PODCAST DE TIM BENIYORK EN BENIDORM

PODCAST DE TIM BENIYORK EN BENIDORM

By TIM BENIYORKTechnology
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PODCAST DE TIM BENIYORK EN BENIDORM episodes

  • EL SINSENTIDO DE LA VIDA Y EL SENTIDO DE LA CIENCIA
    El (sin)sentido de la vida
    En un debate televisado que versaba sobre ciencia versus religión, los tertulianos del bando pro religión pasaron a mentir como bellacos y a decir, con más cara que espalda, que la religión y la ciencia son y han sido siempre compatibles. Y los admiré por ello, porque al menos tuvieron narices para ser consecuentes con su altura intelectual.
    La base del argumento era que la ciencia se encarga de los ‘por qué’ y de los ‘cómo’ pero no de los ‘para qué’.
    Es decir, su idea era que la pregunta por el sentido de la vida humana estaba fuera del ámbito del pensamiento racional y que sólo podía ser respondida apelando a la religión y a los curas reprimidos de turno. Ellos, los religiosos, serían los encargados de desvelarnos el sentido de la vida, los designios del Señor, la teleología de la vida humana y todas esas cosas. Gente humilde.
    Ojo, que uno era un físico bastante competente y el otro un bioquímico con galardones y reconocimientos. Es decir, son gente que ha pasado una licenciatura, un máster, un doctorado, que hacen carrera en la universidad, y que piensan que la pregunta por el sentido de las cosas es ajena a la ciencia.
    Quisiera desmontar esa idea. Desmontarla y denunciar con ello la lamentable formación en pensamiento crítico que muestran los científicos actuales. La formación de un científico actual es una formación meramente técnica, generalmente. La mayoría de ellos ni siquiera comprende en profundidad su propia actividad, por qué las cosas se hacen como se hacen y no de otra manera, qué demonios es la ciencia.
    Puedo entender que un científico no sepa de pensamiento crítico general, pero me parece inadmisible que no sepa comprender los fundamentos conceptuales básicos de la ciencia. Y este es un caso de esos. Y tampoco es culpa de la chavalada, que podría interesarse más pero hace lo que puede.
    La culpa es de que no hay ninguna maldita asignatura en las carreras de ciencias en las que se expliquen estas cosas, cosas que marcan la diferencia entre la ciencia y la mala ciencia, o entre el científico serio y el que se sienta en la radio, ya crecido, defendiendo el pensamiento mágico y sectario con pretendida autoridad argumental sin saber lo que se le viene encima.
    El sentido del sentido
    En filosofía se hacen ciertas matizaciones, elucidaciones y definiciones que a mucha gente le parecen demasiado abstractas o impenetrables, pero que terminan teniendo grandes implicaciones prácticas.
    Uno de esos casos es la separación entre preguntas, preguntas estúpidas y pseudopreguntas.
    Una pregunta es aquella que es susceptible de ser respondida. Por ejemplo, ‘¿cuál es la media de hijos por habitante de la Unión Europea?’, ‘¿qué está pasando con la guerra de Siria?’ O ‘¿llevo encima uno o dos condones?’ Todas estas preguntas tienen respuestas más o menos complicadas y esas respuestas son útiles dado que nos ayudarán a pensar sobre el problema demográfico europeo, sobre la posibilidad de una tercera guerra mundial o a saber si vas a la guerra con una bala de plata o con la tranquilidad de quien sabe llevar una ametralladora bien cargada.
    Luego están las preguntas estúpidas, como ‘¿cuál es la media de la talla de zapatos de los mexicanos cuyo pasaporte termina en 3?’. Estas preguntas tienen respuesta, es evidente que es posible calcular esa media, pero se trata de una respuesta a la que sería muy complicado encontrarle una utilidad real. Son las típicas preguntas bobas que dices cuando te pones nervioso al conocer a una chica que te gusta, o las preguntas que le haces a un ponente por obligación cuando no te interesa lo que habla, y a mí me pasa mucho todo esto.
    Pero hay una clase muy especial de interrogaciones: las pseudopreguntas. Estas son preguntas sin respuesta posible. No tienen respuesta posible porque a) son metafísicas, b) son sintácticamente defectuosas o c) son semánticamente incongruentes.
    Ejemplos de a) serían ‘¿cuál es el sexo de los ángeles?’ o ‘¿Dios es uno o trino?’ o ‘¿Las Ideas de Platón son esféricas?’. Se trata de preguntas cuya respuesta se sitúa más allá de toda experiencia posible, y, por ello, carecen de todo significado y sentido.
    Un ejemplo de b) sería ‘¿lámparas ante correrías árbol?’, un montón de palabras mal juntadas que no expresan nada.
    Y, por último, dos ejemplos de c) serían ‘¿el 8 vibra mucho?’ o ‘ya he visto la cocina, las habitaciones, los baños, el trastero y hasta el garage, pero, ¿dónde está tu casa?’. En estos dos casos los componentes semánticos de la pregunta no guardan una relación adecuada entre sí, de modo que lo que forman no tiene respuesta posible más allá de pararnos a analizarla a fin de desmontarla. Sobre el 8 diríamos que los números no vibran y sobre la segunda diríamos que mi casa es el conjunto de sus partes, que la pregunta es un error categorial y, en último término, una falacia de reificación.
    Bien, dicho esto pasemos a la pregunta por el sentido. Este tipo de preguntas son las que interrogan acerca del para qué de las cosas, por ejemplo, el para qué del metro, de los canales de televisión o de los teléfonos móviles.
    Por supuesto, también tiene una aplicación antediluviana que consiste en preguntarse por el sentido de la vida humana, una aspiración que casi todas las culturas han tratado de satisfacer apelando a sus propias supercherías y religiones locales. La pregunta por el sentido de las cosas no es una pregunta independiente.
    Ejemplos de preguntas independientes serían ‘¿por qué las cataratas caen hacia abajo?’ O ‘¿por qué los pájaron cantan?’. Por supuesto, estas preguntas dependen de que existan pájaros y cataratas y cantos y arriba y abajo, pero basta con la existencia de sus componentes explícitos para que sean preguntas plenamente significativas.
