Podcast de Misterios

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By ermakysevillaHistory
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Podcast de Misterios episodes

  • Mundos secretos: 1- Angkor Wat
    En otros tiempos, una civilización milenaria prosperó en las junglas de lo que hoy es Camboya. Su mayor logro fue un gigantesco templo conocido como Angkor Wat. Sin ayuda de los conocimientos y equipos modernos, sus creadores construyeron un monumento que se convirtió en la estructura más alta de Asia hasta el siglo XX. En este primer episodio, nuestro anfitrión, el arqueólogo Michael Arbuthnot, explora este increíble monumento y descubre cómo vivía el pueblo del Imperio Jemer, además de tratar de averiguar por qué desapareció esta civilización engullida por la selva. Michael cuenta con la colaboración de algunos de los arqueólogos más importantes del mundo y con equipos tecnológicos de vanguardia para desvelar los misterios de esta ciudad perdida. También se las ingenia para divertirse en el proceso descubriendo la Camboya moderna, así como a su fantástico pueblo. Michael planea sobre los campos de arroz de Camboya en un ultraligero y experimenta cómo se vive en el poblado flotante más famoso del mundo: Tonle Sap. Y lo que es más importante, nos revela por qué los jemeres desaparecieron de Angkor Wat.
    48 min
  • Secretos de estado: 1- De Truman a Kennedy 1º
    Tras la II Guerra Mundial, Estados Unidos se vio obligado a asumir responsabilidades internacionales que anteriormente había rechazado. Nacía así la visión norteamericana de lo que se conoció como orden mundial.
    En las tres partes que conforman este programa, seguiremos la génesis y evolución de aquel nuevo proceso de toma de decisiones, único, en cuanto a su poder y alcance. Mostramos cómo ejerció Estados Unidos su nuevo liderazgo mundial durante la segunda mitad del siglo XX, y examinamos su gestión diplomática de la crisis posbélica más grave de la historia.
    En EE UU hay dos estados: uno visible, cada una de cuyas acciones o movimientos cubre la prensa al detalle; y el otro, invisible y secreto: un poder en la sombra que lleva a cabo su propio curso de acción y que ha dirigido la política exterior del país durante el último medio siglo. Abordamos media centuria de poder del NSC: el Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos, en concreto, el destacado papel desempeñado en este tiempo por los secretarios de Estado de aquel país.
    Cada entrevistado comentará en primer lugar cómo gestionó su crisis durante su mandato y, a continuación, cómo valoran la forma en la que se enfrentaron sus antecesores y sucesores en el cargo a sus respectivas crisis, lo cual traerá a colación anécdotas sorprendentes.
    1 hr 45 min
  • La perspectiva del Partenón, psicolingüística e historia del teléfono móvil(completo)
    a perspectiva del Partenón, psicolingüística e historia del teléfono móvil
    Categoría:RADIO - RADIO EUSKADI - LA MECÁNICA DEL CARACOL Duración: 51:34
    Guillermo Roa, divulgador de la revista Elhuyar, explica cómo se diseñó el Partenón de Atenas para que la perspectiva no afeara sus contornos. Tras complicados cálculos matemáticos diseñaron una por una cada pieza del templo, en el que nos hay ni una sola columna recta. La investigadora de Gaiker IK 4, Ana Urkiaga, explica cómo se produce la depuración y reutilización de agua en las ciudades. Kepa Paz Alonso, del centro BCBL, repasa el congreso de psicolingüística celebrado en Donostia y Koldo Unanue, de Euskaltel, detalla la historia del teléfono móvil.
    52 min
  • La Brujeria a los dos lados de los pirineos, La diosa Mari Mitologia Vasca,Jaral el Rey Vikingo.
    La Brujeria a los dos lados de los pirineos, La diosa Mari en Izarraitz,Jaral el Rey Vikingo.
    - Nos acercamos a la mitología en el macizo de Izarraitz. Dos historiadores de Azkoitia, Juan Bautista Mendizábal y Gurutz Garmendia, siguen los rastros de personajes mitológicos vasos, especialmente la diosa Mari.Hablamos sobre las brujas en el Pirineo vasco en el siglo XVII.el montaje por el cual los inquisidores se llevaron por delante a cientos de mujeres que no hacian otra cosa que lo que hoy llamariamos naturistas o herboristas.Tambien nos hablan de la mitologia del vikingo mas famoso de su tiempo que llego a ser rey Noruego.Jaral el Rey Vikingo de la mano de Antonio Cabanillas en La casa de la palabra de radio Euskadi.
    49 min
  • Inventos de la investigación espacial, internet y propiedades del aloe vera.La Mecanica del Caracol.
    extraido de Radio Euskadi.
    Félix Ares, asesor científico de Kutxaespacio de la Ciencia, explica algunos de los miles de ejemplos de materiales, tecnología y objetos derivados de la investigación espacial. Repasamos la historia de Internet, que nació en el ámbito militar antes de extenderse por todo el mundo; y Lourdes Prat nos habla de las propiedades médicas, estéticas y dietéticas del aloe vera.
    52 min
  • Radioteatro.Vampiros en Mortis.
    El hombre y la mujer, dejaban caer el pesado aldabón sobre la pesada puerta" Otro escalofriante radio teatro del grupo Megahertz, aportado por Carlos Germán Baudio. Versión radiofónica del relato de terror de Juan Marino. Terroríficamente impactante, ¡¡Que lo disfrutéis!!! (o lo sufráis)
    27 min
  • El Retorno de los Brujos.Louis Pawels y Jacques Bergier.Conspiracion Ala Luz del Dia.IV
    IV
    El Saber y el Poder se ocultan. — Visión de la guerra re­volucionaria. — La técnica resucita los conceptos medievales. — Retorno a la edad de los Adeptos. — Un novelista tuvo buen ojo: hay «Centrales de Energía». — De la monarquía a la criptocracia. — La sociedad se­creta, futura forma de gobierno. — La propia inteligen­cia es una sociedad secreta. — Llaman a la puerta.
    En un artículo muy extraño, pero que, al parecer, reflejaba la opinión de muchos intelectuales franceses, Jean Paul Sartre negaba pura y simplemente a la bom­ba «H» el derecho a la existencia. La existencia, en la teo­ría de este filósofo, precede a la esencia. Pero se le pre­senta un fenómeno cuya esencia no le interesa, y niega su existencia. ¡Singular contradicción! «La bomba "H" —escribía Jean Paul Sartre— está contra la Historia.» ¿Cómo puede estar «contra la Historia» un hecho de civilización? ¿Qué es la Historia? Para Sartre, es el mo­vimiento que debe necesariamente conducir a las masas al poder. ¿Qué es la bomba «H»? Una reserva de poder manejable por algunos hombres. Una sociedad muy
    restringida de sabios, de técnicos, de políticos, puede decidir la suerte de la Humanidad. Para que la Historia tenga el sentido que le hemos asignado, suprimamos la bomba «H». Igual veíamos el progresismo social exi­giendo la detención del progreso. Una sociología naci­da en el siglo XIX reclamaba el retorno a su época de ori­gen. Entiéndase bien: nosotros no tratamos de aprobar la fabricación de armas de destrucción, ni de ir contra la sed de justicia que anima lo que hay de más puro en las sociedades humanas. Se trata de examinar las cosas des­de un punto de vista diferente.
    1.° Es cierto que las armas absolutas hacen pesar sobre la Humanidad una amenaza espantosa. Pero mientras estén en pocas manos, no serán utilizadas. La sociedad humana moderna sólo sobrevive porque son muy pocos los hombres de quienes depende la decisión.
    2.° Estas armas absolutas sólo pueden ir desarro­llándose. En la búsqueda operacional de vanguardia, el tabique entre el bien y el mal es cada vez más delgado. Todo descubrimiento al nivel de las estructuras esen­ciales es a la vez positivo y negativo. Por otra parte, las técnicas, al perfeccionarse, no se hacen más pesadas: por el contrario, se simplifican. Se sirven de fuerzas que van acercándose a las elementales. El número de opera­ciones se reduce; se aligera el equipo. Al final, la llave de las fuerzas universales cabrá en la palma de la mano. Un niño podrá forjarla y manejarla. Cuanto más se avance hacia la simplificación-potencia, tanto más ha­brá que ocultarla, levantar barreras, para asegurar la continuidad de la vida.
    3.° Esta ocultación se realiza, por otra parte, sola al pasar el verdadero poder a manos de los hombres sabios. Éstos tienen un lenguaje y unas formas de pensamiento que les son propias. No es una barrera artificial. El verbo es diferente porque el espíritu se encuentra situado a otro nivel. Los hombres de ciencia han con­vencido a los poseedores de que poseerían más, a los gobernantes de que gobernarían más, si acudían a ellos. Y rápidamente han conquistado un lugar por encima de la riqueza y del poder. ¿Cómo? En primer lugar, intro­duciendo en todas partes una complejidad infinita. La idea que quiere ser directriz complica hasta el extremo el sistema que quiere destruir, para llevarle al suyo sin posibilidad de reacción defensiva, de la misma manera que la araña envuelve a su presa. Los hombres llamados «de poder», poseedores y gobernantes, no son más que intermediarios en una época que es a su vez interme­ diaria.
    4.° Mientras las armas absolutas se multiplican, la guerra cambia de rostro. Se desarrolla un combate inin­terrumpido en forma de guerrillas, de revoluciones pa­latinas, de celadas, de quintas columnas, de artículos, de libros y de discursos. La guerra revolucionaria rem­plaza a la guerra a secas. Este cambio de las formas de la guerra corresponde a un cambio de los fines de la Hu­manidad. Las guerras se habían hecho para «tener». La guerra revolucionaria se ha hecho para «ser». Antaño, la Humanidad se destrozaba para partirse la tierra y go­zar en ella; para que algunos se repartiesen los bienes de la tierra y gozaran de ellos. Ahora, a través del incesan­te combate que evoca la danza de los insectos que se tientan mutuamente las antenas, todo transcurre como si la Humanidad buscara la unión, la agrupación, la unidad para cambiar la Tierra. El deseo de gozar ha sido sustituido por la voluntad de hacer. Los hombres de ciencia, al perfeccionar también las armas psicológi­cas, no son extraños a este profundo cambio. La guerra revolucionaria corresponde al nacimiento de un espíri­tu nuevo: el espíritu obrero, el espíritu de los obreros de la Tierra. En este sentido, la Historia es un movi­miento mesiánico de las masas. Este movimiento coin­cide con la concentración del saber. Ésta es la fase que atravesamos en la aventura de una hominización cre­ciente, de una asunción continua del espíritu.
    Volvamos a los hechos aparentes, y entraremos de nue­vo en la edad de las sociedades secretas. Cuando remon­temos hacia los hechos más importantes, y por ello me­nos visibles, advertiremos que volvemos también a la edad de los Adeptos. Los Adeptos hacían resplandecer su conocimiento sobre un conjunto de sociedades orga­nizadas para el mantenimiento del secreto de la técnica. No es imposible imaginar un mundo muy próximo construido según este modelo. Fuera de esto, la Histo­ria no se repite. Mejor dicho, si bien pasa por el mismo punto, lo hace por un sector más alto de la espiral.
    Históricamente, la conservación de la técnica fue uno de los objetos de las sociedades secretas. Los sacer­dotes egipcios guardaban celosamente las leyes de la geometría plana. Recientes investigaciones han com­probado la existencia en Bagdad de una sociedad que de­tentaba el secreto de la pila eléctrica y el monopolio de la galvanoplastia... hace dos mil años. En la Edad Media, en Francia, en Alemania y en España, se formaron con­cejos de técnicos. Vean ustedes la historia de la alquimia. Vean el secreto de la coloración roja del vidrio, median­te la introducción de oro en el momento de la difusión. Vean el secreto del fuego griego, aceite de lino coagula­do con gelatina, antepasado del napalm. Pero no todos los secretos de la Edad Media han sido descubiertos: el del vidrio mineral flexible, el del procedimiento sencillo de obtención de la luz fría, etc. De igual manera asistimos ahora a la aparición de grupos de técnicos que guar­dan los secretos de fabricación, ya se trate de técnicas artesanas como la fabricación de armónicas o de bolos de cristal, ya de técnicas industriales como la producción de carburantes sintéticos. En las grandes fábricas atómi­cas americanas, los físicos llevan insignias que revelan su grado de saber y de responsabilidad. No se puede dirigir la palabra más que al portador de una insignia igual. Existen clubes, y las amistades y los amores surgen en el interior de cada categoría. Así se constituyen medios ce­rrados en todo semejantes a los concejos de la Edad Me­dia, ya se trate de aviación a reacción, de ciclotrones o de electrónica. En 1956, treinta y cinco estudiantes chinos recién salidos del Instituto de Tecnología de Massachusetts quisieron volver a su país. No habían trabajado en problemas militares; sin embargo, se pensó que sabían demasiado. Y se les prohibió el regreso. El Gobierno chino, deseoso de recuperar a los instruidos jóvenes, propuso su intercambio con varios aviadores america­nos acusados de espionaje.
