Podcast de Misterios

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By ermakysevillaHistory
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Podcast de Misterios episodes

  • Grandes Civilizaciones de América, Diccionario Amatorio Latino y Neuromarketing
    de La Mecanica del Caracol Miercoles.
    El catedrático de historia Patricio de Blas nos acompaña en el recorrido por el pasado de las grandes civilizaciones precolombinas: mayas, aztecas e incas. Conocemos el primer diccionario de términos amatorios de los autores latinos de la antigüedad y el doctor Nestor Braydot, experto en neuromarketing, explica cómo los impulsos incosncientes influyen en nuestras decisiones
    51 min
  • El Retorno de los Brujos.Louis Pawels y Jacques Bergier.Los 9mil Millones de Nombres de Dios.VI
    Al percibir al joven monje en su desierto de pie­dras, el peregrino dejó de silbar y se puso a observarlo con curiosidad. El hermano Francis, por su parte, se guardó muy bien de infringir la regla del silencio esta­blecida por su Orden para los días de ayuno; desviando rápidamente la mirada, continuó su trabajo, que con­sistía en construir una muralla de grandes piedras para proteger su morada provisional contra los lobos.
    Un poco debilitado después de diez días de un régi­men compuesto exclusivamente de bayas de cactos, el joven religioso sentía que la cabeza le daba vueltas mien­tras proseguía su labor. Desde hacía un buen rato, el pai­saje parecía bailar ante sus ojos, y veía flotar unas man­chas negras a su alrededor; por esto se preguntó si la barbuda aparición no sería un espejismo provocado por el hambre... Pero el propio peregrino se encargó de disi­par sus dudas.
    —¡Hola ho! —gritó, a modo de alegre saludo, con voz agradable y melodiosa.
    Cómo la regla del silencio le impedía responder, el joven monje se contentó con dedicar al suelo una tími­da sonrisa.
    —¿Es éste el camino de la abadía? —preguntó en­tonces el caminante.
    Sin alzar los ojos del suelo, el novicio asintió con la cabeza, y seguidamente se agachó a coger un trocho de piedra blanca, parecida al yeso.
    —¿Y qué hace usted aquí, entre tantas rocas ? —pro­siguió el peregrino, acercándose a él.
    El hermano Francis se arrodilló apresuradamente para escribir en una piedra plana las palabras «Soledad y Silencio». Si sabía leer —cosa poco probable, a juzgar por las estadísticas—, el peregrino comprendería que su sola presencia constituía para el penitente ocasión de pecado, y, sin duda, le haría la merced de retirarse sin insistir más.
    —¡Ah, bueno! —dijo el barbudo. Permaneció inmóvil un instante, paseando la mira­da a su alrededor, y después golpeó una piedra muy grande con su palo.
    —Ahí tiene una —dijo— que le serviría para su tra­bajo... Bueno, mucha suerte, ¡y ojalá encuentre la Voz que busca!
    Por lo pronto, el hermano Francis no comprendió que el desconocido había querido decir «Voz» con V mayúscula; imaginó sólo que el viejo le había tomado por sordomudo. Después de dirigir una rápida mirada al peregrino que se alejaba silbando de nuevo, se apre­suró a dedicarle una bendición silenciosa para asegu­rarle un buen viaje, y reanudó su trabajo de albañil con el fin de construirse un pequeño reducto en forma de ataúd, donde pudiera tenderse a dormir sin que su car­ne sirviera de banquete a los lobos hambrientos.
    Un rebaño celeste de cúmulos pasó sobre su cabe­za: después de haber tentado cruelmente al desierto, aquellas nubes iban ahora a verter en las montañas su húmeda bendición... Su paso refrescó un instante al jo­ven monje, protegiéndole de los rayos ardientes del sol,
    y el hombre lo aprovechó para dar fin a su trabajo, no sin subrayar sus menores movimientos con oraciones murmuradas entre dientes, para asegurarse una verda­dera vocación; porque ésta era, también, la finalidad que esperaba conseguir durante su período de ayuno en el desierto.
    Por último, el hermano Francis agarró la enorme piedra que le había indicado el peregrino..., pero los sa­ludables colores que le había dado su trabajo de fuerza se borraron de pronto de su semblante, mientras dejaba caer precipitadamente la roca, igual que si acabase de tocar una serpiente.
    Una caja de metal oxidado yacía a sus pies, parcial­mente hundida entre los guijarros...
    Impulsado por la curiosidad, el joven estuvo a pun­to de cogerla, pero, pensándolo mejor, dio un paso atrás y se santiguó a toda prisa, murmurando unas pa­labras en latín. Después, de lo cual, más tranquilizado, no temió ya dirigirse a la misma caja.
    —¿Vade retro, Satanás! —le dijo, amenazándola con el pesado crucifijo de su rosario—. ¡Desaparece, Vil Seductor!
    Y, sacando disimuladamente un pequeño hisopo de debajo de su hábito, roció la caja con agua bendita, por lo que pudiera ser.
    —Si eres criatura diabólica, ¡márchate!
    Pero la caja no dio la menor señal de querer desapa­recer, ni de estallar, ni siquiera de encogerse despidien­do olor de azufre... Se contentó con quedarse tranqui­lamente en su sitio, dejando que el viento del desierto evaporase las gotas benditas que la cubrían.
    —¡Así sea! —dijo entonces el religioso, arrodillándose para coger el objeto.
    Sentado entre los guijarros, estuvo más de una hora golpeando la caja con una piedra grande para abrirla. Mientras trabajaba de esta guisa, se le ocurrió pensar que aquella reliquia arqueológica —pues estaba bien claro que de esto se trataba— era tal vez una señal enviada por el Cielo para indicarle que la vocación le había sido otor­gada. Sin embargo, arrojó inmediatamente esta idea de su mente, recordando a tiempo que el padre abad le ha­bía puesto seriamente en guardia contra toda revelación personal directa de carácter espectacular. Si había salido de la abadía para ayunar cuarenta días en el desierto, pensó, era precisamente para que su penitencia le valiera una inspiración de lo alto llamándole a las Sagradas Ór­denes. No debía confiar en ver visiones, ni en oírse lla­mar por voces celestiales: tales fenómenos en él, sólo ha­brían revelado una vana y estéril presunción. Eran ya demasiados los novicios que habían vuelto de su retiro en el desierto con abundantes historias de presagio, de premoniciones y de visiones celestiales, siendo con ello causa de que el excelente padre abad adoptase una políti­ca enérgica frente a los supuestos milagros. «El Vaticano es el único capacitado para pronunciarse en esta materia —había gruñido—, y es preciso guardarse de tomar por revelación divina lo que no es más que efecto de la inso­lación.»
    El hermano Francis no podía, empero, dejar de ma­nipular la vieja caja metálica con infinito respeto, mien­tras la martillaba a más y mejor para abrirla...
    De pronto aquélla cedió, su contenido se desparra­mó por el suelo, y el joven religioso sintió que un esca­lofrío le recorría la espina dorsal. ¡He aquí que la mis­ma Antigüedad iba a serle revelada! Apasionado por la arqueología, costábale creer lo que veían sus ojos, y pensó de pronto que el hermano Jeris iba a enfermar de envidia, pero pronto se arrepintió de este pensamiento poco caritativo y se puso a dar gracias al Cielo que le regalaba semejante tesoro.
    Temblando de emoción, tocó con mano cautelosa los objetos contenidos en la caja, procurando separarlos unos de otros. Sus estudios anteriores le permitie­ron reconocer un destornillador —especie de instru­mento destinado antaño a introducir en la madera pun­tas de metal estriadas— y algo parecido a una pequeña cizalla de hojas cortantes. Descubrió también un útil extraño, compuesto de un mango de madera podrida y de una lámina de cobre, que tenía aún adheridas unas partículas de plomo fundido y que no pudo identificar. La caja contenía también un pequeño rollo de cinta ne­gra y adherente, demasiado deteriorada por los siglos para que pudiera saberse lo que era, y numerosos frag­mentos de vidrio y de metal, así como varios de esos pequeños objetos tubulares con bigotes de alambre que los paganos de las montañas consideraban amuletos, pero que ciertos arqueólogos creían que eran restos de la legendaria machina analytica, anterior al Diluvio de Llamas.
    El hermano Francis analizó cuidadosamente todos estos objetos, antes de alinearlos a su lado, encima de la gran piedra plana; en cuanto a los documentos, los guardó para el final. Naturalmente, éstos constituían como siempre el descubrimiento más importante dado el reducido número de papeles que habían escapado a los terribles autos de fe realizados en la Edad de la Sim­plificación, por un populacho ignorante y vengativo que no respetó siquiera los textos sagrados.
    La preciosa caja contenía dos de estos inestimables papeles, así como tres hojitas de notas manuscritas. To­dos estos venerables documentos eran extremadamente frágiles, pues la antigüedad los había resecado y hecho quebradizos; por ello el joven monje los manejó con las mayores precauciones, teniendo buen cuidado de pro­tegerlos del viento con el faldón de su hábito. Por lo demás eran casi ilegibles y estaban redactados en inglés antediluviano, lengua antigua que, como el latín, se em­pleaba sólo por los monjes y en el ritual de la liturgia. El hermano Francis se puso a descifrarlos lentamente, re­conociendo las palabras pero sin acabar de captar su significado. En una de las hojitas podía leerse:«1 libra de salchichas, 1 lata ckoucroute para Emma.» La segunda hoja decía: «Pensar en recoger impreso 1.040 para decla­ración impuestos.» La tercera, en fin, sólo contenía ci­fras y una larga suma y después un número que eviden­temente representaba un porcentaje sustraído del total anterior y seguido de la palabra «¡Uff!». Incapaz de com­prender una palabra de tales documentos, el monje se limitó a comprobar los cálculos y los encontró exactos.
    De los otros dos papeles contenidos en la caja, uno, estrechamente enrollado, amenazaba con caer en peda­zos si alguien se atrevía a desenrollarlo. El hermano Francis sólo pudo descifrar dos palabras «Apuestas Mutuas», y lo volvió a la caja para examinarlo más tar­de, después de sometido a un tratamiento de conserva­ción adecuado.
    El segundo documento era un papel muy grande, doblado varias veces sobre sí mismo y tan quebradizo por los pliegues, que el religioso tuvo que contentarse con separar cuidadosamente las hojas para echar una ojeada.
    Era un plano, ¡una red complicada de líneas blancas sobre fondo azul!
    Un nuevo escalofrío recorrió el espinazo del her­mano Francis: ¡era nada menos que un azul, uno de esos documentos antiguos y rarísimos que tanto apre­ciaban los arqueólogos y que tanto costaban de desci­frar a los sabios e intérpretes especializados!
