LAS ENFERMEDADES QUE ORIGINARON AL VAMPIRO
La primera referencia conocida a los vampiros apareció en un escrito ruso antiguo en el año 1047.
Poco después de que el cristianismo ortodoxo se trasladara a Europa del Este.
El término vampiro era ‘Upir’.
Su posible significado sería el de: La cosa en la fiesta o el sacrificio.
Hacía alusión a una entidad espiritual que pensaban que aparecía en los rituales de los muertos.
El vampiro cumplió una función similar a la de otras criaturas del folclore en todo el mundo.
Se les culpó de muchos males.
Era una época en la que no se sabía de la existencia de las bacterias y virus.
Estas son las principales enfermedades que dieron pie al mito.
Aunque las creencias sobre los vampiros cambiaron con el tiempo.
La rabia proviene de un término latino que es: locura.
Es una de las dolencias reconocidas más antiguas.
Se transmitía de animales a humanos mediante mordeduras, un rasgo clásico de los vampiros.
Ahora conozcamos sus síntomas.
La hidrofobia es el miedo al agua.
Las dolorosas contracciones musculares del esófago llevaba a sus afectados a evitar comer y beber.
Incluso, a tragar su propia saliva, lo que terminaba produciendo: espuma en la boca.
Además, la rabia puede provocar malestar ante la luz, alterar los patrones del sueño y aumentar la agresividad.
Todos ellos, elementos que describen a los vampiros en numerosos relatos populares.
La segunda enfermedad culpable fue la pelagra.
Surge por un déficit de niacina, vitamina B3 o del aminoácido triptófano.
La pelagra se provocaba por dietas ricas en productos con maíz y alcohol.
Sin embargo no existió en Europa del Este hasta el siglo 18, mucho después de las creencias vampíricas.
Cuando los europeos llegaron a América, transportaron el maíz a Europa.
Pero ignoraban un paso clave en la preparación del maíz.
Lavarlo, a menudo con cal, para reducir el riesgo de pelagra.
La pelagra provoca: dermatitis, diarrea, demencia y muerte.
Algunos enfermos también experimentaban una gran sensibilidad a la luz solar.
Incluso, tenían la piel pálida como la de un cadáver.
La enfermedad cambiaba el color de la piel y producía manchas.
Tanto la pelagra como la rabia fueron epidémicas.
La última enfermedad culpable del mito fue la porfiria.
Afectó a los humanos durante milenios y se extendió entre la nobleza y la realeza de Europa del Este.
La porfiria es un trastorno sanguíneo hereditario.
Hace que el cuerpo produzca menos hemoproteínas.
La proteína de los glóbulos rojos que transporta el oxígeno de los pulmones a los tejidos corporales.
A la porfiria se le apodó como: la enfermedad de los vampiros.
Entre sus síntomas, destacan: sensibilidad a la luz del sol.
Desfiguración facial, piel ennegrecida y crecimiento del cabello.
La enfermedad hace que las encías se retraigan, haciendo que algunos dientes parezcan colmillos.
Y provoca que la orina de los enfermos sea de un color rojo oscuro.
De ahí que el folclore llegará a la conclusión de que los enfermos bebían sangre.
De hecho, algunos médicos recomendaban a sus pacientes beber sangre animal para compensar el defecto de sus glóbulos rojos.
Por lo tanto, esta dolencia sentó las bases del mito del vampiro.
Los pacientes procuraban salir de noche para evitar la luz del sol, podían beber sangre para compensar sus carencias y además sus dientes parecían colmillos.
El contenido de azufre del ajo puede llevar a un ataque de porfiria con dolor agudo, de ahí su aversión.
Según la mitología, un vampiro no puede mirarse en un espejo o verse reflejado.
La desfiguración facial de la porfiria hacía que muchos enfermos evitasen mirarse en un espejo.
La Gran Epidemia de vampiros se dio entre 1725 y 1755.
Los mitos vampíricos se hicieron virales en todo el continente.
El desconocimiento sobre el proceso de descomposición de los cadáveres también influyó a la hora de difundir estas historias.
Un cuerpo en descomposición produce gases que hacen que se hinche.
A veces, aparecen hilos de sangre por la boca, lo que daba la apariencia de que el recién fallecido acabara de comer.
En esa época, describieron a los vampiros como cuerpos hinchados con dientes afilados y uñas largas.
Se culpó a causas sobrenaturales.
Y fue cuando algunos pensaron que los vampiros eran los ‘no muertos’.
Personas que, de alguna manera, podían vivir después de su defunción.
Entonces, se llevaron a cabo los entierros de vampiros.
Atravesaban los cadáveres con estacas o cubrían sus cuerpos con ajos y semillas de amapola.
En los casos más extremos, los mutilaban o los quemaban.
Eran tradiciones que estaban presentes en el folclore eslavo desde hacía siglos.
También influyó el hecho de que era un momento de cambio político y cultural.
Serbia se debatía entre la monarquía de los Habsburgo en Europa central y los otomanos.
Polonia estaba sometida a las potencias extranjeras.
Bulgaria cayó bajo el dominio otomano.
Y Rusia sufrió un gran cambio cultural por las políticas del Zar Pedro el Grande.
Sin duda, la percepción de tanta incertidumbre por el cambio caló en la sociedad.
Y ayudó a hacer crecer el mito del vampiro.
La histeria fue tan intensa que la propia emperatriz de Austria publicó un comunicado oficial en 1755.
Y negó la existencia de los vampiros.
Pero no acalló el rumor que corrió por toda Europa.
Enseguida aparecieron obras literarias referentes al tema.
Como ‘El Vampiro’ de William Polidori en 1819 y ‘Carmilla’ de Joseph Sheridan Le Fanu en 1872.
El libro de Le Fanu inspiró a un escritor irlandés llamado Bram Stoker.
Stoker sufrió una terrible enfermedad que lo mantuvo atado a una cama durante los primeros años de su vida.
Su madre, para distraerle, le contaba toda clase de cuentos de terror.
La madre de Stoker le describía algunas leyendas relacionadas con las enfermedades que he comentado.
En 1897 apareció por primera vez Drácula.
Stoker nunca había viajado a Transilvania o a cualquier otra parte de Europa del Este.
Las localizaciones de su personaje de ficción se sitúan en las actuales Rumanía y Hungría.
Bram Stoker nació y creció en Dublín.
Se consideraba independentista, a favor de la autonomía de Irlanda sobre el Reino Unido.
Se dedicó al teatro y gestionó uno en Londres.
Entabló amistad con Armin Vambery, un escritor húngaro.
Y este fue quien le introdujo su fascinación por el folclore vampírico.
Dracula se inspiró vagamente en Vlad el Empalador, un sanguinario príncipe que nació en Transilvania en 1431.
Con todo, este título no fue un éxito en su época.
Una pelea por los derechos de autor, cambiaría su suerte.
En 1922 un estudio alemán produjo la película: Nosferatu, basada en la novela de Stoker.
Cambiaron algunos detalles, como los nombres, para no pagar derechos de autor.
El estudio alemán fue demandado y terminó en bancarrota.
La esposa de Stoker se hizo cargo de los derechos legales de Drácula.
Ella buscó una adaptación para el cine de la obra.
Y la encontró de la mano de la productora Universal.
La icónica interpretación de un tal Bela Lugosi hizo el resto.
Hoy en día, el mito del vampiro perdura en multitud de versiones de este clásico del folclore Eslavo.