    La vigilancia de la técnica y de los secretos científi­cos no puede confiarse a la Policía. Mejor dicho, los es­pecialistas del cuerpo de Seguridad se ven obligados a aprender las ciencias y las técnicas que tienen obliga­ción de vigilar. Se enseña a estos especialistas a trabajar en los laboratorios nucleares, y a los físicos nucleares a velar ellos mismos por su seguridad. De suerte que se va creando una casta más poderosa que los Gobiernos y las Policías políticas.
    Para completar el cuadro hay que tener en cuenta I los grupos de técnicos dispuestos a trabajar para los í países que ofrezcan más. Son los nuevos mercenarios. Son las «espadas de alquiler» de nuestra civilización, en la que el condottiero viste bata blanca. El África del Sur, la Argentina y la India son sus mejores campos de ac­ción. En ellos se forjan verdaderos imperios.
    Remontémonos a los hechos menos visibles, pero más importantes. Veremos en ellos el retorno a la edad de los Adeptos. «Nada en el Universo es capaz de resistir al ardor convergente de un número bastante de inteli­gencias agrupadas y organizadas», decía confidencial­mente Teilhard de Chardin a George Magloire.
    Hace más de cincuenta años, John Buchan, que desempeñó en Inglaterra un gran papel político, escri­bió una novela que era al mismo tiempo un mensaje di­rigido a unos cuantos espíritus despiertos. En esta no­vela, titulada, no por casualidad, La central de energía, el héroe tropieza con un caballero distinguido y discre­to, que, en un tono de conversación trivial, le dirige fra­ses bastante desconcertantes:
    «—Ciertamente, en la civilización hay numerosas piedras angulares —dije— cuya destrucción acarrearía el derrumbamiento de aquélla. Pero las piedras angula­res aguantan bien.
    »—No tanto... Piense que la fragilidad de la máqui­na aumenta cada día. A medida que la vida se complica, el mecanismo se hace más intrincado y, por ello, más vulnerable. Sus llamadas sanciones se multiplican de un modo tan desmesurado, que pierden aisladamente en seguridad. Durante los siglos de oscurantismo, había una sola gran potencia: el temor de Dios y de su Iglesia. Hoy en día, tienen ustedes una multitud de pequeñas divinidades, igualmente delicadas y frágiles, cuya única fuerza proviene de nuestro consentimiento tácito en no discutirlas.
    »—Olvida usted una cosa —repliqué—, y es el he­cho de que los hombres están, en realidad, de acuerdo en mantener la máquina en marcha. Esto es lo que lla­mé hace un momento "buena voluntad".
    »—Ha puesto usted el dedo en el único punto im­portante. La civilización es una conjuración. ¿De qué les serviría su Policía si cada criminal encontrase asilo al otro lado del estrecho, o sus salas de Justicia si otros tribunales no reconocieran sus decisiones? La vida mo­derna es el pacto no formulado de los poseedores para el mantenimiento de sus pretensiones. Y este pacto será eficaz hasta el día en que se celebre otro para des­pojarles.
    »—No discutamos lo indiscutible —dije—. Pero yo me imaginaba que el interés general obligaba a los espíritus mejores a participar en esto que llama usted conspiración.
    »—Lo ignoro —dijo, con lentitud—. ¿Son real­mente los espíritus mejores los que actúan a favor del pacto? Vea la conducta del Gobierno. A fin de cuentas, estamos dirigidos por aficionados y personas de segun­do orden. Los métodos de nuestras administraciones llevarían a la quiebra a cualquier empresa particular. Los métodos del Parlamento (discúlpeme) avergonza­rían a cualquier junta de accionistas. Nuestros dirigen­tes simulan adquirir el saber por la experiencia, pero es­tán lejos de ponerle el precio que pagaría un hombre de negocios, y, cuando lo adquieren, no tienen el valor de aplicarlo. ¿Cree que tiene algún atractivo, para un hombre genial, el vender su cerebro a nuestros malos gobernantes?
    »Y, sin embargo, el saber es la única fuerza... ahora y siempre. Un pequeño dispositivo mecánico será ca­paz de hundir flotas enteras. Una nueva combinación química transformará todas las reglas de la guerra. Lo mismo puede decirse del comercio. Bastarán algunas modificaciones ínfimas para poner a Gran Bretaña al nivel de la República del Ecuador, o para dar a China la llave de la riqueza mundial. Y, mientras tanto, no que­remos pensar en que estos altibajos sean posibles. To­mamos nuestro castillo de naipes por la fortaleza del Universo.
    »Jamás he tenido el don de la palabra, pero lo admiro en los demás. Los discursos de este género producen un hechizo malsano, una especie de embriaguez, de la que uno casi se avergüenza. Me sentía interesado, y más que a medias seducido.
    »—Pero, veamos —le dije—, el primer cuidado de un inventor es publicar su invento. Como aspira a los honores y a la gloria, quiere hacerse pagar su invención. Esta se convierte en parte integrante del saber mundial, y todo el resto de éste se modifica en consecuencia. Es lo que ha pasado con la electricidad. Llama usted máquina a nuestra civilización, pero ésta es mucho más sutil que una máquina. Posee la facultad de adaptación del orga­nismo viviente.
    »—Lo que dice usted sería cierto si el nuevo cono­cimiento se convirtiese realmente en propiedad de todos. Pero, ¿ocurre así? De vez en cuando leo en las gacetas que un sabio eminente ha hecho un gran des­cubrimiento. El hombre da cuenta a la Academia de Ciencias, se publican artículos de fondo sobre él inven­to, y la fotografía de aquél aparece en los periódicos. El peligro no proviene de este hombre. No es más que un engranaje de la máquina, un adherido al pacto. Pero los que cuentan son los hombres que se mantienen fuera de éste, los artistas del descubrimiento que sólo emplearán su ciencia en el momento en que puedan hacerlo con el máximo efecto. Créame, los espíritus más grandes es­tán al margen de la llamada civilización.
    »Pareció vacilar un instante, y prosiguió:
    »—Habrá personas que le dirán que los submarinos han suprimido ya al acorazado y que la conquista del aire ha anulado el dominio de los mares. Los pesimistas, al menos, así lo afirman. Pero, ¿cree usted que la ciencia ha dicho ya su última palabra con nuestros groseros submarinos y nuestros frágiles aeroplanos?
    »—No dudo de que se perfeccionarán —dije—, pero los medios de defensa progresarán paralelamente.
    »Movió la cabeza.
    »—Es poco probable. De ahora en adelante, el sa­ber que permite realizar los grandes ingenios de des­trucción rebasa en mucho a las posibilidades defensi­vas. Usted ve simplemente las creaciones de la gente de segundo orden que tiene prisa en conquistar la rique­za y la gloria. El verdadero saber, el saber temible, si­gue manteniéndose secreto. Pero, créame, amigo mío, existe.
    »Se calló un instante, y vi el ligero contorno del humo de su cigarrillo perfilándose en la oscuridad. Después citó varios ejemplos, pausadamente, como si temiera ir demasiado lejos.
    »Estos ejemplos fueron para mí la voz de alerta. Eran de diferentes clases: una gran catástrofe, una rup­tura súbita entre dos pueblos, una plaga que destruía una cosecha vital, una guerra, una epidemia. No los re­petiré. Entonces no creí en ello, y hoy creo todavía me­nos. Pero eran terriblemente chocantes, expuestos con su voz tranquila, en aquella pieza oscura, en la sombría noche de junio. Si estaba en lo cierto, aquellas calami­dades no eran obra de la Naturaleza o de la casualidad, sino más bien el producto de un arte. Las inteligencias anónimas a que se refería, y que realizaban una labor subterránea, revelaban de vez en cuando su fuerza me­diante una manifestación catastrófica. Me negaba a creerle, pero, mientras exponía sus ejemplos, mostran­do el desarrollo del juego con singular claridad, no pude pronunciar una palabra de protesta. »A1 fin, recobré el habla.
    »—Lo que usted describe es el anarquismo. Y, sin embargo, no conduce a ninguna parte. ¿A qué móvil obedecerían estas inteligencias? »Se echó a reír.
    »—¿Cómo quiere que yo lo sepa? Yo no soy más que un modesto buscador, y mis investigaciones me proporcionan curiosos documentos. Pero no podría precisarle los motivos. Veo solamente que existen grandes inteligencias antisociales. Digamos que des­confían de la máquina. A menos que no sean idealistas empeñados en crear un mundo nuevo, o simplemente artistas que aman por sí mismos a la verdad. Si tuviese que formular una hipótesis, diría que han sido necesa­rias estas dos últimas clases de individuos para obtener resultados, pues los segundos logran el conocimiento, y los primeros tienen la voluntad de emplearlo.
    »Un recuerdo acudió a mi memoria. Estaba en las alturas del Tirol en un prado soleado. Allí me encon­traba almorzando, entre campos floridos y al norte de un torrente saltarín, después de haber pasado la maña­na escalando las blancas vertientes. Había encontrado en el camino a un alemán, un hombrecillo con aires de profesor, que me hizo el honor de compartir conmigo mis bocadillos. Hablaba con desenvoltura un defectuo­so inglés, y era discípulo de Nietzsche y ardiente ene­migo del orden establecido.
    »—Lo malo es —exclamó— que los reformadores no saben nada, y que los que saben algo son demasiado perezosos para intentar las reformas. Pero llegará un día en que se unirán el saber y la voluntad, y entonces progresará el mundo.
    »—Está pintando usted un cuadro terrible —repli­qué—. Pero, si estas inteligencias antisociales son tan poderosas, ¿por qué hacen tan poco? Un vulgar agente de Policía, amparado por la Máquina, puede muy bien burlarse de la mayoría de las tentativas anarquistas.
    »—Exactamente —respondió—, y la civilización saldrá triunfante hasta que sus adversarios aprendan de ella misma la importancia de la Máquina. El pacto debe durar hasta que haya un anticipo. Vea los procedimien­tos de esta idiotez que ahora llaman nihilismo o anar­quía. Algunos vagos analfabetos lanzan un reto al mundo desde el fondo de un tugurio parisiense, y al cabo de ocho días están en la cárcel. En Ginebra, una docena de "intelectuales" rusos exaltados conspiran para derribar a los Romanov, y la Policía de Europa se les echa enci­ma. Todos los Gobiernos y sus poco inteligentes fuer­zas policíacas se dan la mano y, en un abrir y cerrar de ojos, ¡adiós conspiradores! Porque la civilización sabe utilizar las energías de que dispone, mientras que las in­finitas posibilidades de los no oficiales se van en huma­reda. La civilización triunfa porque es una liga mun­dial; sus enemigos fracasan porque no son más que una capillita. Pero suponga...
    »Se calló de nuevo y se levantó del sillón. Acercán­dose al interruptor, inundó la sala de luz. Deslum­brado, alcé los ojos hacia mi huésped y vi que me son­reía amablemente, con toda la gentileza de un viejo gentleman.
    »—Me gustaría oír el final de sus profecías —decla­ré—. Decía usted...
    »—Decía esto: suponga a la anarquía instruida por la civilización y convertida en internacional. ¡Oh, no me refiero a esas bandas de borricos que se titulan con gran alharaca "Unión Internacional de Trabajadores" y otras estupideces por el estilo! Quiero decir que se in­ternacionalice la verdadera sustancia pensante del mun­do. Suponga que las mallas del cordón civilizado se en­cuentren entrelazadas con otras mallas que constituyen una cadena mucho más poderosa. La Tierra está rebo­sante de energías incoherentes y de inteligencia desor­ganizada. ¿Ha pensado alguna vez en el caso de China? Encierra millones de cerebros pensantes que se ahogan en actividades ilusorias. No tienen dirección, ni energía conductora, de modo que el resultado de sus esfuerzos es igual a cero y el mundo entero se burla de China. Europa le arroja de vez en cuando un préstamo de al­gunos millones, y ella, en justa correspondencia, se encomienda cínicamente a las oraciones de la cristiandad. Pero suponga usted...
    »—Es una perspectiva atroz —exclamé— y, a Dios gracias, no la creo realizable. Destruir por destruir constituye una idea demasiado estéril para tentar a un nuevo Napoleón, y nada pueden hacer ustedes sin te­ner uno.
    »—No sería en absoluto destrucción —replicó sua­vemente—. Llamemos iconoclastia a esta abolición de las fórmulas que siempre ha unido a una multitud de idealistas. Y no hace falta un Napoleón para realizarla. Sólo se necesita una dirección que podría venir de hombres mucho menos dotados que Napoleón. En una palabra, bastaría con una Central de Energía para inau­gurar la era de los milagros.»
    Si se piensa que Buchan escribía estas líneas alrededor de 1910, y si pensamos en los trastornos sufridos por el mundo después de aquella época y en los movimientos que arrastran en la actualidad a China, el África y a la India, podemos preguntarnos si no habrán entrado efectivamente en acción una o muchas «Centrales de Energía». Esta visión sólo parecerá novelesca a los ob­servadores superficiales, es decir, a los historiadores llevados por el vértigo de «la explicación de los he­chos», lo cual no es, en definitiva, más que una manera de escoger entre los hechos. En otra parte de esta obra describimos una central de energía que ha fracasado, pero después de sumir al mundo en fuego y sangre: la central fascista. Tampoco se puede dudar de la existen­cia de una central de energía comunista, ni de su prodi­giosa eficiencia.
    «Nada en el Universo podría resistir el ardor convergente de un número bastante de inteligen­cias agrupadas y organizadas.»
