Podcast de Misterios

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By ermakysevillaHistory
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Podcast de Misterios episodes

  • Área 51 (Radio Vavel) - Especial caso Roswell, desclasificados FBI ,Dramatizacion dramatización.
    Programa especial de ÁREA 51. Los nuevos datos desclasificados por el FBI, podrían estar íntimamente relacionados con el mítico caso Roswell. El equipo de ÁREA 51, lleva a cabo una dramatización de los hechos que ocurrieron aquel mes de julio de 1947, cerca de Roswell, Nuevo México. Restos extraños, cuerpos, hombres de negro,etc. Ficción y realidad se entremezclan en esta dramatización del caso más famoso de la historia de la Ufología, con Jose Mª Castillo y Mar Conill.
    38 min
  • El Retorno de los Brujos.Louis Pawels y Jacques Bergier.Los 9mil Millones de Nombres de Dios.
    III
    LOS NUEVE MIL MILLONES DE NOMBRES DE DIOS
    por Arthur C. Clarke
    El doctor Wagner se contuvo haciendo un esfuer­zo. La cosa tenía mérito. Después dijo:
    —Su pedido es un poco desconcertante. Que yo sepa, es la primera vez que un monasterio tibetano encar­ga una máquina de calcular electrónica. No quisiera pa­recer curioso, pero estaba lejos de pensar que un estable­cimiento de esta naturaleza tuviese necesidad de aquella máquina. ¿Puedo preguntarle qué piensa hacer con ella? El lama se ajustó los faldones de su túnica de seda y dejó sobre la mesa la regla de cálculo con la que acaba­ba de hacer la conversión de libras en dólares.
    —Con mucho gusto. Su calculadora electrónica tipo cinco puede hacer, si su catálogo no miente, todas las operaciones matemáticas hasta diez decimales. Sin em­bargo, me interesan letras y no números. Tendría que pe­dirles que modificasen el circuito de salida, de modo que imprimiese letras en vez de columnas de cifras.
    —No acabo de comprender...
    —Desde la fundación de nuestro monasterio, hace más de tres siglos, nos hemos venido consagrando a cierta labor. Es un trabajo que acaso le parezca extraño, y por ello le pido que me escuche con espíritu abierto.
    —De acuerdo.
    —Es sencillo. Estamos redactando la lista de todos los nombres posibles de Dios.
    —¿Cómo?
    El lama prosiguió, imperturbable:
    —Tenemos excelentes razones para creer que to­dos estos nombres requieren, como máximo, nueve le­tras de nuestro alfabeto.
    —¿Y han estado haciendo esto durante tres siglos?
    —Sí. Y hemos calculado que necesitaríamos quince mil años para completar nuestra tarea.
    El doctor lanzó un silbido ahogado, como si estu­viera un poco aturdido.
    —O.K. Ahora comprendo por qué quiere usted al­quilar una de nuestras máquinas. Pero, ¿cuál es el obje­to de la operación?
    El lama vaciló una fracción de segundo, y Wagner temió haber molestado a aquel singular cliente que aca­baba de hacer el viaje de Lhassa a Nueva York con una regla de calcular y el catálogo de la Compañía de Cal­culadoras Electrónicas en el bolsillo de su túnica de co­lor azafrán.
    —Puede llamarlo ritual si así lo quiere —respondió el lama—, pero tiene una gran importancia en nuestra fe. Los nombres del Ser Supremo, Dios, Júpiter, Jehová, Alá, etc., no son más que rótulos escritos por los hombres. Consideraciones filosóficas demasiado com­plejas para que se las exponga ahora nos han dado la certidumbre de que, entre todas las permutaciones y combinaciones posibles de letras, se encuentran los verdaderos nombres de Dios. Pues bien, nuestro objeto consiste en encontrarlos y escribirlos todos.
    —Ya comprendo. Han empezado ustedes con A.A.A.A.A.A.A.A.A. y terminarán con Z.Z.Z.Z.Z.Z.
    z.z.z.
    —Con la diferencia de que utilizamos nuestro alfa­beto. Desde luego, supongo que les será fácil modificar la máquina de escribir electrónica adaptándola a nues­tro alfabeto. Pero hay otro problema más interesante, la disposición de circuitos especiales que eliminen las combinaciones inútiles. Por ejemplo, ninguna de las letras debe aparecer más de tres veces sucesivamente.
    —¿Tres? Querrá decir dos.
    —No. Tres. Pero la explicación detallada requeriría demasiado tiempo, aunque comprendiera usted nuestra lengua.
    Wagner dijo, precipitadamente:
    —Claro, claro. Prosiga.