    La pregunta por el sentido, en cambio, depende de algo ajeno a su contenido semántico explícito. Por ejemplo, no basta con que exista el ser humano o los teléfonos móviles o los metros: es necesario un creador, un agente intencional. Se trata de preguntas que tienen sentido cuando sabemos que hay una intencionalidad detrás de los objetos sobre los que interroga, como es el caso de los productos tecnológicos, pero será una pseudopregunta si no hemos comprobado primero que existe el agente.
    Por ejemplo, si alguien nos preguntara por el sentido de las piedras lo más normal sería que nos quedáramos pensativos un momento mirando a nuestro interlocutor sin saber muy bien por dónde afrontar la frase y después le respondiéramos con un ‘¿cómo que cuál es el sentido de las piedras? Las piedras no tienen sentido’.
    Es un error pensar que la pregunta se puede aplicar a las guitarras y a las olas del mar por igual, porque ambas cosas pertenecen a clases de objetos muy diferentes. La ciencia puede hacerse cargo de la pregunta por el sentido de las cosas siempre que la pregunta esté bien formulada y sea procedente.
    La ingeniería inversa, la etología, muchas ramas de la ciencia se hacen preguntas por el sentido de las acciones humanas o animales y no es ningún problema. Y no hace falta ser científico, todos respondemos a estas preguntas a diario interactuando con otros seres vivos directa o indirectamente. Se llama ‘teoría de la mente’ o ‘empatía cognitiva’. El problema viene cuando la pregunta se convierte en una pseudopregunta improcedente, algo en lo que ningún científico debería caer, y entonces es cuando vienen los mares de palabrería.
    Un ejemplo dramático de este error es la pregunta por el sentido de las enfermedades, como si el cáncer tuviera un sentido, un para qué, y fuera algo que hay que ‘comprender’ de este modo para ‘reconciliarse’ con él.
    Esta clase de pseudopreguntas tan absurdas y peligrosas las usan los desgraciados de la bioneuroemoción y de la nueva medicina germánica día sí y día también para engañar a la gente. También hay mucha gente que se pregunta de forma absurda por el sentido de la evolución biológica. El caso de la pregunta por el sentido de la vida humana es aún más extremo, porque se trata de una pseudopregunta tanto por a) como por c) —por ser metafísica y por ser semánticamente incongruente.
    Por un lado, la pregunta está mal formulada porque pretende correr antes de poder andar. Tendrá sentido preguntarse por cuál es el sentido de la vida cuando, antes, sepamos que la vida tiene un sentido. Es decir, primero hay que saber si hay un creador para después preguntarnos por sus designios. Pero la cosa va más allá, porque el creador al que suelen apelar es un dios más allá de toda experiencia posible, con lo cual si la pregunta en sí misma ya es una taradez es que su posible respuesta lo es aún más.
    El Don Juan de las preguntas
    La pregunta por el sentido de la existencia humana es muy seductora, tanto que no podemos evitar resistirnos a ella. Lo es por dos motivos, los dos estrechamente vinculados a la animalidad humana.
    En primer lugar, porque resulta intuitiva y los sesgos inherentes a nuestro cerebro tienden a ella. Por decirlo en términos llanos: la pregunta por el sentido es natural en nosotros y sólo la cultura y la educación puede quitarle universalidad.
    Por ejemplo, volviendo al caso del genio que hacía la típica pregunta de fumado acerca de las piedras, el que le contesta apelando a su estupidez es un auténtico rarito desde un punto de vista puramente biológico. Por ejemplo, vamos por el monte y vemos piedras puntiagudas. La explicación que deberíamos aceptar los que hemos pasado por el colegio es que esto se puede deber a la erosión en un material con vetas más sólidas en el interior, o a que la piedra se ha partido recientemente, o a que algún animal bastante listo la ha utilizado como herramienta dándole forma.
    Pero para un niño la explicación más lógica no sería ninguna de esas, sería que son puntiagudas para que los animales se rasquen con ellas, o para cortar cosas o defenderse. La explicación que apela a la función, al para qué, es aceptada con mucha más facilidad que la explicación que apela a la causa material de las cosas. Este es un sesgo presente en todos los niños pequeños y está bastante bien estudiado.
    Este sesgo se relaciona estrechamente con el antropocentrismo, con la idea de que todas las cosas están hechas para nosotros. La idea del hombre como fin y medida de la naturaleza. Esto también está muy arraigado en nuestra naturaleza.
    Por ejemplo, los niños y la gente no instruida suele pensar que llueve para que los campos no se sequen o que los animales están para comérselos o para torturarlos salvajemente en una plaza de toros —’el toro vive para eso’ dicen.
    Esta forma de pensar puede parecer infantil, y lo es, pero es la forma como piensa el ser humano por defecto. Y por eso nos va como nos va. Pero hay más, porque con esos sesgos se mezclan otros que hacen que el asunto crezca en peligrosidad y complejidad.
    Por ejemplo, el ser humano tiende a suponer agencia al mundo que le rodea. Es decir, el rayo no sólo es para mí, sino que tiene voluntad propia, igual que la lluvia. Por eso el fuego es malo y las vacas son buenas. Por eso las religiones animistas son una versión anterior a las religiones teístas y que tenían uno o varios dioses. Este salto se debe a otro sesgo: la antropomorfización.
    Tendemos a otorgar características humanas a las entidades en las que creemos reconocer agencia. De este modo, el rayo no sólo tiene voluntad, sino que su voluntad se parece a la voluntad humana, y, por ello, resulta tan sencillo dar el salto a pensar en el ‘dios del rayo’ y de ahí a Thor o Zeus. Por supuesto, hay otros sesgos implicados, como el pensamiento mágico, que ya terminan de redondear el carácter irracional de la religión.
    Todos estos sesgos han sido muy bien estudiados por los psicólogos y se miden con escalas bastante bien validadas. Hasta donde sé la de antropomorfización es bastante compleja de desarrollar, pero el resto son muy precisas. Hay una especialmente relevante que se suele denominar CORE y que mide lo que denominan ‘confusiones ontológicas’. La gente que saca una puntuación alta en esta escala tiende a confundir los estratos físicos, biológicos y psicológicos.
    Por ejemplo, tienden a pensar que las entidades físicas tienen consciencia o voluntad o intencionalidad. Este tal CORE es, además, el mejor predictor que tenemos para las creencias en lo paranormal y para la religiosidad —siendo el pensamiento religioso una forma particular de pensamiento paranormal.