    Repito esta cita: su ver­dad resplandece aquí.
    Tenemos de las sociedades secretas una idea de co­legial. Vemos de una manera fútil los hechos singulares. Para comprender el mundo venidero, tendríamos que escarbar, refrescar, vigorizar la idea de sociedad secre­ta, por el estudio más profundo del pasado y por el des­cubrimiento de un punto de vista desde el cual pueda observarse el movimiento de la Historia en que nos ve­mos metidos.
    Es posible, es probable, que la sociedad secreta sea la futura forma de gobierno en el mundo nuevo del espíri­tu obrero. Consideren rápidamente la evolución de las cosas. Las monarquías alegaban un poder de origen sobrenatural. El rey, los señores, los ministros, los res­ponsables hacen cuanto pueden por salirse de lo natural, para causar asombro con su indumento, con sus pala­cios, con sus maneras. Lo hacen todo para ser bien visi­bles. Despliegan el mayor fasto posible. Y siempre están presentes. Infinitamente abordables e infinitamente dis­tintos. «¡Alistaos bajo mi estandarte blanco!» A veces, en verano, Enrique IV se baña desnudo en el Sena, en el corazón de París. Luis XIV es un sol, pero cualquiera puede entrar en cualquier momento en su palacio y asis­tir a sus comidas. Siempre bajo el fuego de las mira­das, semidioses cargados de oro y de plumas, siempre llamando la atención, a un tiempo «aislados» y públicos. A partir de la Revolución, el poder proclama ideas abs­tractas y el Gobierno se oculta. Los responsables quie­ren hacerse pasar por hombres «como los demás» y al mismo tiempo guardan las distancias. Tanto en el plano personal como en el de los hechos, se hace difícil definir con exactitud el Gobierno. Las democracias modernas se prestan a mil interpretaciones «esotéricas». Hay pen­sadores que aseguran que América obedece únicamente a algunos jefes de la industria, Inglaterra a los banqueros de la City, Francia a los francmasones, etc. Con los Go­biernos surgidos de la guerra revolucionaria, el poder se oculta casi completamente. Los testigos de la revolución china, de la guerra de Indochina y de la guerra de Arge­lia, los especialistas del mundo soviético, todos se sien­ten impresionados por la inmersión de poder en los mis­terios de la masa, por el secreto que envuelve a las responsabilidades, por la imposibilidad de saber «quién es quién» y «quién decide qué». Entra en acción una ver­dadera criptocracia. Aquí no tenemos tiempo de anali­zar este fenómeno, pero podría escribirse una obra so­bre el advenimiento de lo que llamamos criptocracia. En una novela de Jean Lartéguy, que fue actor de la revolu­ción en Azerbaiján, de la guerra de Palestina y de la gue­rra de Corea, un capitán francés cae prisionero después de la derrota de Dien-Bien-Fu:
    «Glatigny volvió a encontrarse en un refugio en forma de túnel, largo y estrecho. Estaba sentado en el suelo, con la espalda desnuda apoyada en la tierra del mundo ante él, un nha qué en cuclillas fuma un tabaco infecto, liado en un viejo papel de periódico.
    »El nha qué va descubierto. Lleva uniforme caqui sin insignias. Está descalzo y los dedos de sus pies se abren voluptuosamente en el barro tibio del refugio. Entre dos chupadas, pronuncia algunas palabras, y un bodoi de movimientos ágiles y ondulantes se inclina sobre Glatigny:
    »—El jefe del batallón pregunta a usted dónde estar comandante francés que mandar punto apoyo.
    «Glatigny tiene un reflejo de militar tradicional: no puede comprender que este nha qué acurrucado y que fuma un tabaco apestoso mandase como él un batallón, tuviese el mismo grado y las mismas responsabilidades que él... Es, pues, uno de los responsables de la Divi­sión 308, la mejor instruida de todo el Ejército Popular; y este campesino salido de su arrozal le ha derrotado a él, a Glatigny, descendiente de una de las grandes di­nastías militares de Occidente...»
    Paul Mouset, periodista célebre, corresponsal de guerra en Indochina y en Argelia, me decía:
    «Siempre he tenido la impresión de que el boy o el pequeño ten­dero eran, acaso, los grandes responsables... El mundo nuevo disfraza a sus jefes, como esos insectos que se confunden con las ramas, con las hojas...»
    Después de la muerte de Stalin, los expertos políti­cos no logran ponerse de acuerdo sobre la identidad del verdadero gobernante de la URSS. En el momento en que estos expertos nos aseguran al fin que es Beria, nos enteramos de que éste acaba de ser ejecutado. Nadie podría designar por sus nombres a los dueños de un país que domina mil millones de hombres y la mitad de las tierras habitables del Globo...
    La amenaza de guerra sirve para revelar la forma real de los Gobiernos. En junio de 1955, América había previsto una «operación de alerta», en el curso de la cual el Gobierno salía de Washington para ir a trabajar a «algún lugar de los Estados Unidos». En el caso de que este refugio fuese destruido, se había previsto un procedimiento según el cual el Gobierno transfería sus poderes a un Gobierno fantasma (la expresión literal es «Gobierno de sombras») designado desde ahora y para entonces. Este Gobierno lleva consigo senadores, di­putados y expertos cuyos nombres no pueden ser di­vulgados. De esta forma se anunció oficialmente el paso a la criptocracia, en uno de los países más podero­sos del planeta.
    En caso de guerra, sin duda veríamos los Gobier­nos aparentes reemplazados por estos «Gobiernos de sombras», instalados tal vez en las cavernas de Virginia, el de los Estados Unidos, y en una estación flotante del Ártico, el de la URSS. Y a partir de este momento, sería delito de alta traición revelar la identidad de los respon­sables. Armadas de cerebros electrónicos para reducir al mínimo el personal administrativo, las sociedades secretas organizarían el gigantesco combate de los dos bloques de la Humanidad. Ni siquiera se excluye la po­sibilidad de que estos Gobiernos se alojaran fueran de nuestro mundo, en los satélites artificiales que giran al­rededor de la Tierra.
    No hacemos filosofía-ficción ni historia-ficción. Hacemos realismo fantástico. Nos mostramos escépticos en muchos de los puntos en que menos lo son los es­píritus que pasan por «razonables». No buscamos en modo alguno orientar la atención hacia un vano ocultis­mo, hacia una interpretación mágico-delirante de los hechos. No proponemos ninguna religión. Creemos en la inteligencia. Pensamos que, llegada a un cierto nivel, la inteligencia misma es una sociedad secreta. Opinamos que su poder será ilimitado cuando se desarrolle por en­tero, como un roble en campo libre, en vez de hallarse encogida como en una maceta.
    Conviene, pues, considerar de nuevo la idea de so­ciedad secreta, en función de las perspectivas que aca­bamos de descubrir y de otras, más extrañas aún, que pronto se manifestarán a nuestros ojos. Aquí, como en otros lugares, sólo hemos podido esbozar el trabajo para la investigación y la reflexión. Sabemos perfecta­mente que nos exponemos a que nuestra visión de las cosas parezca una locura: y es que decimos rápida y brutalmente lo que tenemos que decir, como quien lla­ma a la puerta de un hombre que duerme cuando el tiempo apremia.
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  • El Retorno de los Brujos.Louis Pawels y Jacques Bergier.Conspiracion Ala Luz del Dia.I
    CONSPIRACIÓN A LA LUZ DEL DÍA
    La generación de los «obreros de la Tierra». — ¿Es us­ted un moderno retrasado o un contemporáneo del fu­turo? — Un anuncio en los muros de París, en 1622. — El lenguaje esotérico es el lenguaje técnico. — Una nueva noción de la sociedad secreta. Un nuevo aspecto del «espíritu religioso».
    Griffin, el hombre invisible de Wells, decía: «Los hombres, incluso los cultos, no se dan cuenta de los poderes ocultos en los libros de ciencia. En estos volúme­nes hay maravillas, hay milagros.»
    Ahora sí que se dan cuenta, y los hombres de la ca­lle más que los letrados, siempre retrasados en las revoluciones. Hay milagros, hay maravillas, y hay cosas es­pantosas. Los poderes de la ciencia, después de Wells, se han extendido más allá del planeta y amenazan la vida de éste. Ha nacido una nueva generación de sabios. Son gentes que tienen conciencia de ser, no buscadores desinteresados y espectadores puros, sino empleando la bella expresión de Teilhard de Chardin, «obreros de la Tierra». Solidarios del destino de la Humanidad y, en notable proporción, responsables de este destino.
    Joliot Curie lanza botellas de gasolina contra los ca­rros alemanes en los combates para la liberación de Pa­rís. Norbert Wiener, el cibernético, apostrofa a los hom­bres políticos:
    «¡Os hemos dado un depósito infinito de poder y habéis hecho Bergen Belsen e Hiroshima!»
    Son sabios de un nuevo estilo, cuya aventura está li­gada a la del mundo.[5] Son los herederos directos de los investigadores del primer cuarto de nuestro siglo: los Curie, Langevin, Perrin, Planck, Einstein, etc. Aún no se ha dicho bastante que, durante aquellos años, la llama del genio se elevó a alturas jamás alcanzadas des­de el milagro griego. Estos maestros libraron batallas contra la inercia del espíritu humano. Y habían sido violentos en sus combates.
    «La verdad no triunfa jamás, pero sus adversarios acaban por morir», decía Planck. Y Einstein: «No creo en la educación. Tú mismo debes ser tu único modelo, aunque este modelo sea espanto­so.»
    Pero no eran conflictos al nivel de la Tierra, de la Historia, de la acción inmediata). Se sentían responsa­bles únicamente ante la Verdad. Sin embargo, la políti­ca los alcanzó. El hijo de Planck fue asesinado por la Gestapo. Einstein fue desterrado. La actual generación percibe por todos lados, en todas las circunstancias, que el sabio está ligado al mundo. Él detenta la casi to­talidad del saber útil. Pronto detentará la casi totalidad del poder. Es el personaje clave de la aventura a que se ha lanzado la Humanidad. Cercado por los políticos, observado por la Policía, y los servicios de informa­ción, vigilado por los militares, tiene iguales probabili­dades de encontrarse al final de su camino con el Pre1.
    «El investigador ha debido reconocer que, lo mismo que todo ser humano, es a un tiempo espectador y actor en el gran drama de la existencia.»
    Premio Nobel o ante el pelotón de ejecución. Al mismo tiempo, sus trabajos le hacen ver la irrisión de los particularismos, le elevan a un nivel de conciencia planetario, si no cósmico. Pero hay un malentendido. Entre lo que él mismo arriesga y los riesgos que se corren al mundo, sólo un despreciable cobarde podría vacilar. Kurchatof rompe la consigna del silencio y revela cuanto sabe a los físicos ingleses de Harwell. Pontecorvo huye a Rusia para proseguir su obra. Oppenheimer choca con su Go­bierno. Los atomistas americanos se colocan frente al Ejército y publican su extraordinario Boletín: la cubierta representa un reloj cuyas saetas avanzan hacia la medianoche cada vez que un experimento o un descubrimien­to peligroso caen en manos de los militares.
    «He aquí mi predicción para el porvenir —escribe el biólogo inglés J. B. S. Haldane—: ¡Lo que no ha sido, será! ¡Y nadie puede librarse!»
    La materia libera su energía y se abre la ruta de los planetas. Tales acontecimientos parecen no tener paralelo en la Historia.
    «Vivimos en un momento en que la Historia contiene el aliento, en que el presente se desprende del pasado como el iceberg rompe sus lazos con el cantil de hielo y se lanza al océano sin límites.»[6]
    Si el presente se desliga del pasado, se trata de una ruptura, no con todos los pasados, no con el pasado que llegó a la madurez, sino con el pasado nacido últi­mamente, es decir, con lo que llamamos «la civilización moderna». Esta civilización, salida del hervidero de ideas de la Europa occidental del siglo XVIII, desarrolla­da en el XIX y que ha dado sus frutos al mundo entero durante la primera mitad del xx, está en camino de ale­jarse de nosotros. Lo sentimos a cada instante. Estamos en el momento de la ruptura. Nos situamos, ora como modernos atrasados, ora como contemporáneos del futuro. Nuestra conciencia y nuestra inteligencia nos di­cen que no es lo mismo en absoluto.
    Las ideas que sirvieron de fundamento a esta civili­zación moderna están gastadas. En este período de rup­tura, o más bien de transmutación, no debemos asom­brarnos demasiado si el papel de la ciencia y la misión del sabio experimentan cambios profundos. ¿Cuáles son estos cambios? Una visión que arranca de un pasa­do lejano nos permitiría alumbrar el porvenir. O, pre­cisando más, puede refrescarnos la vista para buscar un nuevo punto de partida.
    Un día de 1622, los parisienses vieron en sus paredes unos carteles concebidos en estos términos:
    «Nosotros, delegados del colegio principal de los Hermanos de la Rosacruz, hemos venido visible e invisiblemente a esta ciudad, por la gracia del Altísimo al que se vuelven los corazones de los Justos, a fin de librar a los hombres, nuestros semejantes, de error mortal.»