    —Le será fácil adaptar su calculadora automática para lograr este punto. Convenientemente dispuesta, una máquina de este tipo puede permutar las letras unas tras otras e imprimir el resultado. De esta manera —concluyó el lama tranquilamente—, lograremos en cien días lo que nos habría costado quince mil años más.
    El doctor Wagner creyó perder el sentido de la rea­lidad. Las luces y los ruidos de Nueva York parecían esfumarse al llegar a las ventanas del building. Allá, a lo lejos, en su remoto asilo montañoso, los monjes tibetanos componían desde hacía trescientos años, genera­ción tras generación, su lista de nombres desprovistos de sentido... ¿Acaso la locura de los hombres no tenía un límite? Pero el doctor Wagner no debía manifestar sus pensamientos. El cliente tiene siempre razón... Respondió:
    —No cabe duda de que podemos modificar la má­quina tipo cinco de manera que imprima las listas como usted desea. Me preocupa más la instalación y el mane­jo. Además no será fácil transportarla al Tíbet.
    —Esto puede arreglarse. Las piezas sueltas son lo bastante pequeñas para que puedan transportarse en avión. Por esto hemos escogido la máquina de ustedes. Envíen las piezas a la India, y nosotros nos encargare­mos de lo demás.
    —¿Desean los servicios de dos de nuestros inge­nieros?
    —Sí, para montar la máquina y vigilarla los cien días.
    —Enviaré una nota a la dirección de personal —dijo Wagner, escribiendo en un bloc—. Pero aún hay dos cuestiones más que resolver...
    Antes de que pudiese terminar la frase, el lama ha­bía sacado del bolsillo una hojita de papel.
    —Aquí tiene el estado, certificado, de mi cuenta en el Banco Asiático.
    —Muchas gracias. Perfectamente... Pero, si me per­mite, hay otra cuestión, tan elemental que casi no me atrevo a mencionarla. A menudo ocurre que se olvidan las cosas más evidentes... ¿Disponen de energía eléctrica?
    —Tenemos un generador Diesel eléctrico de cin­cuenta kilovatios y ciento diez voltios. Fue instalado hace cinco años y funciona bien. Nos facilita la vida en el monasterio. Lo compramos principalmente para ha­cer girar los molinos de oración.
    —Ah, ya. Naturalmente. Hubiese debido pen­sarlo...
    La vista, desde el parapeto, producía vértigo. Pero uno se acostumbra a todo.
    Tres meses habían transcurrido, y a Georges Hanley no le impresionaban ya los seiscientos metros de caída vertical que separaban el monasterio de los cam­pos cuadriculados del llano. Apoyado en las piedras re­dondeadas por el viento, el ingeniero contemplaba con ojos cansinos las montañas lejanas cuyos nombres ig­noraba. «La operación nombre de Dios», según la ha­bía bautizado un humorista de la Compañía, era sin duda el trabajo más desconcertante en que jamás hu­biera participado.
    Semana tras semana, la máquina tipo cinco modifi­cada había llenado miles y miles de hojas con sus ins­cripciones absurdas. Paciente e inexorable, la máquina calculadora había agrupado las letras del alfabeto tibetano en todas las combinaciones posibles, agotando una serie tras otra. Los monjes recortaban ciertas pala­bras al salir de la máquina de escribir eléctrica y las pe­gaban devotamente en unos enormes registros. Dentro de una semana, su trabajo habría terminado.
    Hanley ignoraba qué cálculos oscuros los habían llevado a la conclusión de que no hacía falta estudiar conjuntos de diez, de veinte, de cien o mil letras, y no tenía ningún empeño en saberlo. En sus pesadillas so­ñaba algunas veces que el gran lama decidía brusca­mente complicar un poco más la operación y que había que proseguir el trabajo hasta el año 2060. El hombre parecía muy capaz de una cosa así.
    Crujió la pesada puerta de madera. Chuk se reunió con él en la terraza. Chuk estaba fumando un cigarro, como de costumbre. Se había hecho popular entre los la­mas repartiéndoles habanos. «Aquellos individuos po­dían estar completamente desquiciados —pensó Han­ley—, pero no tenían nada de puritanos.» Las frecuentes excursiones al pueblo no habían carecido de interés.
    —Escucha, Georges —dijo Chuk—, estoy preocu­pado.
    —¿Se ha estropeado la máquina?
    —No.
    Chuk se sentó en el parapeto. Fue algo sorprenden­te, pues, de ordinario, temía el vértigo.
    —Acabo de descubrir el objeto de la operación.
    —¡Pero si ya lo sabíamos!
    —Sabíamos lo que querían hacer los monjes, pero ignorábamos el porqué.
    —¡Bah! Están chalados...
