UNA HISTORIA DEL MÁS ALLÁ A TRAVÉS DEL TIEMPO
Muchas culturas reconocen que la vida termina con la muerte.
Sin embargo, una parte vital del ser humano, el espíritu o el alma, seguiría su curso después de fallecer.
En este vídeo conoceremos algunas teorías sobre el más allá a través del tiempo.
Ciertas culturas creen que el más allá tiene una ubicación geográfica.
Los babilonios, asirios y los pueblos de la antigua Mesopotamia creyeron en el inframundo.
Un lugar bajo el mundo de los vivos.
A ese lugar subterráneo, polvoriento y sombrío lo llamaron la tierra oscura.
Cualquier foso o cueva podría servir como una puerta de entrada a este inframundo.
Como curiosidad, los habitantes de las islas de Melanesia, imaginan un mundo subterráneo que es el reflejo del mundo superior.
En Nueva Guinea, al norte de Australia describen un submundo bajo el océano.
En la mitología Navajo, los muertos descienden a un inframundo acuático.
Otras culturas han colocado el más allá en el cielo o entre las estrellas.
Los Indios Pueblo del suroeste americano creen que los difuntos se transforman en nubes de lluvia.
Los nativos americanos del sureste creían que las almas iban al cielo.
El oeste, donde el sol se pone cada día, ha sido asociado con la vida después de la muerte de los espíritus.
Así lo pensaron los isleños polinesios, en el Océano Pacífico central y meridional.
En cambio, los celtas no se aclararon a la hora de localizar el más allá.
Ya que pensaron que podría estar bajo tierra, en un lugar subterráneo o en una isla en el oeste.
Ahora repasemos cómo lo imaginaron algunas culturas, más allá de si lo consiguieron ubicar o no.
El otro mundo celta fue un lugar mágico lleno de festejos.
Para los galeses, el reino de los muertos era un sitio temible.
Menos aterrador fue el Valhalla de la mitología nórdica.
Se trató de un vasto palacio donde los guerreros que morían en combate pasaban la vida después de la muerte, festejando y cantando…
Eso sí, no se libraban de trabajar, ya que tenían que seguir participando en gigantescos combates.
Al menos hasta que Valhalla fuese arrasado en la última batalla de los dioses.
En contraste con estas visiones del otro lado, a los pueblos del antiguo Oriente Próximo les aguardaba un destino sombrío.
Los primeros judíos llamaron a su submundo, Sheol.
Los espíritus del inframundo asirio-babilónico no sentían dolor ni placer.
Vivían gobernados por Nergal y Ereshkigal, el rey y la reina de los muertos.
El poema heroico babilónico, la epopeya de Gilgamesh describe este camino a la otra vida.
Según su contenido, el amigo muerto del héroe, Enkidu, regresó como un espíritu.
Y describe su existencia en la casa del polvo.
Llegados a este punto comprobaremos que no todos los muertos acababan en el mismo lugar.
Los pueblos del antiguo Oriente Próximo, los mesopotámicos y los primeros judíos creyeron que la vida después de la muerte era la misma para todos.
Otras culturas, en cambio, sostienen que cada uno va a ocupar el lugar que se ha ganado.
Los polinesios creen que las almas de los pecadores son destruidas por el fuego.
Mientras que las de las clases altas y nobles viajan a un mundo espiritual donde vivirán con sus antepasados.
Algunos antiguos chinos pensaban que el destino de las personas buenas y malas era diferente en el más allá.
Los buenos subían a la corte de Tien, o cielo.
Y las almas de los malos descendían a uno de los dieciocho niveles del infierno.
Dependiendo de las faltas que hubieran cometido en vida.
Los mayas de América central creían que las almas terminaban en el inframundo de Xibalba.
Para ir al cielo, las almas tenían que engañar a los dioses del inframundo y escapar de ahí.
Los aztecas de México también tenían un destino distinto en el más allá.
Los guerreros que murieron en combate, los nobles y las mujeres que fallecieron al dar a luz, se unían al sol en los cielos.
Los muertos ordinarios pasaban cuatro años viajando a través de las nuevas capas del inframundo llamado Mictlán.
Y se desvanecían en el nivel nueve.
En la mitología nórdica, los aguerridos combatientes iban a palacios celestiales.
Por el contrario, los innobles terminaban en Hel, el frío inframundo.
Algo similar ocurre con los Inuit o esquimales de Groenlandia.
Una estancia en el cielo sería la recompensa para las almas de los generosos.
Y una condena en el inframundo de la diosa Sedna era lo que ocurría con los malvados.
Con el tiempo, la cosa se fue complicando.
Lo más justo sería que las almas de los muertos tuvieran que afrontar un juicio para decidir su destino.
Los nobles serían recompensados en la otra vida.
Y los malos serían castigados.
Es famosa la creencia de los antiguos egipcios.
El corazón de la persona muerta era colocado a un lado de la balanza y al otro había una pluma del tocado de Ma’at, la diosa del juicio.
Si el peso de los dos estaba equilibrado, el alma estaba libre de pecado.
Pero si el corazón pesaba más…el alma del difundo terminaba siendo devorada por un monstruo.
De igual modo, los zoroastrianos de la antigua Persia pensaban que su destino en el más allá tenían que ganárselo en vida.
Para los virtuosos, les esperaría una forma de luz pura.