    Pero la increíble bendición que constituía semejan­te hallazgo no acababa aquí: entre las palabras estampa­das en uno de los ángulos inferiores del documento, el hermano Francis descubrió de pronto el nombre mis­mo del fundador de su Orden: ¡el Venerable Leibowitz en persona!
    Las manos del joven monje se echaron a temblar con tanta fuerza, a causa de su gozo, que a punto estu­vo de romper el inestimable papel. Las últimas palabras que le había dirigido el peregrino volvieron entonces a su memoria: «¡Ojalá encuentre la Voz que busca!» Y sí que era una Voz lo que acababa de descubrir, una Voz con V mayúscula, semejante a la que forman las dos alas de una paloma al dejarse caer desde lo alto del fir­mamento, una V muy grande, como en Veré dignum o en Vidi aquam, una V majestuosa y solemne, como las que decoran las grandes páginas del Misal, una V, en suma, como en Vocación.
    Después de echar una última mirada al azul para asegurarse de que no estaba soñando, el religioso ento­nó una acción de gracias: «Beate Leibowitz ora pro me... Sánete Leibowitz, exaudí me...», y esta última fór­mula no carecía de cierta audacia, pues el fundador de su Orden ¡esperaba todavía la canonización!
    Olvidando los mandatos expresos del abad, el her­mano Francis se levantó de un salto y se puso a es­crutar el horizonte, hacia él Sur, en la dirección que había seguido el viejo caminante del taparrabo de arpi­llera. Pero el peregrino había desaparecido hacía ya rato... Seguramente era un ángel del Señor, se dijo el hermano Francis, y, ¿quién sabe?, acaso el bienaventu­rado Leibowitz en persona... ¿No le había indicado precisamente el lugar donde descubrir el maravilloso tesoro, aconsejándole que levantara determinada pie­dra en el momento en que le dirigía su profética despe­dida...?
    El joven religioso permaneció sumido en sus entu­siastas reflexiones hasta la hora en que el sol poniente vino a ensangrentar las montañas, mientras las sombras crepusculares se agrupaban a su alrededor. Sólo en este momento, la noche que se acercaba vino a arrancarle de su meditación. Se dijo que el inapreciable don que acababa de recibir no le serviría probablemente para de­fenderse de los lobos, y se apresuró a terminar su mura­lla protectora. Después, al encenderse las estrellas, rea­nimó su fogata y cogió las pequeñas bayas violetas que constituían su cena. Éste era su único alimento, a ex­cepción de un puñado de granos de trigo secos que un sacerdote le llevaba todos los domingos. Por esto solía mirar con avidez a los lagartos que pasaban sobre las rocas próximas... y sus sueños se poblaban a menudo de pesadillas de gula.
    Aquella noche, empero, el hambre había pasado a un segundo término de sus preocupaciones. Ante todo, habría querido correr a la abadía para comunicar a sus hermanos el maravilloso encuentro y el milagroso des­cubrimiento. Pero, naturalmente, esto era absoluta­mente imposible. Con vocación o sin ella, tendría que permanecer allí hasta el fin de la Cuaresma y conti­nuar orando como si nada extraordinario le hubiese ocurrido.
    «Construirán una catedral en este lugar», soñaba, mientras se adormilaba junto al fuego. Y ya su imagi­nación le mostraba el suntuoso edificio que surgiría de las ruinas del antiguo pueblo, con sus altivos campana­rios que podrían verse desde muchos kilómetros a la redonda.
    Acabó por dormirse y, cuando se despertó sobre­saltado, unos vagos tizones resplandecían apenas en la fogata agonizante. De pronto tuvo la impresión de que no se hallaba solo en el desierto... Entornando los pár­pados, se esforzó en penetrar las tinieblas que le rodea­ban, y entonces percibió, detrás de las últimas brasas de su escuálido hogar, las pupilas de un lobo que resplande­cían en la oscuridad. El joven monje lanzó un grito de espanto y corrió a refugiarse en su ataúd de piedras resecas.
    El grito que acababa de lanzar, se dijo mientras se echaba temblando en el suelo de su refugio, no consti­tuía, hablando con propiedad, una infracción de la re­gla del silencio... Y se puso a acariciar la caja de metal, estrechándola contra su corazón y rezando para que la Cuaresma se acabase pronto. A su alrededor, unas ga­rras arañaban las piedras del cercado... Todas las noches rondaban los lobos alrededor del miserable campamento del religioso, llenando las tinie­blas con sus aullidos de muerte, y, durante el día, se de­batía el hombre entre verdaderas pesadillas provocadas por el hambre, el calor y las implacables mordeduras del sol. El hermano Francis pasaba su jornada reco­giendo leña para su fogata, y también rezando y ejerci­tándose en dominar su impaciencia para ver llegar por fin el Sábado Santo, que señalaría el fin de la Cuaresma y de su ayuno.
    Sin embargo, cuando amaneció el día feliz, el joven monje, debilitado por las privaciones, no tenía ya fuerzas para alegrarse. Abrumado por una lasitud inmensa, hizo sus alforjas, se cubrió la cabeza con la capucha para res­guardarla del sol y tomó la preciosa caja bajo el brazo. Después, aligerado en quince kilos desde el miércoles de Ceniza, emprendió con paso vacilante los diez kilóme­tros que le separaban de la abadía... En el momento justo de llegar a la puerta, se derrumbó, agotado. Los herma­nos que le recogieron y que prodigaron sus cuidados a su pobre armazón deshidratado contaron que, durante su delirio, no había cesado de hablar de un ángel con tapa­rrabo de estameña y de invocar el nombre del bienaven­turado Leibowitz, dándole fervorosas gracias por haber­le mostrado las santas reliquias, así como las «Apuestas Mutuas».
    El rumor de estas visiones corrió entre la comuni­dad y llegó con demasiada rapidez a oídos del padre abad, responsable de la disciplina, el cual apretó fuertemente las mandíbulas. «¡Que me lo traigan!», ordenó, en un tono capaz de dar alas al más perezoso.
    Mientras esperaba al joven monje, el abad empezó a andar arriba y abajo, mientras iba acumulando cólera. Naturalmente, no se oponía a los milagros, ni mucho menos. Aunque fuesen difícilmente compatibles con las necesidades de la administración interior, el buen padre creía a machamartillo en los milagros, puesto que constituían la base misma de su fe. Pero pensaba que, al menos, los milagros debían ser verificados y autentifi­cados en la forma prescrita y según las normas estable­cidas. Efectivamente, desde la reciente beatificación del venerado Leibowitz, esos jóvenes monjes se empeña­ban en ver milagros en todas partes.
    Y por muy comprensible que fuese esta propensión a lo maravilloso, no era por ello menos intolerable. Cier­tamente, toda orden monástica digna de este nombre debe sentir la viva preocupación de ayudar a la canoni­zación de su fundador, reuniendo con el mayor celo to­dos los elementos susceptibles de contribuir a ella, ¡pero todo tiene sus límites! El caso era que, desde hacía algún tiempo, el abad había podido comprobar que su rebaño juvenil tendía a hurtarse a su autoridad, y el celo apasio­nado que ponían los jóvenes hermanos en descubrir y registrar milagros había puesto de tal modo en ridículo a la Orden Albertina de Leibowitz, que hasta en el Nuevo Vaticano se reían a mandíbula batiente...
    Por ello estaba decidido el padre abad a mostrarse riguroso; en adelante, todo propagador de noticias mi­lagrosas sería castigado. En el caso de que el milagro fuese falso, el responsable pagaría de este modo el pre­cio de su indisciplina y de su incredulidad; si el milagro era auténtico y resultaba comprobado por verificacio­nes posteriores, el castigo sufrido constituiría la peni­tencia obligada que deben cumplir todos los que se be­nefician del don de la gracia.
    En el momento en que el joven novicio llamó tími­damente a la puerta, el buen padre, terminadas sus re­flexiones, se había sentado y estaba de un humor muy adecuado a las circunstancias, en un estado de ánimo realmente feroz, aunque disimulado bajo la más benig­na apariencia.
    —Adelante, hijo mío —dijo, con voz extrañamente suave.
    —¿Me habéis hecho llamar, reverendo padre? —preguntó el novicio, sonriendo gozoso al advertir la caja de metal sobre la mesa del abad.
    —Sí —respondió el padre, y pareció vacilar un ins­tante—. Pero tal vez —prosiguió— preferiríais que, en adelante, fuese yo a visitaros, ya que os habéis converti­do en un personaje célebre.
    —¡Oh, no, padre mío! —exclamó el hermano Francis, muy colorado y con voz ahogada.
    —Tenéis diecisiete años y, según todas las aparien­cias, no sois más que un imbécil.
    —Sin duda alguna, reverendo padre.
    —Pues, si es así, ¿qué motivos absurdos podéis te­ner para creeros digno de recibir las Órdenes?
    —Absolutamente ninguno, venerable maestro. No soy más que un miserable pecador, cuyo orgullo es im­perdonable.
    —¡Y todavía añadís a vuestras faltas —rugió el abad— la pretensión de un orgullo tan grande que es imperdonable!
    —Es cierto, padre mío. No soy más que un gusa­nillo.
    El abad le dirigió una sonrisa helada y recobró su calma vigilante.
    —¿Estáis, pues, dispuesto a retractaros —pregun­tó—, y a Renégar de todas las divagaciones proferi­das bajo el influjo de la fiebre, a propósito de un ángel que se os habría aparecido y os habría entregado esta..,
    —señaló con gesto despectivo la caja de metal— esta despreciable pacotilla?
    El hermano Francis dio un respingo y cerró los ojos atemorizado.
    —Temo... temo no poder hacerlo, oh maestro mío —balbució.
    —¿Cómo?
    —No puedo negar lo que han visto mis ojos, reve­rendo padre.
    —¿Sabéis cuál es el castigo que os aguarda?
    —Sí, padre mío.
    —Bien está. Disponeos a recibirlo.
    Con un suspiro de resignación, el novicio se le­vantó el hábito hasta la cintura y se inclinó sobre la mesa. Tomando entonces una sólida vara de nogal que guardaba en un cajón, el buen padre le dio diez azotes seguidos en las posaderas. (Después de cada golpe, el novicio pronunciaba, sumiso, el Deo gratías debido a la lección de humildad que le era administrada.)
    —Y ahora —interrogó el abad, bajándose las man­gas—, ¿estáis dispuesto a retractaros?
    —Padre mío, no puedo hacerlo.
    Volviéndole bruscamente la espalda, el sacerdote permaneció un instante silencioso.
    —Muy bien —dijo al fin, con voz mordaz—. Como queráis. Pero no contéis en modo alguno con pronun­ciar votos solemnes este año, al mismo tiempo que los otros.
    El hermano Francis, anegado en llanto, volvió a su celda. Los otros novicios recibieron el hábito monásti­co, y él, por el contrario, tendría que esperar otro año y pasar otra Cuaresma en el desierto, entre los lobos, orando por una vocación que sabía ya que le había sido ampliamente otorgada...