    Muchos consideraron que se trataba de una broma; pero, como nos recuerda hoy Monsieur Serge Hutin:
    «Se atribuía a los Hermanos de la Rosacruz la posesión de los secretos siguientes: la transmutación de los metales, la prolongación de la vida, el conocimiento de lo que ocurre en lugares alejados, la aplicación de la ciencia oculta al descubrimiento de los objetos más escon­didos.»1
    Supriman el término «oculto» y se hallarán us­tedes con las facultades que posee, o tiende a poseer, la ciencia moderna. Según la leyenda forjada con mucha anterioridad a aquella época, la sociedad de los Ro­sacruz pretendía que el poder del hombre sobre la Naturaleza y sobre sí mismo llegaría a ser infinito, que la inmortalidad y el control de todas las fuerzas naturales estaban a su alcance y que todo lo que pasa en el Univer­so puede serle conocido. Nada absurdo hay en ello, y los progresos de la ciencia han confirmado en parte aquellos sueños. De modo que la llamada de 1622, traducida al lenguaje moderno, podría fijarse en los muros de París o publicarse en los diarios si los sabios se reuniesen en congreso para informar a los hombres de los peligros que corren y de la necesidad de orientar sus actividades según nuevas perspectivas sociales y morales. Cierta de­claración patética de Einstein, cierto discurso de Oppenheimer, cierto editorial del Boletín de los atomistas americanos, tienen el mismo son que el manifiesto de los Rosacruz. Vean incluso un texto ruso reciente. En oca­sión de la conferencia sobre los radioisótopos celebrada en París, en 1957, el escritor soviético Vladimir Orlof es­cribió:
    «Todos los alquimistas de hoy deben recordar los estatutos de sus predecesores de la Edad Media, esta­tutos conservados en una biblioteca de París y que pro­claman que sólo pueden consagrarse a la alquimia los hombres de corazón puro y elevadas intenciones.»
    La idea de una sociedad internacional y secreta de hombres intelectualmente muy avanzados, transformados espiritualmente por la intensidad de su saber, deseosos de defender sus descubrimientos científicos contra los poderes organizados, contra la curiosidad y la codicia de otros hombres —reservando para el mo­mento oportuno la utilización de sus descubrimientos, o enterrándolos por varios años, o poniendo sólo una pequeña parte en circulación—, esta idea, digo, es a la vez muy antigua y ultramoderna. Era inconcebible en el siglo XIX o hace sólo veinticinco años. Hoy es conce­bible. En cierto modo, me atrevo a afirmar que tal so­ciedad existe en este momento. Ciertos huéspedes de Princeton —pienso esencialmente en un sabio viajero oriental—[7] pueden haberlo advertido. Si nada prueba que la sociedad secreta Rosacruz existió en el siglo XVII, todo nos invita a pensar que una sociedad de esta natu­raleza se está formando hoy en día, por la fuerza de las. cosas, y que se inscribe lógicamente en el futuro. Pero hay que explicar la noción de la sociedad secreta. Est noción, tan lejana, es aclarada por el presente.
    Volvamos a la Rosacruz.
    «Constituyen, pues —no dice el historiador Serge Hutin—, la colectividad d los seres llegados a un estado superior a la Humanidad corriente, poseedores por ello de los mismos ca racteres interiores que les permitan reconocerse entre ellos.»
    Esta definición tiene la ventaja de eludir el fárrago ocultista, al menos a nuestros ojos. Y es que tenemos una idea clara del «estado superior», una idea científica, presente, optimista.[8]
    Nos hallamos en un grado de investigación desde el cual vemos la posibilidad de mutaciones artificiales para el mejoramiento de los seres vivos, e incluso del hombre. «La radiactividad puede crear monstruos, pero también nos dará genios», declara un biólogo in­glés. El último objetivo de la investigación alquimista, que es la transmutación del propio operador, es acaso el último objetivo de la investigación científica actual. Enseguida veremos cómo, en cierta medida, esto se ha producido ya en algunos sabios contemporáneos.
    Los estudios avanzados de psicología parecen de­mostrar la existencia de un estado diferente del sueño y de la vigilia, un estado de consciencia superior en que el hombre estaría en posesión de medios intelectuales decuplicados. A la psicología de las profundidades, que debemos al psicoanálisis, añadimos hoy una psicología de las alturas que nos sitúa en el camino de una posible superintelectualidad. El genio será sólo una de las eta­pas del camino que puede recorrer el hombre dentro de sí mismo para alcanzar el uso de la totalidad de sus facultades. En una vida intelectual normal, no utilizamos ni la décima parte de nuestras posibilidades de atención, de penetración, de memoria, de intuición, de coordinación. Podría ser que estuviésemos a punto de descubrir, o de redescubrir, las llaves que nos permitan abrir, en nosotros, puertas detrás de las cuales nos espe­ra una multitud de conocimientos. La idea de una mu­tación próxima de la Humanidad, en este plano, no re­vela un sueño ocultista, sino una realidad. En el curso de esta obra, volveremos largamente sobre ello. Sin duda existen ya «mutandos» entre nosotros, o, en todo caso, hombres que han dado ya algunos pasos por el ca­mino que un día emprenderemos todos.
    Según la tradición,[9] como quiera que la palabra «genio» no bastaba a expresar todos los estados supe­riores posibles del cerebro humano, los Rosacruz eran espíritus de otro calibre que se reunían por agrupación. Digamos mejor que la leyenda de la Rosacruz sirvió de soporte a una realidad: la sociedad secreta permanente de los hombres superiormente iluminados. Una cons­piración a la luz del día.
    La sociedad de los Rosacruz se habría formado, na­turalmente, al buscar, los hombres llegados a un estado de conciencia elevado, otros hombres, parecidos a ellos en conocimientos, con quienes poder dialogar. Es el caso de Einstein, comprendido sólo por cinco o seis hombres en todo el mundo, o de algunos centenares de físicos y matemáticos capaces de pensar eficazmente en volver a poner sobre el tapete la ley de paridad.
    Para los Rosacruz no hay más estudio que el de la Naturaleza, pero este estudio no puede realmente ilustrar más que a espíritus de un calibre diferente a los or­dinarios.
    Aplicando un espíritu de diferente calibre al estu­dio de la Naturaleza, se llega a la totalidad de los conocimientos y a la sabiduría. Esta idea nueva, dinámica, sedujo a Descartes y a Newton. Más de una vez se ha citado a los Rosacruz a su respecto. ¿Quiere esto de­cir que estaban afiliados a ella? Esta pregunta no tiene sentido. No nos imaginamos una sociedad organizada, sino contactos necesarios entre espíritus calibrados de un modo diferente, y un lenguaje común, no secreto, sino sencillamente inaccesible a los demás hombres en un tiempo dado.
    Si algunos conocimientos profundos sobre la mate­ria y la energía, sobre las leyes que rigen el Universo, fueron elaborados por civilizaciones hoy desapareci­das, y si algunos fragmentos de estos conocimientos han sido conservados a través de las edades (lo cual, por otra parte, lo sabemos ciertamente), sólo pudieran serlo por espíritus superiores y en lenguaje forzosamente in­comprensible para el común de los humanos. Pero aun prescindiendo de esta hipótesis, podemos, no obstante, imaginar, en el curso de los tiempos, una sucesión de espíritus desmesurados, que se comunicaban entre ellos. Tales espíritus saben con evidencia que no tiene ningún interés hacer alarde de su poderío. Si Cristó­bal Colón hubiese sido un espíritu desmesurado, ha­bría mantenido en secreto su descubrimiento.
    Obligados a una especie de clandestinidad, estos hombres sólo pueden establecer contactos satisfactorios con sus igua­les. Basta pensar en las conversaciones de los médicos alrededor de una cama de hospital, conversaciones mantenidas en voz alta y de las que nada llega al cono­cimiento del enfermo, para comprender lo que queremos decir, sin tener que ahogar la idea en la niebla del ocultismo, de la iniciación, etc. En fin, es natural que los espíritus de esta clase, empeñados en pasar inadver­tidos simplemente para que no los molesten, tienen otro trabajo que jugar a conspiradores. Si forman una sociedad, es por la fuerza de las cosas. Si tienen un len­guaje particular, es que las nociones generales que este lenguaje expresa son inaccesibles al espíritu humano ordinario. En este sentido y sólo en él, aceptamos la idea de sociedades secretas. Las otras sociedades secre­tas, las que se ven, y que son innumerables, no son más que imitaciones, juegos de niños que copian a los adultos.
    Mientras los hombres alimenten el sueño de obtener algo por nada, dinero sin trabajar, conocimientos sin estudio, poder sin conocimientos, virtud sin ascetismo, florecerán las sociedades presuntamente secretas y de iniciación, con sus jerarquías de imitación y sus fórmu­las que remedan el lenguaje secreto, es decir, técnico.
    Hemos elegido el ejemplo de los Rosacruz de 1622, porque el verdadero Rosacruciano, según la tradición, no se hacía con misteriosas iniciaciones, sino con el es­tudio profundo y coherente del Líber Mundi, el libro del mundo y de la Naturaleza. La tradición de la Ro­sacruz es, pues, idéntica a la de la ciencia contemporá­nea. Hoy empezamos a comprender que un estudio profundo y coherente de este libro de la Naturaleza re­quiere algo más que espíritu de observación, que lo que llamábamos últimamente espíritu científico, e incluso algo más que lo que llamamos inteligencia. Es preciso, en el punto a que han llegado nuestras investigaciones, que el espíritu se eleve sobre sí mismo, que la inteligen­cia se trascienda. Lo humano, lo demasiado humano, no es bastante. Y es a esta comprobación, realizada en siglos pasados por hombres superiores, que debemos, si no la realidad, al menos la leyenda de la Rosacruz. El moderno retrasado es racionalista. El contemporáneo del futuro se siente religioso. Mucho modernismo no; aleja del pasado. Un poco de futurismo nos vuelve a lle var a él.
    «Entre los jóvenes atomistas —escribe Robert Jungk—,[10] los hay que consideran sus trabajos como una especie de concurso intelectual que no lleva consigo ni significación profunda ni obligaciones, pero algunos encuentran ya en la investigación una experiencia religiosa.»
    Nuestros rosacrucianos de 1622 hacían en París una «estancia invisible». Lo más chocante es que, en el clima actual de policía y de espionaje, los grandes in­vestigadores logren comunicarse entre ellos cortando las pistas que podrían conducir a los Gobiernos hasta sus trabajos. Diez sabios podrían discutir en alta voz la suerte del mundo, en presencia de Kruschef y de Eisenhower, sin que estos caballeros comprendiesen una sola palabra. Una sociedad internacional de investigadores que no interviniese en los asuntos de los hombres tendría todas las probabilidades de pasar inadvertida como pasaría inadvertida una sociedad que limitase su intervención a casos muy particulares. Incluso podrís no separarse en sus medios de comunicación. La TSH habría podido descubrirse muy bien en el siglo XVII, los aparatos de galena, tan sencillos, habrían podido servir a los «iniciados». De igual manera, los investiga­dores modernos sobre los medios parapsicológicos quizá han logrado aplicaciones de telecomunicación. El ingeniero americano Víctor Enderby ha escrito recien­temente que, si bien se habían obtenido resultados en este terreno, los mismos habían sido guardados secre­tos, por libre voluntad de los inventores.
    Pero sigue chocándonos que la tradición de la Rosacruz aluda a aparatos o máquinas que la ciencia ofi­cial de la época no pudo fabricar: lámparas perpetuas, registradores de sonidos y de imágenes, etcétera. La le­yenda describe los aparatos encontrados en la tumba del simbólico «Christian Rosenkreutz», que hubiesen podido ser de 1958, pero no de 1622. Todo lo cual tien­de, en la doctrina de la Rosacruz, al dominio del Uni­verso por la ciencia y la técnica, y en modo alguna por la iniciación y la mística.
    De igual manera, podemos concebir en nuestra época una sociedad que mantenga una tecnología se­creta. Las persecuciones políticas, las presiones socia­les, el desarrollo del sentido moral y de la conciencia de una tremenda responsabilidad, obligarán cada vez más a los sabios a entrar en la clandestinidad. Ahora bien, esta clandestinidad no frenará la búsqueda. Sería absur­do pensar que los cohetes y las grandes máquinas rom­pedoras de átomos han de ser en adelante los únicos instrumentos del investigador. Los verdaderos descu­brimientos grandes se han hecho siempre con medios sencillos, con un equipo sucinto. Es posible que existan en el mundo, en este momento, ciertos lugares en que la densidad intelectual sea particularmente grande y en que se afirme esta nueva clandestinidad. Entramos en una época que recuerda mucho los comienzos del siglo XVII, y tal vez se prepara un nuevo manifiesto de 1622. Tal vez ha aparecido ya. Pero nosotros no nos hemos dado cuenta.
    Lo que nos aleja de estas ideas es que los tiempos antiguos se expresan mediante fórmulas religiosas. Por ello, les prestamos sólo una atención literaria o «espiritual». En este aspecto, somos modernos. En este aspec­to no somos contemporáneos del futuro.