    —Escucha, Georges, el anciano acaba de explicár­melo. Piensan que cuando se hayan escrito todos estos nombres (que, según ellos, son unos nueve mil millo­nes), se habrá alcanzado el divino designio. La raza humana habrá cumplido la misión para la que fue creada.
    —Y después, ¿qué? ¿Esperan, acaso, que nos suici­demos?
    —Sería inútil. Cuando la lista esté terminada, inter­vendrá Dios, y todo habrá acabado.
    —¿Se acabará el mundo?
    Chuk lanzó una risita nerviosa.
    —Esto es lo mismo que le he dicho al anciano. En­tonces él me ha mirado de un modo extraño, como el maestro a un discípulo particularmente lerdo, y me ha dicho: «¡Oh, no será una cosa tan insignificante!»
    Georges reflexionó un momento.
    —Es un tipo que, por lo visto, tiene grandes ideas —dijo—, pero no veo que cambie nada la situación. Ya habíamos convenido en que están locos.
    —Sí. Pero, ¿no te das cuenta de lo que puede ocu­rrir? Si, terminadas las listas, no suenan las trompetas del ángel Gabriel, en su versión tibetana, pueden pen­sar que es por culpa nuestra. A fin de cuentas, utilizan nuestra máquina. No me gusta esto...
    —Comprendo... —dijo Georges, muy despacio—, pero ya he visto otros casos parecidos. Cuando yo era pequeñín, hubo en Luisiana un predicador que anunció el fin del mundo para el domingo siguiente. Centenares de personas lo creyeron. Incluso algunas se vendieron sus casas. Pero nadie se encolerizó cuando pasó el do­mingo. La mayoría pensó que había sido sólo un pe­queño error de cálculo, y muchos de ellos siguen cre­yendo igual.
    —Para el caso de que no lo hayas notado, debo ad­vertirte que no estamos en Luisiana. Estamos solos, los dos, entre centenares de monjes. Son muy simpáticos, pero preferiría hallarme lejos cuando el viejo lama se dé cuenta del fracaso de la operación.
    —Hay una solución: un pequeño sabotaje inofensi­vo. El avión llega dentro de una semana, y la máquina acabará su trabajo en cuatro días, a razón de veinticuatro horas por día. Sólo tenemos que hacer una repara­ción que dure tres o cuatro días. Si calculamos bien el tiempo, podemos hallarnos en el aeropuerto cuando salga de la máquina la última palabra.
    Siete días más tarde, cuando sus caballitos monta­ñeros descendían la carretera en espiral, Hanley dijo:
    —Siento un poco de remordimiento. No huyo por­que tenga miedo, sino porque me dan pena. No quisiera ver la cara que pondrá esta buena gente cuando se deten­ga la máquina.
    —Si no me equivoco —dijo Chuk—, han adivina­do perfectamente que huíamos, y les ha tenido sin cui­dado. Ahora saben que la máquina es absolutamente automática y que huelga toda vigilancia. Y también creen que no habrá un después.
    Georges se volvió en la silla y se quedó dormido. La mole del monasterio recortaba su parda silueta so­bre el sol poniente. Unas lucecitas brillaban de vez en cuando bajo la masa sombría de las murallas, como los tragaluces de un navio en ruta. Eran lámparas eléctricas suspendidas en el circuito de la máquina número cinco.
    «¿Qué sucedería con la calculadora eléctrica? —se preguntó Georges—. ¿ La destruirían los monjes, a im­pulsos del furor y el desengaño? ¿O volverían a comen­zar de nuevo?»
    Como si todavía estuviesen allí, veía todo lo que pasaba en aquel momento en la montaña, detrás de las murallas. El gran lama y sus auxiliares examinaban las hojas, mientras los novicios recortaban nombres ex­travagantes y los pegaban en el enorme cuaderno. Y todo esto se realizaba en medio de un religioso silencio. No se oía más que el tableteo de la máquina, golpeando el papel como una lluvia mansa. La propia máquina cal­culadora, que combinaba millares de letras por segun­do, era absolutamente silenciosa...
    La voz de Chuk interrumpió sus sueños.
    —¡Míralo! ¡He ahí una visión agradable! Semejante a una minúscula cruz de plata, el viejo avión de transporte D.C. 3 acababa de posarse allá aba­jo, en el pequeño aeródromo improvisado. Esta visión daba ganas de beber un buen trago de whisky helado. Chuk empezó a cantar, pero se interrumpió de pronto. Las montañas parecían restarle ánimos.
    Georges consultó su reloj.
    —Estaremos en el llano dentro de una hora —dijo. Y añadió—: ¿Crees que habrá terminado el cálculo?