    En el transcurso de las semanas que siguieron, el des­graciado tuvo al menos el consuelo de comprobar que el abad no había estado del todo en lo cierto al calificar de «despreciable pacotilla» el contenido de la caja de metal. Estas reliquias arqueológicas habían tenido un éxito vi­sible entre los hermanos, que consagraban mucho tiem­po a la limpieza y clasificación de los útiles; también se trabajaba en la restauración de los documentos escritos y se trataba de penetrar su sentido. Incluso corría el ru­mor, entre la comunidad, de que el hermano Francis ha­bía realmente descubierto auténticas reliquias del beato Leibowitz, sobre todo bajo la forma del plano, o azul, que llevaba su nombre y en el cual percibíanse todavía unas manchas parduscas. (¿Acaso sangre de Leibowitz? El padre abad opinaba que era jugo de manzana.) En todo caso, el plano estaba fechado en el Año de Gracia de 1956, es decir, parecía coetáneo del venerable fundador de la Orden.
    En realidad, se sabía muy poco del beato Lei­bowitz; su historia se perdía entre las brumas del pasa­do, y la leyenda acababa de confundirla. Se afirmaba únicamente que Dios, para probar al género humano, había ordenado a los sabios de antaño —entre los que figuraba el bienaventurado Leibowitz— que perfeccio­naran ciertas armas diabólicas, gracias a las cuales el Hombre, en el lapso de unas pocas semanas, había lo­grado destruir lo esencial de la civilización, suprimien­do al mismo tiempo un gran número de sus semejantes, Así se había producido el Diluvio de las Llamas, al que habían seguido epidemias y plagas diversas y, por últi­mo, la ola de locura colectiva que debía llevar a la Edad de la Simplificación. En el transcurso de esta última época, los últimos representantes de la Humanidad, presos de vengativo furor, habían despedazado a todos los políticos, técnicos y hombres de ciencia; además habían quemado todas las obras y documentos de los archivos que hubiesen permitido al género humano lanzarse de nuevo por las rutas de la destrucción científica. En aquel tiempo, todos los escritores, todos los hombres instruidos, habían sido perseguidos con un odio sin precedentes... hasta el punto de que la palabra «bobo» había llegado a ser sinónimo de ciudadano honrado, íntegro y virtuoso.
    Para librarse de las justificadas iras de los bobos su­pervivientes, muchos sabios y eruditos buscaron refu­gio bajo el manto de la Santa Madre Iglesia. Ésta los acogió en efecto, los vistió con hábitos monacales y se esforzó en librarlos de la persecución del populacho. Sin embargo, no siempre tuvo éxito este procedimien­to, pues algunos monasterios fueron asaltados, arroja­dos al fuego sus archivos y textos sagrados, y ahorca­dos los que habían buscado refugio allí. En lo que atañe a Leibowitz, había buscado asilo entre los cistercienses. Pronunció sus votos, se hizo sacerdote y, al cabo de doce años, obtuvo autorización para fundar una nueva orden monástica, la de los «Albertinos», así llamada en recuerdo de Alberto el Magno, profesor del gran santo Tomás de Aquino y patrón de los hombres de ciencia. La congregación recién creada debía consagrarse a la conservación de la cultura, así sagrada como profana, y sus miembros tenían por principal tarea transmitir a las generaciones venideras los escasos libros y documen­tos que habían escapado a la destrucción y que se man­tenían ocultos en todos los rincones del mundo. No obstante, algunos bobos descubrieron que Leibowitz era un antiguo sabio, y éste sufrió el martirio de la hor­ca.
    La Orden por él fundada siguió, empero, funcio­nando, y sus miembros, en cuanto volvió a permitirse la tenencia de documentos escritos, pudieron incluso dedicarse a reproducir de memoria las numerosas obras de tiempos pasados. Pero, como la memoria de estos analistas era forzosamente limitada (y, por lo demás, pocos de ellos poseían una cultura lo bastante vasta para comprender las ciencias físicas), los hermanos copistas consagraron sus mayores esfuerzos a los textos sagrados, así como a las obras literarias y de cuestiones' sociales. Y de este modo fue como, de todo el inmenso repertorio de los conocimientos humanos, no sobrevi­vió más que una mezquina colección de pequeños tra­tados manuscritos.
    Al cabo de seis siglos de oscurantismo, los monjes seguían estudiando y copiando su mísera cosecha. Ciertamente, la mayoría de los textos salvados por ellos no les eran de ninguna utilidad, e incluso algunos les resultaban totalmente incomprensibles. Pero a los bue­nos religiosos les bastaba con saber que en ellos se con­tenía el Conocimiento: su deber consistía en conservar­lo y transmitirlo, aunque el oscurantismo universal tuviese que durar diez mil años...
    El hermano Francis de Utah volvió al desierto, el año siguiente, y recomenzó su ayuno de la soledad. Y una vez más regresó al monasterio, débil y flaco y fue llevado a presencia del padre abad, el cual le preguntó si estaba al fin dispuesto a retractarse de sus extravagantes declaraciones.
    —No puedo hacerlo, padre mío —repitió el novicio—, no puedo negar lo que he visto con mis ojos.
    Y el abad, una vez más, le castigó según la regla; igualmente pospuso los votos a fecha ulterior...
    Mientras tanto, los documentos contenidos en la caja habían sido confiados a un seminario para su estu­dio, después de copiados. Pero el hermano Francis se­guía siendo un simple novicio; un novicio que no deja­ba de soñar en el magnífico santuario que se construiría un día en el lugar de su descubrimiento...
    —¡Diabólica contumacia! —fulminaba el abad—. Si el peregrino de que nos habla ese idiota se dirigía, se­gún pretende, a nuestra abadía, ¿cómo es posible que no le hayamos visto...? ¡Y nada menos que un peregri­no con taparrabo de arpillera!
    Sin embargo, esta historia del taparrabo de arpillera no dejaba de preocupar al buen padre. La tradición re­fería, en efecto, que al beato Leibowitz, antes de ahor­carlo le habían cubierto la cabeza con un saco de yute a guisa de capuchón.
    El hermano Francis pasó siete años de noviciado y vivió en el desierto siete Cuaresmas sucesivas. Gracias a este régimen, llegó a ser maestro en el arte de imitar el aullido de los lobos, y así solía, por pura diversión, atraer a las manadas de fieras hasta los muros del con­vento, en las noches sin luna... Durante el día, se con­tentaba con trabajar en la cocina y fregar las baldosas del monasterio, mientras seguía estudiando los autores antiguos.
    Un buen día, un enviado del seminario llegó a la abadía montado en un asno y trayendo una noticia que produjo gran alegría:
    —Ahora estamos ya seguros —anunció— de que los documentos encontrados cerca de aquí se remontan a la fecha indicada, y de que el plano, en especial, tiene alguna relación con la carrera de nuestro bienaventura­do fundador. Ha sido enviado al Nuevo Vaticano, don­de será objeto de un estudio más profundo.
    —Así, pues —interrogó el abad—, ¿puede tratarse a fin de cuentas de una reliquia verdadera de Lei­bowitz?
    Pero el mensajero, poco deseoso de contraer res­ponsabilidades, se limitó a enarcar las cejas.
    —Se dice que Leibowitz era viudo cuando fue or­denado —dijo, dando un rodeo—. Naturalmente, si se pudiera descubrir el nombre de su difunta esposa...
    Entonces el abad, recordando la noticia en que fi­guraba un nombre de mujer, enarcó a su vez las cejas y sonrió.
    Poco después, mandó llamar al hermano Francis.
    —Hijo mío —le dijo con aire positivamente satisfe­cho—, creo que ha llegado el momento de que pronun­ciéis por fin los votos solemnes. Séame permitido, en esta ocasión, felicitaros por la paciencia y la firmeza de intención de que nos habéis dado continuas pruebas. Desde luego, no volverá a hablarse de vuestro... ejem... encuentro con un... ejem... caminante del desierto. Sois un bobo de los buenos, y podéis arrodillaros si queréis recibir mi bendición.
    El hermano Francis lanzó un profundo suspiro y se desmayó abrumado de emoción. El padre le bendijo, y después le reanimó y le permitió pronunciar suá votos perpetuos: pobreza, castidad, obediencia... y observancia de la regla.
    Algún tiempo después de aquello, el nuevo profesor de la Orden Albertina de los hermanos de Leibowitz fue destinado a la sala de los copistas, bajo la dirección de un monje anciano llamado Horner, y allí se puso a deco­rar concienzudamente las páginas de un tratado de álge­bra con bellas estampas representando ramos de olivo y querubines mofletudos.
    —Si lo deseáis —le anuncio el viejo Horner con su voz cascada—, podéis consagrar cinco horas de vuestro tiempo, todas las semanas, a una labor de vuestra elec­ción... previa aprobación, naturalmente. En caso con­trario, destinaréis estas cinco horas de trabajo facul­tativo a copiar la Summa Theologica,1 así como los fragmentos de la Encydopedia Britannica que han lle­gado hasta nosotros.
    Después de reflexionar, el joven monje preguntó:
    —¿Podría consagrar estas horas a sacar una bella copia del plano de Leibowitz?
    —No lo sé, hijo mío —respondió el hermano Horner, frunciendo las cejas—. Es éste un asunto en el cual nuestro excelente padre se muestra un poco quisquillo­so, ya lo sabéis... En fin —concluyó ante las súplicas del joven copista—, os lo voy a permitir, ya que se trata de un trabajo que no os robará mucho tiempo.
    1. Evidentemente, se refiere a la Summa, de santo Tomás de Aquino.
    El hermano Francis se proveyó, pues, del mejor per­gamino que pudo encontrar y pasó varias semanas ras­cando y puliendo la piel con una piedra plana, hasta darle la blancura resplandeciente de la nieve. Después consa­gró otras semanas al estudio de las copias del precioso documento, hasta que se supo de memoria todo el tra­zado y todo el misterioso embrollo de líneas geométricas y de símbolos incomprensibles. Por fin se sintió capaz de reproducir, con los ojos cerrados, toda la asombrosa complejidad del documento. Entonces, pasó todavía va­nas semanas hurgando en la biblioteca del monasterio para descubrir documentos que le permitieran hacerse una idea, siquiera vaga, de la significación del plano.
    El hermano Jeris, joven monje que trabajaba igual­mente en la sala de copistas y se había burlado muchas veces de él y de sus misteriosas apariciones en el desier­to, le sorprendió un día que se hallaba entregado a aquella tarea.
    —¿Puedo preguntaros —le dijo, inclinándose so­bre su hombro— lo que significa la frase «Mecanismo de Control Transistorial para Elemento 6-B»?