    Lo que nos choca, en fin, es la afirmación reiterada de la Rosacruz y de los alquimistas, según la cual el úl­timo fin de la ciencia de las transmutaciones es la transmutación del propio espíritu. No se trata de magia, ni de recompensa bajada del cielo, sino de un descubri­miento de las realidades que obligue al espíritu del ob­servador a situarse de otra manera. Si pensamos en la evolución, extraordinariamente rápida, del estado de espíritu de los más grandes atomistas, empezamos a comprender lo que querían decir los de la Rosacruz. Estamos en una época en que la ciencia, en su punto ex­tremo, alcanza el universo espiritual y transforma el es­píritu del propio observador, lo sitúa a un nivel distinto del de la inteligencia científica, que ha llegado a ser insuficiente. Lo que les ocurre a nuestros atomistas pue­de compararse a la experiencia descrita por los textos de alquimia y por la tradición de la Rosacruz. El lenguaje espiritual no es un balbuceo que precede al lengua­je científico; es más bien el logro de este último. Lo que pasa en nuestro presente, ha podido pasar en tiempos antiguos, en otro plano de conocimiento, de suerte que la leyenda de la Rosacruz y la realidad de nuestros días se iluminan mutuamente. Hay que mirar las cosas an­tiguas con ojos nuevos; esto ayuda a comprender el mañana.
    No estamos ya en los tiempos en que el progreso se identifica exclusivamente con el avance científico y téc­nico. Aparece otro factor, el que se encuentra en los Su­periores Desconocidos de los siglos pasados cuando muestran la observación del Líber Mundi como desem­bocando en «otra cosa». Un físico eminente, Heisenberg, declara hoy:
    «El espacio en el cual se desenvuelve el ser espiritual del hombre tiene dimensiones distintas de aquellas en que se desplegó durante los últimos si­glos.»
    Wells murió desengañado. Su poderoso espíritu había vivido de la fe en el progreso. Ahora bien, Wells, en el crepúsculo de su vida, veía que el progreso toma­ba aspectos espantosos. Ya no le merecía confianza. La ciencia corría el riesgo de destruir el mundo; acababan de inventarse los mayores medios de destrucción.
    «El hombre —dice el viejo Wells, desesperado, en 1946— ha llegado al término de sus posibilidades.» En este momento, el anciano que había sido genio de la antici­pación dejó de ser contemporáneo del futuro. Noso­tros empezamos a adivinar que el hombre no ha llegado más que al término de una de sus posibilidades. Apare­cen otras posibilidades. Se abren otros caminos, que el flujo y el reflujo del océano de las edades cubre y des­cubre alternativamente. Wolfgang Pauli, matemático y físico mundialmente conocido, hacía antaño profesión de una estrecha fe científica, según la mejor tradición del siglo XIX. En 1932, durante el Congreso de Copen­hague, gracias a su escepticismo helado y a su voluntad de poder, adoptaba la apariencia del Mefistófeles de Fausto. En 1955, su espíritu penetrante había extendido con tal amplitud sus perspectivas que se convertía en un pintor elocuente de un camino de salvación interior largo tiempo desdeñado. Esta evolución es típica. Es la evolución de la mayoría de los grandes atomistas. No es el retorno al moralismo ni a la vaga religiosidad. Se trata, por el contrario, de un progreso en el pertrecho del espíritu de observación; de una reflexión nueva so­bre la naturaleza del conocimiento. «Frente a la divi­sión de las actividades del espíritu humano en terrenos distintos, rigurosamente mantenida desde el siglo XVII —dice Wolfgang Pauli—, me imagino una finalidad que sería la dominación de cosas opuestas, una sínte­sis que abarcase la inteligencia racional y la experiencia mística de la unidad. Esta finalidad es la única que está de acuerdo con el mito, expresado o no, de nuestra época.»
    II
    Los profetas del Apocalipsis. — Un Comité de la Deses­peración. — La ametralladora de Luis XVI. — La cien­cia no es una vaca sagrada. — El señor Despotopoulos quiere ocultar el progreso. — La leyenda de los Nueve Desconocidos.
    Hubo, en la segunda mitad del siglo XIX, en el um­bral de los tiempos modernos, una pléyade de pensado­res furiosamente reaccionarios. Veían un engaño en la mística del progreso social; una carrera al abismo en el progreso científico y técnico. Philippe Lavistine, nueva encarnación del héroe de La obra maestra desconocida de Balzac, y discípulo de Gurdjieff, me los enseñó. En aquella época en que leía a René Guénon, maestro del antiprogresismo, y frecuentaba a Lanza del Vasto, re­cién vuelto de la India, no estaba lejos de coincidir con las razones de estos pensadores contra la corriente. Era muy poco después de la guerra. Einstein acababa de en­viar su famoso telegrama:
    «Nuestro mundo se enfrenta con una crisis todavía inadvertida por aquellos que poseen el poder de tomar grandes decisiones para bien o para mal. La potencia desencadenada del átomo lo ha cambiado todo, salvo nuestros hábitos de pensar, y nos dirigimos hacia una catástrofe sin precedentes. Nosotros, los científicos que hemos liberado esta inmensa potencia, tenemos la aplastante responsabilidad, en esta lucha mundial de vida o muerte, de dominar el átomo en beneficio de la Humanidad, y no para su destrucción. La federación de sabios americanos se une a mí en esta llamada. Os rogamos que apoyéis nuestros esfuerzos para hacer comprender a América que el destino del género humano se decide hoy, ahora, en este minuto. Necesita­mos inmediatamente doscientos mil dólares para una campaña nacional destinada a hacer ver a los hombres que es esencial un nuevo modo de pensar, si la Huma­nidad quiere sobrevivir y alcanzar niveles más altos. Esta llamada es fruto de una larga meditación sobre la inmensa crisis con que nos enfrentamos. Os pido con urgencia un cheque inmediato, dirigido a mí, como presidente del Comité de la Desesperación de los Sa­bios del Átomo, Princeton, Nueva Jersey. Reclamamos vuestra ayuda en este instante fatal, como señal de que nosotros, los hombres de ciencia, no estamos solos.»
    Esta catástrofe, me dije yo (y doscientos mil dóla­res no cambiarán nada), mis maestros la habían previs­to hace mucho tiempo. Dios había ofrecido al hombre el obstáculo de la materia, y, como decía Blanc de Saint Bonnet, «el hombre es el hijo del obstáculo». Pero los modernos desligados de los principios, quisie­ron hacer desaparecer los obstáculos. La materia, que obstaculizaba, ha sido vencida. Está libre el camino ha­cia la nada. Hace dos mil años, Orígenes escribía formi­dablemente que «la materia es el absorbente de la ini­quidad». De hoy en adelante, la iniquidad ya no es absorbida, sino que se extiende en olas destructoras. Este Comité de la Desesperación no logrará absor­berla.
    Los antiguos eran sin duda tan malos como noso­tros, pero lo sabían. Este conocimiento hacía que se colocaran barreras. Una bula del Papa condena el empleo del trípode destinado a robustecer el arco: esta máquina, sumada a los medios naturales del arquero, haría in­humano el combate. La bula es observada durante dos­cientos años. Rolando, en Roncesvalles, derribado por las hondas sarracenas, exclama: «¡Maldito sea el cobarde que inventó armas capaces de matar a distancia!» En tiempos más próximos, en 1775, un ingeniero francés, Du Perron, presentó al joven Luis XVI un «órgano mili­tar» que, accionado por una manivela, disparaba simultáneamente veinticuatro balas. Una memoria acompañaba al instrumento, embrión de las ametralladoras mo­dernas. La máquina pareció tan mortífera al rey y a sus ministros, Malesherbes y Turgot, que fue rechazada y su inventor considerado como enemigo de la Hu­manidad.
    A fuerza de querer emanciparlo todo, hemos emancipado también la guerra. Antaño ocasión de sa­crificio y de salvación para algunos, se ha convertido en condenación de todos.
    Tales eran, poco más o menos, mis pensamientos allá por el año 1946, y pensé en publicar una antología de «pensadores reaccionarios» cuyas voces fueron aho­gadas, en su tiempo, por el coro de los progresistas románticos. Estos escritores al revés, estos profetas del Apocalipsis, que clamaban en el desierto, se llamaban Blanc de Saint Bonnet, Émile Montagut, Albert Sorel, Donoso Cortés, etc. Con un espíritu de rebeldía muy parecido al de estos antepasados, releí un folleto intitu­lado El tiempo de los asesinos, en el que colaboraron principalmente Aldous Huxley y Albert Camus. La Prensa americana se hizo eco de este libelo en que sa­bios, militares y políticos eran fuertemente maltratados y donde se deseaba un proceso de Nuremberg para to­dos los técnicos de la destrucción.
    Hoy creo que las cosas son menos sencillas y que hay que mirar con otros ojos y desde más alto la histo­ria irreversible. Sin embargo, en 1946 —inquietante posguerra—, esta corriente de ideas trazaba una estela fulgurante en el océano de angustia en que se hallaban sumidos los intelectuales que no querían ser «víctimas ni verdugos». Y es cierto que, después del telegrama de Einstein, las cosas han empeorado. «Lo que hay en la cartera de los sabios es espantoso», dice Kruschef en 1960. Pero los espíritus se han cansado, y, después de muchas solemnes e inútiles protestas, se han vuelto hacia otros temas de reflexión, esperando, como el con­denado a muerte en su celda, que se conceda o se denie­gue el indulto. Sin embargo, en todas las conciencias existe desde ahora un fondo de rebelión contra la cien­cia capaz de aniquilar el mundo, una duda sobre el va­lor salvador del progreso técnico. «Acabarán por vo­larlo todo.» Después de las furiosas críticas de Aldous Huxley en Contrapunto y Un mundo feliz[11] se hundió el optimismo científico.
    En 1951, el químico americano Anthony Standen publicaba un libro titulado: La cien­cia es una vaca sagrada, donde protestaba contra la ad­miración fetichista por la ciencia. En octubre de 1953, un célebre profesor de Derecho de Atenas, O. J. Despotopoulos, dirigía a la UNESCO un manifiesto pidiendo que se interrumpiera el desarrollo científico, o mejor, que se guardara en secreto. La investigación, proponía, debería confiarse en adelante a un consejo de sabios mundialmente elegido y que, por ello, sería dueño de guardar silencio. Esta idea, por utópica que sea, no carece de interés. Apunta una posibilidad del porvenir e incide en uno de los grandes temas de las pasadas civilizaciones. En una carta que nos dirigió en 1955,0. J. Despotopoulos, preci­saba su idea:
    «La ciencia de la Naturaleza es ciertamente una de las hazañas más dignas de la historia humana. Pero, a partir del momento en que se desencadenan fuerzas ca­paces de destruir la Humanidad entera, deja de ser lo que era desde el punto de vista moral. La distinción en­tre la ciencia pura y sus aplicaciones técnicas se ha he­cho prácticamente imposible. No podríamos, pues, ha­blar de la ciencia como de un valor en sí. O mejor, en ciertos sectores, los más importantes, constituye ahora un valor negativo, en la medida en que escapa al control de la conciencia para extender sus peligros según el grado de voluntad de poder de los responsables políticos. La idolatría del progreso y de la libertad en materia de investigación científica es totalmente perniciosa. Nues­tra proposición es ésta: codificación de las conquistas de la ciencia de la Naturaleza realizadas hasta ahora y prohibición total o parcial de su progreso futuro por un consejo supremo mundial de sabios. Ciertamente, tal medida es trágicamente cruel, ya que su objeto apunta a uno de los más nobles impulsos de la Huma­nidad, y nadie puede subestimar las dificultades inhe­rentes a dicha medida. Pero no existe otra que sea lo bastante eficaz. Las objeciones fáciles; retorno a la Edad Media, a la barbarie, etc., no contienen ningún ar­gumento serio. No se trata de hacer retroceder a la inte­ligencia, sino de defenderla. No se trata de restricciones en beneficio de una clase social, sino de salvaguardia de toda la Humanidad. Éste es el problema. Todo lo de­más no es más que división y dispersión de la actividad enfrentándola con subproblemas.»
    Estas ideas recibieron favorable acogida en la Pren­sa inglesa y alemana y han sido extensamente comenta­das en el Boletín de los sabios atomistas de Londres. No se alejan mucho de ciertas proposiciones formula­das en las conferencias mundiales consagradas al de­sarme.
    No es pecado creer que, en otras civilizaciones, se haya producido, no una ausencia de ciencia, sino un se­creto impuesto a la ciencia. Tal parece ser el origen de la maravillosa leyenda de los Nueve Desconocidos.
    La tradición de los Nueve Desconocidos se remonta al emperador Asoka, que reinó en la India a partir del año 273 a.C. Era nieto de Chandragupta, primer unificador de la India. Ambicioso como su antepasado, cuya labor quiso completar, emprendió la conquista del país de Kalinga, que se extendía desde la actual Calcuta a Madras. Los kalingueses resistieron y perdieron cien mil hombres en la batalla. La vista de esta multitud sacrificada trastornó a Asoka. Desde entonces, le tomó horror a la guerra. Renunció a proseguir la integración de los países insurrectos, declarando que la verdadera conquista consiste en ganar el corazón de los hombres por la ley del deber y la piedad, pues la Majestad Sagra­da desea que todos los seres animados disfruten de se­guridad, de la libre disposición de sí mismos, de la paz y de la felicidad.