    Y este tipo de confusiones también están en la base de la pregunta por el sentido, que, al fin y al cabo, se basa en la absurda creencia de que la naturaleza tiene una intención en relación a nosotros. Por todas estas razones la pregunta es tan potente, porque conecta directamente con la forma más primaria de pensar que tenemos, una forma de pensar que, volviendo a los interlocutores científicos del debate, manda narices que aún mantenga la gente que enseña ciencia en las facultades.
    La otra razón por la cual esta pregunta es tan seductora es más sencilla de explicar: porque nos permite dominar la mente de los demás. Una vez te tragas que la vida tiene un sentido y que la respuesta a esa pregunta está en manos de los curas cristianos, musulmanes o de algún otro club de lo irracional ya estás vendido.
    Te conviertes en un ser manipulable que entiende su vida como otros quieren que la entienda. Este afán de colonizar la mente de los demás es una aspiración humana muy primaria. ¿Por qué un cura decide hacerse cura? ¿Son más felices? No, la gente religiosa no es más feliz. ¿Son más morales? Tampoco lo son. ¿Son más cultos? No. ¿Temen menos a la muerte? No —saberse juzgado por un tribunal metafísico en una religión tan susceptible que comer gambas o meneársela es igual a infierno va a terminar mal sí o sí, y lo saben. ¿Ganan dinero? No.
    La única razón por la que alguien puede decidir irse a un convento o hacerse seminarista es para controlar a los demás y para controlar el mundo de un modo superior al resto. La gran satisfacción de un cura es tener el poder para perdonar los pecados de los demás, la gran satisfacción del ISIS es someter a la población a sus paridas mentales siendo ellos los que pongan el pie en la cabeza del otro, la gran satisfacción de una monja es rezar y pensar que eso cambia algo o las hace mejores que el resto.
    Esto, además, responde a más sesgos, en este caso al sesgo de defensa del estatus y al sesgo de control. Y no ser así no se correlaciona con la inteligencia, se correlaciona con la educación, y con una forma determinada de educación crítica. Hasta la gente más inteligente se hace beata, lo definitorio es si te han enseñado a razonar y a respetar a los demás o no.
    El sentido de tu vida
    Hay una pregunta sobre la vida humana que sí podemos hacernos y que, además, tiene una respuesta contundente. No cabe preguntarse por cuál es el sentido de la vida, pero sí cabe hacerlo sobre si la vida tiene o no sentido intrínseco.
    Y la respuesta es NO.
    La vida no tiene sentido alguno por sí misma. Somos el resultado de unos monos que hace 300 mil años evolucionaron en otros monos y nuestra mente es el cerebro y al morir nuestro cerebro se convierte en abono para los que vendrán y se termina todo.
    ¿Es esto una triste realidad? Yo no lo creo. Al menos soy libre. No me sentiría mejor sabiendo que me van a condenar al fuego eterno habiendo hecho lo que he hecho con mi vida, en la que no he fastidiado a nadie ni he hecho daño a los demás, porque saber que estarán en el cielo los curas pederastas, Hitler si se confesó a tiempo, los terroristas islámicos —que además tendrán su propio harén de vírgenes— y toda clase de gentuza me resultaría bastante perturbador.
    La ciencia, el conocimiento fiable y riguroso que tenemos sobre todo esto que nos rodea, nos dice que no hay macho alfa celestial ni cabra roja ni tribunal ni karma ni nada.
    Pero eso no quiere decir que tu vida no tenga sentido o que la mía no pueda tenerlo.
    Cada cual construye el sentido de su vida y es capaz de darle el significado que desee, entregándola a la causa que quiera del modo que quiera.
    Y eso es maravilloso, es la idea más maravillosa sobre la tierra, una idea mucho más hermosa que el valle de lágrimas y el lugar de las mujeres en el mundo islámico.
    El existencialismo filosófico se ha encargado de desarrollar esta idea, aunque hay que diferenciar dos tipos por si alguien decide acercarse a él. Por un lado está el existencialismo cristiano, con Heidegger a la cabeza —y Kierkegaard por ahí—, que da un sentido cristiano a la vida —y un poquito bastante filonazi— y, por otro, el existencialismo ateo de Sarte, en el que el sentido de la vida depende de cada cual por completo.
    En este sentido, casi todos somos existencialistas, todos buscamos un sentido y una forma de fundamentarlo, pero ese fundamento no está ni en la ciencia ni en la religión, al menos en un sentido universal, porque el sentido universal no existe. El sentido es personal, siempre personal, siempre emana de nuestra propia voluntad.
    Darle un sentido a tu vida es una gran responsabilidad, la más grande de todas.
    Reconocer esta maravillosa carga supone desencantarse del mundo y supone hacerse cargo de uno mismo, tener que apechugar con lo que se hace, con las consecuencias de los propios actos, con los errores, con la justicia, con la gentuza, con los caminos a ninguna parte, con todo eso y con mucho más. Y puedo reconocer que en eso lo tienen más fácil los que prefieren taparse los ojos ante la realidad y entregarse a las garras de la religión.
    Ellos tendrán que afrontar otros miedos, pero no el miedo a tener que configurar sus propias vidas. Tendrán un camino marcado, uno aburrido e insoportable, pero la gente es así, cobarde. Y sin duda están en su derecho de serlo.
    ¿Por qué en lugar de irnos a volar por los peligrosos cielos de la absurdez con preguntas imposibles no nos quedamos en la tierra con lo poco bueno que nos queda?
    Dale un sentido lógico a tu vida, dentro de los inextricables caminos y senderos azarosos por los que nos lleva el destino. Carpe Diem.
    32 min
  • LOS MEJORES RECUERDOS SON ENTRE LOS 15 Y LOS 25 AÑOS
    Las cosas que mejor recuerdas son las que viviste cuando tenías entre 15 y 25 años. Noticias de Alma, Corazón, Vida
    Dec. 21st, 2016
    Lo que sabemos de nuestros primeros años de vida nos lo han contado o lo hemos visto a través de fotografías y vídeos, ya que no es hasta los tres años cuando empezamos a recordar. Poco a poco vamos grabando en nuestra memoria momentos, y experiencias significativas que perduran con el paso del tiempo. No obstante, no retenemos todo, incluso es posible que te pregunten qué hiciste el fin de semana pasado y tengas que pensarlo durante unos segundos.
