces, pasó todavía va­nas semanas hurgando en la biblioteca del monasterio para descubrir documentos que le permitieran hacerse una idea, siquiera vaga, de la significación del plano.
    El hermano Jeris, joven monje que trabajaba igual­mente en la sala de copistas y se había burlado muchas veces de él y de sus misteriosas apariciones en el desier­to, le sorprendió un día que se hallaba entregado a aquella tarea.
    —¿Puedo preguntaros —le dijo, inclinándose so­bre su hombro— lo que significa la frase «Mecanismo de Control Transistorial para Elemento 6-B»?
    —Es, evidentemente, el nombre del objeto re­presentado en el plano —respondió el hermano Fran­cis, con cierta aspereza, pues el hermano Jeris no había hecho más que leer en voz alta el título del docu­mento.
    —Sin duda... Pero, ¿qué representa el diseño?
    —Pues... el mecanismo del control transistorial de un elemento «6-B», ¡naturalmente!
    El hermano Jeris se echó a reír, y el joven copista enrojeció.
    —Supongo —prosiguió— que el diseño representa en realidad algún concepto abstracto. En mi opinión, este Mecanismo de Control Transistorial debía ser una abstracción trascendental.
    —¿Y en qué orden de conocimiento clasificaréis vuestra abstracción? —quiso saber Jeris, siempre sarcástico.
    —Pues bien, veamos... —el hermano Francis vaciló un instante y después prosiguió—: Teniendo en cuenta los trabajos que realizaba el bienaventurado Leibowitz antes de entrar en religión, yo diría que el concepto de que aquí se trata tiene relación con el arte, hoy desapa­recido, que antaño llamaban electrónica.
    —Este nombre figura, en efecto, en los textos escri­tos que nos han sido transmitidos. Pero, ¿qué significa exactamente?
    —Nos lo dicen los propios textos: el objeto de la electrónica es la utilización del Electrón, que en uno de los manuscritos que poseemos, desgraciadamente in­completo, se define como una Torsión de la Nada Car­gada Negativamente.1
    —Vuestros conocimientos me llenan de asombro —encomió Jeris—. ¿Puedo preguntaros ahora lo que significa la negación de la nada?
    El hermano Francis, cada vez más sofocado, empe­zó a balbucear.
    —La torsión negativa de la nada —prosiguió el im­placable Jeris— debe llevar forzosamente a algo positi­vo. Supongo, pues, hermano Francis, que lograréis fa­bricarnos este algo, si dedicáis a ello todos vuestros esfuerzos. Gracias a vos, llegará indudablemente el día en que poseeremos el famoso Electrón. Pero, ¿qué ha­remos con él? ¿Dónde lo pondremos? ¿Acaso en el al­tar mayor?
    1. Definición exacta (dada por el profesor León Brillouifl, y utilizada por Robert Andrews Mullikan, premio Nobel). Resulta incomprensible si se desconoce el contexto, o sea, toda la compleja estructura de nuestra Física.
    —No lo sé —respondió el hermano Francis, que empezaba a amoscarse—, como tampoco sé lo que era un Electrón ni para qué servía. Sólo tengo la convicción profunda de que la cosa debió de existir en algún tiem­po. Esto es todo.
    Con una risa burlona, Jeris, el iconoclasta, le dejó y volvió a su trabajo. El incidente entristeció al hermano Francis, pero sin apartarle lo más mínimo del proyecto que se había trazado. En cuanto hubo asimilado la es­casa información que podía proporcionarle la bibliote­ca del monasterio sobre el arte perdido en que se había inspirado Leibowitz, esbozó algunos anteproyectos del plano que se proponía estampar en su pergamino. En cuanto al propio diseño, como no podía penetrar su significado, lo reproduciría tal cual se mostraba en el documento original. Para ello, emplearía tinta negra; por el contrario, en la reproducción de las cifras y le­yendas del plano adoptaría tintas de colores y caracte­res de fantasía. Decidió igualmente romper la austera y geométrica monotonía del original, adornando la re­producción con palomas y querubines, verdes hojas de parra, frutos dorados y pájaros multicolores, amén de una astuta serpiente. En la parte alta de su obra, tra­zaría una representación simbólica de la Santísima Tri­nidad, y al pie, haciendo juego, el dibujo de la cota de malla que era emblema de su Orden. Así se dignificaría debidamente el Mecanismo de Control Transistorial del beato Leibowitz, y su mensaje hablaría a los ojos al mismo tiempo que al espíritu.