    Convertido al budismo, Asoka, con el ejemplo de sus propias virtudes, propagó esta religión por toda la India y por todo su imperio, que se extendía hasta Ma­lasia, Ceilán e Indonesia. Después, el budismo con­quistó Nepal, el Tibet, la China y Mongolia. Asoka respetaba, empero, todas las sectas religiosas. Predicó el vegetarianismo y proscribió el alcohol y los sacrifi­cios de animales. H. G. Wells, en su historia del mundo abreviada, escribe:
    «Entre las decenas de millares de nombres de monarcas que se apretujan en las columnas de la Historia, el nombre de Asoka brilla casi solo, como una estrella.»
    Se dice que, conocedor de los horrores de la guerra, el emperador Asoka quiso prohibir para siempre a los hombres el mal uso de la inteligencia. Bajo su reinado, entra en el secreto la ciencia de la Naturaleza, pasada y por venir. Las investigaciones, desde la estructura de la materia a las técnicas de la psicología colectiva, se disi­mularán en adelante, y durante veintidós siglos, detrás del rostro místico de un pueblo al que el mundo consi­dera dedicado sólo al éxtasis y a lo sobrenatural, Asoka funda la más poderosa sociedad secreta de la Tierra: la de los Nueve Desconocidos.
    Se dice aún que los grandes responsables del destino moderno de la India, y sabios como Bose y Ram, creen en la existencia de los Nueve Desconocidos, e in­cluso reciben de ellos consejos y mensajes. La imagina­ción entrevé la fuerza de los secretos que pueden deten­tar nueve hombres que se lucran directamente de las experiencias, de los trabajos, de los documentos acu­mulados durante más de diez decenas de siglos. ¿Cuá­les son los fines de estos hombres? No dejar que caigan en manos profanas los medios de destrucción. Prose­guir las investigaciones beneficiosas para la Humani­dad. Estos hombres se supone que se renuevan para guardar los secretos técnicos venidos de un remoto pa­sado.
    Las manifestaciones exteriores de los Nueve Des­conocidos son raras. Una de ellas tiene relación con el prodigioso destino de uno de los hombres más miste­riosos de Occidente: el Papa Silvestre II, conocido también por el nombre de Gerbert d'Aurillac. Nacido en Auvernia, el año 920, y muerto en 1003, Gerbert fue monje benedictino, profesor de la Universidad de Reims, arzobispo de Rávena por la gracia del emperador Otón III. Se dice que estuvo en España y que un mis­terioso viaje lo llevó a la India, de donde sacó diversos conocimientos que llenaron de estupefacción a los que le rodeaban. Así fue como poseyó en su palacio una cabeza de bronce que respondía «sí» o «no» a las pre­guntas que le hacían sobre la política y la situación general de la cristiandad. Según Silvestre II (volu­men CXXXIX de la Patrística latina de Migne), el pro­cedimiento era muy sencillo y correspondía al cálculo con dos cifras. Se trataría de un autómata análogo a nuestras modernas máquinas binarias. La cabeza «má­gica» fue destruida a la muerte del Papa, y los conoci­mientos registrados por ésta, cuidadosamente disimu­lados. Sin duda la biblioteca del Vaticano reservaría algunas sorpresas al investigador autorizado.
    En el número de octubre de 1954 de Computers and Automation, revista de cibernética, podemos leer: «Hay que suponerle un hombre de saber extraordinario, de un ingenio y una habilidad mecánica sorprendentes. Esta cabeza parlante debió de ser modelada bajo cierta con­junción de las estrellas que se sitúa exactamente en el momento en que todos los planetas van a comenzar su curso.» No era cuestión de pasado, de presente ni de futuro, pues este invento, aparentemente, superaba con mucho el alcance de su rival: el perverso espejo en la pared de la reina, precursor de nuestros cerebros mecánicos modernos. Se dijo, naturalmente, que Gilbert fue sólo capaz de producir esta máquina porque estaba en tratos con el diablo y le había jurado eterna fidelidad.
    ¿Estuvieron otros europeos en relación con la so­ciedad de los Nueve Desconocidos ? Hay que esperar al siglo XIX para que resurja este misterio, al través de los libros del escritor francés Jacolliot.
    Jacolliot fue cónsul de Francia en Calcuta bajo el Segundo Imperio. Escribió una obra de anticipación considerable, comparable, si no superior, a la de Julio Verne. Ha dejado además varios libros consagrados a los grandes secretos de la Humanidad. Esta obra ex­traordinaria ha sido saqueada por la mayoría de los ocultistas, profetas y taumaturgos. Completamente ol­vidada en Francia, es célebre, en cambio, en Rusia.
    Jacolliot se muestra positivo: la sociedad de los Nueve Desconocidos es una realidad. Y lo más extraor­dinario es que cita, a este respecto, técnicas que eran del todo inconcebibles en 1860, como, por ejemplo, la libe­ración de la energía, la esterilización por radiaciones y también la guerra psicológica.
    Yersin, uno de los más próximos colaboradores de Pasteur y de Roux, pudo haber tenido acceso a secretos biológicos a raíz de un viaje a Madras, en 1890, y puesto a punto, gracias a las indicaciones que recibieron, el suero contra la peste y el cólera.
    La primera vulgarización de la historia de los Nue­ve Desconocidos se produjo en 1927, con la publica­ción del libro de Talbot Mundy que perteneció, duran­te veinticinco años, a la Policía inglesa de la India. El libro está a medio camino entre la novela y la investi­gación. Según él, los Nueve Desconocidos emplea­rían un lenguaje sintético. Cada uno de ellos estaría en posesión de un libro constantemente escrito de nue­vo y que contendría la exposición detallada de una ciencia.
    El primero de estos libros estaría consagrado a las técnicas de propaganda y de guerra psicológica.
    «De todas las ciencias —dice Mundy— la más peligrosa se­ría la del control del pensamiento de las multitudes, pues ella permitiría gobernar el mundo entero.»
    Hay que observar que la Semántica general de Korjibski sólo data de 1937, y que hay que esperar la experiencia de la última guerra mundial para que empiecen a crista­lizar en Occidente las técnicas de psicología del lengua­je, es decir, de propaganda. El primer colegio de semántica americano no ha sido creado hasta 1950. En Francia, apenas si conocemos más que Le Viol des Foules, de Serge Chokotin, cuya influencia ha sido importante en los medios intelectuales politizantes, aunque no haga más que rozar la cuestión.
    El segundo libro estaría consagrado a la fisiología. Como cosa más importante, explicaría el medio de ma­tar a un hombre con sólo tocarle, produciéndose la muerte por inversión del influjo nervioso. Se dice que el «judo» pudo nacer de «infiltraciones» de esta obra.
    El tercero estudiaría la microbiología, y especial­mente los coloides de protección.
    El cuarto trataría de la transmutación de los meta­les. Según una leyenda, en tiempos de penuria, los terapíos y las organizaciones religiosas de caridad reciben, de fuente secreta, grandes cantidades de un oro muy fino.
    El quinto comprendería el estudio de todos los me­dios de comunicación, terrestres y extraterrestres.
    El sexto contendría los secretos de la gravitación.
    El séptimo sería la más vasta cosmogonía concebi­da por nuestra Humanidad.
    El octavo trataría de la luz.
    El noveno estaría consagrado a la sociología, for­mularía las reglas de la evolución de las sociedades y permitiría prever su caída.
    Con la leyenda de los Nueve Desconocidos, se re­laciona el misterio de las aguas del Ganges. Multitudes de peregrinos, portadores de las más espantosas y di­versas enfermedades, se bañan sin ningún peligro para los que están sanos. Las aguas sagradas lo purifican todo. Se ha querido atribuir esta extraña propiedad del río a la formación de bacteriófagos. Pero, ¿por qué no se forman también en el Brahmaputra, en el Amazonas o en el Sena?
    La hipótesis de una esterilización por radiaciones aparece en la obra de Jacolliot, cien años antes de que se sepa que tal fenómeno es posible. Estas radiaciones, se­gún Jacolliot, provendrían de un templo secreto exca­vado bajo el lecho del Ganges.
    Al margen de las agitaciones religiosas, sociales y políticas, resueltas y perfectamente disimuladas, los Nue­ve Desconocidos encarnan Ja imagen de la ciencia sere­na, de la ciencia con conciencia. Dueña de los destinos de la Humanidad, pero absteniéndose de emplear su propio poderío, esta sociedad secreta constituye el más bello homenaje de la libertad en las alturas. Vigilantes en el seno de su gloría oculta, estos nueve hombres con­templan cómo se hacen, deshacen y rehacen las civiliza­ciones, menos indiferentes que tolerantes, prestos a ayudar, pero siempre en este orden del silencio que es la medida de la grandeza humana.
    ¿Mito o realidad? Mito soberbio, en todo caso, sur­gido de lo más hondo de los tiempos...
    22 min
  • El Retorno de los Brujos.Louis Pawels y Jacques Bergier.III de la 1ªparte.
    III
    Reflexiones apresuradas sobre los atrasos de la, socio­logía. — Un diálogo de sordos. — Los planetarios y los provincianos. — Un caballero de vuelta entre noso­tros.— Un poco de lirismo.
    En física, en matemáticas, en biología moderna, la vista se extiende hasta el infinito. Pero la sociología tie­ne siempre el horizonte tapado por los monumentos del siglo pasado. Recuerdo nuestro entristecido asom­bro cuando, en 1957, Bergier y yo seguimos la corres­pondencia entre el célebre economista soviético Euge­nio Varga y la revista americana Fortune. Esta lujosa publicación difunde las ideas del capitalismo ilustrado. Varga posee un espíritu sólido y goza de la considera­ción del poder supremo. Del diálogo público entre es­tas dos autoridades, cabía esperar una ayuda seria para comprender nuestra época. Sin embargo, el resultado fue terriblemente descorazonador.
    E. Varga seguía al pie de la letra su evangelio. Marx había anunciado la crisis inevitable del capitalismo. Varga veía esta crisis muy próxima. El hecho de que la situación económica de los Estados Unidos mejore sin cesar y de que el gran problema empiece a ser el empleo racional del tiempo de ocio, no impresiona en absoluto al teórico que, en tiempos del radar, seguía viendo las cosas a través de las antiparras de Karl. La idea de que el anunciado derrumbamiento podía no producirse según lo previsto, y de que tal vez una nueva sociedad está a punto de nacer allende el Atlántico, no le turba­ba ni un segundo. La redacción de Fortune, por su parte, no consideraba tampoco un cambio de sociedad en la URSS, y explicaba que la América de 1957 representaba un ideal perfecto, definitivo. Todo lo que los rusos podían esperar era llegar a tal estado, si eran buenos, dentro de un siglo o de un siglo y medio.
    Nada inquietaba, nada turbaba a los adversarios teóricos de E. Varga; ni la mul­tiplicidad de nuevos cultos entre los intelectuales americanos (Oppenheimer, Aldous Huxley, Gerald Heard, Henry Miller y tantos otros, tentados por las antiguas filosofías orientales), ni la existencia, en las grandes ciu­dades, de millones de jóvenes «rebeldes sin causa» agru­pados en gangs, ni los veinte millones de individuos que sólo soportan el modo de vida absorbiendo drogas tan perniciosas como la morfina o el opio. El problema de un fin en la vida no parecía alcanzarles. Cuando todas las familias americanas tengan dos coches, habrá que hacer que compren un tercero. Cuando esté saturado el mercado de los aparatos de televisión, habrá que instalarlos en los automóviles.
    Y, sin embargo, comparados con nuestros sociólo­gos, economistas y pensadores, Eugenio Varga y la dirección de Fortune están muy adelantados. No les pa­raliza el complejo de la decadencia. No se dejan llevar por la delectación melancólica. No piensan que el mun­do sea absurdo y que la vida no valga la pena de vivirse. Creen firmemente en la virtud del progreso, marchan directamente hacia un aumento indefinido del poder del hombre sobre la Naturaleza. Tienen dinamismo y magnitud. Tienen una visión amplia, ya que no elevada.
    Sorprendería a muchos que declarásemos que E. Varga es partidario de la libre empresa, y que la redacción de Fortune está compuesta de progresistas. Sin embargo, en el sentido europeo, estrechamente doctrinal, es la pura verdad. Considerados desde nuestros puntos de vista angostos, provincianos, E. Varga no es comunista y Fortune no es capitalista. El ruso y el americano res ponsables tienen en común la ambición, la voluntad de poder y un indomable optimismo. Estas fuerzas, mane­jando la palabra de las ciencias y de la técnica, hacen saltar los cuadros de la sociología montados en el si­glo XIX. Si la Europa occidental tuviese que hundirse y perderse en conflictos bizantinos —lo que Dios no per­mita—, no dejaría por ello de proseguir la marcha hacia delante de la Humanidad, volando estructuras y esta­bleciendo una nueva forma de civilización entre los dos nuevos polos de la conciencia activa que son Chicago y Tashkent, mientras las masas inmensas de Oriente, y después de África, pasarían al crisol.