    Vamos a ponernos a prueba. ¿Quién ganó el Oscar a la mejor actriz el año pasado? ¿Cuál fue el libro más vendido? ¿Quién ganó el Mundial de Fórmula 1 en 2015? O somos grandes cinéfilos, ávidos lectores o aficionados a la velocidad o es posible que no te acuerdes que Julianne Moore se alzó con la preciada estatuilla; 'La chica del tren', de Paula Hawkins, fuera el ejemplar más vendido en las librerías españolas en 2015, o tengas que pararte a pensar que fue Lewis Hamilton el mejor piloto.
    Algunos neurobiólogos proponen que está relacionado con la forma en la que el cerebro madura. Además, recordamos mejor las primeras veces
    Sin embargo, sí que es posible que seas capaz de saber quién era la actriz de moda en tu juventud, el libro que marcó a toda una generación cuando tenías 20 años o quién ganaba por aquel entonces todas las carreras a bordo de un monoplaza. La explicación es muy sencilla. Los momentos más memorables de tu vida están entre los 15 y 25. Puedes ponerlo en práctica. Pregúntale a alguien sobre las cosas que mejor recuerda y la mayoría habrán tenido lugar en ese periodo de tiempo. En personas mayores de 40 años esto es muy evidente: a pesar de que su época de treintañeros es más reciente, tienen más presente los veinte.
    El bache de la reminiscencia
    Los investigadores llaman a estos diez años el bache de la reminiscencia, debido a la imagen que aparece cuando se representa la curva de la memoria sobre la vida de una persona. Algunos neurobiólogos proponen que hay algo en la forma en la que el cerebro madura que hace que la información que procesamos durante este período se quede bien registrada. El doctor Michael S.Shum sostiene que podemos recordar mejor las experiencias que tienen que ver con una primera vez -como el primer beso o la primera clase de conducir- y la mayor parte de esas vivencias tienden a ocurrir durante esos diez años. Dicho de otro modo, la razón por la que tenemos tan anclada en la memoria nuestra juventud es porque se trata de un periodo en el que vivimos cosas nuevas.
    Amistades para toda la vida. (iStock)
    Amistades para toda la vida. (iStock)
    En cambio, otros investigadores señalan que nuestros recuerdos se centran en esa etapa porque está definido culturalmente, ya que es cuando nos pasan acontecimientos clave que posteriormente se reviven y se cuentan (experiencia universitaria, creación de círculos de amistades, relaciones amorosas, etc.).
    Etapa en la que se forja la identidad
    Sin embargo, un nuevo estudio del que se hace eco el Foro Económico Mundial sugiere algo diferente. Los momentos más memorables de nuestra vida estarían entre los 15 y los 25 años porque es el periodo en el que procesamos información que nos definirá para el resto de nuestras vidas, o lo que es lo mismo, es cuando se forja nuestra personalidad.
    Los investigadores Chris Moulin, de la Universidad de Grenoble Alpes, Akira O'Connor, de la Universidad de St. Andrews, y Clare Rathbone, de la Universidad de Oxford Brookes, han llevado a cabo un estudio en el que, a diferencia de otros realizados con anterioridad, no se han basado en las pruebas de memoria, ya que su teoría es que las personas retienen los momentos más significativos a nivel personal. En parte, es lógico, porque no solemos recordar acontecimientos al azar y nos cuesta prestar atención a la información que no es relevante.
    En vez de pedir a los participantes que recordaran cosas, les pidieron que eligieran a actores con un Oscar o canciones populares
    Los tres expertos en psicología optaron por otro método. Consistía en usar otra medida clásica del canon de investigación en memoria que no se ha utilizado mucho en este ámbito: el reconocimiento. En vez de pedirles a los participantes del estudio que recordaran cosas, les pidieron que eligieran a actores galardonados con un Oscar o canciones populares a partir de una lista desde los años cincuenta hasta el 2005. Basándose en las respuestas, constataron que todas se centraban entre los 15 y los 25 años.
    También solicitaron a los participantes que escogieran sus cinco favoritos de la lista, lo cual sería relevante porque permitiría saber si el porcentaje de películas o canciones que les eran indiferentes durante su juventud era tan alto como el de favoritos. Se dieron cuenta de que cuando se trata de películas o canciones que no les importaban, “no las recordaban mejor si eran de los 15 a los 25 años o de cualquier otro periodo de sus vidas”.
    Una vez analizados los resultados, los investigadores llegaron a la conclusión que la razón por la que los momentos más memorables de nuestra vida están concentrados en esta etapa es porque se está definiendo nuestra personalidad. Las cosas que vivimos que no son relevantes para nosotros las olvidamos y, en cambio, nuestros gustos y los eventos a los que asistimos o la información que recibimos en esos diez años, los cuales nos marcan el resto de nuestras vidas, sí que los recordamos.
    8 min
  • SOMOS LA GENERACION QUE NO QUIERE RELACIONES
    Queremos una segunda taza de café para las fotos que subimos a Instagram los domingos por la mañana, otro par de zapatos en nuestras fotos artísticas de pies. Queremos poner en Facebook que tenemos una relación para que todo el mundo pueda darle a "me gusta" y poner un comentario, queremos una publicación digna del hashtag #parejaperfecta. Queremos tener a alguien con quien ir de brunch los domingos, con quien quejarnos los lunes, con quien comer pizza los martes y que nos desee buenos días los miércoles. Queremos llevar acompañante a las bodas a las que nos inviten (¿Cómo lo habrán hecho? ¿Cómo habrán conseguido un felices para siempre?). Pero somos de la generación que no quiere relaciones.
    Buceamos por Tinder en un intento de encontrar a la persona adecuada. Como si tratáramos de hacer un pedido a domicilio de nuestra alma gemela. Leemos artículos como Cinco maneras de saber que le gustas o Siete formas de gustarle, con la esperanza de ser capaces de moldear a una persona para tener una relación con ella, como si de un proyecto de artesanía que hemos visto en Pinterest se tratase. Invertimos más tiempo en nuestros perfiles de Tinder que en nuestra personalidad. Y aun así no queremos tener una relación.
    Hablamos y escribimos mensajes de texto, mandamos fotos o vídeos por Snapchat y tenemos conversaciones subidas de tono. Salimos y aprovechamos la happy hour, vamos a tomar un café o a beber cerveza; cualquier cosa con tal de evitar tener una cita de verdad. Nos mandamos mensajes para quedar y mantener una charla insustancial de una hora solo para volver a casa y seguir manteniendo una charla insustancial mediante mensajes de texto. Al jugar mutuamente a juegos en los que nadie es el ganador, renunciamos a cualquier oportunidad de lograr una conexión real. Competimos por ser el más indiferente, el de la actitud más apática y el menos disponible emocionalmente. Y acabamos ganando en la categoría el que acabará solo.