    Cuando hubo terminado el boceto preliminar, lo sometió tímidamente a la aprobación del hermano Horner.
    —Advierto —dijo el viejo monje, en un tono matizado de cierto remordimiento— que este trabajo os ocupará mucho más tiempo de lo que había calculado... Pero, ¡qué importa! Proseguid. El dibujo es bello, be­llísimo.
    —Gracias, hermano.
    El hermano Horner guiñó un ojo al joven religioso.
    —Me he enterado —le dijo confidencialmente— de que han decidido activar las formalidades necesarias para la canonización del beato Leibowitz. Por lo tanto, es probable que nuestro excelente padre se sienta ahora mucho menos inquieto acerca de lo que vos sabéis.
    Desde luego, todo el mundo estaba al corriente de esta importante noticia. La beatificación de Leibowitz era desde hacía tiempo un hecho consumado, pero las últimas formalidades que debían convertirlo en santo podían requerir aún un buen número de años. Además, siempre era de temer que el Abogado del Diablo descu­briese algún motivo que hiciese imposible la canoniza­ción proyectada.
    Al cabo de largos meses, el hermano Francis puso al fin manos a la obra, trazando amorosamente en el be­llo pergamino los finos arabescos, las volutas complica­das y las elegantes iluminaciones realizadas con panes de oro. Había emprendido un trabajo muy laborioso, que requería muchos años para ser llevado a buen fin. Naturalmente, los ojos del copista se resintieron de la dura prueba, y tuvo que interrumpir a veces su labor durante largas semanas, por miedo de que un error de­bido a la fatiga echase a perder toda la obra. Sin embar­go, el trabajo iba tomando forma poco a poco, y adqui­ría una belleza tan grandiosa que todos los monjes de la abadía acudían a contemplarlo, admirados. Sólo el escéptico hermano Jeris seguía con sus críticas.
    —Me pregunto —decía— por qué no consagráis vuestro tiempo a un trabajo útil.
    Esto era, al menos, lo que él hacía, puesto que fabricaba pantallas de pergamino decorado para las lám­paras de aceite de la capilla.
    Mientras tanto, el viejo hermano Horner cayó en­fermo y declinó rápidamente. Llegados los prime­ros días de Adviento, sus hermanos cantaron para él la Misa de Difuntos, y entregaron sus restos mortales a la tierra original. El abad nombró al hermano Jeris para suceder al difunto en la dirección de los copistas, y el envidioso lo aprovechó enseguida para ordenar al hermano Francis que abandonara su obra maestra. Ya era hora, le dijo, de que dejara sus puerilidades; ahora fabricaría pantallas. El hermano Francis puso a buen recaudo el fruto de sus veladas y obedeció sin chistar. Mientras pintaba sus pantallas, se consolaba pensando que todos somos mortales... Sin duda, un día el alma del hermano Jeris iría a juntarse en el Paraíso con la del hermano Horner, pues, a fin de cuentas, la sala de los copistas no era más que la antecámara de la Vida Eter­na. Entonces, Dios mediante, podría reanudar su inte­rrumpida obra maestra.
    Sin embargo, la divina Providencia tomó cartas en el asunto mucho antes de la muerte del hermano Jeris. Du­rante el verano siguiente, un obispo montado en un mulo y acompañado de un nutrido séquito de dignata­rios eclesiásticos llegó a llamar a la puerta del monaste­rio. El Nuevo Vaticano —anunció— le había nombrado abogado de la canonización de Leibowitz y solicitaba del padre abad todos los informes que podían servirle de ayuda en su misión; en particular, deseaba obtener algu­nas aclaraciones sobre una aparición del beato, con la que se decía había sido honrado un cierto hermano Francis Gerard de Utah.
    El enviado del Nuevo Vaticano fue calurosamente recibido como merecía su dignidad. Fue alojado en el departamento reservado a los prelados que visitaban el monasterio, y seis novicios fueron puestos a su servicio. Se descorcharon en su honor las mejores bote­llas, se asaron los más delicados volátiles, e incluso se atendió a sus distracciones, contratando todas las no­ches a varios violinistas y una compañía de payasos. Hacía tres días que el obispo se encontraba allí cuando el buen padre abad llamó a su presencia al her­mano Francis.