    Chuk no respondió, y Georges levantó la cabeza. Vio que el rostro de Chuk estaba muy pálido, vuelto hacia el cielo.
    —Mira —murmuró Chuk.
    Georges, a su vez, levantó los ojos.
    Por última vez, encima de ellos, en la paz de las al­turas, las estrellas se apagaban una a una...
    IV
    Donde los autores, que no son demasiado crédulos ni excesivamente incrédulos, se interrogan sobre la Gran Pirámide. — ¿ Y si había otras técnicas? — El ejemplo hitleriano. — El imperio de Almanzor. — Muchos fines del mundo. — La imposible isla de Pascua. — La leyen­da del Hombre Blanco. — Las civilizaciones de Améri­ca. — El misterio maya. — Del «puente de la luz» a, la extraña planicie de Nazca. — Donde los autores no son más que unos pobres picapedreros.
    Desde Aristarco de Samos hasta los astrónomos del 1900, la Humanidad ha empleado veintidós siglos en calcular la distancia de la Tierra al Sol: 149.400.000 kilómetros. Habría bastado con multiplicar por mil mi­llones la altura de la pirámide de Cheops, construida 2.900 años antes de Jesucristo.
    Sabemos ahora que los faraones consignaron en las pirámides los resultados de una ciencia de la que igno­ramos el origen y los métodos. Se encuentra en ellas el número tt; el cálculo exacto de la duración del año so­lar, del radio y del peso de la Tierra; la ley del movi­miento retrógrado de los puntos equinocciales; el valor del grado de longitud; la dirección real del Norte, y acaso muchos otros datos todavía no descifrados. ¿De dónde procedían estos informes?, ¿cómo fueron logra­dos? ¿O fueron transmitidos? Y, en este caso, ¿por quién?
    Según el abate Moreux, Dios dio conocimientos a los hombres antiguos. Henos en plena puerilidad. «Es­cucha, oh hijo mío, el número 3,1416 te permitirá calcu­lar la superficie de una circunferencia.» Según Piazzi Smyth, Dios dictó aquellos datos a los egipcios, dema­siado impíos y demasiado ignorantes para comprender lo que grababan en la piedra. ¿Y cómo Dios, que todo lo sabe, podía engañarse hasta tal punto en las cualida­des de sus alumnos? Para los egiptólogos positivistas, las mediciones que aparecen en Gizeh son falsificacio­nes de los investigadores, llevados de su afición a lo maravilloso: ninguna ciencia está allí grabada. Pero la discusión persiste alrededor de los decimales, y nada ha desvirtuado el hecho de que las pirámides revelan una técnica que es para nosotros totalmente incomprensi­ble. Gizeh es una montaña artificial de 6.500.000 tone­ladas. Bloques de doce toneladas se ajustan entre sí con exactitud milimétrica.
    Generalmente se admite la idea más vulgar: el faraón debió de disponer de una mano de obra colosal. Pero falta explicar cómo resolvió el pro­blema de la aglomeración de tan enormes multitudes. Y la razón de una empresa tan loca. Y la manera en que los bloques fueron extraídos de las canteras. El egiptó­logo no admite más técnica que la introducción de cu­ñas de madera mojadas en las grietas de las rocas. Los constructores no dispondrían más que de martillos de piedra y sierras de cobre, que es un metal blando. Y, lo que aumenta aún más el misterio, ¿cómo fueron izadas y unidas las piedras talladas de diez mil kilos y más?; en el siglo XIX, nos costó un ímprobo trabajo transportar dos obeliscos de los que los faraones trasladaban por docenas. ¿Y cómo se iluminaban los egipcios en el inte­rior de las pirámides? Hasta 1890 conocemos sólo lám­paras que humean y ennegrecen el techo. Sin embargo, en los muros de las pirámides no se advierte la menor huella de humo. ¿Captarían la luz solar y la harían pe­netrar mediante un sistema óptico? No se ha descu­bierto el menor resto de lente.
    No se ha encontrado ningún instrumento de cálcu­lo científico, ningún vestigio de una tecnología desa­rrollada. Parece que hay que admitir la tesis místico-primaria: Dios dicta informes astronómicos a unos albañiles obtusos, pero aplicados, y, además, les echa una mano. ¿Acaso no hay informes escritos en las pirá­mides? Los positivistas, poco avisados en cuestión de matemáticas, declaran que se trata de coincidencias. Pero, cuando las coincidencias son tan exageradas, ha­bría dicho Fort, ¿cómo hay que llamarlas? En otro caso, hay que admitir que unos arquitectos y decorado­res surrealistas, para satisfacer la megalomanía de su rey y guiados en sus medidas por el azar de su inspira­ción, hicieron extraer, transportar, decorar, elevar y ajustar con milimétrica exactitud, los 2.600.000 bloques de la gran pirámide, por menestrales que trabajaban con pedazos de madera y sierras de cortar cartón, pi­sándose unos a otros los talones.