    Queremos la fachada de una relación, pero no queremos el esfuerzo que implica tenerla. Queremos cogernos de las manos, pero no mantener contacto visual; queremos coquetear, pero no tener conversaciones serias; queremos promesas, pero no compromiso real; queremos celebrar aniversarios, pero sin los 365 días de esfuerzo que implican. Queremos un felices para siempre, pero no queremos esforzarnos aquí y ahora. Queremos tener relaciones profundas, pero sin ir muy en serio. Queremos un amor de campeonato, pero no estamos dispuestos a entrenar.
    Queremos alguien que nos dé la mano, pero no queremos darle a alguien el poder para hacernos daño. Queremos oír frases cutres de ligoteo, pero no queremos que nos conquisten... porque eso implica que nos pueden dejar. Queremos que nos barran los pies, pero, al mismo tiempo, seguir siendo independientes y vivir con seguridad y a nuestro aire. Queremos seguir persiguiendo a la idea del amor, pero no queremos caer en ella.
    No queremos relaciones: queremos amigos con derecho a roce, "mantita y peli" y fotos sin ropa por Snapchat. Queremos todo aquello que nos haga vivir la ilusión de que tenemos una relación, pero sin tener una relación de verdad. Queremos todas las recompensas sin asumir ningún riesgo, queremos todos los beneficios sin ningún coste. Queremos sentir que conectamos con alguien lo suficiente, pero no demasiado. Queremos comprometernos un poco, pero no al cien por cien. Nos lo tomamos con calma: vamos viendo a dónde van las cosas, no nos gusta poner etiquetas, simplemente salimos con alguien.
    Cuando parece que la cosa empieza a ir en serio, huimos. Nos escondemos. Nos vamos. Hay muchos peces en el mar. Siempre hay más oportunidades de encontrar el amor. Pero hay muy pocas de mantenerlo hoy en día...
    Esperamos encontrar la felicidad. Queremos descargarnos a la persona perfecta para nosotros como si fuera una aplicación nueva; que puede actualizarse cada vez que hay un fallo, guardarse fácilmente en una carpeta y borrarse cuando ya no se utiliza. No queremos abrirnos; o, lo que es peor, no queremos ayudar a nadie a abrirse. Queremos mantener lo feo tras una portada, esconder las imperfecciones bajo filtros de Instagram, ver otro episodio de una serie en vez de tener una conversación real. Nos gusta la idea de querer a alguien a pesar de sus defectos, pero seguimos sin dejarle ver la luz del día a nuestro auténtico yo.
    Sentimos que tenemos derecho al amor, igual que nos sentimos con derecho a un trabajo a jornada completa al salir de la universidad. Nuestra juventud repleta de trofeos nos ha enseñado que si queremos algo, merecemos tenerlo. Nuestra infancia rebosante de películas Disney nos ha enseñado que las almas gemelas, el amor verdadero y el felices para siempre existen para todos. Y por eso no nos esforzamos ni nos preguntamos por qué no ha aparecido el príncipe o la princesa azul. Nos cruzamos de brazos, enfadados porque no encontramos a nuestra media naranja. ¿Dónde está nuestro premio de consolación? Hemos participado, estamos aquí. ¿Dónde está la relación que merecemos? ¿Dónde está el amor verdadero que nos han prometido?
    Queremos a un suplente, no a una persona. Queremos un cuerpo, no una pareja. Queremos a alguien que se siente a nuestro lado en el sofá mientras navegamos sin rumbo fijo por las redes sociales y abrimos otra aplicación para distraernos de nuestras vidas. Queremos mantener el equilibrio: fingir que no tenemos sentimientos aunque seamos un libro abierto; queremos que nos necesiten, pero no queremos necesitar a nadie. Nos cruzamos de brazos y discutimos las reglas con nuestros amigos, pero ninguno conoce el juego al que estamos intentando jugar. Porque el problema de que nuestra generación no quiera relaciones es que, al final del día, sí que las queremos.
    10 min
  • CÓMO SE FABRICA UN MEDICAMENTO HOMEOPATICO HOMEOMAGIA Y ESTAFA
    Un documento audiovisual perpetrado por una empresa homeopática, Helios, que lo único que tiene de bueno es su localización, en el barrio londinense de Camden. El vídeo está en inglés, pero no vais a tener problemas para entenderlo; las imágenes son elocuentes y os lo cuento debajo:
    La magia empieza a partir de productos naturales, cómo no, principalmente de origen vegetal y mineral. Si el remedio es una planta hay que machacarla y meter el puré en alcohol donde se va a diluir sus componentes, que son muchos y muy distintos. Pero no importa cuántos ni cuáles son, al fin y al cabo van a desaparecer muy pronto...
    El brebaje inicial, llamado tintura madre por los homeomagos, se sacude diez veces sobre un libro encuadernado en piel (según Hahnemann, el gurú que se inventó la homeopatía, el libro en cuestión tiene que ser una biblia). Como sacudir es una palabra poco fina, esta gente habla de sucución, pero no deja de ser dar golpecitos para remover.
    A partir de aquí llegamos a uno de los fundamentos de la magia homeopática: las diluciones seriadas. En el vídeo vemos la técnica de diluciones centesimales: se toma una parte del brebaje y se mezcla con 99 de agua (o alcohol, depende) y se vuelve a someter a la mágica sucución. Ojo al detalle: la parte a diluir no se mide con una pipeta sino que se deja caer una gota poniendo el tapón de corcho como ayuda. Tampoco importa la falta de exactitud porque ya os digo que al final no queda nada del producto inicial. Porque el asunto de diluir uno en cien se repite de forma seriada de manera que a partir de la dilución número doce ya no queda nada de la tintura madre. No importa: el mago, que parece serio porque en lugar de frac y chistera lleva bata de laboratorio, continúa el proceso porque cree que cuanto más se diluye una sustancia que ya ha desaparecido, más poder curativo tiene (sí, son adultos y peor aún, suelen ser titulados en alguna disciplina científica). La imagen superior, una captura del vídeo, es de un "remedio" homeopático que se ha diluido centesimalmente ¡doscientas veces consecutivas! a pesar de que cuando se ha hecho solo doce veces, como os decía, no hay ni pizca de lo que estábamos disolviendo. El vídeo continúa explicando que si el material de partida es un mineral se mezcla una parte de machacado con 99 de azúcar, ya que generalmente son insolubles. La magia es la misma: una parte de esta mezcla se mezclará, valga la redundancia, con 99 de azúcar, y luego una de esta con 99 de azúcar... Para que parezca más serio el protocolo incluye tiempos, como cuatro minutos por aquí, seis por allá, pero eso es parte del truco; se trata de desviar la atención para que no veas que lo que está haciendo no tiene ni pies ni cabeza.