    —Monseñor Di Simone desea veros —dijo—. Si por desgracia dais rienda suelta a vuestra imaginación, haremos cuerdas de violín con vuestras tripas, arrojare­mos vuestro cadáver a los lobos y enterraremos vues­tros huesos en tierra no sagrada... Ahora, hijo mío, id en paz. Monseñor os espera.
    El hermano Francis no necesitaba la advertencia del buen padre para contener la lengua. Desde el día ya le­jano en que la fiebre le había hecho locuaz después de su primera Cuaresma en el desierto, se había guardado muy bien de decir una palabra sobre su encuentro con el peregrino. Pero le emocionaba el comprobar que las altas jerarquías eclesiásticas se interesaban bruscamente por el peregrino, y por ello el corazón le latía fuerte­mente al llegar a presencia del obispo.
    Sin embargo, sus temores resultaron infundados. El prelado era un anciano de aire paternal, que pareció interesado ante todo en la carrera del frailuco.
    —Y ahora —le dijo al cabo de un rato de amable charla— habladme de vuestro encuentro con el biena­venturado fundador.
    —¡Oh, Monseñor! Yo no he dicho nunca que se tratara del beato Leibo...
    —Claro, claro, hijo mío... Aquí traigo un proceso verbal de la aparición. Ha sido redactado de acuerdo con informaciones recogidas en las mejores fuentes. Sólo os pido que lo leáis. Después, confirmaréis su exactitud, o lo corregiréis, en caso necesario. Este do­cumento se apoya sólo en referencias. En realidad, sólo vos podéis decirnos lo que ocurrió exactamente. Os pido que lo leáis con mucha atención.
    El hermano Francis tomó el grueso legajo que le tendía el prelado y empezó a leer el relato oficial con creciente aprensión, que no tardó en convertirse en verdadero espanto.
    —Parecéis trastornado, hijo mío —observó el obis­po—. ¿Habéis observado acaso algún error?
    —Es que... es que... no es esto... Las cosas no pasa­ron así... ¡en absoluto! —gimió el desdichado fraile, aterrado—. Yo no le vi más que una vez, y se limitó a preguntarme el camino de la abadía. Después golpeó con el bastón la piedra bajo la cual descubrí las reli­quias...
    —Entonces, si he comprendido bien, ¿no hubo coro celestial?
    —Oh, no.
    —¿Ni una aureola alrededor de su cabeza, ni una alfombra de flores que se iba extendiendo bajo sus pies a medida que andaba?
    —Ante Dios que me está viendo, Monseñor, ¡afir­mo que nada de esto se produjo!
    —Bueno, bueno —dijo el obispo, suspirando—. Ya sé que las historias que cuentan los viajeros son siempre exageradas...
    Como parecía desilusionado, el hermano Francis se apresuró a excusarse, pero el abogado del futuro santo le tranquilizó con un ademán.
    —No importa, hijo mío —le aseguró—. A Dios gracias, no faltan milagros, debidamente comprobados. Por otra parte, los documentos que descubristeis nos han sido de utilidad, puesto que nos han permitido co­nocer el nombre de la esposa de nuestro venerable fun­dador, que murió, como bien sabéis, antes de que él en­trase en religión.
    —¿De veras, Monseñor?
    A pesar de su visible desencanto ante el relato que de su encuentro con el peregrino le había hecho el joven fraile, monseñor Di Simone no pasó menos de cinco días enteros en el lugar en que Francis había des­cubierto la caja de metal. Le acompañaba una cohorte de jóvenes novicios, armados de palas y picos... Des­pués de mucho cavar, el obispo regresó a la abadía, al atardecer del quinto día, con un rico botín de objetos diversos, entre los cuales se contaba una vieja caja de aluminio que aún contenía restos de una masa gelati­nosa seca que tal vez había sido antaño berza en conserva.
    Antes de partir de la abadía, visitó la sala de los co­pistas y quiso ver la reproducción hecha por el hermano Francis del famoso azul de Leibowitz. Él monje, entre protestas de que la cosa no valía la pena, se la mostró con mano temblorosa.