    Estas cosas ocurrieron hace cinco mil años, y poco sabemos de ellas. Pero sí sabemos que las investigaciones han sido realizadas por hombres que opinan que la civilización moderna es la única civilización técnica po­sible. Partiendo de este criterio, no tienen más remedio que imaginar, o la ayuda de Dios, o un colosal y cho­cante trabajo de hormigas. Sin embargo, es posible que un pensamiento totalmente distinto del nuestro pudie­ra concebir técnicas tan perfeccionadas como las nues­tras, aunque también diferentes: instrumentos de medi­ción y métodos de manipulación de la materia sin ninguna relación con lo que nosotros conocemos, y que no habrían dejado ningún rastro visible a nuestros ojos. Es posible que una ciencia y una tecnología pode­rosas aportaran soluciones distintas a las nuestras a los problemas planteados y desaparecieran totalmente con el mundo de los faraones. Resulta difícil de creer que una civilización pueda morir, borrarse. Resulta más difícil todavía creer que haya podido diferenciarse de la nuestra hasta el punto de que nos cueste reconocerla como tal civilización. ¡Y, sin embargo...!
    Cuando terminó la última guerra mundial, el 8 de mayo de 1945, las misiones de investigación comenza­ron inmediatamente a recorrer la Alemania vencida. Los informes de aquellas misiones fueron publicados. Sólo el catálogo cuenta trescientas páginas. En doce años, la evolución técnica del Reich había tomado rum­bos singularmente divergentes. Si los alemanes estaban atrasados en el campo de la bomba atómica, en cambio habían logrado cohetes gigantes sin parangón en Amé­rica ni en Rusia. Si ignoraban el radar, habían construi­do detectores de rayos infrarrojos no menos eficaces. Si no inventaron las siliconas, habían desarrollado una química orgánica completamente nueva.1 Al lado de es­tas diferencias radicales en materia técnica, había dife­rencias filosóficas aún más asombrosas... Habían rechazado la relatividad y olvidado, en parte, la teoría de los quanta. Su cosmogonía habría puesto los pelos de punta a los astrofísicos aliados: era la tesis del hielo eterno, según la cual planetas y estrellas eran bloques de hielo que flotaban en el espacio.1 Si en doce años pu­dieron abrirse tales abismos en nuestro mundo moder­no, a despecho de los intercambios y de las comunica­ciones, ¿qué pensar de las civilizaciones que pudieron desarrollarse en el pasado? ¿Hasta qué punto están ca­lificados nuestros arqueólogos para juzgar sobre el es­tado de las ciencias, de la técnica, de la filosofía, del co­nocimiento, entre los mayas o entre los khmers?
    1. No caeremos en la trampa de las leyendas: Lemuria o Atlántida. Platón, en el Critias, al cantar las maravi­llas de la ciudad desaparecida; Hornero, antes que él, en la Odisea, al evocar la fabulosa Scheria, describen tal vez Tartesos, la Tarshih bíblica de Joñas y término de su viaje. En la desembocadura del Guadalquivir, Tarte­sos es la más rica ciudad minera y representa la quin­taesencia de una civilización. Florece desde un número ignorado de siglos y es depositaria de una sabiduría y de secretos. Hacia el año 500 antes de Jesucristo se des­vanece completamente, no sabemos cómo ni por qué.2 Es posible que Numinor, misterioso centro celta del si­glo v a.C., no sea una leyenda,3 pero nada sabemos de ella. Las civilizaciones cuya existencia pasada nos cons­ta, y que murieron, resultan tan extrañas como Lemu­ria. La civilización árabe de Córdoba y Granada in­venta la ciencia moderna, descubre la investigación experimental y sus aplicaciones prácticas, estudia la química e incluso la propulsión a reacción. Ciertos maVéase la segunda parte de esta obra.
    2. Sprague de Camps y Willy Ley, De l'Atlantide a l'Eldorado, Pión, edit., París.
    3. Trabajos del profesor Tolkien, de la Universidad de Oxford.
    Manuscritos árabes del siglo XII contienen esquemas de co­hetes de bombardeo. Si el imperio de Almanzor hubie­se estado tan adelantado en biología como en las de­más técnicas, si la peste no se hubiese aliado con los españoles para destruirlo, acaso la revolución industrial se habría producido en los siglos xv y xvi en Andalucía, y el siglo xx constituiría una era de aventureros inter­planetarios árabes, lanzados a la colonización de la Lu­na, de Marte y de Venus.