    Una cosa chula es que la empresa presume de haber automatizado el proceso con unas máquinas que ya no golpean sobre el cuero de un libro. No sé qué diría el gran Hahnemann si levantara la cabeza. Sea como sea, al final el remedio inexistente debe estar diluido en un líquido con el que empapan unas tabletitas de azúcar. Se dejan secar, y a empaquetar. Azúcar de lujo, como comenté por aquí hace un tiempo. Me pregunto qué respondería un homeópata si le preguntáramos si puede distinguir dos pastillas de diferentes remedios homeopáticos.
    Por cierto, para que veáis la seriedad de las empresas homeopáticas, la web de esta empresa, aparentemente tan seria, tiene un apartado, la librería, con materiales sobre ciencia de vanguardia como ángeles y espíritus, astrología, budismo, chacras... La imagen es de una captura de su web:
    Un vídeo muy didáctico, como veis. ¿Preguntas?
    7 min
  • POR QUÉ LOS HUMANOS PERDIERON EL HUESO DEL PENE ARTÍCULO DE EL PAÍS
    Uno de los productos más extraños y maravillosos de la evolución es el hueso del pene, o báculo. El báculo es un hueso extraesquelético, lo que significa que no está conectado con el resto del esqueleto, sino que flota airosamente al final del pene. Dependiendo del animal, su tamaño va desde menos de un milímetro hasta casi un metro, y su forma varía de una espina similar a una aguja a un diente parecido al de un tenedor.
    El báculo de la morsa, que se podría confundir fácilmente con un garrote de 60 centímetros, mide aproximadamente una sexta parte de la longitud del cuerpo del animal, mientras que el diminuto hueso del pene del lémur de cola anillada, de algunos centímetros de largo, representa solo una cuarentava parte de la longitud del suyo.
    Los báculos se encuentran en determinadas especies de mamíferos, pero no en todas
    Los báculos se encuentran en determinadas especies de mamíferos, pero no en todas. La mayoría de los primates macho lo tienen, así que los humanos somos más bien una rareza, ya que carecemos de él. En un puñado de circunstancias extraordinarias, hay machos de la especie humana que han desarrollado un hueso en el suave tejido del extremo del pene, pero se trata de una anomalía poco frecuente más que de un báculo.
    En un nuevo estudio, publicado en Proceedings of the Royal Society B, mi compañero Kit Opie y yo hemos investigado cómo se desarrolló el báculo en los mamíferos analizando su distribución entre las diferentes especies en función del patrón de herencia (conocido como filogenética).
    Demostramos que el hueso no se desarrolló hasta después de la división de los mamíferos en placentarios y no placentarios hace unos 145 millones de años, pero antes de que apareciese el ancestro común más reciente de los primates y los carnívoros hace unos 95 millones de años. Nuestra investigación muestra también que este ancestro común tenía báculo. Esto significa que cualquier especie dentro de estos grupos que no lo tenga, como la humana, tiene que haberlo perdido en el curso de la evolución.
    El hueso no se desarrolló hasta después de la división de los mamíferos en placentarios y no placentarios hace unos 145 millones de años
    En primer lugar, veamos por qué demonios iba a necesitar un animal tener un hueso en el pene. Los científicos han elaborado unas cuantas teorías sobre para qué podría ser útil el báculo. En determinadas especies, como por ejemplo los gatos, el cuerpo de la hembra no expulsa los óvulos hasta que se aparea, y algunos investigadores sostienen que el hueso del pene puede ayudar a estimular a las hembras y desencadenar la ovulación. Otra teoría, con un nombre ligeramente picante, es la hipótesis de la fricción vaginal. Básicamente dice que el báculo actúa como un calzador que permite al macho vencer la fricción y deslizarse dentro de la hembra.
    Por último, se ha propuesto que el hueso del pene ayuda a prolongar la “intromisión”, también conocida como penetración vaginal. Lejos de ser tan solo una buena forma de pasar la tarde, esta manera de hacer que la intromisión dure más le sirve al macho para evitar que la hembra se escabulla y se aparee con otro antes de que el esperma haya tenido ocasión de obrar su magia. Esta teoría da un significado totalmente nuevo a la expresión “obstruir la entrada”.
    Se ha propuesto que el hueso del pene ayuda a prolongar la “intromisión”, también conocida como penetración vaginal
    Nosotros hemos descubierto que, en el curso de la evolución de los primates, el hecho de tener báculo siempre ha guardado relación con una duración mayor de la penetración (algo así como más de tres minutos). Además, los machos de las especies de primates en las que la intromisión dura más, suelen tener el hueso del pene bastante más largo que los de las especies con intromisiones breves.
    Otro descubrimiento interesante ha sido que los machos de las especies que se enfrentan a elevados niveles de competición sexual por las hembras tienen báculos más largos que los que se enfrentan a niveles más bajos.
    Pero, ¿qué pasa con los humanos? Si el hueso del pene es tan importante para competir por una pareja y prolongar la cópula, ¿por qué no lo tenemos? Pues bien, en pocas palabras, la respuesta es que los seres humanos no pertenecemos del todo a la categoría de la “intromisión prolongada”. Para los machos humanos, la duración media entre la penetración y la eyaculación es de menos de dos minutos.
    En el curso de la evolución de los primates, el hecho de tener báculo siempre ha guardado relación con una duración mayor de la penetración
    Sin embargo, los bonobos solo pasan unos 15 segundos copulando cada vez, y de todas maneras, tienen báculo, aunque sea muy pequeño (unos ocho milímetros). Entonces, ¿qué hace que seamos diferentes? Puede que tenga que ver con nuestras estrategias de apareamiento. Entre los machos humanos (por lo general) la competición sexual es mínima, ya que lo habitual es que las hembras se apareen con un solo macho en el mismo periodo. Tal vez la adopción de esta pauta de apareamiento, unida a la brevedad de nuestra penetración, fuese el golpe de gracia para el báculo.