    Mientras en Francia uno de nuestros mejores so­ciólogos llora sobre Le Travail en miettes, título de una de sus obras, los sindicatos americanos estudian la se­mana de veinte horas. Mientras los intelectuales pari­sienses llamados de vanguardia se preguntan si Man debe ser rebasado, o si el existencialismo es o no es un humanismo revolucionario, el instituto Sternfeld de Moscú estudia la implantación de la Humanidad en 1" Luna. Mientras E. Varga espera el derrumbamiento di los Estados Unidos anunciado por el profeta, los biólogos americanos preparan la síntesis de la vida partiendo de lo inanimado. Mientras siguen planteándose el pro­blema de la coexistencia, el comunismo y el capitalismo están en camino de verse transformados por la más poderosa revolución tecnológica que la Tierra haya sin duda conocido. Nosotros tenemos los ojos en el cogo­te. Quizá es ya tiempo de volverlos a su sitio.
    El último sociólogo vigoroso e imaginativo fue in­dudablemente Lenin. Había definido exactamente el comunismo de 1917:
    «Es el socialismo más la electrici­dad.» Ha pasado casi medio siglo. La definición vale todavía para la China, el África y la India. Pero es letra muerta para el mundo moderno. Rusia espera al pensa­dor que describirá el orden nuevo: el comunismo más la energía atómica, más el automatismo, más la síntesis de los carburantes y de los alimentos a partir del aire y del agua, más la física de los cuerpos sólidos, más la conquista de las estrellas, etc. John Buchan, después de asistir a los funerales de Lenin, anunció la venida de otro Vidente, que sabría promover un «comunismo de cuatro dimensiones».
    Si la URSS no tiene sociólogos a su altura, Améri­ca no está mejor provista. La reacción contra los «historiadores rojos» de fines del siglo XIX, ha llevado a la pluma de los observadores el elogio franco de las gran­des dinastías capitalistas y de las poderosas organiza­ciones. Esta franqueza es saludable, pero la perspectiva es corta. Las críticas de la American way of Ufe son raras, literarias, y proceden de la manera más negativa. Nadie parece empujar la imaginación hasta ver nacer, a través de esta «multitud solitaria» una civilización diferente de sus formas exteriores, hasta sentir un chas­quido de las conciencias, la aparición de mitos nuevos. A través de la abundante y asombrosa literatura llama­da de science-fiction se distingue, empero, la aventu­ra de un espíritu que sale de la adolescencia, se despliega a la medida del planeta, se adentra en una reflexión a escala cósmica y sitúa de otra manera el destino humano en el Universo. Pero el estudio de tal literatura, aunque comparable a la tradición oral de los antiguos rapso­das, y que atestigua los movimientos profundos de la inteligencia en ruta, no es cosa seria para los soció­logos.
    En cuanto a la sociología europea, sigue siendo es­trictamente provinciana, fija toda la inteligencia en debates de campanario. En tales condiciones, no es sor­prendente que las almas sencillas se refugien en el catastrofismo. Todo es absurdo y la bomba «H» pone fin a la Historia. Esta filosofía, que parece a un tiempo siniestra y profunda, es más fácil de manejar que los pesados y delicados instrumentos del análisis de lo real. Es una enfermedad pasajera del pensamiento de unos seres civilizados que no han sabido adaptar su herencia de nociones (libertad individual, persona huma­na, felicidad, etc.), al desplazamiento de los fines de la civilización. Es una fatiga nerviosa del espíritu, en el momento en que este espíritu, en lucha con sus propias conquistas, debe no parecer, sino cambiar la estructu­ra. Después de todo, no es la primera vez en la historia de la Humanidad que la conciencia debe pasar de un plano a otro. Toda forja es dolorosa. Si hay un porve­nir, merece que lo examinemos. Y, en este presente acelerado, la reflexión no debe hacerse con referencia a un próximo pasado. Nuestro futuro próximo es tan diferente de lo que acabamos de conocer, como el si­glo XIX lo era de la civilización maya. Por consiguiente, tenemos que proceder por proyecciones incesantes en las más grandes dimensiones del tiempo y del espacio, nunca por comparaciones minúsculas en una infinita fracción, en que el pasado recientemente vivido no tie­ne ninguna de las propiedades del porvenir, y donde el presente, apenas encarnado, se ve sumido en aquel pa­sado inservible.
    La primera idea verdaderamente fecunda es que existe un desplazamiento de los fines. Un caballero de las cruzadas, que volviera junto a nosotros, nos pre­guntaría enseguida por qué no utilizamos la bomba atómica contra los infieles. De corazón firme y de inte­ligencia abierta, se sentiría al fin menos desconcertado por nuestra técnica que por el hecho de que los infieles conserven todavía la mitad del Santo Sepulcro, cuya otra mitad está, por cierto, en manos judías. Lo que más le costaría comprender sería que una civilización rica y poderosa no consagrase explícitamente su rique­za y su poder al servicio y la gloria de Jesús. ¿Qué le dirían nuestros sociólogos? ¿Que sus inmensos esfuer­zos, batallas y descubrimientos han tenido exclusivamente por objeto elevar el «nivel de vida» de todos los hombres? Esto lo encontraría absurdo, ya que la vida le parecería desde ahora sin objeto. Después le hablarían de Justicia, de Libertad, de Persona Humana, y le reci­tarían el evangelio humanista-materialista del siglo XIX. Y el caballero replicaría sin duda:
    «La libertad, ¿para hacer qué? La justicia, ¿para hacer qué? La persona hu­mana, ¿para qué hacer de ella?»
    Para que nuestro caba­llero viese nuestra civilización como algo digno de ser vivido por un alma, no habría que hablarle el lenguaje retrospectivo de los sociólogos, sino un lenguaje pros­pectivo. Habría que mostrarle nuestro mundo en mar­cha, nuestra inteligencia en marcha, como la formida­ble conmoción de una cruzada. Se trata una vez más de liberar el Santo Sepulcro; el espíritu adherido a la mate­ria, y de rechazar al infiel: todo lo que es infiel al infinito poder del espíritu. Se trata una vez más de religión: de poner de manifiesto lo que ata al hombre a su propia grandeza y esta grandeza a las leyes del Universo. Ha­bría que mostrarle un mundo en que los ciclotrones son como las catedrales, en las que las matemáticas son como un canto gregoriano, en que las transmutaciones se operan, no sólo en el seno de la materia, sino en los cerebros, en que las masas humanas de todos los colo­res se ponen en marcha, en que la interrogación del hombre hace vibrar sus antenas en los espacios cósmi­cos, en que despierta el alma del planeta. Entonces nuestro caballero ya no quisiera tal vez volver a su pasado. Tal vez se sentiría aquí como en su casa, pero co­locado a otro nivel. Tal vez se lanzaría hacia el porvenir como antaño se lanzaba hacia el Oriente, siempre con su fe, pero en otro grado.
    ¡Ved, pues, lo que estamos viviendo! ¡Abrid bien los ojos! ¡Haced la luz en las tinieblas!
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  • El Retorno de los Brujos.Louis Pawels y Jacques Bergier.1ªParte El Futuro Anterior.
    PRIMERA PARTE
    EL FUTURO ANTERIOR
    Homenaje al lector apresurado. — Una dimisión en 1875. — Los pájaros de mal agüero. — Cómo el si­glo XIX cerraba las puertas. — El fin de las ciencias y la represión de lo fantástico. — El desespero de Poincaré. — Somos nuestros propios abuelos. — ¡Juventud! ¡Juventud!
    ¿Cómo es posible que, hoy en día, un hombre inte­ligente no tenga prisa? «¡Levántese, caballero, pues tie­ne grandes cosas que hacer!» Pero cada vez hay que le­vantarse más temprano. Aceleren sus máquinas de ver, de oír, de pensar, de recordar, de imaginar. Nuestro mejor lector, el más caro a nuestros ojos, habrá termi­nado con nosotros en dos o tres horas. Conozco algu­nos hombres que leen, con el máximo de provecho, cien páginas de matemáticas, de filosofía, de Historia o de arqueología en veinte minutos. Los actores apren­den a «situar» su voz. ¿Quién nos enseñará a «situar» nuestra atención? Hay una altura a partir de la cual todo cambia de velocidad. No soy, en esta obra, uno de esos escritores que pretenden, meciéndole, conservar a su lado al lector el mayor tiempo posible. Nada para el sueño, todo para la vigilia. Vamos, pronto, ¡tomen y márchense! Fuera les esperan otras preocupaciones. En caso necesario, sáltense capítulos, empiecen por donde les plazca, lean en diagonal: éste es un instrumento para múltiples usos, como los cuchillos de los excursionistas. Por ejemplo, si temen llegar demasiado tarde al meollo del asunto que les interesa, salten estas primeras páginas.
    Sepan solamente que en ellas se explica cómo el siglo XIX había cerrado sus puertas a la realidad fan­tástica del hombre, del mundo, del Universo; cómo el siglo xx ha vuelto a abrirlas, aunque nuestra moral, nuestra filosofía y nuestra sociología, que deberían ser contemporáneas del futuro, no lo son en modo alguno y permanecen aferradas a este anticuado siglo XIX. No se ha tendido aún el puente entre el tiempo de los tra­bucos y el de los cohetes, aunque se piensa en ello. Es­cribimos para que se piense más aún. Como tenemos prisa, no lloramos sobre el pasado, sino sobre el pre­sente, y lloramos de impaciencia. Eso es todo. Ya saben lo bastante para hojear deprisa este comienzo y pasar, si quieren, más adelante.
    La Historia no ha conservado su nombre, y es una lás­tima. Era director del Patent Office americano, y fue él quien tocó a zafarrancho. En 1875 envió su dimisión al Secretario de Estado para el Comercio. ¿Por qué seguir?, decía en sustancia; ya no queda nada que in­ventar.
    Doce años después, en 1887, el gran químico Marcellin Berthelot escribía: «De ahora en adelante, el Universo'tiene ya misterios.» Para obtener una imagen co­herente del mundo, la ciencia había despejado la plaza. La perfección por la omisión. La materia estaba consti36
    tuida por cierto número de elementos imposibles de transformar unos en otros. Pero, mientras Berthelot rechazaba en su sabia obra los sueños alquimistas, los ele­mentos, que nada sabían de ello, seguían transmutándose bajo el efecto de la radiactividad natural. En 1852, Reichenbach había expuesto el fenómeno, que había sido inmediatamente rechazado. Trabajos realizados en 1870 evocan «un cuarto estado de la materia» compro­bado con ocasión de la descarga de los gases. Pero ha­bía que reprimir todo misterio. Represión: ésta es la palabra. La idea del siglo XIX puede someterse a psicoa­nálisis.
    Un alemán llamado Zeppelin, de vuelta a su tierra después de haber combatido en las filas sudistas, trató de interesar a los industriales en la dirección de globos. «¡Desgraciado! ¿No sabe que hay tres temas sobre los cuales la Academia de Ciencias francesa no admite dis­cusión? Son la cuadratura del círculo, el túnel bajo la Mancha y los globos dirigidos.» Otro alemán, Hermán Gaswindt, proponía la construcción de máquinas volantes más pesadas que el aire, propulsadas por cohetes. El ministro de la Guerra alemán, después de haber consultado a los técnicos, escribió sobre el quinto manus­crito: «¿Cuándo reventará de una vez ese pájaro de mal agüero?»
    Los rusos, por su parte, se habían sacudido otro pá­jaro de mal agüero, Kibaltchich, que era también partidario de las máquinas voladoras con cohetes. Pelotón de ejecución. Cierto que Kibaltchich había empleado sus conocimientos técnicos para fabricar una bomba que acababa de matar al emperador Alejandro II. En cambio, no había motivo para enviar al cadalso al pro­fesor Langley, del Smithsonian Institute americano, que proponía unas máquinas voladoras accionadas por motores de explosión, recientemente inventados. Se le degradó, se le arruinó y se le expulsó del Smithsonian.
    El profesor Simón Newcomb demostró matemática­mente la imposibilidad de volar con algo más pesado que el aire. Unos meses antes de la muerte de Langley, que se murió de pena, un chiquillo inglés volvió lloran­do un día a la escuela. Había mostrado a sus compañe­ros una fotografía de una maqueta, que Langley acaba­ba de enviar a su padre. Éste había proclamado que los hombres acabarían por volar. Los compañeros se bur­laron de él. Y el maestro le dijo: «Amigo mío, ¿ acaso su padre es un tonto?» El supuesto tonto se llamaba Herbert George Wells.
    Todas las puertas se cerraban, pues, con ruido seco. No había, en efecto, más remedio que dimitir, y M. Brunetiére pudo hablar tranquilamente, en 1895, de «La quiebra de la ciencia». El célebre profesor Lippmann, en la misma época, declaraba a uno de sus alum­nos que la Física estaba acabada, clasificada, archivada y completa, y que haría mejor en emprender nuevos ca­minos. El alumno se llamaba Helbronner y había de convertirse en el primer profesor de fisicoquímica de Europa y hacer notables descubrimientos sobre el aire líquido, los ultravioleta y los metales coloidales. Moissan, el químico genial, se veía obligado a la «autocríti­ca» y a declarar públicamente que jamás había fabrica­do diamantes y que se trataba de un error experimental. Inútil buscar más lejos: las maravillas del siglo eran la máquina de vapor y la lámpara de gas; jamás la Huma­nidad haría mayores inventos. ¿La electricidad? Simple curiosidad técnica. Un inglés loco, Maxwell, había pre­tendido que por medio de la electricidad se podían pro­ducir rayos luminosos invisibles: una broma.