    —Es, evidentemente, el nombre del objeto re­presentado en el plano —respondió el hermano Fran­cis, con cierta aspereza, pues el hermano Jeris no había hecho más que leer en voz alta el título del docu­mento.
    —Sin duda... Pero, ¿qué representa el diseño?
    —Pues... el mecanismo del control transistorial de un elemento «6-B», ¡naturalmente!
    El hermano Jeris se echó a reír, y el joven copista enrojeció.
    —Supongo —prosiguió— que el diseño representa en realidad algún concepto abstracto. En mi opinión, este Mecanismo de Control Transistorial debía ser una abstracción trascendental.
    —¿Y en qué orden de conocimiento clasificaréis vuestra abstracción? —quiso saber Jeris, siempre sarcástico.
    —Pues bien, veamos... —el hermano Francis vaciló un instante y después prosiguió—: Teniendo en cuenta los trabajos que realizaba el bienaventurado Leibowitz antes de entrar en religión, yo diría que el concepto de que aquí se trata tiene relación con el arte, hoy desapa­recido, que antaño llamaban electrónica.
    —Este nombre figura, en efecto, en los textos escri­tos que nos han sido transmitidos. Pero, ¿qué significa exactamente?
    —Nos lo dicen los propios textos: el objeto de la electrónica es la utilización del Electrón, que en uno de los manuscritos que poseemos, desgraciadamente in­completo, se define como una Torsión de la Nada Car­gada Negativamente.1
    —Vuestros conocimientos me llenan de asombro —encomió Jeris—. ¿Puedo preguntaros ahora lo que significa la negación de la nada?
    El hermano Francis, cada vez más sofocado, empe­zó a balbucear.
    —La torsión negativa de la nada —prosiguió el im­placable Jeris— debe llevar forzosamente a algo positi­vo. Supongo, pues, hermano Francis, que lograréis fa­bricarnos este algo, si dedicáis a ello todos vuestros esfuerzos. Gracias a vos, llegará indudablemente el día en que poseeremos el famoso Electrón. Pero, ¿qué ha­remos con él? ¿Dónde lo pondremos? ¿Acaso en el al­tar mayor?
    1. Definición exacta (dada por el profesor León Brillouifl, y utilizada por Robert Andrews Mullikan, premio Nobel). Resulta incomprensible si se desconoce el contexto, o sea, toda la compleja estructura de nuestra Física.
    —No lo sé —respondió el hermano Francis, que empezaba a amoscarse—, como tampoco sé lo que era un Electrón ni para qué servía. Sólo tengo la convicción profunda de que la cosa debió de existir en algún tiem­po. Esto es todo.
    Con una risa burlona, Jeris, el iconoclasta, le dejó y volvió a su trabajo. El incidente entristeció al hermano Francis, pero sin apartarle lo más mínimo del proyecto que se había trazado. En cuanto hubo asimilado la es­casa información que podía proporcionarle la bibliote­ca del monasterio sobre el arte perdido en que se había inspirado Leibowitz, esbozó algunos anteproyectos del plano que se proponía estampar en su pergamino. En cuanto al propio diseño, como no podía penetrar su significado, lo reproduciría tal cual se mostraba en el documento original. Para ello, emplearía tinta negra; por el contrario, en la reproducción de las cifras y le­yendas del plano adoptaría tintas de colores y caracte­res de fantasía. Decidió igualmente romper la austera y geométrica monotonía del original, adornando la re­producción con palomas y querubines, verdes hojas de parra, frutos dorados y pájaros multicolores, amén de una astuta serpiente. En la parte alta de su obra, tra­zaría una representación simbólica de la Santísima Tri­nidad, y al pie, haciendo juego, el dibujo de la cota de malla que era emblema de su Orden. Así se dignificaría debidamente el Mecanismo de Control Transistorial del beato Leibowitz, y su mensaje hablaría a los ojos al mismo tiempo que al espíritu.
    Cuando hubo terminado el boceto preliminar, lo sometió tímidamente a la aprobación del hermano Horner.
    —Advierto —dijo el viejo monje, en un tono matizado de cierto remordimiento— que este trabajo os ocupará mucho más tiempo de lo que había calculado... Pero, ¡qué importa! Proseguid. El dibujo es bello, be­llísimo.
    —Gracias, hermano.
    El hermano Horner guiñó un ojo al joven religioso.
    —Me he enterado —le dijo confidencialmente— de que han decidido activar las formalidades necesarias para la canonización del beato Leibowitz. Por lo tanto, es probable que nuestro excelente padre se sienta ahora mucho menos inquieto acerca de lo que vos sabéis.
    Desde luego, todo el mundo estaba al corriente de esta importante noticia. La beatificación de Leibowitz era desde hacía tiempo un hecho consumado, pero las últimas formalidades que debían convertirlo en santo podían requerir aún un buen número de años. Además, siempre era de temer que el Abogado del Diablo descu­briese algún motivo que hiciese imposible la canoniza­ción proyectada.
    Al cabo de largos meses, el hermano Francis puso al fin manos a la obra, trazando amorosamente en el be­llo pergamino los finos arabescos, las volutas complica­das y las elegantes iluminaciones realizadas con panes de oro. Había emprendido un trabajo muy laborioso, que requería muchos años para ser llevado a buen fin. Naturalmente, los ojos del copista se resintieron de la dura prueba, y tuvo que interrumpir a veces su labor durante largas semanas, por miedo de que un error de­bido a la fatiga echase a perder toda la obra. Sin embar­go, el trabajo iba tomando forma poco a poco, y adqui­ría una belleza tan grandiosa que todos los monjes de la abadía acudían a contemplarlo, admirados. Sólo el escéptico hermano Jeris seguía con sus críticas.
    —Me pregunto —decía— por qué no consagráis vuestro tiempo a un trabajo útil.
    Esto era, al menos, lo que él hacía, puesto que fabricaba pantallas de pergamino decorado para las lám­paras de aceite de la capilla.
    Mientras tanto, el viejo hermano Horner cayó en­fermo y declinó rápidamente. Llegados los prime­ros días de Adviento, sus hermanos cantaron para él la Misa de Difuntos, y entregaron sus restos mortales a la tierra original. El abad nombró al hermano Jeris para suceder al difunto en la dirección de los copistas, y el envidioso lo aprovechó enseguida para ordenar al hermano Francis que abandonara su obra maestra. Ya era hora, le dijo, de que dejara sus puerilidades; ahora fabricaría pantallas. El hermano Francis puso a buen recaudo el fruto de sus veladas y obedeció sin chistar. Mientras pintaba sus pantallas, se consolaba pensando que todos somos mortales... Sin duda, un día el alma del hermano Jeris iría a juntarse en el Paraíso con la del hermano Horner, pues, a fin de cuentas, la sala de los copistas no era más que la antecámara de la Vida Eter­na. Entonces, Dios mediante, podría reanudar su inte­rrumpida obra maestra.
    Sin embargo, la divina Providencia tomó cartas en el asunto mucho antes de la muerte del hermano Jeris. Du­rante el verano siguiente, un obispo montado en un mulo y acompañado de un nutrido séquito de dignata­rios eclesiásticos llegó a llamar a la puerta del monaste­rio. El Nuevo Vaticano —anunció— le había nombrado abogado de la canonización de Leibowitz y solicitaba del padre abad todos los informes que podían servirle de ayuda en su misión; en particular, deseaba obtener algu­nas aclaraciones sobre una aparición del beato, con la que se decía había sido honrado un cierto hermano Francis Gerard de Utah.
    El enviado del Nuevo Vaticano fue calurosamente recibido como merecía su dignidad. Fue alojado en el departamento reservado a los prelados que visitaban el monasterio, y seis novicios fueron puestos a su servicio. Se descorcharon en su honor las mejores bote­llas, se asaron los más delicados volátiles, e incluso se atendió a sus distracciones, contratando todas las no­ches a varios violinistas y una compañía de payasos. Hacía tres días que el obispo se encontraba allí cuando el buen padre abad llamó a su presencia al her­mano Francis.
    —Monseñor Di Simone desea veros —dijo—. Si por desgracia dais rienda suelta a vuestra imaginación, haremos cuerdas de violín con vuestras tripas, arrojare­mos vuestro cadáver a los lobos y enterraremos vues­tros huesos en tierra no sagrada... Ahora, hijo mío, id en paz. Monseñor os espera.
    El hermano Francis no necesitaba la advertencia del buen padre para contener la lengua. Desde el día ya le­jano en que la fiebre le había hecho locuaz después de su primera Cuaresma en el desierto, se había guardado muy bien de decir una palabra sobre su encuentro con el peregrino. Pero le emocionaba el comprobar que las altas jerarquías eclesiásticas se interesaban bruscamente por el peregrino, y por ello el corazón le latía fuerte­mente al llegar a presencia del obispo.
    Sin embargo, sus temores resultaron infundados. El prelado era un anciano de aire paternal, que pareció interesado ante todo en la carrera del frailuco.
    —Y ahora —le dijo al cabo de un rato de amable charla— habladme de vuestro encuentro con el biena­venturado fundador.
    —¡Oh, Monseñor! Yo no he dicho nunca que se tratara del beato Leibo...
    —Claro, claro, hijo mío... Aquí traigo un proceso verbal de la aparición. Ha sido redactado de acuerdo con informaciones recogidas en las mejores fuentes. Sólo os pido que lo leáis. Después, confirmaréis su exactitud, o lo corregiréis, en caso necesario. Este do­cumento se apoya sólo en referencias. En realidad, sólo vos podéis decirnos lo que ocurrió exactamente. Os pido que lo leáis con mucha atención.
    El hermano Francis tomó el grueso legajo que le tendía el prelado y empezó a leer el relato oficial con creciente aprensión, que no tardó en convertirse en verdadero espanto.
    —Parecéis trastornado, hijo mío —observó el obis­po—. ¿Habéis observado acaso algún error?
    —Es que... es que... no es esto... Las cosas no pasa­ron así... ¡en absoluto! —gimió el desdichado fraile, aterrado—. Yo no le vi más que una vez, y se limitó a preguntarme el camino de la abadía. Después golpeó con el bastón la piedra bajo la cual descubrí las reli­quias...
    —Entonces, si he comprendido bien, ¿no hubo coro celestial?
    —Oh, no.
    —¿Ni una aureola alrededor de su cabeza, ni una alfombra de flores que se iba extendiendo bajo sus pies a medida que andaba?
    —Ante Dios que me está viendo, Monseñor, ¡afir­mo que nada de esto se produjo!
    —Bueno, bueno —dijo el obispo, suspirando—. Ya sé que las historias que cuentan los viajeros son siempre exageradas...
    Como parecía desilusionado, el hermano Francis se apresuró a excusarse, pero el abogado del futuro santo le tranquilizó con un ademán.