La presencia de Ahura Mazda, su único dios.
El símbolo de la bondad, la justicia y el orden.
Los antiguos griegos imaginaron el otro lado como un reino sombrío.
Se llamó Hades.
Y los que habían actuado mal en vida, eran arrojados al Tártaro.
Un abismo más profundo que el infierno.
En la mitología sintoísta de Japón, los muertos van a una tierra de oscuridad conocida como Yomi.
Donde pueden ser castigados por sus fechorías.
Los expertos creen que esta concepción se dio alrededor del año 200 antes de cristo.
Justo cuando la idea de Sheol se convirtió en una visión de un juicio después de la muerte.
Los buenos entrarían en presencia de Dios.
Mientras que los malvados se asarían en un infierno llamado Gehenna.
Esto influyó en las ideas islámicas y cristianas sobre el infierno.
El infierno pasó a ser un estado o lugar de castigo para el mal.
Y el cielo era la unión de las almas virtuosas con Dios.
Un paso intermedio fue el purgatorio.
La Iglesia Católica Romana creó ese estado de ser entre el cielo y el infierno.
Por último, comprobaremos como muchas culturas creyeron que la muerte era el comienzo del viaje del alma al más allá.
El alma noble de los antiguos griegos iba a los Campos Elíseos.
Conocidos como la Isla de los Benditos.
Los griegos menos nobles emprendían un viaje más oscuro.
Y le pedían al barquero Caronte que los transportara por el río Aqueronte.
El río era la frontera entre el mundo y Hades.
Algunos pueblos del Pacífico opinaron que no había barca ni nada.
Las almas de los difuntos nadaban hasta el más allá.
Los que estuvieran llenos de pecados, se hundirían.
Además, la línea que separaba el mundo de los vivos y los muertos no siempre era tan clara.
Los zoroastrianos se inventaron que había que cruzar un puente del ancho de un pelo.
Los justos lograrían pasarlo y los injustos caerían hasta el infierno.
El arco iris o la Vía Láctea han servido como puente hacia la tierra de los dioses o espíritus.
Los habitantes de las Islas Fijo del Pacífico Sur imaginaron un Sendero Espiritual.
Un viaje muy difícil.
Y sólo los guerreros más valientes podían completarlo.
Las leyendas griegas hablan de los viajes de Orfeo y Odiseo a la tierra de los muertos.
Shakespeare escribió en su obra, Hamlet, sobre la muerte como:
El país desconocido del que no regresa ningún viajero.
Sin embargo, muchos mitos y leyendas se empeñan en contradecirle.
Y aseguran que los muertos y los vivos pueden interactuar.
Los nativos americanos creen que las almas recién muertas permanecen cerca de sus aldeas.
Incluso, según ciertos mitos africanos, las almas de los difuntos se quedan cerca de los vivos.
Y pueden ayudarles y aconsejarles y todo.
Eso sí, para consultar a los muertos hay que hacer un ritual de sangre.
La ceremonia de la serpiente de la Visión.
Los fantasmas de algunos muertos aparecen en muchos relatos y leyendas victorianas.
Los chinos realizan ceremonias para honrar a los espíritus de sus antepasados.
Por el contrario, los navajos nunca mencionan a los difuntos en sus rituales.
Otro concepto original es la reencarnación.
Algo básico para la cultura hindú o la budista.
Aquellos que obraron mal pueden reencarnarse en personas desafortunadas, en animales o insectos.
En algunas zonas de África creen que las almas también renacen.
Después de pasar un tiempo en el inframundo.
En definitiva, las culturas han preparado a sus creyentes para dar este paso al otro lado con garantías.
Los griegos les daban monedas a los muertos para pagar al barquero Caronte.
Los romanos les añadían golosinas.
Para que los muertos se las ofrecieran a Cerbero.
El perro de tres cabezas que custodiaba la entrada al inframundo.
Existen hasta libros de instrucciones.
El Libro Tibetano de los Muertos.
El Libro de los Muertos de los Egipcios, etc.
En resumen, a través de los siglos, han existido concepciones muy distintas del más allá.
Para unos, es un lugar de placer y alegría.
En otros, es un reino sombrío y lúgubre.
Los unos creen que todo el mundo corre la misma suerte.
Y los otros imaginan que las almas tomarán caminos diferentes.
Según cómo se comportaron en vida.
A veces hará falta un juicio para decidir el destino de las almas.
Sin embargo, los hindúes y los budistas creen en el renacimiento y siguen la ley del Karma.
Karma significa ‘acciones’ en el idioma sánscrito.
El Karma no depende del juicio de ninguna deidad, sino que es una ley de la naturaleza.
La que acepta que los seres humanos son responsables de su comportamiento.
Eso sí, cada uno pagará las consecuencias de sus acciones en las futuras reencarnaciones.
Aquellos que realicen buenos actos alcanzarán rápidamente el nirvana.
Esto es, la liberación del renacimiento.
Y se unirán con lo divino.
En contraste, el cristianismo presenta una noción lineal de la vida y la muerte.
Desde su punto de vista, los humanos sólo tendríamos una oportunidad en vida para ser recompensados o castigados.
La Divina Comedia de Dante se encarga de recordárnoslo.
En conclusión, cada cultura ha hecho su interpretación y narración del más allá.
Disfrutemos de esta vida y hagamos lo mejor para todos.