    Los científicos no estamos más que empezando a descifrar la función de este hueso tan insólito. Lo que parece claro es que los cambios en el báculo de los primates son consecuencia, al menos en parte, de las estrategias de apareamiento de la especie. La imagen que parece emerger es que, cuando los niveles de competición sexual son altos, en lo que respecta al hueso del pene, cuanto más grande, mejor.
    Matilda Brindle es estudiante de doctorado, London NERC Doctoral Training Partnership, University College London.
    Clásula de divulgación: Matilda Brindle recibe financiación del London NERC Doctoral Training Partnership (NE/L002485/1).
    Este artículo fue publicado originalmente en inglés en la web The Conversation.
    Traducción de News Clips.
    9 min
  • NADIE ME HA ESCRITO UN POEMA FLORA FRANCOLA
    Nadie me ha escrito un poema.
    No he sido ausencia
    aunque nadie ha puesto palabras en una carta
    en la primera hoja de un libro
    en un archivo Word
    en un post it
    O en un papel dentro de una botella
    que lleven alguno de mis nombres a lo desconocido.
    No digo romance, ni ideal
    digo que los versos me han esquivado
    que una minúscula de mis células aún clama
    la sensación de trascendencia
    del poema condensado
    sin pretensión, ni ruidos.
    Las letras desvanecidas en la arena
    alguna orilla olvidada
    una ola habrá borrado, sin violencia
    sin tristeza
    la paradoja del poema donde no existo
    donde nadie me ha escrito.
    La botella se llenó de agua y espuma
    nunca hubo papel
    nunca hubo palabra.
    La memoria cambia cada vez que regreso.
    2 min
  • EN LA PIEL DE LAS MUJERES ARTICULO
    Están hasta los ovarios. Cada día son más las mujeres que alzan la voz para manifestar en redes, medios y actos públicos, que se han cansado de soportar el machismo, el maltrato, la discriminación y la desigualdad; que no quieren seguir aguantando peores sueldos y posición laboral, ni piropos, miradas, tocamientos y chistes sexistas, ni acoso en la calle y el trabajo, ni condescendencia o menosprecio de sus jefes, parejas y compañeros, ni miedo cuando pasean solas.
    Están hartas de ser objetos sexuales en la publicidad, el cine, la música o la televisión, de ser llamadas putas si expresan su libertad sexual, de los comentarios sobre su aspecto o su belleza, de no poder gozar de su sexualidad sin que haya hombres que las persigan, de que las valoren más por sus atributos físicos que por su capacidad. Están hasta los ovarios de agacharse y agachar la cabeza, de callarse y someterse, de que las maltraten y las maten.
    La semana pasada, la mismísima Madonna, ejemplo de emancipación e independencia, daba un emotivo discurso como mujer del año para la revista Billboard, en el que recordaba los insultos y humillaciones que ha tenido que soportar por querer ser libre. Apenas podía contener las lágrimas cuando recordaba cómo la habían llamado zorra y bruja por las mismas actitudes provocadoras por las que sus compañeros recibían felicitaciones. Si a una mujer tan poderosa, le ha costado tanto, qué no le costará a las demás.
    De eso hablaron las mujeres que protagonizaron el Salvados de este domingo: de cómo la mujer sin hijos es menos mujer para la sociedad, de que las estigmatizan si eligen su carrera laboral por encima de la maternidad, de que tienen que ser al mismo tiempo madres, esposas, profesionales de éxito y bombas sexuales, de cómo les cuesta ser reconocidas y escuchadas, de lo difícil que es llegar a puesto de responsabilidad y de que los hombres acaten sus órdenes, de tantísimos problemas que sufren las mujeres por serlo.
    Los mayores son la violación, el maltrato y el asesinato machista, que son consecuencia de todo el machismo anterior, como hemos dicho aquí otras veces. Sus vidas valen menos, por eso las matan más. Sus vidas son propiedad del hombre, por eso disponen de ellas. La sociedad las quiere menos, algunos criminales las odian más. Y así pasa lo que pasa, que tres mujeres han sido asesinadas por sus parejas en España este fin de semana en sólo 48 horas.
    Este lunes, el Observatorio de la Violencia del último trimestre reflejaba que más de 12.000 mujeres al mes han denunciado maltrato, 426 denuncias al día, casi un 14% más que el trimestre anterior. No sabemos si hay más agresiones, pero sí que más mujeres se atreven a denunciarlas. Empiezan a levantar la voz porque se sienten un poco menos desprotegidas. Pero sigue siendo insuficiente porque luchan casi solas, sin apenas apoyo de la otra mitad de la población.
    Y es intolerable que sea así porque los hombres no toleraríamos que nos lo hicieran a nosotros, pero toleramos que se lo hagan a ellas. A ningún hombre nos gustaría que nos mirasen el culo antes que el currículum, que nos pagasen menos y nos pegasen más, que nos metiesen mano bajo los pantalones y en el bolsillo, que nos echasen del trabajo por tener hijos o nos preguntasen por qué no los tenemos, que nos llamasen putas pero nos hiciesen posar como actrices porno, que nos siguiesen por la calle o nos dijesen que nos callemos, que no nos escuchasen cuando hablamos ni cuando pedimos auxilio.
    Nosotros no toleraríamos que ellas nos violasen o nos matasen, pero no hacemos lo suficiente para impedir que los hombres las maltraten y asesinen. A los hombres no nos gustaría estar ni un solo día en la piel de las mujeres, por eso precisamente, tenemos que ponernos en su piel.
    7 min
  • Las mismas horas
    En la poesía estás solo en el baño susurrándole al espejo. Él y yo solos. Y ahí hablas contigo mismo de una forma mucho más cruda, mucho más sincera que desahogándote con otro ser en una cafetería.
    Un punto de desesperanza, de soledad, que en mi día a día no estaba tan presente o trataba de esconderlo con éxito. Esa necesidad de abrazar a alguien cuando vas por la calle y saber que no puedes hacerlo porque no puedes hacerlo, eso de querer comunicarte con la gente de una forma tan especial y ver que no tampoco puedes... No sabía que todo esto era tan intenso en mí.