    —No importa, hijo mío —le aseguró—. A Dios gracias, no faltan milagros, debidamente comprobados. Por otra parte, los documentos que descubristeis nos han sido de utilidad, puesto que nos han permitido co­nocer el nombre de la esposa de nuestro venerable fun­dador, que murió, como bien sabéis, antes de que él en­trase en religión.
    —¿De veras, Monseñor?
    A pesar de su visible desencanto ante el relato que de su encuentro con el peregrino le había hecho el joven fraile, monseñor Di Simone no pasó menos de cinco días enteros en el lugar en que Francis había des­cubierto la caja de metal. Le acompañaba una cohorte de jóvenes novicios, armados de palas y picos... Des­pués de mucho cavar, el obispo regresó a la abadía, al atardecer del quinto día, con un rico botín de objetos diversos, entre los cuales se contaba una vieja caja de aluminio que aún contenía restos de una masa gelati­nosa seca que tal vez había sido antaño berza en conserva.
    Antes de partir de la abadía, visitó la sala de los co­pistas y quiso ver la reproducción hecha por el hermano Francis del famoso azul de Leibowitz. Él monje, entre protestas de que la cosa no valía la pena, se la mostró con mano temblorosa.
    —¡Canastos! —exclamó el obispo (o al menos esto fue lo que creyeron oír)—. Hay que terminar este tra­bajo, hijo mío, ¡hay que terminarlo!
    Sonriendo, el fraile buscó la mirada del hermano Jeris. Pero el otro se apresuró a volver la cabeza. Al día siguiente, el hermano Francis volvía a su trabajo, con grandes refuerzos de plumas de oca, panes de oro y pinceles diversos.
    ...Seguía trabajando en ello cuando una nueva dele­gación del Vaticano se presentó en el monasterio. Esta vez, la comitiva era numerosa, e incluso había en ella guardias armados para rechazar los ataques de los sal­teadores. Al frente de ella, montado en una mula negra, se erguía un prelado de pequeños cuernos y colmillos acerados (al menos, así lo afirmaron varios novicios). Declaró ser el Advocatus Diaboli, encargado de opo­nerse por todos los medios a la canonización de Lei­bowitz, y explicó que el objeto de su visita a la abadía era investigar ciertos rumores absurdos, propalados por frailucos histéricos, que habían llegado hasta las autoridades supremas del Nuevo Vaticano. Sólo con ver al emisario, uno se daba cuenta enseguida de que no era hombre capaz de dejarse engatusar.
    El abad le recibió cortésmente y le ofreció una pe­queña cama metálica en una celda orientada al Sur, excu­sándose de no poder aposentarle en el departamento de honor, provisionalmente inhabilitado por razones de higiene. El nuevo huésped tuvo que contentarse, para su servicio, con las personas de su séquito, y compartió, en el refectorio, el yantar ordinario de los monjes: hier­bas cocidas y caldo de raíces.
    —He oído decir que padecéis crisis nerviosas, con pérdida del sentido —le dijo al hermano Francis, cuan­do el fraile compareció ante él—. ¿Cuántos locos o epilépticos ha habido entre vuestros antepasados o parientes?
    —Ninguno, Excelencia.
    —¡No me llaméis Excelencia! —rugió el dignata­rio—. Y tened el convencimiento de que no me costará nada que confeséis la verdad.
    Hablaba de esta formalidad como de una interven­ción quirúrgica de las más vulgares, y pensaba, por lo visto, que habría debido de realizarse muchos años atrás.
    —Sabéis sin duda —prosiguió— que existen proce­dimientos para hacer que los documentos nuevos pa­rezcan antiguos, ¿no es cierto?
    El hermano Francis lo ignoraba.
    —Sabéis igualmente que la esposa de Leibowitz se llamaba Emily, y que Emma no es en absoluto, el dimi­nutivo de aquel nombre, ¿verdad?
    Francis tampoco estaba muy informado de esto. Recordaba únicamente que sus padres, cuando él era niño, empleaban a veces ciertos diminutivos un poco a la ligera...
    «Además — dijo para sí — , si el beato Leibowitz, a quien Dios bendiga, decidió llamar Emma a su mujer, estoy seguro de que tuvo sus razones...»
    Entonces el enviado del Nuevo Vaticano la em­prendió con un curso de semántica, tan furioso y tan vehemente que el desdichado frailuco creyó perder la razón. Al terminar la tormentosa sesión, no sabía si­quiera si era cierto o no que hubiese visto un día un pe­regrino.
    Antes de partir, el Abogado del Diablo quiso ver también la copia iluminada que había hecho Francis, y el desdichado se la mostró, con la muerte en el alma. Por lo pronto, el prelado se quedó asombrado; después tragó saliva y pareció que hacía un esfuerzo para decir
    — Ciertamente, no carecéis de imaginación — dijo —. Pero creo que esto lo sabían ya todos los de aquí.
    Los cuernos del emisario habían menguado varios centímetros y el hombre partió aquella misma tarde ha­cia el Nuevo Vaticano.
    ...Y fueron transcurriendo los años, añadiendo algu­nas arrugas a los rostros jóvenes y algunas canas a las sie­nes de los frailes. En el monasterio, la vida seguía su cur­so, y los monjes continuaban sumidos en sus copias, como en tiempos pasados. Un buen día, el hermano Jeris concibió el proyecto de construir una prensa de impri­mir. Cuando el abad le preguntó el motivo, sólo supo responder:
    — Para aumentar la producción.
    — ¿Ah, sí? — replicó el padre
    — . ¿Y de qué creéis que servirán vuestros papelotes en un mundo en que la gente se considera dichosa de no saber leer? Tal vez pensáis venderlos a los campesinos para encender el fuego, ¿no?
    Mortificado, el hermano Jeris encogió tristemente los hombros... y los copistas del monasterio siguieron trabajando con plumas de oca....
    Por fin, una mañana de primavera, poco antes de la Cuaresma, se presentó un nuevo mensajero en el mo­nasterio trayendo una buena, excelente noticia: el expe­diente para la canonización de Leibowitz estaba ya completo; el Sacro Colegio no tardaría en reunirse, y el fundador de la Orden Albertina figuraría pronto entre los santos del calendario.
    Mientras se regocijaba toda la comunidad, el padre abad —ahora ya muy viejo y bastante complaciente— hizo llamar al hermano Francis.
    —Su Santidad requiere vuestra presencia en las fiestas que van a celebrarse con motivo de la canoniza­ción de Isaac Edward Leibowitz —murmuró—. Dis­poneos a partir.
    Y añadió, en tono gruñón:
    —Si queréis desmayaros, ¡hacedlo en otra parte!
    El viaje del joven fraile al Nuevo Vaticano le llevaría al menos tres meses, o acaso más: todo dependería de la distancia que pudiese cubrir antes de que los inevitables salteadores le privaran de su asno.
    Partió solo y desarmado, provisto únicamente de unas alforjas de mendicante. Apretaba contra su cora­zón la copia iluminada del plano de Leibowitz, y roga­ba a Dios que no se la robasen. Claro que los bandole­ros eran gente ignorante y no habrían sabido qué hacer con ella... Sin embargo, y por precaución, el fraile se había tapado un ojo con un trocito de paño negro. Los campesinos eran supersticiosos y la amenaza de «mal de ojo» bastaba a veces para ponerlos en fuga.
    Después de dos meses y algunos días de viaje, el hermano Francis tropezó con un ladrón en un sendero montañoso, rodeado de bosques espesos y lejos de
    todo lugar habitado. Era un hombre de corta talla, pero robusto como un buey. Separadas las piernas y cruza­dos los poderosos brazos sobre el pecho, esperaba en medio del sendero la llegada del fraile, que avanzaba hacia él, al paso lento de su montura... Parecía estar solo y no llevaba más arma que un cuchillo, que ni si­quiera se sacó de la cintura. Aquel encuentro produjo al monje una profunda desilusión; en lo más hondo de su corazón, a lo largo de todo el camino, no había deja­do de esperar que encontraría un día al peregrino de antaño.
    —¡Alto! —ordenó el ladrón.
    El asno se detuvo por su cuenta. El hermano Francis se alzó la capucha para mostrar el parche negro y se llevó lentamente la mano al ojo, como dispuesto a des­cubrir un horrible espectáculo disimulado por el paño. Pero el hombre echó la cabeza atrás y lanzó una risota­da siniestra y realmente satánica. El fraile se apresuró a mascullar un exorcismo, cosa que tampoco pareció im­presionar al ladrón.
    —Esto hace ya años que no sirve —le dijo—. Va­mos, apéate.
    El hermano Francis se encogió de hombros, sonrió y se apeó de su montura sin protestar.
    —Buenos días, señor —dijo, en amable tono—. Podéis llevaros el asno. Me sentará bien andar un poco.
    Y ya se alejaba cuando el ladrón le cerró el paso.
    —¡Espera! ¡Desnúdate completamente y déjame ver lo que llevas en este paquete!
    El monje le mostró sus alforjas, con un pequeño ademán de excusa, pero el otro se echó a reír a más y mejor.
    —¡También conozco el truco de la pobreza! —dijo a su víctima en tono sarcástico—. El último mendigo que detuve llevaba medio kilo de oro encima... Vamos, pronto, ¡desnúdate!
    Cuando el fraile lo hubo hecho, el hombre registró sus vestiduras, no encontró nada y se las devolvió.
    —Ahora —prosiguió—, veamos ese paquete.
    —No es más que un documento, señor —protestó el religioso—, un documento que carece de valor para quien no sea su dueño.
    —¡Abre el paquete, te he dicho!
    El hermano Francis obedeció sin rechistar y pronto resplandecieron bajo el sol las iluminaciones del perga­mino. El ladrón lanzó un silbido de admiración.
    —¡Qué bonito! A mi mujer le gustará para colgarlo en la pared de la choza.
    El pobre fraile, al oírlo, sintió que le fallaba el cora­zón y se puso a murmurar una plegaria silenciosa: «Si lo has enviado Tú, Señor, para probarme —suplicó desde lo más profundo de su alma—, dame al menos el valor de morir como un hombre, pues, si está escrito que tiene que robármelo, ¡tendrá que hacerlo al cadáver de Tu indigno siervo!
    —¡Envuélvemelo! —ordenó de pronto el ladrón, que sabía lo que quería.
    —Os lo ruego, señor —gimió el hermano Fran­cis—, ¿cómo podéis privar a un pobre hombre de una obra en la que ha empleado toda su vida...? Quince años he pasado iluminando este manuscrito y...
    —¿Cómo? —le interrumpió el ladrón—. ¿Lo has hecho tú mismo?
    Y se desternilló de risa.
    —No comprendo, señor—replicó el monje, enroje­ciendo ligeramente—, lo que pueda tener de gracioso...
    —¡Quince años! —exclamó el hombre, entre dos accesos de risa—. ¡Quince años! ¿Y por qué?, te pre­gunto. ¡Por un pedazo de papel! ¡Quince años...! ¡Ja, ja!