    —¡Canastos! —exclamó el obispo (o al menos esto fue lo que creyeron oír)—. Hay que terminar este tra­bajo, hijo mío, ¡hay que terminarlo!
    Sonriendo, el fraile buscó la mirada del hermano Jeris. Pero el otro se apresuró a volver la cabeza. Al día siguiente, el hermano Francis volvía a su trabajo, con grandes refuerzos de plumas de oca, panes de oro y pinceles diversos.
    ...Seguía trabajando en ello cuando una nueva dele­gación del Vaticano se presentó en el monasterio. Esta vez, la comitiva era numerosa, e incluso había en ella guardias armados para rechazar los ataques de los sal­teadores. Al frente de ella, montado en una mula negra, se erguía un prelado de pequeños cuernos y colmillos acerados (al menos, así lo afirmaron varios novicios). Declaró ser el Advocatus Diaboli, encargado de opo­nerse por todos los medios a la canonización de Lei­bowitz, y explicó que el objeto de su visita a la abadía era investigar ciertos rumores absurdos, propalados por frailucos histéricos, que habían llegado hasta las autoridades supremas del Nuevo Vaticano. Sólo con ver al emisario, uno se daba cuenta enseguida de que no era hombre capaz de dejarse engatusar.
    El abad le recibió cortésmente y le ofreció una pe­queña cama metálica en una celda orientada al Sur, excu­sándose de no poder aposentarle en el departamento de honor, provisionalmente inhabilitado por razones de higiene. El nuevo huésped tuvo que contentarse, para su servicio, con las personas de su séquito, y compartió, en el refectorio, el yantar ordinario de los monjes: hier­bas cocidas y caldo de raíces.
    —He oído decir que padecéis crisis nerviosas, con pérdida del sentido —le dijo al hermano Francis, cuan­do el fraile compareció ante él—. ¿Cuántos locos o epilépticos ha habido entre vuestros antepasados o parientes?
    —Ninguno, Excelencia.
    —¡No me llaméis Excelencia! —rugió el dignata­rio—. Y tened el convencimiento de que no me costará nada que confeséis la verdad.
    Hablaba de esta formalidad como de una interven­ción quirúrgica de las más vulgares, y pensaba, por lo visto, que habría debido de realizarse muchos años atrás.
    —Sabéis sin duda —prosiguió— que existen proce­dimientos para hacer que los documentos nuevos pa­rezcan antiguos, ¿no es cierto?
    El hermano Francis lo ignoraba.
    —Sabéis igualmente que la esposa de Leibowitz se llamaba Emily, y que Emma no es en absoluto, el dimi­nutivo de aquel nombre, ¿verdad?
    Francis tampoco estaba muy informado de esto. Recordaba únicamente que sus padres, cuando él era niño, empleaban a veces ciertos diminutivos un poco a la ligera...
    «Además — dijo para sí — , si el beato Leibowitz, a quien Dios bendiga, decidió llamar Emma a su mujer, estoy seguro de que tuvo sus razones...»
    Entonces el enviado del Nuevo Vaticano la em­prendió con un curso de semántica, tan furioso y tan vehemente que el desdichado frailuco creyó perder la razón. Al terminar la tormentosa sesión, no sabía si­quiera si era cierto o no que hubiese visto un día un pe­regrino.
    Antes de partir, el Abogado del Diablo quiso ver también la copia iluminada que había hecho Francis, y el desdichado se la mostró, con la muerte en el alma. Por lo pronto, el prelado se quedó asombrado; después tragó saliva y pareció que hacía un esfuerzo para decir
    — Ciertamente, no carecéis de imaginación — dijo —. Pero creo que esto lo sabían ya todos los de aquí.
    Los cuernos del emisario habían menguado varios centímetros y el hombre partió aquella misma tarde ha­cia el Nuevo Vaticano.
    ...Y fueron transcurriendo los años, añadiendo algu­nas arrugas a los rostros jóvenes y algunas canas a las sie­nes de los frailes. En el monasterio, la vida seguía su cur­so, y los monjes continuaban sumidos en sus copias, como en tiempos pasados. Un buen día, el hermano Jeris concibió el proyecto de construir una prensa de impri­mir. Cuando el abad le preguntó el motivo, sólo supo responder:
    — Para aumentar la producción.