    El imperio de Hitler, como el de Almanzor, se de­rrumba entre sangre y fuego. Una bella mañana de ju­nio de 1940, el cielo de París se oscurece, el aire se carga de vapores de gasolina, y, bajo la nube inmensa que en­negrece los rostros descompuestos por el estupor, el es­panto y la vergüenza, una civilización vacila y millares de seres huyen a la desbandada por las ametralladas ca­rreteras. Quien haya vivido esto y haya conocido tam­bién el ocaso de los dioses del III Reich, puede imagi­narse el fin de Córdoba y Granada, y otros mil fines del mundo en el transcurso de los milenios. Fin del mundo para los incas, fin del mundo para los toltecas, fin del mundo para los mayas. Esto es toda la historia de la Humanidad: un fin sin fin...
    La isla de Pascua, a tres mil kilómetros de las costas de Chile, es grande como Jersey. Cuando, en 1722, desem­barcó en ella el primer navegante europeo, un holan­dés, la creyó habitada por gigantes. En esta pequeña tierra volcánica de Polinesia, se levantan quinientas noventa y tres estatuas enormes. ¿Cuándo fueron erigi­das? ¿Cómo? ¿Por qué? Gracias al estudio de estos misteriosos documentos, se cree que se puede distin­guir tres niveles de civilización, la más perfecta de las cuales sería la más antigua. Como en Egipto, los enor­mes bloques de toba, de basalto y de lava, aparecen ajustados con prodigiosa habilidad. Pero la isla tiene un relieve accidentado y sus escasos y mezquinos árboles no podían servir de rodillos: ¿cómo fueron transporta­das las piedras? ¿Acaso puede invocarse una mano de obra colosal? En el siglo XIX, los habitantes de la isla de Pascua no pasaban de doscientos: tres veces menos numerosos que sus estatuas. Jamás pudieron ser más de tres o cuatro mil en esta isla de suelo fértil y desprovis­ta de animales. ¿Entonces?
    Como en África, como en América del Sur, los pri­meros misioneros que desembarcaron en Pascua, cui­daron de hacer desaparecer todos los rastros de la civi­lización muerta. Al pie de las estatuas había tablillas de madera cubiertas de jeroglíficos: fueron quemadas o enviadas a la biblioteca del Vaticano, donde se encie­rran no pocos secretos. ¿Se trataba de descubrir los ves­tigios de antiguas supersticiones, o de borrar el testi­monio de otro saber? ¿El recuerdo del paso de otros seres por la Tierra? ¿De visitantes venidos de otro mundo?
    Los primeros europeos que exploraron la isla de Pascua descubrieron, entre los moradores, unos hom­bres blancos y barbudos. ¿De dónde procedían? ¿Eran descendientes de alguna raza varias veces milenaria, de­generada, y hoy completamente extinguida? Retazos de leyenda hablaban de una raza de señores, de maes­tros, surgida del fondo de los tiempos, caída del cielo.
    Nuestro amigo el explorador y filósofo peruano Daniel Ruzo, parte en 1952 a estudiar la altiplanicie de­sértica de Marcahuasi, a 3.800 metros de altura, al oeste de la cordillera de los Andes.1 Esta planicie sin vida, que sólo puede alcanzarse a lomos de mulo, mide tres kilómetros cuadrados. Ruzo descubre en ella animales...
    1. Daniel Ruzo, «La cultura masma.» Revista de la Sacíete d'Etnographie de París, 1956 y 1959.
    ...y rostros humanos tallados en la roca y visibles única­mente durante el solsticio de verano, gracias al juego de luces y de sombras. Encuentra estatuas de animales de la Era secundaria, como el estegosaurio; leones, tor­tugas y camellos, desconocidos en la América del Sur. Una colina esculpida representa una cabeza de anciano. El negativo de la fotografía revela un joven radiante. ¿Qué rito de iniciación lo haría visible? No se ha podi­do aún medir la antigüedad por medio del carbono 14: en Marcahuasi no hay ningún vestigio orgánico. Los indicios geológicos nos remontan hasta la noche de los tiempos. Daniel Ruzo cree que esta altiplanicie es la cuna de la civilización masma, tal vez la más antigua del mundo.