    Y, asiendo con ambas manos la hoja iluminada, se dispuso a desgarrarla. Entonces el hermano Francis se dejó caer de rodillas en medio del sendero.
    —¡Jesús, María y José! —exclamó—. ¡Os lo supli­co, señor, en nombre del Cielo!
    El ladrón pareció ablandarse un poco; arrojando el pergamino al suelo, preguntó burlón:
    —¿Estarías dispuesto a luchar por tu pedazo de papel?
    —¡Lo que queráis, señor! ¡Haré todo lo que queráis!
    Ambos se pusieron en guardia. El fraile se santiguó precipitadamente e invocó al Cielo, recordando que antaño la lucha había sido un deporte autorizado por la divinidad... Después se lanzó al combate.
    Tres segundos más tarde yacía sobre los puntiagu­dos guijarros que le laceraban el espinazo, medio as­fixiado bajo una pequeña montaña de duros músculos.
    —¡Ya está! —dijo, modestamente, el ladrón, levan­tándose y cogiendo el pergamino.
    Pero el fraile se arrastró de rodillas, juntando las manos y ensordeciéndole con sus súplicas desespe­radas.
    —Creo —se burló el ladrón— que serías capaz de besarme los zapatos con tal de que te devolviese el di­bujo.
    Por toda respuesta, el hermano Francis le alcanzó de un salto y empezó a besar fervorosamente las bo­tas del vencedor.
    Esto era ya demasiado, incluso para un pillastre de siete suelas. Lanzó un juramento, arrojó el manuscrito al suelo, montó en el asno y se alejó... Inmediatamente, el hermano Francis se lanzó sobre el documento y lo recogió del suelo. Después trotó detrás del hombre, implorando para él todas las bendiciones del cielo y dando gracias al Señor por haber creado malandrines tan desinteresados.
    Sin embargo, cuando el ladrón y su asno hubieron desaparecido en la arboleda, el monje empezó a preguntarse, con un poco de tristeza, por qué razón, en efecto, había consagrado quince años de su vida a este pedazo de pergamino... Las palabras del ladrón resona­ban aún en sus oídos: «¿Y por qué?, te pregunto...» Sí, ¿por qué?, ¿por qué razón?
    El hermano Francis reanudó su camino, pensativo y con la cabeza gacha bajo el capuchón... Incluso hubo un momento en que se le ocurrió la idea de arrojar el documento entre los matorrales y dejarlo allí, bajo la lluvia... Pero el padre abad había aprobado su deseo de entregarlo a las autoridades del Nuevo Vaticano, a modo de presente. El monje pensó que no podía pre­sentarse allí con las manos vacías, y ya serenado, prosi­guió el camino.
    Había llegado el momento. Perdido en la inmensa y majestuosa basílica el hermano Francis se hallaba sumi­do en la prestigiosa magia de colores y sones. Después de invocar al Espíritu infalible, símbolo de toda perfec­ción, se levantó un obispo —el monje advirtió que era monseñor Di Simone, abogado del santo—, quien pidió a san Pedro que se pronunciara, por medio de S. S. León XXII, y ordenó a todos los reunidos que prestaran oído atento a las solemnes palabras que iban a ser pronunciadas.
    Un momento después, el Papa se levantó despacio y proclamó que Isaac Edward Leibowitz debía ser en adelante venerado como santo. Asunto concluido. El oscuro técnico de antaño formaba ya parte de la celeste falange. El hermano Francis dirigió enseguida una de­vota plegaria a su nuevo patrón, mientras el coro ento­naba el Te Deum.
    Un rato más tarde, y andando con un paso vivo, el Soberano Pontífice apareció tan bruscamente en la sala de audiencias donde esperaba el frailuco, que la sorpre­sa cortó el resuello al hermano Francis, privándole del
    uso de la palabra. Se arrodilló apresuradamente para besar el anillo del Pescador y recibir la bendición, y después se levantó torpemente, sin saber qué hacer con el bello pergamino iluminado que sostenía detrás de la espalda. Comprendiendo el motivo de su turbación, el Papa sonrió.
    —¿Acaso nuestro hijo nos trae un presente? —preguntó.
    El monje farfulló algo ininteligible, asintió estúpi­damente con la cabeza y por fin alargó su manuscrito, que el Vicario de Cristo observó largamente sin decir palabra y con rostro impasible.
    —No es nada —masculló el hermano Francis, que sentía aumentar su turbación a medida que se prolon­gaba el silencio del Pontífice—, no es más que una pequeñez, un miserable presente... Incluso me avergüen­zo de haber pasado tanto tiempo en...
    Se detuvo en seco, ahogado por la emoción.
    Pero el Papa parecía no haberle oído.
    —¿Comprendes el significado del simbolismo em­pleado por san Isaac? —preguntó al fraile, sin dejar de examinar con curiosidad el misterioso trazado del plano.
    El hermano Francis, por toda respuesta, sacudió negativamente la cabeza.
    Y el fraile se puso a balbucear las gracias, mientras el Soberano Pontífice se perdía de nuevo en la contem­plación de los diseños tan bellamente iluminados.
    —Sea cual fuere su significación... —comenzó el Papa; pero se interrumpió de golpe y empezó a hablar de otra cosa.
    Si habían hecho al fraile el honor de recibirle, le ex­plicó, no era porque las autoridades eclesiásticas se hu­biesen formado una opinión oficial sobre el peregrino que el monje había visto... El hermano Francis había sido tratado de esta suerte porque se le quería recompensar por el hallazgo de importantes documentos y reliquias. Así se había juzgado su hallazgo, sin tener absolutamente en cuenta las circunstancias que lo acompañaron.
    —Sea cual fuese su significación —repitió al fin—, este fragmento de saber, muerto en la actualidad, reco­brará vida algún día.
    Sonriendo, dirigió al monje un pequeño guiño.
    —Y nosotros lo conservaremos celosamente hasta que aquel día llegue —concluyó.
    Sólo entonces advirtió el hermano Francis que la so­tana blanca del Papa tenía un agujero y que todas sus vestiduras estaban bastante usadas. La alfombra de la sala de audiencias estaba también muy raída en algunos sitios, y el yeso del techo se caía visiblemente a pedazos.
    Pero en las estanterías que se veían a lo largo de los muros, había libros, libros enriquecidos con admira­bles iluminaciones, libros que trataban de cosas incom­prensibles, libros pacientemente copiados por hombres cuya tarea no consistía en comprender, sino en conser­var. Y estos libros esperaban que llegase su hora
    —Adiós, mi querido hijo.
    El humilde guardián de la llama del saber marchó a pie a su lejana abadía... Cuando se acercó a la comarca en que merodeaba el ladrón, se sintió lleno de alegría. Si aquel día el ladrón estaba de descanso, se sentaría a es­perar su regreso. Porque esta vez sabía ya lo que tenía que responder a su pregunta.
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  • El Retorno de los Brujos.Louis Pawels y Jacques Bergier.Los 9mil Millones de Nombres de Dios IV
    IV
    Donde los autores, que no son demasiado crédulos ni excesivamente incrédulos, se interrogan sobre la Gran Pirámide. — ¿ Y si había otras técnicas? — El ejemplo hitleriano. — El imperio de Almanzor. — Muchos fines del mundo. — La imposible isla de Pascua. — La leyen­da del Hombre Blanco. — Las civilizaciones de Améri­ca. — El misterio maya. — Del «puente de la luz» a, la extraña planicie de Nazca. — Donde los autores no son más que unos pobres picapedreros.
    Desde Aristarco de Samos hasta los astrónomos del 1900, la Humanidad ha empleado veintidós siglos en calcular la distancia de la Tierra al Sol: 149.400.000 kilómetros. Habría bastado con multiplicar por mil mi­llones la altura de la pirámide de Cheops, construida 2.900 años antes de Jesucristo.
    Sabemos ahora que los faraones consignaron en las pirámides los resultados de una ciencia de la que igno­ramos el origen y los métodos. Se encuentra en ellas el número tt; el cálculo exacto de la duración del año so­lar, del radio y del peso de la Tierra; la ley del movi­miento retrógrado de los puntos equinocciales; el valor del grado de longitud; la dirección real del Norte, y acaso muchos otros datos todavía no descifrados. ¿De dónde procedían estos informes?, ¿cómo fueron logra­dos? ¿O fueron transmitidos? Y, en este caso, ¿por quién?
    Según el abate Moreux, Dios dio conocimientos a los hombres antiguos. Henos en plena puerilidad. «Es­cucha, oh hijo mío, el número 3,1416 te permitirá calcu­lar la superficie de una circunferencia.» Según Piazzi Smyth, Dios dictó aquellos datos a los egipcios, dema­siado impíos y demasiado ignorantes para comprender lo que grababan en la piedra. ¿Y cómo Dios, que todo lo sabe, podía engañarse hasta tal punto en las cualida­des de sus alumnos? Para los egiptólogos positivistas, las mediciones que aparecen en Gizeh son falsificacio­nes de los investigadores, llevados de su afición a lo maravilloso: ninguna ciencia está allí grabada. Pero la discusión persiste alrededor de los decimales, y nada ha desvirtuado el hecho de que las pirámides revelan una técnica que es para nosotros totalmente incomprensi­ble. Gizeh es una montaña artificial de 6.500.000 tone­ladas. Bloques de doce toneladas se ajustan entre sí con exactitud milimétrica.
    Generalmente se admite la idea más vulgar: el faraón debió de disponer de una mano de obra colosal. Pero falta explicar cómo resolvió el pro­blema de la aglomeración de tan enormes multitudes. Y la razón de una empresa tan loca. Y la manera en que los bloques fueron extraídos de las canteras. El egiptó­logo no admite más técnica que la introducción de cu­ñas de madera mojadas en las grietas de las rocas. Los constructores no dispondrían más que de martillos de piedra y sierras de cobre, que es un metal blando. Y, lo que aumenta aún más el misterio, ¿cómo fueron izadas y unidas las piedras talladas de diez mil kilos y más?; en el siglo XIX, nos costó un ímprobo trabajo transportar dos obeliscos de los que los faraones trasladaban por docenas. ¿Y cómo se iluminaban los egipcios en el inte­rior de las pirámides? Hasta 1890 conocemos sólo lám­paras que humean y ennegrecen el techo. Sin embargo, en los muros de las pirámides no se advierte la menor huella de humo. ¿Captarían la luz solar y la harían pe­netrar mediante un sistema óptico? No se ha descu­bierto el menor resto de lente.