    — ¿Ah, sí? — replicó el padre
    — . ¿Y de qué creéis que servirán vuestros papelotes en un mundo en que la gente se considera dichosa de no saber leer? Tal vez pensáis venderlos a los campesinos para encender el fuego, ¿no?
    Mortificado, el hermano Jeris encogió tristemente los hombros... y los copistas del monasterio siguieron trabajando con plumas de oca....
    Por fin, una mañana de primavera, poco antes de la Cuaresma, se presentó un nuevo mensajero en el mo­nasterio trayendo una buena, excelente noticia: el expe­diente para la canonización de Leibowitz estaba ya completo; el Sacro Colegio no tardaría en reunirse, y el fundador de la Orden Albertina figuraría pronto entre los santos del calendario.
    Mientras se regocijaba toda la comunidad, el padre abad —ahora ya muy viejo y bastante complaciente— hizo llamar al hermano Francis.
    —Su Santidad requiere vuestra presencia en las fiestas que van a celebrarse con motivo de la canoniza­ción de Isaac Edward Leibowitz —murmuró—. Dis­poneos a partir.
    Y añadió, en tono gruñón:
    —Si queréis desmayaros, ¡hacedlo en otra parte!
    El viaje del joven fraile al Nuevo Vaticano le llevaría al menos tres meses, o acaso más: todo dependería de la distancia que pudiese cubrir antes de que los inevitables salteadores le privaran de su asno.
    Partió solo y desarmado, provisto únicamente de unas alforjas de mendicante. Apretaba contra su cora­zón la copia iluminada del plano de Leibowitz, y roga­ba a Dios que no se la robasen. Claro que los bandole­ros eran gente ignorante y no habrían sabido qué hacer con ella... Sin embargo, y por precaución, el fraile se había tapado un ojo con un trocito de paño negro. Los campesinos eran supersticiosos y la amenaza de «mal de ojo» bastaba a veces para ponerlos en fuga.
    Después de dos meses y algunos días de viaje, el hermano Francis tropezó con un ladrón en un sendero montañoso, rodeado de bosques espesos y lejos de
    todo lugar habitado. Era un hombre de corta talla, pero robusto como un buey. Separadas las piernas y cruza­dos los poderosos brazos sobre el pecho, esperaba en medio del sendero la llegada del fraile, que avanzaba hacia él, al paso lento de su montura... Parecía estar solo y no llevaba más arma que un cuchillo, que ni si­quiera se sacó de la cintura. Aquel encuentro produjo al monje una profunda desilusión; en lo más hondo de su corazón, a lo largo de todo el camino, no había deja­do de esperar que encontraría un día al peregrino de antaño.
    —¡Alto! —ordenó el ladrón.
    El asno se detuvo por su cuenta. El hermano Francis se alzó la capucha para mostrar el parche negro y se llevó lentamente la mano al ojo, como dispuesto a des­cubrir un horrible espectáculo disimulado por el paño. Pero el hombre echó la cabeza atrás y lanzó una risota­da siniestra y realmente satánica. El fraile se apresuró a mascullar un exorcismo, cosa que tampoco pareció im­presionar al ladrón.
    —Esto hace ya años que no sirve —le dijo—. Va­mos, apéate.
    El hermano Francis se encogió de hombros, sonrió y se apeó de su montura sin protestar.
    —Buenos días, señor —dijo, en amable tono—. Podéis llevaros el asno. Me sentará bien andar un poco.
    Y ya se alejaba cuando el ladrón le cerró el paso.
    —¡Espera! ¡Desnúdate completamente y déjame ver lo que llevas en este paquete!
    El monje le mostró sus alforjas, con un pequeño ademán de excusa, pero el otro se echó a reír a más y mejor.
    —¡También conozco el truco de la pobreza! —dijo a su víctima en tono sarcástico—. El último mendigo que detuve llevaba medio kilo de oro encima... Vamos, pronto, ¡desnúdate!
    Cuando el fraile lo hubo hecho, el hombre registró sus vestiduras, no encontró nada y se las devolvió.
    —Ahora —prosiguió—, veamos ese paquete.
