El capitalismo límbico
Parece que todo juega a favor de unos pocos.
El vencedor se lo lleva todo, como en el dicho.
El uno por ciento más rico cuenta con la misma riqueza que el cincuenta por ciento de más abajo.
Las 85 personas más acaudaladas tienen lo mismo que 3.500 millones que ocupan la parte inferior.
Es un principio brutal de la distribución desigual.
Se aplica a muchos ámbitos de las relaciones humanas.
La mayor parte de los artículos científicos los publica un grupo reducido de investigadores.
Una minúscula proporción de músicos produce la mayoría de la música comercial que más se vende.
Apenas, un puñado de autores, vende todos sus libros de forma continua.
En Estados Unidos, se venden un millón y medio de títulos distintos al año.
De los que sólo 500 de esos libros, llegan a superar las cien mil copias.
Del mismo modo, solo cuatro compositores clásicos: Bach, Beethoven, Mozart y Tchaikovsky.
Escribieron casi toda la música que tocan las orquestas modernas.
De toda su obra musical, solo una parte concreta de su legado se sigue interpretando.
A este principio se le conoce como la ley de Price.
Derek de Solla Price es el investigador que descubrió su aplicación científica en 1963.
Sigamos viendo otros ejemplos.
Parece ser que este principio se aplica en cualquier sociedad, al margen de su forma de gobierno.
En las ciudades, donde tan solo unas cuentas concentran el mayor número de habitantes del mundo.
Además, el noventa por ciento de la comunicación, se produce, sólo empleando quinientas palabras.
Aquellas de uso más frecuente.
Es un mercado de competencia imperfecta.
Que da lugar a un oligopolio o un monopolio.
Básicamente, el 0,6 por ciento de la población adulta del planeta tiene el 40 por ciento de la riqueza del mundo.
29 millones de personas controlan una tercera parte de la riqueza mundial.
Justo por debajo, 344 millones de personas, ostentan el 43 por cien de la riqueza en nuestro planeta.
Sumando ambos, el 8 por cien de la población mundial posee el 82 por ciento de la riqueza del globo.
Parece ser que por mucho que avance el progreso, las mayores ganancias siguen siendo controladas por una minoría de personas.
Un informe de Desigualdad global en 2018 nos ofrecía las siguientes conclusiones.
Desde 1980, la riqueza ha pasado del ámbito público al privado.
De manera que ciertos particulares controlan más riqueza que los gobiernos.
Y la riqueza privada neta, en muchos países ricos, supone entre un 400 y un 700 por cien del ingreso nacional.
El resultado es que los gobiernos tienen menor capacidad para hacer frente a la desigualdad.
La plutocracia es una forma de gobierno.
Se desarrolla cuando la sociedad más enriquecida ostenta el poder y dirige el Estado.
Esta puede darse en una democracia.
Cuando los políticos aceptan favores de los líderes económicos, a cambio de satisfacer sus intereses.
Los videojuegos y las plataformas de vídeos bajo demanda fueron los reyes del ocio durante la cuarentena.
Las nuevas tecnologías son clave para lograr experiencias más inmersivas y personalizadas.
El volumen de datos que producen sus usuarios dan una valiosa información sobre sus gustos.
Según el investigador David Courtwright, vivimos en un capitalismo límbico.
El sistema límbico es la región del cerebro donde residen nuestros instintos.
El placer, el miedo, la agresividad, el hambre, la atención o la memoria.
Un sistema que favorece su asalto, nos vuelve ciudadanos adictos.
Lo hacen masajeando el sistema de recompensas del sistema límbico.
El autor lo denomina como ‘industria de la adicción’.
Algunos estudiantes abandonan sus estudios para dedicarse a jugar compulsivamente a ciertos títulos de videojuegos.
Además, un buen número de estos, lo hacían con un orinal al lado del ordenador.
Para no tener que levantarse.
Para David, los cinco motores de la adicción de masas serían:
La accesibilidad, facilidad para consumir.
Asequibilidad, precios bajos.
Publicidad, bombardeo constante en los medios.
Anonimato.
Y anomia, es decir, el aislamiento social del individuo.
La evolución humana se ha caracterizado por ampliar, sin parar, sus horizontes de placeres.
Ya sean mediante expresiones culturales elevadas o, en el otro extremo, por el consumo de ciertas drogas.
Los imperios corporativos globales favorecen esta ley de Price.
El deporte se convirtió en una industria.
El ocio nocturno se volvió popular.
Ya lo descubrieron los victorianos: el vicio se convertía, fácilmente, en un negocio rentable.
La liberación de dopamina es muy adictiva.
Y nos hace consumir aquello que sabemos que puede ser malo para nosotros.
Cuanto más intensa y rápida sea la recompensa cerebral que proporcionan, más adicción crea.
El alcohol sigue la regla del 80-20.
Según la cual, el 80 por cien del alcohol se vende a tan solo un 20 por cien de consumidores.
Lo que muestra que su estrategia no se basa en vender poco a muchos.
Sino en vender mucho a pocos.
La gente se puede enganchar a lo que su cerebro siente que es inmediatamente gratificante.
Incluso, cuando ni es beneficioso ni placentero.
Ahora vivimos una adicción por diseño.
Con productos dirigidos específicamente para apelar a nuestros gustos.
Las Vegas, la Ciudad del vicio sería un ejemplo de megalópolis del capitalismo límbico.
En conclusión, mientras la sociedad no cambie de rumbo, la ley de Price se impondrá.
Unos pocos ganadores se lo seguirán llevando casi todo.