    No se ha encontrado ningún instrumento de cálcu­lo científico, ningún vestigio de una tecnología desa­rrollada. Parece que hay que admitir la tesis místico-primaria: Dios dicta informes astronómicos a unos albañiles obtusos, pero aplicados, y, además, les echa una mano. ¿Acaso no hay informes escritos en las pirá­mides? Los positivistas, poco avisados en cuestión de matemáticas, declaran que se trata de coincidencias. Pero, cuando las coincidencias son tan exageradas, ha­bría dicho Fort, ¿cómo hay que llamarlas? En otro caso, hay que admitir que unos arquitectos y decorado­res surrealistas, para satisfacer la megalomanía de su rey y guiados en sus medidas por el azar de su inspira­ción, hicieron extraer, transportar, decorar, elevar y ajustar con milimétrica exactitud, los 2.600.000 bloques de la gran pirámide, por menestrales que trabajaban con pedazos de madera y sierras de cortar cartón, pi­sándose unos a otros los talones.
    Estas cosas ocurrieron hace cinco mil años, y poco sabemos de ellas. Pero sí sabemos que las investigaciones han sido realizadas por hombres que opinan que la civilización moderna es la única civilización técnica po­sible. Partiendo de este criterio, no tienen más remedio que imaginar, o la ayuda de Dios, o un colosal y cho­cante trabajo de hormigas. Sin embargo, es posible que un pensamiento totalmente distinto del nuestro pudie­ra concebir técnicas tan perfeccionadas como las nues­tras, aunque también diferentes: instrumentos de medi­ción y métodos de manipulación de la materia sin ninguna relación con lo que nosotros conocemos, y que no habrían dejado ningún rastro visible a nuestros ojos. Es posible que una ciencia y una tecnología pode­rosas aportaran soluciones distintas a las nuestras a los problemas planteados y desaparecieran totalmente con el mundo de los faraones. Resulta difícil de creer que una civilización pueda morir, borrarse. Resulta más difícil todavía creer que haya podido diferenciarse de la nuestra hasta el punto de que nos cueste reconocerla como tal civilización. ¡Y, sin embargo...!
    Cuando terminó la última guerra mundial, el 8 de mayo de 1945, las misiones de investigación comenza­ron inmediatamente a recorrer la Alemania vencida. Los informes de aquellas misiones fueron publicados. Sólo el catálogo cuenta trescientas páginas. En doce años, la evolución técnica del Reich había tomado rum­bos singularmente divergentes. Si los alemanes estaban atrasados en el campo de la bomba atómica, en cambio habían logrado cohetes gigantes sin parangón en Amé­rica ni en Rusia. Si ignoraban el radar, habían construi­do detectores de rayos infrarrojos no menos eficaces. Si no inventaron las siliconas, habían desarrollado una química orgánica completamente nueva.1 Al lado de es­tas diferencias radicales en materia técnica, había dife­rencias filosóficas aún más asombrosas... Habían rechazado la relatividad y olvidado, en parte, la teoría de los quanta. Su cosmogonía habría puesto los pelos de punta a los astrofísicos aliados: era la tesis del hielo eterno, según la cual planetas y estrellas eran bloques de hielo que flotaban en el espacio.1 Si en doce años pu­dieron abrirse tales abismos en nuestro mundo moder­no, a despecho de los intercambios y de las comunica­ciones, ¿qué pensar de las civilizaciones que pudieron desarrollarse en el pasado? ¿Hasta qué punto están ca­lificados nuestros arqueólogos para juzgar sobre el es­tado de las ciencias, de la técnica, de la filosofía, del co­nocimiento, entre los mayas o entre los khmers?
    1. No caeremos en la trampa de las leyendas: Lemuria o Atlántida. Platón, en el Critias, al cantar las maravi­llas de la ciudad desaparecida; Hornero, antes que él, en la Odisea, al evocar la fabulosa Scheria, describen tal vez Tartesos, la Tarshih bíblica de Joñas y término de su viaje. En la desembocadura del Guadalquivir, Tarte­sos es la más rica ciudad minera y representa la quin­taesencia de una civilización. Florece desde un número ignorado de siglos y es depositaria de una sabiduría y de secretos. Hacia el año 500 antes de Jesucristo se des­vanece completamente, no sabemos cómo ni por qué.2 Es posible que Numinor, misterioso centro celta del si­glo v a.C., no sea una leyenda,3 pero nada sabemos de ella. Las civilizaciones cuya existencia pasada nos cons­ta, y que murieron, resultan tan extrañas como Lemu­ria. La civilización árabe de Córdoba y Granada in­venta la ciencia moderna, descubre la investigación experimental y sus aplicaciones prácticas, estudia la química e incluso la propulsión a reacción. Ciertos maVéase la segunda parte de esta obra.
    2. Sprague de Camps y Willy Ley, De l'Atlantide a l'Eldorado, Pión, edit., París.
    3. Trabajos del profesor Tolkien, de la Universidad de Oxford.
    Manuscritos árabes del siglo XII contienen esquemas de co­hetes de bombardeo. Si el imperio de Almanzor hubie­se estado tan adelantado en biología como en las de­más técnicas, si la peste no se hubiese aliado con los españoles para destruirlo, acaso la revolución industrial se habría producido en los siglos xv y xvi en Andalucía, y el siglo xx constituiría una era de aventureros inter­planetarios árabes, lanzados a la colonización de la Lu­na, de Marte y de Venus.
    El imperio de Hitler, como el de Almanzor, se de­rrumba entre sangre y fuego. Una bella mañana de ju­nio de 1940, el cielo de París se oscurece, el aire se carga de vapores de gasolina, y, bajo la nube inmensa que en­negrece los rostros descompuestos por el estupor, el es­panto y la vergüenza, una civilización vacila y millares de seres huyen a la desbandada por las ametralladas ca­rreteras. Quien haya vivido esto y haya conocido tam­bién el ocaso de los dioses del III Reich, puede imagi­narse el fin de Córdoba y Granada, y otros mil fines del mundo en el transcurso de los milenios. Fin del mundo para los incas, fin del mundo para los toltecas, fin del mundo para los mayas. Esto es toda la historia de la Humanidad: un fin sin fin...
    La isla de Pascua, a tres mil kilómetros de las costas de Chile, es grande como Jersey. Cuando, en 1722, desem­barcó en ella el primer navegante europeo, un holan­dés, la creyó habitada por gigantes. En esta pequeña tierra volcánica de Polinesia, se levantan quinientas noventa y tres estatuas enormes. ¿Cuándo fueron erigi­das? ¿Cómo? ¿Por qué? Gracias al estudio de estos misteriosos documentos, se cree que se puede distin­guir tres niveles de civilización, la más perfecta de las cuales sería la más antigua. Como en Egipto, los enor­mes bloques de toba, de basalto y de lava, aparecen ajustados con prodigiosa habilidad. Pero la isla tiene un relieve accidentado y sus escasos y mezquinos árboles no podían servir de rodillos: ¿cómo fueron transporta­das las piedras? ¿Acaso puede invocarse una mano de obra colosal? En el siglo XIX, los habitantes de la isla de Pascua no pasaban de doscientos: tres veces menos numerosos que sus estatuas. Jamás pudieron ser más de tres o cuatro mil en esta isla de suelo fértil y desprovis­ta de animales. ¿Entonces?
    Como en África, como en América del Sur, los pri­meros misioneros que desembarcaron en Pascua, cui­daron de hacer desaparecer todos los rastros de la civi­lización muerta. Al pie de las estatuas había tablillas de madera cubiertas de jeroglíficos: fueron quemadas o enviadas a la biblioteca del Vaticano, donde se encie­rran no pocos secretos. ¿Se trataba de descubrir los ves­tigios de antiguas supersticiones, o de borrar el testi­monio de otro saber? ¿El recuerdo del paso de otros seres por la Tierra? ¿De visitantes venidos de otro mundo?
    Los primeros europeos que exploraron la isla de Pascua descubrieron, entre los moradores, unos hom­bres blancos y barbudos. ¿De dónde procedían? ¿Eran descendientes de alguna raza varias veces milenaria, de­generada, y hoy completamente extinguida? Retazos de leyenda hablaban de una raza de señores, de maes­tros, surgida del fondo de los tiempos, caída del cielo.
    Nuestro amigo el explorador y filósofo peruano Daniel Ruzo, parte en 1952 a estudiar la altiplanicie de­sértica de Marcahuasi, a 3.800 metros de altura, al oeste de la cordillera de los Andes.1 Esta planicie sin vida, que sólo puede alcanzarse a lomos de mulo, mide tres kilómetros cuadrados. Ruzo descubre en ella animales...
    1. Daniel Ruzo, «La cultura masma.» Revista de la Sacíete d'Etnographie de París, 1956 y 1959.
    ...y rostros humanos tallados en la roca y visibles única­mente durante el solsticio de verano, gracias al juego de luces y de sombras. Encuentra estatuas de animales de la Era secundaria, como el estegosaurio; leones, tor­tugas y camellos, desconocidos en la América del Sur. Una colina esculpida representa una cabeza de anciano. El negativo de la fotografía revela un joven radiante. ¿Qué rito de iniciación lo haría visible? No se ha podi­do aún medir la antigüedad por medio del carbono 14: en Marcahuasi no hay ningún vestigio orgánico. Los indicios geológicos nos remontan hasta la noche de los tiempos. Daniel Ruzo cree que esta altiplanicie es la cuna de la civilización masma, tal vez la más antigua del mundo.
    En otra altiplanicie fabulosa, Tiahuanaco, a 4.000 me­tros, volvemos a encontrar el recuerdo del hombre blanco. Cuando los incas conquistaron esta región del lago Titicaca, Tiahuanaco era ya el campo de ruinas gi­gantescas, inexplicables, que nosotros conocemos. Cuando llega allí Pizarro, en 1532, los indios dan a los conquistadores el nombre de Viracochas: señores blan­cos. Su tradición, más o menos perdida ya, habla de una raza de señores desaparecida, de hombres gigantescos y blancos, venidos de lejos, surgidos de los espacios, de una raza de Hijos del Sol. Reinaba y enseñaba allí, hace milenios. Desapareció de golpe, pero volverá. En todos los lugares de la América del Sur, los europeos que iban en busca de oro conocieron esta tradición del hombre blanco y se aprovecharon de ella. Sus deseos de con­quista fueron auxiliados por el más grande y misterioso recuerdo.