    Algunos años más tarde, Ambrose Bierce podría escribir en su Dictionnaire du Diable: «No se sabe lo que es la electri­cidad, pero, en todo caso, alumbra mejor que un caba­llo de vapor y va más aprisa que un mechero de gas.» En cuanto a la energía, era una entidad totalmente independiente de la materia y que no tenía misterio al­guno. Estaba compuesta de fluidos. Los fluidos lo lle­naban todo, se dejaban describir por ecuaciones de gran belleza formal y daban satisfacción al pensamien­to: fluido eléctrico, luminoso, calorífico, etc. Una pro­gresión continua y clara: la materia en sus tres estados (sólido, líquido y gaseoso) y los diversos fluidos ener­géticos, más sutiles aún que los gases. Bastaba con re­chazar como sueño filosófico las nacientes teorías del átomo para conservar una imagen «científica» del mun­do. Se estaba muy lejos de los granos de energía de Plank y Einstein.
    El alemán Clausius demostraba que no era conce­bible otra fuente de energía que el fuego. Y la energía, si se conserva en cantidad, se degrada en calidad. El Uni­verso fue un día montado como un reloj. Se parará cuando se afloje el muelle. Nada que esperar, nada de sorpresas. En este Universo de previsible destino, la vida habría aparecido por casualidad y habría evolucio­nado por el simple juego de las selecciones naturales. Y en la cima definitiva de esta evolución: el hombre. Un conjunto mecánico y químico, dotado de una ilusión: la conciencia. Bajo los efectos de esta ilusión, el hombre había inventado el espacio y el tiempo: visiones de la mente. Si alguien hubiese dicho a un investigador ofi­cial del siglo XIX que la física absorbería un día el espa­cio y el tiempo y estudiaría experimentalmente la cur­vatura del espacio y la contracción del tiempo, aquél habría llamado a la Policía. El espacio y el tiempo no tienen existencia real. Son conceptos de matemáticos y temas de gratuita reflexión para filósofos. El hombre no sabría qué hacer de estas grandezas. A despecho de los trabajos de Charcot, de Breuer y de Hyslop, la idea de perfección extrasensorial o extratemporal debe ser rechazada con desprecio. Sabio hijo mío, ¡procura te­ner siempre limpia la nariz!
    Era inútil intentar la exploración del mundo inte­rior, pero, sin embargo, había un hecho que introducía bastones en las ruedas de la simplificación: se hablaba mucho de la hipnosis. El ingenuo Flammarion, el du­doso Edgar Poe, el sospechoso H. G. Wells, se intere­saban en el fenómeno. Ahora bien, por fantástico que pueda parecemos, el siglo XIX oficial demostró que la hipnosis no existía. El paciente tiene tendencia a mentir, a simular para complacer al hipnotizador. Esto es exacto. Pero, desde Freud y Morton Price, se sabe que la personalidad puede dividirse. Partiendo de críticas exactas, aquel siglo logró crear una mitología negativa, eliminar todo rastro de lo desconocido en el hombre, reprimir toda sospecha de misterio.
    También la biología estaba terminada. M. Claude Bernard estrujó todas sus posibilidades y se había llegado a la conclusión de que el cerebro segrega el pensa­miento, como el hígado la bilis. Sin duda se llegaría a descubrir aquella secreción y a escribir su fórmula quí­mica de acuerdo con la bonita distribución en hexágo­nos inmortalizada por M. Berthelot. Cuando se supiera cómo se asociaban los hexágonos de carbono para crear el espíritu, se habría escrito la última página. ¡Que nos dejen trabajar en serio! ¡Los locos, al manicomio! Una hermosa mañana de 1898, un grave caballero ordenó al ama de llaves que no dejara leer Julio Verne a sus hijos. El grave caballero se llamaba Edouard Branly. Acababa de renunciar a sus fútiles experimentos sobre las ondas para convertirse en médico de barrio.
    El sabio debe abdicar. Pero debe también reducir a la nada a los «aventureros», es decir, a la gente que reflexiona, que imagina, que sueña. Berthelot ataca a los filósofos «que se baten contra su propio fantasma en la arena solitaria de la lógica abstracta» (he aquí una bue­na descripción de Einstein, por ejemplo). Y Claude Bernard declara:
    «Un hombre que descubre el hecho más sencillo sirve más a la Humanidad que el más grande filósofo del mundo.» La ciencia debería ser sólo experimental. Fuera de ella, no hay salvación. Cerremos las puertas. Nadie igualará jamás a los gigantes que han inventado la máquina de vapor.
    En este Universo organizado, inteligible y, por lo demás, condenado, el hombre debería mantenerse en su justo lugar de epifenómeno. Nada de utopías ni de esperanza. El combustible fósil se agotará en unos cuantos siglos, y vendrá el fin por frío y por hambre.
    Jamás el hombre volará, jamás viajará por el espa­cio. ¡Extraña prohibición la de la visita a los abismos marinos! Nada impedía al siglo XIX, dado el estado de su técnica, construir el batiscafo del profesor Piccard. Nada se lo impedía, salvo la preocupación del hombre de «mantenerse en su lugar».
    Turpin, que inventa la melinita, no tarda en verse recluido. Se desanima a los inventores de los motores de explosión y se intenta demostrar que las máquinas eléctricas no son más que formas del movimiento con­tinuo. Es la época de los grandes inventores aislados, rebeldes, acosados. Hertz escribe a la Cámara de Co­mercio de Dresde que hay que desanimar a los que in­vestigan sobre la transmisión de las ondas hertzianas: no es posible ninguna aplicación práctica. Los expertos de Napoleón III prueban que la dínamo Gramme no dará vueltas jamás.
    Los doctos académicos no se molestan a causa de los primeros automóviles, de los submarinos, de los dirigibles, de la luz eléctrica (¡un truco de ese dichoso Edison!). Pero existe una página inmortal. Es el acto de la recepción del fonógrafo en la Academia de Ciencias de París:
    «En cuanto la máquina empieza a emitir algu­nas palabras, el señor Secretario Perpetuo se lanza so­bre el impostor y le aprieta la garganta con puño de hierro. ¡Véanlo ustedes!, les dice a sus colegas. No obs­tante, para general asombro, la máquina sigue emitien­do sonidos.»
    Mientras tanto, algunos espíritus gigantes, fuertemente .contrariados, se arman en secreto, preparando la más formidable revolución de ideas que el hombre «históri­co» haya conocido. Pero por lo pronto, todos los cami­nos están cerrados.
    Cerrados hacia delante y hacia atrás. Se rechazan los fósiles prehumanos que empiezan a descubrirse en cantidad. ¿Acaso no ha demostrado el gran Heinrich Helmholtz que el sol saca su energía de su propia contracción, es decir, de la única fuerza que, junto con la combustión, existe en el Universo? ¿Y no muestran sus cálculos que, cuanto más, unos centenares de miles de años nos separan del nacimiento del sol? ¿Cómo habría podido producirse una larga evolución? Y, además, ¿quién encontrará jamás la manera de poner fecha al pasado del mundo? En este breve lapso entre dos na­das, nosotros, los epifenómenos, permanecemos graves. ¡Hechos! ¡Sólo queremos hechos!
    Al no alentarse las investigaciones sobre la materia y la energía, los más curiosos se meten en un callejón sin salida: el éter. Es el medio que penetra toda materia y sirve de soporte a las ondas luminosas y electromagnéticas. Es a la vez infinitamente sólido e infinitamente tenue. Lord Rayleigh, que representa, a fines del si­glo XIX, la ciencia oficial inglesa en todo su esplendor, construye la teoría del éter giroscópico. Un éter com­puesto de múltiples peonzas girando en todos sentidos y reaccionando entre ellas. Aldous Huxley escribirá más tarde que «si una obra humana puede dar idea de la fealdad de lo absoluto, lo ha logrado la teoría de Lord Rayleigh».
    Las inteligencias disponibles en los albores del si­glo xx se hallan enfrascadas en las especulaciones sobre el éter. En 1898, se produce la catástrofe: el experimen­to de Michelson y Henri Poincaré, matemático genial, sentía gravitar sobre sí el enorme peso de ese siglo XIX que había sido carcelero y verdugo de lo fantástico. Él habría descubierto la relatividad si se hubiese atrevido. Pero no se atrevió. La, valeur de la Science, La Science et l'Hypothése, son obras desesperadas y de dimisión. Para él, la hipótesis científica no es nunca verdadera; sólo puede ser útil. Y es como una fonda española: sólo se encuentra en ella lo que uno lleva. Según Poincaré, si el Universo se contrajese un millón de veces, y noso­tros con él, nadie advertiría nada. Especulaciones inúti­les, por ajenas a toda realidad sensible. Su argumento fue citado hasta principios de nuestro siglo como mo­delo de profundidad. Hasta el día en que un experto in­geniero hizo observar que, por lo menos, se daría cuen­ta el tocinero, pues todos sus jamones se vendrían al suelo. El peso de un jamón es proporcional a su volu­men, pero la fuerza de un hilo no es proporcional a su sección. ¡Que se contraiga el Universo un millón de ve­ces, y todos los jamones irán por los suelos! ¡Pobre, viejo y querido Poincaré! Este maestro del pensamiento había escrito:
    «Basta el sentido común para decir­nos que la destrucción de una ciudad por la desintegra­ción de medio kilo de metal es una imposibilidad evi­dente.»
    Carácter limitado de la estructura física del Univer­so, inexistencia de los átomos, débiles recursos de la energía fundamental, incapacidad de una fórmula ma­temática que dé más de lo que contiene, vacuidad de la intuición, estrechez y mecanicidad absoluta del mundo interior del hombre: tal es el espíritu de las ciencias, y este espíritu se extiende a todo, crea el clima que empa­pa a toda la inteligencia de este siglo. ¿Un siglo pequeño? No. Alto, pero estrecho. Como un enano al que se hubiese estirado.
    Bruscamente, las puertas cuidadosamente cerradas por el siglo XIX sobre las infinitas posibilidades del hombre, de la materia, de la energía del espacio y del tiempo, saltarán en pedazos. Las ciencias y la técnica darán un salto formidable, y se pondrá de nuevo a dis­cusión la naturaleza misma del conocimiento.
    No es un progreso: es una transmutación. En este otro estado del mundo, la propia conciencia tiene que mudar de estado. Hoy día, en todos los dominios, se han puesto en movimiento todas las formas de la imaginación. Salvo en los terrenos en que se desarrolla nues­tra vida «histórica», taponada, dolorosa, al modo precario de las cosas anticuadas. Un inmenso foso separa al hombre de la aventura de la Humanidad, a nuestras sociedades de nuestra civilización. Vivimos sobre unas ideas, una moral, una sociología, una filosofía y una psicología que pertenecen al siglo XIX. Somos nuestros propios bisabuelos. Contemplamos cómo se elevan los cohetes en el cielo y cómo vibra la Tierra con mil nuevas radiaciones, mientras chupamos la pipa de Thomas Graindorge. Nuestra literatura, nuestros debates filo­sóficos, nuestros conflictos ideológicos, nuestra actitud ante la realidad, todo duerme detrás de las puertas que acaban de saltar. ¡Juventud! ¡Juventud! Ve y anuncia a todo el mundo que las puertas están abiertas y que el Exterior acaba ya de entrar.
    II
    La delectación burguesa. — Una dama de la inteligen­cia o la tempestad del idealismo. —Apertura a otra realidad. — Más allá de la lógica y de las filosofías litera­rias. — La noción de eternidad presente. — Ciencia sin conciencia: ¿y conciencia sin ciencia? — La esperanza.
    «La marquesa tomó su té a las cinco.» Valéry decía, más o menos, que no pueden escribirse tales cosas cuando se ha entrado en el mundo de las ideas, mil ve­ces más vigoroso y romántico, mil veces más real que el mundo del corazón y de los sentidos. «Antonio amaba a María, que ama a Pablo; fueron muy desgraciados y tuvieron muchas nadas.»
    ¡Toda una literatura! Palpita­ciones de amibas y de infusorios, cuando el Pensamien­to arrastra tragedias y dramas gigantescos, transmuta seres, transforma civilizaciones, moviliza enormes ma­sas humanas. ¡Soñolientos goces, delectación burguesa! Nosotros, adeptos de la conciencia despierta, trabaja­dores de la tierra, sabemos dónde están la insignifican­cia, la decadencia, el juego corrompido...
    Las postrimerías del siglo XIX marcan el apogeo del teatro y de la novela burguesa, y la generación literaria de 1885 reconocerá un momento como maestros a Anatole France y Paul Bourget. Ahora bien, en la mis­ma época, se representa, en el campo del conocimiento puro, un drama mucho más grande y palpitante que el de los héroes del Divorce o los del Lys Rouge. Una sú­bita borrachera se desliza en el diálogo entre materialis­mo y espiritualismo, ciencia y religión. Del lado de los sabios, herederos del positivismo de Taine y de Renán, ciertos descubrimientos formidables hacen que se de­rrumben las murallas de la incredulidad. No se creía más que en las realidades debidamente comprobadas: bruscamente, lo irreal se hace posible. Obsérvenlo como si se tratara de una intriga romántica con presen­tación de personajes, intervención de los traidores, pasiones contrariadas y debates entre las ilusiones.
    El principio de la conservación de la energía era algo sólido, cierto, inconmovible.
    22 min

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