    —No es más que un documento, señor —protestó el religioso—, un documento que carece de valor para quien no sea su dueño.
    —¡Abre el paquete, te he dicho!
    El hermano Francis obedeció sin rechistar y pronto resplandecieron bajo el sol las iluminaciones del perga­mino. El ladrón lanzó un silbido de admiración.
    —¡Qué bonito! A mi mujer le gustará para colgarlo en la pared de la choza.
    El pobre fraile, al oírlo, sintió que le fallaba el cora­zón y se puso a murmurar una plegaria silenciosa: «Si lo has enviado Tú, Señor, para probarme —suplicó desde lo más profundo de su alma—, dame al menos el valor de morir como un hombre, pues, si está escrito que tiene que robármelo, ¡tendrá que hacerlo al cadáver de Tu indigno siervo!
    —¡Envuélvemelo! —ordenó de pronto el ladrón, que sabía lo que quería.
    —Os lo ruego, señor —gimió el hermano Fran­cis—, ¿cómo podéis privar a un pobre hombre de una obra en la que ha empleado toda su vida...? Quince años he pasado iluminando este manuscrito y...
    —¿Cómo? —le interrumpió el ladrón—. ¿Lo has hecho tú mismo?
    Y se desternilló de risa.
    —No comprendo, señor—replicó el monje, enroje­ciendo ligeramente—, lo que pueda tener de gracioso...
    —¡Quince años! —exclamó el hombre, entre dos accesos de risa—. ¡Quince años! ¿Y por qué?, te pre­gunto. ¡Por un pedazo de papel! ¡Quince años...! ¡Ja, ja!
    Y, asiendo con ambas manos la hoja iluminada, se dispuso a desgarrarla. Entonces el hermano Francis se dejó caer de rodillas en medio del sendero.
    —¡Jesús, María y José! —exclamó—. ¡Os lo supli­co, señor, en nombre del Cielo!
    El ladrón pareció ablandarse un poco; arrojando el pergamino al suelo, preguntó burlón:
    —¿Estarías dispuesto a luchar por tu pedazo de papel?
    —¡Lo que queráis, señor! ¡Haré todo lo que queráis!
    Ambos se pusieron en guardia. El fraile se santiguó precipitadamente e invocó al Cielo, recordando que antaño la lucha había sido un deporte autorizado por la divinidad... Después se lanzó al combate.
    Tres segundos más tarde yacía sobre los puntiagu­dos guijarros que le laceraban el espinazo, medio as­fixiado bajo una pequeña montaña de duros músculos.
    —¡Ya está! —dijo, modestamente, el ladrón, levan­tándose y cogiendo el pergamino.
    Pero el fraile se arrastró de rodillas, juntando las manos y ensordeciéndole con sus súplicas desespe­radas.
    —Creo —se burló el ladrón— que serías capaz de besarme los zapatos con tal de que te devolviese el di­bujo.
    Por toda respuesta, el hermano Francis le alcanzó de un salto y empezó a besar fervorosamente las bo­tas del vencedor.
    Esto era ya demasiado, incluso para un pillastre de siete suelas. Lanzó un juramento, arrojó el manuscrito al suelo, montó en el asno y se alejó... Inmediatamente, el hermano Francis se lanzó sobre el documento y lo recogió del suelo. Después trotó detrás del hombre, implorando para él todas las bendiciones del cielo y dando gracias al Señor por haber creado malandrines tan desinteresados.
    Sin embargo, cuando el ladrón y su asno hubieron desaparecido en la arboleda, el monje empezó a preguntarse, con un poco de tristeza, por qué razón, en efecto, había consagrado quince años de su vida a este pedazo de pergamino... Las palabras del ladrón resona­ban aún en sus oídos: «¿Y por qué?, te pregunto...» Sí, ¿por qué?, ¿por qué razón?
    El hermano Francis reanudó su camino, pensativo y con la cabeza gacha bajo el capuchón... Incluso hubo un momento en que se le ocurrió la idea de arrojar el documento entre los matorrales y dejarlo allí, bajo la lluvia... Pero el padre abad había aprobado su deseo de entregarlo a las autoridades del Nuevo Vaticano, a modo de presente. El monje pensó que no podía pre­sentarse allí con las manos vacías, y ya serenado, prosi­guió el camino.