    4 min
  • LA DONCELLA GUERRERA POEMA ANONIMO DEL SIGLO XV
    El texto de La Doncella Guerrera se trata de un romance que podemos encontrar en la obra: Flor Nueva de Romances Viejos. Descendiente de los antiguos cantares de gesta, cuyo apogeo se dio a finales del siglo XV, estos se adaptan a ciertos aspectos característicos por los que nos podemos guiar para determinar su estilo de composición: el género es de transmisión oral pertenece a la lírica popular castellana; su autor es de carácter anónimo, pues las historias eran contadas oralmente y así se transmitían a futuras generaciones; la métrica de los versos es hexadecasílaba, está estructurada en dos hemistiquios octosílabos, y tiende a tener rima asonante en cada verso
    El texto se puede estructurar de la siguiente manera: en la primera parte a modo de introducción, se produce una guerra y el padre maldice a su mujer por no haberle dado ningún hijo varón que pudiera sustituirle en la guerra. La secuencia de la segunda parte está estructurada por un dialogo entre el padre y la hija, ella se ofrece para sustituir a su padre en la guerra y propone disfrazarse de varón para no ser descubierta. La tercera parte será donde se desarrolle exitosamente un periodo de dos años de la hija en la guerra. En la cuarta parte se da un dialogo entre el hijo del rey y su madre, donde este consulta con su madre las dudas que tiene sobre el sexo del caballero del que se siente enamorado, y su madre le da varios consejos en forma de pruebas para que pueda descubrir la verdad, de las cuales la doncella saldrá victoriosa. En la secuencia de la quinta parte, el hijo del rey pondrá al “caballero” a prueba al invitarle a nadar y “este” huirá con un pretexto. Finalmente el desenlace en la sexta parte, la doncella, que había sido seguida por el príncipe, llega a casa orgullosa de haber estado en la guerra como cualquier varón.
    Pregonadas son las guerras de Francia para Aragón,¡Cómo las haré yo, triste, viejo y cano, pecador!
    ¡No reventaras, condesa, por medio del corazón,que me diste siete hijas, y entre ellas ningún varón!
    Allí habló la más chiquita, en razones la mayor:No maldigáis a mi madre, que a la guerra me iré yo;
    me daréis las vuestras armas, vuestro caballo trotón.
    —Conoceránte en los pechos, que asoman bajo el jubón. Yo los apretaré, padre, al par de mi corazón.
    —Tienes las manos muy blancas, hija no son de varón. Yo les quitaré los guantes para que las queme el sol.
    —Conocerante en los ojos, que otros más lindos no son.Yo los revolveré, padre, como si fuera un traidor.
    - Al despedirse de todos, se le olvida lo mejor:¿Cómo me he de llamar, padre? Don Martín el de Aragón.
    -Y para entrar en las cortes, padre ¿cómo diré yo?
    Beso la mano, buen rey, las cortes las guarde Dios.
    - Dos años anduvo en guerra y nadie la conoció si no fue el hijo del rey que en sus ojos se prendó.
    —Herido vengo, mi madre, de amores me muero yo; los ojos de Don Martín son de mujer, de hombre no.
    —Convídalo tú, mi hijo, a las tiendas a feriar,si Don Martín es mujer, las galas ha de mirar.
    —Don Martín como discreto, a mirar las armas va:¡Qué rico puñal es éste, para con moros pelear!
    —Herido vengo, mi madre, amores me han de matar,los ojos de Don Martín roban el alma al mirar.
    —Llevarasla tú, hijo mío, a la huerta a solazar;si Don Martín es mujer, a los almendros irá.
    - Don Martín deja las flores, un vara va a cortar:¡Oh, qué varita de fresno para el caballo arrear!
    —Hijo, arrójale al regazo tus anillas al jugar: si Don Martín es varón, las rodillas juntará;pero si las separase, por mujer se mostrará.
    - Don Martín muy avisado hubiéralas de juntar. Herido vengo, mi madre, amores me han de matar;los ojos de Don Martín nunca los puedo olvidar.
    —Convídalo tú, mi hijo, en los baños a nadar. Todos se están desnudando; Don Martín muy triste está:
    —Cartas me fueron venidas, cartas de grande pesar, que se halla el Conde mi padre enfermo para finar.Licencia le pido al rey para irle a visitar.
    —Don Martín, esa licencia no te la quiero estorbar. Ensilla el caballo blanco, de un salto en él va a montar;por unas vegas arriba corre como un gavilán:
    —Adiós, adiós, el buen rey, y tu palacio real; que dos años te sirvió una doncella leal!.
    Óyela el hijo del rey, trás ella va a cabalgar.
    —Corre, corre, hijo del rey que no me habrás de alcanzar hasta en casa de mi padre si quieres irme a buscar.
    Campanitas de mi iglesia, ya os oigo repicar; puentecito, puentecito del río de mi lugar,una vez te pasé virgen, virgen te vuelvo a pasar.
    Abra las puertas, mi padre, ábralas de par en par.
    Madre, sáqueme la rueca que traigo ganas de hilar,que las armas y el caballo bien los supe manejar.
    Tras ella el hijo del rey a la puerta fue a llamar.
    9 min
  • SHAKESPEARE DECÍA
    Siempre me siento feliz,¿ sabes por qué?
    Porque no espero nada de nadie; esperar siempre duele.
    Los problemas no son eternos, siempre tienen solución,
    lo único que no se resuelve es la muerte.
    No permitas que nadie te insulte, te humille o te baje la autoestima.
    Los gritos son el arma de los cobardes, de los que no tienen la razón.
    Siempre encontraremos gente que te quiere culpar de sus fracasos, y cada quien tiene lo que se merece.
    Hay que ser fuertes y levantarse de los tropiezos que nos pone la vida, para avisarnos que después de un túnel oscuro y lleno de soledad, vienen cosas muy buenas "NO HAY MAL QUE POR BIEN NO VENGA".
    Por eso disfruta la vida porque es muy corta, por eso ámala, sé feliz y siempre sonrí­e,sólo vive intensamente para ti y por ti. Recuerda:
    Antes de discutir. . . . Respira.
    Antes de hablar. . . . Escucha.
    Antes de criticar. . . . Examí­nate
    Antes de escribir. . . . Piensa
    Antes de herir. . . . Siente
    Antes de rendirte. . . . Intenta
    Antes de morir. . . . . . . VIVE. . ! !
    2 min

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