    En otra altiplanicie fabulosa, Tiahuanaco, a 4.000 me­tros, volvemos a encontrar el recuerdo del hombre blanco. Cuando los incas conquistaron esta región del lago Titicaca, Tiahuanaco era ya el campo de ruinas gi­gantescas, inexplicables, que nosotros conocemos. Cuando llega allí Pizarro, en 1532, los indios dan a los conquistadores el nombre de Viracochas: señores blan­cos. Su tradición, más o menos perdida ya, habla de una raza de señores desaparecida, de hombres gigantescos y blancos, venidos de lejos, surgidos de los espacios, de una raza de Hijos del Sol. Reinaba y enseñaba allí, hace milenios. Desapareció de golpe, pero volverá. En todos los lugares de la América del Sur, los europeos que iban en busca de oro conocieron esta tradición del hombre blanco y se aprovecharon de ella. Sus deseos de con­quista fueron auxiliados por el más grande y misterioso recuerdo.
    El explorador moderno descubre en el continente americano una civilización formidable y profunda. Cortés advierte, con estupor, que los aztecas son tan ci­vilizados como los españoles. Hoy sabemos que vivían de los restos de una cultura aún más elevada; la de los toltecas. Los toltecas construyeron los monumentos más gigantescos de América. Las pirámides del sol de Teotihuacán y de Cholula son dos veces más importan­tes que la tumba del rey Cheops. Pero los toltecas eran a su vez descendientes de una civilización más perfecta, la de los mayas, cuyos restos han sido descubiertos en las selvas de Honduras, de Guatemala, del Yucatán. Enterrada bajo una naturaleza exuberante, se revela una civilización muy anterior a la griega y superior a ésta. ¿Muerta, cuándo y cómo? Muerta dos veces, en todo caso, porque también aquí los misioneros se apre­suraron a destruir los manuscritos, a romper las esta­tuas y a hacer desaparecer los altares. Resumiendo las más recientes investigaciones sobre las civilizaciones desaparecidas, Raymond Cartier escribe:
    «En muchos terrenos, la ciencia de los mayas so­brepasaba a la de los griegos y los romanos. Poseedores de profundos conocimientos matemáticos y astronó­micos, llevaron a una perfección minuciosa la cronolo­gía y la ciencia del calendario. Construían observa­torios con cúpulas mejor orientadas que el de París en el siglo XVII, como el Caracol sobre tres terrazas de su capital de Chichén Itzá. Conocían el año sagrado de 260 días, el año solar de 365 días y el año venusino de 584 días. La duración exacta del año solar ha sido fijada en 365,2422 días. Los mayas lo habían fijado en 365,2420 días, o sea que, con error de diezmilésimas, habían llegado a la misma cifra que nosotros después de largos cálculos. Es posible que los egipcios alcanzaran la misma aproximación, pero, para admitirlo, hay que reconocer las discutidas concordancias de las Pirámides mientras que, de los mayas, poseemos el calendario.
    »El arte admirable de éstos presenta otras analogías con Egipto. En sus pinturas murales, en sus frescos, en las paredes de sus vasijas, vemos representados hom­bres de violento perfil semita dedicados a todas las actividades de la agricultura, de la pesca, de la construc­ción, de la política, de la religión. Sólo Egipto ha pin­tado de esta guisa con la misma verdad cruel, pero la alfarería maya hace pensar en los etruscos, sus bajorre­lieves, en la India, y las grandes escaleras rígidas de sus templos piramidales, en Angkor. Si no recibieron los modelos del exterior, es que su cerebro estaba consti­tuido de tal modo que pasó por las mismas formas de expresión artística de todos los grandes pueblos anti­guos de Europa y de Asia. ¿Nacería la civilización en una región geográfica determinada y se propagaría poco a poco como un incendio en un bosque? ¿O apa­recería espontánea y separadamente en las diversas re­giones del Globo? ¿Hubo un pueblo maestro y otros pueblos discípulos, o bien muchos pueblos autodidac­tas? ¿Hubo semillas aisladas, o un tronco único con brotes en todas partes?»
    No se sabe, y no poseemos ninguna explicación sa­tisfactoria de los orígenes de tales civilizaciones... ni de sus finalidades. Algunas leyendas bolivianas, recogidas por Madame Cynthia Fain1 y que parecen remontarse a más de cinco mil años, refieren que las civilizaciones de aquella época se derrumbaron después de un conflicto con una raza no humana y cuya sangre no era roja.
    La altiplanicie de Bolivia y del Perú evoca otro pla­neta. Aquello no es la Tierra, es Marte. La presión del oxígeno es allí la mitad de la del nivel del mar, y, sin embargo, se encuentran hombres hasta los tres mil qui­nientos metros de altura. Tienen dos litros de sangre más que nosotros, ocho millones de glóbulos rojos en vez de cinco, y su corazón late con mayor lentitud. El método de establecer la antigüedad por medio de radiocarbono revela la presencia humana hace unos nueve mil años. Algunas precisiones recientes nos inclinan a...