    Había llegado el momento. Perdido en la inmensa y majestuosa basílica el hermano Francis se hallaba sumi­do en la prestigiosa magia de colores y sones. Después de invocar al Espíritu infalible, símbolo de toda perfec­ción, se levantó un obispo —el monje advirtió que era monseñor Di Simone, abogado del santo—, quien pidió a san Pedro que se pronunciara, por medio de S. S. León XXII, y ordenó a todos los reunidos que prestaran oído atento a las solemnes palabras que iban a ser pronunciadas.
    Un momento después, el Papa se levantó despacio y proclamó que Isaac Edward Leibowitz debía ser en adelante venerado como santo. Asunto concluido. El oscuro técnico de antaño formaba ya parte de la celeste falange. El hermano Francis dirigió enseguida una de­vota plegaria a su nuevo patrón, mientras el coro ento­naba el Te Deum.
    Un rato más tarde, y andando con un paso vivo, el Soberano Pontífice apareció tan bruscamente en la sala de audiencias donde esperaba el frailuco, que la sorpre­sa cortó el resuello al hermano Francis, privándole del
    uso de la palabra. Se arrodilló apresuradamente para besar el anillo del Pescador y recibir la bendición, y después se levantó torpemente, sin saber qué hacer con el bello pergamino iluminado que sostenía detrás de la espalda. Comprendiendo el motivo de su turbación, el Papa sonrió.
    —¿Acaso nuestro hijo nos trae un presente? —preguntó.
    El monje farfulló algo ininteligible, asintió estúpi­damente con la cabeza y por fin alargó su manuscrito, que el Vicario de Cristo observó largamente sin decir palabra y con rostro impasible.
    —No es nada —masculló el hermano Francis, que sentía aumentar su turbación a medida que se prolon­gaba el silencio del Pontífice—, no es más que una pequeñez, un miserable presente... Incluso me avergüen­zo de haber pasado tanto tiempo en...
    Se detuvo en seco, ahogado por la emoción.
    Pero el Papa parecía no haberle oído.
    —¿Comprendes el significado del simbolismo em­pleado por san Isaac? —preguntó al fraile, sin dejar de examinar con curiosidad el misterioso trazado del plano.
    El hermano Francis, por toda respuesta, sacudió negativamente la cabeza.
    Y el fraile se puso a balbucear las gracias, mientras el Soberano Pontífice se perdía de nuevo en la contem­plación de los diseños tan bellamente iluminados.
    —Sea cual fuere su significación... —comenzó el Papa; pero se interrumpió de golpe y empezó a hablar de otra cosa.
    Si habían hecho al fraile el honor de recibirle, le ex­plicó, no era porque las autoridades eclesiásticas se hu­biesen formado una opinión oficial sobre el peregrino que el monje había visto... El hermano Francis había sido tratado de esta suerte porque se le quería recompensar por el hallazgo de importantes documentos y reliquias. Así se había juzgado su hallazgo, sin tener absolutamente en cuenta las circunstancias que lo acompañaron.
    —Sea cual fuese su significación —repitió al fin—, este fragmento de saber, muerto en la actualidad, reco­brará vida algún día.
    Sonriendo, dirigió al monje un pequeño guiño.
    —Y nosotros lo conservaremos celosamente hasta que aquel día llegue —concluyó.
    Sólo entonces advirtió el hermano Francis que la so­tana blanca del Papa tenía un agujero y que todas sus vestiduras estaban bastante usadas. La alfombra de la sala de audiencias estaba también muy raída en algunos sitios, y el yeso del techo se caía visiblemente a pedazos.
    Pero en las estanterías que se veían a lo largo de los muros, había libros, libros enriquecidos con admira­bles iluminaciones, libros que trataban de cosas incom­prensibles, libros pacientemente copiados por hombres cuya tarea no consistía en comprender, sino en conser­var. Y estos libros esperaban que llegase su hora
    —Adiós, mi querido hijo.
    El humilde guardián de la llama del saber marchó a pie a su lejana abadía... Cuando se acercó a la comarca en que merodeaba el ladrón, se sintió lleno de alegría. Si aquel día el ladrón estaba de descanso, se sentaría a es­perar su regreso. Porque esta vez sabía ya lo que tenía que responder a su pregunta.
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