RAFAEL YUSTE Y EL PROYECTO BRAIN
Un selecto grupo de científicos de todo el mundo fueron convocados por la Royal Society de Londres.
El debate era el siguiente:
¿Cómo es posible que hayamos llegado a la luna y no sepamos cómo funciona nuestro cerebro?
El español Rafael Yuste contestó que sí se puede.
Habría que desarrollar una tecnología que pudiese registrar la actividad de todas las neuronas del cerebro.
El cerebro es un sistema muy complejo.
Tiene unos 100.000 millones de neuronas, cada una de ellas, posiblemente, conectada con otras miles.
Y forman una maraña con montones de unidades interaccionando entre sí.
Se puede entender bien la interacción entre dos planetas.
En cambio, estos sistemas tan complejos, como el cerebro, son los más difíciles.
Su idea llegó hasta la misma Casa Blanca.
En 2013 el presidente del: sí se puede, Obama, anunció el mayor proyecto mundial destinado a descifrar nuestro cerebro.
Nacía así el Proyecto Brain.
Con una financiación de 6.000 millones de dólares y la colaboración de 550 laboratorios de todo el mundo.
El objetivo fue el de crear la tecnología necesaria para conocer el cerebro en un plazo de unos 10 años.
En el lado positivo, la neurotecnología permitiría diseñar terapias para paliar enfermedades como el alzhéimer.
Incluso para ampliar nuestra capacidad mental.
Pero en el extremo negativo, estos avances podrían servir para manipularnos.
La neurotecnología tiene dos vías de entrar en nuestro cerebro.
Una sería la invasiva, mediante cirugía en el cerebro.
Y la no invasiva que podría constar de cascos, diademas, gorras o gafas.
La neurotecnología emplea mecanismos ópticos, químicos, magnéticos, eléctricos, acústicos o informáticos.
Y puede registrar la actividad cerebral o modificarla.
Los avances a la hora de leer y registrar la actividad cerebral están mucho más desarrollados que los que permiten modificar nuestros pensamientos.
Quizás, en 10 años más, ambos avances se podrían equilibrar.
Yuste asegura que deberíamos de preocuparnos por lo que esta tecnología puede hacer con nosotros.
Aunque afirma que el móvil todavía no puede leer nuestros pensamientos.
En el 2014, durante el mundial de Brasil de fútbol, el saque inicial lo dio un tetrapléjico.
Tenía una interfaz cerebro-computadora invasiva, conectada a un exoesqueleto robótico.
Con la acción de pensar, movió la pierna robótica y le dio el chute al balón.
Este proyecto está financiado con dinero federal de Estados Unidos.
También participa China, Corea del Sur, Australia, Canadá, Israel y la Unión Europea.
Esa sería la parte de la inversión pública.
A parte, está la dotación privada.
Empresas como Facebook, Google, Microsoft o Apple han invertido mucho capital en el Proyecto Brain.
Y su inversión ya ha sobrepasado a la cifra pública.
Se estima que puede ser seis veces mayor la inversión privada que la pública en neurotecnología en Estados Unidos.
Lo que ocurre es que las empresas privadas no comparten sus descubrimientos hasta que sacan su tecnología a la venta.
La compañía Kernel fabrica un casco portátil.
Y ya puede registrar y leer la actividad cerebral de la gente.
En el laboratorio, han estudiado la percepción visual de los ratones.
Cuando un ratón ve una imagen, se le encienden una serie de neuronas.
El patrón se repite.
Siempre que el ratón ve la misma imagen, se le encienden las mismas neuronas.
Mediante la neurotecnología se ha conseguido manipular la mente del ratón.
Y hacerle creer que puede ver esas mismas imágenes y que son reales.
A Rafael Yuste le gusta explicar el funcionamiento del cerebro como si fuese la pantalla de un televisor.
Imaginad que esa pantalla tiene 100.000 millones de píxeles.
Antes del Proyecto Brain, la tecnología que había sólo permitía ver los píxeles de uno en uno.
De esta forma, nunca te enterarías de lo que está pasando en la película.
Para comprenderlo, hace falta verlo todo de una vez.
Y de eso se encarga la neurotecnología.
De llegar a donde nadie lo ha hecho nunca.
Ni siquiera con animales con menos neuronas que los seres humanos.
En definitiva, pretende que el cerebro deje de ser la selva impenetrable, que decía Ramón y Cajal.
Conocer el funcionamiento del cerebro nos aportará tres grandes beneficios:
El primero será científico, nos podremos entender a nosotros mismos.
El segundo, clínico, para curar dolencias como las depresiones, la ansiedad o el Alzhéimer.
Y el tercero, económico.
Se podría conectar el cerebro humano a una red y ampliar nuestra capacidad cognitiva.
Las tecnologías son neutras.
Pero se pueden utilizar para bien o para mal.
En el Renacimiento se empezó a comprender cómo funciona el cuerpo y eso fue la base de la medicina moderna.
Si logramos entender cómo marcha el cerebro, dará pie a una nueva medicina, psiquiatría o neurología.
Los derechos humanos defenderían el cuerpo y se quedarían cortos.
Ahora, sería necesaria una Declaración de Derechos Mentales.
Rafael propone cinco derechos.
Uno, la privacidad mental.
Para que se regule la venta y el uso de datos neuronales.
Dos, la identidad personal.
Para establecer límites en la tecnología y que no se altere nuestra personalidad.
Tres, libertad de voluntad.
Las personas deberán tener el control final sobre sus decisiones.
Sin que nos manipulen por neurotecnología.
Cuatro, acceso justo al aumento mental.
Y, cinco, protección contra sesgos.
Vigilar el diseño de los algoritmos para que no favorezcan los sesgos de confirmación.
El ser humano lleva millones de año manipulando su cerebro desde fuera.
Ahora, el cambio es que se hará desde dentro.
Algunas de las consecuencias de un mal uso de estos avances serían:
Cambiar la esencia de una persona.
Introducir pensamientos ajenos.
Modificar sus creencias.
Cambiar las creencias de alguien.
Controlar el pensamiento y dominar a una persona.
Por último, Rafael Yuste cree que es necesario un nuevo juramento hipocrático.
Para garantizar el uso ético de los sistemas que vienen.
Por si se les cruzan los cables.