    El explorador moderno descubre en el continente americano una civilización formidable y profunda. Cortés advierte, con estupor, que los aztecas son tan ci­vilizados como los españoles. Hoy sabemos que vivían de los restos de una cultura aún más elevada; la de los toltecas. Los toltecas construyeron los monumentos más gigantescos de América. Las pirámides del sol de Teotihuacán y de Cholula son dos veces más importan­tes que la tumba del rey Cheops. Pero los toltecas eran a su vez descendientes de una civilización más perfecta, la de los mayas, cuyos restos han sido descubiertos en las selvas de Honduras, de Guatemala, del Yucatán. Enterrada bajo una naturaleza exuberante, se revela una civilización muy anterior a la griega y superior a ésta. ¿Muerta, cuándo y cómo? Muerta dos veces, en todo caso, porque también aquí los misioneros se apre­suraron a destruir los manuscritos, a romper las esta­tuas y a hacer desaparecer los altares. Resumiendo las más recientes investigaciones sobre las civilizaciones desaparecidas, Raymond Cartier escribe:
    «En muchos terrenos, la ciencia de los mayas so­brepasaba a la de los griegos y los romanos. Poseedores de profundos conocimientos matemáticos y astronó­micos, llevaron a una perfección minuciosa la cronolo­gía y la ciencia del calendario. Construían observa­torios con cúpulas mejor orientadas que el de París en el siglo XVII, como el Caracol sobre tres terrazas de su capital de Chichén Itzá. Conocían el año sagrado de 260 días, el año solar de 365 días y el año venusino de 584 días. La duración exacta del año solar ha sido fijada en 365,2422 días. Los mayas lo habían fijado en 365,2420 días, o sea que, con error de diezmilésimas, habían llegado a la misma cifra que nosotros después de largos cálculos. Es posible que los egipcios alcanzaran la misma aproximación, pero, para admitirlo, hay que reconocer las discutidas concordancias de las Pirámides mientras que, de los mayas, poseemos el calendario.
    »El arte admirable de éstos presenta otras analogías con Egipto. En sus pinturas murales, en sus frescos, en las paredes de sus vasijas, vemos representados hom­bres de violento perfil semita dedicados a todas las actividades de la agricultura, de la pesca, de la construc­ción, de la política, de la religión. Sólo Egipto ha pin­tado de esta guisa con la misma verdad cruel, pero la alfarería maya hace pensar en los etruscos, sus bajorre­lieves, en la India, y las grandes escaleras rígidas de sus templos piramidales, en Angkor. Si no recibieron los modelos del exterior, es que su cerebro estaba consti­tuido de tal modo que pasó por las mismas formas de expresión artística de todos los grandes pueblos anti­guos de Europa y de Asia. ¿Nacería la civilización en una región geográfica determinada y se propagaría poco a poco como un incendio en un bosque? ¿O apa­recería espontánea y separadamente en las diversas re­giones del Globo? ¿Hubo un pueblo maestro y otros pueblos discípulos, o bien muchos pueblos autodidac­tas? ¿Hubo semillas aisladas, o un tronco único con brotes en todas partes?»
    No se sabe, y no poseemos ninguna explicación sa­tisfactoria de los orígenes de tales civilizaciones... ni de sus finalidades. Algunas leyendas bolivianas, recogidas por Madame Cynthia Fain1 y que parecen remontarse a más de cinco mil años, refieren que las civilizaciones de aquella época se derrumbaron después de un conflicto con una raza no humana y cuya sangre no era roja.
    La altiplanicie de Bolivia y del Perú evoca otro pla­neta. Aquello no es la Tierra, es Marte. La presión del oxígeno es allí la mitad de la del nivel del mar, y, sin embargo, se encuentran hombres hasta los tres mil qui­nientos metros de altura. Tienen dos litros de sangre más que nosotros, ocho millones de glóbulos rojos en vez de cinco, y su corazón late con mayor lentitud. El método de establecer la antigüedad por medio de radiocarbono revela la presencia humana hace unos nueve mil años. Algunas precisiones recientes nos inclinan a...
    1. Cynthia Fain, Solivie, Ed. Arthaud, París.
    ...pensar que allí vivían hombres hace 30.000 años. No se excluye la posibilidad de que seres humanos que sabían trabajar los metales, que tenían observatorios y poseían una ciencia, construyeran, 30.000 años atrás, ciudades gigantescas. ¿Guiados por quién?
    Algunas de las obras de irrigación efectuadas por los preincas serían a duras penas realizables con nues­tras perforadoras eléctricas. ¿Y por qué unos hombres que no utilizaban la rueda construyeron grandes carre­teras pavimentadas?
    El arqueólogo americano Hyatt Verrill consagró treinta años a la busca de las civilizaciones desapareci­das de la América Central y de la América del Sur. Se­gún él, los grandes trabajos de los antiguos no fueron realizados con útiles de tallar piedra, sino con una pas­ta radiactiva que roía el granito: una especie de grabado a escala de las grandes pirámides. Verrill pretendía ha­ber visto en manos de los últimos hechiceros esta pasta radiactiva, legada por civilizaciones todavía más anti­guas. En una novela muy. buena, The bridge of Light, describe una ciudad preinca a la que se llega por medio de «un puente de luz», un puente de materia ionizada, que aparece y desaparece a voluntad y permite fran­quear un desfiladero rocoso, de otro modo inaccesible. Hasta sus últimos días (murió a los ochenta años), Ve­rrill afirmó que su libro era mucho más que una leyen­da y su esposa, que le sobrevivió, sigue afirmándolo.
    ¿Qué significan las figuras de Nazca? Se trata de unas líneas geométricas inmensas trazadas en la llanura de Nazca, visibles solamente desde un avión o desde un globo, y que la exploración aeronáutica ha permitido descubrir recientemente. El profesor Masón, que, como Verrill, no es sospechoso de fantasía, se pierde en conjeturas. Hubiese sido necesario que las construccio­nes se guiasen desde un aparato flotando en el cielo. Masón rechaza esta hipótesis e imagina que las figuras fueron trazadas partiendo de un modelo reducido o de una cuadrícula. Dado el nivel de la técnica preinca ad­mitida por la arqueología clásica, esto resulta todavía más improbable. ¿Y cuál sería el significado de este tra­zado? ¿Religioso?
    Esto es lo que se dice siempre, como último recurso. La explicación por una religión desco­nocida es el método corriente. Se prefiere suponer toda suerte de desvarios del espíritu, antes que otros estados de conocimiento y de técnica. Es cuestión de categoría: las luces de hoy son las únicas luces. Las fotografías que tenemos de la llanura de Nazca hacen pensar irresisti­blemente en las señales de un campo de aterrizaje. Hi­jos del Sol, venidos del cielo... El profesor Masón se guarda muy bien de tomar en cuenta estas leyendas e inventa, en su totalidad, una especie de religión de la trigonometría, de la cual la historia de las creencias reli­giosas no nos da ningún otro ejemplo. Sin embargo, un poco más lejos, menciona la mitología preinca, según la cual las estrellas están habitadas y los dioses han des­cendido de la constelación de las Pléyades.
    Nosotros no negamos la posibilidad de visitas de los habitantes del espacio exterior, de civilizaciones atómicas desaparecidas sin casi dejar rastro, de etapas del conocimiento y de la técnica comparables a la etapa presente, de vestigios de ciencias englobadas en diver­sas formas de lo que llamamos esoterismo, y de realida­des operatorias dentro de lo que nosotros colocamos en el campo de las prácticas mágicas. No decimos que lo creemos todo, pero en el próximo capítulo demos­traremos que el campo de las ciencias humanas es pro­bablemente mucho más vasto de lo que se pretende. Sólo integrando todos los hechos, sin exclusión alguna, y aviniéndose a considerar todas las hipótesis derivadas de aquellos hechos sin el menor prejuicio, podrán un Darwin o un Copérnico de la antropología crear una ciencia completamente nueva, por poco que se establezca, además, una comunicación constante entre la observación objetiva del pasado y las sutilezas del co­nocimiento moderno en materia de parapsicología, de física, de química y de matemáticas.
    Tal vez compren­derán que la idea de una constante y lenta evolución de la inteligencia, de un prolongado avance del saber, no es una idea segura, sino un tabú que hemos erigido por creernos beneficiarios, hoy, de toda la historia humana. ¿Por qué las civilizaciones pasadas no pudieron cono­cer bruscos relámpagos, a la luz de los cuales les fuese revelada la casi totalidad del conocimiento? ¿Por qué lo que se produce a veces en la vida del hombre, la ilumi­nación, la intuición fulgurante, la explosión del genio, no pudo producirse muchas veces en la vida de la Hu­manidad? ¿No interpretamos erróneamente los pocos recuerdos de aquellos instantes, calificándolos de mito­logía, de leyendas, de magia? Si me muestran una foto­grafía no compuesta de un hombre flotando en el aire, no digo: es la representación del mito de ícaro, sino que digo: es una instantánea de un salto o de un plongeon. ¿Por qué no puede haber estados instantáneos en las ci­vilizaciones?
    Citaremos otros hechos, agruparemos otras ideas, formularemos otras hipótesis. Sin duda, en nuestro li­bro habrá muchas tonterías, repitámoslo. Pero poco importa, si este libro sirve para despertar algunas voca­ciones y para preparar, en cierta medida, caminos más amplios de investigación. No somos más que dos po­bres picapedreros: otros construirán la carretera.
    V
    La memoria es más vieja que nosotros... — Donde los autores encuentran pájaros metálicos. — Historia de un curiosísimo mapa del mundo. — Bombardeos atómi­cos y naves interplanetarias en los «textos sagrados». — Otra idea sobre las máquinas. — El culto del «car­go». — Otra división del esoterismo. —- Carácter sagra­do de la inteligencia. — Permítannos otra historieta.
    Desde hace diez años, la exploración del pasado se ve facilitada por los nuevos métodos fundados en la ra­diactividad y por los progresos de la cosmología. De ella se desprenden dos hechos extraordinarios.1
    1.° La Tierra sería contemporánea del Universo. Tendría, pues, unos 4.500 millones de años. Se habría formado al mismo tiempo o acaso antes que el Sol, por condensación de partículas en frío.
    2.° El hombre que conocemos, el Homo sapiens, existiría desde hace sólo 75.000 años. Este período bre­vísimo habría bastado para pasar del ser prehumano al hombre. Aquí nos permitimos formular dos preguntas:
    a) En el transcurso de estos 75.000 años, ¿conoció la Humanidad otras civilizaciones técnicas además de la nuestra? Los especialistas, a coro, responden que no. Pero no es evidente que sepan distinguir un instrumen­to de un objeto llamado de culto. En este terreno, la in­vestigación no ha comenzado siquiera. Sin embargo, existen problemas desconcertantes. La mayoría de los paleontólogos consideran los eolitos (piedras descu­biertas cerca de Orleáns en 1876) como objetos natura­les. Pero otros ven en ellos la mano del hombre. ¿De qué «hombre»? No del Homo sapiens. Se han encon­trado otros objetos en Ipswich, en Norfolk, que de­mostrarían la existencia de «hombres» terciarios en la Europa occidental.
    1. Doctor Bowen, La exploración del tiempo, Londres, 1958.
    b) Los experimentos de Washburn y de Dice de­muestran que la evolución del hombre pudo ser causa­da por modificaciones muy triviales. Por ejemplo, un ligero cambio en los huesos del cráneo.1 Una sola mu­tación, y no, como se creía, un conjunto complejo de
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