    1. Cynthia Fain, Solivie, Ed. Arthaud, París.
    ...pensar que allí vivían hombres hace 30.000 años. No se excluye la posibilidad de que seres humanos que sabían trabajar los metales, que tenían observatorios y poseían una ciencia, construyeran, 30.000 años atrás, ciudades gigantescas. ¿Guiados por quién?
    Algunas de las obras de irrigación efectuadas por los preincas serían a duras penas realizables con nues­tras perforadoras eléctricas. ¿Y por qué unos hombres que no utilizaban la rueda construyeron grandes carre­teras pavimentadas?
    El arqueólogo americano Hyatt Verrill consagró treinta años a la busca de las civilizaciones desapareci­das de la América Central y de la América del Sur. Se­gún él, los grandes trabajos de los antiguos no fueron realizados con útiles de tallar piedra, sino con una pas­ta radiactiva que roía el granito: una especie de grabado a escala de las grandes pirámides. Verrill pretendía ha­ber visto en manos de los últimos hechiceros esta pasta radiactiva, legada por civilizaciones todavía más anti­guas. En una novela muy. buena, The bridge of Light, describe una ciudad preinca a la que se llega por medio de «un puente de luz», un puente de materia ionizada, que aparece y desaparece a voluntad y permite fran­quear un desfiladero rocoso, de otro modo inaccesible. Hasta sus últimos días (murió a los ochenta años), Ve­rrill afirmó que su libro era mucho más que una leyen­da y su esposa, que le sobrevivió, sigue afirmándolo.
    ¿Qué significan las figuras de Nazca? Se trata de unas líneas geométricas inmensas trazadas en la llanura de Nazca, visibles solamente desde un avión o desde un globo, y que la exploración aeronáutica ha permitido descubrir recientemente. El profesor Masón, que, como Verrill, no es sospechoso de fantasía, se pierde en conjeturas. Hubiese sido necesario que las construccio­nes se guiasen desde un aparato flotando en el cielo. Masón rechaza esta hipótesis e imagina que las figuras fueron trazadas partiendo de un modelo reducido o de una cuadrícula. Dado el nivel de la técnica preinca ad­mitida por la arqueología clásica, esto resulta todavía más improbable. ¿Y cuál sería el significado de este tra­zado? ¿Religioso?
    Esto es lo que se dice siempre, como último recurso. La explicación por una religión desco­nocida es el método corriente. Se prefiere suponer toda suerte de desvarios del espíritu, antes que otros estados de conocimiento y de técnica. Es cuestión de categoría: las luces de hoy son las únicas luces. Las fotografías que tenemos de la llanura de Nazca hacen pensar irresisti­blemente en las señales de un campo de aterrizaje. Hi­jos del Sol, venidos del cielo... El profesor Masón se guarda muy bien de tomar en cuenta estas leyendas e inventa, en su totalidad, una especie de religión de la trigonometría, de la cual la historia de las creencias reli­giosas no nos da ningún otro ejemplo. Sin embargo, un poco más lejos, menciona la mitología preinca, según la cual las estrellas están habitadas y los dioses han des­cendido de la constelación de las Pléyades.
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  • La imagen del cadáver de Bin Laden es falsa.
    La imagen del cadáver de Bin Laden es falsa
    La fotografía ya había sido utilizada con anterioridad y se trata de un montaje
    Monatje de las fotos.
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    La foto del supuesto cadáver de Osama Bin Laden que ha circulado esta mañana por diferentes medios de comunicación españoles y del mundo es falsa. La imagen ya ha sido utilizada en ocasiones anteriores y se trata de un montaje hecho a partir de otra fotografía.
    En varias páginas web (como ésta) http://windowintopalestine.blogspot.com/2010/11/years-of-deceit-us-openly-accepts-bin.html se puede comprobar que ya había sido utilizada con anterioridad. Además, en YouTube, la misma captura aparece en un vídeo -ahora retirado- de hace dos semanas.
    Entre otros medios, Público.es también publicó durante unos instantes la fotografía, enviada por la agencia Associated Press.
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  • En busca del simbolo perdido ( Cap 1 de esta nueva serie ,que revisa a fondo la obra de Dan Brown)
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    En el corazón de El símbolo perdido se encuentra una trama ya familiar en Dan Brown: la secuela directa de su best seller mundial El código Da Vinci, protagonizada por un personaje que persigue lo que él cree que es conocimiento oculto. Para desentrañar esta historia sobre una posible agenda oculta en la mismísima fundación de los Estados Unidos el documental se sirve de recreaciones del pasado y el presente. Asimismo, identificamos y examinamos in situ las localizaciones y escenarios contemporáneos descritos en el libro, los cuales el propio Dan Brown visitó y utilizó para documentarse y escribir su novela.
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